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Folklore y escuela: Cuentos y leyendas caballas

RODRIGUEZ PASTOR, Juan

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 178.

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INTRODUCCION

Una de las novedades en este fin de siglo tal vez sea, según Rodríguez Baltanás (1989), la incorporación del folklore a la escuela, o dicho de otro modo, la inserción del saber popular y tradicional al currículo escolar

Este autor reconoce que de un tiempo a esta parte resulta claramente perceptible el rebrote de interés de profesores de EE.MM. y Básica por el trabajo con los alumnos sobre materiales de literatura tradicional.

Como ejemplos de este interés, Rodríguez Baltanás comenta las experiencias de Pedro Montero (Los cuentos populares extremeños en la escuela, 1988), la de Carmen Nicolás (De la tradición oral a la enseñanza de la Literatura, Murcia, 1987), etc.

Otras experiencias dignas de ser citadas son, por ej., las de Francisco Mendoza ("La recogida de romances tradicionales por los alumnos. Metodología y cuestionario", 1981; y "Metodología y cuestionario para la recogida de cuentos folklóricos por los alumnos", 1984), López Serrano (La recogida de literatura tradicional como actividad educativa, 1986), Puras y Rivas (Didáctica del Folklore, 1988), Folklore y Escuela (1989), Rodríguez Pastor (Cuentos populares extremeños y andaluces, 1990), Helguera y Abad ("El folklore como fuente de actividades lingüísticas", 1992), etc.

Es evidente por tanto que, aunque la introducción de la literatura de tradición oral en la escuela no es algo nuevo (Larrea, 1943) sí existe últimamente una renovada inquietud por estas cuestiones.

Pues bien, no era yo aún consciente de este hecho cuando ya inicié mi acercamiento al mismo, debido a que, de forma casual, mi interés por la dialectología ("Léxico de la agricultura y la ganadería en Valdecaballeros", 1981) me había llevado a interesarme también por la recogida de otros materiales de la tradición oral ("El habla y la cultura popular de Valdecaballeros", 1983).

Con este bagaje, cuando comencé a trabajar como profesor en un Instituto de Bachillerato, no pude menos que utilizar mi atracción hacia el folklore para intentar atraer la atención de mis alumnos hacia la clase de Literatura.

Mi primer destino fue, durante el curso 84-85, el I. B. "Siete Colinas" de Ceuta, donde, como complemento a las clases de Literatura de 2º de BUP ya propuse a mis alumnos que recogieran, de forma voluntaria y con el fin de subir nota, materiales de la literatura de tradición oral.

Entre los materiales destaca la recogida de un centenar de cuentos populares; pero, como aún no tenía yo demasiados conocimientos de metodología, cuestionarios, etc., estos materiales fueron recogidos, desgraciadamente, sin unas mínimas garantías, como la grabación magnetofónica, que les hubiesen dado una mayor validez.

No es necesario resaltar la singularidad de Ceuta como conglomerado de muy diversas culturas, debido a su especial situación histórica y geográfica. Efectivamente, esta bella ciudad española y norteafricana ha sido a lo largo del tiempo una constante encrucijada de hombres y de lenguas. Actualmente, en los más de 60.000 habitantes de Ceuta (denominados popularmente "caballas"), convergen cuatro culturas diferentes: cristiana, musulmana, hebrea e hindú.

La cultura cristiana, la más numerosa, presenta otra singularidad: la de estar formada por personas originarias de todos los puntos de la geografía española. Baste como ejemplo el siguiente cuadro donde se recoge el censo de residentes en Ceuta originarios de otras provincias (1978):

Andalucía 13.660
Castilla 3.107
Cataluña l.167
León l.086
Extremadura l.003
Valencia 954
Galicia 940
Melilla 725
Murcia 631
Aragón 500
Vascongadas 476
Asturias 356
Canarias 271
Navarra 143
Baleares 132

Total 25.151

Este mismo censo, en cuanto al número de hablantes extraños al castellano, aunque las cifras realmente deber ser más altas, recoge:

12.273 de lengua árabe
293 de lengua hindú
80 de lenguas diversas (1)

Esta singularidad de Ceuta, que se reflejaba también en el alumnado del centro (compuesto por alumnos cristianos, musulmanes, hebreos e hindúes), quedó reflejada lógicamente en las diversas procedencias de algunos informantes de los cuentos recogidos por los alumnos: andaluces, extremeños, castellanos, valencianos, murcianos, etc.; y también musulmanes y hebreos.

Pudimos comprobar también diversas interferencias; cuentos, por ejemplo, de origen musulmán que eran recogidos de informantes cristianos. El motivo principal para estas interferencias quizá sea el hecho de que muchas familias ceutíes tenían como empleadas de hogar y al cuidado de sus hijos, a precios irrisorios, a mujeres musulmanas. Por este motivo, desde su infancia, muchos jóvenes cristianos entran en contacto con otra cultura diferente.

La falta de garantías en la recogida de los cuentos realizada por los alumnos no impide que recojamos aquí, al cabo de diez años, una pequeña selección de aquellos cuentos, en mi opinión, más interesantes: los musulmanes.

La principal singularidad de estos cuentos radica en que la mayoría fueron narrados en árabe, por lo que tuvieron que ser vertidos al castellano por los propios alumnos. Debemos aclarar que el bilingüismo obliga a estos jóvenes musulmanes a utilizar dos lenguas: una, el castellano, en el Instituto y en el contacto con personas no musulmanas; y otra, el árabe, en el ambiente familiar y en el contacto con los suyos.

Aclaremos también que nos hemos permitido normalizar algo los textos escritos por los alumnos musulmanes, para corregir algunos de los numerosos errores fonéticos, morfológicos, sintácticos y semánticos provocados por el bilingüismo y por el deficiente conocimiento del castellano que presentaba la mayoría de los alumnos musulmanes (deficiencia que suplían con un afán y una voluntad encomiables para el aprendizaje de la asignatura). Sirvan de ejemplo errores del tipo: "sigui" (sigue), "sonió" (soñó), "el quien lo hacía" (el que lo hacía), "una familia que eran leñadores", etc.

Sin embargo, como es lógico, hemos mantenido, tal y como las transcribían los alumnos, las palabras o expresiones árabes que aparecen intercaladas en los cuentos.

