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CAMPESINOS EN TIEMPOS DE CERVANTES

GARCIA DE LA SANTA, Tomás

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 17.

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2.a PARTE

La vid era ya entonces característica de la llanura manchega, tanto, que algunas voces se alzaron pidiendo la limitación de este cultivo incompatible, por cierto, con el islamismo (61). El mismo Sancho, con ser pobre, sabía catar y distinguir los vinos tan cabalmente que, dándole a oler cualquiera, acierta "la patria, el linaje, el sabor, y la dura y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino atañederas" pues era él de linaje de excelentes mojones de los que abundan en la Mancha (62). Peribáñez, galanteando a su esposa, se hace lenguas del color, finura y olor de los vinos de Ocaña, tan semejantes a los de Ciudad Real (63). No podía escapársele tampoco este detalle al curioso redactor del viaje de Cosme de Médicis, siquiera generalizase precipitadamente."Las vides, dice, son (en Membrilla) de es caso vigor, produciendo escasos y claros racimos por lo cual el país en general no es abundante en vinos. Sin embargo, los pocos que se crían son generosos, alcanzan su perfección al año y medio y duran a lo más cuatro años" (64).

Las viñas se araban y cavaban, se podaban y amugronaban para reponer las cepas muertas (65), que se arrancaban en diciembre (66) y, después de sarmentadas, formábanse con los sarmientos gavillas destinadas al fuego. La vendimia era ocasión de alegres diversiones de tradición clásica (67). Vendimiaban principalmente mujeres, que al anochecer regresaban al pueblo en carros, sentadas sobre las banastas de uva, cantando coplas alusivas y desenvueltas (68).

En verano, las huertas ponen una blanda pincelada de verdor entre el rojo de los barbechos y el dorado de las mieses. En ellas se cría un grano netamente manchego: el panizo. En ellas, distribuidas sabiamente en cuadros llamados eras o en líneas, se riegan hortalizas de origen exótico y nombres árabes mediante acequias que se abren o cierran a voluntad con la azada, todo lo cual constituye un tipo de horticultura en absoluto distinto a las formas de trabajo agrícola de Castilla la Vieja. Característica señera y base de la existencia de estas huertas es la noria, de origen y nombre árabes como muchas de sus piezas, puesto que los árabes la introdujeron aquí al igual que en Sicilia y en otras regiones. Está montada ordinariamente en pozos redondos por abajo y rectangulares en el brocal según el sistema arábigo. Por lo general se hallaban las huertas en el ruedo o contorno de los pueblos donde podían ser mejor vigiladas y toda la familia hortelana tenía facilidad de participar en el cultivo que a veces debe hacerse a primera o última hora de la noche. En los linderos de las huertas crecían diversos frutales como los membrillos (meli cotogni) que dieron nombre a Membrilla como se cuenta en el "Viaje" de Médicis.

Sombreaban ya entonces el caliente suelo de la Mancha ordenadas masas de plateados olivos. Su fruto era alternante e inseguro sucediéndose los años de buena cosecha a los de falta absoluta de aceite. "Hogaño no hay aceitunas", hace Teresa Panza que escriban a su marido (69). Cuando las hay dan un aceite fino, "rubio dorado" que se guardaba en tinajas, como el que deleitaba a Peribáñez (70).

Desarrollábanse en el campo manchego las industrias anejas a la agricultura, en primer término la harinera. Desde los poblados del Noroeste de la Mancha iban a hacer harina a larga distancia, hasta las aceñas del Júcar y del Tajo (71) por carecerse aquí de corrientes de agua que moviesen las ruedas. Tales circunstancias hicieron necesaria la implantación de los molinos de viento hacia 1575, de manera que no debemos extrañar que a Don Quijote le pareciesen una novedad estupenda y que su fantasía "se exaltara ante estas "máquinas inauditas, maravillosas" (72). Acaso a uno de estos molinos venía de llevar su carga de trigo el labrador vecino de Don Quijote que subió sobre el jumento al apaleado caballero. Acaso fuese uno de estos extraños artefactos el que triturara el costal de trigo que Dulcinea, ayudada de Sancho, ponía sobre el asno (73).

