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DEL FOLKLORE CAMPESINO: El día de la función

LERA DE ISLA, Angel

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 15.

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Hay en los pueblos rurales muchas fiestas durante el año, como es bien sabido. Pero la Fiesta, o como le decíamos en mi pueblo, la Función; es decir, la fiesta grande, la fiesta propia, exclusiva de cada pueblo, no hay más que una al año.

Yo recuerdo con la natural emoción, residiendo en Madrid y pasados los años, "el Día de la Función" tal como se celebraba en mi pueblo natal, ya saben, Urueña, en esta provincia de Valladolid, a caballo en los Montes de Torozos y extendiendo su mirada por Tierra de Campos.

No sé si en la actualidad, el Día de la Función conserva su modo tradicional y propio de celebrarse. Según me han contado, sí, se celebra el Día de la Función, en la festividad de la Anunciada, pero ya no es lo que era. No me extraña. Los tiempos lo cambian todo. Mas por mucho que lo cambien, siempre queda en el Día de la Función su poso de tipismo, que nos agrada recordar, más que nada porque no se pierdan del todo sucesos tan entrañables, tan del pueblo, como nada menos que EL DIA DE LA FUNCION, o de LA ANUNCIADA, o de NUESTRA SEÑORA DE MARZO.

¡YA NO HAY CAMPANAS! 1.

Me dicen que en la iglesia de Santa María del Azogue, "la iglesia del pueblo", ya no hay campanas, que ahora se convoca a los fieles con no sé qué aparato eléctrico. ¡Vaya por Dios! ¡Primera dentellada a la tradición! El primer aldabonazo del Día de la Función lo daban siempre las campanas, no precisamente sólo en el Día de la fiesta, sino ya en su víspera.

Las campanas son algo sustantivo, algo esencial, algo fundamental en la vida de los pueblos rurales. No hacen falta relojes en los pueblos pequeños para ordenar las horas en el rosario de afanes y ajetreos. Os despiertan todas las mañanas las nueve campanadas del Angelus, rítmicas, de tres en tres. Sabéis luego que el toque primero para anunciar la misa señala las siete, o las ocho, según la estación del año. Las doce campanadas del mediodía os decían que era la hora de comer .

-¡Eh, señor Santiago! ¿Ya va usted a tocar a mediodía? Por favor, espere usted un poco, que van a venir los hombres a comer y no tengo la comida preparada. ¡Hay que ver cómo se van las mañanas! En cambio, no faltará quien diga en ese mismo momento: "¡Parece que hoy se descuida el señor Santiago! ¡Me lo dice el estómago!".

Por la tarde, las campanas llaman a las mujeres al Santo Rosario, o a tal cual novena. Y luego, al anochecer, las campanadas del toque de oración. Por ellas sabremos si el día siguiente es festivo, si habrá funeral, si éste será doble o sencillo. ..

Con las vísperas de fiestas ocurre siempre una cosa muy curiosa, y es que estáis todos, en el pueblo, tan tranquilos, haciendo cada cual su vida ordinaria, pero, de pronto, al anochecer, lanzan las campanas el toque de oración, primero las nueve campanadas lentas, pausadas, graves, solemnes, como las del Angelus, pero en seguida inician un alborozado repiqueteo y ya tenéis, en menos que se dice, cambiada la fisonomía del pueblo. Ya nadie hace nada a gusto. Todo es desasosiego y bullicio. Los mozos dejan precipitadamente el ganado a medio arreglar. Las mozas se hablan unas a otras un tanto alocadas, nerviosas, desde lejos, a grandes voces. Se alborota la chiquillería, que llena de alegría al pueblo todo. El pueblo parece ya otro, parece distinto.

Todo lo anuncian las campanas. y no ya solamente los quehaceres litúrgicos de la feligresía. Las campanas llaman al contribuyente cuando viene al pueblo el recaudador. Las campanas suenan atropelladas, como angustiadas, cuando en el pueblo hay un fuego...

Es magnífico el lenguaje de las campanas. Con sólo dos campanas en la torre de la iglesia rural, una que suena "tin" y otra que hace "tan", le basta al pueblo para estremecerse de pena o llenarse de júbilo. Pero la verdad es que hay que tener habilidad, maña, arte, para tañer las campanas.

-¡No hay quien las repique -oiréis decir en el pueblo- como el señor Santiago! ¡Las hace hablar! En Madrid -en todas las grandes ciudades ocurre ya lo mismo- no sabe uno si hay campanas. Si las hay, la verdad es que no se oyen, apagado su sonido por los mil ruidos de la urbe.

EL DIA DE LA FUNCION

Luego se dice que los pueblos rurales no viven más que entregados al ansia de ver si el tiempo les permite recoger abundantes cosechas. Pues yo tengo que deciros hoy aquí, en esta tribuna escrita que se goza en rememorar las viejas tradiciones populares, que no hay cosa en que estas gentes campesinas hayan puesto siempre mayor ilusión que en gozarse en esperar ese día de la fiesta grande de cada pueblo.

Recuerdo, por lo que respecta a mi pueblo, que si había que invitar a unos amigos a que vinieran al pueblo, se les invitaba muy especialmente para que vinieran "el Día de la Función". Si la casa necesitaba una puerta nueva, o la fachada un revoco, o tal o cual ventana unos cristales, pongo por caso, todo se dejaba "a ver si para la Función se enjalbega la portada, se pintan puertas y ventanas, se pone puerta nueva". Si había que comprar zapatos a los chicos, tendrían éstos que aguantarse sin zapatos nuevos hasta el Día de la Función, que no iban a estrenarlos un día cualquiera. Si el mozo necesitaba un traje o la moza tenía que hacerse un vestido, que se aguardaran hasta el Día de la Función. y si había que dar chauche al suelo, o repintar los zócalos, se dejaba para las vísperas de la Función. Y así iban amontonándose para tan señalado Día tantos deseos, tantas esperanzas, tantas ilusiones...