El primer texto, La mujer muerta, reproduce una popular leyenda ceutí, que intenta dar explicación a la figura que, mirando desde Benzú, compone la silueta de unas montañas de Marruecos.

El cuento de El leñador recoge una versión del cuento maravilloso tipo 563 ("La mesa, el asno y el palo") (2), con la diferencia de que el leñador en el segundo regalo, en vez del burro, recibe unos gatos de cuyo pelo cae oro.

El cuento de Los dos hermanos es una versión del cuento maravilloso tipo 327 A ("La bruja arrojada a su propio horno"), aunque en vez de con una bruja los hermanos han de vérselas con un Ogro y con su mujer. Después, el cuento presenta el añadido del rapto de la hermana y la consiguiente búsqueda por parte del hermano.

Otra versión del mismo cuento anterior es el de La tía el Ghula, nombre que recibe una especie de ogro.

En el cuento de La hija adoptiva confluyen dos cuentos maravillosos: el tipo 510A ("La Cenicienta") y parte del tipo 408 ("Las tres naranjas").

Finalmente, los dos últimos cuentos, La familia de Assis Tabect y Blanca, ya no son maravillosos, sino costumbristas. En el primero, destacan las pruebas que el protagonista, un ladrón, debe superar con astucia para no ser reconocido. En el segundo, es una mujer, Blanca, la que da pruebas de su astucia para superar todo tipo de obstáculos.

LA MUJER MUERTA (3)

Hace mucho tiempo reinaba en Ceuta un rey moro que tenía una hermosa hija, a la que quería mucho. Un día, llegó a la ciudad un caballero español que fue a saludar al rey a palacio. El caballero se quedó unos días en palacio para poder hablar con el rey sobre cosas españolas, y, un día, se encontró con la princesa en el jardín, junto a la fuente; estuvieron hablando mucho tiempo y se enamoraron.

Desde entonces se veían a escondidas; pero, un día, un criado del rey, que era malo y estaba enamorado de la princesa, los vio y se lo dijo al rey, para que los sorprendiera juntos.

El rey, al verlos, se enfadó muchísimo. El caballero y la princesa le explicaron que se querían casar; pero el rey estaba tan enfadado que ordenó a sus criados que se llevaran al caballero a la cárcel, y a su hija a sus aposentos.

Cuando se calmó, le dijo a su hija que jamás consentiría esa boda, porque ella se tenía que casar con un príncipe musulmán, como ella.

Desde entonces la princesita fue consumiéndose poquito a poco, no salía de su cuarto, no comía apenas y no dejaba de llorar. Su padre, preocupado, le compró todo lo que podía desear; pero ella no le hacía ningún caso.

Así pasó el tiempo, hasta que una mañana la encontraron muerta junto a la ventana de su cuarto, desde donde se podía ver la cárcel del caballero.

Toda la ciudad de Ceuta se vistió de luto por la princesa, porque todos la querían mucho. Y, al pasar el entierro por delante de la cárcel y ver el caballero por las rejas de su ventana de quién se trataba, murió también de pena.

Entonces el día se nubló y, por la noche, empezó a llover con mucha fuerza y empezaron a caer truenos y relámpagos. Los truenos esculpieron en la montaña que se encontraba junto al palacio la figura de una hermosa muchacha tumbada, y, junto a ella, la de un hombre: eran la princesa y el caballero, que quedaron así para siempre, para que el rey no se olvidara nunca del mal que había hecho.

Por eso, hoy en día, se puede ver claramente desde Ceuta, a cuatro kilómetros de Benzú, la figura de esta mujer, que es conocida como "La mujer muerta", en la montaña del mismo nombre, en Marruecos, colindante con la frontera española.

EL LEÑADOR (4)

Erase una vez una familia que eran leñadores. Esta familia era tan pobre que todas las mañanas se levantaban temprano para preparar las cosas del padre, para que este se fuese a cortar leña y después venderla y poder llevar algún dinerillo a casa.

Un buen día, cansado el pobre leñador, estaba decidido a dejarlo todo y matarse; pero algo asombroso le pasó: vio frente a él un bonito árbol, se acercó, le empezó a examinar, le dio muchas vueltas alrededor, hasta que al final decidió cortarlo y llevarlo a vender. El leñador, muy penoso de lo que iba a hacer, cogió el hacha y empezó a cortarlo, pero cuando menos se lo esperaba aparece una mujer que con una voz suave le dijo que se detuviese; así lo hizo el leñador.

La mujer, a la que sólo se le veían las manos, le dio unos platos y le dijo que tenía que decir la frase que aparecería en los platos. La frase que apareció era "Ethammero" (frase que significa como "llenaros").

El leñador volvió a su casa muy contento. Al llegar dijo a su mujer y a su hijo que fuesen a lavarse las manos; así lo hicieron. Cuando todos estaban sentados alrededor de la mesa esperando lo que iba a ocurrir, el leñador puso los platos encima de la mesa y con la frase que se aprendió, al decirla, se llenaron los platos. Todos se quedaron asombrados de lo que estaba ocurriendo. Los platos se llenaron de toda clase de comida, y después de cada comida se llenaban también de frutas y había veces que se llenaban de leche, zumo y otras clases de bebidas.

El leñador, asombrado ante lo que estaba pasando, decidió dejar de ir a cortar leña y vivir a lo grande.

Un buen día, el leñador decidió ir a las duchas; pero quería llevarse con él los platos. Su mujer no estaba de acuerdo con lo que quería hacer, pero el que manda en casa es el marido, así que la mujer, aunque insistió mucho, no consiguió convencerle.

Al llegar a las duchas le dijo al propietario de estas que le cuidase los platos, que eran muy valiosos. El propietario para no quedarse con la duda, le preguntó que por qué eran valiosos, y el pobre leñador le dijo lo que hacían. Pero el dueño de las duchas volvió a preguntar que cómo lo hacían y el leñador le dijo la frase que tenía que decir.

Cuando el leñador se metió en las duchas, el propietario se llevó los platos, dijo la frase y vio cómo los platos se llenaban de comida. Entonces, asombrado, decidió cambiar los platos por unos viejos que él tenía en su casa. Cuando el leñador volvió a su casa, todos se lavaron las manos y se sentaron a comer. El leñador puso los platos encima de la mesa y dijo "Ethammero", pero los platos no se llenaban. Volvió a decir la frase y nada. Al final decidió irse de nuevo al bosque a cortar leña y venderla.

