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LA SOLANA
(Apuntes para un calendario agropecuario y etnográfico de la Alta Extremadura) III
MARZO

BARROSO GUTIERREZ, Félix

Publicado en el año 1990 en la Revista de Folklore número 115.

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El campo verdeguea bajo los rayos del sol de marzo. El lejíu del lugar es un continuo hervidero en las horas de la tarde. Beben en la charca grande, la que tiene muchos limos y jaóbah, unos chotos retozones y requetenegros. Por el alto del lejíu gozan y gruñen una piara de guarrápuh. Pasan unas mujeres enlutadas con latas y calderíllah en las manos. Se oye, a lo lejos, el campanilleo del cabrial, que pasta en la gran dehesa comunal. Una nube de pajarillos revolotea entre las copas de los gigantescos eucaliptus que crecen cerca del arroyo. Un mozarrón, al que llaman Minu, camina tras un burro cargado de viciu por el diminuto puente. Grita, asomada al lejíu por la vieja portona de un corral, una mujer de mediana edad.

-¡Antonioooo..., que véngah a pol la merendillaaaa...!

Los muchachos de la escuela, que ya terminaron las clases de la tarde, juegan a la jinca y a partiterrenu. Algunas niñas cantan al corro:

La viudita, la viudita,
la viudita se quiere casar
con el conde, conde de Cabra,
conde de Cabra se le dará...

Nuestros ocho ancianos toman el sol, recostados sobre uno de los muros que circundan los prados que flanquean el lejíu. Pican demasiado los rayos. Ti Baisiliso el Boyero se hunde el sombrero hasta los ojos y exclama:

-En marzo calienta el sol como un pelmazo.

-¡Vaya que si calienta! -responde ti Juan el Gachu-. Que también dice el refrán que «en marzo ya salen al sol los lagartos». Aunque vuelvo y digo que «si marzu rodea el rabu, no deja oveja con pelleja ni pahtol enzamarradu».

-Buen tiempitu -prosigue ti Feliciano el de la ti Mena- para sembrar los garbanzos y las patatas. Mañana que, si mal no recuerdo, es el Día del Angel. Habrá que empezar con las siembras, que el Angel todo lo protege, y así no se marearán los frutos.

Llegan, desde las fincas cercanas, los ruidos del sigurón sobre olivos y encinas. Aún no ha terminado el ramoneo. Si los reyes dieron la licencia para comenzar a ramonear, el día quince de marzo cerrará el ciclo. Las cargas de ramo se llevan, en las bestias, para que sirvan de alimento a vacas, cabras y ovejas.

-Ya estamos casi encima de la Semana Santa -comenta ti Marcial el Bronqueño-. Cuentan que este año andan los quintos dividíos: unos, que si quieren ir al salón de arriba; otros, que al de abajo. Ya veremos si no acaban a trúnfuh...

-Con lo buena que es la unión y la sana armonía -tercia ti Avelino Domínguez-. Bien recuerdo yo la mi quinta. El Domingo de Pascua de Ramos ajustamos la cabra. Tuvimos carne pa rato... El Ayuntamiento mos entregó una encina vieja y seca, pa que jiciéramuh la lumbri y la mantuviéramos toda la semana. Los días de la ahtinencia comíamos patatas con bacalao. ¡Y todos tan alegres y tan campántih!

