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EL DIA DE TODOS LOS SANTOS EN ANDUJAR (JAEN)

ANTA FELEZ, José Luis y EXTREMERA OLIVAN, Mª Dolores

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 177.

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El modo en que los habitantes de la ciudad de Andújar (situada en las faldas de Sierra Morena, Jaén) se comportan en el lugar donde tienen a sus muertos y el culto que protagonizan revela qué les caracteriza como comunidad. En este trabajo se realiza una descripción etnográfica del espacio del cementerio y de aquellos elementos que nos han parecido más propios y definitorios de lo que ocurre en la festividad del Día de Todos los Santos. Al tratarse de una descripción, se ha intentado dejar de lado, por lo menos aquí, todo lo que comporta el interesante tema de la muerte, uno de los puntos claves por medio del cual las sociedades revelan parte de su cultura.

Es importante resaltar, además, que nos encontramos en una ciudad del Sur, a caballo entre una modernidad abrumadora y un planteamiento tradicional de las cosas, donde lo que hoy forma parte de su acervo cultural, mañana puede ser parte de los comportamientos del pasado. En última instancia, muchos de los "hechos" observados forman parte del patrimonio de Occidente, la simple forma de apreciar la enfermedad y las causas de la muerte, tema que aquí no tratamos, están más cerca de ser compartidas por un madrileño, un valenciano o un parisino que por un habitante de cualquier aldea de la cercana Sierra de Cazorla. Aún así, hay algo que sigue haciendo de Andújar un "mundo diferente", y que tiene su consiguiente reflejo en cómo se trata la muerte, es de la devoción (en muchos casos hasta límites cercanos al integrismo religioso más violento) a la Virgen de la Cabeza, eje angular de la sociedad iliturgitana.

DESCRIPCION DEL CEMENTERIO

Al cementerio de Andújar se llega en línea recta desde el centro (plaza vieja) por la calle Calancha. Apenas diez minutos separan la plaza del Camino del cementerio. No por casualidad, en este itinerario se halla el "cuadro de la Virgen", que canaliza la devoción de las gentes de Andújar. Este cuadro del siglo XVIII se dispone en el interior de una cancela enmarcada en lo que pretende ser una pequeña capilla que da a la calle. La acumulación de velas y flores a lo largo de todo el año hacen de éste un espacio donde el iliturgitano se encuentra con su patrona sin necesidad de ir a la ermita. Al final de la calle Calancha y en el Camino del cementerio se ubican las dos empresas de mármoles y lápidas existentes en Andújar. El Camino del cementerio es, también, el que enlaza la ciudad con el "camino viejo" que conduce a los caminantes que suben al Santuario de la Virgen de la Cabeza. Por ello, en las peregrinaciones que se realizan de forma continuada durante todo el año y que tienen su punto de partida en el cuadro de la Virgen, tienen una cita obligada ante la puerta del cementerio para rezar un responso por los que allí moran.

Aunque el Camino del cementerio está dispuesto como una vía de enlace con el Santuario, por lo que no se puede hablar de una calle, éste se ha transformado en su margen derecha hasta la puerta del cementerio en un paseo, confirmándose como un espacio público de transición entre el lugar donde moran los vivos (la propia ciudad de Andújar) y donde lo hacen los muertos (el cementerio). Dicho paseo se ha jalonado de bancos, árboles y setos, con la presencia de una cruz de piedra, y conduce hasta la única puerta de entrada al cementerio.

El cementerio de Andújar se configura claramente en dos partes: la "antigua", de principios de siglo, aunque con añadidos posteriores, y la "nueva", algo más amplia y despejada, donde se disponen hileras de nichos de hasta cinco pisos. Así pues, en esta parte nueva del cementerio se puede observar un claro predominio del nicho como sistema de enterramiento más común. Sólo unas tumbas de primera implantación adquieren la forma de mausoleo y aún así se trata tan sólo de cinco tumbas diseminadas.

