Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

TOREO: TRADICION Y MODERNIDAD

HERRERO, Fernando

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 180.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 180 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


Toros y folklore, términos que se relacionan más en lo externo que en lo interno. Por una parte los cantos de ciego: Reverte y su pañuelo y un metalenguaje específico que ha llegado a influir decisivamente en el coloquial, aún hoy utilizado. También asume el código cerrado que sólo unos pocos conocedores saben distinguir con precisión, por ejemplo en la descripción de los cornúpetas, colores y configuración de los que salen a la plaza. Una fiesta cruel de antiguas reminiscencias que, en algunos aspectos identifica lo hispano en esa corrupción inevitable de los lugares comunes, flamenco-toros, lo que puede aceptarse en cierta forma desde un signo más que unir a muchos otros, menos controvertidos y posiblemente más enriquecedores.

No quiero tratar de estas cuestiones tan complejas en este artículo. Negar los aspectos salvajes de la fiesta taurina sería absurdo, y mucho más cuando ésta se convierte en un fraude y al toro se le machaca literalmente antes y en el transcurso de la lidia. Lacras como la del afeitado o la que suponen los mejunjes y drogas que se utilizan con profusión, amén de los destrozos causados tantas veces por una forma de picar siniestra, postulan esta sensación. Curiosamente, cuando se da el toro íntegro, existe un buen tercio de varas y el riesgo acompaña el oficio y la técnica del toreo, la sensación de crueldad se mitiga. Por ello, a medida que se van diluyendo los riesgos, el ritual resulta menos defendible. Las bochornosas "tradiciones" taurinas de muchos pueblos no son sino una muestra de salvajismo que debería ser cortada de raíz, y en las que el arte y el valor brillan por su ausencia. De forma análoga a otras prácticas igualmente censurables, como las peleas de gallos y demás faramullas todos ganaríamos en que se perdieran en la memoria del tiempo, aunque ello parece difícil a tenor del apoyo social que reciben, lo que supone un punto importante para estudiar la verdadera significación de la tradición y el folklore.

Ciñámonos pues a la fiesta taurina, la que tiene lugar en ese edificio específico que se llama Plaza de Toros, y que en algunos lugares de Francia son sustituidas por anfiteatros romanos. Algunas de éstas, pienso en el antiguo coso de Palencia, han sido devoradas por la especulación, otras han resistido y permanecen como signos de un ritual específico. Se han construido Plazas de nueva planta, generalmente más cómodas e incluso se han utilizado para la fiesta edificios o contenedores especiales como el Coliseum de La Coruña, o transformado el coso por la construcción de una cubierta, caso de Zaragoza. En lo esencial el espacio de la corrida no ha variado y es en el ruedo, sus burladeros, sus tercios, exactamente igual que antaño, salvo los casos que existían de plaza partida. Las variaciones han surgido desde una progresiva estilización de los elementos formales de la fiesta, con adaptación a las nuevas circunstancias, rebajas de los signos de la violencia en lo que se refiere a los caballos, mitigación del riesgo, etc., etc. De vez en cuando la muerte en la plaza de un torero, casos de Paquirri y Yiyo últimamente, presentan esa otra cara de la dureza del riesgo, aunque resulte difícil hacer entender a la gente que las minas o la construcción suponen mucho mayor peligro y que el índice de mortalidad resulta muy superior. El "folklorismo" que todavía acompaña a la fiesta transforma la mentira en verdad y constituye, paradójicamente, uno de sus mayores enemigos.

La tradición y el ritual. Poco ha variado éste en las líneas generales. El desarrollo de la lidia se realiza en tres tercios, varas, banderillas y muerte. Se utilizan el capote y la pica en el primero de ellos, los palos en el segundo, muleta y estoque en el tercero. La muerte del toro debe realizarse en menos de quince minutos. Todo es idéntico, o casi, al pasado. Han ido cambiando las concepciones del arte taurino, se ha originado una sustitución de la fiesta como expresión de la lucha ancestral del animal y el hombre, por los componentes lúdicos que rodean las fiestas de pueblos y ciudades. Sólo algunas plazas, Madrid, Sevilla y pocas más asientan el espectáculo como habitual en temporadas de primavera, verano u otoño, acentuándose en todo caso la acumulación de corridas en Abril (Sevilla), San Isidro (Madrid), con aditamentos un tanto momentáneos, como pueden ser las de San Miguel u octubre. Esta circunstancia ha fijado los límites del espectáculo taurino y la caracterización sociológica que tiene desde parámetros nacionales y también internacionales. En este último caso desde el ámbito folklorista al que hemos aludido antes o, en contraposición desde una exigencia de lo tradicional y serio (Francia) o de la reivindicación de aspectos nacionalistas, como puede ser el caso de Méjico, Colombia y otros países sudamericanos.

