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EN UNA COMUNIDAD DE PASTORES

ACIN FANLO, José Luis

Publicado en el año 1996 en la Revista de Folklore número 183.

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Como en cualquier área montañosa, en el Pirineo se basaba -o se centraba- la vida y la obtención de los necesarios y diarios recursos económicos en la ganadería, en el pastoreo y en su continuo trajín en busca de unas tierras y de unos pastos para la «cabaña» o rebaño. Todo estaba en función de su realización y de sus fases o etapas más importantes, desarrollándose el resto de las actividades -domésticas, agrícolas, festivas- dependiendo de las distintas fases que conllevaba el pastoreo —invierno/verano, trashumancia/estancia alpina; otoño y primavera, en los alrededores del lugar o, como ellos mismos decían, por los «bajantes»-. Todo un mundo adecuado a unas necesidades, y a la continuación de la vida tras la obtención de los escasos e invariados productos ofrecidos por el medio natural, que se sentía y del que se oía hablar desde el mismo momento del nacimiento de los herederos, desde los primeros instantes de la infancia, constituyendo asimismo un a modo de rito iniciático para aquellos más pequeños que, con el transcurso del tiempo -y no tardando mucho, ya que se empezaba a marchar con la «cabañera» apenas pasados los primeros diez años -serán los encargados de seguir llevando a cabo este peculiar y característico faenar, serán los protagonistas de conservar, perpetuar y transmitir la esencia y el ser del pastoreo como actividad, y del pastor como persona y oficio.

Este fue mi caso personal. Desde los primeros instantes, y a lo largo de mi vida, escuchaba -por transmisión directa y oral, por los muchos avatares y aconteceres de mi familia, y de mi padre concretamente, si bien por los trastoques habidos en la sociedad tradicional y por la fuerte emigración vivida en las zonas pirenaicas a partir de la década de los sesenta yo ya no iba a realizar ni a vivir tal actividad- el duro y solitario faenar diario de los pastores, sus continuas idas y venidas de la «tierra llana» o «tierra baja» a la montaña, sus trashumancias y sus estancias alpinas, sus conocimientos del terreno y de todo lo emanado del entorno y del medio natural, sus artesanías y sus supersticiones, y todo un complejo y atrayente -fundamentalmente a los ojos y a los oídos de un niño que guste y paladee la montaña y sus varios componentes naturales y humanos- engranaje que se mete -o metía- hasta la médula y del que ya no te puedes apartar ni olvidar nunca.

Por ello, desde aquellos primeros instantes sentí la necesidad de acercarme y de conocer una actividad estrechamente vinculada al medio, del que se protegían y al que protegían, y a la persona que lo llevaba a cabo, el pastor, ese ser tremenda y profundamente humanitario y con unos altos conocimientos y saberes por transmitir. Por ello, siempre que había una oportunidad, me iba a vivir unos días -aunque fueran unas mínimas horas- con un pastor y con su rebaño, apreciando de este modo todos y cada una de las etapas que tal actividad conllevaba. Y comprendiendo, según pasaban los años y se apreciaba el rumbo que tomaba la vida en la montaña, que era una actividad en total y profunda regresión, quedando cada vez menos pastores y -por lo tanto- perdiéndose todos los aspectos que la caracterizaban, llegando así a la conclusión que había que recoger aquellos últimos testimonios, aquellas últimas vivencias para que por lo menos subsistiera una documentación escrita y gráfica de una forma de laborar en vías de olvidarse, de un proceso que estaba viviendo sus últimos estertores.

POR MONTES Y VEREDAS

Los contactos con pastores fueron varios y diversos, siempre bajo la atracción de su persona y de su oficio. Pero de todos ellos -y dejando a un lado el más directo y propio, el familiar-, el que caló más profundamente en mi memoria y en mi retina fue el mantenido en septiembre de 1983 con Antonio Olivan Orús, pastor del pequeño y entrañable pueblo de Aso de Sobremonte (en las inmediaciones de Biescas y del valle de Tena, en pleno corazón del Pirineo Aragonés), quien a sus 61 años estaba dando los últimos coletazos de un trabajo otrora cotidiano y necesario. La experiencia, la vivencia, se efectuó al alimón con el etnólogo y amigo Enrique Satué Olivan, fruto de la cual se publicó un pequeño ensayo (1) del que proceden las citas localizables a lo largo de este trabajo.

