Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

CUENTOS QUE ME HAN CONTADO VIII-XI

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 172.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 172 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


Pararse a escuchar un cuento es una disciplina inusual, pero recomendable. En principio es eso: «pararse», ocupar un asiento junto a la voz tallada y dejar que las palabras se enreden en la historia. Desde el comienzo se sabe ya el «qué» del cuento, pero resultan sorprendentes los entresijos que cada contador busca hasta llegar a ese «qué», las «aventuras de entremedio», en tantas ocasiones retazos desgarrados de la propia biografía. De la larga caminata por esos pueblos de María Santísima, estas paradas me producían un efecto distinto a cuando trataba de rescatar una danza o un canto. En esos casos había que preguntar, indagar suavemente durante horas, para conseguir, si acaso, el ambiguo dato de: «esto viene de muy antiguo», queriendo significar ello un desconocimiento de lo puntual, pero también un sentimiento y una raigambre a prueba de tiempos. Era como decir: «a pesar de todo, aquí se sigue danzando o cantando como en los entonces mágicos por los que pregunta», esfuerzo que era recompensado con la vivencia del ejemplo vivo en el sitio, a su hora, por sus gentes, que anda que es poco, Con los cuentos pasaba que no había que preguntar nada, sino poner sobre un pedrusco el «nagra» con cinta nueva y esperar a que cada voz pintara la trama. Y era/es distinto porque, mientras se escucha un cuento -pongamos cuatro, seis minutos- percibe uno el paso de esa breve eternidad que es la vida; la mente se empapa del documento y a la vez vuela al perdido paisaje del alma, ganado a través de la narración, a cuando soñaba en hacer aquello que se cuenta. Minutos en los que da tiempo a todo porque uno es capaz de pararse, de no estar yendo de la nada a la nada -aunque vaya de todas formas-, de quedar, de ser. Sean los cuentos que sean, o el mismo cuento en sabe Dios qué versiones, sentarse a que le cuenten a uno todos los cuentos, es algo inusual, ya digo, pero recomendable: permite un reencuentro con uno mismo, un recuento del cuento propio.

VIII - COMAZORRA Y COMPASAPO (El Gastor. Cádiz).

En una cueva del Tajo del Algarín había una cueva donde vivía una zorra que tenía un compadre sapo, y le dijo un día:

- Compasapo, ¿por qué no echamos una aparcería de trigo juntos?

- ¿Y cómo se hace eso, comazorra?

- Es muy fácil. Yo pongo la tierra, usted pone la simiente, y el trabajo, los dos, y al verano partimos el trigo, mitad para cada uno.

Así lo hicieron, y cuando el trigo se puso de escarda dijo el sapo:

- Mire, comazorra, que el trigo hay que escardarlo.

- Ay, compasapo de mi alma, yo no voy a poder asistir porque el compazorro lleva tres meses malo. ¿Cómo lo dejo en la cama sin cuidados? Apañe usted a los sapitos y arrégleselas como pueda, verá como sale.

De modo que el compasapo apañó a los sapitos, y escardillazos por aquí y por allá, escardaron el trigo. Pero al poco tiempo llegó la temporada de escardarlo otra vez, y dijo el sapo:

- Comazorra, mire que el trigo se ha puesto de escarda.

- ¿Qué le vamos a hacer? El compazorro anda todavía en cama y no se pone bueno. Apáñeselas como pueda, compasapo, que ya ajustaremos cuentas en el verano.

Y así lo hizo. Agarró a los sapitos, y escardillazo por aquí y por allá, escardaron el trigo. Al poco tiempo, llegó la hora de segarlo, y dijo el sapo:

- Comazorra, que está la siega encima.

- ¡Ay, compasapo! Yo no me puedo mover de casa.

Ya ajustaremos cuentas. Siegue usted con los sapitos.

Así hizo el sapo. Cogió a los sapitos, y hozazo por aquí y por allá, segaron el trigo. Y lo llevaron a la era para sacar el grano, del que hicieron un buen montón. A esto, vino la zorra, y dijo:

- Ah, compasapo, que limpio y amontonado está, pero ¿no le parece a usted, compasapo, que para uno es justo y para dos es nada? ¿Por qué no hacemos una apuesta y el que la gane se queda con todo?

- Vamos allá, comazorra.

- Mire usted, compasapo, nos ponemos arriba del puerto los dos parejos, y cuando yo diga: «Un, dos, tres», echamos a correr y quien antes toque el trigo ese se lo lleva.

Así lo hicieron. Ya estaban preparados cuando dijo la zorra:

- Un, dos, tres.

Y apretó a huir. Pero el sapo se le agarró a la cola sin que se diera cuenta, y al mirar atrás y no ver al compasapo correr detrás de ella, lo llamó:

- Compasapo.

Y el sapo, escondido en los pelos de la cola respondió:

-Voy delante, comazorra.

Y la zorra apretó otra vez a correr hasta topar en la era. Allí se volvió y gritó:

- Compasapo.

Y en el entremedio, el sapo se había soltado de la cola colocándose en lo alto del montón de trigo. Desde allí le contestó:

- Comazorra, llevo esperando un rato largo sentado en la pila, Dicen que la zorra dio media vuelta con el rabo entre las piernas y se metió en la zorrera; y el sapo se quedó con el trigo para los sapitos.

