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DOS EPOCAS EN EL ENCAJE ESPAÑOL: LOS AUSTRIAS Y LOS BORBONES

VILLOLDO DIAZ, Natividad

Publicado en el año 1996 en la Revista de Folklore número 181.

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Con la muerte de la reina Isabel la Católica en 1504 muy cerca de aquí, en Medina del Campo, se inicia la dinastía de los Austrias en España. Su hija doña Juana I de Castilla, heredera del trono, tuvo que renunciar a reinar debido a que se consideró que su estado mental era deficiente. Su esposo don Felipe "el Hermoso" consigue que se le reconozca a él la regencia, y muerto éste en 1506 su hijo Carlos de Austria gobierna como rey mientras que su madre Juana vivía recluida en Tordesillas.

Este rey fue llamado Carlos I de España, emperador de Alemania, y con él comienza la dinastía de los Austrias que abarca los siglos XVI y XVII. En la etapa de hegemonía España vive un momento cultural y artístico inigualable que tradicionalmente se conoce como "Siglo de oro". Los reyes de esta dinastía fueron Carlos I, Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II. Este último gobierna hasta 1700 y da paso a la dinastía de los Borbones que comentaremos más adelante.

Lógicamente los encajes no aparecen de forma espontánea. Antes del reinado de los Austrias y con la conquista de Granada se fusionan las culturas árabe y cristiana adquiriendo preponderancia las artes decorativas en el arte renacentista español.

Si bien en España hay muchos encajes en los siglos XIII, XIV y XV, comenzaremos situándonos en la pintura de los grandes pintores españoles. Así Pedro Berruguete con anterioridad a 1504 pinta el Sermón de San Pedro mártir. Aquí aparece en la camisa de una dama un encaje muy sencillo trenzado de traza geométrica. De estas mismas características son los trenzados segovianos que se guardan en varios museos.

Los trenzados segovianos se realizaban con bolillos y adornaban sobre todo trajes, delanteros de cama y paños de ofrenda. Acompañan casi siempre a maravillosos bordados segovianos. Suelen ser bicolores, siendo las bicromías más frecuentes las de melado-azul, azul-blanco, rojo-negro y marrón-blanco. Con menos frecuencia aparecen el verde-marrón y los encajes de un solo color en blanco o marrón. Asimismo se realizaron con metales y seda y acompañados de perlas o piedras preciosas.

En España los encajes de oro, plata y seda se llamaron pasamanos, tomando el nombre de randas los de hilo blanco, donde se mezcla en ocasiones éste con hilos de color o metal. Pasamanos era un término genérico que abarcaba "galones", "trencillas", "cordones", etc. Los trabajos fueron perfeccionándose y embelleciéndose, con mucha variedad en los dibujos y empleándose hilos muy finos hasta que se consiguieron verdaderos encajes.

Randa fue la primera denominación que se dio a los encajes. Su origen etimológico está en el alemán "Rand", "borde". El término "puntas" se utilizó cuando la labor se hacía por separado de la tela y había que encajarla después de hecha.

Los encajes corresponden a dos modalidades: los hechos con aguja y los realizados con bolillos, mucho más abundantes. Las estrechas relaciones de España con Italia en esa época hacen que ambos países utilicen técnicas muy parecidas de influencia árabe.

En el inventario de los bienes de Doña Juana I de Castilla, hecho en 1509, encontramos gran abundancia de dechados o modelos citando también dedales, alfileres, sedas, agujas para malla, etc. Son la contrapartida a los libros de modelos publicados en Alemania, Italia o Francia. En 1584 Dominico de la Sera publica su Livre de lingerie y confiesa que sus modelos fueron tomados durante su viaje por España y otros países. En sus orígenes los encajes a la aguja se hacían recortando el tejido. Se festoneaba el contorno del dibujo que se deseaba vaciar y después se llenaban los huecos con hilos anudados. Estos encajes se llamaban Puntos cortados. Otros encajes que se realizaron con gran profusión en los monasterios y destinados especialmente a usos litúrgicos fueron las reticellas. Estos encajes se hicieron en España en las mismas fechas que en Italia. En Valladolid vivió mucha burguesía italiana, así como algún librero. Es fácil comprender que tanto alguna religiosa procedente de conventos italianos como las damas italianas muy relacionadas con la nobleza de la corte, introdujeran en Valladolid estos encajes, hasta el punto de que los Reyes Católicos consideraron la necesidad de regular su uso a través de una pragmática dada en Granada en 1498, sobre los detalles del vestido, en la que se citan en concreto los encajes de "reticella".

Tanto las reticellas realizadas con aguja, como los trenzados segovianos de bolillos utilizan los mismos dibujos, y tanto los unos como los otros se dibujaban sobre pergamino.

Otros encajes que abundaron en esta época fueron las famosas Mallas españolas, de las que existen en el s. XVI muchas variantes. Labradas con las técnicas del tejido y pasado proliferaron las mallas realizadas en blanco con los dibujos bordados en colores muy fuertes. Su uso estuvo destinado sobre todo al ajuar doméstico y litúrgico. Los temas sobre todo son religiosos y heráldicos.

