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CUENTOS QUE ME HAN CONTADO VI-VII

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 170.

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Incluyo en esta entrega dos cuentos que igual he podido recoger donde indico o en puntos diferentes. El cuento popular está tan cercano al mito, que es parte de esa verdad invertida, de ese querer que «sea fuera» lo que «es dentro»; un «me gustaría que...», un «sería ideal que fuera así y así lo cuento», añadiendo como apoyo: «Esto parece un cuento, oiga, pero lleva su verdad. Un sujeto como el que sale aquí dicen que vivió en este pueblo hace...» Los cuentos traen la moralina puesta, se coronan con el ejemplo del que los que escuchan, casi siempre niños, han de sacar la enjundia que los contadores pretenden que saquen, les sirva o no para la vida, que eso es otra cosa; se hace la siembra en ellos como una inercia en su tiempo tierno, cuando aún la plastilina infantil admite huellas. Al llegar a mayores, los niños suelen arrumbar los cuentos creyéndolos eso, «cosa para niños», sin apenas notar que acaban de entrar en el lado de la escena donde se convierten en protagonistas de su propio cuento, que viene a ser el mismo que le han contado, pero en vivo y en directo. Ya viejos, recuentan los cuentos a los niños nuevos, y así hasta el día de los días. No podría saberse con certeza dónde nace un cuento; sólo dónde se cuenta. Un cuento rueda y deja versiones en este pueblo y en aquel (1). Aquí se llamará el héroe Juan y allí Pedro, y Margarita o Flor la princesa. Pero será ese Juan o Pedro el que deberá demostrar «quién es y de qué es capaz» si quiere gozar del amor de esa dama. A cuentas hechas, lo que verdaderamente ha inventado el hombre han sido cuentos, todos los cuentos, nada más que cuentos. Cuentos para transmitir el gran mito, el del eterno retorno al paraíso perdido; retorno ya sólo posible de una forma vicaria, a través del amor de la princesa, ella del héroe. Siempre me parecieron los cuentos porciones del mito. Si se majan todos los cuentos en una marmita, puede que salga uno solo: el primero, el único. De su entraña deriva el resto.

VI.JUAN EL APAÑAO

(Nemesia Gómez. Almonaster la Real. Huelva)

Esto era un pueblecito pegado a la playa donde vivía una familia muy pobre, un matrimonio que tenían a la madre de él y a un niño. El hombre no tenía más oficio que pescar con una caña para dar de comer a su gente. Claro, el día que pescaba comían y el que no, en blanco, con un abriero de boca que daba miedo. Y un día que llevaba mucho tiempo con la caña sin suerte dijo:

-¡Ay, Dios bendito! ¿Qué le doy de comer hoy a mi niño?

A esto se le presentó un submarino en el agua del que salió una voz:

-¿Qué le pasa a usted?

-¿Qué me va a pasar? Que mi oficio es pescador de caña y anda la cosa tan mala que no puedo alimentar a mi gente.

Y le dijo el submarino:

-No se apure. Tome esta bolsa de oro para que compre comida, a condición de que al llegar a casa, quien salga a recibirle me lo tiene que traer aquí a las diez.

El hombre dijo que sí, pensando en un perrito que tenía y que salía a ladrarle. Pero aquel día, nadie sabe por qué, el perro no salió a recibirle, sino el niño. Y él le contó a su mujer lo que había prometido hacer en pago a la ayuda de la bolsa de oro. Y a las diez en punto se presentó en la playa con el niño. Y le dijo el submarino:

-Ha cumplido su palabra. Me ha traído al que salió a recibirle.

El niño se montó y el submarino se escondió bajo el agua. Pasando un tiempo llegaron a un castillo, y allí se alojó el niño, que estaba muy bien atendido en comer y dormir, y muy limpito, rodeado de juguetes y de animales, todo en mucho orden, sin que el niño viera quién arreglaba aquello cada día, porque sólo era una mano que se movía sola. Pero cuando el niño se acostaba a dormir, se metía en la cama otro cuerpo, pero como era de noche y el castillo no tenía luz, no podía ver quien era, y la cama era grande y cabían los dos sin molestarse. Y así pasaron años, hasta que una voz le dijo:

-Juan, te has ganado un permiso. ¿Qué quieres hacer?

-Ir a ver a mis padres y a mi abuela.

-El submarino te llevará y tienes veinticuatro horas libres. Después irá por ti.

