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VALORES Y ESTEREOTIPOS EN ALGUNOS CUENTOS COSTUMBRISTAS CASTELLANOS DE TRADICION ORAL

AYUSO, César Augusto

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 172.

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Tengo recogidos alrededor de medio centenar de cuentos populares de un mismo lugar y en una misma familia. Pertenecen a la tradición oral castellana conservada en Bolaños de Campos, pueblo al noroeste de la provincia de Valladolid, en la misma raya con la de Zamora, y perduran en la memoria de las hermanas Domiciana y Paula Collantes Callejo (84 y 76 años, respectivamente), que los aprendieron de su padre, incansable y prolífico narrador, según cuentan.

En su mayor parte pertenecen al subgénero costumbrista, perfectamente deslindado por el destacado teórico Antonio Rodríguez Almodóvar (1). Cuentos de contenido humano vario, que encajarían preferentemente en el apartado VII de la división de Aurelio M. Espinosa, hijo, en cuanto que parecen haberse formado a raíz de anécdotas o chistes novelizados y reformulados (2). Como los que estudió Máxime Chevalier del siglo de Oro, por las notas de brevedad, jocosidad y oralidad pueden ser tratados de "cuentecillos", en contraposición a aquellos cuentos folklóricos que acogen lo maravilloso y suelen estar protagonizados por personajes legendarios (3). Son, estos cuentecillos, fiel reflejo de la inventiva de sociedades agrarias que, a través de ellos, representan sus formas de vida y costumbres no sin cierto sentido crítico y, con frecuencia, satírico. Salvo contados detalles, se basan en el más estricto realismo y todos los personajes que en ellos aparecen, así como las acciones que protagonizan, entran dentro de lo previsible, aunque en no pocos casos vengan deformados por la exageración, fruto, sin más, de la hiperbolización crítica que tiende a la caricatura.

No pretendo una mera recopilación de estos cuentos, sin más, sino que, a la vista del corpus reunido y teniendo en cuenta ciertas reincidencias temáticas y prototípicas, considero factible una reconsideración de los mismos a la luz de la tradición en cuyo proceso se transmitieron, es decir, de la sociedad que los ha mantenido y a la que representan. Ningún cuento, como ningún texto de la tradición oral, sobrevive en una forma inocente, anacrónica, asignifícativa. Más allá de su apariencia precaria, informe o primitiva, hay una carga semántica y una razón pragmática acordes con la sociedad que los mantuvo como textos vivos, reproducibles y elocuentes. A través de ellos, la sociedad transmite unos valores y unas pautas de comportamiento que son fundamentales para el desarrollo de la vida comunitaria. Oblicua, subrepticiamente, cada cuento remite siempre a alguna de las parcelas que más atención merecen en el devenir de una comunidad; es una reinterpretación, en clave crítica o jocosa, ingeniosa o sorpresiva, de algunos de los principios permanentes por los que aquella se ordena o se guía. El que perduren a través del tiempo y se reproduzcan un siglo detrás de otro, no quiere decir que los cuentos de tradición oral no hayan nacido con un sentido palmario y que, a medida que avanza su transmisión y según las circunstancias, éste no se vaya acomodando y readaptando, pues, sobre el cañamazo del pasado, escriben los nuevos depositarios su propia historia, sus obsesiones y sus costumbres, y fijan su visión de las normas y los costes sociales. Por todo ello, es preciso tener en cuenta estas manifestaciones orales en cualquier acercamiento a la vida de una comunidad y no pueden soslayarse en un estudio etnológico que se precie, "ya que contribuyen a sancionar y convalidar usos, creencias, valores y costumbres que, en definitiva, son una forma de interpretar la realidad" (4).

A través del cuento, la cultura tradicional transmite valores y actitudes, visiones y modos de vida a las generaciones más jóvenes según la máxima intemporal del enseñar deleitando. Aun cuando parezca algo informal, ingenuo pasatiempo para matar los tiempos muertos del ocio rural, es el "elemento endoculturador por excelencia" (5), de forma que, a través de ellos, se mantiene y se transmite la visión cultural que conforma la mentalidad del grupo, la que cohesiona e identifica a sus miembros.

La cultura popular ha creado desde siempre su propio sistema, que muy poco ha tenido que ver con el sistema imperante de la cultura oficial o cultura de las clases dirigentes, una cultura urbana y elitista cuyos intereses y cosmovisión diferían abiertamente de los del pueblo (6). En cada lugar y en cada grupo, sin embargo, la cultura popular se ha ido adaptando conforme a las circunstancias y modos de vida particulares, de tal manera que en sus manifestaciones siempre ha sido posible dirimir rasgos comunes y peculiaridades. Los cuentos son un buen espejo donde una comunidad refleja sus obsesiones, comportamientos y distingos sociales; baste indagar en ellos los temas, tipos y conductas que se recogen.

Del antedicho material cuentístico recopilado, escogemos sólo algunos cuentos que, por la reiteración y rotundidad de los estereotipos que los protagonizan, dejan bien a las claras la radiografía de la comunidad que hace uso de los mismos, transparentando algunos de los componentes mentales que culturalmente la caracterizan. Sólo en ese contexto tienen sentido y deben ser explicados (7).

1.- EL PASTOR

Juan el pastor

Era un pastor que se llamaba Juan y tenía una novia que se llamaba María. Como iba a ir a la feria, le dice su madre:

- Mira, si vas a ir a la feria, tienes que traer algo a María. La traes algo que sea de gusto.

Y él iba pensando por el camino: "¿Algo de gusto? ¿Qué le traeré yo que sea de gusto?". Conque, después de hacer todos los encargos en la feria, dice: "Bueno, ahora voy a comprar lo de María, porque si no ¡buena se pondrá mi madre!". Y vio a un señor allí en la plaza, que tenía una piara de cerdos y le dijo:

- Oiga señor, ¿esto será de gusto? Es que me han hecho un encargo, que lleve algo de gusto.

Y dice el de los cerdos:

- Pues aquí tiene usted. Qué mejor que un marrano, que tiene jamón, chorizo, lomo, de todo.

-Bueno, pues, entonces... ¿A cómo valen?

Se ajustaron. Y dice Juan:

- Déme usted dos. Estos dos —y los apartó de la piara. Y dirigiéndose a ellos, les dice:

- Oye, tú vas a casa de mi madre, y tú vas a casa de María.

Los marranos pescaron el portante y a saber dónde irían; a lo mejor se juntaron otra vez con los del marranero. Pero, ¡bueno!, él quedó tan oreao. Y vio a un mielero de esos que llevaban miel en los pellejos y le dice:

- Oiga, usted, mielero, ¿la miel es cosa de gusto?

- ¡Hombre, claro, nada hay más dulce que la miel!

- Bueno, pues déme unos kilos. Pero el caso es que ¿dónde la llevo?, que yo no he traído tarro, ni puchero, ni nada.

- ¡Qué falta hace! Ahora sacas la camisa y en el faldón de la camisa la puedes llevar pues muy bien.

- Pues, ¡bueno! Me echa un kilo adelante y otro atrás.

Así lo hizo, la camisa vuelta para arriba y apretándola bien, que llegaría bueno, el pobre hombre.

Conque llega a casa y le dice a su madre:

- Madre, ya traigo unas cosas de gusto.

Y sale su madre a ver. Y, entonces, la pregunta: ¿El marrano? ¿Ha venido el marrano por aquí?

- ¡Qué va a venir!