La regresión ya aludida de esta actividad hacía inevitable -como lo es para cualquier estudio que se haga, pues su sustento está en el trabajo de campo- la visita directa, el íntimo y estrecho contacto con el pastor. Había que buscar una persona, un ejemplo, ya que cuando hizo "presencia la motivación ya no se disponía de pastores que viviesen en los pastos estivales —y mucho menos de forma representativa-". Así, tras una serie de contactos y de búsquedas por diversos lares pirenaicos, se llegó a la conclusión que "sólo la de Aso contaba con el suficiente arcaísmo en todas sus manifestaciones como para dedicarle un estudio presencial”. Presencia vivencial agudizada en aquel momento por la pronta jubilación del pastor, de Antonio, con lo que "su presencia en el puerto de Aso cada vez se hará más aleatoria e improbable, por lo que urgía la realización de esta convivencia", a lo que hay que añadir la suerte que tuvimos "de observar concentrados fenómenos que suelen darse con mayor dispersión; con lo cual el reportaje gráfico y oral ha sido más completo" (suelta del rebaño, el día de dar la sal a los animales, la selección del ganado, las reses muertas, las crías y sus varias y diversas problemáticas, y un largo etcétera de aspectos ya prácticamente olvidados en el momento de tomar contacto y de hacer el estudio).

Así, se decidió acometer este pequeño pero —para nosotros— atractivo estudio. Tras caminar largas horas por los altos montes, por los «puertos» en los que se concentra el ganado durante los meses estivales en busca del pasto más fresco y abundante, arribamos a la «mallata» (majada) de Aso de Sobremonte, en la que ya entrada la noche nos encontramos a Antonio. Una vez superados los recelos iniciales y lógicos, no despejados hasta que el pastor entrevió nuestras intenciones, empezamos a dialogar y a colaborar con los trabajos diarios, modo por el que —a su vez— descubríamos los entresijos de esta dura y solitaria actividad, medio para saber y comprender hasta en los más nimios detalles la función del pastor y del pastoreo, todo ello apoyado por "su comprensión hacia nuestro interés, y alta sabiduría popular", convirtiéndose Antonio "para nosotros en persona ideal". Con él convivimos en todos los quehaceres y en todas la horas del día y de la noche: nos levantábamos al amanecer para proceder a asearnos y a prepararnos el desayuno, para acto seguido dar la suelta al rebaño; limpiábamos todo el recinto -«mallata»- y cuidábamos de las reses que, por diversas circunstancias, no podían seguir a las otras por los montes; cuidábamos de las crías; preparábamos la comida; ayudábamos en la recogida del ganado a su vuelta; cenábamos a la luz del pequeño hogar, tras lo cual entablábamos una suculenta y provechosa conversación, de la que se nutría y nutriría nuestro trabajo, para finalmente echarnos a dormir en el pequeño espacio que contaba su caseta pastoril, y que él generosa y desprendidamente nos dejaba y compartía. Es decir, estábamos en todo momento realizando las mismas faenas que el pastor, convivíamos a todas horas y en todas las circunstancias.

Fruto de todo lo anterior fue apreciar cómo era el pastoreo y qué fases conllevaba, constatando que era una actividad que prefiguraba y configuraba el "carácter cíclico a la vida de la montaña", posibilitando que "el engranaje de actividades" fuera "perfecto, apiñándose en torno a la dualidad «Puerto—Tierra Baja»". Por medio de las palabras de Antonio, de lo que estábamos viendo y de lo que habíamos oído en anteriores ocasiones, pudimos reconstruir el ciclo pastoril anual completo, todas aquellas fases necesarias para el buen desenvolvimiento de la vida y de la sociedad tradicional montañesa, caracterizadas y delimitadas por esas dos fases primordiales: la estancia alpina y la partida hacia la tierra llana, hacia las tierras del Ebro, configurando dos períodos que podríamos considerar de trashumancia —en especial el segundo, al que va asociado el término—, complementados entre uno y otro en la primavera como en el otoño por los días que la «cabañera» pasaba por los alrededores del pueblo, por -como ellos mismos decían- los «bajantes».