Otro buen día, el leñador se acordó del maravilloso árbol y se fue a cortarlo; y cuando empezó a cortar apareció de nuevo la mujer. Le preguntó el por qué de lo que estaba haciendo y el leñador le contó todo lo que había pasado y que por eso había vuelto al bosque. La mujer le dio unos gatos y le dijo que para ver lo que pasaba tenía que decir esta frase: "Ganto" (significa como "que crezca el pelo para que caiga el oro").

El leñador volvió con los gatos. Al llegar, su mujer estaba haciendo la comida y su hijo jugando a leñador. Los llamó y entraron en casa. El leñador puso los gatos encima de la mesa y dijo la frase. De repente empezó a caer oro de los pelos de los gatos. Al leñador desde ese día ya no le faltó nada y vivió durante unos años mejor que el rey.

Un día volvió a su antigua casa del bosque para recordar los tiempos pasados. Cuando estaba dentro de la casa se acordó de que había unas duchas a las que él iba de vez en cuando, cuando era pobre. Decidió visitar estas duchas y, al llegar, le dejó al propietario de éstas los gatos. El propietario, asombrado, le preguntó el porqué de tanta "galancia" (miramiento, consideración) con los gatos y el leñador le dijo lo que eran y lo que hacían y la frase que había que decir.

El dueño de las duchas se llevó los gatos a su casa y dijo la frase y vio cómo los gatos hacían oro; El dueño llamó a su mujer y le dijo que buscase unos gatos en la calle para cambiarlos por los que él había traído. La mujer se fue a la calle y trajo dos gatos que eran muy malos. El dueño volvió con los gatos falsos y, al salir el leñador de las duchas, le devolvió sus gatos, que eran falsos.

Cuando el leñador volvió a su casa les dijo a los gatos la palabra mágica, pero no hacían nada. El leñador, mosqueado, les empezó a pegar y ellos empezaron a saltar y a arañarle. Al final comprendió que no eran los mismos y que era imposible que estos diesen oro. El leñador volvió a la miseria de antes y tuvo que dejar su casa y volver a la del bosque.

Pasó unos meses viviendo en la pena y en la miseria. Otro buen día decidió cortar en definitiva el hermoso árbol que tanta gloria y riqueza, y también pena, le había dado. Cuando se disponía a hacerlo aparece de nuevo la linda mujer y le pregunta el por qué de esto y qué les había pasado a los gatos.

El leñador, apenado, le contó la triste historia. La mujer le dio esta vez unos palos y, para que estos trabajasen, tenía que decir las frases siguientes: para trabajar: "Hemlo shuugleg" (significa: "haz tu trabajo"); y para parar: "Ehdiu" ("cesar, para o ya está").

El leñador se fue a su casa contento. Al llegar llamó a su mujer y a su hijo; les dijo que estuviesen atentos a lo que iba a pasar. El leñador dijo la primera frase, "Hemlo shuugleg", y los palos le empezaron a azotar. El leñador, molido, dijo la segunda frase y se pararon.

Entonces Cogió los palos y se los llevó consigo a las duchas. Le dijo al dueño que le cuidase los palos porque eran de un valor incalculable. El dueño de las duchas, como ya le había quitado al leñador los platos que daban buena comida y los gatos que daban oro, se creía que los palos le iban a dar algo mucho mejor.

Así que el propietario de las duchas cogió los palos y se fue a su casa, dijo la palabra mágica y los palos empezaron a pegarle. Como no sabía cómo se paraban tuvo que pedir ayuda al leñador; pero este, como si no escuchase nada, se estaba duchando tan tranquilamente.

La gente, al ver esto, empezó a llamar al dueño de los palos para parar aquello, pero éste no quería hacerles caso. Al final el leñador decidió ir a ver lo que pasaba y vio al dueño de las duchas apaleado por los palos. El leñador para poner fin a esta escena le dijo al dueño de las duchas que le devolviese todo lo que le había quitado anteriormente o se iría a su casa y le dejaría con los palos. El dueño, suplicando, le dijo que se lo daría cuando se parasen los palos, pero el leñador, que era listo, dijo que no, que él quería sus cosas ahora, y después los pararía.

El otro no tuvo más remedio que traerle todas sus cosas. Entonces el leñador dio las gracias al dueño de las duchas, dijo la frase para que se parasen los palos, los Cogió y se marchó muy feliz a su casa. Desde aquel día el leñador no volvió a llevarse con él ninguna cosa de gran valor a los sitios donde se lo podrían quitar.

LOS DOS HERMANOS (5)

En un lejano pueblecito vivía una familia. La madre tenía una hija de otro marido y el padre tenía un hijo de otra esposa que había tenido anteriormente, pero que se había muerto.

El padre era cazador. Siempre cazaba una codorniz y una liebre. Una vez se comía él y su hijo la codorniz y otra la liebre; la mujer también unas veces se comía la codorniz con su hija y otras la liebre.

Un día, cuando estaban comiendo, la mujer exclamó:

-¡Ah, si no tuviera esta hija comería hasta hartarme!

Al anochecer el matrimonio se puso de acuerdo en perder a sus hijos en un bosque muy espeso que había por los alrededores. Así, al amanecer, como siempre, el marido salió a cazar; pero esta vez acompañado de sus dos hijos. Pero, al salir, recapacitó sobre lo que iba a hacer y se echó atrás. Entonces tomó una decisión que fue la de esconder a sus hijos en el pajar sin que se enterase su esposa, y luego se marchó de caza.

Cuando regresó, su esposa le preguntó:

-¿Has perdido a los niños?

-Sí -dijo el marido.

Cuando terminaron de comer, la mujer dijo:

-Si estuviera aquí mi hija podría comer lo que ha quedado, ¡ay!, y ahora no sé dónde puede estar.

El marido también deseaba que su hijo estuviera allí; así, pegó unas voces y llamó a los niños. Entonces la mujer le pegó y le tiró todo lo que había delante de ella, y le dijo:

-¿No me aseguraste que habías cumplido el plan como lo convinimos?

