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UNA BODA DE ANTAÑO. EL HOYO DE SANTA MARINA

LOPEZ GARCIA, Juliana

Publicado en el año 1996 en la Revista de Folklore número 185.

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Dice José Saramago que es el olvido y no la muerte lo que apaga la vida y sus señales. No le falta razón al portugués, pues es verdad que aquello que se recuerda permanece siempre vivo. Así la cultura, armazón de tradiciones, puede conformar la identidad de los pueblos y sus gentes, mientras va pasando de padres a hijos, y unos y otros la mantienen viva teniéndola presente y llevándola en la memoria. De esta manera, la sociedad que no olvida sus tradiciones, crece y está viva, pues en esa unión respetuosa de pasado y presente surge siempre un tiempo ilusionado de futuro. Los que hemos conocido otros tiempos tenemos el compromiso de trabajar para el mañana y entregarle a los jóvenes el bagaje de nuestra memoria. Debemos hacerlo sin nostalgia de lo pasado, aceptando el hecho natural de que cada generación aporta al acervo cultural la experiencia de sus propios usos y costumbres. Hacerlo sin reproches, procurando que los jóvenes se enriquezcan conociendo lo que fue, pero animándoles a enfrentar el presente con lo que son. Por eso, en el trabajo que ahora me ocupa, no tengo más pretensión que la de evitar que lo vivido caiga para siempre en el oscuro pozo del olvido. Rescatar de la memoria las emociones sentidas y compartir con los que por razón de su edad no conocieron aquellos años, las alegrías y tristezas de un tiempo que no fue ni mejor ni peor, solamente un poco distinto.

Mi relato intentará ser fiel a aquella realidad, o al menos a lo que es mi recuerdo de ella. No tiene este trabajo más vocación científica que aquella que surge del respeto a la memoria, el contraste de opiniones y el apoyo de unos pocos buenos libros que con ilusión, esfuerzo y el correr de los años hemos ido juntando en casa. Por eso, no está de más pedir a los que se acerquen a este sencillo documento con la intención de juzgarlo, la benevolencia en el juicio que requiere todo trabajo hecho con esfuerzo e ilusión.

LOS PRIMEROS PASOS DEL AMOR: LA MISA, EL PASEO Y EL BAILE

Entre los hilos que formaban la modesta trama de nuestra realidad social, el matrimonio ocupaba un lugar muy importante. La unión sacralizada de hombre y mujer daba sustento al núcleo familiar, base fundamental sobre la que se vertebraba la sociedad. Así pues, la boda suponía un hecho social de relevancia a través del cual se pueden estudiar los usos y costumbres de la comunidad castellana de aquel tiempo.

A partir de que un hombre y una mujer se encuentran y enamoran, dos palabras se repiten constantemente en sus cabezas: Nunca y Siempre. "No me separaré de ti nunca". "Te querré siempre". La manera de hacer realidad ese deseo de perpetuar la relación amorosa entre un hombre y una mujer, por aquel entonces era casándose, pero así como no se puede poner el carro antes que los bueyes, antes de ser esposos un hombre y una mujer debían hacerse novios.

La difícil realidad de la España de la posguerra, pintada con el oscuro del luto y cubierta con el silencio del miedo, no dejaba a los jóvenes de entonces muchas ocasiones para el encuentro. A pesar de todo, la vida pone siempre en la sangre de los pocos años la alegría y la esperanza suficiente para vencer las dificultades, y así los Domingos, durante el paseo por el Palacio, a la salida de la Misa Mayor o en los bailes de las fiestas patronales, se buscaba la ocasión para encontrar el amor.

El Domingo no era día de labor. El mandamiento de santificar las fiestas mediante la celebración y descanso hacía de ese día el mejor de la semana. La misa, dentro de su marcado significado litúrgico, con su antes y su después, era centro de reunión social. Por respeto al día del Señor, pero también por venial coquetería, todos se vestían con la "ropa de los domingos". El hombre bien afeitado, con su camisa blanca y su chaqueta gastada. La mujer con su mejor vestido, adornada con la casta elegancia que exigía la pastoral: el brazo cubierto, siempre medias y en ocasiones un velo con el que cubrir el rostro. Al repicar de las campanas todos estábamos a la puerta de la Iglesia.

