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Aspectos cultuales en torno al agua en la tradición Riojana

QUIJERA PEREZ, José Antonio

Publicado en el año 1990 en la Revista de Folklore número 116.

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En La Rioja, al igual que en otras áreas geográficas, se dan una serie de rituales en torno al agua. La simple observancia de estos rituales confirma que, al menos morfológicamente, no presentan variaciones importantes con respecto a otros ritos europeos de igual categoría: nos referimos a la recogida de aguas curativas y milagreras, a los baños o lavados parciales del cuerpo en fechas concretas, aspersiones, rogativas, etc.

Muchas de estas tradiciones ya han perdido toda vigencia, pero existen una serie de documentos, unas fuentes de datos que nos hablan directamente del pasado de unos rituales y de un conjunto de cultos en torno al agua en la tradición riojana. Se trata de algunas narraciones míticas, un conjunto de topónimos y algunas creencias que han tenido valor hasta bien entrado el presente siglo.

Es bien sabido que el idioma cumple con varias funciones, siendo una de ellas la de servir de almacén de una gran parte del saber tradicional propio de la comunidad humana que hace uso de él. Una lengua guarda en sí misma un cúmulo de experiencias colectivas, de vivencias muy arcaicas a las que constantemente el grupo humano ha de recurrir, como, por ejemplo, ocurre con los refranes, las leyendas, los cuentos, los mitos y el propio vocabulario es una fuente casi inagotable de experiencias y afirmaciones de carácter espiritual dignas de análisis por parte no sólo de lingüistas y filólogos, sino también de los folkloristas, pues supone una importante fuente de información con relación a determinados aspectos espirituales inherentes a la cultura tradicional. La misma toponimia puede aportar un importante número de referencias acerca de creencias venidas a menos en el momento actual.

Por medio de este bagaje de expresión oral es como vamos a poder acceder al conjunto de cultos que han girado alrededor del agua en la pretérita tradición riojana.

Historiadores religiosos de siglos pasados tuvieron la habilidad de reunir en sus obras algunas creencias referentes a fuentes sagradas, arroyos, etc. Estas notas son, sin duda, de suma importancia para apoyar este escueto análisis, porque, en primer lugar, estos recopiladores de mitos y leyendas estaban más cerca que nosotros del mundo conceptual que creó y vivió las creencias expresadas en dichos relatos. Incluso formaban parte de una tradición que asumía esas creencias en pleno siglo XVII. En segundo lugar, estas narraciones suponen la afirmación de un entramado cultual que sobrepasa los limites de los propios mitos.

La toponimia es otra fuente de información de importancia acerca de pasados cultos en torno a las aguas. Una vez desaparecida la lengua vasca en el área geográfica riojana, en algunas zonas, bien entrada la Edad Media, ha dejado tras de si un legado compuesto por un bloque de topónimos que hacen referencia al carácter sagrado de algunas fuentes y arroyos. Un análisis comparado con topónimos semejantes del área vascófona pueden darnos idea de la naturaleza de las deidades adscritas a dichos topónimos y, en consecuencia, localizadas en dichas fuentes y arroyos.

Por último, algunas conversaciones mantenidas con informantes de edad nos han puesto al corriente de la existencia de determinados rituales en torno a fuentes, ríos, lagos y otros medios acuosos en La Rioja, que vienen a suponer de algún modo herencia del acervo espiritual del pasado riojano.

Los análisis hechos más de una vez sobre el tema de los cultos que giran alrededor del agua en la Península Ibérica han solido ser enfocados desde el prisma historicista o puramente arqueológico. Como consecuencia, la idea más frecuentemente expresada es la de que se trata, en principio, de cultos al agua, de un modo general, lo que viene a suponer un craso error de base. Hoy en día, los estudios realizados desde el punto de vista de la fenomenología de las religiones (que, sin duda, es la ciencia más implicada en el análisis de cualquier motivo religioso como el que nos ocupa) demuestran que no han existido cultos al agua en cuanto que el agua no es propiamente una deidad. Debemos hablar de cultos en torno al agua, visto que el medio acuoso no es más que una hierofanía; es decir, un modo de expresión de lo sagrado, y nunca lo sagrado en sí mismo. Hecha esta salvedad, introduzcámonos de lleno en el tema.