ENTRE LA MONTAÑA Y EL LLANO

En uno de esos períodos intermedios, el de la primavera, comenzamos el ciclo pastoril. A mediados de mayo, aproximadamente, llegaba el momento de regresar a los distintos lugares de origen, se retornaba al añorado Pirineo, precediéndose tras el regreso que acontecía a finales del mencionado mes a desarrollar diversas e ineludibles tareas, actividades que se amontonaban "fabrilmente: esquilar, «femas» campos con «cletaos», «desbezar» a los corderos, «sanjuanar» el rebaño, realizar la cópula para San Pedro, preparar la mallata del puerto, etc.".

Momento equinocial que marcaba el cambio a una nueva fase, el inicio de nuevas labores en el año/ciclo —pese a su vejez y a su continuidad—, concentrándose durante los meses de agosto y septiembre, meses en los que "se daba dentro del ciclo pastoril la vida más postergada, pero al mismo tiempo más consubstancial con la esencia altiva, independiente y sabia con la naturaleza del montañés: la vida en la mallata del puerto". Este es, quizás, el período, la fase más intensamente vivida -tanto en el caso que nos ocupa de Aso de Sobremonte, como en otros desplegados por el Pirineo Aragonés, siendo de obligada mención el de mi propio pueblo, Piedrafita de Jaca, en donde además de lo heredado y transmitido por mi familia, conviví en idénticas circunstancias al anterior con un pastor que pasaba su estancia alpina en el incomparable y bello marco del «ibón» o lago de Bucuesa-, en la que mejor pude apreciar cada uno de los hitos de esta actividad, y en la que mejor comprendí a la persona que lo lleva a efecto, al pastor, ese ser tremendamente humano, respetuoso, sabio, solitario y bondadoso; esa persona, en definitiva, que mejor encarna el espíritu y los modos de ser en la montaña, que sirve como ejemplo para describir a los montañeses, personas muy retraídas y recelosas en un primer momento, las mismas que -superado ese inicial contacto y a medida que van conociendo al «forastero», al proveniente de «otros lugares»— pondrían a disposición del recién llegado todo lo que tienen, personas tremendamente desprendidas, solidarias -caracteriología de todo aquel que vive en un medio duro y hostil- y dispuestas a ayudar siempre que uno, sea quien sea, lo necesite, haciendo gala del concepto de hospitalidad que tienen todas las sociedades tradicionales, como me han dejado buena prueba y profunda huella en el momento de recorrer los montes de Aso, de Piedrafita, de Otal,... del Pirineo en su conjunto, pudiendo constatar en carne propia esa hospitalidad para con un viajero que se encontraba al límite de sus posibilidades físicas, por carecer de algo que llevarse a la boca y, por tanto, de fuerzas para seguir adelante.