Al día siguiente, el pobre hombre cogió a sus hijos muy temprano y les dijo que fueran con él al bosque. Cuando estaban ya bien metidos en el bosque, el padre les dijo que se sentaran en una gran roca que había allí cerca y que le esperaran, porque no podían seguir más con él, ya que el guardabosques no quería que se acercaran niños a la zona donde él iba, porque era bastante peligroso. El padre cogió una botella y metió dentro una rana y les dijo:

-Hijos míos, cuando escuchéis croar a la rana sabréis que vuestro padre llegará pronto.

Los niños esperaron durante todo el día sin moverse de la roca en la que les sentó su padre hasta que la rana empezó a croar y croar; pero el padre no volvía. Entonces comprendieron que sus padres querían perderlos.

Al anochecer oyeron venir al ogro y se pusieron a llorar y rezar; entonces la roca en que estaban sentados se elevó muy alto para que el ogro no los pudiera alcanzar. Estando allí en lo alto de la roca vieron a lo lejos una luz. Por la mañana, igual que se elevó, bajó la roca.

El chico dijo a su hermana que no se moviera de la roca, que él iba a buscar algo para comer. Fue buscando por todo el bosque y al final, donde había visto la luz, encontró una casa muy escondida entre unos matorrales. Entró en la casa con mucho cuidado y descubrió en una de las habitaciones a la dueña de la casa, que era la esposa del ogro que les atacaba por las noches; la mujer estaba ciega, así que el muchacho aprovechó, fue a la cocina y cogió todo lo necesario para comer y se marchó con su hermana.

Todos los días el muchacho volvía a casa del ogro, y así comenzaron a pasar los días más o menos bien, hasta que un día su hermana le dijo que quería acompañarle al lugar de donde traía la comida. El hermano insistía en que no fuera, ya que lo que iba a ver le iba a hacer mucha gracia y se iba a reir; pero ella dijo que no se encontraba en momentos de guasa sino todo lo contrario, y que no se iba a reir.

Así que al día siguiente fueron a casa del ogro; pero, en el momento en que la chica vio a la mujer del ogro, con los pechos tan desarrollados, echándoselos hacia atrás y tatareando una canción muy rara, no pudo aguantarse y echó una carcajada. Entonces la maldita bruja mandó cerrar todas las puertas y ventanas, y quedaron encerrados.

La bruja atrapó a los niños; pero los vio tan delgados que los dejó engordar. Pasaron unas semanas y la bruja mandó a los niños a por leña para asarlos, porque creyó que ya estaban bastante gorditos.

Los niños iban llorando por el bosque, desesperados, y de pronto se encontraron a un pajarito que les dijo:

-Muchachos, ¿puedo hacer algo por vosotros?

-¿Qué vas a hacer por nosotros? Nuestros padres nos han abandonado, nos ha atrapado una bruja y ahora mismo vamos a ser devorados por ella y su marido.

-Bueno, yo os voy a decir lo que debéis hacer: cuando la bruja os diga que encendáis el fuego, tú, muchacha, le dices: "mi madre me ha enseñado a lavar, planchar, barrer...; pero no a encender el fuego que eso es peligroso". Y a ti, cuando te lo diga, le dices: "mi padre me ha enseñado a labrar, segar, cuidar el rebaño...; pero no me enseñó nunca a encender hoguera". Cuando ella os diga: "así se hace chicos", la empujáis rápidamente al fuego.

Los chicos siguieron el consejo del pajarito y mataron a la bruja. Cuando vino el ogro cogieron una alfombra, la pusieron encima del fuego y le dijeron:

-Siéntese, ahora viene su señora.

Entonces, al sentarse encima de la alfombra, se cayó al fuego y se murió. Y los dos hermanos se quedaron en la casa, con todo lo que allí había, y viviendo muy felices.

El chico comenzó a cuidar el rebaño que tenían los ogros, y la chica cuidaba la casa. Siempre que el chico volvía del campo tocaba la flauta, para que su hermana le abriera la puerta.

Pero un día, pasaron por allí los mensajeros del rey y vieron a la chica tendiendo la ropa en la azotea. Los mensajeros al llegar al palacio le dijeron al rey que habían visto a una joven y bella muchacha en una casa solitaria en el bosque.

Después de unas semanas los mensajeros volvieron a pasar por allí para secuestrarla y llevarla al palacio. Consiguieron secuestrarla con trampas, ya que le pidieron agua y ella les contestó que no podía dársela; entonces le dijeron que se atara el jarro con agua, de la trenza. La chica ató el jarro a una de sus trenzas y ellos entonces tiraron de la trenza y se llevaron a la chica.

Su hermano volvió como siempre del campo, comenzó a tocar la flauta, pero nada, su hermana no le abría. Entonces les dijo a sus ovejas:

-A quien me abra la puerta le daré de comer nada más que trigo durante dos meses.

Dos ovejas muy gordas le dijeron:

-Nosotras, señor, le abriremos la puerta.

Empujaron, pero no pudieron derribarla. Entonces otras dos ovejas muy delgadas le dijeron:

-Nosotras, señor, le abriremos la puerta.

El se dijo:

-¿Ni siquiera las otras dos gordas pudieron y vais a poder vosotras?

Pero las dos ovejas delgadas derribaron la puerta; el chico entró; pero no encontró a su hermana.

Después de unos días, el muchacho vendió todo su rebaño y se convirtió en vendedor ambulante. Así comenzó a buscar a su hermana hasta encontrarla. Su hermana se había casado con el rey, y los dos hermanos vivieron muchos años en el palacio, donde fueron muy felices.

LA TIA EL GHULA (6)

Erase una vez una familia que no tenían nada que comer y, como eran muchos, el padre decidió abandonar a dos de los niños en alguna parte. Lo echan a suertes y le toca a una chica y a un chico de los más pequeños.

El padre, diciendo a los niños que van a ir a pasar un día al campo, los engaña y los aleja de la casa, para que no pudiesen volver. Cuando el hombre vio que ya estaban bastante lejos dejó a los niños definitivamente, engañándoles de nuevo diciendo que va en busca de comida.

Los niños esperaron y esperaron, pero el padre no aparecía. Cuando empezó a anochecer, la niña no quiso esperar más y, cogiendo a su hermano, abandonaron aquel lugar. Ya era de noche y los niños seguían andando en busca de su casa, pero ya era muy tarde y tenían que dormir en alguna parte. Entonces vieron una luz muy chica a lo lejos y empezaron a acercarse. Era la casa de El Ghula (una especie de ogro).