OBSERVACIONES TOPONÍMICAS EN TORNO A DEIDADES ACUATICAS

Si alguien ha trabajado con verdadero entusiasmo y acierto el pasado de la lengua vasca en La Rioja, de sus características dialectales y de la toponimia en general, este ha sido el ya fallecido riojano J. J. B. Merino Urrutia. En su obra (La lengua vasca en La Rioja y Burgos» (1) este autor recoge un conjunto de topónimos que confirman el carácter místico de algunos manantiales, ríos y fuentes riojanos hasta bien entrada la Edad Media, y que han quedado como residuo mitológico en el idioma.

Nos referimos explícitamente al siguiente conjunto de términos geográficos: Laminiturri, Lamiscarra (Ojacastro), Laniturria (Ezcaray), Lambizarre, Lambizarna (Santurdejo), y los burgaleses próximos a La Rioja de Lameturria, Lamituri (Espinosa del Monte), Laminturri (Belorado), Lamiturri (Villafranca Montes de Oca) y otros más de igual característica de La Rioja y zonas próximas de Burgos (2).

En todos estos topónimos aparece el radical «lami (n)-». Las «lamiak» o «laminak» son, en el entramado mitológico vasco, un conjunto de númenes propios del medio acuático generalmente que habitan en los ríos, arroyos, fuentes, lagos, etc. Por tal motivo es frecuente que el radical citado lleve como desinencia el término «iturri» (fuente) o alguna variación del mismo. La característica morfológica de este tipo de divinidades acuáticas es la de poseer aspecto femenino con alguna mutación formal, generalmente en los pies, que pueden presentar membranas y apariencia de palmas de pato (3).

La aparición de estos topónimos en el área riojana a botepronto, es decir, sin habernos preocupado por buscar más ejemplos, nos lleva a pensar que los antiguos pobladores de La Rioja consideraban algunos arroyos y fuentes como lugares sagrados, moradas de unos númenes propios de este medio a los que debieron denominar con algunas variantes de «lami(n)», al igual que en otras zonas vascófonas.

También desde el punto de vista de la toponimia debemos fijarnos en otros tres nombres geográficos, posiblemente posteriores a la pérdida de la lengua vasca en La Rioja, que hacen referencia a la sacralidad de algunas fuentes o manantiales. En el número 3 de los «Cuadernos de toponimia alavesa» (4), referido al espacio geográfico alavés conocido como La Rioja Alavesa, se recogen estos tres locativos: La Fuente Sagrada (Labastida), Fonsagrada (San Vicente de la Sonsierra) y Fonsagrada (Laguardia) (5). La localidad de San Vicente de la Sonsierra forma parte de la actual provincia de La Rioja, aunque se sitúa sobre la margen orográfica izquierda del río Ebro a su paso por La Rioja Alta. Desconocemos si existe alguna tradición con respecto a los lugares citados, pero el carácter sacralizante de estos topónimos no deja lugar a dudas.

Aunque no está directamente relacionado con la toponimia, vale la pena recoger otro dato que hace referencia al agua en el pasado riojano. En la ermita de Nuestra Señora de los Arcos (Tricio) fue encontrada una inscripción romana en latín, hoy desaparecida, en la que se hacía referencia a las «ninfas», pudiendo haberse tratado de un ara dedicada a las divinidades acuáticas del lugar, toda vez que las creencias de los romanos acerca de estos seres los situaba casi exclusivamente en el medio acuático, a diferencia de las creencias griegas, que contaban con «ninfas» de los ríos y fuentes, de las montañas, de las cuevas, de los árboles, etc. (6).

Durante el proceso de romanización se aceptarían los viejos cultos prehistóricos anteriores de carácter indígena sin grandes reparos, toda vez que los recién llegados poseían cultos de igual categoría en sus lugares de origen.

Según es opinión de J. M. Blázquez, los cultos en torno a las aguas en la Península Ibérica serían netamente indígenas y estarían asentados, por lo menos, ya en el Neolítico, habiendo sobrevivido hasta la época de cristianización, momento en el que sufrirían los cambios pertinentes para caer bajo el patrocinio de alguna divinidad cristiana (7).