Son los meses en los que el pastor se situaba y vivía a una altura de 1.800 metros, altitud a partir de la cual se solían —y suelen— encontrar las «mallatas» o majadas y en la que restaban en el período estival buenos, frescos y abundantes pastos para el rebaño. La vida durante esos meses era monótona y habitual, desarrollando las mismas labores día tras día, como ya queda dicho anteriormente al referir las tareas y los trabajos en los que participábamos y ayudábamos mientras estuvimos conviviendo con él; dicha monotonía sólo se veía alterada cuando aparecía alguna res muerta o enferma, en los casos de tener que ahuyentar algún animal maligno para la «cabañera» -principalmente lobos cuando aún existían, de cuya acción quedan abundantes topónimos y testimonios-, el momento prefijado -cada diez o quince días- para que subieran los del «recao» a llevarle la comida para todo ese lapso de tiempo, o el instante determinado -en torno a veinte días o un mes- para dar la sal a los animales a orillas del río al cual descendían. Además, y por su relación constante con el entorno natural, los pastores eran buenos conocedores del medio y del tiempo ("basándose para la predicción en la posición —por ejemplo— de la luna o en otros aspectos que se divisen en el cielo"), desarrollando asimismo una interesante y destacada artesanía elaborada en los muchos momentos libres que tenían en este período a lo largo del día: "Para distraerse en sus ratos libres o en aquellos en que no existe ninguna tarea, se suelen ejecutar cañablas laboreadas, cuya madera proporcionan diversos árboles (...). En ellas, como en otras piezas -cucharas, cerilleros...—, ejecutaban toda clase de dibujos, desde los geométricos -estrellas, círculos, etc.— hasta representaciones animadas, pasando por los temas florales o de temática varia". Distintos dibujos y motivos también localizables en las marcas de propiedad realizadas a las reses en este momento del año para distinguirlas, las cuales responden en algunos casos a las mismas implicaciones y significaciones que las localizables en la artesanía de la madera, si bien en "la actualidad ya no representan símbolos arcaicos y de difícil interpretación en muchos casos, sino que consisten en la primera inicial del amo".

Transcurrido todo este tiempo, y llegando los últimos días de septiembre (para la «Sanmigalada»), daba comienzo el siguiente ciclo, caracterizado por la preparación de los distintos elementos y requerimientos necesarios para realizar la trashumancia, para transcurrir los duros meses invernales en los ambientes más propicios del valle del Ebro, en donde restan suficientes pastos y el invierno es más llevadero. Es el momento, por consiguiente, "de contratación de los pastores para Tierra Baja", lo cual por estas tierras del Pirineo central se solía realizar en "las ferias de Biescas del 12 de septiembre y del 18 de noviembre -para los rezagados-, aunque también era corriente que los tensinos bajasen a Serrablo casa por casa para buscar pastores".

Y de este modo, a lo largo de la primera quincena de noviembre, comenzaba ese largo itinerar, esa trashumancia que en torno a una semana y media y bajo una estricta estructuración jerárquica de la «cabañera», desembocaba en las tierras preferidas y contratadas para esta destacada fase pastoril, la más larga de todo el ciclo.

«Cabañera» y trasiego en el que "por norma general iban siete u ocho pastores, más «mayoral» y «repatán». El «mayoral era el más antiguo y el que más experiencia tenía («el de mayor cultura»; «que supiera hacer números»), y el encargado de decir dónde y qué se cenaba, de hacer «estremas» (hacer tiempo para cenar o comer o para descansar un día), y de pagar los pasos. El «repatán» era el ayudante anterior". Así se sucedían los caminos, los montes, los ríos,... los días, hasta que se llegaba al lugar de destino, debiendo satisfacer los obligados ritos de paso e, igualmente, el de estancia en los pastos de la «tierra baja», descendiendo para ello "por los mesones del eje de Monrepós (...). De esta forma, mientras la montaña se sumía en el letargo invernal y quedaba despoblada de tiones, había que ir en busca de los últimos resquicios de vida a Tierra Baja".

Trashumancia que posibilitaba, asimismo, el intercambio cultural entre los lugares de contacto, entre el llano y la montaña, llegando incluso a establecerse (como apunta Ramón Violant i Simorra en su trabajo Notas de etnografía pastoril pirenaica. La trashumancia, 1948) "una economía agropecuaria o ganadera entre la gente de la tierra baja y de la montaña, de la cual se beneficiaban mutuamente por medio de la trashumancia o éxodo de los rebaños de ganado lanar, en el intercambio de los pastos".

Trajín e itinerancia de un lugar a otro ya prácticamente desaparecida por efecto de diversas causas, entre las que influyen considerablemente el cambio sufrido en la ganadería de montaña, la moderna y extendida estabulación y los medios de transporte utilizados por norma general en el traslado del ganado, habiéndose perdido, al igual que el resto de las fases, el hito -quizás- más destacado del ciclo pastoril, aquel que alejaba más tiempo fuera de casa a los pastores y a las reses, aquel que mayor influencia y elementos aportaba en los lugares que pasaba y que asimismo recibía de los mismos, aquel que mejor sintetiza y caracteriza el mundo de lo pastoril y sus diversas, varias y ricas manifestaciones.