No sé cuántos meses antes, se estaba ya pensando en el Día de la Función, y a medida que ese Día -el 25 de marzo- se aproximaba, cundía el desasosiego. Ya no había manera de hablar de otra cosa en el pueblo. Menudeaban ahora ya los viajes a la ciudad, ya a Valladolid, o bien a Rioseco, para ir haciéndose con las cosas precisas y para hacerse trapitos. ¿Quién, por pobre que fuera, se quedaría sin estrenar un trapillo en el Día de la Función? ...

¿Y en qué casa, pobre o rica, no harían en estos días pastas, bollos, rosquillas, mantecadas? Los dos o tres hornos que había en el pueblo no daban abasto a cocer tantas golosinas caseras. Para ellas se habían guardado durante todo el año la harina más blanca, los huevos más hermosos, lo mejor manteca, y el aceite, y el azúcar, y todos los ingredientes necesarios.

LA ERMITA DE LA ANUNCIADA

Si las dos campanas, "tin" y "tan", de la iglesia de Santa María, ubicada en el centro del pueblo, habían anunciado con aquella singular alegría campanil, el Día de la Función, ahora ya, el 25 por la mañana, el campanín de la Ermita de la Anunciada estaba convocando a los fieles a la misa, con una cierta alegría infantil y retozona.

La Ermita de la Anunciada se halla abajo, en un pequeño valle risueño de verdor, como a tres kilómetros del pueblo. El camino es muy accidentado. Más bien un sendero, cortado a veces por reguerones de las lluvias, en pronunciada cuesta. Una copla popular lo dice:

Virgen de la Anunciada,
buena es tu fiesta,
pero cuesta trabajo
subir la cuesta.

Subirla y bajarla, porque aquel camino siempre fue un laberinto. Pero la gente, ávida de fiesta, y animada, la verdad sea dicha, por su gran devoción a su Patrona, subía y bajaba la cuesta sin el menor sacrificio.

La Ermita de lo Anunciada, que todo hay que decirlo, es un bello edificio que está considerado como de gran valor artístico. Pertenece al Patrimonio Artístico Nacional. Es el único vestigio del románico pirenaico catalán o Lombardo en Castilla. Fue construido entre los siglos XI y XII por mandato del Conde Ansúrez, fundador de la ciudad de Valladolid.

LA ROMERIA J

Todos los años, en la mañana del día 25 de marzo, festividad de la Virgen de la Anunciada iban llegando por el camino que va por detrás de los prados, o por la cuesta que baja del monte, gentes de a pie o montadas sobre mulas, caballos y borricos, procedentes de pueblos comarcanos: San Cebrián de Mazote, Tiedra, Mota del Marqués, Villardefrades, Almaraz, Villagarcía de Campos, Villanueva de los Caballeros, San Pedro de Latarce y algunos más, devotos de la Virgen de la Anunciada, para estar presentes en la misa y en la procesión.

Bajaban de Urueña casi todos los vecinos del pueblo. Quedarían en el pueblo, si acaso, algunas personas impedidas.

Durante todo el camino, el disparo. de cohetes era constante. El público bajaba desbordante de alegría. Por una mala carretera que había, por la que se daba algún rodeo, bajaban en coches, tartanas y tílburis tirados por caballos o por mulas, las personas adineradas del pueblo y algunas que por su edad o sus condiciones físicas no podían hacer aquel difícil camino a pie. En la ermita no cabía apenas el gentío que se agrupaba en la fiesta. Se celebraba una solemne misa, de tres curas. Se traía un predicador de afuera, generalmente de Valladolid. La misa era cantada por un coro de chicas y chicos del pueblo, dirigido al órgano por el organista, el señor Santiago.

Al final de la misa se cantaba la Salve, pero no la gregoriana, sino la Salve popular, en la que tomaban parte todos los fieles congregados en la ermita. Era un momento muy emocionante, esperado siempre con mucha ilusión por mozos y mozas del pueblo que habían de lucir su voz y su buen gusto cantando la Salve .

Acabada la misa el campanín de la ermita empezaba a sonar precipitadamente como con desbordante alegría. Y seguía sonando jubiloso mientras la procesión hacía el recorrido en torno a la ermita.

Después el público se congregaba en la pradera que hay junto a la ermita. En la pradera se habían instalado muchos puestos de golosinas y el tío de la rifa y el del tiro al blanco y el del juego de las tres cartas tapadas y el de venta de cien chucherías y en seguida se organizaba el baile "con música". Porque para tal acontecimiento el pueblo había traído la mejor dulzaina de por aquellos alrededores. Un año la de Mota del Marqués; otro año la de Adalia que tenía por allí mucha fama; otro el famoso dulzainero de Velliza Florentino que había obtenido algunos premios con su dulzaina "que la hacía hablar" como decíamos entonces todos.

Y, después, ya arriba en el pueblo, el recorrido por las casas amigas a comer bollos y a tomar la copa de anís. Y el baile por la tarde en el Corro Grande o Corro de San Andrés, baile muy típico, que. solía empezar con la jota popular por parejas que formaban un gran anillo alrededor de la Plaza y terminar con las "habas verdes" que Florentino las "bordaba con la dulzaina".

LA ANHELADA ESPERA

Mucho tiempo antes del 25 de marzo, todos en el pueblo, grandes y pequeños, estaban pendientes del tiempo.

-¿Tendremos buen tiempo para la Función?

Y se lo pedían a la Virgen con la ilusión puesta en el día de la gran fiesta local. ¿Pues qué, solamente habían de querer buen tiempo para que medraran sus cosechas?.