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LA METIDA A MOZO DE SAN CRISTOBAL

SANZ, Ignacio

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 16.

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Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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A un tiro de piedra de Segovia, asentado sobre un arriscado paisaje granítico, se desparrama el humilde caserío de San Cristóbal, un pueblo cuyo municipio se integra en el de Palazuelos de Eresma. Curiosamente y frente a lo que cabría suponer, en este pueblo se ha preservado toda una serie de tradiciones que ya fenecieron en otros núcleos más alejados de la capital, donde la influencia que la misma ejerce llega de un modo más amortiguado e impreciso. Pero acaso haya sido la cercanía, el temor a la fusión con las costumbres que emanan de la ciudad, lo que haya servido de acicate a los habitantes de San Cristóbal para conservar como elementos de identificación propios ,algunos de los ritos más ancestrales de la vida campesina. Nos vamos a referir en esta ocasión, y para centrar el tema, en lo que se ha venido llamando "La metida a mozo" o "meter a mozo", que en otros lugares se conoce con el nombre de "pagar la media cuartilla".

Toda pequeña comunidad tiende a estratificar y normalizar el complejo entramado de relaciones sociales que es inherente a su propio funcionamiento. El paso de chico o muchacho a mozo, el salto que significa cambiar de categoría, queda sellado por un rito solemne en el que el nuevo mozo, para legitimarse como tal, ha de superar una serie de intrincadas y arbitrarias pruebas en presencia del resto de los mozos. Es algo análogo a lo que en términos taurinos se llama "tomar la alternativa", o lo que en términos caballerescos se conoce por "velar las armas" (1). y mientras el chico no ha superado estas pruebas sigue siendo, a la consideración de los demás, un muchacho sin derechos ni deberes, es decir, que no ha llegado a "mozo", con las consecuencias sociales que de ahí se derivan, ya que los chicos:

-No pueden entrar en la taberna.

-No pueden participar en los arreglos comunales de caceras y hacenderas en general, representando a la familia.

-Se les impide tomar parte en las limonadas que con motivo de las fiestas locales -San Antonio y El Rosario- hacen los mozos.

-No pueden salir por la noche a rondar a las mozas con el resto de los mozos.

De modo que es el propio padre en ocasiones, sobre todo en lo que se refiere al segundo de los impedimentos, el primer interesado en que su hijo alcance el estado de "mozo". La edad propicia para ello viene oscilando entre los 14 y los 16 años, es decir, en la pubertad, cuando el chico puede ser homologado con un hombre en lo que se refiere a su capacidad y destreza para llevar adelante las faenas propias del campo. Precisamente en algunos pueblos una de las muestras de que se había llegado a "mozo" venía refrendada por el hecho de saber arar derecho.

A este respecto nos dice Vergara y Martín (2) que "Cuando un muchacho quiere "hacerse mozo", es decir, que los otros le tengan por tal y le permitan alternar con ellos en juegos y demás actos propios de los mismos, los reúne una noche en la taberna del pueblo, expone su pretensión y "paga la media", o sea que les convida a media arroba de vino, que beben entre todos los mozos viejos y el nuevo al que desde aquel momento se le considera ya de la agrupación a todos los efectos".

EL CASO DE SAN CRISTOBAL

No existe una fecha concreta a lo largo del año para celebrar la "metida a mozo", que siempre es determinada por los mozos viejos, pero las metidas coinciden con las despedidas de soltero de algún mozo próximo a casarse y en las que participan todos los mozos del pueblo. Una vez que éstos han cenado y bebido, creándose ya un ambiente propicio, suelen decidir si meten a algún mozo nuevo, en el mismo bar donde se celebran las despedidas de solteros, a una hora ya avanzada de la noche, en la que se supone que el mozo designado para el honor estará durmiendo. Es preceptivo que en este tipo de actos no haya ninguna mujer; si éstas estuvieran en el bar se las manda salir porque no pueden, según la costumbre, presenciar el rito, que casi siempre coincide con la metida de dos nuevos mozos.

Estos nuevos mozos que han de superar la prueba son avisados por los últimos que entraron en la cofradía. Desde la calle, a voz en grito, les avisan y salen de la cama, a veces con la anuencia de sus padres y en ocasiones furtivamente, escamoteando su vigilancia, si el padre se opusiera a ello. Al llegar al bar los mozos viejos preparan una serie de pruebas de carácter heterogéneo en las que se mide la capacidad imaginativa, la paciencia y la solidaridad del nuevo mozo. Estas son algunas de las pruebas que, lógicamente, son cambiantes e improvisadas, por lo que en cada metida existen variantes:

-Después de llegar al bar, normalmente con cara de sueño, se les envía de nuevo a la cama con frases así: "Con esa cara ¿pretendes hacerte mozo? Anda a la cama y a ver si otro día muestras mejor disposición".

