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EL FOLKLORE DEL BALON REDONDO

HERRERO, Fernando

Publicado en el año 1997 en la Revista de Folklore número 193.

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En este final de siglo, y ante el asombro de unos pocos, y la aceptación masiva general, es el deporte del balón redondo, el fútbol (palabra que ya es por sí misma un anglicismo extraño) el que genera el folklore popular con una fuerza progresiva y arrolladora, que se sustenta, tanto en las características específicas del juego como en su multitudinario y fácil acceso a través de la tecnología. Hoy las retransmisiones televisivas de los partidos marcan la pauta. Mañana será Internet o cualquier otro sofisticado modo de ofrecerlo a la carta. Miles de millones se barajan en las diversas competiciones nacionales y multinacionales y nos encontramos con que las Federaciones (F.I.F.A. - U.E.F.A.) tienen una fuerza y una independencia increíble frente a cualquier legislación, incluida la comunitaria. El fútbol genera un inmeso poder -en ocasiones cuestiona y determina la propia política de un país- que se acrecienta, paradójicamente cuando las formas de comunicación se amplían. El monolitismo futbolístico es casi casi patológico y su folklore (aquellas prácticas, costumbres, modos que nacen de él) resulta mimético. A ello contribuye un estilo impuesto a los medios de comunicación por la fuerza del dinero y una proyección sentimental que se auspicia desde la frustración de los aficionados, y mucho más de los llamados hinchas, sustituyendo su vida personal por la de unos colores más artificiosos que reales.

La primera paradoja de este folklore futbolístico es la tremenda contradicción existente entre sus orígenes y su práctica. En principio, un equipo de fútbol representa lo inmediato, lo cercano, aquello que une desde costumbres y homogéneas formas de pensar. Teóricamente, un club de Sevilla se nutre de ciudadanos de allí, como uno de Vigo o Castellón. Lógicamente los componentes del equipo, al menos en su mayoría deberían representar los valores, la especificidad de su origen. Se dice que "el Barça es algo más que un club" y sus héroes son o han sido Kubala, Evaristo, Cruyff, Neskens, Maradona, Koeman, Stoichkhov, Romario o Ronaldo por citar unos nombres señeros, muy alejados todos de lo catalán. Ocurre en todas partes ¿qué decir del Deportivo de La Coruña que parece una ONU balompédica? ¿o de los croatas y serbios del Real Madrid o del Atlético? Por razones de pura conveniencia, uno y otro día nos enteramos de que Fulanito o Menganito han obtenido la nacionalidad española. Para estos personajes no existen las limitaciones que para cualquier otro trabajador se dan, y es que el fútbol -para tirios y troyanos- es un caso especial y su folklore lo es asimismo, siendo capaz de superar todas las contradicciones. Cuando un teatro institucional realiza un montaje de presupuesto alto, todo son críticas, aunque sea una nimiedad comparado con el dinero que se gasta en fichajes, cláusulas de permanencia, sueldos, primas y toda la pesca. Se citan miles de millones como quien lava y hoy, después de que el Barcelona adquiriera a Ronaldo por 2.500 millones parece que ha sido una operación económicamente barata, y la cifra de 4.000 se cita una y otra vez. Quince partidos de liga y unos cuantos goles, bellísimos algunos de ellos, eso sí, han disparado los ditirambos y los números hasta extremos inconcebibles. Se ha producido en el mundo del fútbol una especie de alucinación colectiva y los signos de estos mitos de hoy, surgen prefabricados desde una especie de folklore computerizado y manipulado que progresivamente va transformando los signos de identidad peculiares hasta su conversión en una serie de signos intercambiables y ficticios.

El folklore del balón redondo tiene muchos puntos de interés incluso desde la mistificación que va sufriendo. Ha creado sus mitos históricos, unas formas de comportamiento, un lenguaje propio. Ha propiciado guerras más cruentas que las que se derivan de un simple juego, ha generado catástrofes (el Estadio Heysel, la más significativa, aunque no han tardado en seguirle otras), conflictos ciudadanos con muertos incluidos. Lo que comenzó como un juego de gentleman’s, el fair play inglés, es ya toda una filosofía de la vida, que se va extendiendo como una mancha de aceite. Quizás el continente africano se cite hoy en los medios de comunicación tanto por las catástrofes y genocidios constantes, como por la floración de unos futbolistas que se incorporan a los grandes nombres. Un aspecto positivo de este fútbol híbrido y multinacional es la superación racista -al menos en los efectos concretos del deporte-industria-, que admite y exalta a jugadores de todos los colores. Portugal, Francia, Inglaterra, Holanda, Bélgica y demás han hecho suyos, incluso en las selecciones nacionales a futbolistas procedentes de las antiguas colonias, España, que admitió a las estrellas en tiempos de antaño, Ben Barek el magistral jugador marroquí que, con un rubio sueco, Carlsson formó la parte esencial del equipo del Atletic de Madrid, Campeón de Liga gracias a su concurso hoy en día ve como Barça y Madrid se pelean como niños por Karemben... En este caso el folklore del balón redondo ha conseguido superar los antiguos traumas, y aunque algunos Ultra Sur (R. Madrid) pusieron sus reparos a los Valdano (Sudaca) o Freddy Rincón, hoy se han visto temporalmente superados y Seedorf es casi un ídolo. La industria del fútbol es capaz de estos y muchos otros milagros.

