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Cuentecillos tradicionales en la "Historia de los Indios de la Nueva España" de Fray Toribio de Motolinía

ARROYO, Luis Antonio

Publicado en el año 1990 en la Revista de Folklore número 120.

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El fraile franciscano fray Toribio de Benavente «Motolinía» embarcó el 25 de enero de 1524 rumbo a América, formando parte de una misión compuesta por doce evangelizadores escogidos para predicar la doctrina cristiana a los indios americanos del valle de Anáhuac (1). Allí pasaría el resto de su vida, ocupando puestos de importancia dentro de la Orden seráfica hasta el momento de su fallecimiento, en agosto de 1569.

De entre su obra escrita, conservada fragmentariamente, destaca la Historia de los Indios de la Nueva España, redactada en 1541 y dirigida al poderoso conde de Benavente con el fin de «decidirlo a actuar en favor de las concepciones y actividades de los franciscanos» (2). Obra de circunstancias, en sus páginas se detallan numerosos aspectos de la evangelización con los logros conseguidos por los misioneros seráficos, se describe detalladamente la naturaleza mejicana, se alude encomiásticamente a las virtudes de los indios una vez convertidos y se recuerdan sus ritos y sus religiones precolombinas. Hombre viva y sinceramente preocupado por los más desfavorecidos, no en vano era franciscano (3), fray Toribio en su libro echará mano, aunque en muy contadas ocasiones, de relatos y anécdotas de inequívoco signo folklórico y popular.

En su intento de demostrar la altura espiritual de los indios convertidos al cristianismo, fray Toribio incluye relatos a los que llama «cosas notables» y que son sucesos ejemplares protagonizados por indios que sirven para ilustrar sobre su sinceridad en la confesión (4), milagros protagonizados por indígenas (página 276), defensa de la religión cristiana por niños (página 361), martirios de niños (pág. 363), doncellas indias que defienden su virtud (pág. 373); en alguna ocasión aparece la muerte violenta de algún español que maltrataba a los indios contada como castigo divino (pág. 268). Se trataría, pues, de sucesos piadosos anotados con el fin de demostrar la intensidad con que los indios convertidos vivían su nueva fe cristiana; pero, además, según señala el propio Motolinía, se trata de historias «de ellas vistas y de ellas oídas» (página 268), con lo que se indica que algunos de los sucesos contados son conocidos por la transmisión oral, básica en los relatos tradicionales.

Lo hasta ahora dicho no serviría más que para apuntar que fray Toribio se valía en sus escritos de un elemento importante del folklore como es la tradición oral, pero lo cierto es que, además, hay en su libro al menos cuatro relatos que se pueden incluir sin duda ninguna dentro de la categoría de los cuentecillos tradicionales (5).

El primero de ellos, el del carnero, se encuentra con ligeras diferencias en la Comedia Selvagia de Alonso de Villegas y en los Diálogos familiares de la agricultura cristiana del padre Juan de Pineda; ambas versiones son incluidas por Maxime Chevalier en la sección «De conversos» (6); hay que anotar que en el relato de fray Toribio no se indica que el protagonista sea judío. El segundo basa su gracia en una frase latina que con una pequeña diferencia aparece en un cuento del dominico fray Francisco de Alvarado titulado «Del magistrado de Ginebra», aquí la expresión latina es: «¿Cujus generis est fides fidei»? (7), mientras que Motolinía escribe: «¿Reverendo padre, nato cujus casus est?» El tercero no parece propiamente un cuentecillo tradicional, pues carece de la situación jocosa al final, pero su desarrollo es semejante al de algunos cuentos de burlas como el de «El asno pagado dos veces», en el que se vende a un labrador un burro que previamente se le había robado (8). El último relato gozaría de una característica peculiar de los cuentecillos tradicionales: la frase chistosa al final; frase que, según Maxime Chevalier, «tiene con frecuencia carácter proverbial: un 27 por 100 de los cuentecillos tradicionales que circulan por la España del Siglo de Oro terminan con un refrán» (9).

En conclusión, se ha visto cómo el franciscano fray Toribio de Motolinía acude al repertorio de los cuentecillos tradicionales para ilustrar con ejemplos su defensa de la buena disposición y sincera religiosidad de los indios americanos, poniendo de manifiesto, una vez más, la utilización de los relatos folklóricos en la literatura del Siglo de Oro, y ello, en esta ocasión, en una obra perteneciente a un género tal vez poco investigado por los estudiosos de la literatura tradicional: el de la historiografía americana.