- ¿Y en casa de María ha ido otro?

- ¡Ah, no sé si en casa de María...! Anda, vete a preguntar en casa de María... Tú eres tonto, pero cómo se te ocurre mandar a los marranos solos. Anda a preguntar a casa de María, a ver María qué dice.

Fue y la preguntó a María. Y dice María:

-Aquí no ha venido nadie.

Y dice:

- Pues esto otro no se me ha escapado -y la enseña la camisa y dice:

- Mira, María, coge pan y pinga aquí. Lo de adelante para ti y lo de atrás para mi madre.

Y ella, que lo ve:

- ¡Uy! ¡Tú estás bobo! ¿A quién se le ocurre traer la miel en la camisa? Anda, anda a casa tu madre.

Y llega a donde su madre y se lo cuenta:

- ¡Sí que está buena María! Dice usted que traiga algo de gusto, y le compro el marrano y no le viene, y ahora le voy a dar miel y se enfada.

Dice:

- ¡Uy, qué bobo eres, que no sabes hacer los encargos! No se te puede mandar hacer nada.

Otro día, le dice:

- Mira, que tienes que ir donde María, que van a matar el marrano y han venido a invitarte a cenar. Así que vas y, cuando llegues, te dirán: "Siéntante", y tú: "Me sentaré", y luego: "cena aquí", y tú: "no, gracias, ya cené". Y si te enseñan el marrano, tú dices: "De estos, muchos y muy gordos".

Conque él se estuvo arreglando y se marchó a ver a María, y llega a la cocina y suelta toda la retahila de su madre:

- Siéntate (me sentaré), cena aquí (no, gracias, ya cené) -y se puso al lado de María. Y María le dijo:

- ¡Ay, si vieras..., me ha salido un divieso!

Y él dijo:

- De esos, muchos y muy gordos.

Y a María, claro, no le gustó, pero como ya estaban para casarse, se lo perdonó.

Y como se iba a casar, su madre le advirtió que el día de la boda comiese con moderación, no fuese a dar en comer y comer, como acostumbraba, a lo pastor, porque todos estarían pendientes de él. Y le dice:

- Ya estaré yo con cuenta, y cuando tengas que dejar de comer, te piso el pie y tú lo dejas, así que estáte atento.

Y el día de la boda, en la comida, casi nada más empezar, dejó de comer el primer plato, que eran unos fideos muy ricos. El gato, que andaba debajo de la mesa, pasó junto a Juan y este dejó de comer. Luego vino el cocido y lo mismo, nada más probarlo, el gato vuelve a pasar, y Juan, creyendo que es su madre que le había pisao, dejó de comer. Llega la carne y le pasa lo mismo. Así que se quedó con un hambre como un raposo.

Por la noche, al ir a la cama, la dice a María:

- ¡Ay, María, si vieras el hambre que tengo!

Y María le dice:

- ¡Claro, si no has comido, cómo no vas a tener hambre! Pues mira, ahí fuera, en el portal hay un saco de harina; sales, coges un poco de harina y agua y te haces unas puchas. Las comes y andando, te vienes a la cama.

Juan, así lo hizo, pero se puso como un bendito Cristo, todo perdido, y, así, con las manos embadurnadas se presentó donde María.

- ¡Uy, qué hombre éste! Pero lávate, que ahí en el portal, en un cántaro, hay agua.

Juan fue y no se le ocurrió más que meter las manos en el cántaro para lavárselas, y, claro, después, no las podía sacar, y, todo apurao, volvió donde María a decirla lo que le pasaba, que no podía sacar las manos del cántaro. Y ésta, entonces, le dijo:

— Anda, sal al corral, que hay una piedra grande y rompes contra ella el cántaro, y así sacas las manos.

Y, ni corto ni perezoso, allí fue Juan. Pero resulta que el suegro estaba haciendo sus necesidades y Juan estrelló el cántaro en la cabeza del hombre, y lo mató. Al darse cuenta de lo que había hecho, cogió el cuerpo del suegro y, para que no se supiese, lo tiró por encima de la tapia al huerto del tío Morondo.

Estarnos ante un cuento protagonizado por un tipo estúpido que todo lo hace al revés. Corresponde a T 1696, pero también a 1685 de Aarne-Thompson (8). Su estructura es bien simple, pues se compone de diversos episodios protagonizados por el mismo tipo, encadenados unos a otros o yuxtapuestos. Cada episodio o secuencia sigue un mismo modelo, que desarrolla un proceso en tres partes o funciones:

a) apertura del proceso —virtualidad—: mandato o consejo de la madre o de María a Juan.

b) puesta en práctica —actualización— por parte de Juan.

c) cierre del proceso -resultado- con fracaso por ineptitud de Juan.

Todo proceso acaba de la misma manera, de forma degradante o negativa para su protagonista, que nunca obtiene lo que, por mandato o consejo de los otros, se propone (9). Reiteradamente pone de manifiesto su incompetencia social, es decir, su incapacidad para comportarse en sociedad. Muestra, con sus actuaciones, una crasa ignorancia de los códigos sociales, tanto del lingüístico como de los convencionales o normativos. No distingue situaciones y contextos y es incapaz de descifrar la polisemia de las palabras, la cortesía de los saludos, el valor de las cosas, los signos externos, los rudimentos de la higiene, etc. Su simplicidad es absoluta y se corona en el ingenuo intento de ocultación de su última y más trágica torpeza.

En la mayoría de las variantes recogidas de este tipo el tonto que todo lo hace al revés, incapaz de discernir las situaciones más diversas, es genéricamente un varón, casado o por casar. En esta versión, sin embargo, importa resaltar que el tal tonto es "pastor". Su título es bien explícito, y, dado el marchamo de sus aventuras, parece concluirse al final que sólo a un pastor le correspondería en puridad tal sarta de despropósitos (10). Bien conocidos el contexto y mentalidad del lugar de pervivencia del texto, una cultura agraria predominantemente agrícola, donde el pastor, por su modo de vida, obligatoriamente apartado y asocial, suponía ser un "marginado social" (11), la asociación del oficio con su conducta o comportamiento no es casual o carente de importancia, sino significativa, por lo que supone de identificación como grupo o cultura entre quienes circulaba (campesinos) y los representados (pastores).

2.- EL GALLEGO

El mochuelo y la perdiz

Eran dos amigos que habían ido de caza. Uno de ellos era gallego y un poco cerrao y el otro más espabilao. Cazaron un mochuelo y una perdiz, y llegó el momento de repartirlo. El más espabilao llevaba la voz cantante y decía:

- Bueno, mira, esta para ti y esta para mí.

Y el gallego se quejaba:

- No, no, a mí así no me gusta.

Y, el listo:

-Bueno, entonces, esta para mí y este para ti.

Y el gallego que no, que no le gustaba.

- Bueno, pues si así no te gusta, para mí la perdiz y para ti el mochuelo.

Y el gallego tampoco se conformaba:

- No, no, a mí así no me gusta.

Y el listo, ya impaciente, le preguntó:

- Bueno, pero ¿por qué no quieres?, ¿por qué nunca estás conforme? Y dice el gallego:

- Es que a mí siempre me toca el de la cabeciña gorda.

Y dice el otro: - Bueno, pues entonces pa ti el mochuelo y pa mí la perdiz.

