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LOS ESPACIOS DE LA LITERATURA ORAL EN ANDALUCIA: EL TRABAJO, LA FIESTA Y LA FAMILIA

RODRIGUEZ BALTANAS, Enrique J.

Publicado en el año 1996 en la Revista de Folklore número 181.

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La literatura oral ha formado parte durante siglos de las actividades cotidianas de los hombres y mujeres de Andalucía, de manera más o menos pareja a lo que ha sucedido en el resto de España. En las últimas décadas, sin embargo, la literatura tradicional -y, en general, la literatura oral-, ha venido sufriendo una importante desvitalización a consecuencia, fundamentalmente, de los nuevos modos de vida de corte urbano que se ha impuesto por doquier, homogeneizando, uniformando e imponiendo hábitos comunes a toda sociedad industrializada, a costa, la mayoría de las veces, de la pérdida de ritos seculares caracterizadores del mundo rural, espacio natural para la conservación de este tipo de literatura popular.

Avezados encuestadores de la literatura oral relataban así su experiencia a este respecto durante la encuesta romancística que les llevó a explorar en 1977 una extensa zona del noroeste peninsular: "La comparación entre el estado de la tradición oral en el primer cuarto de siglo y el último puso en evidencia el proceso irreversible de desvitalización de la tradición, debido a la nivelación de las culturas autóctonas por el rasero único de la cultura ciudadana" (1).

La modificación de la vida cotidiana se ha operado en función tanto de la alteración de la estructura socioeconómica como de la introducción masiva de la moderna tecnología. En cuanto a la estructura socieconómica, es sobre todo relevante el paso de una familia extensa -constituida por numerosos parientes que conviven bajo un mismo techo- a una familia nuclear en la que en muchos casos ambos cónyuges trabajan fuera del hogar, quedando la guarda y crianza de los niños en manos de personas ajenas al círculo familiar.

Sin lugar a dudas, han sido los medios de comunicación de masas los más potentes inductores de los cambios operados en las formas de vida tradicionales. Los media, especialmente los audiovisuales, han reducido la necesidad de las antiguas diversiones colectivas y, sobre todo, han traído al hogar, con una velocidad de vértigo, la noticia -precisa, rápida, objetiva- de lo que ocurre en el otro extremo del mundo. En este sentido, el noticiario el serial o el documental que acaparan nuestra atención ante la pantalla televisiva constituyen el sustituto perfecto de las antiguas narraciones de cordel, último intento del romancero por ser protagonista de la comunicación colectiva.

Oigan ustedes, señores
y escuchen con atención
para explicar este crimen
que es digno de compasión
en la provincia de Soria,
en Duruelo apareció
una joven desgraciada
muerta por un puñal traidor...

A su vez, la tecnología introducida en los últimos tiempos en tantos aspectos de la cotidianidad no es un factor menor a la hora de debilitar la transmisión oral. Por una parte, la mecanización progresiva del campo o de la mar ha transformado las tareas agrícolas y marineras imposibilitando aquellos momentos en los que, para sobrellevar la dureza, los campesinos, los pastores, los pescadores, los artesanos, etc... entonaban un amplio repertorio tradicional, muchas veces característico y peculiar de su oficio, o de determinadas labores (cantos de siega, de trilla, etc.). Por otra parte, la tecnología se ha introducido también plenamente en los hogares, aligerando sustancialmente el trabajo doméstico, pero perdiéndose así la ocasión que representaban los ratos en que las mujeres de la casa o de la vecindad se reunían para planchar o coser, y entretenían sus quehaceres cantando o relatando viejas historias.

De esta forma, poco a poco, el texto oral ha ido perdiendo la mayoría de sus espacios tradicionales: el hogar, el campo, la calle, la plaza... No obstante, tal vez a causa de su marginación relativa con respecto al mundo laboral, han sido las mujeres -aunque cada vez menos- las que han seguido entonando, solitarias, una vieja canción de cuna o, de vez en cuando, han tarareado la vieja copla de corro aprendida en la infancia.