CUENTECILLOS TRADICIONALES

Sino que es el mal, que algunos sacerdotes que los comienzan a enseñar los querrían ver tan santos en dos días que con ellos trabajan, como si hubiese diez años que los estuviesen enseñando, y como no les parecen tales, déjanlos. Parécenme los tales a uno que compró un carnero muy flaco y diole a comer un pedazo de pan, y luego atentóle la cola para ver si estaba gordo (pág. 233).

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Una muy buena cosa aconteció a un clérigo recién venido de Castilla, que no podía creer que los indios sabían la doctrina cristiana, ni Pater Noster, ni Credo bien dicho. Y como otros españoles le dijesen que sí, él todavía incrédulo. Y a esta sazón habían salido dos estudiantes del colegio, y el clérigo pensando que eran de los otros indios, preguntó a uno si sabía el Pater Noster y dijo que sí, y hízosele decir, y después hízole decir el Credo, y díjole bien. Y el clérigo acusóle una palabra que el indio bien decía, y como el indio se afirmase en que decía bien, y el clérigo que no, tuvo el estudiante necesidad de probar cómo decía bien, y preguntóle, hablando en latín: «¿Reverendo pater (nato), cujus casus es!?» Entonces, como el clérigo no supiese gramática, quedó confuso y atajado (pág. 356).

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Hacen todo lo que es menester para una silla jineta, bastos y fuste, coraza y sobrecoraza. Verdad es que el fuste no le acertaban a hacer, y como un sillero tuviese un fuste a la puerta, un indio esperó a que el sillero se entrase a comer, y hurtóle el fuste para sacar otro por él, y luego otro día a la misma hora, estando el sillero comiendo, tornóle a poner el fuste en su lugar. y desde a seis o siete días vino el indio vendiendo fustes por las calles, y fue a casa del sillero y díjole si le quería comprar de aquellos fustes, de lo cual creo yo que pesó al sillero, porque en sabiendo un oficio los indios luego abajan los españoles los precios, porque como no hay más de un oficial de cada uno, venden como quieren, y para esto ha sido gran matador la habilidad y buen ingenio de los indios (página 358).

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En México estaba un reconciliado, y como traía sambenito, viendo los indios que era nuevo traje de ropa, pensó uno que los españoles usaban aquella ropa por devoción en la Cuaresma. Y luego fuese a su casa y hizo sus sambenitos muy bien hechos y muy pintados. Y sale por México a vender su ropa entre los españoles, y decía en lengua de indios: «Ticouaznequi benito», que quiere decir: «¿Quieres comprar sambenito?» Fue la cosa tan reída por toda la tierra que creo que allegó a España, y en México como refrán: «Ti que qui benito» (pág. 359).

NOTAS:

(1) Sobre fray Toribio Motolinía cfr. la introducción de Georges Baudot a su ed. de la Historia de los Indios de la Nueva España Madrid, Castalia, 1985),págs. 7-77.

(2) Ibid., pág. 73.

(3) Ejemplo de su identificación con los pobres es la adopción del apodo "Motolinía", palabra con la que los indios designaban a los franciscanos y cuyo significado es, precisamente, "el pobre".

(4) Cfr. Historia de los Indios de la Nuevaa España, ed. cit., pág. 239; a partir de ahora se cita entre paréntesis la página en que aparece cada relato en esta edición.

(5) Sobre esto cfr. Máxime Chevalier, Folklore y literatura: el cuento oral en el Siglo de Oro. (Barcelona, Crítica, 1978), pág. 44.

(6) Máxime Chevalier, Cuentecillos tradicionales en la España del Siglo de Oro. (Madrid, Gredos, 1975), pág. 180.

(7) Cfr. nuestros "Cuentos tradicionales en las cartas criticas de Francisco de Alvarado (1756-1814)", Revista Folklore, n ° 110 (Valladolid, Caja de Ahorros Popular, 1990), pág. 41.

(8) Véase Máxime Chevalier: Cuentos españoles folklóricos del Siglo de Oro. (Barcelona, Critica, 1983), pág. 318.

(9) Máxime Chevalier: Cuentos españoles de los siglos XVI y XVII. (Madrid, Taurus, 1982), pág. 38.