-¡Y nusotrus el sábadu pol la nochi! -explica ti Miguel el Pilongo-. Llegó el Sábado de Gloria y estábamos toda la quinta subíos en la tribuna de la iglesia. Comienzan a repicar las campanas, anunciando que Jesucristo había resucitao, y nusotrus fue tó en una. Salimos pa juera y vengan rejínchuh, y vengan cohétih, y vengan cantárih, y venga a sonal la flauta y el tamboril... ¡Menú jolgoriu! Luego, ya a media noche, levantamos a las quintas, a las nuestras hermanas y madres y a algunas amigas, y todos juntos fuimos a rezar el Rosario de la Aurora. Sólo se oían los cantárih, muy bien acompasaítuh, por todo el pueblo. Asín todu el ratu, desde la iglesia a la ermita del Cristo. Rufina la Gata cantaba muy bien aquello de:

Allá arriba en el Monte Olivete,
ramito de flores, rosal de pasión,
le quitaron espinas a Cristo
cuatro golondrinas y un ruiseñor

Cristianos, venid,
devotos, llegad;
no se pierda lo que tanto vale
por la perecilla del no madrugar.

El Rosario de por la mañana
es una cadena de mucho valor,
que por ella se sube a los Cielos,
a ver a María, que es Madre de Dios.

-¡Y lo bueno viene después! -salta ti Alberto el Lobo-. Se acaba el Rosario y todo el mundo a la casa de los quintos. Y allí, vengan dulces, vengan perrunillas y floretas, güesílluh y mojicónih...Y vengan vinos de pitarra, y anís, y coñá, y aguardienti... Y vengan a bailal. Acabábamos rendiítuh pa la pruseción del Encuentru.

Desde donde están los ocho ancianos se observa perfectamente la dehesa boyal. Está cubierta de encinas, alcornoques y robles. Es una gran fuente de riqueza para el pueblo. La administra el Ayuntamiento, y los vecinos se aprovechan de ella con el pastoreo de sus ganados; sembrando todos los años un cuartu, que casi siempre es de cereal, aunque haya quien le da por poner chóchuh, sobre todo si se barrunta alguna boda o bautizo; con los lotes de leña; con la montanera de los cerdos; con el picón del monte bajo y de las tarmas de las encinas... Y todo ello sin contar los buenos dineros que ingresa el pueblo cuando se realizan las sacas del corcho. Tienen suerte estos pueblos extremeños a los que la desamortización del pasado siglo no les hizo mella. Al menos, se salvaron algunos montes comunales y de propios. Tales pueblos tienen un pelaje distinto a aquellos otros cuyos predios del común cayeron en manos de caciques y terratenientes.

Ti Cetu, al que siempre llamaron «Alcalde de la Cuéhta», mira fijamente hacia la iglesia parroquial y comenta:

-Yo no sé si hogañu m'habrán apuntau pa cuhtodial el Monumentu. Me pareci que m'ha dichu la mi muchacha que me toca en la tardi del Juévih Santu. ¡Qué se le va a jadel! Es la costumbre. En otras pártih, tienen otros parecérih. Asín, en el pueblo de Pascueza tenían pol costumbre (yo no sé ahora) el de entregal el Juévih Santu unos bollos de pan a todos los vecinos mayores de dieciséis años, que era la edad mínima para ser cofrade. Y es que resulta que la Iglesia tenía una vincularia, dentro de la cual figuraba una aceña. Esta aceña la arrendaba la Iglesia a un particular, que tenía la obligación de moler cuatro fanegas de trigo para los bollos del Juévih Santu. Dicin que un año se negó a moler tales fanegas el que llevaba en renta la aceña, pero el río Alagón se vino con una gran riá y quedó acenagaíta toda la aceña.

-Son las costumbres de la Semana Santa -interviene ti Marcial el Bronqueño-. Tal es el caso del pueblo de Cachorrilla. El mismo Domingo de Pascua preparan Lah Enramáh. Cogin los mozos y se van a la sierra a pol jeléchuh en la nochi del Sábadu Santu. Con los jeléchuh preparan coronas y guirnaldas y van y las colocan en las ventanas y en los balcones de las novias o de las que pretendían. Y había que jadel guardia debajo de lah enramáh, no siendo que otros rivales las farataran.