Muy extendida por la Mancha estaba la industria vinícola. Las casas de los labradores hacendados tenían bodega de panzudas tinajas tobosinas, que tantas memorias despertaban en el Ingenioso Hidalgo (74). El vino se elaboraba mediante procedimientos primitivos todavía en uso, poniendo el villano

los pies en las tintas uvas
rebosando el mosto negro
por encima del lagar (75) .

Se fabricaba también vinagre cuya falta le pareció a Teresa Panza noticia bastante importante para comunicársela a su marido (76).

En telares domésticos se tejía el lino que rastrillaba Dulcinea (77), por callar de otras industrias no agrícolas, desgraciadamente desaparecidas ahora de la Mancha. Huelga decir que existían para moler las aceitunas y extraer el "rubio dorado aceite" numerosas almazaras.

Todas estas tareas ocupaban a personas de distinta posición económica. Abundaba el pequeño propietario y en tierras manchegas pudo desenvolverse con holgura un tipo medio de labrador capaz de enfrentarse con las difíciles circunstancias económicas de la época (78). Entre estos propietarios pequeños y medios vivían algunos agricultores ricos, orgullosos de su sangre a fuer de cristianos viejos como el Tello de "El galán de la Membrilla":

labrador soy, pero creas
que más por la sangre miro
que los que suelen nacer
con grandes obligaciones. ..,
que no son todos villanos
los que tienen sus haciendas
en el campo...

Valido de sus riquezas, Tello quiere subir en la escala social:

Entre muchos que quisieran
casar con Leonor mi hija,
un hombre de buenas letras
me aficionó; porque en casa
de un labrador muy bien entran,
pues en los hijos que dan
quitan la antigua rudeza.

"Supuesto que es labrador" puede hacer que salgan de su casa treinta mozos de labor para defenderle de quien le insulte.

Enumera sus bienes al Rey:

Sepa, señor, Vuestra Alteza
que yo tenía una hija
hermosa para quien eran
estos campos, estos cotos,
casas, viñas y dehesas
y aunque era hermosa y gallarda
y, aunque villana, discreta,
presumo que el codiciarla
era por mi rica hacienda.

Y obsequia a S. M. y a su séquito con una comida pantagruélica:

Venga en buena hora el Rey, que aunque soy pobre
bien puedo aposentarlo en mi cortijo;
no ha de costarle nada la posada;
parte, Benito, y mata un par de bueyes,
veinte carneros, treinta o más cabritos;
desnuda el palomar, no quede apenas
un nido en él; vosotros con ballestas
mataréis los conejos que pudiereis,
y coma el rey de balde con su gente.
No quede ni un tocino que no gasten,
gracias a Dios, que para todos tengo,
y más ahora que Leonor me falta.

En la Mancha, como en otras regiones, sólo por excepción se hallaban presentes en sus tierras los grandes Señores. El año 1574 estaba confinado en Abenójar don Fadrique Alvarez de Toledo, Marqués de Coria y después IV Duque de Alba y, aunque había ido allá a la fuerza, no parece que le desagradara la vida campestre. Así resulta de sus cartas donde nos refiere el recibimiento que se le hizo, su género de vida, su trajín de rico labrador que mira por su hacienda. " Yo estoy, bendito Dios, muy bueno -escribe al señor Juan Albornoz, secretario del Duque- y tengo hoy aquí todos los posesioneros de mis dehesas para tratar del arrendamiento. Quisiera que me viérades por un agujero la maña que me doy con ellos, por que estoy ya vano de que he de salir desta vez tan diestro en estas cosas que, por entenderlas mejor que otras, he de dexar por ellas todas las demás" (Abenoxa, 9 de 'abril de 1574) (79).

Las raras estancias de los grandes señores en sus propiedades solían redundar en beneficio de los vasallos y arrendatarios, a los que también con otros motivos procuraban remediar. El Gran Duque de Alba nunca se olvidó de respetar disposiciones de tal desprendimiento como la última de su abuelo, pocos días antes de morir, para desacotar los cotos de caza y entregarlos con la roturación al aprovecha miento de los vecinos (80).