Cuando los niños llegan a la casa, la El Ghula los recibe muy bien, diciéndoles:

-¡Oh, sobrinos míos, pasad, pasad!

Ella sólo quería que entraran para comérselos. Los niños entraron, porque tenían hambre y sueño, y no les quedaba otro remedio.

La El Ghula les preparó la comida: cuscús con piojos, que se había sacado antes de la cabeza. El niño, como tenía hambre, comía y no se enteraba de lo que estaba comiendo, pero la chica, que era más lista, no comía y tampoco quería que el hermano comiese y le pellizcaba; pero él se lo decía a la El Ghula y ésta regañaba a la chica.

Llegó la hora de ir a dormir. La El Ghula tenía un hijo que se llamaba Piedegallina y lo tenía marcado con un pendiente en la oreja izquierda. Los niños se durmieron y la El Ghula los tapó: a su hijo con el "jarbal" (instrumento para poner el pan después de amasarlo), al niño chico lo tapa con el "estato" (instrumento para limpiar la harina) y a la chica con la "el guesha" (una palangana de amasar). Pero la niña, que sólo se hacía la dormida, se levantó y cambió las cosas que servían de manta de su hermano con la del hijo de la El Ghula.

Por la mañana muy temprano la El Ghula se levantó y preparó una olla con agua para cocinar al niño. Después va y, creyendo que coge al niño, coge a su hijo, porque la niña había cambiado las mantas. El hijo, al ver que la madre iba a cocinarlo, empezó a decir:

-¡Mama, mama, yo soy tu Piedegallina!

Pero ella no lo cree y lo mete en la olla, y el hijo sigue diciendo esto y tampoco lo cree, y mientras lo cocina dice:

-Ponte tierno, cocínate, para que después pueda comerte.

La El Ghula empieza a comer y cuando llega a la oreja encuentra la marca que tenía el hijo. Entonces, con una furia grandísima, va en busca de los niños. Ellos corren y ella detrás de ellos, hasta que los alcanza en un barranco y ya los tenía acorralados; pero, cuando los iba acoger, se elevaron hacia arriba y no los podía coger. Para engañarlos les dice que la suban hasta donde están; pero la niña, que era muy lista, le dice:

-Enciende un fuego muy grande porque tenemos frío, y tira una cuerda para que te subamos.

La El Ghula lo hace y los niños empiezan a subirla y, cuando casi está arriba, la sueltan y cae al fuego, y la suben otra vez y la sueltan, hasta que se muere; y, como había allí.un buitre, la niña le ofrece una prenda si le quita los ojos a la El Ghula. Así lo hace el buitre y la chica le da un mandil. Y después, los niños siguieron el camino en busca de su casa.

LA HIJA ADOPTIVA (7)

Erase un tiempo muy remoto, una familia que estaba compuesta por la mujer y dos niñas; una de éstas era hija adoptiva. La madre y la hija la trataban como a una criada, le daban la peor comida y la peor ropa, siempre hacía los trabajos más duros que habían (sic) que hacer en casa. Siempre estaba ocupada haciendo algo, mientras que las otras dos se reían de ella y, encima de todo, le dejaban la casa piernas arriba para que ella tuviese mucho trabajo.

Un día, el rey del país donde estaba, decidió realizar una fiesta. Invitó a todos los habitantes que había en la comarca donde vivía esta familia. Esta familia, menos la hija adoptiva, se preparaban para ir a la fiesta; y, para que la hija adoptiva no acudiera, le mandaron hacer moler los garbanzos y, después, llenarlos en bolsas. Pero esto no era todo, sino que, después de esto, tenía que dejar la casa brillando.

La niña, desesperada, se puso a moler y a moler; pero, al tiempo que molía, escuchaba una voz que le decía:

-¿Por qué ca tebqui?

Y la niña, desesperada, empezó a contarle lo que le pasaba con la familia. Pero, siguiendo las instrucciones que decía la voz, la niña se hizo un precioso vestido; y en una carroza muy bonita se dirigió hacia la fiesta.

Una vez dentro del palacio, toda la gente que había se quedó mirándola; y la madre y la hermana se empezaban a preguntar quién era. La madre decía:

-¿Esscunia?

Y la hija respondía:

-Es mi hermana.

Pero la madre le volvía a decir:

-¿Esscunia a di? (¿Quién es ésta?)

Pero la hija vuelve a insistir que es la hermana. Pero la madre le dice:

-¡Desgraciada! ¡Cómo va a ser tu hermana, si tu hermana da asco verla!

Aún así, la hija decía que era la hermana.

Cuando llega el rey, se queda emocionado al verla, y pregunta a unas parejas:

-¿Quién es esa mujer?

Pero, como nadie la había visto antes, todos decían que no la conocían. El rey decide ir a hablar con ella, la saca a bailar, y todos los que estaban en la fiesta quedan más o menos rabiando; más lo hacían las mujeres porque, más de ir a la fiesta, iban a ver si conseguían que el rey se fijase en ellas.

Después de un rato, la hija adoptiva tuvo que irse a toda prisa porque una de las condiciones que le había dicho esa voz era que volviese temprano a casa. Al querer irse, con la bulla que había se le cayó un zapato en la escalera. Pero, como el rey iba por detrás, lo recogió.

Al día siguiente, el rey mandó que toda la gente que vivía en aquella comarca tenía que probarse el zapato. Todos se preparaban con sus hijas para que, cuando llegue el rey con el zapato, ellas se lo probasen y, si le vienen a la medida, pues se casen con él.

En la primera casa que fueron no tuvo suerte, ni en la casa siguiente, ni en la otra. Después de haber recorrido más de la mitad de la comarca, llega adonde vive la familia y ésta. Cuando la hija no adoptiva se probaba el zapato, la madre le pegaba porque no le venía bien. El rey, al ver eso, les preguntó si había otra persona más dentro de la casa y que no haya probado el zapato. Ellas dicen que sí; pero se empiezan a reir, porque dicen que:

-¡Hesa (sic), si hesa nunca a jeryet de dar! (¡Esa, si esa nunca ha salido de casa!).