-Esa costumbre es muy parecía a la que hacen en Serrejón -explica ti Juan el Gachu-. Resulta que el Sábado de Gloria los quintos se van a la sierra a por romero, espinos floridos, escoberas, etc. Al llegar la noche se dedican a engalanar y vestir las tres cruces del llamado Calvario. También van a por forraje y hacen trenzas con estas hierbas. Llenan todas las calles por donde va a pasar la procesión del día siguiente con romero y encandorcas, que son como unas flores azules que se crían por el monte. Muchas de las trenzas de forraje, a las que las llaman arguinajas, las colocan de balcón a balcón. El que tiene novia adorna la ventana y el balcón de ésta con ramas y flores, y le canta alguna ronda. Al día siguiente, que es el Domingo de Resurrección, los quintos sacan al Niño en procesión, y las mozas sacan a la Virgen. Hay que pedir la vez de año en año.

El encuentro tiene lugar en el Calvario. Y se encuentran al ser de día, cuántih que se ve. A las imágenes les tiran salvas de escopeta y cohetes. Los quintos también gastan la picardía de tirarle al cura cohetes a los pies.

-Yo conozco otra costumbre de por estos días en el pueblo de Membrío -tercia Basiliso el Boyero-. Hay costumbre de ir el Sábado Santo a por ramos de azabuchi al pie del río Salor. Se va a por ellos en burru. Luego, los bendice el cura y los reparte entre los vecinos. Y el Domingo de Pascua los mozos engalanan los caballos y montan a las novias o amigas, a las que pasean por las calles del pueblo. Más tarde se corren los caballos por la carretera de Salorino. Y todo el mundo a mirar quién llega antes. Cuando llegaban a Salorino, los mozos se comían allí un frite, y luego regresaban a Membrío.

La tarde marcina comienza a arrebolarse hacia la parte de la Sierra de Dios Padre. Ti Marcial el Bronqueño mira hacia el ocaso y exclama:

-Arreboles al Poniente, aire al día siguiente.

-Seguro que vendrá aire -tercia Feliciano el de ti Mena-, pero bien que se deja caer el sol durante el día. Y es que ya lo dice el refrán: «En marzo salen al sol los lagartos», o aquel otro de «en febrero busca la sombra el perro, y en marzo, el perro y el amo».

No paran los cotidianos devaneos en los predios que rodean el ejido y en los que se extienden más allá de la dehesa y de los olivares. Andan los campesinos metidos en sus tareas de poda y de siembra. Es el momento propicio para sembrar toda clase de árboles y arbustos, excepto parras e higueras, cuyo turno es en noviembre. También son las fechas adecuadas para los injertos de invierno, llamados «de púa»; sistema consistente en practicar incisiones en el árbol e introducir en ellas una serie de yemas. Y siempre por siempre habrán de practicarse los injertos en menguante. No se puede ir contra el ciclo cósmico. No hay que herir al árbol en la fase del creciente, pues se le agotarían sus fuerzas. La arcaica costumbre no ha muerto.

Por las tierras de pan llevar, que hoy ya son muchas menos que antaño, grupos de mujeres se doblan sobre los surcos, escardando el trigo. Los hombres andan por los prados, limpiándolos de maleza, preparándolos para el guadañeo. Se quitan piedras y se arrancan los sacapeos, las argamulas, las zarzas... Las mozuelillas transportan las cenizas de la jornija a los pequeños huertecillos, donde se está llevando a cabo la siembra de los garbanzos.

Ti Avelino Domínguez echa mano de su sobada petaca y se dispone a liar un deforme cigarro. Mira a sus compañeros y les dice:

-¿A que no sabéis lo que se dijun el mes de marzo y el pastor? Pues esto fue que se encontraron el pastor y el mes de marzo, y va y le dice el pastor al mes de marzo:

Marzo marcete,
si jádih buen tiempo,
te daré un borreguete.

Pasó el tiempo y ya quedaban pocos días para que marzo terminara. Con que va y le salió al encuentro del pastor:

-Pastor, partorcete,
¿adonde está el borreguete?

