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NOTICIAS SOBRE AMULETOS DE CUERNO EN EL ESTE MADRILEÑO

FRAILE GIL, José Manuel

Publicado en el año 1996 en la Revista de Folklore número 190.

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Casi rayando con la provincia de Cuenca, discurre el Tajo por el Levante madrileño dando sus aguas y su apellido a pueblos como Brea, Estremera, Fuentidueña, Belmonte (antes Pozuelo de la Soga) y Villamanrique. Estos núcleos urbanos, de casas nobles, enrejadas y blancas tuvieron y aún tienen sus arrabales, peculiares barriadas excavadas en la roca, es decir, formadas por casas-cuevas que, como en el caso de Fuentidueña, parecen, con sus chimeneas blancas que emergen desde el suelo, pequeños sacromontes castellanos (1). Pero si harto interés presentan ya estas construcciones, es en las gentes que las habitaron en quienes vamos a posar nuestra atención en las páginas que siguen.

Una enorme masa de desheredados habitaba en estas cuevas que constituían su única propiedad; esas madrigueras y la fuerza de sus manos era el capital único con que familias de diez o doce individuos afrontaban un destino que tan sólo una alegría casi atávica hacía llevadero. Pero si antes dije que la cueva era el único bien de la familia, no sería exacta esta afirmación sin decir que otro bien, esta vez mueble, y bien mueble, se sumaba a ese escaso ajuar. La propiedad de un borriquillo era para estas gentes el mejor y único auxiliar de su subsistencia, pues con él transportaban fuera y dentro de Madrid las esteras, peludos y cuantos productos salían de la explotación familiar del esparto (2). La pobreza extrema en que estas familias vivían impedía incluso la crianza de un cerdo, animal que en toda España era la base del régimen alimenticio general. Por eso se mimaba al burro, porque a través de él se podían repartir por las provincias cercanas esas tristes manufacturas con las que los pobres de otros pueblos cubrían la frialdad de los poyos y los madrileños barrios bajos las baldosas de sus cuartos (3). Mira, pa que el borrico te quisiera, era bueno darle un terrón de azúcar, pero como no lo había se le daba una corteza de pan; pero pa que te quisiera a ti que eras su amo, había que sudarla, entonces mi padre se la metía así, en el sobaco, cuando estaba sudando y se la daba al animal y así le quería a él. Otras veces, cuando los borricos tenían tos, se metían entre el pan una camisa de culebra y así se curaban (4).

Y por eso era por lo que se protegía al borrico, porque su pérdida suponía empeñarse durante mucho tiempo con el tratante local. Y por eso, tirando del ramal que hemos pergeñado, vamos a ir llegando al meollo de estas líneas. Echar mal de ojo a la bestia suponía un peligro que ni en broma se admitía. Cuando en Nochebuena los chicuelos por las puertas demandaban aguinaldo, cantando sus coplas ya de alabanza a los amos, ya de temática religiosa, esgrimían la amenaza de echar el borrico si la dádiva no llegaba:

Esta Noche es Nochebuena
y mañana pico a pico
si no nos das aguinaldo
que se te muera el borrico (5).

Con la sola mención de esta copla se ablandaban como por ensalmo los corazones y vertían las cestas su contenido en cascajo. Pero a veces ciertas personas con la facultad de aojar, es decir, de hacer mal con la mirada -de echar mal de ojo-, lograban su deseo y el borriquillo enfermaba, se mostraba inapetente y triste ante la aterrada mirada de chicos y grandes. Y entonces, ya no cabía duda, el animal estaba aojado.

Al igual que Covarrubias decía ya en 1611: los niños corren más peligro que los hombres por ser tiernecitos y tener la sangre tan delgada (6), son las crías del borrico -los buches-, es decir las crías aún en periodo de lactancia, los más susceptibles de ser aojados. Por ello fueron surgiendo, en ésta como en otras áreas, una serie de productos profilácticos y curativos destinados a atajar el mal que ahora nos ocupa.