Domingunmé

Eran dos amigos gallegos. Uno estaba en la mili y el otro estaba en la aldea. El que estaba en la mili se llamaba Bartolomé, pero siempre le habían llamado Bartolo, y desde allí le escribió una carta a su amigo y firmaba Bartolomé. Al amigo esto no le gustó, porque creía que era un rasgo de orgullo, de refinamiento, que le hacía de menos a él, y le contestó en otra carta:

Si porque estás en la Corte
te firmas Bartolomé,
yo, que me estoy en Galicia,
firmunmé Domingunmé.

Inda más cumiría

Unos gallegos que estaban segando en casa de unos amos. Y los amos discutían a ver quién daba mejor de comer a su cuadrilla, si es que estaban satisfechos o pasaban hambre, hasta que dijeron: "Bueno, lo mejor será traerlos a ellos aquí y preguntárselo delante". Y así lo hicieron, y con las cuadrillas delante, les preguntaron. Empieza uno y le pregunta a un gallego:

- ¿Tú comerías más?

- Inda más cumiría -dijo el gallego.

Y el otro pregunta a otro:

- ¿Tú comerías más ?

- Inda más cumiría -contestó también el gallego.

Y dice un amo:

- ¿Cuánto más comerías? ¿Una hogaza más al día?

Y dice el gallego:

- ¡Ay, sí, cumiría una!

Y el otro le pregunta a otro:

- Y tú, ¿tú comerías dos hogazas más al día?

Y responde:

- ¡Ay, sí, cumiría dos!

- Pero, ¿a cuenta tuya o a cuenta del amo? —volvió a preguntarle.

Y dice el gallego:

- ¡Ay! A cuenta del amo inda cumiría seis.

Una noche al sereno

Era un gallego que quería casarse con la señorita del pueblo. Y la señorita le dijo que bueno, que se casaba con él si se pasaba una noche al sereno, pero una noche de enero y en carnes subido al tejado, detrás del humero (en enero, que es cuando más hiela). Y el gallego, como quería casarse, dijo que bueno, que sí. Y cuando estaba allí en el tejao, a la intemperie (en las noches de enero, que si hiela las estrellas se tiran a la gente, es cuando más brillan) pues decía el gallego:

Tiritai, tiritai
carnes malditas,
que mañana a estas horas
seréis señoritas.

Y la señorita decía, dentro, bien calentita, al hogar de la lumbre:

Reguilai, reguilai
estrellitas del cielo,
que esta noche se muere
un pobre gallego.

Nuestra Señora de marzo

Le preguntaron a un gallego:

- Tú me sabrías decir cuándo es Nuestra Señora de Marzo, el 25; en qué mes cae.

Y dijo:

- ¡Ay siñur amo, si supiera cantar misa comu sé eso! Allá a mitad de feneiro, cuando caen las mosquinas blancas.

El tercero de estos cuentecillos sobre gallegos parece, según dicen quienes lo cuentan, obedecer a un hecho real, sería una anécdota que, según decía su padre, de quien lo recibieron, había sucedido en uno de aquellos pueblos. La llegada de cuadrillas de gallegos para hacer el verano era habitual en el siglo pasado (12), y Bolaños de Campos era lugar de recalada, punto de reunión, a donde acudían de los pueblos vecinos para ajustarlas. (No en vano, los de este pueblo son conocidos entre los colindantes con el mote de "gallegos").

Estas razones sociohistóricas explican suficientemente que los gallegos sean otro de los tipos más representativos de los cuentos que perviven. Como grupo marginado y circunstancial, venido de fuera, sirven de anécdota y chanza, se les cuelga un estereotipo que modele la diferenciación, la pertenencia a otra comunidad desconocida y lejana con la que no es posible identificarse y que, además, se considera inferior. En el mismo pueblo que nos ocupa existe el dicho "Nunca falta un (pobre) gallego a quien echarle la culpa", cuyo sentido expiatorio, por marginal, es bien claro. En los numerosos cuentos que recoge Aurelio M. Espinosa, hijo, en Cuentos populares de Castilla y León, siempre los gallegos salen malparados, por ignorantes y crédulos (13). No están libres de este papel los protagonistas de los cuentos aquí recogidos, pero la función predominante que se asigna, sobre todo en los dos primeros cuentos, es la de la desconfianza. Aunque en buena parte se les pone en el punto de mira de la chanza, sus palabras ambiguas, su actuación taimada, siempre a la defensiva y pendiente del engaño, eleva a categoría un rasgo humano del que se les hace, en cuanto grupo distinto, portadores. En el tercero se hace, sobre todo, referencia a otra de las imágenes que habían dejado entre los castellanos: la de la miseria o mezquindad (14), que quizás no fuese más que un extremado sentido del ahorro y una predisposición obligada al sacrificio por llevar a los suyos la mayor parte del dinero de su trabajo en tierras castellanas (15).

Así, pues, respecto a otros cuentos sobre gallegos recogidos en Castilla y León, en estos de Bolanos difiere, en parte, el tratamiento que se da a sus protagonistas, ya que se revela en ellos, además del cliché habitual de la zona, otro de alcance más profundo, más acorde con la idiosincrasia que ha transcendido a nivel nacional. La uniformidad de los procedentes de este núcleo muestra, aunque todo sea muy relativo, una coherencia de visión que raya en el estereotipo. Analizando por comparación con otras versiones los dos primeros, no se hace sino corroborar esta apreciación, en cuanto que sus anécdotas dan la impresión de estar perfectamente contextualizadas dentro de las experiencias de la comunidad. La versión de "El mochuelo y la perdiz" –nº 349 de Aurelio M. Espinosa, hijo- recogida en Nava de la Asunción (Segovia), tiene como protagonistas del reparto de la caza a un padre y un hijo, simplemente. En cuanto al de "Domingunmé", las versiones que hoy corren en forma de chistes han perdido la referencia toponímica que se hace tan reveladora en el cuento, del que desconozco si hay otras versiones recogidas.

3.- EL ESTUDIANTE

Los tres estudiantes

Unos estudiantes que querían merendar y no tenían mucho dinero, y dijo uno:

- Pues, mira, vamos a donde la señora María, que esa lo hace muy bien y podemos merendar bien.

Fueron y se lo dijeron, que les preparara una buena merienda. Merendaron, y ya llevaban allí bastante tiempo y la señora se fue a lavar, y le dijo al marido, dice:

- Mira, cuando terminen, les cobras.

Después de un rato, ya se iban y hacía como que iban a pagar, y no se ponían de acuerdo. Parecía que uno iba a sacar el dinero, pero otro le decía:

- No, tú pagaste el otro día, ahora pago yo, que me toca a mí.

- No pagas tú, pago yo -dijo otro. Eran tres.

Y los tres alborotaban, hasta que ya dijo uno:

- Mira, me parece que en este plan no vamos a pagar ninguno. Vamos a hacer una cosa, al señor le vamos a tapar los ojos y a aquel que coja primero, ese es el que paga.

Al hombre le taparon los ojos, ellos se fueron uno por cada lado, y el hombre se quedó allí en el medio.

Hasta que llegó la mujer y se agarró a ella:

- Tú pagas, tú pagas.

Y dice la mujer:

- ¡Qué voy a pagar yo! ¡Qué voy a pagar yo! Y dice:

- Lo de la merienda, ¡cómo no vas a pagar!

Y ya fue cuando dijo la señora:

- ¡Ah, tonto! ¡Yo voy a pagar! Claro que pago yo, claro que yo pago.

Ya pasó el tiempo y un día encontró el señor a uno en la calle y le dijo:

- Oye, tú eres el que me comiste los pollos y ahora mismo vas delante del juez.