Trashumancia ya sólo conservada y revivida en algunos puntos pirenaicos, como pueden ser los pastores del pueblo de Fanlo, quienes se acercan hasta los montes -y paridera- de Torrecilla de Valmadrid, en las inmediaciones de Zaragoza y con los que conviví en un crudo y ventoso día en compañía de mi padre, yo intentando entresacar algunas notas y fotografías de esta importante fase pastoril, él -mi padre- recordando momentos y vivencias junto a unos pastores que ya conocía de antiguo por su común actividad y gustos, por su equivalente vida y experiencias, por sus continuos tropiezos por esos caminos y por esos montes en su trajín anual trashumante.

Fase que terminaba hacia mediados de mayo, cuando se retornaba hacia los lugares de origen, cuando se regresaba hacia las montañas que desde pequeño se habían visto, vivido y recorrido, concluyendo con esta vuelta el ciclo completo pastoril e iniciando, por ende, uno nuevo que conllevaría la repetición de todas las peculiaridades descritas, que re vitalizaría la vida en medio de la montaña por medio de la actividad ganadera y pastoril, que -en definitiva- posibilitaría la continuación de esa vida en un entorno hostil y duro, al que estaban perfectamente acostumbrados y del que no sabían desprenderse.

LOS ÚLTIMOS PASTORES

Todo un mundo, toda una forma de vivir que se ha ido perdiendo de forma vertiginosa y acelerada, debido principalmente a los grandes cambios que de todo tipo se han vivido en los últimos treinta/cuarenta años. Una cultura, con sus manifestaciones y elementos cotidianos, que paulatinamente se nos ha escapado de la mano, ya que no ha podido soportar ni arrostrar "la caída sociodemográfica y ganadera del Pirineo", derivándose de ello el que se haya "dado al traste con este eslabón del ciclo pastoril". Caída acelerada en lo que nos atañe por el "constante carácter marginal de lo pastoril, aun en las comunidades más ricas, donde el pastor siguió sumido hasta la aparición de la industrialización en un arcaísmo inamovible, basado por otra parte en la fuerte jerarquización de la institución de la casa".

De este modo, la vida pastoril y su hacedor, el pastor, ha ido poco a poco diluyéndose, desapareciendo sistemáticamente cada uno de los aspectos que la configuraban, conllevando lo anterior la práctica imposibilidad de volver a ver alguna de las manifestaciones del ciclo pastoril, siendo imposible por ello la realización de estudios globales o parciales sobre dicho tema. De ahí la importancia de vivencias como la llevada a cabo con Antonio Oliván en Aso de Sobremonte, por cuanto de frescas y de últimos resquicios de un modo de hacer y de vivir pueden aportar, pudiendo considerar el caso de este pastor como de "un fósil viviente: ama las incomodidades de la mallata sobre la vida relajada, pero tutelada, en casa de los dueños durante el resto del año; se considera con la suficiente sabiduría ganadera para no ceder ante las ideas del amo, al que si es preciso le piensa proponer la «cuenta»".

Eran los postreros coletazos de una actividad y de una cultura otrora habituales, a cuyo desarrollo se le concedía especial y vital importancia, pues en torno a ella giraba el devenir diario y cotidiano. Era la desaparición de una figura especial y noble, de múltiples saberes y de grandes dotes humanitarias, constituyendo la principal figura de la sociedad tradicional montañesa y la que mejor representaba las dos fases que la han caracterizado, que han llegado a sintetizar y delimitar al hombre en su conjunto: el nomadismo y el sedentarismo.