Un sector en el que se ha sentido particularmente el abandono de las formas poéticas orales ha sido el de la infancia. Los niños, seres eminentemente sociables, han sido hasta hace poco un excelente canal transmisor, pues sus ámbitos de juego y de relación así lo favorecían. Además el niño, como sujeto transmisor ofrece unas condiciones muy peculiares, pues su forma de aprehensión del mundo es radicalmente distinta de la del adulto y, consecuentemente, modela su expresión poética según tales coordenadas (2). En este sentido, la fuerza con la que los medios audiovisuales han ido interviniendo en la educación infantil -reglada y no reglada- ha producido un alejamiento de los niños de su propia memoria tradicional y la inserción en un universo estandarizado y uniforme, ajeno por completo a su herencia cultural originaria.

No es extraño, así, que la tradición oral viva hoy su momento más crítico. Ello se manifiesta en la creciente imposibilidad de manifestarse de forma espontánea y en su medio natural, en sus espacios tradicionales. La espontaneidad de la expresión poética colectiva no es más que la prueba de su misma utilidad, de su relación viva con el medio, de su capacidad para manifestar los interrogantes de la sociedad en que se produce.

La Andalucía de hoy -tan alejada de la iconografía romántica y costumbrista de finales del siglo XIX- no es una excepción en este panorama. Todavía en su novela La Gaviota (1856) Fernán Caballero describía así la riqueza oral que atesoraba la cultura tradicional andaluza:

"El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son estos boleros, ya tristes, ya alegres; el ole, el fandango, la caña, tan linda como difícil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el romance. La tonada del romance es monótona, y nos atrevemos a asegurar que, puesta en música, pudiese satisfacer a los dilettanti ni a los filarmónicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decir encanto) es en las modulaciones de la voz que lo canta; es en la manera con que algunas se ciernen, por decirlo así; y mecen suavemente, bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejándolo morir. Así es que el romance, compuesto de muy pocas notas, es dificilísimo cantarlo bien y genuinamente. Es tan peculiar al pueblo, que sólo a estas gentes, y de entre ellas a pocos se lo hemos oído cantar a la perfección; parécenos que los que lo hacen, lo hacen como por intuición. Cuando a la caída de la tarde, en el campo, se oye a lo lejos una voz cantar el romance, con melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario, que sólo podemos comparar al que producen en Alemania los toques de corneta de los postillones, cuando tan melancólicamente vibran, suavemente repetidos por los ecos entre aquellos magníficos bosques y sobre aquellos deliciosos lagos. La letra del romance trata generalmente de asuntos moriscos, o refiere piadosas leyendas, o tristes historias de reos. Estos famosos y antiguos romances, que han llegado hasta nosotros de padres a hijos, como una tradición de melodía, han sido más estables sobre sus pocas notas, confiadas al oído, que las grandezas de España apoyadas con cañones y sostenidas por las minas del Perú".

Desde esa segunda mitad del siglo XIX en que escribía la Fernán Caballero a nuestros días, la situación ha cambiado radicalmente. Hoy, la mayor parte de la población andaluza ya no vive en el campo, en haciendas y cortijadas. Los cantos que acompañaban las faenas y labores, al mecanizarse éstas, han sido arrinconados en los más oscuros y recónditos lugares de la memoria individual y colectiva, y de hecho sólo pervive vivencialmente en personas de edad avanzada.

Hasta mediados de este siglo aún era posible oir cantar a las mujeres que aderezaban aceitunas en los talleres y almacenes de la provincia de Sevilla (en grandes pueblos como Utrera, Dos Hermanas, Alcalá de Guadaira), lo que constituía una curiosa pervivencia agrícola en un contexto protoindustrial, pero la mecanización de esos procesos, hasta hacerse plenamente industriales, ha enviado al paro a la mayoría de esas mujeres y las que quedan en activo no pueden cantar (aunque quisiera o supieran) porque el ruido ensordecedor y el ritmo de trabajo rápido impuesto por las máquinas se lo impedirían. Lo propio ha ocurrido, por poner otro ejemplo significativo, con los cantos de saloma de los almadraberos de Tarifa (Cádiz), que solían acompañar la boga en pos de la captura de los atunes con el canto ritual -y perfectamente acoplado al rítmico batir de los remos- de romances tradicionales como el de Tamar.