Los amuletos destinados a precaver el mal de ojo se denominan en este área dogales o cinganillos (7). son puntas de cuerno, horadadas por argollas de hierro, que más tarde describiremos con detalle. Pero una vez que el mal estaba hecho eran varios los caminos que podían llevar al desaojo del burro. Refregar la barriga de la bestia con una prenda que hubiere estado en contacto con el cuerpo de mellizo, a más de pasearlo por entre el ganado de pelo y lana y para acabar el tratamiento lavarle bien la boca con un guisopo untado en sal, vinagre y ajenjios. Si el daño no remitía, no quedaba ya sino andar a casa de la desaojadora llevando, eso sí, un manojito de pelo, motilado antes, del rabo o la crin del animal enfermo. Ante un candil encendido la mujer iba mojando las crines en el aceite y, sin dejar de hacer cruces, vertía unas cuantas gotas en una taza con agua; según las formas que el aceite adoptase podía saberse si el aojo era efectivo o se trataba de otra enfermedad cualquiera. Toda esta ceremonia se sazonaba con un ensalmo que, aprendido en Viernes Santo, no podía ni puede ser transmitido sin que se pierda la gracia (8). Si, finalmente, la muerte acabara arrebatando al pobre animal, no deja de ser interesante anotar que su calavera será utilizada como amuleto para evitar el aojo de melonares o sembrados floridos. De este modo el triste despojo, llamando la atención, con su fealdad, de la mirada maligna, atraerá sobre sí los efluvios negativos que, voluntaria o involuntariamente, produce la contemplación del aojador.

Pero volvamos al buche, sano y juguetón como antes de ser aojado. Para inmunizarlo contra posibles males no había sino colgar de su joven cuello un amuleto, conformado por uno de los apéndices que componen la cornamenta del ciervo, pendiente de una anilla en forma de vasija invertida. Estos amuletos sabemos que se usaron en muchas regiones de España; en el Museo del Pueblo Español se conservan ejemplares de Salamanca: Asta de ciervo para las caballerías. 15 cm. de largo. Salamanca; y de la cercana Toledo: Asta de venado con doble punta. 11 cm. de largo. Toledo (9). Fueron frecuentes también en Andalucía: Cuerno de ciervo para evitar el mal de ojo a los borricos (10). y en León, donde sabemos que para conocer si alguien tenía un mal de ojo se hacía pasar agua por el agujero interior del asta de un ciervo, al que a veces se llamaba cuerno del unicornio o alicornio (11). Y es que desde antiguo se ha aceptado la idea de que las puntas de materiales duros rompen los hechizos y el efecto de las malas miradas, como los rayos del sol rompen la oscuridad.

Parece que es el ciervo uno de los animales predilectos a la hora de usar como amuleto las ramificaciones de su cuerna y aún las piedras bezoares, es decir, las formaciones calcáreas que a veces se crían en los órganos internos, y así la que se encuentra en el interior de su corazón se creía eficaz contra la rabia, contra los venenos y contra las mordeduras ponzoñosas. Entre los autores clásicos que aluden a las propiedades maravillosas de estos apéndices figuran entre otros los siguientes: Plinio, quien afirma que al quemar cualquiera de las dos cuernas de ese esbelto rumiante se ahuyentan con su olor las serpientes y se declara la enfermedad de la aferecía (12); Galeno, cuando dice que el cuerno de este animal es provechoso para muchos efectos y lo mejor de él es el asiento que está junto al casco (13). Y por último Orfeo asegura que trayendo cualquier desposado el cuerno del ciervo tendrá perpetua paz con su esposa.