Los fuertes y drásticos cambios sufridos y vividos en el Pirineo, en todas las áreas de montaña, como pueden ser los cambios de un tipo de ganadería a otro, los distintos y completamente opuestos sistemas de trabajo, así como los diferentes modos de comportamiento social y económico, sin olvidar el gran espectro de la despoblación que ha asolado a un buen número de lugares y pueblos altoaragoneses, han conllevado la práctica pérdida y olvido de estas formas de ser y de vivir en un medio, en la montaña concretamente, habituales hasta hace escasamente medio siglo y en la actualidad sólo contempladas como un resto arqueológico, como unos simples trazos escritos y unas bellas imágenes emulsionadas de una realidad no muy lejana, de unos hechos realizados por el hombre en sus diversos medios y en sus variadas culturas. No obstante, y por el propio devenir del ser humano, hay que abrigar la esperanza en la llegada de ese día -no muy lejano, a ser posible— "en que renazcan las montañas", ya que "será el momento en que el montañés podrá «permitirse el lujo» de asumir y autopotenciar su historia cultural bajo el signo del progreso. Entonces, Antonio será recordado", como serán recordados todos aquellos que, de un modo u otro, hicieron posible la vida en estas montañas, de todos aquellos que hicieron transcurrir su devenir diario conforme a lo que la tradición y sus mayores les habían ido enseñando e iniciando desde su infancia.

LA UNIVERSALIDAD DEL PASTOREO

El pastoreo, o la práctica de la ganadería, ha ido unido muy estrechamente al desarrollo del hombre desde sus primeras etapas, desde los primeros estadios de su evolución. A partir de esos primeros instantes, se va generalizando este fenómeno que, con el paso del tiempo y con la adquisición de experiencias, posibilita el asentamiento y desarrollo de una serie de pautas y de formas necesarias para su realización, influyendo asimismo su práctica y sus ciclos en el común itinerar de la vida de los pueblos, en cada una de las manifestaciones llevadas a cabo diaria y cotidianamente por el resto de los pobladores -véanse, a este respecto, la acomodación de la agricultura o la celebración de las fiestas—.

Este común surgimiento y desarrollo, mantenido hasta fechas relativamente recientes, ha posibilitado su visualización y su estudio en múltiples lugares, todos ellos con unas connotaciones y experiencias similares, si bien todos ellos con las diferencias lógicas de una zona a otra, con las divergencias que aporta el medio y la cultura concreta, con los elementos afines y contrarios que se producen con la combinación de la sociedad determinada y el entorno natural circundante, piezas clave para su creación, desarrollo y desenvolvimiento, acopladas a unas concretas y deterministas —determinantes— realidades.

Por ello, y desde aquel instante en el que empieza a interesar -fundamentalmente a partir de la pasada centuria- todo lo realizado y relacionado con la cultura tradicional, con las diversas sociedades desparramadas y asentadas en cualquier parte del globo terráqueo, se van produciendo y publicando varios textos de especial interés para el conocimiento de la práctica del pastoreo. Así, finalizando la década de los años veinte del siglo pasado, se edita el libro de Manuel del Río, en el que bajo el título de Vida pastoril (1928) se van detallando las particularidades de esta actividad en tierras sorianas, las cuales se asemejan en todos los pasos y en todas las manifestaciones a las vividas —tanto en la práctica como en la transmisión oral- en persona en el Pirineo aragonés, siendo –a su vez- de especial interés por su fecha de elaboración, lo cual posibilita la comparación con lo mantenido hasta la actualidad, apreciando asimismo todas aquellas facetas y elementos que con el transcurso del tiempo, han desaparecido. Como también es interesante, en este mismo sentido, el volumen de Miguel Agustí, en el que se pueden encontrar datos y descripciones de principios del siglo XVII, momento de publicación de su primera edición.