Expulsada parece que definitivamente del medio laboral, la literatura oral en Andalucía debe refugiarse ahora en pocos y raros momentos de la vida familiar y, sobre todo, en determinadas fiestas colectivas. En la provincia de Cádiz (Arcos de la Frontera, Tarifa, Jerez de la Frontera...), por ejemplo, aún es posible disfrutar, en los prolegómenos de la Pascua de Navidad, del canto de romances y otras manifestaciones de literatura oral que de forma espontánea y viva se produce en reuniones de gentes -sobre todo, de mujeres- que se agrupan en torno a un fuego y que reciben popularmente el nombre de "zambombas" por el instrumento principal con que se acompañan, aunque también se utilicen otros de procedencia doméstica como almireces, botellas de anís, panderetas, sonajas, etc.

Es verdad que si algunos géneros de literatura oral muestran hoy en Andalucía escasa vitalidad, otros, en cambio, se revelan pujantes e irreductibles. Es el caso, por ejemplo, del chiste, al que tan aficionados se muestran los andaluces. O el de fenómenos más locales como el de los troveros, auroros y pandas de verdiales de la Andalucía oriental. Por otro lado, fiestas tradicionales que parecían perdidas o mortecinas, como el Carnaval o los festejos de Moros y Cristianos, han vuelto en los últimos años con inesperada pujanza, acaso en razón de una nueva sensibilidad social que tiende a recuperar hipotéticas "señas de identidad" perdidas. A este respecto, no es menos interesante el fenómeno que ha producido esta nueva sensibilidad en cuanto a proliferación de iniciativas de recuperación y de utilización del folklore en general y de la literatura tradicional y popular en concreto como recurso didáctico en el ámbito escolar e incluso en el de los productos audiovisuales. Buen ejemplo de esto último es el éxito comercial obtenido por las versiones facticias de cuentos populares preparadas por Antonio Rodríguez Almodóvar. Por su parte, numerosos docentes han motivado a sus alumnos para que recojan en su medio familiar las viejas canciones y los añejos cuentos como otra forma de acercarse a la literatura y, al mismo tiempo, de profundizar en el conocimiento del entorno sociocultural en el que viven. La propia Consejería de Educación y Ciencia de la Junta de Andalucía potencia estas experiencias a través de los Proyectos "Demófilo" y "Literatura Oral" (4).

Cabe la duda de si estas iniciativas contribuirán al sostenimiento activo de la tradición. Si tal cosa ocurriera, nos encontraríamos con que la escuela -e incluso el "enemigo" audiovisual- se han convertido hoy en un eslabón inesperado de la cadena transmisora. La tradición no es plagio ni fotocopia, sino reinvención. Y a los espacios tradicionales de la literatura oral -el trabajo, la fiesta y la familia- pueden sucederles otros nuevos, o esos mismos espacios tradicionales pueden reconvertirse para nuevas funciones. Algo de esto se intuye en el ámbito andaluz y no es descartable que parecidas cosas sucedan en otras zonas del mundo hispánico.

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NOTAS

(1) SALAZAR, Flor: "Arte nuevo de recolección de romances tradicionales", en Voces nuevas del Romancero castellano-leonés, Madrid, Gredos, 1982, p. 25.

(2) Cfr. PELEGRIN, Ana: "Romancero infantil", en El Romancero. Tradición y pervivencia a fines del siglo XX, Cádiz y Sevilla, Universidad de Cádiz y Fundación Machado, 1989, pp. 355—369.

(3) Describen esta fiesta Pedro M. Pinero y Virtudes Atero, Romancerillo de Arcos, Cádiz, Diputación Provincial, 1986, pp. 24-25.

(4) VV. AA., Literatura oral. Guía del Profesor y Cuaderno del Alumno, Sevilla, Junta de Andalucía (Consejería de Educación), 1993.