Pero enseguida, paternalmente, otro mozo le dice: "Bueno, anda, ya que estás aquí, quédate, pero espabila un poco porque esto de hoy es muy serio".

-Se les hace beber indistintamente varios vasos de agua y de vino.

-Les hacen cantar jotas.

-Después las cantan los mozos y ellos han de bailarlas en pareja. También han de bailar, al ritmo que los mozos marcan piezas "agarradas".

-Se les hace bailar el "Marquesito" siguiendo las indicaciones de la letra:

"Media vuelta, Marquesito,
media vuelta Culo Barro,
media vuelta Culo Yeso
y ahora tú, El Maldonado.
Y ahora todos, y ahora todos, y ahora todos,

que se quiten la chaqueta,
que se quiten los calzones
y nos enseñen los cojones"

-Se les envía con un cencerro a pasear las calles del pueblo, armando cuanta bulla sea posible.

-Se les interroga, no sin cierta morbosidad, sobre la vida sexual. Sus experiencias, sus expectativas.

-Se les pregunta cómo actuarían en otro pueblo en el caso de que algún mozo de San Cristóbal se viera con problemas o en medio de alguna pendencia.

-Se les manda echar un trago de agua en la cacera.

-En general, se juega mucho con la situación, sometiéndolos a cuantos suplicios quepan en la cabeza de los mozos. Los nuevos han de soportar estoicamente.

Por fin, cuando ya se han superado todas estas pruebas, se les acompaña hasta la puerta del señor alcalde (téngase en cuenta que serán entre las tres y las cuatro de la madrugada), al que han de preguntar a voz en grito: ¿cree usted, señor alcalde, que valgo para caceras? Normalmente el alcalde, somnoliento, después de ser inquirido en tres o cuatro ocasiones, responde desde dentro afirmativamente y entonces se dan por concluidas las pruebas y ya como primer acto conjunto se suele ir a rondar a la moza que se ha de casar, motivo de la despedida del compañero soltero, en el caso de que viva en el pueblo. Al día siguiente se les hace firmar un papel en el que se certifica su entrada a mozo que va refrendado por la firma del alcalde y de los dos mozos mayores.

A partir de ese momento, el mozo ya se incorpora a todas las actividades que son propias de su estamento, con los derechos y obligaciones a que da lugar su nuevo estado, en el que ha de permanecer hasta que se case.

Aunque no existe un rito semejante para las mujeres, Vergara (4) nos dice de ellas que "no se consideran como mozas hasta que no las sacan a bailar los solteros en el baile público; ellas, en cambio, tienen que darles la rosquilla el día de la Pascua de Resurrección: este día después de salir de misa, van los mozos por las casas de las mozas a pedirla; y si no se la dan no vuelven a sacarlas a bailar; también tienen la obligación de pagar las guindas, con lo que, según la costumbre, deben obsequiarles el día de San Pedro...".

A pesar de que comúnmente se viene considerando a la mujer como portadora de valores tradicionales y por ello más apegada a la costumbre, está bien claro que en el caso de San Cristóbal lo que ha pervivido, lo que pervive, es la "metida a mozo", bien es verdad que acaso sea -especialmente en estos tiempos en los que los impedimentos para los chicos prácticamente han desaparecido- por mor del divertimento que el acto conlleva, más que por otra cosa.

En algunos pueblos más de Segovia, todavía sigue vigente la costumbre de "meter a mozo", si bien, por las noticias que tenemos, el rito empleado es más simple, exento de la variedad y cromatismo que presenta San Cristóbal.

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(1) Cervantes, Miguel de. El Quijote. Capítulo III.

(2) Vergara Martín, Gabriel María. Derecho consuetudinario en la provincia de Segovia. Madrid, 1909. Imprenta del asilo de Huérfanos del S. C. de Jesús. Calle Juan Bravo, 5.


(3) Esta misma letra, aunque más desarrollada se emplea en Lastras de Cuéllar (Segovia), como sostén de un juego conocido por el nombre del "Marquesito".

(4) Vergara Martín, Gabriel María. Ob, citada.