No obstante, los ejemplos más destacados de investigación de la cultura pastoril y de su práctica, con los que mejor se pueden entablar las diversas y ricas comparaciones, se encuentran ya a lo largo del siglo en curso, en las que se combinan tanto la experiencia personal y vivencial como las distintas fuentes documentales esenciales y necesarias para el desarrollo de los estudios actuales. Así, la vivencia y práctica experiencia de Salvador Vilarrasa i Vall, quien a principios de los treinta describió el pastoreo y sus diversas manifestaciones, con todo el ciclo pastoril completo, constituyendo por ello una de las fuentes fundamentales en este tema, en el que encontrar relacionados todos y cada uno de los hitos que han caracterizado y configurado el pastoreo, la ganadería en su más amplia acepción. En esta misma línea se encuentran las investigaciones realizadas por Ramón Violant i Simorra, en las que partiendo de los asuntos particulares, de los variados componentes -con lo que se conforma la globalidad- de la sociedad tradicional, llega a plantear la visión conjunta y completa de la cultura pirenaica, en lo que ha pasado a ser considerado como un vademécum de la misma en el área citada, ocupando un apartado destacable y denso el relativo a las prácticas pastoriles y a sus varias y distintas manifestaciones. Un material, unas experiencias, unas publicaciones vitales para el conocimiento de los pastores y del pastoreo por el Pirineo, que se pueden conplementar —y a la par comparar— con las llevadas acabo por otros lares, tales como las realizadas por las tierras de Asturias y de La Rioja. La primera de las mismas se debe a la mano de Francisco Feo Parrondo, analizando las peculiares formas de pastoreo llevadas a cabo en las montañas asturianas; la segunda centrada en la sierra de Cameros, y en las distintas formas pastoriles que en dicha zona se dan, describiéndose cada una de las facetas que lo han caracterizado por esos pagos, tanto en su ciclo anual como en las jerarquías y técnicas utilizadas, dedicando un capítulo destacado a la figura del pastor, a su vasto y complejo mundo tanto personal y humano como profesional y técnico, todo ello realizado por los estudiosos Luis Vicente Elias Pastor y Carlos Muntión Hernáez.

Finalmente, en la misma área pirenaica aragonesa en la que se ha basado mi experiencia, mi vivencia y de la que he entresacado pequeñas notas para poder saber y describir el ciclo anual pastoril, Severino Pallaruelo desarrolló una profunda y completa investigación en la que se pueden encontrar los datos y los apuntes aquí enunciados, además de todo un amplio conjunto de aspectos imposibles de referenciar en estas escuetas líneas y que en el trabajo de Pallaruelo se encuentran perfectamente referenciadas, comprendiendo así todas y cada una de las fases, todas las manifestaciones, todos los hitos, todos los asuntos personales relativos al pastor, todos aquellos aspectos que han configurado y caracterizado a los Pastores del Pirineo, apoyado para su consecución tanto en las fuentes históricas y documentales como en las experiencias personales y prácticas, en el rastreo por los archivos y por los montes del Pirineo aragonés.

Todas ellas son visiones particulares, centradas en una zona concreta, que ayudan a comprender el pastoreo y sus distintos hitos en su conjunto, que posibilitan la visión global de una de las actividades más destacadas del hombre a lo largo de su devenir histórico, desde aquellos primeros estadios en que surgió hasta los últimos estertores en los años que estamos viviendo de este siglo XX.

Unas formas relativas al norte peninsular, a toda la cadena montañosa norteña que arranca en la cornisa cantábrica y que llega hasta los Pirineos en su extremo mediterráneo. Unos claros ejemplos para estudiar y comprender las formas pastoriles en zonas de montaña, fácilmente extrapolables y comparables con las formas y las manifestaciones ejecutadas por los pastores de otros lares -como se puede constatar en el capítulo dedicado a este asunto en el libro de Evans-Pritchard sobre los Nuer-, en otras tierras totalmente opuestas tanto en su ubicación geográfica como en los elementos y en las bases culturales que definen a cada una de las sociedades.

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NOTA

(1) ACIN FANLO, José Luis y SATUE OLIVAN, Enrique: "Vida pastoril en una mallata de Sobremonte", en Temas de Antropología Aragonesa, nº 2, Zaragoza, Edita Instituto Aragonés de Antropología, diciembre 1983, pp. 9-28.

BIBLIOGRAFÍA

ACIN FANLO, José Luis y SATUE OLIVAN, Enrique: "Vida pastoril en una mallata de Sobremonte", en Temas de Antropología Aragonesa, nº 2, Zaragoza, Edita Instituto Aragonés de Antropología, diciembre 1983. Convivencia con una de las últimas manifestaciones pastoriles en el Pirineo, en concreto en la zona de la comarca de Serrablo (Huesca) conocida como Sobremonte. Mediante la realización del mismo trabajo diario del pastor se pretendía conocer cómo era la vida de esta figura y los diversos aspectos que lo caracterizaban. Estudio en el que se fundamenta todo lo apuntado en estas páginas.