En esa misma línea, recogemos la afirmación de M. Eliade sobre la identidad de estas divinidades acuáticas locales y los sistemas religiosos que les fueron superpuestos en el devenir histórico: «A la multivalencia religiosa del agua corresponde en la historia un gran número de cultos y de ritos acumulados en torno a las fuentes, los arroyos y los ríos. Cultos que en primer lugar se deben al valor sagrado que tiene el agua como elemento cosmogónico, pero también a epifanías locales, a las manifestaciones de la presencia sagrada en una corriente de agua o en una fuente determinada. Estas epifanías locales son independientes de la estructura religiosa que se les superpone» (8). Es decir, nos encontramos ante viejos cultos locales que van siendo transportados de siglo en siglo a la vez que van sufriendo paulatinamente las necesarias adaptaciones que promueven los cambios socio-culturales, acaecidos en nuestro caso en el ámbito riojano a lo largo del tiempo.

Así, en algunos ejemplos posteriores podremos observar cómo estos cultos ancestrales han pervivido adscritos en muchos casos a estructuras sagradas renovadoras, superando incluso el proceso de cristianización. En estos ejemplos riojanos es la Virgen María o alguna santa de devoción local, deidades femeninas, quienes han de adoptar el tutelazgo de estas fuentes y manantiales.

EL MEDIO ACUOSO COMO REPRESENTACION DEL CAOS

Tanto M. de Anguiano como González de Tejada se hacen eco de un relato de carácter mítico en el que el agua toma un aspecto muy característico como partícipe en el caos, en el desorden que muchos sistemas religiosos asientan a modo de punto de partida para construir sus cosmogonías. En la mayoría de estos casos será un dios o un héroe civilizador (esta segunda posibilidad se da más frecuentemente en sistemas religiosos más evolucionados, con gran número de creencias residuales de sistemas anteriores y de cultos locales) quien establece el orden, la nueva realidad.

La vida de Santo Domingo de la Calzada presenta una simbología especialmente rica. El lector interesado puede acceder a ella a través de las numerosas obras que la recogen (9). Pero lo que a nosotros nos interesa en este momento es el período en que el santo da comienzo a su actividad milagrera y cosmócrata en cierta medida.

Domingo recibe la orden divina de transformar el área en la que vive en completo recogimiento, que es descrita a base de imágenes muy evocadoras: un espeso bosque impenetrable rodeado de pantanos y lagunas inmundas e infectadas de bandidos dispuestos a asaltar a los peregrinos que caminan hacia Poniente.

Es entre este paisaje oscuro, peligroso y, en definitiva, caótico en donde Domingo comienza a poner en práctica su capacidad milagrera, desmontando el bosque con una simple hoz y destruyendo los pantanos. El mismo río Oja es un obstáculo en la marcha de los peregrinos, que no pueden cruzarlo si no es dando grandísimos rodeos; el río forma parte de esta estructura caótica en la que el santo debe poner orden. Tras actuar en el bosque y pantano, construye un puente sobre el Oja.

En esta narración el agua entra a formar parte importante, junto con la selva y los bandidos, de una estructura de marcado carisma caótico, en una clara reminiscencia del caos primordial, que tantas y tantas variantes presenta en los distintos sistemas religiosos. Este caos debe ser anulado para permitir la restitución de la nueva realidad que es por principio sagrada, civilizada.

EL AGUA COMO ELEMENTO FERTILIZADOR

Esta posibilidad simbólica del agua también es bastante frecuente en diferentes mundos espirituales. Se trata de concebir el agua como una sustancia capaz de transmitir la vida. Es ésta una creencia que se ha dado con especial importancia cuantitativa en comunidades agrícolas, para las que el agua es, sin duda alguna, un elemento de vital importancia, cargado de matices religiosos.

L. Yravedra y E. Rubio recogieron en Calahorra una fiesta a celebrar el día 12 de mayo, día en el que se traía agua de la población navarra de Los Arcos. Este agua era conocida como «el agua de San Gregorio», y era considerada como fertilizante para los campos y milagrera para las personas. Con ella se bendecían los terrenos de labor, esparciéndola al aire (10).

