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DOS CUENTOS DE LOBOS DE MADRIGAL DE LA VERA (CACERES)

LAHORASCALA, Pedro

Publicado en el año 1996 en la Revista de Folklore número 185.

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Madrigal de la Vera es una localidad del norte de Cáceres, en el vértice con otras dos provincias castellanas, Avila y Toledo, perteneciente a la comarca de La Vera de Plasencia. Asentada en las primeras estribaciones del macizo central de la sierra de Gredos, tiene una agricultura de regadío junto al río Tiétar y explotación ganadera de montaña.

Estos cuentos, y otros, nos los contaba mi padre Cirilo en el campo, y mi abuela Modesta alrededor de la lumbre, en el centro de una amplia sala con techo de palos y listones de madera ligeramente separados, por donde escapaba el humo a la cámara alta, llamada el sobrao (sobrado; en otros lugares, troje), en donde se curaban piezas de matanza (embutidos, jamones), frutos secos y otros, como piñas de maíz de rosetas, ristras de pimientos, de ajos, de cebollas, etc.

Las notas truculentas que intercalan los relatos, no son invención mía, sino un elemento más de intensidad que introducían quienes nos los contaban, para aterrorizarnos y tener prendida nuestra atención. Seguramente, eran más frecuentes y feroces de lo que yo recuerdo.

LA NAVAJA

Mira, hijo; me contaba mi padre que, bajando esos cerros que se descuelgan de la cumbral de Gredos, volviendo del paraje de la Cereceda, una tarde le anocheció antes de llegar a poblado. Terminaba el otoño y venía viendo a lo lejos unos lobos que le seguían. El, caballero, ellos rodeando robles y roquedos. Ora retrasándose, ora cortándole la delantera. A veces, desaparecían, creándose un vacío inquietante. Pero a medida que el crepúsculo cerraba la luz, los lobos iban haciéndose más presentes, se alejaban menos. Astutos, ojiabiertos, las orejas agudas, el hocico en punta, como canes levantando rastros pero ya sin quitar la vista de encima. Y mi padre acompañaba esta descripción con una representación mimética atemorizante.

Ya había oído yo más veces esta historia, cuyo final, la primera vez me pareció terrible y, después, truculento. Pero, mira que todo encierra una lección.

Mi padre iba vigilante. Ojo a ojo, lobo a lobo. Cuando volvió de la majada no había contado con aquello, pues no era tiempo de que los lobos bajaran tanto; de haberlo tenido en cuenta hubiera salido antes, sin entretenerse en otros menesteres que podía haber hecho al día siguiente. Ahora parecía que le faltara tiempo y la trocha no le permitía avivar el trotecillo de la cabalgadura, que bastante tenía con sortear jarranchos y pedernales, y mi padre ladear los altos jarales a brazo y con la pierna defendida por zahones, pues venía atajando monte a través por el Burreño a Helechoso. Los lobos estrechaban cada vez más el cerco.

Con las últimas luces puso en práctica una medida que, si precaria, consideró surtiría el efecto apetecido, que no era otro que mantener las fieras a raya. Ató a una cuerda de bramante su navaja cabritera, una Girodia 108, y la dejó caer a cola de caballo, lanzándola por detrás de la grupa; de forma que fuera arrastrando, con lo que al chocar con los guijarros el lomo sobresaliente de la hoja, de cuatro dedos de larga, la medida justa, fuera soltando chispas, a imitación del fuego, que es lo que más temen los animales salvajes. A ti, aquel lobo te podría tragar de un solo bocado, a mi padre partirle en dos y al caballo despanzurrarle, y allí mismo se lo comerían.

Estos detalles siempre me hacían estremecer, por su crudeza y exageración, y aunque ya me lo sabía todo, siempre me sobresaltaban y volvían a angustiarme cada vez.

No se le quitaba, no, la inquietud a mi padre. No era medroso, pero la insistencia de las fieras, ya tan abajo, lo intranquilizaba; más cuando a lo lejos comenzó a vislumbrar el tenue resplandor de las bombillas del pueblo y los lobos redoblaron su acoso, como temiendo perder su presa. Recortaban las distancias y merodeaban ya los talones de la caballería, que se manejaba mejor, pues había salido a camino, y más de un caracoleo o encabritamiento tuvo que hacer para quitárselos de encima y mi padre refrenarlo para evitar que se lanzara a galope, pues ello podría provocar el asalto de las fieras, que abrían bocas como hornos y enseñaban dientes como ruedas de molino, que a ti te tragarían como a Pulgarcito. Y nos señalaba con el dedo sucesivamente.

