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LITERATURA ORAL EN EL CAMINO DE SANTIAGO: FROMISTA (PALENCIA)

PEDROSA, José Manuel

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 175.

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El día 7 de octubre de 1989, de paso por las tierras palentinas de Frómista, tuve la ocasión de conocer a tres inolvidables ancianos que, además de ofrecerme la hospitalidad del comedor de su casa, también me abrieron sus recuerdos y la memoria de unos cantos y saberes muy próximos ya a la extinción. María Lora, nacida en Frómista en 1909, su marido Félix Gómez, nacido en el cercano pueblecito de Revenga en 1910 y Juliana Pérez, nacida en 1920, hablaron conmigo, durante toda una tarde, de sucesos y recuerdos que ya ni entre sí comentan demasiado. En sus palabras han quedado los ecos de una Castilla y de un Camino de Santiago tradicionales, duros y mágicos, que cada día pertenecen un poco más al pasado. Las oraciones que me contó María fueron éstas:

Con Dios me acuesto,
con Dios me levanto,
Con la Virgen María
y el Espíritu y Santo.

Dios conmigo,
yo con él,
Dios delante
yo tras de él.

Válganme los doce Apóstoles
para meterme en la cama,
la Virgen de la Velilla,
la gloriosa Santa Ana.

Cuatro balcones
tiene mi cama,
cuatro ángeles
guardan mi alma:
San Lucas, San Mateo,
y Cristo en el medio.

¡Oh. sepultura de vivos,
qué olvidada yo te tengo!
¡Cuántos hombres y mujeres
se acuestan sanos y buenos,
y a la mañana amanecen
infinitamente muertos!
No permitáis, buen Jesús,
que yo sea uno de ellos,
si no es que sea librado,
oh, divino querer vuestro;
oh, divino Redentor,
yo soy la oveja perdida,
tú eres el divino pastor.
Recogedme en vuestro santísimo sagrario, señor,
amén, Jesús.

No sólo para el momento de acostarse, sino también para el de levantarse, tenía María sus oraciones:

Bendita sea la luz del día,
el señor que nos la envía.
Ya ha amanecido este día,
ya tocan a misa de alba,
dame la mano, señora,
para salir de esta cama,
que sin tus manos, señora,
mis fuerzas no valen nada.
Sin jurar, sin pecar,
primero morir
que volver a pecar.

Bendita sea tu pureza,
eternamente lo sea,
pues todo en Dios se recrea
en tan sagrada belleza;
Virgen Sagrada María,
ofrezco desde este día
alma, vida y corazón;
no me dejes, madre mía,
mírame con compasión;
no me dejes, madre mía,
pues te doy el corazón
y también el alma mía.

Tras las oraciones de María, es Juliana quien comienza a hablar -con intervenciones puntuales de María y de Félix- para contarme una interesantísima leyenda sobre el pasado judío de Frómista: “Frórnista ha sido muy importante, y muy grande. Ahí tienes el barrio de San Martín, que puso puertas de hierro y todo al lao de la calle de Grajal. Y había judíos. Aquí vivían judíos y cristianos y, claro, no se les podía pedir nada a los judíos, pero un señor se ve que necesitó dinero y se lo pidió a un judío; y se le pasó se conoce que el plazo; y el judío se lo debió ir a decir al párroco por ahí, que le debía y le debía, y le excomulgó; y al oírlo este tal Pedro (a quién se lo pidió era un judío que se llamaba Matutiel Salomón, ése era el nombre del judío), y como le excomulgó, pues él oyó, y se fue y se lo tragó, pero no confesó, y se pone muy malo y avisan al párroco de la iglesia de San Martín que vaya a confesarle, y dice:

Pasado ya el siglo XV,
Pedro Fernández en Frómista
se halla enfermo y le confiesa
a Fernán Pérez de la Monja;
-¿Qué quieres, Pedro, qué quieres?
-¡Ay, mi vida a su fin toca!
Quiero al señor por veático,
quiero al señor de la gloria.
Y el veático le llevan,
y preceden las farolas,
y un río de gente sigue
mientras campanas lloran.
Y llegan todos donde Pedro
y todos entran en su alcoba,
y en la patena dorada
Femán depositó la Hostia.
Y va a besarla el enfermo
y ven todos, todos notan,
que está pegada al metal
y no hay fuerza que la coja.
-Pedro, Pedro, ¿no ves?,
el buen Jesús te rechaza ahora;
¿estás en pecado acaso?
¿te callaste alguna cosa?
-¡Ah! Callé una excomunión.-
responde Pedro y solloza;
y se le absuelve otra vez
y comulga con fe honda.
Pero en la patena dorada
pegada quedó la Hostia,
y es ella desde hace siglos
la perla y el sol de Frómista.

Cuando le digo a Juliana que un poema tan artificioso como éste no lo ha podido aprender de la tradición de sus padres, sino de algún escrito o libro, me contesta que, efectivamente, este poema lo «hay en libros, antes no era tan divulgao como ahora. Lo van encontrando y lo van escribiendo. Cuando se celebró el centenario de cuando hubo el milagro, vinieron gente de Madrid y divisaron todavía los trocitos que se habían quedado pegados de la Sagrada Forma. Y la estola del sacerdote está en el desván. Y existe la casa, y allí es donde se encuentra el día de la Resurreción Nuestro Señor con la Virgen. Mi madre no vio ningún libro, pero mi madre lo sabía, sabían algo, lo de que el cristiano pidió a un judío, le pidió y se conoce que estaba prohibido. Pero el libro habla de los Reyes y todo, de aquella doña Urraca, y de doña Leonor, que estaba casada con don Sancho. Y eso lo veo yo ahora en los libros. Y Matutiel Salomón, el judío, pues ya que se lo pagó, tenía que haberlo confesado; se conoce que está prohibido pedir nada a los judíos. Por lo menos nos han puesto judíos por eso. Este pueblo le llaman el pueblo de los judíos, pero por eso no vamos a ser todos judíos. Es que hubo judíos y hubo cristianos. Claro, vinieron mercaderes y qué se yo. Había también peregrinos y palmeros. Había un hospital de Santiago donde ahora es el cine, y había otro hospital donde el monasterio de San Benito y Nuestra Señora de la Misericordia, pero ahora todo eso ha desaparecido, ahora han hecho un ambulatorio. Salían judíos vestidos con sayones y salen todavía por la Semana Santa. Salen ya de la iglesia de San Pedro porque ha desaparecido esa ermita que estaba pa mi casa y se llamaba la Casa de la Cruz, y había cofrades, y siempre metían a uno allí para cuidar la casa, y luego se pasaba ese portalón, que según se entraba había una casa que la llamaban la sinagoga, que ha venido gente de muy preguntando por ella y han dicho: "Pero, ¿cómo han tirado esto?" Que valía, creo, muchísimo y era de mucho mérito. Pues también lo han tirao. Y claro, eso de la Cruz, pues mi padre ha sido de la Cruz, y los padres de ésta han sido. En Semana Santa se vestían de negro, con un cucurucho así, y una lanza. Había uno que llevaba la cruz, y iba vestido de morao, y era nuestro señor; y un judío iba detrás haciendo de Cirineo, y le ayuda a coger la cruz”:

Acompaña a Jesús, alma mía,
cual vil asesino llevado ante el Juez,
y al autor de la vida contempla
por fuera sayones, por dentro Jesús.

Uno de los repertorios de canciones más interesantes de los que me cantaron en Frómista fue el que acompañaba a las faenas agrícolas. Comenzó María cantando estas estrofas que cantaban los jornaleros de la siega y de otras faenas que sacaban trabajosamente el fruto de los tabones o terrenos del campo de labor:

¿De quién es esta cuadrilla,
cuadrilla de tanto rumbo?
La cuadrilla de don Crescente,
que lleva la sal del mundo.

Y ole y ole y ole, y olé,
y ole y ole y ole, y olé.