EL AGUA CON CAPACIDADES CURATIVAS Y LAS APARICIONES DE IMAGENES

M. de Anguiano recoge en su «Compendio historial de la provincia de La Rioja, de sus santos y milagrosos santuarios» (11) algunos relatos que tratan concretamente de las apariciones de imágenes sagradas en diversas hierofanías: montañas, árboles, fuentes, etc. (12). Sin extendernos mucho, vamos a sintetizar en sus elementos más esenciales aquellos en los que el medio acuoso es parte integrante de un modo especial.

En las proximidades de la villa de Anguiano existe una ermita dedicada a Santa María Magdalena. En dicho lugar se encontraba una encina sobre la que apareció la imagen de esta santa. La imagen fue guardada en una cueva próxima. Junto al lugar existía, y existe aún, una fuente. Tanto las hojas del árbol como las piedrecillas de la cueva y el agua de esta fuente eran recogidas por los fieles que se dirigían al pequeño templo, en la creencia de que poseían cualidades curativas milagrosas (13). Todavía en el presente esta ermita es objeto de especial observancia por los habitantes de Anguiano, a donde acuden en romería en mayo y septiembre.

La leyenda que describe la invención de la imagen de la Virgen de Valvanera es una de las más interesantes y prolíficas en detalles de extrema minuciosidad de las que podemos encontrar en el ámbito riojano. El natural santuario en el que debía de ser encontrada la imagen por unos anacoretas, estaba formado por un roble que contenía un enjambre de abejas y el manantial que brotaba de sus raíces. Allí se erigió una pequeña ermita mientras que a su alrededor fueron agrupándose otros anacoretas que vivían en las cuevas del lugar, hasta que la ermita fue transformada en un monasterio con su santuario (14). Sin duda, Valvanera es en el presente el centro religioso que recibe mayor número de fieles de toda La Rioja

En las proximidades de San Asensio se localiza el monasterio de la Virgen de la Estrella, en el pasado conocida como la Virgen de Arizta o Aritzeta. La imagen de dicha Virgen fue aparecida sobre un roble en el lugar sobre el que luego se erigió una ermita y, posteriormente, el monasterio. Allí mismo se encontraba una fuente conocida como «Fuente Santa» (denominaciones semejantes han aparecido anteriormente al hablar de la toponimia riojana con relación al medio acuoso). Los fieles debían comer las bellotas del árbol y bebían agua de la fuente mencionada, que poseía cualidades milagrosas (15)

La siguiente imagen fue aparecida no en el interior de un árbol o sobre él, sino propiamente en una fuente de tres caños. Se trata de la Virgen de Tresfuentes, cuyo santuario se encuentra a escasa distancia de la población de Valgañón (16). En este caso la hierofanía central sobre la que gira todo el entramado mítico es el agua que brota de la triple fuente, mientras que en los ejemplos anteriores el agua es un elemento más del santuario, no el único.

Dejando de lado las narraciones anotadas por M. de Anguiano a comienzos del siglo XVIII, vamos a apuntar la creencia que pudimos recoger en Sorzano y que camina por la misma línea: Ha sido generalmente admitido en esta villa riojana que la imagen de la Virgen de la Hermedaña fue aparecida sobre un acebo en las boscosas laderas del monte Serradero.
Bajo los muros ruinosos de la ermita que se levantó en el lugar del encuentro brota un manantial (17). Esta ermita fue en el pasado el centro de peregrinación más importante de esta zona de La Rioja, aunque hoy, por desgracia, es objeto de total abandono y ya no quedan más que los restos de los muros, en deplorable aspecto (18).

ALGUNAS ANOTACIONES SOBRE EL SIMBOLISMO DEL AGUA

Las notas anteriores sirven para confirmar la pasada existencia de un conjunto de cultos en torno al agua, expresada a través de fuentes, ríos, arroyos, etc. Estos cultos debieron de verse inmersos en el proceso de cristianización, como es lógico, y que fue especialmente virulento a comienzos de la Alta Edad Media en el norte peninsular en las clases populares y campesinas, por las que debía de extenderse.

Estos cultos intentaron sobrevivir fuertemente enraizados en la cultura tradicional riojana, para lo cual debieron de sufrir las transformaciones y adaptaciones necesarias, como son la construcción de ermitas, patronazgos cristianos, etc.