En cualquier caso, el cementerio se dispone en calles perfectamente delimitadas, más estrechas en la zona de los mausoleos, pero guardando siempre el orden establecido, identificadas con nombres santos. La calle San Eufrasio -patrón de Andújar y de la cofradía de Jaén- es la que articula el tejido urbano de la parte vieja, ubicándose en el centro de ésta, y a partir de la cual las otras calles se disponen. La calle Virgen de la Cabeza es también una de las arterias principales, ya que es perpendicular a la de San Eufrasio, y desemboca en la parte nueva. La importancia de estas calles conecta directamente con la que se le concede a diario a los patronos de Andújar. Otras calles: San José, San Francisco, Virgen del Rosario, San Pío, San Luis... ilustran el santoral y la filiación religiosa del recinto. Al final de la calle San José, a la izquierda y haciendo esquina con la de San Francisco, se ubica un panteón donde se venera la imagen de una Inmaculada, conocida como la "Virgen quema del cementerio", mutilada durante la Guerra Civil y que fue recogida del convento en el que estaba por la persona que ahora está enterrada allí, para que presidiera su tumba. La actual propietaria del panteón abrió las puertas de éste para que la imagen pudiera ser venerada públicamente. Como ocurre con tantas otras imágenes, ciertas manchas rojizas, quizás provocadas por las quemaduras, son vistas como la sangre de la propia Virgen.

Siguiendo el recorrido por la calle San José hasta la calle San Fernando se llega hasta un pequeño patio en el que se ubican nichos en su frente. Es éste el lugar donde se inhumaban los cadáveres de suicidas y no católicos hasta la década de los años 50 ya que en la actualmente se da un trato aparentemente igualitario a la hora de realizar los sepelios y acceder al espacio común. En dicho patio hoy tienen cabida cadáveres fallecidos recientemente por lo que ha perdido en gran parte su connotación de ghetto para aquellos que son señalados por la religión católica.

En el lado opuesto al panteón donde se venera la Virgen, en la calle de San José, hay un azulejo en cerámica azul y blanca con los distintivos de la UGT y el Partido Socialista en el que aparece, a modo de epitafio, un verso de Rafael Alberti: "Esta paz impuesta, este forzado descanso, me hace estar con vosotros, amigos y comprenderos". Sería ésta otra muestra de la secularización del espacio del cementerio, aunque seguramente es un tema que habría que tratar desde otra óptica, por las enormes connotaciones simbólicas que conlleva.

Las calles Virgen de la Cabeza y Virgen del Rosario conducen, atravesando las tres calles de nichos implantados en esta parte vieja, a la parte nueva. Esta se caracteriza por ser un espacio abierto de considerable amplitud, en cuya pared se hallan la mayoría de nichos, con la única excepción de una tumba de suelo aislada. Junto a este portón se disponen cuatro calles de nichos. El elemento más sobresaliente de esta zona es un conjunto de nichos dispuestos en forma de cruz y en cuyo centro, en la intercesión de sus brazos, se ubica una capilla ecuménica que nunca se ha utilizado desde su construcción en el año 91, ya que los funerales y responsos se siguen haciendo, siguiendo la costumbre, en la parroquia a la que pertenecía el difunto.

LA CELEBRACION DEL DIA DE TODOS LOS SANTOS

¿Qué es lo que ocurre en Andújar durante los días previos al día 2 de noviembre y en este día? Comenzamos por decir que la visita al cementerio se hace casi siempre en grupo, familiar por lo general. Ya desde el día 28 de octubre acuden a su cita anual en horario de 8:30 a 6 de la tarde, donde tras cruzar el umbral de la puerta se dirigen sistemáticamente a visitar la "Virgen [quemada] del cementerio" por la calle San José. Allí hacen la ofrenda de las velas, que vende a 15 pesetas la actual propietaria del enterramiento donde se venera la imagen. Tras rezar durante un breve espacio de tiempo una de las oraciones estereotipadas, se llega al lugar de destino, al que se accede generalmente por la calle San Francisco, que conduce a la parte nueva del cementerio y a los nichos de la parte antigua.