Ya se oculta el sol
ya da sombra en los tabones,
mira nuestro señorito,
qué cara que nos pone.

Y ole y ole y ole, y olé,
y ole y ole y ole, y olé.

Después, entre María, Juliana y Félix siguieron cantando:

Ya se va poniendo el sol,
ya se debía haber puesto,
bastante largo es el día
para dar martirio al cuerpo.

Ya se va poniendo el sol
debajo los cotorrillos,
ya se van a recoger
los raposos de Astudillo.

Vale más un campesino
con la chaqueta rompida
que trescientos señoritos
aunque la lleven cosida.

Vale más una criada
arrimada a un fregadero
que trescientas señoritas
vestidas de terciopelo.

La relación entre los jornaleros y sus patrones era muy conflictiva, y ha quedado maravillosamente reflejada en las canciones de trabajo. Me cuentan María y Juliana: “Cuando íbamos a respigar y tenían esa mala idea los señoritos: hoy llevaban a las ovejas, como tenían ovejas también, comían las ovejas lo que querían y mañana nos llevaban a los respigadores a respigar, no nos dejaban ya nada, y empezábamos a hacer cantares de nuestra cabeza, na más así pensaos, ¡Pus!:

Mira qué manera tienen
de al pobre socorrer;
que ni lo que dejan de sobra
nos lo dejan recoger.

Mira si son avarientos
y poco caritativos,
que consienten que en el campo
se quede todo el respigo.

“Todo eso era cantao por nosotras mismas, porque consentían que lo comiese el ganao, las vacas y ovejas. Lo cantábamos las mujeres de los pobres criaos, que éramos las que teníamos que hacer las fatigas por casa, salíamo por la mañana, casi de noche, y veíamos los carros que iban a acarrear, y les decíamos:

-¿Adónde vais?

-A Cantoblanco.

-¿Vais a terminar hoy por la mañana la tierra?

-Sí.

-Pues entonces vamos detrás de vosotros y ya cuando vayáis terminando nós metemos a respigar.

A la entrada de verano ya resucitaba un pobre obrero un poco, y dice que decía el amo:

-¿Quién ha pegao al perro?

-Yo, señorito, ¿qué?

Pero ya en Navidad, que era cuando más triste estaba ya la gente, porque ya no teníamos casi ni pan para llevamos a la boca:

-¿Quién ha pegao al perro?

-No sé, señorito, yo no sé, yo no le he pegao, señorito, yo no le he pegao”.

El fenómeno del «estraperlo» o mercado negro campesino ha dejado también su impronta en los recuerdos y en las canciones de María, Juliana y Félix. Los labradores propietarios de terreno preferían ocultar sus cosechas para venderlas, a un precio muy superior al normal, a los contrabandistas de fuera: «Si ibas con el poco dinero que habías ganado y querías pues que te vendieran un poco de legumbre, y te decían que no tenían, pero venía la gente de por allá, pagándoselo mucho más y se lo vendían, y les llamaban estraperlistas. Y les sacábamos nosotros:

Ya vienen los estraperlisas
preguntando por lentejas,
y los mismos labradores
preparando las maletas.

Y después de preparadas
les dicen con exigencia:

-Traigan pronto los billetes
y tengan pronto las lentejas».

«Había racionamiento, cuatro pastillas de chocolate por persona de la casa al mes, cien gramos de azúcar por persona, y encima no podían comérselo nuestros hijos, porque tenían mucho hambre de pan, y teníamos que cambiar el azúcar. Y entonces llevábamos el azúcar a los ricos y entonces te vendían un poco de legumbre:

Vas con dinero en la mano
y te dicen que no lo tienen;
llévales el chocolate,
verás cómo te lo venden».

En los «veladeros» del invierno en los que se reunían, de noche, los campesinos para entretenerse, se cantaba, al son del «almidrez» aquello de

La luna le dijo al sol:
-Si tú fueras jornalero,
no madrugarías tanto
y andarías más ligero.