La utilización de estos amuletos córneos fue en lo antiguo uso común de todas las clases sociales; incluso los papas se sirvieron de ellos. Sabemos que Juan XXII, elegido papa en Avignon en 1316 tenía contra la getatura un corno serpentino: ...lo usaba en la mesa clavado en su pan y rodeado de sal (14). Pero pasma comprobar que entre la sociedad culta de nuestro siglo XX el uso de estos cuernecitos seguía vigente en la misma Corte de las Españas. En pleno movimiento ultraísta hallamos un testimonio al respecto en la obra de Cansinos titulada La novela de un literato; al tratar de una reyerta entre los periodistas Daguerre y Hernández Catá, éste último comentaba del primero: "...y además, todo el mundo sabe que es un getator. Si vieran ustedes los estropicios que hemos tenido en casa cuando él venía, como que yo me había comprado este fetiche". Y enseñaba un cuernecillo de coral pendido como dije en la cadena del reloj (15). Si esto acaecía entre la intelectualidad del momento, en la capital de España, cómo extrañamos de que otros cuernos, más grandes y menos caros, protegieran desde el cabezal la vida de las bestias, único patrimonio de unos pobres campesinos.

Pero volvamos al margen Este de la provincia donde un viejo tratante de mulas y animales de carga nos explica: ...el dogal se le ponía a los buches que estaban hermosos, sobre to cuando íbamos a las ferias, que entonces se iba a las ferias, a Alcalá (de Henares) que era el 24 de Agosto, a Tendilla, a Pastrana...y allí también los vendían (los dogales). Sigue su pausado relato comentándonos la forma de prender el amuleto: ...se metía por la argolla esta que tién arriba y se les ponían unas anillicas de yerro que tenían que ser nones, tres u cinco lo corriente. Así iban sonando y llamaban más la atención del que pudiá aojar al animal (16). En realidad todos estos profilácticos pretendían acaparar la fuerza visual negativa de los posibles aojadores, y al concentrarse en ellos a veces podían incluso hacerse pedazos, según la creencia general. En los pueblos vecinos a Estremera sólo he encontrado en quienes frisan ya los noventa años, noticias sobre el uso de estos dogales (17). Seguramente Estremera, que practicó hasta época más reciente el comercio del esparto, se sirvió hasta más tarde de estos amuletos para las bestias de carga.

Según Carmen Baroja, en su Catálogo de amuletos (18), la propiedad defensiva de estos cuernos, está en proporción directa a su tamaño. Las cinco piezas que he podido encontrar y estudiar oscilan entre los 8,5 cm. de la más pequeña y los 12 cm. de la mayor, sin contar la argolla. Estas puntas de cuerno tienen la base cilíndrica horadada, y en dos de ellas hay un cierto facetado que le da sección cuadrada; las anillas tienen forma de vasija invertida y atraviesan el cuerno con la línea recta que formaría la base, en uno de esos ángulos se cierran por medio de un remache hecho por herrero.

En las partijas, hijuelas e inventarios notariales no hay rastro de estos objetos, pues sin duda su poco valor material no los hizo merecedores al interés del escribano. Encontramos, eso sí, otros cuernos más lujosos que engastados en plata debieron proteger del aojamiento a los niños ricos de estos pueblos. Así en Cubas de la Sagra (1798) aparece: ...un asta de ciervo con su cadena de plata y otra yga engarzada en plata= 30 rs. En Brunete (1801): ...un cuerno engarzado con su cadena= 15 rs.; y en Villamanta: ...una punta de cuerno (1805), un cuerno con engarze de plata= 6 rs. (1805),...un cornatito (1809),...y un cuernecito engarzado en plata= 34 rs. (1810) (19). Esa higa que aparece en el cercano Cubas abre ya la puerta al estudio de otro amuleto que tallado en azabache, coral, cristal o hueso preservó de mal de ojo a los niños españoles durante siglos. Prendido de los hombros, como se ve en los retratos de los infantitos de Austria, verdaderos escaparates de relicarios y amuletos (20), renegreando en los blancos baberos de los niños de Estremera, dispuestos a atraer y concentrar sobre sí todo un maléfico mirar, o escondiendo su marfileño color en los vaivenes del fajero de los niños chinchonetos. Pero es harina de un costal que, a ser posible, desataremos en otras páginas.