AGUSTI, Miquel: Llíbre dels secrets d'agricultura, casa rústica i pastoril, Barcelona, Editorial Alta Fulla, Colección Clássics del Pensament Económic Cátala, 1988. Buena fuente para conocer algunos puntos de la cultura pastoril, fue publicado por vez primera en l6l7, en el que, además de los asuntos propios de la agricultura y de la casa, se encontrarán referenciados los aspectos que han caracterizado la ganadería.

FEO PARRONDO, Francisco: Los vaqueiros de alzada, Oviedo, Edita Caja de Ahorros de Asturias, 1986. Monografía detalladora del pastoreo en las montañas del occidente asturiano, dedicando un apartado a reseñar el fenómeno en la actualidad.

ELIAS, Luis Vicente y GRANDE IBARRA, Julio (Coordinadores): Sobre cultura pastoril, Logroño, Edita Centro de Investigación y Animación Etnográfica de Sorzano (Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales), 1991. Actas de las IV jornadas de Etnología celebradas en mayo de 1990, las cuales se dedicaron a la cultura pastoril en los distintos puntos de la geografía de la Península Ibérica.

ELIAS PASTOR, Luis Vicente y MUNTION HERNAEZ, Carlos: Los pastores de Cameros, Logroño, Edita Gobierno de la Rioja (Consejería de Agricultura y Alimentación) y Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1989. Monografía del pastoreo en la zona de Cameros, en la que se describen todos los hitos que han caracterizado dicha actividad en estos pagos riojanos, dedicando una especial atención a la figura del pastor y a sus diversas actividades.

EVANS-PRITCHARD, E. E.: Los Nuer, Barcelona, Editorial Anagrama, Colección Biblioteca Anagrama de Antropología, 1977. Destacado y fundamental estudio, considerado como un clásico de la antropología social, en el que se repasan los diversos aspectos configuradores de esta tribu africana, dedicando el primer capítulo al ganado y a la ganadería.

PALLARUELO, Severino: Pastores del Pirineo, Madrid, Edita Ministerio de Cultura, 1988. Fundamental monografía centrada en las tierras del Pirineo aragonés, donde encontrar todos los aspectos y manifestaciones de esta actividad por el Alto Aragón. Fruto de varios años de trabajo sobre el terreno y por los archivos, e ilustrado con las fotografías del archivo de Ricardo Compairé, fue galardonado con el Premio Nacional de Investigación sobre Artes y Tradiciones Populares «Marqués de Lozoya».

RIO, Manuel del: Vida pastoril, Madrid, Edita El Museo Universal, 1985. Publicado por vez primera en 1828, en el mismo se detallan las particularidades del pastoreo en las tierras sorianas.

VILARRASA i VALL, Salvador: La vida dels pastors, Gerona, Imp. Maideu, 2ª Edición, 1981. Publicado inicialmente en los años treinta, constituye un verdadero acercamiento desde la práctica a cada uno y a todos los hitos que han marcado el desarrollo de la actividad pastoril a lo largo de las estaciones del año, del ciclo del pastoreo.

VIOLANT i SIMORRA, Ramón: El Pirineo español, Madrid, Editorial Plus Ultra, 1949. Imprescindible e interesante volumen realizado entre las décadas treinta y cuarenta, centrado en todo el área pirenaica, en el que se detallan todos los temas de la cultura tradicional, dedicando un importante y denso capítulo para describir los distintos aspectos relativos a la cultura pastoril.

VIOLANT i SIMORRA, Ramón: "Notas de etnografía pastoril pirenaica. La trashumancia", en Obra Oberta 2, Barcelona, Editorial Alta Fulla, Colección El Pedrís, 1979. Pequeña monografía publicada en 1948, dedicada a una de las fases más destacadas del ciclo pastoril, como es la trashumancia, describiéndose asimismo las cañadas o veredas usadas en ese continuo itinerar.