Y el sol le dijo a la luna:
-Retírate, bandolera,
que mujer que anda de noche
no puede hacer cosa buena.

Incluso las dos «coplas de ciego» que me cantó Juliana (la segunda, que aprendió de su abuela Andrea, estaba incompleta), se hallaban impregnadas de sentimientos de solidaridad entre personas sin recursos, y de amarga queja por las injusticias sufridas:

Dos muchachos se aproximan
a la puerta de una fábrica,
a que les dieran trabajo,
que su madre estaba en cama.
-Pa vosotros no hay trabajo-,
salta y dice el capataz:
-Las herramientas que hay
no las podéis manejar-.
Los muchachos se arrodillan:
-Pues tenga usted caridad,
siquiera por nuestra madre
que se halla en un hospital-.
Un obrero que allí había
y siente aquellas palabras:
-Muchachos, no hay que apuraros,
tu madre se va a mi casa-.
Pues salen los tres de allí
y se van al hospital
para sacar a la enferma
y a su casa trasladar.
Cuando llegan a su casa
él le dice a su mujer:
-Esta pobre desgraciada
hay que cuidarla muy bien-.
Los muchachos se arrodillan
llorando con gran dolor;
El obrero les abraza
con mucha satisfacción.
Pues quiero dejar historias
para que todos aprendan
qué es cumplir con un deber
y ayudar al que no pueda.
Al poco tiempo murió
aquella pobre infeliz;
cuando vienen del entierro
los niños se quieren ir:
-Pues nosotros ya nos vamos,
no queremos molestarles,
bastante bien nos han hecho,
bastante dan a mi madre-.
El obrero les contesta:
-Nunca lo consentiré.
En mi casa tengo un hijo
y con vosotros tengo tres-.
Al oír estas palabras
salta y dice su mujer:
-Pienso lo mismo que tú,
tengo el mismo parecer-.
Se quedaron los muchachos
en aquella humilde casa,
transcurrieron pocos años
cuando ocurre una desgracia.
El obrero falleció
y la viuda exclamaba:
-Te he perdido para siempre,
sin ti seré desgraciada-.
Los muchachos la contestan:
-No tenga miedo de nadie,
siempre la defenderemos
como a nuestra propia madre.
El bien que usted nos ha hecho
nunca podremos olvidarle,
somos tres hermanos
y usted nos sirve de madre-.

...Al cabo de algún tiempo
este joven se casó
y se vino a establecer
a la calle de Aragón.
Así pasaron seis años,
en casa un hijo tenía,
que tenía cinco años
y era toda su alegría.
Trascurrieron siete años
que en su comercio tenía;
Doña María, su esposa,
un día a él le decía:
-Buscaré una criada
que tenga fonnalidad,
que las jóvenes de hoy
pues mucho quieren ganar-.
Ya tenían la criada
y ellos contentos vivían,
porque miraba su hijo
y el servicio bien le hacían.
Doña María su señora
muchas veces la miraba,
que al contemplar a su hijo
las lágrimas la saltaban.
La señora la pregunta;
-Dígame la verdad, Juana,
el otro día la vi
y observé que usted lloraba-.
Y Juana con armonía
a su señora la dijo;
-Es un retrato su hijo
al hijo que yo tenía-.
La señora, impresionada,
a Juana le preguntó
qué la pasó con su hijo,
¿acaso se le murió?
Y Juana la contestó
con dolor de corazón;
-Con lágrimas en los ojos,
de diez años se marchó.
Y al año murió mi esposo.
Sola en el mundo me encuentro,
sirviendo de casa en casa
para ganarme el sustento-.
Cuando vino don José
su esposa se lo contaba,
lo que Juana le contó
y en suspenso se quedaba.
Pues él puso su atención
a lo que su señora hablaba,
y nada la contestó,
maravillado quedaba.
Don José con alegría
a la criada llamó;
-Cuénteme usted de su vida-,
y Juana le contestó.
Al señorito le dijo
llorando con amargura;
-Que tengo perdido un hijo
que se fue de criatura;
tiene el nombre y apellido
el mismo que lleva usted-.
Al oír estas palabras
al cuello se la abrazó;
-Gracias a Dios, madre mía,
que tu hijo te encontró.
Soy hijo de tus entrañas,
y tanto te hice sufrir,
y ahora que te he encontrado,
es para hacerte feliz-.
Tanta alegría causó
el encuentro de su madre,
que en la calle de Aragón
todos quedaron admirables.