IX.- LA ESCALITA DE UVAS (Rosa Pulido. Chinchilla. Albacete)

Vivía muy cerca de aquí una familia muy buena gente, que se llevaban la mar de bien unos con otros, vaya, ni un nada de nada.

Un día llegó una vecina y le dijo a la madre de la casa:

- Mira, mujer, mi marido acaba de venir de vendimiar y ha traído un cestón de uva, así que te voy a regalar esta escalita para que la pruebes.

Cuando la madre vio la uva estuvo a punto de comérselas, pero se paró a pensar: se las voy a llevar a mi hijo, que está trabajando el pobre desde el alba y le gustarán.

Y como lo pensó lo hizo.

Fue al sitio donde estaba el hijo:

- Toma, mira qué uva tan riquísima te traigo.

- ¡Madre, qué ricas deben estar! El hijo fue a comerse la uva, pero pensó: Dentro de un rato va a venir mi hermano y las voy a dejar aquí para que se las coma.

Y así que el hermano vino le dijo:

- Toma, esta uva es para ti. Verás qué buena.

El hermano cogió la escalita y la estuvo mirando a ver qué uva arrancaba primero para comerla, pero pensó: No las voy a probar, sino que se las voy a llevar a mi padre, que anda con la mula ara que te ara y estará fatigoso.

Y así lo hizo.

- Tome, padre, mire qué uvas tan jugosas. Son para usted.

El padre las cogió y por la calor que había quiso comerlas, pero pensó: Mi mujer siempre en casa trabajando y nunca la llevo nada. La uva le gustará, digo que sí. Y así hizo. Al llegar a casa le dijo:

- Anda y mira en el zurrón, verás lo que te traigo. Lo más rico que hayas podido ver.

Y la mujer sacó la uva, la puso en la mesa y ya no dijo más.

Y aquí se acabó el cuento. ¿Qué te ha parecido?

X.- PEDROPERO (Carmen Gómez. Huelva)

Era un muchacho al que llamaban Pedropero, y a él le gustaba que se lo dijeran, mira, que ya se sabe que el que no tiene mote no es nadie. Todos los días iba Pedropero al campo con las cabras, y por allí había un lobo grande, de esos machos viejos, un lobo de los de mira p'atrás, de los que dan miedo, con unas ganas de comerse una cabra que pa qué, pero no veía manera de hincarle el diente. Entonces, un día de muchísima calor, de una calor pegajosa, Pedropero se jaló un gazpachillo que llevaba en un bote y se dispuso a echarse la siesta. Así que se quitó la chaqueta, dejó a un lado la mochila, el zurrón donde llevaba sus cosas y colgó la garrota de una rama. Tenía un perro para reunir el ganado, pero el perro vio lo que hacía el amo y se amodorró también en la sombra, confiando en que las cabras ya avisarían si pasaba algo. De modo que el lobo se asomó por un ribazo y pensó: «Ahora es la mía; me llevo una cabra y el pastor ni se entera». Eso es lo que el lobo tramaba en principio, pero viendo la calma que había en el ambiente, llegó a más: «Yo lo puedo hacer mejor; me visto con la ropa del pastor, arreo la piara, me la llevo a un prado sin salida y allí, cada día, me como una».

Lo que quería el bicho era hacerse una buena despensa. Total, la idea le pareció de maravilla y allá que la puso en práctica. Se acercó con cuidado, agarró la chaqueta, la mochila, el sombrero, la garrota y el zurrón, se lo puso todo y empezó a arrear a las cabras, sin darse saber que los rebaños, con la calor, se amorran y no se levantan. Y parece que les dio el tufo de que aquel no era el pastor, que ni silbaba ni achuchaba al perro. Y empezaron a sospechar que era el lobo y balaron: «¡Beeeee! ¡Beeeee!». Al ruido se despertó el perro, y a los ladridos, Pedropero, y los dos corrieron detrás del lobo, que no podía correr con tanto lío de chaqueta y zurrón; así que Pedropero alcanzó la garrota que el lobo había tirado en su huida y se lió a garrotazos con él. Y aunque el animal quería correr, no le respondía el cuerpo, hasta que se pudo desembarazar de la chaqueta y del resto y huyó sabe Dios por qué sitios para despistarlo. Cuando estaba en su cueva lamiéndose las heridas, pensó: «Hay que ver la paliza que me he traído; podía haberme comido una cabra tranquilamente y por ser un egoísta y un glotón, casi me cuesta la vida». Y aquí acabó el cuento.

XI.- LOS TRES HERMANOS (Dionisio Robledo. Carrascal de la Cuesta. Segovia).

Un padre contaba a su hijo este cuento:

- Esto era una vez un hombre que era muy viejecito y que veía que se iba a morir. Tenía tres hijos, y quiso dejar a cada uno una cosa para que no tuvieran peleas entre ellos a la hora de partir la herencia. De modo que los llamó y les dijo:

- Me voy a morir.

- No, padre, usted no se muere, que está muy bueno todavía.