Así que llegaron a la playa, el niño corrió a su casa y todos lo recibieron llenos de alegría. Después de contar que vivía muy bien en el castillo, dijo que por las noches se iba a dormir una persona a su cama, y no sabía si era nueva o vieja, pues ni la veía ni la tocaba. La abuela le dio una caja de cerillas y le dijo:

-La próxima noche, cuando esté dormida, enciendes una y le ves la cara.

Y así hizo el niño cuando le llegó la ocasión, pero tanto le acercó la llama que le llegó el calor a la nariz, y la persona dio un grito y descubrió su cara, saliendo a la luz una princesa encantada, quien dijo:

-Zapatito de hierro romperás para dar con el «Castillo de irás y no volverás».

Al acabar la frase la princesa, se esfumó el castillo y el niño se vio en mitad de un bosque, y se puso a caminar por una vereda, hasta que vio a lo lejos un borrico muerto sobre la hierba al que otros animales se estaban peleando por comerlo. El león dijo:

-Quietos; allí viene un niño y le vamos a decir que reparta la carne del borrico y lo que él haga bien quede hecho.

El niño le dio un muslo al león:

-Esto para el rey del campo.

El otro muslo se lo dio al galgo, las tripas al águila y la cabeza a las hormigas:

-Ahí tenéis comida y casa.

Y con las mismas, siguió su camino:

-Quedarse con Dios.

Y ya que llevaba andados unos metros, dijo el león:

-Hay que ver, ni hemos invitado al muchacho a probar la comida.

Entonces lo llamó y el niño fue a ver qué quería.

El león se quitó un pelo del bigote y le dijo:

-No te hemos dado las gracias, pero toma este pelo y cuando digas: Dios y león, te volverás como yo.

El galgo le dijo:

-Toma este pelillo de mi bigote y cuando digas: Dios y galgo, te volverás galgo.

Y le dio el águila una pluma:

-Cuando quieras volverte águila, sólo tendrás que decir: Dios y águila.

Y una hormiga le dio una antena:

-Si dices: Dios y hormiga, serás como nosotras. El niño tomó todo y lo primero que dijo fue: Dios y águila, y se convirtió en un águila que salió volando. Y como le cogió la noche en el aire, con idea de dormir bajó hasta una casita del bosque y dijo: Dios y hombre, y se volvió niño. A esto salió una vieja de la casa y le preguntó:

-Hijo, ¿dónde vas tú por aquí?

-Abuela, es que voy perdido en busca del «Castillo de irás y no volverás".

-Pues aquí no puedes pasar la noche, que mi hijo es el Levante, y en cuanto venga va a oler que estás aquí.

Y se oyó la voz del hijo Levante que decía:

-Mamá, huelo a carne fresca. Si no me la das te mato.

La madre le contestó:

-Queda tranquilo, es un chaval que viene buscando el «Castillo de irás y no volverás".

El niño dijo:

-Vengo buscando el «Castillo de irás y no volverás".

-Pues yo nunca lo vi, pero la Brisa sabe más que yo. Así que vamos a preguntarle.

Y el niño dijo: Dios y águila, y remontó vuelo con el Levante hasta llegar a la Brisa. El Levante le dijo:

-Mira, Brisa, es un águila, que es un niño, que anda buscando el «Castillo de irás y no volverás», ¿Lo conoce usted?

-Sé que está muy lejos porque por la tarde le brillan las ventanas. Si quieren, vengan conmigo.

Y fueron con la Brisa hasta que se paró a decirles:

-Aquello que reluce es.

El niño se dio cuenta de que era el mismo en el que había vivido, y entonces se convirtió en hormiga para pasar por debajo de la puerta. Como conocía el castillo por dentro, fue a la alcoba y se subió a la cama donde antes dormía y se le acostaba al lado la persona misteriosa, que era la princesa encantada. Y ya arropadito dijo: Dios y hombre, y dejó de ser hormiga y fue niño. y la princesa empezó a chillar: «¡Socorro!», y vino el gigante que guardaba aquello buscando a ver qué sucedía. Pero el niño ya se había vuelto hormiga otra vez. La princesa avisó:

-Aquí hay alguien conmigo. Pero el gigante no lo encontró, con lo que se fue a dormir. No habían pasado cinco minutos cuando ocurrió como antes, volviendo la princesa a gritar: «¡Socorro!», volviendo el niño a ser hormiga y el gigante a buscarlo; de modo que harto de molestias y de no poder dormir dijo a la princesa:

-Aquí no hay nadie y si me llamas otra vez te mato.