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NOTAS

(1) El último trabajo, que recoge la bibliografía anterior, es el de: TORRE BRICEÑOS, Jesús de la: La vivienda troglodita en el valle del Tajuña, ponencia presentada en el congreso" Arquitectura vernácula, un patrimonio en peligro" (Celebrado en Madrid el 31 de Enero y 1 de Febrero de 1992). Patrocinado por Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales. Ministerio de Cultura. Unesco (en prensa).

(2) Un estudio sistemático sobre el laboreo del esparto en el Este madrileño está aún por hacerse. Materiales de primera mano para esta obra pueden verse en: FRAILE GIL, José Manuel: Madrid Tradicional. Antología. Vols. II y III. SAGA, S. A. VPD. 1097/98. Madrid, 1986. Disco II, cara B, corte 7.

(3) El día 15 de mayo, festividad de San Isidro, se daba entrada oficial al verano con el desestero. Ese día los pobres enrollaban sus esteras, previamente apaleadas, que no volverían a extender hasta finales de Octubre. En muchos pueblos de la provincia, hasta los más alejados del pico Norte, he oído referencias a estas gentes del llano que pregonaban peludos y esteras seguidos de su borrico.

(4) Debo todas estas informaciones a Isidra Camacho Horcajo quien, nacida en Estremera de Tajo en 1927 me ha brindado todo su saber, que es mucho, y su amistad, que es sincera. Sobre las propiedades curativas del cuerpo de la culebra en el área madrileña, véase: FRAILE GIL, José Manuel: "Lagartijas, lagartos y culebras por la tierra madrileña: Rimas y creencias", en Revista de Folklore, Valladolid, 1996. Nº 185, pp. 162-170.

(5) Me cantó esta copla Rufino Terrés Chacón, natural de Fuentidueña de Tajo. Puede escucharse en: Madrid Tradicional. Antología. Vol. VIII, KPD. 10.911. Corte 4. Ed. SAGA, S. A. Madrid, 1993.

(6) COVARRUBIAS y OROZCO, Sebastián de: Tesoro de la lengua castellana o española. Madrid, 1611. Manejo la reedición de Castalia. Madrid, 1995. Voz aojar, p. 101.

(7) Cinganillo es en Gumiel de Izán (Burgos) el palo que mediante una argolla cuelgan al collar de los galgos y perros de caza para impedir que estos corran a las liebres en época de veda. Debo estos informes a Juan Manuel Calle Ontoso de 32 años de edad, nacido en Gumiel.

(8) Para más informes sobre el mal de ojo en las personas, recogidos en el área próxima véase: DIAZ OJEDA, M.ª Angeles: "La creencia en el mal de ojo en el sur de Madrid". II Jornadas de Estudios sobre la Provincia de Madrid. Ed. Diputación de Madrid. Madrid, 1980.

(9) En el Catálogo del Museo del Pueblo Español, hoy Museo Nacional de Antropología, figuran ambas piezas con los nºs. 1965 (Salamanca) y 5370 (Toledo). Además para esta provincia puede verse el artículo de: PAN, Ismael del: Un curioso amuleto empleado contra el mal de ojo en los borricos de algunas regiones españolas. En "Actas de la Sociedad Española de Antropología, Etnología y Prehistoria". Año 3. Tomo III. Madrid, 1924.

(10) Tomo la referencia de ALVAREZ CURIEL, Francisco y MORETA LARA, Miguel A.: Supersticiones populares andaluzas. Ed. Argubal. Málaga, 1993.

(11) Tomo la referencia de RUA ALLER,J. y RUBIO GAGO, Manuel: La piedra celeste. Creencias populares leonesas. Col. "Breviarios de la calle del Pez", nº. 13. León, 1986. En una encuesta etnográfica realizada durante los primeros meses de 1989 en la zamorana comarca de Aliste, junto a J. M. González Matellán y Gustavo Cotera, recogí múltiples alusiones al alicornio. Parece que el fantástico animal acudía a las fuentes para abrevar y en este menester perdía a veces su único cuerno; el mortal que lo encontrara podía considerarse afortunado pues con él estaba a salvo de enfermedades y aojamientos.