- No, hijos, no.

El sabía de sobras lo malo que estaba; que uno sabe lo que lleva encima, que me lo digan a mí. Así que siguió el buen hombre:

- Os dejo un gallo, una hoz y un medio celemín, que sabéis que sirve para medir los cereales.

Los hijos le negaban, no se lo querían creer:

- Padre, usted no se muere, que no.

Pero el hombre se murió. Cuando lo enterraron dijo el hermano mayor:

- Aquí tenemos la herencia. A ver qué hacemos con ella.

- Pues cada uno llevarse una cosa y ya está.

- Si me dejáis elegir, me gustaría llevarme la hoz.

Entonces dice el mediero:

- Yo, el gallo.

Y al pequeño le quedó el medio celemín, Y dice el de la hoz:

- ¿Y qué crees que vas a ver por ahí?

- Pues cualquier cosa.

Se fue, y anda que te anda llegó a un sitio donde estaban segando con una lezna de zapatero y un mazo, paja a paja, con lo que se tarda en hacerlo de esta manera. Y él dijo:

- Yo tengo una herramienta maravillosa.

- ¿Y podríamos verla?

- Hasta les hago una demostración con ella ahora mismo.

- Venga.

Cogió la hoz y se lió a segar dejando a los segadores con la boca abierta:

- ¿Nos podría usted vender esto?

- Bueno, no lo tenía para ello, pero la puedo vender.

- ¿Cuánto vale? Y él pensó: Aquí voy a hacer yo mi agosto.

-Pues... mil pesetas.

Reunieron el dinero entre todos los del pueblo y le dieron las mil pesetas. Y él volvió a su casa y le contó el hecho a sus hermanos. Y dijo el mediero:

- Pues yo voy a hacer lo mismo con el gallo.

- ¿Y dónde vas a ir con el gallo? ¿Crees que no hay gallos por el mundo más que el tuyo?

- A lo mejor encuentro alguna ocasión de ganar algo.

Se marchó, y a punto de cansarse de andar, llegó a un pueblo muy pequeñito, y como no veía a nadie, y era la caída de la tarde, preguntó:

- ¡Oiga! ¿Dónde está aquí el personal? Y le dice un ancianito:

- Es que las mujeres están haciendo la cena y los hombres duermen, porque tienen que madrugar mucho para ir a buscar el día con los carros.

El del gallo se quedó asombrado:

- ¿Cómo es eso? ¿Para qué tanto esfuerzo si tengo yo un animalito que trae el día sólo con cantar?

- ¿Podríamos verle?

- Claro, y escuchar.

Las mujeres despertaron a sus maridos y les contaron:

- Ahí hay un hombre que dice que tiene un animal que trae el día, que no tenéis que ir a por el día con los carros.

- ¿Dónde está?

- En la plaza.

- ¡Vete a saber! Será algún engañabobos.

- Asegura que es verdad.

- Por verlo no se pierde nada, Empezaron a llegar los vecinos y el alcalde:

- ¡Oiga!, nos han dicho que usted tiene un animalito que trae sólo al día, ¿es cierto?

- Sí, en el saco viene.

Tocaron el saco por fuera y vieron que allí dentro se movía algo, lo mismo un gallo, un conejo, un perro...

- ¿Y cómo podríamos verlo?

- Pues esta misma noche, donde quieran.

Se fueron al Ayuntamiento y él les dijo:

- Ustedes se acuestan a dormir y yo les aviso cuándo viene el día.

Se metieron en sus camas pero no dormían, al tanto de ver aquello, Y cuando a las doce hizo el gallo: ¡Kikirikí! ¡Kikirikí!, le preguntaron al dueño:

- ¿Qué ha dicho?

- El gallo dice que todavía falta mucho para que venga el día; ustedes duerman tranquilos.

Pero no dormían. A las cinco vuelve a cantar el gallo y ellos a preguntar:

- ¿Qué ha dicho ahora?

- Que ya pronto va a venir.

Y a eso de las siete, cuando clareaba el alba, el gallo vuelve a cantar: ¡Kikirikí! ¡Kikirikí.' ¡Kikirikí!. Y los hombres con los OJOS abiertos como platos, preguntaron:

- ¡Oiga! ¿Qué dice?

- Que salgan ustedes que ya está aquí el día.

Salieron y vieron cómo llegaba el día con su luz, y dijeron:

- ¡Este animal es maravilloso! Se lo compramos a usted.

- Hombre, yo no lo traía para ello, pero si quieren, se lo puedo vender.

- ¿Cuánto pide? El, que había visto que la hoz había valido mil pesetas, pensó pedir más.

- Dos mil pesetas.

Los vecinos se rebuscaron los bolsillos y le compraron el gallo.

Y él volvió al pueblo y contó el hecho a sus hermanos.

Y tú preguntarás ahora:

- ¿Y el del medio celemín?

- Ese para medir la cebada para ti.

- Pero, ¿no hizo nada?

- Tú verás. Se fue, llegó a un pueblo donde medían los cereales grano a grano y él dijo que tenía la solución para acabar antes.

-¿Y qué? - El resto, cuéntatelo tú mismo.