Estos nobles señores y los demás agricultores hacendados servíanse de mozos de labor, que escaseaban y no estaban mal pagados. Sancho ganaba cada mes dos ducados amén de la comida; tan a gusto se hallaba con sus haberes modestos, pero seguros, que no quería estar a mercedes y por eso pide a su amo que le señale salario conocido de lo que le ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere (82). Aun el malaventurado muchacho que servía de criado al iracundo Juan Haldudo ganaba "a siete reales cada mes" aunque había que descontarle "tres pares de zapatos...y un real de dos sangrías".

El amo, si era cristiano y bien nacido, sentíase identificado con su criado como la cabeza con el resto del cuerpo: "...así, siendo yo tu amo y señor -decía Don Quijote- soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres mi criado; y por esta razón el mal que a mi me toca, o tocare, a ti te ha de doler y a mí el tuyo". y más adelante pondera la carga que los criados constituyen para sus señores: " ...que el (pensamiento) de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto; contrapeso y carga que puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado y está velando el señor pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor que ha de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y abundancia" (82). No de otro modo pensaba Sancho cuando decía satisfecho de su suerte: "...en resolución los que servimos a labradores, por mucho que trabajemos de día, por mal que suceda, a la noche cenamos olla y dormimos en cama" (83).

Estos mozos de labranza y los propietarios de corta hacienda que labraban por sus manos empleaban en las faenas mulas y bueyes, más estimadas aquéllas por ser más caras puesto que valían al fiado, en tres plazos, no menos de treinta mil mrs. Con razón, pues, representaban una fortuna para el labrador, como dice Luján en Peribáñez:

Si consideras
lo que un labrador adulas,
será darle un par de mulas
más que si a Ocaña le dieras.
Este es el mayor tesoro
de un labrador (84).

También se usaban para andar en ellas y, especialmente los machos de buen andar para transportar cargas a lomos (85). En pareja estima se tenía, por su rapidez, a las yeguas

que oí decir a un hidalgo
que era bienaventuranza
tener en las ocasiones
dos yeguas buenas en casa,

de manera que quien las posee puede darse por feliz (86).

Los bueyes, de fácil sustento en los baldíos y pastizales de los bienes de propios y comunes o en las propias tierras del dueño, eran mucho más empleados en la labranza. Como las mulas, tiraban de arados romanos y carretas de ruedas radiadas y con las yeguas y caballos arrastraban por las parvas trillos empedrados.

¿y qué decir del asno, compañero inseparable del labrador? Sabidas son las graciosas alabanzas que Sancho le prodigaba, no por extremadas menos verdaderas, pues en verdad el .jumento es nacido en la misma casa del labrador, casi hijo de sus entrañas por los cuidados que le presta, brinco de sus hijos, regalo de su mujer, envidia de los vecinos, alivio de sus cargas, prenda, vida, descanso, regalo, bien, compañero y amigo suyo, conllevador de sus trabajos y miserias con su andar reposado y llano, y sustentador de la mitad y aun más de su persona (87).

El buen labrador de nada se cuida tanto como de los mansos brutos que le permiten realizar las duras faenas de su oficio. Les da la ración de pienso a horas fijas, ahechándoles la cebada y limpiándoles los pesebres, dándoles paja y agua (88). Casilda ayuda a su marido en esta tarea tan grata:

Mientras él paja les echa
ir por cebada me manda;
yo la traigo, él la zaranda,
y deja la que aprovecha.

Con estos animales de trabajo forman coro otros varios, todos. útiles, en el corral del labrador:

En el gallinero quise
estar oculto...
... ... ... ... ... ... ... ... ...
...con las palomas topé
... ... ... ... ... ... ... ... ...
Los gansos han despertado
gruñe el lechón, y los bueyes
braman. ..

No está todo hecho con cuidar del ganado de labor; su dueño tiene también que protegerlo contra los gitanos que piensan, como el viejo de. "La Gitanilla", que para ellos "se crían las bestias de carga en los campos" y hacen su agosto en septiembre. Están avezados al hurto, son duchos en hacer pasar por buenos, echándoles azogue en los oídos, animales inservibles. Se les ve en todas las ferias de ganados y de ello se aprovecha Ginesillo poniéndose en traje de gitano "por no ser conocido y por vender el asno" (89).