(12) CAYO PLINIO, Segundo: Historia Natural. De Ciervos. Libro VIII. Cap. XXXII. Traducción del Licenciado Jerónimo de Huerta. Tomo I, pp. 436-438.

(13) A este respecto, Remedios García Moreno, nacida en Castilblanco de los Arroyos (Sevilla) en 1920 y criada en el Cortijo de Parladén, me contaba lo siguiente: En la cabeza der venao, en lo que tiene pegao en la cabeza er cuerno, cuando er venao se mata, en ve de cortalo lo arrancan, y esa piedra la cuecen con una yerba que hay en el campo; y se pone negro, negro, negro y se mete en una borsa (que mi padre lo tenía metío en una latita). Cuando picaba una víbora, porque había muchas en el campo, si le picaba a una cabra, que por lo regulá le picaba en er pescueso, se le empesaba a hinchá, a hinchá, se le ponía er pescueso tan grande como el cuerpo. Tendían la cabra en er suelo, entre mi hermano y ér y le ponían la piedra, y ar rato de tené la piedra pegá, puesta, se la sortaban y se la quedaba pegá; y le iba sacando er veneno, sacando er veneno, y se curaba. Después la metía en un poquito de leche hasta que sortaba er veneno y se quedaba limpia pa otra ve. Informes recogidos en Hospitalet de Llobregat (Barcelona) el día 3 de octubre de 1990 por J. M. Fraile Gil y E. Parra García.

(14) La noticia la tomo de BURMAN, Eduard: Los secretos de la Inquisición. Historia y legado del Santo Oficio desde Inocencio III a Juan Pablo II. Ed. Martínez Roca, S. A. Barcelona, 1988.

(15) CANSINOS ASENS, Rafael: La novela de un literato. Hombres, ideas, efemérides, anécdotas. Tomo II. 1914-1923. Ed. Alianza Editorial, S. A. Madrid, 1985.

(16) Debo estos ínformes a Segundo Platas de 93 años de edad, natural de Estremera de Tajo a quien visité con M. León Fernández en 1995.

(17) En Fuentidueña de Tajo, Rufino Terrés Rojo, de 90 años de edad, al escribir estas líneas, hombre de inmenso saber y buen carácter. En Villarejo de Salvanés, Gabina Díaz Garnacho de 90 años de edad, nos recibió un par de veces durante el mes de marzo de 1995 y en Valdaracete, Tomasa Navarro Sanz, mujer que a sus 88 años tiene lúcida la memoria y amable la sonrisa. Todas estas encuestas de campo las realicé con M. León Fernández, J. M. Calle Ontoso, A. Fernández Buendía y R. Cantarero Sánchez.

(18) BAROJA, Carmen: Catálogo de la colección de amuletos del Museo del Pueblo Español. Editado por el Museo, Madrid, 1945. Causa tristeza y enojo leer en estas líneas, escritas hace ahora cincuenta años: ...El día que las colecciones ocupen adecuado local, se hallen instaladas en la debida forma, llevaremos a cabo aquel trabajo, pese a su ingencia. Quizá haya que esperar otro medio siglo para que las instituciones de este país dignifiquen la Etnografía, dando a este museo la importancia que verdaderamente tiene.

Otros artículos que convendría ojear a quien este tema le interese son: ALARCON ROMAN, Concepción: "Amuletos Españoles" KOINE. Revista de Patrimonio Histórico. Año II. Nº 6. Madrid y GONZALEZ HONTORIA, Guadalupe: "Prácticas mágicas", Historia 16. Año XIII. Nº 136. Madrid.

(19) Debo estos datos de archivo a la paciente rebusca que Marcos León Fernández está realizando en las viejas notarías madrileñas.

(20) Sobre el uso de amuletos en los infantes de la Casa de Austria pueden consultarse: CORTES ECHANOVE, Luis: Nacimiento y crianza de personas reales en la corte de España. Madrid. C.S.I.C., 1958, pp. 29-41.

TORMO, Elías: En las Descalzas Reales. Estudios históricos, iconográficos y artísticos, pp. 231 y ss. Madrid, 1917.