Ya dentro del templo las mujeres y los niños nos sentábamos a un lado, mientras los hombres se sentaban al otro; junto, pero separados por sexos, según era costumbre. Dando gracias al Señor y con la bendición del cura fortaleciéndonos el alma, salíamos a la luz de la calle. Después de misa las amigas, siempre en grupo, caminábamos hasta la Plaza Mayor charlando animadamente y, de la Plaza Mayor bajábamos hasta el Palacio. El Palacio y la Plaza eran los salones del pueblo. Allí, en el mirador que da al río, todo se encontraba. A la quietud del paisaje unos oreaban las conciencias, otros hacían comidilla sobre algún tema mundano y los más disfrutaban del Domingo y del gusto de dejarse ver. Los jóvenes éramos de éstos últimos. Lo recoge el estudio de la Diputación sobre folklore de Valladolid en su canción "Es Tordesillas", cuando Cristina Badea dice: "con sus trajes tan elegantes al Palacio se van a lucir". No quedaba otro remedio, tradicionalmente la mujer debía ser escogida por el hombre, de ahí todo ese juego inocente de paseos, idas y venidas esperando a que algún grupo de mozos se acercase con intención de parlar un rato. Otra buena ocasión para el encuentro entre jóvenes eran los bailes. Entre todos destacaba por su brillantez "el baile de los mantones". Convocado en la Plaza Mayor el día del Torneo del Toro Vega, "el baile de las once" era el más vistoso de los que se celebraban en el pueblo. Las mujeres, vestidas de fiesta, teñían el aire de la Plaza con el garbo multicolor de sus mantones de Manila. Las arracadas, los extremos y las cruces refulgían con su brillo de metal precioso sobre la piel de las tordesillanas. Y por entre las columnas y soportales, jugueteaba el sonido de la dulzaina del Tío Fuso, que recordando al famoso Poncela, desgranaba la melodía de jotas y pasodobles. El baile comenzaba y las mozas, en un ardid de seducción, al vuelo de sus mantones enredaban los flecos en los botones del mozo que más le gustaba, invitándole con el gesto a que la sacara a bailar. Si el joven era decidido aquel baile podía ser el primer paso para el encuentro. Después del baile un garbeo haciendo panda y para combatir el reseco, la falta y dar buen remate a la fiesta: "la parva".

Más adelante, por San Vicente, los mozos con ganas de declararse regalaban a las mozas "cayadas" de caramelo, dulces como el amor. Si el regalo era bien recibido se abría una puerta a la esperanza. Más difícil lo tenían los forasteros. Un sentimiento atávico contra los de fuera hacía que a los mozos del pueblo no les gustase que un forastero "se llevase" a una de "sus chicas". Hacían lo imposible para que el enamorado desistiese de su empeño y solamente cuando se convencían de que había algo más fuerte que su ruda cabezonería, se daban por vencidos. Eso sí, costumbre muy extendida por toda nuestra Comunidad era que el forastero pagara su peaje, "la botifuera", "la entrada" o "el pijardo" le dicen por ahí. En Tordesillas debía convocar a los mozos de la pandilla en una bodega y pagar "la cuartilla de vino". Pagado el tributo al forastero le llamaban por su nombre y era uno más de la panda.

EL NOVIAZGO. LA PEDIDA

Si la pareja congeniaba, gustaba de conocerse mejor y compartían, siempre en pandilla, meriendas junto al río. Los juegos e ilusiones de la juventud. Al caer la tarde, subíamos puente arriba, bromeando unos, enfurruñados otros; quién sabe si ya medio enamorados. Del conocerse mejor al cariño hay poco trecho, y si hay buen corazón del cariño al amor un paseo. El amor era ser novios y para formalizar esa nueva situación hacía falta contar con el permiso de los padres de la novia. La aprobación familiar de la nueva relación era fundamental, pues nada se hacía sin el permiso y consejo de los mayores. Este se expresaba al permitir que el joven acompañara a la chica hasta la puerta de casa, para más tarde y si se ganaba la confianza, cruzar el umbral y, sin abusar del "metimiento", dar las buenas tardes.

Los novios no perdían la unión con la panda. Seguían compartiendo las tardes de gaseosa y baile, las meriendas y las fotografías en grupo sin más pose que la de la inocencia y la alocada juventud. Tenía que pasar un tiempo para que los novios pasaran del cuchicheo acaramelado de las meriendas con los amigos, al paseo juntos cogidos del brazo soñando una mañana de "siempre y nunca". Un tiempo que parecía menguar angustiosamente cuando se compartía y alargarse hasta el hastío cuando se vivía separado uno del otro. Así, entre angustias y deseos, hastío e inquietudes, los novios decidían dar el siguiente paso y comprometerse por palabras de futuro.

El compromiso y la consiguiente pedida era el camino previo a la boda. Antes, el hombre pasaba el trágala de decirle a su amada que quería casarse con ella para juntos formar un hogar. Era un momento tenso, de fuertes emociones encontradas, y para las mujeres un instante definitivo en el que se veía el final de un sueño para el que habían sido educadas: ser buenas esposas y madres. Dada la noticia a los padres y compartida la alegría en cada casa, se fijaba fecha para "la pedida".

La pedida era el acto protocolario mediante el cual los padres del novio acudían a casa de los padres de la novia para pedir para su hijo, y en presencia de éste, la mano de la novia, también presente en el acto. En la pedida se fijaba la fecha de la boda y se trataban todos los aspectos relacionados con la ceremonia nupcial. Reunión no exenta de solemnidad, se endulzaba con una merienda en la que los novios se intercambiaban regalos. Presentes con los que las familias pretendían dejar clara su buena disposición y mostrar el interés por llevar a buen fin la relación.