De gran tradición es el uso de los maravillosos delanteros de cama de zonas de Salamanca y paños de ofrenda. Hoy se conservan en museos, pero aún en ciertas zonas de la Peña de Francia se viven estas tradiciones. Estas prendas constituyen las piezas más valiosas del patrimonio familiar y es muy difícil tener acceso a las mismas. Su uso litúrgico y como decoración de muebles hicieron necesario el uso de materiales metálicos y sedas polícromas. Se trata de una de las características más genuinas del encaje español.

La modalidad más importante de Puntos de España la encontramos en los Frisados de la Escuela de Valladolid, con técnicas de aguja, y fueron llamados así por haberse desarrollado con gran primor en la fundación de Carmelitas de Santa Teresa de la ciudad castellana. Fueron encajes destinados principalmente al culto. Se trataba de un arte suntuario, extendiéndose al ornato del traje, carruajes, muebles, etc. El estandarte de la Inquisición de Valladolid estaba realizado con encajes frisados.

El encaje va evolucionando lentamente durante la primera mitad del siglo XVI, pero al terminar el siglo el encaje se había desarrollado adquiriendo gran importancia. La composición muy elemental de dibujos geométricos básicos formando puntas triangulares de 1 cm. de anchura se va transformando y aumentando las dimensiones. Ya en el reinado de Felipe II se complican las composiciones con motivos triangulares, curvos o rectilíneos; al terminar el siglo los motivos se realzan con detalles complementarios tanto en las puntas como en la base, alcanzando hasta los 12 cms. de ancho. Las puntas dejan de ser lo más importante y los encajes se redondean en su extremo repitiendo los temas de círculos inscritos en cuadros. Todos los motivos son muy macizados siendo característica general la complicación.

En 1534 el emperador dicta una pragmática prohibiendo el uso de brocados y trabajos de oro y plata, debido a que se había extendido excesivamente.

Se llevaban los encajes en el cuello y puños de las camisas. Felipe II al enviar regalos a María Tudor creyó imprescindible incluir encajes de oro y plata como producción netamente española.

Asimismo tenemos referencias de encajes en D. Quijote de la Mancha, donde Sanchica, hija de Sancho Panza que representa al pueblo más humilde "hace puntas de randas, gana cada día ocho maravedís, ahorros que los va echando en una alcancía para ayudar a su ajuar".

Otros encajes fueron los denominados Soles, realizados a la aguja. El centro del dibujo consiste en un sol, por lo que en Castilla se llamaron "soles salmantinos". En Cataluña se realizaron otros soles parecidos, pero con dibujos más variados y hebras más finas que se denominaron Puntos de Cataluña.

El gran comercio que Castilla mantiene con Flandes y el de Cataluña con Francia e Italia influye para que los encajes se enseñen y fabriquen en otros países, introduciéndose en España el uso de bolillos de Flandes e Italia. El traje fue adquiriendo mucha importancia y Catalina de Aragón, hermana de la reina Juana I, al desposarse con el príncipe Arturo de Inglaterra, llevaba entre sus trajes encajes de seda negra "al estilo de España" y durante su reclusión en el castillo de Aupthill dice el poeta Taylor: "se pasaba los días manejando diligentemente la aguja". En 1562 se encontraron en su guardarropa setenta centímetros de encaje negro de España.

Los encajes se aplicaron en el cuello y puños de las camisas, generalizándose en la época final de Felipe II.

Con estos datos terminamos el s. XVII y la época más importante del encaje con producciones específicamente españolas.


En la etapa de los Borbones que trataremos a continuación prevalecieron los encajes con influencias extranjeras, principalmente francesas o flamencas.

Con la llegada de los Borbones un nuevo estilo vendrá a España. El primer rey Borbón, Felipe V, gobernará de 1700 a 1746; Fernando VI ocupa el trono de 1746 a 1759; Carlos III, que tenía una brillante experiencia como rey de Napóles reinó desde 1759 a 1788 y finalmente Carlos IV, que gobernó de 1788 a 1808, siguiendo Fernando VII e Isabel II.

Durante esta época la iglesia sigue teniendo grandes parcelas de poder, el clero y la aristocracia dan boato a las solemnidades religiosas costeando capillas y ornamentos sagrados que en muchas ocasiones se importan cuando asisten a concilios en el extranjero.

Dos vertientes se unen en esta época: el recuerdo de la tradición de los encajes nacionales y la influencia francesa que a su vez presentaba muchas características italianas y españolas. Durante el reinado de Felipe V los gustos que se importan a la corte son los que predominan en Versalles, dándose el caso de que en ocasiones se copiaron las obras francesas ignorando que a su vez habían sido copiadas de España.