Pero el rey dijo que, aunque no haya salido, tenía que probárselo. La madre entró a buscarla. Al rato, sale ella; ésta estaba vestida de una forma muy mala. Se fue hacia donde estaba el zapato, se sentó encima de un banco que había y se probó el zapato; éste le vino a la perfección. El rey se quedó asombrado, y la familia no se lo creía; porque decía que ella no había salido de casa y que era imposible que fuese la mujer que estaba ayer en la fiesta. El rey, sin perder más tiempo, la cogió de una mano y la subió con él en el caballo y se fueron al castillo. El rey cumplió su promesa, que era casarse con la que le viniese bien el zapato.

Después de un largo tiempo, el rey tuvo que irse de negocios a un lugar muy lejos. La madre de la niña decidió ir a hacerle compañía. Al llegar al castillo, los guardias que hay le preguntaron a dónde va, y ésta les respondió que iba a hacerle compañía a su hija, ya que el rey se había ido de viaje.

Una vez dentro, la madre empezó a hablar con su hija, le empezó a contar lo que le había pasado; la niña se había enternecido mucho y se relajó en sus pies. Esta, la madre, aprovechó en ese momento y, con un alfiler, se lo metió en la cabeza. Al hacer esto, la reina se convirtió en una paloma que alzó el vuelo, posándose en un árbol que tenía en el jardín. La madre aprovechó esto y trajo a su hija, colocándola de reina. Nadie se había dado cuenta del cambiazo. Esta familia hizo lo que quería en la ausencia del rey y en la desgracia de la reina.

La reina, como se había convertido en paloma, se posó, como había dicho, en un árbol. Pero, resulta que el jardín era cuidado por un hombre muy bueno. La reina, cuando veía venir al jardinero, le preguntaba:

-¿Eya mulay esoltan o vaqui? (¿Ha venido el rey o no?).

Y el jardinero le respondía:

-Vaqui (no).

Y la paloma alzaba el vuelo. Al día siguiente, volvía a posarse en el mismo árbol y le hacía la misma pregunta de siempre:

-¿Ha llegado el rey o todavía no?

Y este le respondía:

-No, todavía no ha llegado.

Y otra vez alzaba el vuelo.

Cuando volvió el rey de su viaje, encontró a la familia en el castillo en lugar de la reina. Le preguntó qué le había pasado a la reina, y la madre respondió que la comida le había deformado la cara, y por lo tanto, me llamó a que le hiciese compañía. El rey le dijo a la madre que podía irse, ya que él se ocuparía de ella. Asín (sic) fue, la madre se marchó y el rey se ocupó de ella durante unos días.

La paloma volvió otra vez a posarse en el mismo árbol de siempre y le hizo al jardinero la misma pregunta de siempre. Pero, esta vez el jardinero le había dicho que el rey había llegado y, ella, con una cara de alegría, dio una vuelta al jardín y volvió a posarse en las manos del jardinero. Le dijo que llamase al rey, porque tenía algo que contarle. El jardinero se dirige hacia el rey y le cuenta que hay una paloma que siempre viene a preguntar por vuestra majestad y, cuando le decía que no estábais, cogía y se marchaba. El rey cogió y se fue con el jardinero. La paloma se le posó en la mano, y el rey, con una caricia, se dio cuenta que tenía algo en la cabeza. Al tirar de ella, se convierte en reina.

El rey se quedó asombrado, porque no se lo esperaba. La reina le contó lo que había pasado y cómo llegó aparar así. El rey, para vengarse, mandó matar a la falsa reina y mandársela a la madre. Así lo hicieron, y se la mandaron a la madre. Esta, al ver que tenía mucha carne, se creía que el rey se había vuelto muy generoso, y empezó a repartirla con sus vecinos.

Cuando ya no le faltaba casi nada, cogió un seno, y se dio cuenta que la carne que había dado a sus vecinas, era carne de su hija. La mujer, sin saber qué hacer, volvió a recoger la carne de nuevo y, con mucha pena, la enterró. Desde ese día, ya no se supo más de esa mujer. Y el rey y la reina vivieron felices y "calu" perdices. "Etquemlet" (fin).

LA FAMILIA ASSIS TABECT (8)

Erase, hace ya bastante tiempo, en una comarca muy lejana de aquí, una familia que era muy pobre y que, para poder sobrevivir, se dedicaba a robar en un camino que estaba cerca de donde vivían.

La familia estaba compuesta por cuatro miembros: los padres y dos chicos. Los chicos se llamaban Menano y Hiuszano. El padre de los chicos era el que robaba en los caminos y sus hijos no sabían del oficio del padre, ya que, cuando preguntaban a su madre, les respondía que su padre había ido a trabajar lejos y no volvería hasta muy tarde.

Así pasó un cierto tiempo. Los niños vivían bajo el engaño de la madre que no les decía la verdad.

Cuando los chicos crecieron empezaron a sospechar del trabajo de su padre. Cuando más cuenta se dieron de lo que pasaba fue cuando, una vez, le dijeron a su madre que les abriese la puerta de una habitación que había allí; pero la madre no quiso, porque decía que:

-Allí tiene vuestro padre unas cosas que vosotros no podéis ver.

Pero los chicos, como eran muy curiosos, lograron abrir la puerta y ver lo que había dentro de la misteriosa habitación. Cuando la abrieron se encontraron enfrente de una montaña de alhajas, espadas y toda clase de adornos, todos de oro.

Los dos hermanos se quedaron asombrados ante lo que veían, cerraron la puerta y, como si no hubiera ocurrido nada, esperaron a que volviese el padre.

Al día siguiente, después de ver lo que vieron, decidieron seguir al padre y ver lo que hacía verdaderamente.

Después de un largo camino, los chicos decidieron regresar; pero, entonces, vieron que alguien se estaba peleando. Decidieron ir a ver lo que pasaba y cuál era el motivo de la pelea; pero, cuando llegaron allá, vieron que era su padre el que estaba peleándose con otro. El padre tenía una espada en una mano y, en la otra, un puñal; el otro estaba desarmado; pero, llevaba muchas cosas de valor.

Después de pelear, el padre de los chicos mató al otro y de un golpe, con la espada, le cortó la cabeza. Los chicos, al ver eso, comprendieron finalmente cuál era el trabajo de su padre.