La religiosidad, desde siglos atrás, ha impregnado la realidad social de España y, para bien o para mal, bajo este prisma religioso se debe entender la acción de hombres y mujeres. El matrimonio es un sacramento y como tal y sólo como tal, se entendía en la España que se decía de los "Años triunfales". La boda debía celebrarse por la Iglesia y cumpliendo con todas las ordenanzas parroquiales. Con el cura se convenía la fecha y condiciones de la ceremonia para después publicar las amonestaciones y asistir a los cursos de orientación prematrimonial. En ellos el sacerdote "orientaba" a los novios sobre las pautas morales a seguir por un matrimonio cristiano. En todo caso, los cursillos estaban muy lejos de seguir el ejemplo del texto de algunas Visitas del Obispo allá por el siglo XVI recogidas por J. L. Martín Viana en las que se recomienda que... "el cura no despose a ninguna persona que no supiere las cuatro oraciones de la iglesia, los artículos de la fe, los mandamientos y los pecados mortales...". Las amonestaciones se publicaban en misa mayor antes de la homilía y durante tres Domingos consecutivos. A partir de publicarse la primera amonestación, la novia exponía en la mejor habitación de la casa familiar el fruto de años de laborioso esfuerzo: el ajuar o "equipo". El equipo, generalmente compuesto por mantelerías y juegos de sábanas primorosamente bordados, se completaba con los demás enseres que la novia y su familia aportaban como dote menor al matrimonio. Amistades e invitados ofrecían a la novia la "dádiva", su regalo de boda, y pasaban por la habitación sin perder detalle de lo expuesto, unos movidos por la alegría, otros por la curiosidad un poco impertinente de saber qué "llevaba" la fulanita al matrimonio. Para unos y otros la novia, siempre atenta, ofrecía una copita de anís y unos dulces del tiempo: Alfonsinos y canelos por San Isidro. Tocinillos borrachos y azucarillos por la Peña, o unos bollos altos o bajos y unas pastas de almendra para todo el año.

LA BODA. CORRER EL HOYO

El día de la boda, en casa de la novia, todo era un bullir de nervios. La madre y las amigas ayudaban a la joven a ponerse la mantilla española y la peineta. En casa del novio familiares y amigos animaban al joven, mientras alrededor de la mesa entonaban la espera con un tentempié. Cuando llegaba el aviso de que la novia estaba dispuesta, madrina y novio del brazo abrían la comitiva y se encaminaban hacia la casa donde esperaba la novia. Una vez allí, si podían permitírselo, un dulzainero les alegraba con sus jotas hasta el momento en que apareciera la novia, más bella que nunca, del brazo del padrino.

A pie, novia y padrino, madrina y novio, y detrás de ellos familia y demás acompañantes se dirigían a la iglesia. Dentro del templo la ceremonia se desarrollaba de acuerdo a liturgia, con la sencillez, respeto y emoción que para todos entrañaba el momento. Ya felizmente casados, al salir de la iglesia, compartían la alegría con todos repartiendo abrazos, besos y saludos, para después, los novios y los invitados más jóvenes en edad y espíritu, ir a "correr el Hoyo de Santa Marina".

La ermita de Santa Marina está situada extramuros, al Este y sobre un altozano a la derecha del Duero; próximo a la ermita había un hoyo de unos 5 m. de diámetro (aprox.) y poco más de 1 m. de profundidad. Recorrer el camino era para la pareja ya casada eclesiásticamente, el primer tránsito social hacia su nueva situación. Llegaban hasta allí con gran algarada y tronerío, acompañados por la dulzaina y cantando alegres canciones y "galas" de boda. Parada junto al borde del hoyo, la recién casada comenzaba a correr alrededor de él cada vez más deprisa. Detrás de ella el nuevo marido intentaba atraparla con la sana intención de conseguir un beso. Animados por los gritos, las risas y la música, se iniciaba una carrera que a buen seguro expertos en etnología sabrían vincular con tradiciones seculares de origen latino o germánico (Translatio/Transito. Brautlauf/carrera de la novia) todas ellas relacionadas con ceremonias de entrega al novio de la nueva tutela sobre "su mujer". Conseguido el propósito los presentes aplaudían, lanzaban vítores a los novios y contagiados por la felicidad del momento corrían también alrededor del hoyo; quién sabe si pidiéndole a la santa el favor de poder correr en un futuro el hoyo en la procura del beso deseado.

Cumplida la tradición todos bajaban al pueblo. Otra vez allí celebraban los esponsales por palabras de presente con un buen convite. En los salones, por encima del ruido de platos y cubiertos, se escuchaba un solo grito coreado ¡Vivan los novios!

*En colaboración con Alfredo Jaso.