Y el estudiante, viendo que le tenía cogido y no se podía escapar, le dijo:

- Bueno, yo, si tengo que ir al juez, voy; pero yo no puedo ir así, en estas condiciones en que estoy.

Si voy, me tiene usted que dejar la capa.

- Pues te dejaré la capa, pero tú ya no te escapas.

Fueron al juez y el señor dice:

- Mire, este y otros dos me comieron unos pollos y no quieren pagarme.

Y dice el estudiante:

- No haga caso, señor Juez, este señor no está bien, está medio trastornado. Como si ahora le da por decir que esta capa que traigo puesta es suya.

Y el hombre se agarró a la capa y dice:

- ¡Sí, que esta capa es mía!, ¡es mía! Y dijo el juez:

- Bueno, ya se ve que este señor no está en su juicio. Así que usted se va a su casa y este señor que se vaya a la suya como pueda.

Los dos estudiantes

Dos estudiantes que querían comer y sacar algo de dinero y como no les daban nada decidieron que irían llamando a las puertas, uno diciendo que era santo y el otro su acompañante.

Una señora les mandó pasar, porque creyó que era verdad eso de que el santo podía hacer milagros, y ellos, una vez dentro, la dijeron que para hacer los milagros no tenían que tener a nadie delante, que era mejor que se saliera. Y ella salió y ellos se quedaron mirando a ver lo que tenía, y en cuanto vieron que en una alacena tenía ya preparada la cena, la sacaron y la pusieron en la mesa y ellos se sentaron para comérsela. Y después de un poco entró la mujer a ver si ya habían hecho el milagro y ellos le dijeron que sí, que ya estaba, que, como tenían un poco de hambre, se les había ocurrido merendar y el santo había hecho aparecer la merienda que tenían en la mesa. A ella la parecía casi imposible, y entonces la dijeron que era muy fácil, que todo consistía en decir unas palabras mágicas y lo que se quería aparecía, pero, eso sí, era el santo el que las decía.

- Mire usted -decía el acompañante- que queremos una tortilla, pues echa éste una bendición, que para eso es santo, y dice "tortillan tortillorum", y aquí está la tortilla; "vinon vinorum", y aquí está el vino; "la cena la cenorum" y ya está la mesa puesta ¿Ve?, ya sólo nos queda comérnoslo.

Y la mujer, pues se lo creyó, y les dijo que muy bien, que se lo comiesen, y salió muy contenta a decírselo a las vecinas:

- ¿No sabéis? Que tengo un santo en la cocina y hace milagros.

Y ellas la preguntaron que cómo era eso, que cómo hacía para hacer milagros. Y ella se lo dijo:

- Pues echa la bendición y dice "tortillan tortillorum", "vinon vinorum", "la cena la cenorum", y ya está la cena, sólo por decirlo. Ese es un milagro.

Y todas querían verlo, pero ella dijo que no, que los milagros sólo los hacía si estaba él solo y su acompañante, que no tenía que tener a nadie más delante. Y, al poco rato, cuando ya habían comido todo, los estudiantes se salieron.

Y, luego, cuando llegó su marido del campo, la mujer fue toda contenta a contárselo:

- ¡Antonio, Antonio, ay lo que me ha pasado! Hemos tenido en casa un santo, que nos ha hecho un milagro. En un momento, con sólo decir unas palabras ha hecho una tortilla y ha aparecido una botella de vino y ya la cena estaba hecha.

- Bueno, bueno, pues trae la nuestra y nos la comemos, porque yo vengo muerto de hambre -la dijo su marido.

En esto que fue la mujer a la alacena y se encontró con que no había nada, que la tortilla y la botella de vino que había guardado allí habían desaparecido. Entonces el hombre la dijo:

- ¡No estás tú mal tonto con la aparición del santo! Los que han venido son dos mangantes que nos han comido la tortilla y bebido el vino y ¡adiós cena!

Y se pusieron a vocear y se armó la de San Quintín.

Los tres estudiantes y el huevo

Eran tres estudiantes que habían encontrado un huevo, y como los tres tenían hambre, los tres lo querían. Después de mucho porfiar por ver quién se comía el huevo, acordaron que primero lo freirían y el que le echase el mejor latín, ese lo comería.

Fue el primero, cogió el huevo y lo cascó, y dijo:

- Cascatun es.

Fue el segundo, le echó sal, y dijo:

- Sal sapiencie.

Y va el tercero, lo cogió, y dijo:

- Manducatun es -y se lo comió, dejándoles a los otros dos con la boca abierta.

El estudiante como personaje tipo que encarna en un cuento al pícaro, al "hombre listo" que se vale de su ingenio para subsistir, viene ya de antiguo y su presencia en la tradición oral de una población rural obedece más a herencia de un pasado remoto, traspaso de la cultura urbana, donde el estudiante existía, que a una existencia real (16). Es válido, sin embargo, como encarnación de la picardía, del engaño que acecha a quienes no están en las claves del verbalismo, pues aquellos transmutan las palabras y hacen valer sus conocimientos contra los ingenuos e ignorantes que se fían porque desconocen. También, más allá de su carácter anecdótico y ameno, existe un didactismo, una especie de alerta contra pícaros y vagabundos que viven del engaño, sin trabajar.

4.- EL GITANO

Los gitanos y la capa

Un padre y dos hijos habían robado la capa de un señor. Y dice el señor, cuando los ve:

- Vosotros sois los que me habéis robado la capa.

Y dice el gitano padre:

- ¡Noó, nosotros noó! Vea usted, vamos a preguntarles a los churumbeles. —Y llama a sus hijos. Dice:

- Juan Niega, Antonio Diquenó, ¿habéis visto la capa de este señor?

- ¡Noó, noó! -dijeron los dos a una.

El gitano y el reloj

Era un gitano, un muchacho debía de ser, que había robado un reloj, y se lo había robado al señor cura, y fue a confesarse con el cura. Llega al confesionario y dice:

- Padre, me vengo a confesar.

-A ver, hijo, los pecados que tienes.

Dice: - El mayor es que he robao un reloj.

Y dice:

- Bueno, pues si le has robado le tienes que devolver, porque ya sabes que o restitución o condenación.

Y el gitanico, entonces, cogió el reloj y dice:

- Pues, tenga usted. Padre.

- No, yo no le quiero. ¡Cómo voy yo a cogerle! Se lo tienes que dar al que se lo has robao.

Y dice:

- Bueno, coja usted.

- ¡Que te digo que no puedo, que tienes que dárselo a su dueño!

- Es que se lo doy y no lo coge.

Entonces, ya el cura, dice:

- Bueno, bueno, hijo, pues si se lo has dado y no lo coge, quédate con él, que el reloj es tuyo.

Y con el reloj del cura se quedó.

Estos cuentecillos repiten el motivo del "hombre listo", que sabe sacar partido de una situación gracias a su ingenio, ingenio que aquí, sobre todo, radica en claves lingüísticas que, cómo no, se convierten en estratagemas de engaño. Cambia, sin embargo, el sujeto social activo, el engañador. Ya no son los estudiantes, sino los gitanos y, aunque parezca que hay que recurrir a sutilezas, bien se puede decir que lo que en él se representa es algo más consistente que la simple picardía del estudiante, es la astucia del que vive del engaño (robo) permanente, papel que siempre les fue asignado a los gitanos.