El labrador, si es hidalgo y rico, vive en casa "ancha como de aldea; las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la bodega en el patio; la cueva en el portal, y muchas tinajas a la redonda..." (90), ancho corral, cuadra y granero amplios. Si es pobre y plebeyo, faltan las armas y se reducen mucho esas proporciones. Las ventanas al exterior son pocas, según costumbre morisca; a veces solamente una: la piquera del pajar (91). En el interior adornan las blancas paredes pobres sargas, en vez de tapices, cruces de espigas y pajas con amapola, manzanillas y retamas. El lecho lo forman unos bancos sobre los cuales, cuando hay con qué, van .los colchones, sábanas, frazadas, mantas y vistosas colchas. Si faltan los colchones, basta con una estera (92).

El traje del labrador manchego era idéntico al de los otros campesinos castellanos. Se usaba más aquí la morisca faja y no faltaban la capa, como "la pardilla" de Peribáñez, el capote de haldas, los calzones, polainas y montera. En las fiestas se engalanaba y rompía unos zapatos nuevos (93), aunque no había esperanza de que a sus galas se rindiese alguna rica labradora, bien guardada por la codicia de su padre (94). A veces, porque los campos eran temerosos, lleva armas: una lanza tenía Juan Haldudo "arrimada a la encina adonde estaba arrendada la yegua" y, en alguna ocasión, hasta cargaban con la adarga (95). No faltaba algún hidalgo que vistiera bizarramente: don Diego de Miranda llevaba "gabán de paño fino verde. gironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo...; traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde".

Las mujeres campesinas vestían las prendas que nos describe Constanza en Peribáñez:

¿Qué galas llevas, Inés?

Inés. -Pobres, y el talle que ves.

Constanza. -Yo llevo unos cuerpos llenos
de pasamanos de plata.

Inés. -Desabrochado el sayuelo salen bien.

Casilda.- De terciopelo
sobre encarnada escarlata
los pienso llevar, que son
galas de mujer casada.

Constanza. -Una basquiña prestada
me daba Inés, la de Antón.
Era palmilla gentil
de Cuenca, si allá se teje,
y oblígame a que la deje
Menga, la de Blasco Gil,
porque dice que el color
no dice bien con mi cara.

Inés.-Bien sé quién te prestará
una faldilla mejor.

Constanza.-¿Quién?

Inés.-Casilda.

Casilda.- Si tú quieres
la de grana blanca es buena,
o la verde, que está llena
de vivos.

Para ir a misa las aldeanas pobres tocábanse la cabeza con las sayas en vez del manto que cubría a las ricas. En el campo se tocaban con un pañuelo de color que en algunos lugares (Caracuel) se colocaban entonces y hasta hace poco no sobre la cabeza, sino tapando la cara de la que sólo se ven los ojos, a usanza mora (96). Se empleaban en las faenas domésticas, en algunas agrícolas y en rastrillar lino o estirar estopa (97).

Del traje pasemos a la comida. Casilda nos dice los manjares que come con su esposo, Peribáñez:

Salimos donde ya está
dándonos voces la olla,
porque el ajo y la cebolla,
fuera del olor que da
por toda nuestra cocina,
tocan a la cobertera
el villano de manera
que a bailalle nos inclina.
Sácola en limpios manteles,
no en plata ,aunque yo quisiera;
platos son de Talavera,
que están vertiendo claveles.
Aváhole su escudilla
de sopas con tal primor,
que no la come mejor
el señor de nuesa villa. ..
Bebe y deja la mitad,
bébole las fuerzas yo,
traigo olivas, y si no,
es postre su voluntad.
Acabada la comida,
puestas las manos los dos,
dámosle gracias a Dios
por la merced recibida...

Otras veces el postre era arrope morisco.

Sabidos son los alimentos de Don Quijote: una olla de algo más vaca que carnero porque éste era más caro, salpicón también de vaca, duelos y quebrantos, lentejas y algún palomino. Por su parte, Sancho después del forzado ayuno de la ínsula cenó "salpicón de vaca con cebolla y unas manos cocidas de ternera". Ya hemos dicho de los obsequios de Tello en su cortijo al Rey que le visita inesperadamente. Todo esto se regaba con abundante vino. Un segador de Peribáñez, puesto a exagerar, estaba pronto a beberse azumbre y media. Cuando Don Quijote comió con los cabreros "no estaba... ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria) , que con facilidad vació un zaque".