Fundamentalmente son cuatro los actos que conforman el ritual ante el nicho y que se desarrollan en el siguiente orden: (1º) limpieza, (2º) colocación de flores y cirios, (3º) oración, y (4º) el paseo, verdadera manifestación de la sociabilidad iliturgitana. Sistemáticamente la limpieza y colocación de flores tienen lugar en los días previos al 1 y 2 de noviembre, días en los que ha de estar adecentado el espacio del nicho, como demostración del respeto de los vivos para con sus muertos. En este sentido, la limpieza participa plenamente del contenido de los hechos y está lejos de ser un mero elemento preparatorio, hasta tal punto que forma parte de aquellos elementos, junto con el sufrimiento y el recuerdo, con los que se paga permanecer aún entre los vivos. Para la limpieza de la lápida, oficio que generalmente realiza la mujer, se utilizan todos aquellos elementos (escobas, bayetas, fregona, etcétera) que son comunes a la limpieza del hogar. La colocación de flores en jardineras o/y jarrones se realiza con posterioridad, así como la colocación de cirios de color rojo. Es normal en Andújar que en este día casi nadie lleve flores naturales y mucho menos crisantemos, actitud que parece se deriva además de la obvia practicidad de las flores artificiales y de una cierta "negación de la muerte", tan característica de las sociedades modernas y de la que Andújar, obviamente, toma parte.

En la primera fase del ritual entra en juego uno de los elementos más polémicos y que da pie para hacer una cierta reflexión: la escalera. El cementerio tiene en propiedad tan solo cinco, que son objeto de disputa por parte de aquellos que, a falta de escalera propia, deben esperar varias colas para su uso. Son los "hijos pobres" de esta ciudad, ya que es requerida sólo por los que deben atender la morada de los difuntos del cuarto y quinto piso de nichos (los más económicos). Una cierta insolidaridad de los que monopolizan su utilización provoca en los que esperan una sensación de impotencia y atropello. Es entonces cuando con más sentido de propiedad se concibe el nicho, hasta el punto que la escalera es motivo de discusión y riña en el recinto funerario.

Aunque hay investigadores que sostienen que en el cementerio no hay cabida para las actitudes insolidarias (1), hay que decir que éstas, de hecho, sí se dan en Andújar, aunque en el ámbito estricto del ritual; otra cosa muy distinta será el ámbito social donde, efectivamente, no tienen lugar manifestaciones insolidarias, porque no hay nada que defender como propio. Si bien es cierto que el nicho es entendido como extensión familiar de la casa, no se debe perder de vista que el espacio del cementerio y el ritual allí celebrado da lugar no sólo al fortalecimiento del vínculo familiar, sino también al de los habitantes de Andújar entre sí. Por ello, los rasgos de insolidaridad se muestran sobre todo en el ámbito estricto del túmulo, en el transcurso del ritual, porque de lo que se trata es de preservar de la presencia de extraños la intimidad familiar. Además de todo ello ir al cementerio es entendido en Andújar como una salida a la calle para relacionarse con la comunidad de vecinos. Una vez cumplidas las tareas de limpieza, colocación de las flores y rezos, los cuales se hacen por cada unidad familiar, es muy extraño que dos personas recen en voz alta, al igual que los responsos del sacerdote tampoco se hacen en el cementerio en estos días, sólo en las misas de Difuntos del día 2. El resto de los días se dedica a pasear y a relacionarse con sus conciudadanos después de haber permanecido unos instantes ante el "propio" nicho.