-Jidíhte buen tiempu,
engordó el borrego,
se lo di al mi amo,
se puso contento.

y va, entonces, y le dice el mes de marzo:

-Con tres días que me quedan a mí
y otros tres que me preste mi amigo Abril,
te he de hacer andar, pastor,
con los cencerros al cuadril.

-Ya lo creo -interviene ti Alberto el Lobo- que a mí me ha tocado más de dos veces aguantar los achuchones del mes de marzo y... ¡sin tener donde arrialmi! Pero, de todas formas, también es buen mes para los pastores, porque ya sabéis que el primer viernes de marzo comienza el raboteo. Si los amos son generosos, habrá fiesta por todo lo alto. Yo he comido muchos años, en las fincas de invernadero, con los familiares del dueño de la pastoría. No parábamos de rabotear, y... ¡vengan rabos asados! Y luego, un borrego en caldereta. Corría el vino que daba gusto. ¡Menuda juerga! Y cantábamos aquello de:

Pastor, que estás en la sierra,
durmiendo entre jarales,
si te vinieras conmigo,
durmieras entre rosales.

Responde el infame vil:

-Tengo el ganado en la sierra
y allí me tengo que ir.

Pastor, que estás enseñado
a dormir entre jarones,
si te vinieras conmigo,
durmieras entre colchones.

Responde el infame vil...

La tarde va cayendo lentamente. El cabrial regresa de la dehesa, dejando un rastro de esquilas. Al llegar al ejido, las cabras se dispersan, y cada una de ellas se dirige, guiada por el instinto, a su cuadra correspondiente. El atardecer se llena de alegre algarabía. Revolotean los pardales en las altas copas de los empinados eucaliptus. Vuelven los campesinos de sus labranzas. Corta el viento como un alfanje sobre el verde del ejido. Las tremolinas hacen piruetas de polvo y se escapan hacia lo alto. Los ocho ancianos se encaminan, a través de la calleja del Espechín, hacia la taberna de Angel Risa.

Al llegar a la Plaza Mayor, los viejos hacen un alto. El pueblo comienza a oler a aceite de lagares. Cuece, en los hogares, el ajo de patatas y el aceite de oliva empapa las fritangas. El humo se escapa por las chimeneas... Unos muchachuelos juegan en el centro de la plaza. Uno hace de burro, y los demás, saltan. Se escucha la cantinela:

Periquito el aguador,
muerto lo llevan en un serón;
el serón era de paja,
muerto lo llevan en una mortaja;
la mortaja era de lino,
muerto lo llevan en un pepino;
el pepino era de aceite,
muerto lo llevan en un bonete;
el bonete era de un cura,
muerto lo llevan a la sepultura;
la sepultura era de cal,
muerto lo llevan al hospital;
el hospital era de cuerno,
muerto lo llevan por los infiernos;
los infiernos eran de lumbre,
muerto lo llevan por las cumbres;
en las cumbres había un cardo,
en el cardo un nido,
en el nido un huevo,
en el huevo un pelo,
en el pelo un galgo,
¡estiéndete, rabilargo!

El sol se ha muerto ya por los serrejones de Los Castillejos. Los ancianos llegan a la taberna a la par que el joven maestro, el que recoge coplas y cantares.

-Venir con Dios, señor maestro -saluda ti Basiliso el Boyero.

-A las buenas y... ¡para adentro! -responde el maestro.

En derredor de la agrietada mesa de madera, con el vino rojo entre las manos, se sientan los nueve hombres. Un poco más allá, acurrucada en una diminuta silla de anea, una abuela, toda enlutada y llena de arrugas, juega con su nieta. Coge las manos de la niña y, radiante de felicidad sus gastados ojos, salmodia continuamente:


Pin, pin,
zaramacatín,
vino la pollera,
sansabanera,
de sábana rota,
vuelve a por otra.
Higos y castañas,
nueces y avellanas.
Pajarito del monte...,
¡saca y esconde!