Pese a la pobreza extrema en que, sobre todo en tiempos de la Guerra y de la posguerra, se vivía, los campesinos de Frómista también tenían momentos de diversión y alegría. Graciosa ironía tenía el «baile de la morcilla», cuya original coreografía se justificaba porque la protagonista pretendía que «se había guardado una morcilla debajo del delantal o debajo del brazo», mientras la cantaban:

Así se baila en mi tierra,
pícara perra, pícara perra;
levantando el brazo se cae la morcilla,
pícara perra, pícara perra.

A lo que ella, cuando la tocaba cantar, contestaba:

Así se baila en Sevilla,
y no alzando el brazo
no cae la morcilla.
Así se baila en Granada,
levantando el brazo
no se lleva nada.

Otras canciones de danza eran:

Ahora sí que canto yo
con alegría y con gozo,
porque ha salido a bailar
el elefante y el oso.

Hombre feo y sin dinero,
enamorado y celoso,
lo llamamos en mi tierra
la carabina de Ambrosio.

Adiós y diviértete
con las flores del camino,
que yo también me divierto
con lágrimas y suspiros.

Las canciones satíricas tampoco faltaban del repertorío de los campesinos de Frómista:

Un fraile me dio unas medias,
y entre las medias un duro,
y yo se lo fui pagando
con el salero del... mundo.

José se llamaba el padre
y Josefa la mujer,
y a eso de la media noche,
los dos querían jo...
sé se llamaba el padre
y Josefa la mujer,
y un hijo que tenían
también se llamaba José.

Si yo tuviera un hermano
que se llamara Gabino,
que se llamara Gabino,
toda la noche estaría
venga Bino, venga Bino.

El humor estaba también presente en algún refrán:

El hombre propone,
Dios dispone
y la mujer descompone.

El Camino de Santiago que ha marcado un milenio de la historia y de la vida cotidiana de Frómista, ha dejado también, naturalmente, huella en su tradición oral. He aquí la versión recordada por Juliana, por desgracia fragmentariamente, del romance de Flores y Blancaflor que desde lejana Francia trajeron hasta España peregrinos y juglares franceses:

Un conde y una condesa
para Santiago caminan,
a pedir a Dios del cielo
que les diera niño o niña;
al conde le dan la muerte
y a la condesa cautiva;
[y la llevaron a servir a la casa de una reina mora]
y quiso Dios y quiso bien,
las dos estaban encinta,
y quiso Dios y quiso bien
que parieran en un día.
[Pero las nodrizas les cambiaron los niños]
A la reina la dan el niño,
a la condesa la niña,
y cuando ya estaba bien
salen a la cocina,
y la pregunta la reina
cómo ha de poner la niña:
-Dime bien, mi esclava,
cómo has de poner la niña.
-Si yo estaría en mi casa
o la niña fuera mía,
la pondría Blancaflor
o rosal de Alejandría,
que así se llama mi madre
y una hermana que tenía.
Se abrazan las dos gritando
y armando gran gritería;
el rey que oyó gritar
salió para la cocina:
-Si te hace daño la esclava,
pues yo la castigaría.
-No me hace daño la esclava,
que es una hermana mía.
-Ahora sí que estamos bien,
pues yo me la casaría
con un hermano que tengo
que es la flor de la Turquía.
-No lo querrá Dios del cielo
ni la sagrada María,
dos hijas de Blancaflor,
casadas en morería.
-Anda, vete para casa,
y tírate buena vida,
y la dices a mi madre
que aunque estoy en morería,
debajo del manto llevo
una sagrada María.