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EL ALFAR DE NIJAR

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1996 en la Revista de Folklore número 184.

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Por ver este pueblo de Almería desde cualquiera de sus flancos ya merecería la pena ir, y más si luego se pone uno a menudear sus calles plenas de desniveles, recovecos, visiones de asombro, esquinas de sorpresa. Es como si la belleza que estremece por su desnudez estuviera presente a cada paso.

Antes de ir al alfar me paro en un telar de harapa, donde alguien me recuerda que «si la tela es buena, se lava y se estrena». Llaman harapa a lo que resulta de entrelazar pedazos de tela de desecho en la entraña de los viejos monstruos de madera, que suelen medir un par de metros de ancho, de largo y de alto como máximo. Después de haberme parado ante tantos telares en los pueblos de medio mundo no deja de asombrarme otra vez la máquina maravillosa. Podría decirse que es el primer artilugio que recicla lo que ya no sirve y puede ser pasto del olvido. El artesano juega con sus rodillos, con sus lanzaderas, con sus hilos, con sus pies y con sus manos. Y del juego nacen largas tiras tejidas: la harapa, que luego se convierte en mantas, cortinas, colchas, o lo que cada cual quiera. Hoy se compra como pieza rara para decorar, pero ayer era el pan diario, lo que había: restos que el artesano exprimía para crear algo útil y bello: dos veces útil. Al ser las telas desiguales de tamaño y color y quedar prensadas en el paño final, el resultado que ofrece la harapa, lajarapa, es siempre nuevo, imprevisible. Harapo dice Covarrubias que es «el ruedo que haze un vestido o ropa cumplida, que honrosamente cubre a un hombre. Y de aquí se dixo desharapado, el roto y el descosido».

Igual se trabaja en Níjar el esparto. Bernardo trenza pacientemente al solecito de su puerta serones, sogas, esteras, espuertas, alfombras. No quiere que lo retrate «porque tiene luto», o bien «si me retrata no enseñe la foto por ahí hasta el cabo de año, por respeto».

Y con las mismas llego al alfar de los Góngora, de torno primitivo, que obliga al artesano a estar sentado a ras de suelo, ya que el eje y la rueda motriz quedan embutidos bajo su nivel. Lo que me parece singular de su trabajo, aparte de las formas, es la manera de decorar los cacharros, nacida, diría yo, de la casualidad, pero que ha dado carácter a esta singular alfarería de Níjar. Resulta que cuando los tiestos salen del torno y son pintados, se alinean en estantes de caña o tiras de madera de modo que suelten la pintura sobrante y absorban la que les quede; así, los de la fila de arriba gotean sobre los que están abajo, que suman algún matiz de su color a esa pintura viajera, que continúa camino de la siguiente balda hasta acabar en la última, alcanzando tonos y veladuras de una categoría difícil de conseguir de hacerlo aposta.

El taller lo conozco en 1970 en manos del padre, hijo y nieto de alfareros. En 1992 ya pertenece a los descendientes, Francisco y Joaquín Góngora, cuyo trabajo se desarrolla «igual que antiguamente». Ambos se quejan de la desaparición a corto plazo de esta actividad; si será así que «de sesenta talleres contados quedan ya cinco; esto se pierde porque no se enseña; el sueldo es poco; si no se hubiera inventado el plástico habría más alfareros». De sus manos salen piezas como la canalera, para recoger el agua de lluvia por el terrao, o azotea; el arcaduz, él le llama arcabuz, que es un canjilón para conducir agua, probablemente, como tantas, forma venida con los árabes, que puede usarse en la noria, especie de cilindro con cintura al centro para la cuerda. El pinchaflor, para flores, que presenta agujeros por el que las ramas salen y adornan más. La cántara, la cantarilla, el lebrillo y las macetas. Esas son las piezas tradicionales. El tiempo de cocción del barro en el horno es entre 9 y 11 horas y la temperatura tiene que estar, a ojo, entre 900 y 1.000 grados. Entabacar los platos es poner uno sobre otro, de manera que el de abajo está al derecho y el de arriba al revés, casando los bordes, para que no tuerzan. Después de secar el barro al sol lo raen, que es quitarle el barro sobrante por la base. Para meter en el horno los platos utilizan una especie de trébedes pequeño como separación; así se evita que se junten, se peguen o se mezclen en exceso los colores. Desde el barro en bruto hasta que la pieza es vendida, pasa 32 veces por las manos del alfarero. Utilizan el caolín, que lo traen de las Minas de Rodalquilar; el azul cobalto, de fábrica y el barniz gris, que es el color de base. El amarillo es de hierro de las minas de la zona, y el manganeso, como el verde de las minas de cobre. El manganeso ha de secarse antes al sol. Los dibujos suelen ser tiras o manchas. A uno que tiene cierta complicación le llaman chinesco. El pintado se hacía con una alcuza de las de echar aceite; ahora con pinceles.

Dije al principio que sólo por asomarse a las terrazas de Níjar merecía la pena ir, y por ver funcionar el telar, y por ver trenzar el esparto, y por ver surgir del tosco torno una forma traída de siglos a partir de una pella de barro y por enterarse uno de todas las palabras que usan como parte del entendimiento diario y que tantas veces nos precipitan a los diccionarios y están o no están, que no toda la sabiduría anda por los libros. Aún existe alguna suelta, sin que siquiera se haya escrito su forma, como un espíritu libre que, sin saberlo, lleva dentro la esperanza de que no todo está dicho ni hecho, aunque lo parezca.