Todo arte es, de por sí, evolutivo, aunque requiera la constancia de la tradición. El mundo del teatro, o del cine, tienen en cuenta sus clásicos, incluso para el juicio de lo que se intenta renovarlos o transgredirlos. La danza, que tantas veces se ha comparado al toreo, mantiene unas bases técnicas y estéticas básicas que luego se enriquecerán (o empobrecerán) según las circunstancias. Es curioso constatar que las mejores experiencias de danza contemporánea asumen, transformándolos, los principios de las disciplinas clásicas. Este juego de tradición versus modernismo es el signo esencial de la validez o de la vitalidad de un arte.

El toreo ¿forma parte de la cultura? Esta pregunta se ha contestado desde diversos parámetros. No cabe duda, en mi opinión, de las raíces antropológicas de la fiesta, la tradición y el ritual que presenta igualmente resonancias ecológicas de gran interés. La preservación de una especie animal tan bella e insustituible como el toro de lidia no es el menor de los argumentos a favor de la preservación de la fiesta taurina. Esta, reflejo de las vivencias de un país (en lo positivo y lo negativo) constituye, si se realiza auténticamente, una expresión que va más allá de lo puramente lúdico. Es en este aspecto, prescindiendo de otros supuestos, donde queremos incidir en este trabajo.

Un hecho cultural y antropológico, evidentemente, y también una práctica que ha originado un folklore riquísimo en una colección de pliegos de cordel, en los que el tema taurino ha tenido presencia (aunque sea para llamar cornudo a Don Friolera) o del vestuario que significó una estética específica que llega hasta nuestros días. Del traje de toros goyesco a la actual estilización existen una serie de fases intermedias que tenían nombre propio en el diseño, Albaicín, Rafael de Paula, el propio Curro. También, y desde un modernismo de mal gusto, los que utilizó en su reaparición Luis Miguel Dominguín. La tradición ha acompañado los colores oscuros para los maestros, verde, tabaco, azul, rojo, y los claritos para los representantes de la "modernidad", blancos, rosas pálidos, y un etc. muy descafeinado. Son signos accidentales pero sirven para matizar esta disyuntiva presente de un espectáculo que quiere estar vivo y a la vez mantener el conjunto de ritos que lo han marcado a través de su historia. Curiosamente la fiesta taurina, a pesar de los héroes deportivos, del impacto del fútbol y otros deportes, de su carácter anacrónico, de las duras críticas que recibe en el ámbito europeo, de la propia degradación del riesgo, sigue siendo algo vivo, presente y cuando muere algún matador, afortunadamente en muy escaso número, su memoria es conservada. Paquirri y el Yiyo han pasado a la historia, en una especie de síntesis entre el folklore de antaño y la realidad de hogaño, esa línea de tensión que recorre este efímero y singularísimo arte.

Tradición y revolución. El ritual de la corrida no se ha transformado en lo esencial, aunque sí en cuestiones accidentales, los petos de los caballos, por ejemplo. Sí se ha ido progresivamente acortando el terreno del torero frente al toro, desde la pérdida de poder de la fiera, en ocasiones excesiva por corrupciones que dan lugar al afeitado y al tratamiento químico alimentario del toro de lidia al que se le va quitando la casta para convertirla en tontorrona bondad, cuando no en ausencia de toda fiereza e incluso de la fuerza necesaria para aguantar en pie toda la lidia. La transformación de la sociedad ve, salvo excepciones, Madrid, Pamplona, Colmenar, a la dulcificación de la lucha del torero sobre el toro con la salvedad de las llamadas corridas "duras" adjetivo que en múltiples casos pudiera sustituirse por el de "imposibles", como una especie de faro (aparente) en la comercialidad de la actividad habitual de las ferias. Se mantiene así igualmente la tradición que ha sido constante en los toros de que las primeras figuras, sólo como "gesto" lidian las corridas más difíciles, que son reservadas para matadores "especializados" que tienen que pechar con ellas como un número aparte de la corrida-tipo de Ferias en capitales y pueblos del país. Curiosamente, la afición taurina en Francia resulta más exigente que la española, tanto en lo que se refiere a la presentación de las reses, como al cumplimiento del ritual de la corrida en todos y cada uno de sus puntos.

