Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

Cuentos folklóricos en el refranero de Darío Rubio

VIERNA GARCIA, Fernando de

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 174.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 174 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


El periodista y escritor mejicano Darío Rubio es autor de algunos estudios lingüísticos como Los llamados mexicanismos de la Academia Española, La anarquía del lenguaje en la América española o Refranes, Proverbios y Dichos y Dicharachos Mexicanos. En la segunda edición de esta obra, ilustrada en algunos casos con cuentecillos sobre el origen de las distintas expresiones, se observa la transición y adaptación de cuentos tradicionales españoles al folklore mejicano; sirvan como ejemplo algunos:

LAS SUEGRAS NI DE BARRO SON BUENAS

"Una muchacha del pueblo que pasaba la vida sobre el metate en su humilde trabajo de molendera, no contaba para todas sus tristezas, sino con una sola esperanza: tener una suegra.

Había oído que las suegras, todas, sin excepción, eran muy malas; oía mil cuentos de ellas, y en todos los que le contaban, las pobres suegras quedaban por los suelos.

Pero la muchacha siempre incrédula y deseosa siempre, sólo soñaba, a pesar de todos los pesares, con una suegra.

Y como ésta no llegaba, ni había, probablemente, razón por la cual pudiera llegar, resuelta a cumplir su deseo, optó por mandar hacer una mona de barro a la que puso por nombre Doña Mariquita y estimó desde entonces como su suegra.

Más que contenta la muchacha, del techo del cuarto en donde vivía, puso una cuerda, en ella, colgando, a Doña Mariquita.

Así las dos, la nuera en el metate y la suegra en el aire, pasaban los días alegremente entre el continuo charlar de la muchacha que todo se lo contaba a su suegra, ora lo que le platicaban a ella, ora lo que ella inventaba.

Pero por desgracia un día, cuando más entusiasmada estaba la muchacha platicándole a su suegra, la cuerda de la que pendía ésta, se reventó y la mona fue a caer precisamente, inevitablemente, en la cabeza de la nuera.

No dicen, los que lo sucedido cuentan, si la muchacha dijo algo al sentir el golpe, que algo debe de haber dicho; pero sí dicen que mientras se limpiaba de la cara la sangre que le chorreaba de la descalabradura, llegó una su amiga quien al verla toda ensangrentada, mal disimulando la risa que le causaba la cara que hacía la muchacha colérica y llorosa, le dijo:

- Pero ¿qué tiene, mi alma? ¿Qué le pasó?

La muchacha, por toda contestación, dijo:

- ¡Ay, chula!, las suegras ni de barro son buenas".

Este cuento ya lo recoge Gonzalo Correas en Vocabulario de refranes y frases proverbiales, en 1627, al referirse al refrán Suegra ninguna buena; hícela de azúcar y amargóme; hícela de barro y descalabróme.

YO... TENGO CATARRO

"En una selva discutían con su natural fiereza un león y una leona a cuál de los dos le apestaba más el hocico, cuando pasó cerca de ellos un conejo. Lo llamó el león y le pidió que precisara lo que ellos no podían precisar respecto al olor del hocico.

El conejo, arriscando las naricillas, olió varias veces el hocico del león y el de la leona, y al hacérsele por segunda vez la pregunta, contestó que el hocico que más apestaba era el de la leona; ésta, inconforme con lo afirmado por el conejo, se echó sobre él y lo hizo pedazos.

Volvieron a la discusión con más fiereza la leona y con alguna calma el león, cuando pasó un borreguito que se había dado cuenta del triste fin del conejo.

Verlo el león y llamarlo todo fue uno, y le hizo la consabida pregunta.

El borrego, pensando en lo que le había pasado al conejo, después de oler los dos hocicos, dijo que el que más apestaba era el del león. Este, sin poder refrenar la cólera que tal afirmación le causaba y obrando como acababa de obrar su fiel compañera, en menos que canta un gallo descuartizó al pobre borreguito.

Una zorra que escondida en un matorral había presenciado, con un miedo que no le cabía en el cuerpo, la para ella horrible carnicería, corriendo salía de su escondite cuando acertó a verla el león, y la llamó:

- A ver zorrita, di tú a quién le apesta más el hocico, a la leona o a mí.

La zorra se puso a oler, y olía alternativamente los dos hocicos; pero como pasara el tiempo y la zorra sólo olía y más olía sin decir nada, esto acabó con la paciencia del león.

- Por fin, zorrita, ¿qué dice?, ¿a quién le apesta más, a mí o a la leona?

- Pues la verdad, dijo la zorra contemplando lo poco que en el suelo quedaba de los despojos del conejo y del borrego, yo tengo catarro y no huelo".

Corresponde al cuento "El león y la leona", publicado por Aurelio de Llano en su obra Cuentos asturianos, recogido en el concejo de Ponga en 1920.

¿COMO HE DE ADORARLO CRISTO, SI LO CONOCÍ GUAYABO?

"El cura de un pueblo, que le tenía cariño muy grande a su parroquia, fue a ver a uno de los riquillos del lugar para pedirle un trozo de madera para mandar hacer un Santo Cristo; el riquillo dio lo que le pedían, un trozo de guayabo, y el buen cura mandó hacer la imagen.

Concluida ésta, fue colocada en el altar que se le había destinado, y ante este altar, un domingo, decía misa el señor cura. Entre los feligreses estaba el que había facilitado la madera para la obra.

Cada vez que el sacerdote tenía que ponerse frente a los fieles, notaba que el hombre aquel, sin quitar la vista de la imagen, se reía disimuladamente.

Terminada la misa, el cura mandó llamar a sacristía al irreverente para echarle entre chanzas y veras, un sermoncito por su inconveniente conducta, pues que era, decía el cura, perfectamente indebido, el sentarse riendo en la iglesia y de una imagen.

A lo que contestó el sermoneado cuando el cura el dijo que no era esa la manera de adorar a una imagen:

- ¿Cómo he de adorarlo Cristo, si lo conocí guayabo?".

Aunque con diferentes santos y variadas anécdotas, este cuento aparece en diversas colecciones publicadas desde el siglo pasado:

Fernán Caballero incluye en Cuentos y poesías populares andaluces el origen del dicho "Yo te conocí ciruelo".

Vergara, en su Diccionario geográfico-popular, recoge cantares referentes a este tema en Balbuente (Zaragoza), Alarcón (Cuenca) y Navalcán (Toledo).

Espinosa hijo, recoge en Cuéllar una versión del cuento y, en Asturias, dos cantares.

Larrea, casi cien años después de Fernán Caballero, recoge otra versión andaluza de esta historia.

En Cataluña una versión de este cuento es recogida por Joan Amades.

Luis Cortés, en Leyendas y cuentos y romances de Sanabria, publica dos versiones, números 15 y 44, recogidas en Ribadelago y Calabor.