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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1996 en la Revista de Folklore número 189.

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A estas alturas del siglo y estando cerca de un nuevo milento, bien puede decirse que los medios de comunicación con los que cuenta la Humanidad han creado, fundamentalmente en los países más desarrollados técnicamente, nuevos modelos de vida cuyo alcance y repercusión todavía no percibimos cabalmente. La televisión ha servido para transmitir imágenes desde el lugar donde se producía la noticia hasta el hogar más recóndito, dando una información directa e instantánea de los hechos. Algunos programas culturales –pocos- han permitido imaginar lo que podía ser un medio, en sí mismo positivo, si se utilizara correctamente. A cambio de todo ello la televisión ha acabado con una costumbre secular de enorme importancia para el individuo y la sociedad. Nos referimos al hábito de la conversación colectiva que agrupaba desde miembros de una misma familia pertenecientes a diferentes generaciones basta una reunión de vecinos o un grupo de contertulios con la misma o diferente profesión que intercambiaban conocimientos y experiencias. La comunicación personal -"solitaria" podría llamársele- que impuso la televisión y más recientemente los medios informáticos puede acabar, además de con la capacidad de conversación -ese intercambio humano de opiniones- a que nos referíamos, con la práctica del gesto, adquirida por el individuo a través de miles de años y convertida en un lenguaje de común entendimiento. Así, a la pérdida del placer por la escritura a mano, a la desaparición de la caligrafía como arte y medio de expresión, vendría a sumarse la carencia, y finalmente la ineptitud, para la conversación directa entre los individuos de una comunidad, cada vez más aislados en sí mismos y en sus especialidades.

El próximo milenio puede presentarnos el reto de preservar prácticas como el coloquio, todavía útiles para la sociedad por más de una razón, pero principalmente por el papel preponderante que daba a los ancianos basado en la posibilidad de transmitir su experiencia y por permitir al individuo intercambiar cara a cara -mediando el calor del gesto- sus ideas.