Simón Chatelain introdujo en Francia el Punto de España, según Mme. Bury Palliser y en la corte de Valois fue exagerado el lujo de los encajes de oro, plata e hilo llegando a tener tal importancia los Puntos de España que se dictaron decretos condenando las falsificaciones en los que se sustituía oro por cobre. De todas formas las modas francesas al llegar a España se modifican. El encaje a la aguja decae, aumentando la producción de bolillos. El encaje en España presenta un mayor barroquismo, emplea hebras más gruesas de hilo generalmente "hilado en casa" y enriquece las obras incluso con lentejuelas aumentando el grosor de las hebras metálicas. El gusto por el encaje de color se desarrolla utilizando sedas, ofreciendo decoraciones muy ampulosas y recargadas. Pero aún llegaron más lejos dando lugar a un encaje que define nuestra personalidad: la Blonda española, que utiliza la seda torcida o grandadina para el tul y la seda floja o lasa para los nutridos. Las damas de la nobleza se aficionaron a los encajes de blonda. Nuestros encajes, sobre todo las blondas realizadas en Almagro y Cataluña, se imponen en Francia y en la corte de María Antonieta. En el registro de trajes de la reina dice Mme. Elagge: "No hay página del libro de la modista en que no figure la blonda a la manera española". Pero para vender estos encajes al país vecino había que decir que eran de procedencia francesa.

La prenda que es el orgullo de la moda española es la mantilla. En un principio se utilizaba el encaje como guarnición. El centro solía ser de seda o terciopelo, pero a finales del s. XVIII estas mantillas se hicieron completamente de encaje. Así lo vemos en la pintura de Goya de la reina Mª Luisa. Los primeros encajes de blonda fueron blancos del color de la seda natural. Posteriormente se realizaron tanto en blanco como en negro.

En Cataluña a finales del s. XVIII el encaje toma gran importancia. Con motivo de la revolución francesa dejan de fabricarse encajes de Valenciennes, Chatilly y otras regiones productoras de encajes. Es entonces cuando se pide a Cataluña desde Francia una producción superior a la que se fabricaba hasta entonces; en la guerra de la independencia se pagaba a las obreras del llano de Barcelona, 2,5 francos por día, dándoles seda y dibujos. Estos trabajos se llevaban a París y allí se vendían nuestras blondas como variantes de Chantilly, que los compradores suponían hechas en Francia. También en Cataluña se consiguió gran perfección en los encajes de Chantilly y nace el encaje más representativo de Cataluña: el Ret.fi catalán, una variante de la blonda con características peculiares.

Galicia fue otro foco impulsor del encaje. Tenemos numerosísimos datos. En la primera mitad del siglo XVI hay versiones que aseguran que los acompañantes del conde D. Fernando de Andrade, nobles y soldados, pasaron a Flandes y que a su regreso de los Países Bajos importaron estos trabajos caseros. De cualquier modo en los archivos el primer documento data de 1753. En el Libro Real de Leyes de la Feligresía de S. Jorge de Buría, figuran unas personas que se las regula como "tratantes de encajes". Se realizaron muchos encajes populares que se fabricaban con lino, ya que el país era gran productor de esta materia y muchos gallegos salieron a vender sus encajes a América. Es una industria familiar donde los niños comenzaban a los 5 años a mover los palillos.

Los encajes de Galicia son de tipo popular, pero existen muchas reminiscencias de los encajes de Salamanca y Astorga.

De Almagro ya dimos referencia en la época de los Austrias. A pesar de que la tradición popular indica que sus encajes fueron introducidos por los Fúcares, e incluso por las damas flamencas de la corte de la reina Juana, el único dato documentado es el que aparece en Don Quijote de la Mancha. Después, hasta 1796, no tenemos referencias, fecha en la que D. Juan Bautista Torres, trajo de Cataluña a su hermano Félix y a Dña. Serafina Alvi, esposa de éste y a otros acompañantes vecinos de Mataró, estableciendo en Almagro la fabricación de blondas y encajes, a los que aportaron elementos catalanes. En 1827 pasaban de 8.000 las personas que trabajaban en el encaje en numerosos pueblos de la Mancha con tres núcleos principales: Almagro, Puertollano y El Corral. El encaje de Almagro es de tipo geométrico y con una tendencia marcada a la venta, procurando obtener grandes espacios y mucha producción con la menor cantidad de hilo y trabajo. Las blondas se realizaron con gran perfección y gusto, pero en ellas se refleja un acusado influjo catalán.

En Tenerife se realizan desde el s. XVIII los Encajes de Tenerife, evolución de los soles de Salamanca con elementos decorativos muy simplificados. Son estrellas o soles encerrados en grecas o cuadrados recordando los viejos trabajos de Astorga, Salamanca y Extremadura.

En Madrid tienen fuerte impulso las encajeras reales. Como documento tenemos la fotografía de Isabel II, y ya en el s. XIX se continúan haciendo encajes, pero la aparición del maquinismo, entre otras causas, provocó una fuerte decadencia. Hoy en día muchos de nuestros encajes se guardan en museos extranjeros, en demasiadas ocasiones sin catalogar indicando "procedencia desconocida" o "posiblemente procede de Italia o España".

Afortunadamente, a pesar de los expolios sufridos, aún se conservan en nuestros museos y colecciones privadas verdaderas obras de arte.