En todo caso, lo que es indudable es que lo que ocurre en el cementerio durante estos días es un fenómeno colectivo. Los grupos son, además, más grandes y numerosos que de costumbre. Varias realidades ponen de manifiesto la cohesión de las relaciones de parentesco que tienen lugar. Al cementerio se va en familia, incluso en muchos casos llegan los miembros que residen fuera de la ciudad. La memoria del difunto prevalece sobre cualquier otro sentido dado a la festividad. Al igual que ocurre en otros sitios de la Península Ibérica, será la mujer de mayor edad la que lidera las actividades realizadas y presente mayor afectación, mientras que serán los varones jóvenes los más distantes. Ello tiene varias explicaciones: son los mayores los que más "muertos tienen" y, además, la manifestación del vínculo subjetivo mediante el ritual funerario parece que se halla más arraigado entre los mayores que entre las nuevas generaciones. Esta actitud de los jóvenes no ha de significar que quieran menos a sus muertos, sino que, por el contrario, el ceremonial tradicional parece que no encauza sus sentimientos. La ruptura generacional en torno a este tema no es sólo un dato estadístico, sino que parece imponerse desde la forma en cómo se concibe la muerte en la actual sociedad occidental. Por otro lado, las pautas de liderazgo del rito muestran ciertos estereotipos socio-culturales y, quizás por ello, la mujer desarrolla en este ámbito las mismas misiones que realiza en la vida cotidiana. En última instancia, la conducta emocional es útil a la colectividad para expresarse. El espacio funerario sería el ámbito en el que la mujer -al igual que ocurre "aún" en la casa- parece mostrarse como especialmente eficaz, pues el hombre generalmente en ambos ambientes no barre, ni friega, ni participa de la limpieza. Además, también el rezo es vinculado a las mujeres, por ser considerada la conducta religiosa (piadosa) patrimonio del sexo femenino. Por tanto, se percibe un cierto paralelismo entre la estructura social iliturgitana y los rituales llevados acabo en estos días en el cementerio. Así, pues, todo el ritual se "feminiza" y adquiere tintes propios de los elementos tradicionales adscritos a dicho género.

Las relaciones de vecindad entre los poseedores del espacio funerario es otro factor que hay que tener en cuenta. Este vecindario existe porque existe un límite espacial que así lo crea. La citada insolidaridad unida a la curiosidad son los rasgos que describen las relaciones entre vecinos durante el desarrollo del ritual. Las conversaciones de los vecinos, cuando éstos se desconocen, consisten en preguntarse por la identidad del fallecido, la edad, el tipo de muerte, etcétera. Y en todo momento se cuidará de que el vecino no dañe ni ensucie la lápida del difunto propio en el transcurso de la limpieza y colocación de flores. Tal cual pone de relieve el siguiente comentario que le decía una señora a otra cuando ésta intentaba colocar la escalera para subir al nicho: "Cuidado con la escalera no me vaya a rayar el mármol con las puntas".

En efecto, el cementerio de Andújar se convierte en esos días en un centro de encuentro social donde las gentes pasean, charlan con aquéllos a los que no ven tras mucho tiempo, se preguntan por la salud... Hay que hacer constar que para algunas mujeres ésta es una de las pocas ocasiones del año para salir y relacionarse con sus vecinos. De hecho, las calles y bares de la ciudad quedan vacíos en las horas de visita al cementerio, y así, durante unos momentos en estos días, sustituye a los lugares de encuentro y socialización. La inmensa mayoría de los vecinos, incluso muchos de aquéllos que no tienen "su" difunto, se dan cita en el cementerio. Aunque no sea para otra cosa que para tomar el sol en uno de los bancos y pasear; la misma formación de la parte nueva del cementerio -en avenidas repletas de bancos en forma de paseo- corrobora lo dicho. Ciertas actividades relacionadas con el trato, como el contacto directo entre familiares y conocidos, que habitualmente no tienen lugar en otro ámbito, se dan en estos días. Todos estos elementos confirman la idea de que la acción ritual (festiva) Cohesiona al grupo que lo ejecuta.

El estudio de los epitafios y lápidas ofrece también interesantes aportaciones de cómo los vivos tratan a sus muertos y de la vinculación socio-cultural con el difunto. Las referencias a la familia en el epitafio, las alusiones a la presencia del fallecido entre sus congéneres, la insistente señalización con el título de "Propiedad", junto al nombre y el apellido de la familia, con el que los vivos sellan el nicho, hacen de todo ello parte de su "territorio familiar".

Queda por señalar algunos aspectos sobre territorialidad que pueden aportar importantes conclusiones al trabajo. Si, como se ha sostenido hasta ahora, el espacio funerario es extensión de la casa familiar, ello lleva a entender este espacio como "superposición de territorios"; a saber: el territorio del difunto y el territorio que la familia establece sobre el difunto. Es decir, el espacio funerario es entendido como la "casa" del difunto. Pero, el difunto no es entendido como muerto, sino como signo y, por tanto, el túmulo es considerado como una metáfora del muerto. Se desvaloriza entonces el cuerpo real del difunto (cadáver), que es negado (sobre todo por su supuesto estado de deterioro); por otro lado, el difunto pasará a ser antepasado, y el espacio del cementerio viene a ser el lugar social en el que habitará éste. (Es obvio que las categorías aplicadas sobre los "muertos" son siempre elementos construidos por los vivos, lo que desvela cómo es la construcción que una cultura hace sobre su cosmos simbólico).