-Señor maestro -interviene ti Miguel el Pilongo-, esta noche no es como noche para los romances. Es que estamos en Cuaresma y da como no sé qué el liarse uno de cantares. Pero si usted quiere, yo le recito una oración muy antigua, que la aprendí de mi abuelo, que en gloria esté. Comienza así:

Camina la Virgen pura,
camina por la mañana;
por la calle la Amargura
mucha sangre se derrama.

La derrama un caballero
que Jesucristo se llama.
Sangrando va del costado,
sangrando va de las llagas.

En aquel triste momento
se le ha acercado una dama
con un paño entre las manos
para limpiarle las llagas.

-No me limpies, no me limpies,
te lo ruego por mi alma,
que éstas son cinco lanzadas
que me quedan por purgarlas
por los vivos y los muertos
y la cristiandad santa.

El que diga esta oración
todos los viernes del año,
salva un alma de pena
y salva otra de pecado.

El que la sabe y no la dice,
el que la oye y no la aprende,
veremos el Día del Juicio
lo que habrá de sucederle.

El vino rojo, distinto a la pitarra local, que se trae en grandes cubas de madera desde muchos kilómetros de distancia, comienza a abrillantar los ojos y a zarabatear las lenguas. Ti Cetu, al que dicen «Alcalde de la Cuesta», se queda mirando fijamente el anillo que lleva el maestro. Sonríe picaronamente y exclama:

-A ver, señor maestro; a ver si me acierta este acertajón:

Es un gusto muy a gusto
que tiene toda mujer
que por un agujero redondo
metan carne sin cocer.

La corrobla de ancianos observa al maestro; Son ocho sonrisas cómplices. El maestro piensa que la adivinanza va con segundas. Se calla un momento y, luego, dice:

-No lo sé, ti Cetu; no lo sé.

Ti Feliciano el de ti Mena lanza una estruendosa carcajada y salta:

-Pero si os lo está diciendo, si es muy fácil... Si no quita la vista de la respuesta. ¡El anillo, coño! ¡El anillo! Ahora me toca a mí. Ahí va este:

No me la metas
que me la entrizas,
que me haces sangre
y soy primeriza.

-Ese acertajón sí lo sé -responde el maestro, frotándose las manos-. Es igual que este:

Por fin llegó el día
en que te la he de meter;
te he de hacer sangre
por ser la primera vez.

Las voces de dos ancianos se entrecruzan:

-¡Es el pendiente! ¡El pendiente!

La noche se ha dejado caer rotundamente sobre el pueblo. Marzo ventoso se pasea iracundo por los tejados musgosos. Los perros le ladran al cuerno de la luna. La taberna de Angel Risa es un mundo de sombreros de paño, de humo espeso de tabaco, de carraspeos y de vinos tremendamente rojos.

La Cuaresma pesa como una losa intocable en las almas de todo el pueblo. Pero a veces el vino transgrede la norma, y entonces se hacen añicos los cánones impuestos desde arriba por los poderes eclesiásticos. Ti Avelino Domínguez está dispuesto a romper los esquemas cuaresmales y le dice al maestro:

-Si las otras noches hemos acabado con romances, esta no puede ser menos. Que Dios nos perdone, pero a mi corto conocimiento creo que a nadie le hacemos daño por cantar alguna copla que otra. La cantaremos bajito. ¡A ver, Angel, entorna bien la puerta de arriba, que vamos con el cante!

Ti Avelino Domínguez se echa el sombrero hacia arriba, mira hacia la bombilla que pende del techo, tose dos o tres veces, se limpia la boca con el dorso de la mano y comienza:

Estaba el conde don Claro
recorriendo sus haciendas.

Tiene una mujer bonita
y un galán se la corteja.

Deja la mula en el campo,
coge el caballo que vuela.

Ya cogió una veredilla
que a su casa fue derecha.

