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CUANDO EL MONTE SE QUEMA. EL CARBONEO EN LOS MONTES DE RETUERTA (BURGOS)

SOTO, Miguel Angel

Publicado en el año 1995 en la Revista de Folklore número 180.

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EL CARBON VEGETAL EN LA HISTORIA DE ESPAÑA

La utilización de carbón vegetal data de tiempos históricos, en los primeros intentos del hombre de fundir el mineral de hierro. Pero el carboneo del monte a una escala no doméstica hay que situarlo a partir del siglo XV, adquiriendo una notable importancia como combustible en las industrias manufactureras durante los siglos XVI-XVIII.

El carbón vegetal era el combustible por excelencia del Antiguo Régimen y una de las indiscutibles fuentes de energía hasta que el carbón de piedra le sustituyó. El mismo crecimiento urbano durante el siglo XVIII hubo de suscitar una mayor demanda de combustible vegetal. En Madrid, por ejemplo, 9.000 hogares habían adoptado el hornillo económico hacia el año 1805 (1), lo cual representaba casi una cuarta parte de los hogares existentes en la Villa. El combustible de aquellos hornillos era, por supuesto, el carbón de encina.

Si importante era el consumo urbano de carbón vegetal, otro tanto puede decirse de las necesidades de la industria, aunque el carbón de brezo (Erica australis) era el combustible de fragua mayoritario: herreros, herradores, latoneros, cerrajeros y plateros fueron, entre otros, los artesanos que demandaron mayores cantidades de combustible en las nacientes ciudades preindustriales. Las fábricas de vidrio han sido puestas como ejemplo de una industria del Antiguo Régimen que consumía gran cantidad de carbón vegetal y leña. Desde Avilés se escribe a mediados del siglo XVIII que para la provisión de carbones que precisan las ferrerías del Principado de Asturias habían sido devastados la mayor parte de los montes comunes de las inmediaciones (2). No hay que olvidar tampoco que actividades como la extracción de minerales y su transformación requerían ingentes cantidades de carbón vegetal (3).

Las ventajas como combustible del carbón vegetal frente a la leña son significativas. En la carbonización de la madera se pierden todas las materias volátiles así como la mayoría de la humedad. Esto produce un cambio notable en su apariencia física y un descenso de densidad y volumen. Pero lo que marca la verdadera diferencia es que el carbón vegetal tiene mayor contenido en carbono que la madera, por lo que su poder calorífico es mayor y es mejor combustible que ésta. Otra diferencia es que el carbón vegetal es inerte, difícilmente alterable con las condiciones atmosféricas normales y no es atacado por agentes biológicos (hongos e insectos fitófagos) que atacan la madera (4).

Aunque a lo largo de nuestra geografía se ha carboneado todo tipo de especies forestales (haya, roble, pino, incluso eucalipto), en España el carbón vegetal está muy unido al aprovechamiento de los restos de operaciones selvícolas como la poda y el "oliveo" de la encina (Quercus ilex) y el alcornoque (Quercus suber). El gran desarrollo agro-silvo-pastoral de la dehesa castellana y extremeña se basa en el correcto aprovechamiento de pastos y árboles que daban sus frutos (bellotas) para el ganado. Los árboles son podados y la madera de estos trabajos es carbonizada en fosas de tierra.

Mientras que en otras zonas la práctica del carboneo ha ido desapareciendo (Navarra, Aragón, País Vasco), ésta todavía perdura en los ambientes mediterráneos con mayores extensiones de quercíneas.

Las técnicas han ido evolucionando y en muchos casos la carbonera de tierra ha sido sustituida por carboneras metálicas, si bien en no pocos casos las carboneras clásicas se siguen utilizando al no requerir ningún desembolso de capital.

EL CARBONEO COMO ACTIVIDAD DEFORESTADORA

Indudablemente, el carboneo del monte fue, junto con la roturación de las zonas llanas para la agricultura y la construcción naval, una de las causas del retroceso de la superficie forestal en la península ibérica, aunque los efectos no debieron ser similares en todos los casos.

En un estudio publicado sobre el abastecimiento de carbón vegetal a Madrid (5), aparece mencionado el municipio de Retuerta (Burgos) como uno de los proveedores habituales de la Villa. Lo sorprendente de este dato es que, más de 300 años después, los vecinos de dicho municipio y de otros pueblos próximos siguen carboneando el monte.