A la tercera vez que el niño apareció junto a ella en la cama, ya la princesa no gritó y entonces hablaron:

-Yo soy Juan, el que dormía aquí, al que le dijiste lo de «zapatito de hierro romperá...» ¿Recuerdas?

-Sí, pero tanto tú como yo estamos en peligro.

-Dime qué es lo que hay que hacer para librarnos del gigante.

-Es muy difícil; hay que ir al coto que guarda el león, matar la liebre de dentro, de la liebre saldrá una paloma y el huevo que lleve hay que estrellárselo en la frente al gigante, que con ello muere y quedo libre. ¿Podrás hacerlo?

-Me arreglaré.

Así que Juanito dijo: Dios y águila, y se fue en busca del coto donde encontró una casita con una moza y sus padres. Se hizo niño y le preguntaron:

-¿Qué se te ha perdido por aquí?

-Vengo a matar al león.

Y se quedó aquella noche allí con ellos. Por la mañana saltó al valle y se le vino el león, y él dijo: Dios y león, con lo que ambos empezaron a pelear hasta que lo dejaron para el día siguiente porque estaban agotados. El león del coto dijo antes de abandonar la lucha:

-Si yo diera con una laguna donde revolcarme, muerte te diera.

Y el niño convertido en león le contestó:

-y si yo diera con un pan caliente, un vaso de agua y el beso de una mozuela, muerte te diera.

Resulta que la niña de la casa lo escuchó sin ser vista, y a la otra mañana, antes de empezar la pelea, la mozuela saltó la valla con Juan, le dio un pan, un vaso de agua y un beso en la frente, y con esas cosas consiguió vencer al león del coto, al que abrió y dentro tenía una liebre, que rajó para sacarle la paloma, que se le escapó volando. Pero él se convirtió en águila y la agarró en el aire. Le sacó el huevo que llevaba y se fue al castillo. La princesa se puso a ayudarle y entre los dos fueron a la alcoba del gigante y Juan le estalló el huevo en la frente, lo mató, y la princesa salió de su encantamiento y fue libre y feliz.

VII.LOS PALILLOS MAGICOS

(Rafael García. Aguilar de la Frontera. Córdoba)

Esto era un padre viudo que tenía un hijo, y una madre viuda que tenía una hija, vamos, un niño y una niña, usted me entiende. Y los padres, solitos como estaban, es natural, se enamoraron y se casaron, y ella fue y le dijo a él:

-Oye, mira, tú tienes un niño y yo una niña; si yo por esto o por lo otro le regaño no vayas a tirar las patas por alto, y si tú le dices lo que sea a mi hija yo tampoco, que no hay que picarse por poca cosa.

La mujer hacía panecillos y para que el marido viera lo bien que trataba al niño se los daba delante de él, pero era mentira, era teatro, porque cuando el marido se iba, la mujer le decía al niño:

-Anda y dale la mitad del pan a la niña, que ella no tiene ninguno.

Y la niña escondía el cacho como si se lo hubiera comido, y decía la mujer:

-Anda y dale más que ya se le acabó.

De modo que a lo tonto, la niña, sin querer, se comía el panecillo y dejaba al niño en cuadro, con lo que entre el engaño y el hambre no acertaban nunca a jugar juntos, vamos, que no cuajaban en amigos. Y el niño un día se cansó y le dijo al padre:

-Mire usted, la vida está muy mala, aquí hay poco y me han dicho que si me pongo de pastor a guardar cochinos a lo mejor saco unos realillos, así que me voy y adiós.

Y un día que andaba con la piara a la orilla de un río y se había distraído con palos haciendo un puente, las cosas de los chiquillos, ahora lo cruzo ahora me vuelvo, bueno, pero vio que el agua venía alta y que llegaban dos hombres y una mujer para cruzar al otro lado. Así que les dijo:

-Vengan ustedes por el puente que he hecho para que no se los lleve el agua, que está muy crecida y da miedo.

Y cuando pasaron a la otra orilla le dijeron al niño:

-Ya que nos hiciste este favor, ¿qué quieres que te demos?

El les dijo:

-Ay, lo que yo quiero no me lo puede dar nadie.