Ha llegado a la su casa
y ha visto muy malas señas.

-Mis puertas están cerradas,
cuando siempre están abiertas.

Con el puñal que llevaba
hizo un buraco en la puerta;
primero metió los pies,
después metió la cabeza.

El caballo al no coger,
lo dejó atado a la reja.

-Iremos a la cocina
por ver quién se encuentra en ella.

Lo único que encontró
fueron zapatos y medias.

-Ni son míos estos zapatos,
ni tampoco son las medias.

Iremos a la mi cama,
por ver quién se encuentra en ella.

Lo primero que encontró
fue al galán y a la doncella.

Primero mató al galán,
y le dijo a la doncella:

-¿Qué ha pasado en la mi casa
que me has dado esta sorpresa?

Si lo has hecho por dinero,
las arcas estaban llenas;
si lo has hecho por aceite,
las tinajas extravertieran;
si lo has hecho por amor,
haber escrito unas letras.

La mató con el puñal
que estaba en la vasalera.

Tomó al niño en los sus brazos
y se lo llevó a su abuela.

-Coja el niño en los sus brazos
y búsquele madre nueva,
que la anterior que tenía
ya he dado cuenta de ella.

-Mi señor, no puede ser,
que ayer tarde estaba buena.

-Coja el niño en los sus brazos
y le den leche postrera.

Al salir por el umbral,
tiró el sombrero con fuerza
y dijo con voces altas:

-En mi casa hay carne fresca,
he matado un jabalín
y una valiente ternera.

La noche se ha vuelto más noche, y el viento de marzo busca a los duendes por los desvanes. Los nueve hombres apuran sus vasos y se escapan puertas afuera.

-Dil con Dios, señor maestro.

-Igualmente. Hasta mañana.

TRANSCRIPCION DE PALABRAS

Lejíu: Ejido, campo comunal a las afueras de un pueblo.

Jaóbah: Algas.

Jozan: Hozan.

Guarrápuh: Cerdos.

Viciu: Estiércol.

Jinca: Juego de niños, consistente en clavar unas estacas de palo en la tierra húmeda.

Partiterrenu: Otro juego de niños, que ofrece similitudes con el anterior.

Sigurón: Hacha.

Trúnfuh: Tortazos.

Juera: Fuera.

Rejínchuh: Jijeos.

Perruníllah, florétah, guesílluh y mojicónih: Dulces caseros.

Pitarra: Vino casero, realizado en la bodega familiar.

Pruseción: Procesión.

Cuartu: Una de las cuatro porciones en que se suele dividir una dehesa boyal, que se siembra cada año.

Chóchuh: Altramuces.

Tármah: Leña delgada y seca de encinas.

Jadel: Hacer.

Parecérih: Usos, costumbres.

Acenagaíta: Sumergida.

Farataran: Deshicieran.

Cuántih: En cuanto que...

Azabuchi: Acehúche.

Sacapéoh: Planta de tallo largo y anchas hojas en su base.

Argamúlah: Otra clase de planta.

Jornija: Recipiente en el que se van depositando las cenizas del hogar.

Dijun: Dijeron.

Jádih: Haces.

Jidíhti: Hiciste.

Arrialmi: Guarecerme.

Caldereta: Guiso de cordero al estilo extremeño.

Ajo de patatas: Comida muy propia de las noches extremeñas.

Zarabatear: Enredar, balbucear, tartamudear.

Acertajón: Adivinanza.

Buraco: Agujero.

____________
Mi mayor gratitud a las personas citadas en este trabajo, algunas de las cuales ya han fallecido. Del mismo modo, hago extensivo mi agradecimiento a: Urbano Parrilla (Serrejón), Jesús y Juan José Solís (Salvatierra de Santiago), Luis Rodríguez (Pescueza), Emilia Sobrado (Cachorilla) y diversos vecinos de Las Hurdes.