BRAVO ha calculado que el consumo madrileño para este período (1660-1805) osciló entre el millón y los dos millones largos de arrobas / año, lo que supone que en esos años se habrían consumido 3.450.000 toneladas de carbón vegetal. Siguiendo el cálculo y las transformaciones pertinentes (de carbón a leña y de leña a monte arbolado) el historiador sostiene que la urbe madrileña a través del consumo de carbón vegetal es la principal responsable de la desaparición de 690.000 hectáreas de bosque de quercíneas. Desde el mismo razonamiento, se pregunta este autor si son las mismas localidades, los mismos montes, las mismas dehesas, las que abastecen de carbón vegetal a Madrid durante más de 130 años, ya que son los mismos municipios los que aparecen, año tras año, en los libros de registro del Ayuntamiento de la Villa.

El error, para nosotros, del autor, al identificar el carboneo del monte con la desaparición del bosque (arranque de árboles), dice poco en favor de una actividad ligada ancestralmente al aprovechamiento del bosque mediterráneo. Es evidente que las prácticas selvícolas destinadas al carboneo del monte no han debido ser las mismas en todos los lugares, y en aquellas áreas cuyas tierras pudieron ser transformadas en cultivos la opción elegida debió ser la más rentable en aquel momento. De esta forma, pueblos que también abastecieron de carbón vegetal a la Villa de Madrid, como son numerosas localidades de La Mancha, hoy carecen de superficie forestal.

Por el contrario, el municipio de Retuerta mantiene actualmente una buena parte de su superficie forestal en forma de monte bajo. A diferencia del carboneo de las dehesas de encina de Salamanca, Toledo o Extremadura, donde se talaban árboles o se olivaban las dehesas, el carboneo en Retuerta se realiza sobre monte bajo en un terreno pedregoso y abrupto.

En aquellas zonas de mayor aptitud agrícola, el carboneo ha supuesto el fin del encinar y, más tardíamente, de los montes arbolados o dehesas. En Extremadura, donde aún hoy continúa la práctica del carboneo tradicional, la superficie ocupada por quercíneas ha disminuido un 23% en el período 1957-1981 (6). Las causas hay que atribuirlas mayoritariamente a otros factores, entre los que destacan las nefastas repoblaciones de eucaliptus y las transformaciones en regadíos, pero no cabe duda de que el arranque de encinas para carboneo ha aportado su granito de arena a la pérdida de cobertura de las dehesas y de superficie total del bosque mediterráneo.

Lo que en un principio podría ser beneficioso para el bosque de quercíneas (cuidado del árbol, poda racional, entresaque adecuado, etc.) se ha convertido en algunos casos en perjuicio para el mismo, debido a las distintas relaciones de los carboneros con el monte. En el caso extremeño, los carboneros no son propietarios del monte y pagan los derechos sobre la extracción de leña o la obtención de carbón, lo que les lleva a talar el mayor número de encinas posible, cortar ramas de cruz en la poda y hacer un entresaque lo más exhaustivo que pueden (6). En Salamanca siempre ha existido una casta peculiar de "carboneros ricos", hombres con medios suficientes para comprar al dueño de una finca cientos o miles de encinas, que contrataban después agente para hacer carbón. Estos trabajadores, los verdaderos carboneros, trabajaban en muchas ocasiones por el valor de lo extraído. Al no recibir otro sueldo que el pago por el producto, alzaban todo el terreno para el máximo rendimiento, escarbando alrededor de la encina hasta lograr dejar al descubierto las raíces. La encina, al final, venía a caer prácticamente sola (7).

En el caso de Retuerta, el monte es en su mayoría un monte comunal (las 1.700 Ha. de "El Majadal"), por lo que son los carboneros los más interesados en su conservación, dando el 20% de los beneficios al ayuntamiento (8).

LA MEMORIA DEL HOMBRE RESPONSABLE

Ya hemos comentado que desde mediados del siglo XVII y hasta principios del siglo XVIII los montes comunales de Retuerta abastecieron de carbón vegetal a la Villa de Madrid. La tradición del carboneo continúa actualmente en Retuerta y, al menos, las tres generaciones anteriores (los abuelos de los actuales carboneros, algunos mayores de 60 años) han carboneado el monte. Es fácil pensar que la actividad en este pueblo se ha realizado de manera ininterrumpida, al menos, desde el siglo XVI, exceptuando quizás los períodos de guerra.

Durante buena parte de la historia de la humanidad la creación y cultivo itinerante de pequeños claros, previo desbroce de la vegetación por medio del fuego, ha permitido la preservación del sistema forestal y la fertilización del suelo. Salvando las distancias, pero de forma similar al artigueo de la agricultura itinerante, los carboneros de Retuerta han podido mantener durante siglos de explotación un encinar en estado de constante inmadurez pero, al fin y al cabo, han garantizado la conservación de los recursos forestales.