Ahora bien, sobre este lugar del difunto, la familia instala un segundo plano de territorialidad que se expresa a través de una serie de conductas entre las que destacan la apropiación y defensa, y así es normal su delimitación mediante muros, cancelas, balconcillos, líneas en el suelo y letreros de "propiedad". La defensa de la intimidad en el transcurso del ritual también señala la superposición de este segundo plano. La existencia de límites es un primer dato que evidencia la propiedad de primer territorio familiar. En cualquier caso, los límites cumplirán una doble función: como señalización de la existencia de ese territorio-propiedad y como preservación del territorio-propiedad de visitantes extraños al grupo. La semántica de los límites dará a entender también el status social de los propietarios del territorio marcado: cuanto más pobre es el enterramiento, más simbólico es el límite y menos elementos físicos contendrá. Por ejemplo, en el cementerio de Andújar se encuentra el nicho de una joven gitana, que es delimitado en el suelo prolongándose con una superficie de pintura blanca que abarca el perímetro del nicho. Otros elementos delimitadores, como éste último, se difuminan por todo el cementerio, si bien en ocasiones (si la economía familiar lo permite) la línea es sustituida por una pieza de mármol. Otras veces cristales, cancelas o pequeñas balconadas delimitan el nicho. Los mausoleos se guardan con una cancela cerrada con llave o candado.

Por otro lado, el espacio que la familia superpone al territorio del difunto no se plasma sólo en señalizaciones materiales, sino que también lo hace en una serie de comportamientos. En este sentido hay que señalar la presunción de la intimidad ante el extraño en el transcurso del ritual. La meticulosidad con que éste se acomete así como la familiaridad de los objetos que se preservan en el espacio funerario, son la prueba de que éste es un territorio familiar. Así, el allegado al difunto se permite ciertas licencias, como en su propia casa, que no puede hacer cualquiera. Esta familiaridad se entiende como una afirmación de la propiedad ("ésta es mi casa", "éste es mi difunto").

Si, por un lado, la forma de vivir la fiesta del día 2 lleva a comprender a las gentes de Andújar, del mismo modo, el recinto donde "habitan" sus difuntos sorprende con detalles alusivos a la ciudad de los vivos. Y si existe algo en Andújar que vertebra su vida socio-política y religiosa, e incluso su calendario, es, sin duda, la romería de "Nuestra Señora de la Cabeza" y su devoción. No es casualidad, como ya se ha anotado en la descripción, que en la calle Calancha (aquella que conecta la ciudad y el cementerio) se ubique el "cuadro de la Virgen", ni que el llamado "camino viejo" hacia el Santuario pase por la puerta del recinto. Pero la Virgen de la Cabeza no está presente sólo en este itinerario. Cualquiera, por poca atención que preste, puede caer en la cuenta de que la representación de la Virgen de la Cabeza es un elemento tan habitual en el cementerio como pueden ser los cipreses. También se ha apuntado que la calle que conecta la parte antigua con la nueva lleva el nombre de la Virgen. Las imágenes de "La Morenita" se diseminan por todas partes, ya sea en figuras adosadas a las lápidas, en los azulejos de los mausoleos, en las figurillas exentas colocadas en las repisas de las lápidas, así como en los estados y medallas que se cuelgan en las lápidas. Y es que en líneas generales el deseo de todo iliturgitano devoto de "la Virgen de la Cabeza" -como reza el epitafio de un antiguo hermano mayor de la cofradía- es que ésta le acompañe de manera visible en el viaje sin retorno, hasta allí donde él cree firmemente que "ella le espera".

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NOTA

(1) VELASCO., H.; CRUCES, F.; DIAZ, A: "El día de los difuntos. La extensión de la familia", en Alcaveras, Gaceta de la Asociación Madrileña de Antropología, nº 2, pp. 7-13, 1983.