El primero de ambos cuentecillos, no hace sino representar sucinta pero expresivamente la dinámica de acusación-negación que, sobre todo antaño, definió a dos culturas enfrentadas, visto desde una de ellas. El segundo es una versión muy semejante a la recogida por Fernán Caballero (17).

5.-EL CURA

El sermón de Albires

En la fiesta de Albires, en la misa mayor, iba a predicar un fraile que tenía fama de alargarse mucho y hacer el sermón muy pesao, así que en cuanto subió al púlpito, la gente empezó a mirarse y a comentar por lo bajo a ver el tiempo que les tenía allí; y las mujeres se quejaban de que se les iba a quemar la comida que habían dejado a la lumbre. El se dio cuenta del malestar de los parroquianos y se dijo: "Pues ahora veréis, cómo os despacho". Y predicó así:

- Vecinos de Albires, hermanos de San Simeón, amigos de mucha olla pero de poco sermón, por la cascatoria y por la zampatoria, nos dé Dios la gloria. Amén.

El sermón improvisado

Era un cura que iba a predicar a un pueblo y no llevaba preparado el sermón. Y entonces, según iba por el camino, se fijaba en lo que veía: los pájaros del cielo, los peces en el río, una cigüeña coja que iba para Villamuriel... y, al llegar debajo del puente, restos de animales de la última riada, y así, todo ello, para que nadie lo notara, lo pasó al latín. Y cuando subió al púlpito, se lo echó a los del pueblo:

- Avis qui uolan, pecis qui nadan, la cirigoña de Villamuratiel vai colla, debajo de pontis pontis una calavera in coquis...

Y así fue el sermón.

El predicador novel

Era la fiesta de un pueblo y venía a predicar la primera vez uno de allí que había cantao misa y todo el pueblo estaba pendiente de él porque decían que había estudiao en Salamanca y era muy listo. La madre, sobre todo, estaba tan contenta que no cabía en sí. Cuando subió al púlpito, con la iglesia llena de gente, se le olvidó el sermón y no sabía más que decir:

—Dios dijo... —y callaba.

Y otra vez:

- Dijo Dios... -y callaba.

Y otra vez:

— Dios dijo... -y callaba.

Y así hasta que ya la madre saltó:

- ¿Y qué dijo, hijo, y qué dijo?

— Pues que usted es mi madre y yo soy su hijo.

- Di que sí, hijo, di que sí, abájate del púlpito y vamos pa casa, y el que quiera saber que vaya a Samelanca, que tú tamién juiste.

El responso

Los curas, cuando antes iban a rezar un responso, como lo decían en latín, no se les entendía nada, porque corrían y sólo se oía un zumbo entre el tintineo del dinero que les echaban en el platillo; pero una vez uno que lo decía más reposado y, entonces, alguien pudo coger lo que decía, que, según contó, era más o menos esto:

Si será cuarto, si será ochavo;
si será bueno, si será malo;
si pasará en la taberna,
si pasará en el mesón;
páter nóster, kirie eleisón.

Insoslayable la presencia y el peso de la figura del cura en la comunidad rural, siempre ha sido centro de numerosas anécdotas y figuraciones por parte del pueblo, cuyo poder y forma de vida especial no podían por menos de ser puestos en cuestión, si no oficialmente, sí traslaticiamente, en aquellos momentos o discursos en que todo se pone entre paréntesis y puede convertirse en objeto de risa, como es el caso de los cuentos, que circunscriben parabólicamente la realidad.

Entre los cuentos que sobre el tema se conservan en la memoria de nuestros informantes, llama la atención el que estén totalmente ausentes los motivos escabrosos o aquellos que ponen en entredicho la fidelidad del cura a la castidad, tan frecuentes en cualquier colección. No recuerdan haberlos oído contar, quizás porque, dentro de la familia, había representantes del clero. No está ausente, sin embargo, la especulación pecuniaria, parodiada a través de la colecta de los responsos.

Tal parodia consiste en traducir a experiencia mostrenca e inmediata el brillo mágico del latín, que entre el pueblo siempre simbolizó el poder de lo oculto, aunque con palpables consecuencias económico-sociales. En esta clave hay que considerar, igualmente, los cuentos cuyo tema gira en torno a los sermones, pues en ellos se dilucida la habilidad de los predicadores o su cortedad, que no en vano saber y facundia, entre los rústicos, fue siempre un valor y un poder, precisamente por carecer ellos de instrucción. No es difícil, por tanto, que en ocasiones muestren una cierta desconfianza ante el lenguaje que no entienden, tratando de relativizar sus mensajes, rebajando o vaciándolos de sentido, como sucede en los dos primeros cuentos de esta serie.

6.- EL USURERO

Pedro Uñate

Había en un pueblo un señor que se llamaba Pedro Uñate, que prestaba dinero a otros, y hubo uno que, al exigirle los réditos, como le parecía mucho, no tuvo más remedio que pagárselos para que no le metiese en la cárcel, pero le dijo: "Ya me las pagarás, aunque sea en el otro mundo, que allí nos hemos de ver".

Así que murieron los dos, y éste fue a preguntar a San Pedro:

- ¿Me podía dar usted razón de un señor que se ha muerto que se llamaba Pedro Uñate?

San Pedro venga a repasar las listas, pero que no aparecía, y dice:

- No hay tal Pedro Uñate, aquí no está. Vaya usted a ver si lo encuentra en el purgatorio.

Fue al purgatorio y lo mismo. Dice:

- ¿No está aquí un señor que se ha muerto, que se llamaba Pedro Uñate? Y lo mismo, venga a repasar los libros y papeles y que el tal no aparece.

- Vaya usted a buscarle al infierno, que aquí tampoco está.

Conque bajó al infierno, y salió el diablo a la puerta, que le pregunta:

- ¿Qué anda haciendo usted aquí? Dice:

- Vengo a ver si me da usted razón de Pedro Uñate.

Dice el diablo:

- Pedro Uñate, Pedro Uñate... No me suena a mí aquí ese nombre... Bueno, espere usted un momento -y estuvo repasando to los libros y no lo encontraba.

Y dice:

- Pero si este murió ayer, tenía que estar enseguida.

Y dice el diablo:

- Pues no está aquí. Será bueno y estará en el cielo. Vaya usted a ver allí.

Y allí se fue otra vez a preguntar a San Pedro y le dijo que volviese a mirar bien, porque ni en el purgatorio ni en el infierno le había encontrado.

Y San Pedro vuelve a mirar y que no le encontraba, conque, ya dice:

- Me va a decir usted qué oficio tenía ese Pedro Uñate.

Y dice él:

- Pedro Uñate era usurero.

Y, entonces. San Pedro:

- ¡Ah, vamos! Pues, ¡Ya está! No le busque usted en ningún sitio, porque los usureros no tienen alma.

Este cuento se corresponde con el nº 213 de Aurelio M. Espinosa, hijo, que él recogió en Peñafiel y del que dice desconocer otras versiones en la península y América (18). Aunque ambas son muy semejantes, creemos que nuestra versión aporta una dosis de expresividad mayor, única y exclusivamente por el título, es decir, por el nombre que se otorga al prestamista, que en aquella carece de nombre propio preciso (Fulano de Tal). Uñate es un auténtico sobrenombre que corrobora plásticamente la correspondencia entre oficio y persona, caracterizando injuriosamente a su portador de un sólo trazo. Sobrenombre y sentencia final hacen de este cuento uno de los ejemplos más destacados, por coherente y acabado, que se pueden encontrar en el amplísimo acervo de la memoria popular (19).