Al día siguiente los chicos decidieron ir con el padre a trabajar; pero éste no quería que fuesen con él. Los chicos le contaron que ellos habían visto todo lo sucedido ayer y que ya sabían el trabajo que el padre realizaba. El padre, al escuchar todo esto, decidió abrirles la puerta de la habitación misteriosa para que cogiesen la mejor espada que viesen. Así lo hicieron los chicos y se fueron todos a trabajar.

Un día, el padre tuvo la mala suerte de perder la vida en un combate y dejó a los niños solos. Entonces, éstos, viendo que estaban solos, cambiaron sus modales y la forma de trabajar, ya que, en vez de robar en los caminos, decidieron robar en la ciudad. Aquí todo les salió mejor, ya que primero se preparaban el atraco y después lo realizaban sin que nadie se diese cuenta de lo ocurrido.

Esta forma de robar les fue sobre ruedas durante mucho tiempo y vivían como reyes; eran respetados por toda la gente de la ciudad y por el mismo alcalde, ya que a éste le proporcionaban grandes cantidades de dinero para que llevase la ciudad y viviese bien.

Pero, como siempre tiene que llegar lo malo, un marqués vio que le faltaba cierta cantidad de artículos y objetos de oro, y decidió poner alquitrán en la puerta para que, cuando pasase alguien, se quedara pegado allí.

Una noche los dos hermanos volvieron a la casa del marqués; pero, cuando pasaban hacia dentro, el primero se quedó pegado y no se podía despegar. El marqués, al escuchar voces, fue a ver lo que pasaba; pero, como ellos se dieron cuenta de su llegada, el que estaba libre, con el consentimiento del que estaba atrapado, decidió cortarle la cabeza para que nadie lo reconociera.

Cuando llegó el marqués se encontró con un cuerpo sin cabeza y decidió llevarlo a la plaza para que, cuando vieran a alguna persona llorar, podrían saber algo sobre el ladrón cogiendo a esa persona. Pero, como el segundo hermano era muy astuto, para que no cogiesen a su madre cuando ésta llorara, decidió que su madre fuera a la plaza con un burro cargado de cazuelas y todo tipo de platos y vasijas de bronce para, al llegar él, tirárselos todos al suelo y, cuando llegasen los guardias para atraparla, que ella les dijese que lloraba porque le habían tirado todo lo que tenía sobre el burro y que estaba muy cansada para recoger todo del suelo.

Así lo hizo y ocurrió lo que había pensado, ya que cuando los guardias la quisieron apresar, al ver que lloraba, ella les dijo esa excusa y no la hicieron nada.

Pero el marqués no se dio por vencido y organizó una fiesta a la que asistieron todos los que vivían allí. Y también asistió Menano, el segundo hermano, y se emborrachó y empezó a contar todo lo que había hecho. Los guardias le oyeron todo; pero, en vez de llevarlo a la cárcel, decidieron pelarle al rape y cerrar las puertas para que nadie pudiese salir. Cuando Menano se despertó por la mañana de la borrachera, se dio cuenta de que le habían cortado el pelo y, para que no le descubrieran, decidió cortarles el pelo a todos los que estaban allí. Cuando volvieron los guardias con el marqués, vieron que todos tenían el pelo cortado y no pudieron cogerle. El marqués, vencido, decidió que el ladrón se casase con su única hija. Así lo hizo Menano, y heredó todo y, desde entonces, vivió feliz.

BLANCA (9)

Una vez, en una ciudad lejana, vivía un hombre con sus dos hijas: la mayor estaba loca y la menor, cuerda.

Un día en que su padre iba a ir de viaje muy lejos, tardaría un año en volver, les compró todo lo que les podía hacer falta y les dijo:

-Hijas, no os dejo a nadie: ni madre, ni abuelos, ni tíos; sólo a vuestra linda gatita y a Dios.

Un día, hablando unos jóvenes del pueblo, empezaron a decir:

-¡Hay que ver! ¡Las hijas de tal no salen ni hablan con nadie desde que su padre se fue!

Se levantó entonces uno y dijo:

-Yo os las puedo traer aquí mismo mañana.

-¿Qué dices? ¡Estás loco! ¡Qué vas a traer!

-Sí, sí que puedo.

Empezaron a discutir y entonces hicieron una apuesta. Al día siguiente, el joven se vistió de mujer y fue a la puerta de las chicas y empezó a decir:

-¡Ah, pobres sobrinas, perdidas en este lejano y desamparado pueblo!

Al oir esto, la loca quiso abrir la puerta; pero su hermana no la dejó, diciéndole que recordara lo que su padre les había dicho antes de su marcha. Pero la loca, entonces, corrió a la cocina, cogió un cuchillo y le dijo a la hermana que si no abría la puerta la mataría, porque todo el mundo tenía tías y ellas no iban a ser una excepción.

La hermana tuvo que abrir la puerta y el joven, vestido de mujer, las besó y abrazó, diciendo que hacía mucho tiempo que las andaba buscando. Al sentarse, la cuerda se sentó en sus rodillas, diciendo que ella acostumbraba a hacerlo cuando aún vivía su madre; entonces comprobó que no tenía pecho y esto la hizo sospechar todavía más.

Después, el joven se levantó y les hizo la comida y echó en ella polvos para dormirlas. Durante la comida, la hermana cuerda fingía comer, pero no lo hacía.

Al rato de estar comiendo, el gato se quedó dormido, luego se durmió la loca y, después, la cuerda (que sólo fingía).

Al ir el joven a traer los caballos para llevárselas, la cuerda se levantó y cerró la puerta tras él, tan fuerte que le cortó el dedo gordo del pie. Por eso fue el hazmerreir del pueblo y juró vengarse de la chica, que se llamaba Blanca.

Entonces, el día en que regresaba el padre, el joven le esperó y le suplicó que le diese a su hija Blanca en matrimonio. El padre no sabía qué hacer o qué decir y le contesto que, como no había llegado todavía a casa, ni siquiera sabía si estaban vivas o muertas.

-Sí, están muy bien.

Y no le dejó marchar hasta que el padre le dio su palabra de honor de que se casaría con Blanca. En esta época la palabra de honor suponía mucho. Por eso, al llegar a casa, saludó y abrazó a sus hijas y, luego, le contó a Blanca que la había dado en matrimonio. Ella adivinó de quién se trataba y le contó a su padre lo que había sucedido; pero este ya no podía hacer nada puesto que había dado su palabra de honor.