Parar, templar, mandar... en principio la fiesta taurina se presenta como una lucha entre el hombre y la fiera. La técnica es necesaria para el dominio que se salda con la muerte del cornúpeta. No es suficiente: en esta lidia de tres tercios se hace necesario el arte, lo inexplicable que origina la belleza, el ritmo especial de una faena o unos lances de capa, la "música callada del toreo" en frase afortunadísima de José Bergamín dirigida a un matador tan frágil como artista que se llama Rafael de Paula. La tradición ha fijado unas normas y el transcurso del tiempo las ha ido adaptando a las condiciones del toro en su evolución hacia una mayor docilidad y la del público, poco inclinado en general a la lucha sorda y violenta con un animal peligroso y mucho más proclive a las largas series de pases, adornos y demás parafernalias.

Resulta curioso constatar que la tradición ha sufrido muy pocas alteraciones, salvo las apuntadas en relación a los terrenos que guarda el torero respecto del toro y en la creación de algunos pases, que no son sino derivación de los existentes: la manoletina, la ortilina, el salto de la rana de Benítez o la tortilla de Jesulín de Ubrique. Curiosamente el repertorio ha ido a menos, la casi total desaparición del tercio de quites ha limitado la riqueza del toreo de capote, adecuado para la improvisación; la estética en banderillas, los pares son casi siempre de poder a poder y por un solo lado, y en el toreo de muleta los derechazos (o redondos) se llevan la palma.

Series y series: alternan con naturales y de pecho, algún molinete o pase de la firma y adornitos. Poca cosa nueva y no digamos en la suerte suprema, en la que una de las más bellas especialidades: la estocada recibiendo ha pasado a la historia de tal forma que cuando Joselito la practicó, con no mucha fortuna en el lugar donde cayó la espada, en su gloriosa tarde de los seis toros en Valladolid, la gente se hacía lenguas de lo extraordinario del lance.

El conflicto entre tradición y modernismo tiene en la fiesta de los toros una especial solución. El torero que mejor se adapte a las normas clásicas es, sin duda, el de mayor interés y repertorio. Paradojas. La "modernidad" en el toreo, más que en las formas de la lidia, se ha traducido en una especie de marketing socio-económico que supo llevar a cabo el Pipo con la figura de "El Cordobés" y que ahora está representada por Jesulín de Ubrique, desde módulos diferentes que tienen sus signos en la fuerza de la televisión, y en la plasmación de un erotismo primario y verbenero que culmina en esas corridas de seis toros con público invitado exclusivamente femenino. Ambos matadores han sabido cumplir su cometido, su profesionalidad es evidente, y alternar alguna que otra medida de cal frente a toneladas de arena, aunque su significación estética en la fiesta taurina sea negativa en la forma y reaccionaria en la globalidad de su permanencia.

La corridas de toros sólo se justifican desde su propia esencia de riesgo y ritual y toda degradación de sus signos no sirve sino para justificar la postura de tantos que desean su desaparición.

Por ello, frente a estos presuntos "revolucionarios" Belmonte fue otra cosa, la plasmación de la fragilidad como signo estético que han incorporado muchos matadores como Rafael de Paula y Curro Romero -por ejemplo- el torero clásico de nuestros días (que templa y se ciñe como el que más) supone la permanencia del rito, de la esencia, de esta fiesta bárbara que se convierte en parodia (no menos sangrienta) cuando se eliminan las defensas del toro, se le hace perder fuerza y se le transforma en una especie de mansa oveja. La bravura del toro tampoco cabe confundirla con la condición de esos enormes animales sin casta que a veces se proclaman como los únicos verdaderos testigos del pasado de la fiesta. Esta nació de la lucha del torero y el toro y ambos elementos son su razón de ser. Lucha desde la técnica, el valor, indispensable e insustituible, la personalidad, la estética. La sujección al rito no impide, muy al contrario la estimula, la multiplicidad heterogénea. Cada torero debe ser un artista insustituible y su forma de citar, llevar prendido el toro, construir las faenas tan personal en sí mismo como respecto a los otros. Cada toro tiene una faena y cada matador le dará una lidia distinta. Si el teatro, la ópera tienen como regla de oro que cada representación es única ¿qué decir de la fiesta taurina, en la que uno de los elementos esenciales, el toro, no se repite jamás? En este hecho se encuentra la belleza efímera del arte: el momento irrepetible (el vídeo sólo testimonia) se pierde en la memoria o se anida en ella...