Si no en la tradición oral, a tenor del poco material encontrado sobre el tema, la crítica a los usureros, por otra parte, está de sobra arraigada en la literatura castellana. Bastaría remontarse al Poema de Mío Cid o al Libro de los enxemplos de don Juan Manuel.

7.- LA MUJER AFICIONADA AL VINO

Las tres hermanas Tres hermanas que les gustaba mucho el vino, y la gente lo sabía, y los mozos no las querían porque eran muy borrachonas. En vista de que nadie las quería para casarse por su afición al vino, decidieron dejar de beber.

Y dejaron, pero a las pobres las gustaba tanto que, al poco tiempo, un día que se pusieron a comer, una empezó a quejarse y suspirar. Y le preguntó otra:

- ¿Qué te pasa?

Y dice:

- ¡Ay de aquél, de aquél!

Y dice otra:

- ¡Yo no puedo vivir sin él!

Y la tercera:

- Pues anda, hija, coge la jarra y vete por él.

La corrada

Una mujer vivía sola y la gustaba mucho el vino, y como ya era conocido que iba a cada paso a por vino a la taberna, en casa, para disimular ante los vecinos, que de vez en cuando se asomaban por la ventana, decía:

- Bebe María, da de beber a tu tía, bebe tú, dame a mí, y que siga la corra así.

La devota Una señora que la gustaba mucho el vino y, claro, la gente lo sabía, que era una borrachona, y un día iba a misa muy tapada con el mantón, y al verla, así, tan tapada y encogida, otra mujer, la dice:

-María ¿dónde vas?

Y dice:

- Voy a misa.

-¡Ah, ya, vas a misa! Vas muy devota.

- ¿Cómo? ¿Es que se me nota? -dijo ella, y apretaba más la bota, porque la llevaba entre el mantón y creyó que se la veía.

"Mundo" y los torresnos

Una mujer que se le había muerto el marido y tenía un gato que se llamaba "Mundo" y la gustaba mucho el vino. Y cuando estaba el marido muerto, las vecinas estaban allí consolándola, y ella estaba sentada al lao del muerto tapada con el mantón y la bota entre las piernas, y llorando, decía:

— ¡Ay qué tragos más negros nos manda Dios! -y apretaba la bota y bebía.

Y otras veces, acordándose de los torresnos que tenía hechos y del gato que debía andar por la cocina:

— ¡Ay, mundo, mundo, cómo me los vas llevando: uno a uno, dos a dos, tres a tres, los torresnicos de la sartén!

Entre los cuentos que tienen como protagonista a la mujer, los referidos a las mujeres aficionadas al vino ocupan, en el corpus de la tradición oral de que tratamos, un lugar privilegiado. Todos ellos fundamentan su relevancia en los juegos lingüísticos y resaltan la función del disimulo. Son cuentos en los que la doble intencionalidad jocosa-crítica se entreteje perfectamente. ¿Cómo explicarlo? Quizás en una sociedad en la que los papeles del hombre y de la mujer estaban claramente delimitados, a la mujer, en cuanto preservadora y garante de las virtudes domésticas, principal educadora de la descendencia, no se la podía permitir que introdujese ningún elemento o motivo de desorden, nada que redundase en desdoro de la casa (limpieza, atención, economía...) y repercutiese negativamente en la familia, cuyo cuidado inmediato le correspondía. En la mentalidad de nuestras informantes, que es la de la comunidad, "una mujer borracha lo es todo", descalificación con la que se quiere dar a ese vicio rango capital, es decir, que en él se incluyen todos los demás, o lo que es lo mismo, que cuando él se apodera de una mujer, ninguna de las virtudes o cualidades que a ésta se le deben exigir por su condición es ya posible, lo que la convierte de facto en sujeto no apto para desempeñar la función a que está llamada en la organización social.

Estos cuentos conllevan pues, implícitos una crítica y una reprobación y tienen un carácter didáctico evidente, de diferente aplicación según el sexo del receptor. Siendo el matrimonio un fin que no se había de perder de vista, el mensaje para unos y para otras era meridiano: las niñas o mocitas, de seguir ese camino, no encontrarían pretendiente; los niños o mozuelos debían de evitar, al elegir...

También en el caso de alguno de estos cuentecillos, a tenor de otras variantes conocidas pertenecientes a otros lugares, podemos hablar de enfoques o adaptaciones interesadas, de forma que la insistencia sobre un tema o motivo se hace a base de acumular anécdotas o unidades que confluyan en él (20). En cuanto a "Mundo y los torresnos", este cuentecillo se compone de dos secuencias: la de los tragos de la bota por parte de la viuda y la del gato llevándose los torreznos; existen otras versiones que, sin embargo, prescinden de la primera y se reducen exclusivamente a la segunda (21), lo que confirma una fijación especial en el motivo de la mujer aficionada al vino en la tradición oral que nos ocupa.

8- LA MUJER ORGULLOSA

"Compra, que vendo"

Una que tenía un novio que sí le quería, pero le gustaba más otro que era más rico, y a ese, pues le despidió. Pero con el tiempo se fue desengañando de que el rico no la hacía caso y, un día, yendo a la iglesia muy gallarda, con la saya hasta los pies, se encontró con el que había despreciado, que al verla, la dijo:

- Alza, María, que arrastras.

Y dice:

- Compra, que vendo.

Dice:

-No, que vendes caro.

Y dice:

- Anda, compra, que ya he abaratado.

"De lo que me pides tengo"

Una que había tenido un novio, pero le había dejao por otro más rico, y el primero la seguía mirando, y ella le decía:

Bien me miras,
bien te entiendo,
de lo que me pides
tengo;
busca a otra que no tenga
que te dé, que yo, cuando no tenga,
te daré.

Estos dos cuentecillos de indudable parecido que toman como protagonista a la chica orgullosa y en edad de merecer, que busca siempre el mejor partido económico, basan igualmente su enjundia en juegos lingüísticos conceptistas. Si del primero se puede decir que deja entrever su veta ejemplar, del segundo habría que advertir, nuevamente, que obedece a una más que posible readaptación de sentido (22).

9.- LA MUJER VAGA

El mazorcal

Una mujer que hilaba poco, porque la gustaba andar por ahí, parlando con las vecinas, pero cuando venía el marido del campo, por la noche, ya estaba ella en casa con su labor, y decía:

- ¡Vaya, otra mazorca! Mazorcas al mazorcal, que con esta ciento y una van.

Y todos los días igual, cuando llegaba el marido. Y ya un día, el hombre creyendo que tenía muchas, la dijo:

- ¿Ya tendrás muchas, eh? Tendrás ya para hacerme una manta para mí para el campo.

Y fue a ver el mazorcal, pero no vio más que una, que las ciento no estaban. Y se llevó el desengaño. Y se lo dijo y terminaron riñendo y cada uno se fue por su camino.

No suelen faltar los cuentos de casados en cualquier repertorio de la tradición popular, generalmente ejemplificando los engaños de la mujer al marido y su capacidad de disimulo, ya sea como adúltera, como comilona a sus espaldas, o como en el presente caso, como ociosa y vaga, desatendiendo a una de sus tareas específicas en el hogar: la de hilar para confeccionar prendas de abrigo que, en tiempos de economía doméstica autosuficiente, no era de despreciar.