Entonces el padre le dijo:

-Hija mía, Dios te ayudó la primera vez y ahora también te ayudará.

Después de unas semanas, se casaron y se fueron a vivir a otro pueblo; cuando llegaron a casa, el esposo metió a la novia en la habitación y se marchó. Al poco rato, vino una criada y se sentó con Blanca, diciendo:

¡jQué pena que seas tan bonita y lleves un traje tan elegante, porque mi señor te va a quemar!

-¡No seas tonta!, seguramente bromeaba contigo. ¿Te gusta mi vestido? Toma, póntelo y déjame el tuyo.

Así lo hicieron y, después de vestirse con los harapos de la criada, se escapó, diciéndole que iba al servicio. Y se metió en un agujero de camellos.

Al regresar el esposo a la habitación, no se encontró a Blanca y se enfadó muchísimo y pegó a la criada. La buscaron por todas partes, pero no la encontraron.

Al cesar todo el "tumurido" (tumulto) salió del escondite y se fue de un lugar a otro sin rumbo fijo. Después, en medio de la selva, encontró a unos animales a los que pidió cobijo y estos accedieron.

Un día, un par de animales estaban pariendo y le pidieron ayuda a Blanca, diciendo que le darían uno de sus hijos; pero luego no quisieron, diciendo que si nadie daba sus hijos cómo iban a hacerlo ellos. Pero Blanca ya les había robado un par y los crió y amaestró.

Un día, los cazadores del rey la vieron y se lo dijeron al rey. El vino y le preguntó si era persona o animal. Al contestar que era persona le pidió que se casara con él y ella aceptó con la condición de que le matara un toro cada día, y el rey aceptó.

Antes de casarse con el rey se compró un caballo y ropa de hombre y fue a casa de su esposo. Este vivía al principio del pueblo y todos los viajeros a los que les cogía la noche, dormían en su casa. Blanca hizo lo mismo, llegó y pidió cobijo y se quedó allí.

Por la noche, él dijo a su madre que el huésped tenía los ojos iguales a los de Blanca.

-No seas tonto, ella se fue y nunca volverá.

Pero él empezó a insistir tanto que la madre le sugirió que lo llevase al Gran Huerto, un huerto lleno de las deliciosas frutas.

Así lo hizo al día siguiente; pero ella no cogió ninguna fruta. Al volver se lo dijo él a su madre y ésta le contestó:

-Si fuese ella hubiera cogido, porque las mujeres somos muy golosas.

Pero él no se convenció y la llevó al Gran Monte, una montaña tan alta que sólo los valientes podían saltar desde ella. Blanca saltó siete veces y el joven ninguna.

Pero tampoco se convenció y, por la noche, le puso debajo de la almohada una rosa para ver si amanecía marchita. Pero Blanca, durante la noche, la metió en agua y, por la mañana, la volvió a poner en su sitio, de modo que no amaneció marchita la rosa.

Con esto ya se convenció puesto que la flor había amanecido fresca (si fuese mujer habría amanecido marchita, ya que las mujeres son más sensibles).

Blanca se despidió, agradeció su amabilidad y se marchó. En el camino se encontró con un hombre que iba en dirección contraria y le dijo:

-A la entrada del pueblo vive tal joven, dile que su esposa Blanca le manda saludos y que la llevó al Gran Huerto y no comió, al Gran Monte y saltó, y la flor amaneció fresca.

Cuando el viajero dijo esto al esposo, éste se enfureció y le dijo a la madre que ella tenía la culpa.

Blanca regresó al palacio y se casó con el rey. El joven, enfadado, vendió todo y se hizo vendedor ambulante para encontrarla y vengarse de ella.

Iba de ciudad en ciudad y, un día, llegó donde estaba ella; salió la criada para comprarle pintura para los ojos, y él le dio tan poca pintura que la criada dijo:

-Esto no será suficiente ni siquiera para pintar un ojo de mi señora Blanca.

Entonces dijo él:

-¡Blanca! Toma, te doy todo lo que llevo si me dejas verla una vez.

Entonces la criada le dejó que entrara hasta la habitación de Blanca y entonces él la cogió y dijo:

-Ya te tengo, esta vez no escaparás.

-Sí, ya me has cogido, ahora sólo te pido que me dejes decir dos cosas.

-Dilas.

Entonces Blanca llamó a sus dos fieras, ordenándolas que se lo comieran y que sólo dejaran la cabeza.

Al regresar el rey y enterarse de todo, le dijo que podía habérselo dicho antes y él lo hubiese resuelto todo. Pero ella contestó:

-Yo quería hacer comprender lo que son las mujeres.

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NOTAS

(1) Datos tomados del artículo de Alberto J. Fuentes Prados,) 1982

(2) Según el catálogo tipológico de Camarena y Chevalier,1995

(3) Leyenda recogida en 1985 por Bettina Contreras López, alumna de 2º E, de su abuela Luisa Galindo Beltrán, de 66 años, en Ceuta.

(4) Cuento recogido en 1985 por Larbi Mohamed Abdeselam, alumno de 2º D, de su madre Fátima, de 34 años, quien lo aprendió a su vez de su madre, en Ceuta.

(5) Cuento recogido en 1985 por Sohora Mohamed Amar, alumna de 2º D, de su madre Fátima Tahar Bachir, de 40 años, quien lo aprendió a su vez de su madre.

(6) Cuento recogido en 1985 por Mohamed Mohamed Abdela-h, alumno de 2º D, de su madre Fatma Abdela-h, de 36 años, quien lo aprendió a su vez de su madre.

(7) Cuento recogido en 1985 por Larbi Moharned Abdeselam, alumno de 2º D, de Su abuelo Moharned, natural de Benizarval (Marruecos). El tema de Cenicienta aparece ya en los cuentos de Las mil y una noches: "La pulsera de tobillo". El cuento lo hemos publicado también en "La Cenicienta: cinco versiones populares", 1992.

(8) Cuento recogido en 1985 por Larbi Mohamed Abdeselam, alumno de 2º D, de su abuelo Mohamed, natural de Benizarval (Marruecos).

(9) Cuento recogido en 1985 por Nasiha Mohamed Amar, alumna de 2º E, de su madre Fatma Taher, de 41 años, quien lo aprendió a su vez de su madre, en Ceuta.

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