Si la comida se hacía de camino, sacábase de las alforjas lo que en ella se había puesto, que solía ser alguna vez embutido y las más queso, cebollas, avellanas, nueces, algarrobas y el pan indispensable, y se empinaba de cuando en cuando la bota que no faltaba nunca (98).

Ciertas solemnidades religiosas y fiestas profanas rompían la uniformidad de la vida aldeana. En aquéllas participaban las cofradías de cada advocación (99) y el pueblo entero en ocasiones extraordinarias de sequía u otras "venía en procesión a una devota ermita. ..pidiendo a Dios abriese las ,manos de su misericordia y les lloviese" (100). Antiguas eran las fiestas de San Antón y San Juan con su arrayán y su verbena y sus relinchos. En Pascua de Flores se comía el hornazo "con sus picos y sus huevos" (101).

Fiestas profanas eran las comedias, las danzas de gitanos, los toros encintados o de muerte que caían en los improvisados cosos a manos de caballeros armados de lanza o morían de muerte vil a pura garrocha o con el acero mohoso de un cobarde lacayo acometiendo por detrás, que mucho respeto inspiraban los cuernos y como se decía, "de cuernos, ni aun tintero" (102). Cuando acertaban a pasar caravanas de gitanos, "en todas las aldeas y lugares... había desafíos de pelota, de esgrima, de correr, de saltar, de tirar la barra y de otros ejercicios de fuerza, maña y ligereza..." (103). Cantos y bailes amenizaban algunas faenas agrícolas y otras ocasiones al son del rabel, del tamboril y de las voces del tamborilero, del salterio y del adufe bien templado "104). En "El galán de la Membrilla" trae Lope un baile demasiado anacreóntico para resonar en el campo manchego:

Ibase el amor
por entre unos mirtos
en la verde margen
de un arroyo limpio.
Los niños con él
tras los pajarillos
que de rama en rama
saltan fugitivos
... ... ... ... ... ... ... ...
Abejitas me pican, madre;
¿qué haré, que el dolor es grande?

A veces algún viaje distraía también de las faenas ordinarias, ya para asistir a alguna gran fiesta en la lejana ciudad a cuyo objeto preparaban "un famoso carro" aderezado con plantas y tapetes o reposteros, ya montadas las mujeres sobre pollinas, "ordinaria caballería de las aldeanas"" y el labrador "sobre su jumento como un patriarca con sus alforjas y botas" (105). Cuando los que viajan son arrieros, "si acaso se queda por sacar alguna rueda de algún atolladero, más se ayudan de dos pesetas que de tres mulas". Ocasión ordinaria de muchos viajes era la asistencia a ferias y mercados o solamente la necesidad de acudir a la ciudad o a alguna villa grande en demanda de artículos que faltan en la aldea {106).

"La gente manchega es tan colérica como honrada y no consiente cosquillas de nadie" (107). Sin embargo Sancho es "hombre pacífico, manso, sosegado" y sabe disimular cualquier injuria porque tiene mujer e hijos que sustentar y criar, mas no por ello deja de sentirse orgulloso de su sangre que, aunque pobre, es cristiano viejo y no debe nada a nadie. La manera de ser de Sancho la comparten muchos de sus paisanos. Sin embargo, no confundamos su mansedumbre y sosiego con el servilismo y, aun menos con la pereza.

Antes del alba Don Quijote y su escudero en el Toboso "vieron que venía a pasar por donde estaban uno con dos mulas, que por el ruido que hacía el arado, que arrastraba por el suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que había madrugado antes del día a ir a su labranza, y así fue la verdad. Venía el labrador cantando aquel romance que dice:

Mala la hubisteis, franceses,
en esa de Roncesvalles.

Después de cambiar unas palabras con el labrador, éste se despide porque "ya viene el alba" y se hace tarde.

En los días largos del estío el sol convida y aun fuerza a dormir la siesta. Torna luego al trabajo el campesino y "cuando se muestra el lucero", dice Casilda en "Peribáñez", viene el esposo labrador del campo

de su cena deseoso.
Y vámonos a acostar,
donde le pesa a la aurora
cuando se llega la hora
de venirnos a llamar (108).

Así termina la jornada del labrador cuya vida hemos intentado contar. Mañana, a la hora del alba, tornará a regar con el sudor de su frente la noble tierra que le sustenta.