Como si de recogida de fruta se tratara, el carboneo supone la extracción rotatoria de biomasa al sistema (y por tanto la sustracción de nutrientes minerales), pero nunca perturbaciones en la hidrología, formación de suelo o ciclos de energía. El respeto a los turnos de corta largos (20-30 años) y a la distancia entre pies-guía permite a los pocos años el incremento rápido de cobertura en la zona sometida a aclareo y, por consiguiente, el aumento de evapotranspiración e infiltración del sistema.

La visión negativa, y hoy generalizada, de los efectos del carboneo sobre la cubierta vegetal se debe al hecho de que son las fases degeneradas y desestabilizadoras (por abandono de las reglas ancestrales de comportamiento, aumento brusco de la demanda, industrialización y efecto de factores exógenos) las que han sido analizadas en la época moderna y generalizadas al resto de las formas de aprovechamiento sostenibles (9).

LA CULTURA DEL CARBON VEGETAL EN RETUERTA

Todos los meses de mayo, y desde hace siglos, gentes de Retuerta, Santibáñez del Val y Castroceniza, en las bellas tierras burgalesas del Arlanza, envuelven con una tenue cortina de humo blanquecino y un característico olor los diversos lugares donde se ubican las carboneras. Estas se sitúan tanto en el interior del monte comunal denominado "El Majadal", como en otros montes cercanos y en las afueras del núcleo de Retuerta.

Son cinco o seis familias en total las que se dedican a esta práctica, con cerca de 15 hornos o carboneras. De un horno salen entre seis y siete toneladas de carbón vegetal (frente a las carboneras de 25 toneladas de la Baja Extremadura), con lo que se obtiene una producción anual de este monte de algo menos de 100 toneladas.

El procedimiento empleado para la obtención de carbón vegetal sigue siendo la carbonera u horno de tierra tradicional que los carboneros han de vigilar de forma permanente a lo largo de todo el proceso, que dura entre loS 20 y 25 días. Se emplea el mismo método y las mismas herramientas que se describen en De I'exploitation des bois, un manual de explotación forestal editado en Francia en 1764.

La poda o aclareo del monte bajo puede comenzarse desde mediados del otoño. Al ser una actividad realizada a tiempo parcial, los carboneros alternan la corta y la preparación de la leña con otras tareas agrícolas, agricultura fundamentalmente. La leña ya cortada y troceada en el interior del monte habrá de transportarse hasta el lugar donde se construirán las carboneras y en no pocas ocasiones el acarreo por el monte conlleva grandes dificultades debido a lo intrincado e impenetrable del terreno.

El montaje de los hornos suele comenzar hacia mediados de abril y continúa hasta mediados de mayo. Se amontona la leña en vertical, con los troncos más gruesos debajo y de manera que la estructura vaya formando un cono truncado muy parecido, por cierto, a la cúpula que recubre la semilla de las quercíneas. En el centro de la carbonera se coloca un poste para facilitar la colocación de la carga, aumentando la estabilidad de la pila. Además, este poste suele ser útil para el operario, ya que se ayuda de él cuando está colocando las trozas, pues le sirve como punto de apoyo. Cuando se ha terminado de apilar la leña, el poste central es retirado. El hueco que queda funciona como chimenea y será por donde se encienda el horno. A lo largo del proceso, la boca superior se tapa y destapa para alimentar la carbonera con leña.

El montón de leña se cubre con paja de cereal en toda la estructura excepto en la base donde se colocan gavillas o ramas de encina, lugar donde irán los tiros por donde "respira" la carbonera. Posteriormente el horno es cubierto de tierra procedente del mismo entorno que, tras siglos de carboneo, ha tomado un color negro característico que delata aquellas zonas del monte donde antaño se realizaban estas prácticas. Hay que disponer una escalera, con peldaños de leña y piedras, que llegue hasta lo alto de la carbonera, para "atacarla" o "alimentarla".

Una vez encendido el interior del horno (por la entrada superior), este irá requiriendo ser alimentado con leña nueva, ya que la carbonera se va consumiendo por arriba, y se tapa nuevamente con tierra. Desde el encendido, los carboneros no pueden ausentarse más de dos horas seguidas, debido a que si la parte superior de la carbonera cediese, al haberse consumido la leña, el exceso de oxígeno provocaría la quema de la leña y no su cocimiento. Los que tienen la carbonera en las eras del pueblo pueden ir a dormir un par de horas o alternarse con un familiar. Los que están en el interior del monte deben velar y se acuestan en unas chozas desde donde vigilan el proceso.