Los dos aspectos del arte taurino, lo dionisíaco y lo apolíneo, se dan cita en algunos momentos mágicos. La fragilidad del torero crepuscular alienta un arte que sólo se explica desde la experiencia vivida, la sensación de irrepetibilidad, el ejemplo de Curro Romero es evidente: desde sus más de sesenta años, sus limitadas condiciones lidiadoras, es todavía capaz de alumbrar instantes de belleza única. Una verónica, una media...quizás las de otro matador sean más firmes, más aquietadas pero ese perfume... Grandes momentos de la historia del toreo han nacido en el crepúsculo de la carrera de algunos matadores: Antoñete tuvo sus soberbios logros en el final de su azaroso devenir, el Viti hizo su mejor faena poco antes de su retirada y Antonio Bienvenida siguió impartiendo lecciones en su segunda época. Este mundo artístico, tan cercano a la danza (aunque se base en la quietud de los pies y el juego de los brazos), aunque requiere la plenitud física, permite esos milagros, lógicamente aislados, del torero crepuscular que confiere al arte taurino la tradición puesta al día, ese inconfundible bouquet de los vinos añejos.

En la Feria de Valladolid, sólo un tanto mitigada por la relativa fuerza de los astados, tuvimos ocasión de presenciar dos hechos artísticos de primerísima categoría. Una faena genial de Julio Aparicio, en la que el torero, desgarrado, roto, descoyuntado forzaba la retórica de la belleza improvisada. Los pases de siempre en versión nueva, en los cites, en los remates, en el desmayo lleno de tensión que cerraba las tandas, para sin solución de continuidad llegar la exteriorización del gesto, concitando sobre torero y toro no se sabe qué elementos. Por otro lado, la interpretación sinfónica, global, de una corrida de seis toros por Joselito, capaz de encontrar un ritmo interno excepcional, plasmado en una plétora de lances y quites, de muleteo andando al toro o esperándolo con mando y quietud, de entrega en la ejecución bellísima (aunque el estoque no siempre cayera en su sitio) de la suerte suprema. En estos dos ejemplos cabe toda una teoría y estética de la fiesta taurina.

Joselito puede ser el torero del futuro. Es todavía muy joven y puede decantar su ya evidente maestría y clase. Necesita forzar la máquina en las Ferias de importancia, aunque no hay que olvidar el triunfo de la Beneficencia en Madrid, con seis toros y lidiar y exigir reses de mayor casta y fuerza, con los que puede sobradamente. Las corridas de seis toros son siempre una prueba exigente que ha puesto muchas cosas en su sitio. Las grandes figuras, Gallito por ejemplo, han llegado a su cenit en estas ocasiones, como Antonio Bienvenida que mostraba su repertorio, su dominio de la lidia, su capacidad para ser diferente en cada toro. Otros han fracasado en este empeño: Luis Miguel, Angel Teruel, Ponce, Curro Vázquez, y el propio Lagartijo en su desgraciada corrida de despedida. Joselito en Madrid, Zaragoza y Valladolid, desde un concepto del toreo relajado y natural, cuidadoso del rito hasta en las vueltas al ruedo y en los brindis, unió la tradición y la renovación, ejemplo último de la permanencia de esta fiesta tan controvertida y controvertible.

La historia de España, de su folklore, de su tradición tiene en las corridas de toros un hecho singular, un ritual que sigue permaneciendo en demasiadas ocasiones degradado y caricaturizado, roto en los presupuestos previos que significan la pujanza del animal que no sea destrozado antes (afeitado, drogas...) y en el transcurso de la corrida (los siniestros puyazos que los machacan) desde la esencia de la lidia: dominio y arte que sea ejercido desde la personalidad de cada torero -la renovación surge en las novilladas cada vez de más difícil organización- y de la variedad que pueden ofrecen. Torear 150 corridas al año no significa sino una estadística: el arte mantiene la tradición y justifica en cierta forma la permanencia de la fiesta por encima de todos los tópicos que pesan sobre ella.