-¿No? , mira que somos unos magos.

-Por decirlo que no quede. Quiero unos palillos que cada vez que los toque se líen a bailar todos, sean personas o animales, y una bota de vino que por más que mi padre beba, nunca se agote, con tal de que cuando mi madrastra la empine, mi padre le pegue.

-Eso no es nada para nosotros. Ya lo vas a tener. ¿Algo más?

-Bueno, pues quiero una escopeta que cada vez que dispare mate un pájaro.

-Eso lo tienes también.

Y el niño se puso los palillos y los tocó, con lo que los cochinos empezaron a bailar, y tiró con la escopeta y mató un pájaro. Y tan contento fue a su casa:

-Padre, le traigo una bota de vino que por más que beba nunca se acaba, de la que las mujeres no pueden beber porque se emborrachan al primer buche.

Al día siguiente sacó la escopeta y en nada mató un pájaro. Y el dueño de los cochinos andaba por allí cazando y le dijo:

-Niño, qué buena puntería. ¿Cómo lo haces?

-Muy fácil, hágalo usted mismo. En aquel bosque hay muchos, mire usted para allá.

El cazador se subió a n otero para mirar y entonces el niño se puso a tocar los palillos y el hombre arrancó a bailar que se le rompía el espinazo. El niño huyó a esconderse en su casa. Claro, cuando el cazador llegó al pueblo a rastras la gente le preguntó por qué, y el hombre, que apenas podía hablar, dijo:

-Ha sido ese niño del viudo. Hay que echarlo del pueblo. Y como el cazador tenía mucho poder, agarraron al niño y lo sacaron cien pasos más allá de la última casa. Pero le dijeron:

-Mira, niño, ya que nos han mandado que te echemos, pide lo que quieras y te lo tenemos que dad por fuerza.

Y dijo:

-Quiero mis palillos para poder tocarlos. Y el cazador dijo que le dieran los palillos pero que lo amarraran para que no pudiera tocarlos, pero el niño se dio trazas para tocarlos y el cazador y todo el pueblo se arrancaron a bailar que parecían locos, aunque no fuera fiesta. Y la gente decía:


-¿Y por divertirnos te vamos a echar del pueblo? Que se vaya el cazador y nos deje pasarlo bien.

Pero del esfuerzo, el cazador había muerto, y como los cochinos eran de él y no tenía herederos, el niño, que los cuidaba, se quedó de dueño y ya vivieron ricos toda la vida. El padre y la madre se murieron al poco y él se casó con la niña, que no tenía culpa de nada de los panes, y fueron felices sin comer perdices, sino cochinos.

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NOTA

(1) Sobre diferentes versiones de un mismo cuento, hay que decir que en esta misma colección: Cuentos que me han contado, que vengo entregando a Revista de Folklore, puede verse un ejemplo claro de cómo ha viajado una historia de un sitio a otro y de qué manera le ha influido el traslado. Hablo del cuento recogido en El Gastor, Cádiz, de labios de un pastor (un cuento del abuelo para despertar. De viva voz. Rev. Folk. nº pp. 43-47, sin titulo de cuento), en el que el narrador llama al protagonista “Juanillo el de la burra”. Cuento que después. he recogido en Madrid capital, en el taller de un herrero natural de Carrascal de la Cuesta, Segovia (Cuentos que me han contado I-III, Rev. Folk. nº 161, pp. 150-153),. que lo nombraba como .Juanillo el mismo.. Difícil es saber si el cuento fue desde El Gastor a Madrid o viceversa. Al constatar ambas grabaciones, aparte pequeñas diferencias en la aventura del protagonista, he podido notar que existen párrafos idénticos, como si el pastor gaditano y el herrero segoviano hubieran asistido de chicos a una misma escuela y al recontar repitieran lo que les contara un maestro. Habría que ir entonces a la fuente de la que pudieran haber bebido los maestros de aquella época, ya que ambos informantes rondaban los setenta y muchos años, o suponer que en su origen el cuento fuera un texto -no he dado con él- que se hubiera. extendido por diferentes puntos geográficos. Si releemos las dos versiones podemos observar que la de El Gastor tiene un aire más puro, menos elaborado, con más detalles, mientras que la versión castellana parece adornarse menos. Queda en el aire de dónde adónde viajó la historia. Lo que permanece intacto es el fondo: las pruebas por las que pasa el héroe para conseguir el amor de la dama.