Por fin las luces se pusieron a tiro de piedra y el propio pueblo se dibujó al contraluz de las estrellas. Era tarde y el pueblo dormía. El camino entraba por unos primeros edificios rurales separados entre sí, por el paraje de la Joya. Secaderos, pajares, chozos para guardar aperos. El camino, algunos árboles alineados a la orilla y fachadas de oscuridades medrosas. Mira, hijo, que mi padre suspiró aliviado y se dispuso a parar frente a una de esas casas para encerrar y abrevar el caballo.

Sin fiarse todavía, miró a todos lados. Nada. No vio nada, no oyó nada. Ni perro, ni gato, ni niño que llorara. Esperó aún. Nada. Ni rastro de lobos. Levantó una pierna, pasándola con lentitud y cuidado por encima de la albarda con las alforjas colgadas y sujetas a la cincha, y saltó al suelo. ¡Zocolón!

(Era el momento del horror, lo imprevisible; que se impone a la razón y pasa a la realidad).

Se le abalanzaron los lobos y se lo comieron.

-¡Pero, cómo!

Al detenerse el caballo, la navaja, también quieta, se apagó y cesó el fuego de sus señales, las chispas contra los guijarros, que era lo que mantuvo a raya los lobos.

Pero lo más asombroso es que no reparábamos en que si se lo comieron, cómo era que lo contaba. Todo era cuento, y de lo que nos cuidábamos era de que cuando al final decía ¡zocolón! no nos cogiera para comernos.

EL TÍO CANO

Pues era, que le llamaban tío "Cano" porque se le volvió el pelo todo blanco de la noche a la mañana. De un pavor.

Me contaba mi padre, que volvía del pueblo de pasar la fiesta de Todos los Santos. Y volvía solo porque se había quedado a festejar a cierta casada de la que hablaban malas lenguas. Subía caballero en un asno del que se servían para acarrear leña y bajar el queso los lunes. Monte arriba, por Majalardos a Ragaera, camino de las majadas, algo somnoliento y medio chispo. El tío "Cano" era cabrero.

Pero pronto algo le sacó de la modorra y le alertó los sentidos. No lo vio, pero lo sintió. ¡Ras! Un lobo. Paró y escuchó. Nada. ¡Ras! ¡Por allí! Tampoco alcanzó a ver nada. El jaral del monte era una mancha negra que subía por el horizonte al cielo agujereado de estrellas, pero sin luna. ¡Ras! Y mi padre escenificaba el movimiento de los lobos y el temor del cabrero, traspasándolo a nosotros, que quedábamos con la respiración suspensa.

Arreó el burro y trató de tranquilizarse. No era nada. Las jaras le golpeaban los pies, colgando sin estribos. Un escalofrío le recorrió la espalda, pensando que allí mismo podía abrirse la boca de un lobo y cortarle la pierna. ¡Ras! Se le erizaron los cabellos. ¿Eh? ¡Allí! Le pareció ver cruzar una sombra veloz. Unos ojos fosforescentes se abrieron y apagaron de golpe. ¡Por detrás! ¡Otro! Un aullido cercano le heló la sangre. Iba solo y la majada estaba lejos. Tomó la navaja del bolsillo del pantalón y, sin abrirla, la apretó en el cuenco de la mano.

Eran lobos. No sabía cuántos. Pero le seguían. Le fueron siguiendo, cada vez más cerca. Ya podía oírlos escurrirse entre las jaras, gruñir, y mi padre gruñía, amenazar, y mi padre amenazaba, más cerca, más, ¡zas!, y mi padre lanzaba un feroz grito zarandeándonos por los hombros al que pillaba, helándonos nuestra propia sangre a todos. "Déjalos, chacho, que los vas a hacer llorar", le regañaba mi madre. La lumbre ardía en la sala, pero las sombras se descolgaban de las esquinas como lobos. Yo tenía miedo, todos teníamos miedo. Tío "Cano" tenía miedo; que entonces todavía no le llamaban "Cano", sino "Saltaníos" (salta nidos), a lo que se dedicaba en sus largos días de cabrero por entre jaras y breñas, madroños y espinos, alisos y castaños.