HACIA UNA INTERPRETACIÓN CONJUNTA

A través de esta serie de tipos diversos que con sus acciones centran el protagonismo de los cuentos, se nos hace accesible y comprensible en buena parte la cultura de una comunidad castellana agraria y rural, su mentalidad básica. Unos cuantos tipos representativos del sistema social han sido elegidos para especificar algunas de las actitudes, valores y normas por las que se rigen, que les identifican como grupo. Estos tipos representan individualidades sometidas a un alto grado de abstracción, cada uno de los cuales tiene su papel y su lugar en el sistema social comunitario. Todos, sin embargo, por unas u otras razones, por su función o actividades, se sitúan por encima o al margen del grupo medular que, experiencial y mayoritariamente, cohonesta las coordenadas generales de la mentalidad desde la que elaboran sus estereotipos.

Aunque tales tipos están representados en los cuentos con una gran simplicidad o esquematismo caracteriológicos, a través de sus acciones típicas se les puede perfectamente identificar según unos modelos de comportamiento que, siempre, deben ser entendidos y contrastados desde la referencia de quienes les sancionan o ponen en cuestión. Así, por ejemplo, cuando personifican en el pastor o en el gallego al "tonto" y al "ignorante", hay que pensar en un acendrado etnocentrismo del grupo mayoritario campesino que afirma explícitamente su superioridad con respecto a otros subgrupos que conviven en el sistema social. Sin embargo, pudiera adivinarse una cierta actitud defensiva ante otros tipos que, como el estudiante o el gitano, detentan la picardía, la astucia o el engaño, los "listos", en cuanto que los del propio grupo podrían resultar los engañados. El cura y el usurero, sin embargo, estarían en otro plano y la actitud hacia ellos diferirá también. Son tipos situados en un status superior, representantes de la autoridad religiosa y del poder económico, rasgos que aprovechan para cuestionar a través del rebajamiento satírico, lo que no deja de suponer, a su modo, una relativización o desenmascaramiento de la situación o el poder que ostentan de cara a la comunidad.

A otras razones obedecen los cuentos que ponen a la mujer en candelero. La misoginia tiene cabida en cualquier sociedad popular agraria, en cuanto que considera a las mujeres como un subgrupo muy especial, complementario pero diferente, del grupo dominante de los varones. Las "mujeres difíciles" o "taimadas" (aficionadas al vino, orgullosas, vagas... en este caso) suponen un peligro y un obstáculo en la sociedad patriarcal, pues no se amoldan a la función que les está reservada en la misma.

Aunque los estereotipos se adjudican, por lo general, de forma unívoca, a veces en algunos de los tipos se revelan otros rasgos igualmente característicos, como sucede en algunos cuentos de gallegos, en los que se alude a su miseria o a su proverbial desconfianza. El uso de estereotipos por parte del hombre obedece a una necesidad de estructurar cognitivamente su medio ambiente social. Nace de una realidad observada, si bien, en cuanto que elabora una imagen mental simplista, con frecuencia descontextualizada, se queda en abstracción desfavorable de la categoría social que representa y, ello porque cumple una función fehaciente como es crear o mantener una diferenciación positiva del endogrupo respecto de los otros grupos o instituciones sociales. Obedece, en su último sentido o intención, a intereses de grupo, ya que a través de los contravalores que prejuzga, presentándolos como indeseables, está representando valores y actitudes que guían su conducta y dotan de significado a su vida social, al sistema simbólico de la cultura en la que coexiste.

Todo ello hace que se dé, con frecuencia, en la tradición oral la "transformabilidad", la movilidad de temas y motivos, que son readaptados según intereses puntuales por una nueva comunidad (23). Si ya se eludió anteriormente a los casos del pastor como "bobo" o de la mujer borracha u orgullosa, que centran motivos o anécdotas que tienen existencia independiente en otros contextos, considerando un cuento como "El mochuelo y la perdiz", cuya variante aquí recogida deja traslucir los profundos cambios que se han operado respecto a versiones primitivas (24), se puede llegar a comprender meridianamente cómo es posible resignificar una materia tradicional preexistente de acuerdo con los intereses del grupo que se sirve de ella y la sigue transmitiendo, readaptándola.

En el código de valores de la comunidad, las distintas acciones o conductas de los individuos considerados comportan un juicio más o menos velado y conllevan implícita una sanción. Son puntos de referencia respecto de los cuales se toma distancia conforme a las pautas sociales vigentes en el grupo. En la mayor parte de estos cuentos el engaño o el disimulo constituyen un tema o isotopía redundante. De ello se deriva un corolario: hay que abrir el ojo o estar sobreaviso con respecto a otros miembros que, estando dentro del sistema social, por su status o dedicación no forman un todo homogéneo con el grupo. Siendo el matrimonio un fin, ni pastores ni gallegos, inferiores socialmente, serían convenientes, como tampoco cierto tipo de mujeres que pondrían en peligro el concepto tradicional de familia. Estudiantes y gitanos, en cuanto amenazan los bienes y la propiedad privada y comportan unos valores y modo de vida distintos (viven sin trabajar, practicando el engaño) no serían tampoco de fiar.

Y el cura y el usurero, ambos al margen por su autoridad religiosa y su poder de mercantil, alimentan igualmente la desconfianza y son puestos en cuestión los medios de que se valen para su prevalencia, ya sea el esoterismo del latín o la especulación. En resumidas cuentas, que a través de estos cuentos se puede observar meridianamente el carácter conservador de la comunidad que los transmite, ya que tiende a preservar sus valores (el orden social, el matrimonio, el trabajo, los bienes materiales y la propiedad, principalmente) cuestionando a quienes, desde fuera, se los ponen en peligro, y poniendo a sus miembros en guardia contra éstos. La protección del sistema de valores, así como la anteriormente comentada "distintividad positiva" del propio grupo, por otra parte, son dos funciones fundamentales que, colectiva o individualmente, cumplen los estereotipos, haciéndose extensibles a las diversas culturas (25).

Con todo, en un cuento no hay sólo un sentido más o menos evidente, sino que es, con frecuencia -y a pesar de su elementalismo narrativo-, un entramado más complejo (por simbólico) donde es posible rastrear otras voces que apuntan en otras direcciones. No en vano su condición de texto tradicional, hecho de variaciones y material de acarreo, le asemeja a un palimpsesto donde se puede leer la voz del tiempo, la voz de una cultura popular que se hace permanente en la continua transformación. En las formas y procedimientos lingüístico—narrativos subyacen otras razones y principios del todo dignos de ser tenidos en cuenta, pero su consideración sobrepasaría los límites puestos a este trabajo.

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NOTAS

(1) Los cuentos populares o la tentativa de un texto infinito, Universidad de Murcia, Murcia, 1989. También Cuentos al amor de la lumbre (2 vols.), Anaya, Madrid, 1983-1984. En realidad, toma esta división de Afanasiev, que en sus Cuentos populares rusos distingue entre cuentos de animales, cuentos de magia y cuentos costumbristas o novelescos.

La adopta también Juan Rodríguez Pastor en Cuentos populares extremeños y andaluces, Badajoz-Huelva, 1990.

(2) Cuentos populares de Castilla y León (2 vols.), C.S.I.C., Madrid, 1987-88.

Julio Camarena en Cuentos tradicionales de León (2 vols.), Seminario Menendez Pidal, Universidad Complutense de Madrid y Diputación Provincial de León, Madrid, 1991, los aglutina en el apartado que denomina "Chanzas y anécdotas".

(3) Ver Folklore y literatura: el cuento oral en el siglo de oro, Crítica, Barcelona, 1978.