_____

(61) Caro Baroja: "Los pueblos de España", cap. XVI.

(62) D. Quijote, parte 2ª, cap. XIII.

(63) Lope de Vega: "Peribáñez", acto I, esc. 1ª, v. 56-60.

"Ni el vino blanco imagino
de cuarenta años tan fino
como tu boca olorosa;
que como al señor la rosa,
le huele al villano el vino".

(64) Obra citada en la nota 3.

(65) D. Quijote, parte 2.., cap. LIII.

(66) Peribáñez, acto 1º, esc. 1ª, v. 61.

(67) Caro Baroja; Obra citada. Antonio García Maceira; "La agricultura de los árabes". Abuzacaria: Libro de Agricultura, cap. III.

(68) Horacio, Epist. II, I, 139-146. Caro Baroja, "Los pueblos de España", cap. XVI.

(69) D. Quijote parte 2, cap. X. Ibidem parte 1. cap. XII.

(70) Peribáñez, acto 1º, esc. 1ª.

(71) V. Fermín Caballero. "Pericia geográfica de Cervantes".

(72) Caro Baroja, obra citada y Azorín "La ruta de D. Quijote". Ed. Losada. Buenos Aires, 1944, cap. XI, pág. 116.

(73) D. Quijote, parte 1ª. cap. XXXI.

(74) Ibidem, parte 2ª, cap. XVIII.

(75) Peribáñez, acto II, esc. 5ª.

(76) D. Quijote, parte 2ª, cap. LII.

(77) Ibidem., parte 1ª, cap. XXV.

(78) A. Salcedo Ruiz y J. Caro Baroja, obras y lugares citados.

(79) Duque de Berwick y de Alba: "Contribución al estudio de la persona del III Duque de Alba, Madrid, 1919, pág. 167-168 y nota 61. V. Antonio Marichalar Marqués de Montesa: "Las cadenas del Duque de Alba" en Revista "Escorial" nº 54. Madrid, 1947, pág. 92.

(80) Duque de Alba, obra citada, pág. 51.

(81) D. Quijote, parte 2ª, cap. XXVIII y VII.

(82) Ibidem, cap. II y XX.

(83) Ibidem, cap. XXVIII.

(84) Peribáñez acto 1º, esc., XII y XV.

(85) D. Quijote parte 2ª, cap. XXIV.

(86) Peribáñez, acto III, esc. 27 y 10.

(87) D. Quijote parte 1ª, cap. XXII XXX y parte cap. XI y LIII.

(88) Ibidem, parte 1ª, cap. III y parte 2ª, cap. XXV.

(89) Ibidem, parte 1ª, cap. XXX.

(90) Ibidem parte 2ª cap. XVIII.

(91) Ibidem, parte 1ª, cap. XLIII.

(92) Ibidem, cap. XVI.

(93) Peribáñez acto II, esc. v. 950-951.

(94) El galán de la Membrilla.

(95) D. Quijote, parte 1ª, cap. IV. "Coloquio de los perros".

(96) D. Quijore, parte 1ª, cap. IV, XIX y XXVIII. Parte 2ª, cap. V. y XXI. Peribáñez, acto 1º, esc. 13 y 22; acto II, esc. 23.

(97) D Quijore, parte 1ª, cap. XXV y parte 2ª, cap. V.

(98) Ibidem, parte 1ª, cap. VIII, X y XXXI y parte 2ª, cap. XIII.

(99) Peribáñez, acto II, esc. 1ª. D. Quijote, parte 1ª, cap. XXI.

(100) D. Quijote, parte 1ª, cap. LII.

(101) Caro Baroja, obra citada y Peribáñez, acto I,esc. 1...

(102) Peribáñez, acto I, esc. 2ª, 3ª. y 4ª.

(103) Cervantes "La Gitanilla".

(104) Peribáñez, acto I, esc. 1ª. y acto II, esc., 8ª. D. Quijote, parte I, cap. XI.

(105) Peribáñez, acto I, esc. IX, v. 509-510. D. Quijote, parte I, cap. VII.

(106) Peribáñez, acto I, esc. IX, v. 512-513.

(107) D. Quijore, parte I, cap. XV.

(108) Peribáñez, acto I, esc. XII, v. 710 y 760-63.