Así ha ocurrido no sólo en La Rioja, sino en cualquier otra zona cristianizada, como es sobradamente conocido.

El agua, como hierofanía, es capaz de adoptar varias posibilidades simbólicas de un modo general, aunque todas ellas giran en torno a un único núcleo generador: «Cualquiera que sea el conjunto religioso en que se presenten, la función de las aguas es siempre la misma: la de desintegrar, abolir las formas, lavar los pecados, purificando y regenerando al mismo tiempo» (19 ), afirma M. Eliade.

En el mundo tradicional riojano hemos podido observar cultos que expresan diferentes ideas originadas en el modo conceptual precedente: el agua como parte del caos, el agua como elemento fertilizador, como sustancia milagrosa con propiedades curativas y renovadoras a modo de «aqua vitae». Evidentemente, las alternativas simbólicas no acaban aquí. Tampoco los rituales originados desde cada una de estas perspectivas simbólicas relacionadas con el medio acuoso, como son, por ejemplo, las rogativas, que incluyen frecuentemente el amago de inmersión de la divinidad en el propio medio, los lavados rituales y otros ritos diversos alrededor del agua. Son, en definitiva, variaciones que giran en torno a un mismo tema.

(1) MERINO URRUTIA, J. J. B.: "La lengua Vasca en La Rioja y Burgos" (terrera edición. Navarra, 1978).

(2) MERINO URRUTIA, J. J. B.: "La lengua vasca...", págs. 36-76.

(3) Sobre las "lamiak", ver la obra de J. M. Barandiarán: "Diccionario de mitología vasca". (San Sebastián, 1984), especialmente "lamin", págs. 109-117.

(4) GONZALEZ SALAZAR, J. A.: "Toponímia menor de La Rioja Alavesa", en Cuadernos de Toponímia Alavesa, número 3. (Vitoria, 1986).

(5) GONZALEZ SALAZAR, J. M.: "Toponímia menor...", págs 17, 21 y 43 respectivamente.

(6) ELORZA, J. C., ALBERTOS, M. L. y GONZALEZ, A.: "Inscripciones romanas en La Rioja". (Logroño, 1980), págs. 44-45, inscripción número 56: "F(aciendum) C(uravit) L(ibenter) NINPH/(is) (De) (p)EC(u)/(nia) (sua)".

(7) BLAZQUEZ, J. M.: "Imagen y mito. Estudios sobre religiones mediterráneas e ibéricas". (Madrid, 1977), página 328.

(8) ELIADE, M. : "Tratado de historia de las religiones" (Edición en castellano. Madrid, 1974), tomo I, pág. 234.

(9) Son especialmente interesantes las dos siguientes: Anguiano, M. : "Compendio historial de La Rioja, de sus santos y de sus milagrosos santuarios". (Madrid, 1794., edición facsímil, Logroño, 1985), págs. 83-148, y González de Tejeda, J.: "Historia de Santo Domingo de la Calzada, Abrahan de La Rioja". (Madrid, 1702, edición facsímil. Logroño, 1985), págs 18 en adelante.

(10) YRAVEDRA, L. y RUBIO, E.: "Leyendas y tradiciones de La Rioja". (Zaragoza, 1980), pág. 79.

(11) ANGUIANO, M.: "Compendio historial...". (Madrid, 1704, ed.. fac. Logroño, 1985).

(12) Hemos tratado este tema de las imágenes aparecidas en un trabajo anterior publicado en esta misma revista, titulado "El tema mítico de las apariciones de imágenes en La Rioja". (Valladolid, 1987), volumen 7.2, págs. 190-194.

(13) ANGUIANO, M.: "Compendio historial...", piginas 641-645.

(14) ANGUIANO, M. : "Compendio Historial...", páginas 601-608.

(15) ANGUIANO, M.: "Compendio Historial...", páginas 548-553.

(16) ANGUIANO, M.: "Compendio Historial...", página 565.

(17) Recogido en Sorzano el 27-5-85.

(18) Sobre la Virgen de la Hermedaña y la ermita, ver la obra de J. M. Rubio: "Fiesta de las doncellas. Orígenes de una fiesta, una advocación y una comarca". (Logroño, 1975).

(19) ELIADE, M.: "Tratado...", tomo 1, pág. 247.