(4) LORENZO VELEZ, Antonio: "Contexto social y literatura de tradición oral", en II Jornadas de Etnología de Caslilla-la Mancha (Ciudad Real, 1984), Servicio de Publicaciones de la Junta de Comunidades Castilla-La Mancha, Toledo, 1985, p. 15.

(5) MONTERO MONTERO, Pedro: "Arte verbal urbano: Aproximación etnográfica a los cuentos populares extremeños en la ciudad de Badajoz", en Revista de Folkore, 1990, nº 111, Valladolid, p.103.

(6) Como ha demostrado brillantemente Mijail Bajtin en su estudio sobre la obra de Rabelais, publicada bajo el título La cultura popular en la Edad Media y Renacimiento, Barral, Barcelona, 1974.

(7) La relación dialéctica entre las condiciones objetivas de la vida de los hombres y la manera como la cuentan y aun como la viven sería el objetivo de lo que se ha dado en llamar "historia de las mentalidades". Ver MICHEL VOVELLE, Ideologías y mentalidades, Ariel, Barcelona, 1985, p. 19.

(8) The types of the Folktale, FCC, Helsinki, 1964.

(9) Aplicamos la fórmula narratológica de Claude Bremond, Logique du récit, Seuil, Paris, 1973.

(10) Es muy parecida una variante que recoge en su ob. cit. Aurelio M. Espinosa, hijo, en Burgos -cuento 371. "Juan el tonto"-, cinco de cuyos episodios vienen a concordar, sin embargo no se declara el oficio del protagonista. Si se dice que es pastor, pero sin destacarse tal condición, en el nº 236 ("El novio tonto") de la ob. cit. de Julio Camarena, recogida en Caín, pueblecito en los Picos de Europa, aunque esta versión difiere bastante. Que este cuento es muy popular en Castilla y León lo demuestran las numerosas versiones recogidas en esta zona, como las ocho –nº 181-188- de AURELIO M. ESPINOSA en Cuentos populares españoles, (3 vols.), C.S.I.C., Madrid, 1946. LUIS CORTÉS VÁZQUEZ, Cuentos populares salmantinos, (2 vols.), Librería Cervantes, Salamanca, 1979, recoge tres versiones, nº 50—52, con idéntico título: "El pastor bobo".

(11) Ver DÍAZ VIANA, Luis: Rito y tradición oral en Castilla y León, Ámbito, Valladolid, 1984, pp. 43 ss. En cualquier otro territorio, la cultura campesina y pastoril han mantenido siempre grandes diferencias, como señala PETER BURKE, La cultura popular en la Europa moderna. Alianza, Madrid, 1991, pp. 72 ss.

"Comer a lo pastor", "andares de pastor" y otras por el estilo, son expresiones peyorativas que todavía subsisten entre el pueblo y que indican un modo distinto de comportamiento reprobable.

(12) Las informantes ya no les conocieron, pero sí que recuerdan que en tiempo de sus padres eran habituales en los veranos del pueblo, por lo que oían contar.

(13) Ver, en la sección VII "Chistes y anécdotas" del segundo volumen, los apartados A- "Cuentos humanos varios" (285-287) y E- "El hombre tonto" (368-382).

(14) Ibidem, nº 287 ("Los gallegos se tiran por el boquerón") donde se dice que "como son muy miserables" buscan sitio donde dormir que nada les costase (recogido en Mota del Marques).

(15) Así lo ve JEAN CHARLES DAVILLIER en su libro L'Espagne, publicado en 1874 en París. La versión española más reciente es Viaje por España (2 vols.), Ediciones Grech S. A. Madrid, 1988.

No hay que olvidar la amarga queja de Rosalía de Castro en el poema que abre su primer libro de versos, Cantares gallegos: "Castellanos de Castilla, / tratade ben os gallegos; / cando van, van como rosas, / cando vén, vén como negros", fruto acaso de su experiencia en tierras castellanas, pues vivió en Simancas los años 1869 y 1870, siendo su marido, el historiador Manuel Murguía, jefe del Archivo de Simancas.

(16) No escasean en la tradición popular los cuentos en los que son militares quienes protagonizan este tipo de anécdotas picarescas, gentes también de paso y a la que salta. Quizás se correspondan mejor con la experiencia campesina. De hecho, en el segundo de estos cuentos, "Los dos estudiantes", las informantes dudaban si los protagonistas eran estos o dos militares. Que los dos "oficios" se debatían por la primacía en el ingenio, lo corrobora un cuentecillo como el nº 13 de L. Cortés Vázquez, ob. cit., titulado "Los soldados y los estudiantes", en el que se les enfrenta para ver quién gana.

(17) Obras, tomo V, B.A.E., Madrid, 1961. El gitano le roba al cura una cajita de plata.

(18) También se incluye en la antología Cuentos populares de España, de Aurelio M. Espinosa, el padre (edición de Luis Díaz Viana), Espasa Calpe, Madrid, 1992. (Es el n.° 32).

(19) Sobre el concepto y la rentabilidad literaria del "sobrenombre", ver Mijail Bajtin, ob. cit., pp. 414 ss.

(20) Del primero de ellos sólo he encontrado otra versión, la recogida por L. Cortés Vázquez, ob. cit., con el nº 27, "Las tres hilanderas y el vino", en la que se da como razón para dejar de beber, no que ello sea impedimento para casarse, sino que gastan en vino más de lo que ganan.

De la "devota y la bota" hay algunas variantes más. L. Cortés Vázquez recoge una salmantina de La Alberca, cuento nº 11, en su obra citada, y otra sanabresa, en Leyendas, cuentos y romances de Sanabria, Librería Cervantes, Salamanca, 1981. Tanto esta variante última, como la que recoge J. Camarena en Caboalles de Arriba, nº 244 de ob. cit., intensifican la equivocidad, al ser el cura, en la confesión, quien hace a la mujer la advertencia, lo que da ocasión a un nuevo equívoco lúbrico ("véiseme/béiseme").

(21) Nº 452 (de Cuéllar) y 453 (de Burgos) en Aurelio M. Espinosa, hijo, ob. cit. y nº 289 (de Orallo) en Julio Camarena, ob. cit.

(22) Las mismas informantes encajan esta fórmula conceptista, que aquí aparece en boca de la mujer, en otro contexto diferente: Un cerdo miraba a una encina de la que siempre había comido muchas bellotas, pero la encina en ese momento estaba toda nevada y, entonces, la encina, como no podía socorrerle en su necesidad, le dijo así:

Bien me miras,
bien te entiendo,
de lo que me pides
tengo;
busca a otra que no tenga
que te dé,
que yo, cuando no tenga,
te daré.

(23) Ver MOLHO, Maurice: "Lo popular en la literatura española", en Revista de tradiciones populares, tomo XXXIII, 1977, Madrid, p.277.

(24) Los cuentos 8-11 de Aurelio M. Espinosa, hijo, ob. cit. tratan el mismo motivo, pero los protagonistas son en los cuatro dos animales que se reparten la paja y el trigo. La zorra es en todos ellos la lista y hace el reparto y el engañado es un pájaro, que varía en cada uno de ellos. En la versión de Astudillo (Palencia), "La regallarona y la raposa", dice esta última: "Tú te coges la paja y yo el trigo. Y si no quieres así, yo me cojo el trigo y tú la paja".

(25) Ver TAJFEL, Henri: Grupos humanos y categorías sociales, Herder, Barcelona, 1984, pp. 171 ss.