Además, el cierre de la boca de una carbonera ardiendo, subiendo la leña por la escalera "a hombro", es extremadamente peligroso. Todo el proceso, y especialmente los riesgos de esto último, han sido contados por Montxo Armendariz en su película Tasio (1984). En esta bella historia, que se desarrolla en el País Vasco, la madera utilizada es el roble (Quercus robur) y el haya (Fagus silvatica).

Cuando se considera que la leña es ya carbón (algunos signos exteriores en la carbonera son indicativos), ésta se deja enfriar unos días antes de comenzar a sacarlo.

Mediante azadas y rastrillos, se va retirando la tierra y apartando el carbón vegetal, formando un gran anillo o rosca exterior de carbón vegetal limpio. En caso de que una parte de la leña no esté carbonizada, es frecuente la formación de hornos más pequeños en el interior del círculo donde se seguirá consumiendo la leña.

La fabricación de carbón vegetal constituye un aprovechamiento forestal de carácter marginal que ha resurgido con fuerza a partir de la década de los 80. El carbón vegetal se ha visto revalorizado a medida que las sucesivas crisis energéticas y las fuertes demandas exteriores han provocado el alza en los precios. Actualmente, España figura a la cabeza entre los exportadores europeos de carbón vegetal y se exporta, fundamentalmente a Alemania, para ser utilizado en barbacoas. El aumento sostenido del precio del carbón vegetal y la creciente demanda para barbacoas y asadores auguran un futuro prometedor para este sector: en 1970 el precio del carbón vegetal era, en origen, (lo que se paga al productor) de 1,56 ptas./kg.; en 1985 de 19 ptas./kg.; a finales de la década de los 80 el precio medio llega hasta las 30 Ptas./kg.; y, finalmente, en los últimos años se pagó en torno a 50 ptas./kg.

EL CARBONEO DEL MONTE EN EL MARCO DE LA CONSERVACION

El carboneo del monte es una actividad que contribuye al uso sostenido del monte y la conservación de los ecosistemas. Sin llegar nunca a sobrepasar la capacidad productiva del sistema, el carboneo es una forma de revalorizar las tierras ocupadas por encinares y alcornocales, ya sean arbolados o en monte bajo.

Además, practicado conforme a unas reglas y pautas respetuosas con la floresta, puede suponer una actividad económica importante en un medio rural marcado por la falta de expectativas de desarrollo. En el caso de Retuerta, se puede aprovechar el valor añadido que supone la inclusión del municipio en un futuro Parque Natural incluido dentro de la Red de Espacios Naturales de la Junta de Comunidades de Castilla y León. La posible denominación de origen o etiquetado ecológico del carbón obtenido puede suponer el apoyo de un sector de población cada vez más sensible a la conservación de los modos de vida del mundo rural.

A los aspectos socio-económicos (genera puestos de trabajo que fijan la población masculina, aumenta la renta de los agricultores) y ecológicos (el aprovechamiento racional del monte es la mayor garantía de su conservación) se suma el enorme valor etnográfico y cultural de una práctica tradicional que se ha mantenido durante más de 300 años sin apenas cambios ni innovaciones tecnológicas.

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BIBLIOGRAFIA

(1) COLL, S.; SUDRIA, C.: El carbón en España 1770-1961. Una Historia Económica. Madrid, 1987.

(2) URTEAGA, L.: La Tierra esquilmada. Las ideas sobre la conservación de la naturaleza en la cultura española del siglo XVIII. Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Serbal, 1987.

(3) BAUER MANDERSCHEID, E.: Los montes de España en la Historia. Ministerio de Agricultura. Madrid, 1980.

(4) MARCOS MARTIN, F.: El carbón vegetal. Propiedades y obtención. Ediciones Mundi-Prensa. Madrid, 1989.

(5) BRAVO LOZANO, J.: Montes para Madrid. El abastecimiento de carbón vegetal a la Villa y Corte entre los siglos XVII y XVIII. Colección Marqués de Pontejos. Caja de Madrid. Madrid, 1993.

(6) ROSELLO, M. E. y Col.: El carbón de encina y la dehesa. Instituto de Agricultura, Pesca y Alimentación. Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias. Madrid, 1987.

(7) GOMEZ GUTIERREZ, J. M.: El libro de las dehesas salmantinas. Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Junta de Comunidades de Castilla y León, 1991.

(8) GONZALEZ, S.: Haciendo negro carbón...vegetal. Diario de Burgos (18-VI-93).

(9) GONZALEZ BERNALDEZ, F.: Influencia humana en los ecosistemas forestales. QUERCUS, nº 17. Marzo de 1989.