Me contaba mi padre que tío "Cano" iba pensando en cómo salir de aquel aprieto, pues no se sentía muy seguro a lomos del jumento. El burro también daba señales de tener miedo y podía empavorecer, lo que vendría a dar con él en tierra, quedando a merced de los lobos. Sacó el mechero y comenzó a hacerle soltar chispas con una mano, mientras con la otra apretaba la navaja.

¡Rasca! Uno de los lobos tiró una dentellada al corvejón del burro. El animal lanzó un entrecorte de rebuzno. ¡Zumba! Otro le saltó por delante. El asno se había parado. Aquello tomaba tintes de tragedia. Tomó una decisión y saltó al suelo corriendo hacia un roble solitario que se recortaba contra la tenue claridad del cielo. El burro salió de estampía y los lobos se quedaron desorientados dando vueltas alrededor de sus propios rabos. Finalmente, enfilaron el roble y lo rodearon.

Tío "Cano", bien acostumbrado a escalar árboles, tanto en busca de nidos como para cortar, con un hachacilla que llevaba siempre terciada en el zurrón, ramas frondosas para comer el ganado en verano cuando la hierba fresca escaseaba, se había subido con presteza y acomodado en una horcadura, dispuesto a pasar allí el resto de la noche si los lobos persistían en el acoso. Tiritaba de frío y de miedo, seguramente, acurrucado como podía en la pelliza de media pierna con la que se abrigaba, sentado sobre las piernas metidas debajo del culo.

Las fieras no cesaban en sus idas y venidas, rodeaban el tronco constantemente y asaltaban la horcadura, algo baja, pues el roble era joven, pero suficiente. Tío "Cano" casi sentía el aliento de aquellas fauces que le amenazaban, el fuego de los ojos, el chocar de los dientes, los gruñidos, el jadeo incesante; todo, en la oscura noche y la soledad circundante, lo que le mantenía la piel sarpullida, los nervios en tiritera, los pelos de punta y la angustia atenazándole la garganta. Hasta que los lobos comenzaron a escarbar junto al tronco.

¡Aúúúú...! ¡Aúúúú...! Mi padre nos traspasaba el miedo de tío "Cano" y nos hacía castañear los dientes de pavor. Tío "Cano" terminó de empavorecer, cuando comprendió lo que pretendían los lobos: socavar las raíces del árbol y hacerlo caer; a lo que se dedicaron insistentemente algunos de ellos, mientras los otros merodeaban ululando. En tanto, la noche seguía avanzando; pero no llegaba la luz del día, que viniera a poner fin a la tragedia del atribulado cabrero.

En éstas, le pareció que el roble se había movido. ¿Eh? No. Quedó con la respiración en suspenso, y no. Pero, sí, ¡otra vez! se había bamboleado. Rasca, rasca, oía el escarbar de los lobos. La copa del árbol se inclinaba, hacía un movimiento de vaivén, se detenía. Así, otra hora y otra. Toda la noche esperando el día. Al fin, un lado del horizonte se rayó, parecía querer separar las dos oscuridades; la de arriba, con las estrellas ya empalidecidas y la de abajo, con los jarales por aclarar. Oyó, le pareció oír, que las raíces del roble que le sostenían, sonaban, se rajaban, se caía. ¡Cielos! Ya se veía el horizonte lejano, ya la luz, ya la luz, cuando... ¡Zas! ¡Al suelo! Perdida la razón por el pavor, oyó el derrumbe como un bronco escopetazo y perdió el sentido. Era el momento del horror. La narración se cortaba aquí y se esperaba angustiosamente lo imprevisible; eso que se impone a la razón y pasa a la realidad.

-¡¡Se lo comieron!!

No. Habían llegado otros cabreros de las Vegas del Horno y a tiros dispersaron los lobos, cuando ya se abalanzaban a la copa caída y envuelta en un terraguero. Durante toda la madrugada habían estado oyendo el espaciado pero persistente ulular, y con el primer albor salieron con escopetas y palos para ahuyentar a las fieras, sin pensar en el tío "Cano", al que supusieron que la noche se le había echado encima estando en el pueblo y se habría quedado allí a esperar el día.

Le descubrieron rodeado de las ramas y lo recogieron, sacudiéndole las ropas y la cabeza, de lo que quedaron sumamente sorprendidos al verla toda blanca, encanecida, cuando era un mocetón cumplido, con el pelo más negro que la boca de un lobo.