1.-LOS HINCHAS

He aquí la base de todo código folklórico: el pueblo. En el fútbol el argot específico del deporte nace de los aficionados (al menos aparentemente) que califican jugadores, ponen motes, construyen frases, definen el equipo, crean categorías y van plasmando un lenguaje muy específico. Uno se pregunta, no obstante, si no ocurrirá como el casticismo del pueblo madrileño que Arniches reflejaba, sin saberse muy bien si el autor copiaba la voz de la calle o ésta adoptaba los modismos creados. En todo caso los hinchas mantienen el fuego sagrado y consideran las vicisitudes de su equipo como algo mucho más importante que la propia vida económica y social, o si no recuerden las protestas ciudadanas cuando Celta y Sevilla estuvieron a punto de dar con sus huesos en la Segunda División B. La masa de seguidores es, pues, la razón de ser del deporte rey, aunque a la hora de la verdad no se la trate con demasiado respeto y las directivas manipulen sus reacciones y las integren en los intereses económicos y de poder que les son propios.

Los signos folklóricos y de conducta de estos aficionados han cambiado decisivamente en sus signos externos. A la compulsión lúdica de la fiesta se ha unido un germen de violencia, si bien no general, sí bastante extendida en los campos de fútbol. Lo totalmente reprobable es la fascistización de muchos de los grupos de aficionados, desde los hooligans ingleses a los Ultra Sur, Frente Atletic, Boixos Nois y demás. La aparición de cruces gamadas, toleradas generalmente por los clubs, es absolutamente intolerable y contribuye a esa incomodidad que algunos de los partidos más importantes puede llegar a provocar. Expresiones como "de máximo riesgo" son ya una constante en el panorama deportivo. A los signos externos de color, banderas, bufandas, confettis, serpentinas, se unen gritos de apoyo, pocas canciones, slogans acuñados por el propio público. Gentes muy serias se transforman a la hora del ritual para acudir al partido y las bufandas y banderolas no son sólo cosas de chicos, sino de adultos, inmersos en esta ceremonia del Siglo XX que aúna lo directo del espectáculo y su visión a través de la pequeña pantalla. Cada partido es, a la vez que una prueba deportiva, una manifestación folklórica que en ocasiones resulta más interesante que el propio desarrollo de la contienda.

Así los hinchas, generalmente socios y abonados que los escandalosos precios por un partido aislado propugnan, son la columna vertebral de este deporte aunque paradójicamente y a efectos económicos resulten menos rentables los llenos que las retransmisiones televisivas, cosas del tiempo. Jugar en casa sostiene el apoyo de los hinchas, su griterío favorable, e injusto hacia el contrario o al señor de negro. Después, en los grandes fastos, el folklore se traslada de sitio: la Cibeles para los triunfos del Real Madrid, Neptuno para los del Atletic, La Ría para el Bilbao, la Plaza de Cataluña para el Barça, o la Fuente de Cuatro Caminos para el Deportivo de la Coruña... Después se ramifica en componentes religiosos o pararreligiosos: Acción de Gracias ante la Virgen local que se ha impuesto a otra virgen que a su vez hubiera sido homenajeada en caso de triunfo. Circunstancias estas, sumamente pintorescas, de las que se ha escrito poco...

Para la historia de la ciudad de La Coruña quedará siempre la noche triste en la que el fallo de un penalty en el último minuto impidió que el Deportivo por primera vez en su historia se proclamara campeón. Hubo esa juerga melancólica de los perdedores, orgullosos, con todo, de su proeza y no llegó a convertirse en el gigantesco funeral de Brasil en el año 1950. Pero el folklore de los pueblos conserva estas cosas, que de cuando en cuando se recuerdan o se cuentan a los niños. El poder del fútbol es suficiente para definir la historia e incorporarse a ella... Junto a las muñeiras que se conservan para el futuro están las cosas del Depor, la Galicia irredenta (independientemente de que sus protagonistas sean foráneos) que se hace rica y primera desde las posibilidades de un equipo campeón...

En esa noche de La Coruña, forofos y escépticos, compartieron una misma y terrible frustración... que no originó, que yo sepa, cantares ni poemas que incorporar al acervo popular, aunque sí fotos e imágenes que testimoniarán el pasado para el futuro.

II-LOS CLUBS

Estos aficionados, que curiosamente mantienen curiosas fidelidades a través del tiempo y el espacio con peñas, o sea Agrupaciones de forofos, de los más lejanos lugares siempre en la proyección de un Club poderoso, el Barça, el Real Madrid, el Atlétic, son los que constituyen la masa social del club, que eligen (cuando pueden) a los Presidentes y que pagan y sustentan el sistema. El club es la Institución omnipotente, sobre todo si las cuentas andan medianamente, y rige despóticamente la vida del equipo, más que desde su integración colectiva, desde la figura, más o menos popular, de su Presidente.

He aquí un tipo absolutamente folklórico que ha llegado a convertirse en esperpéntico. El Sr. Presidente desde los tiempos de Santiago Bernabeu, ha sido en principio un tipo presuntuoso que no vacilaba en poner su nombre a los campos de fútbol que pagaban todos. El cambio de las viejas denominaciones, Chamartin-Santiago Bernabeu, Mestalla-Vicente Casanova, Nervión-Sánchez Pizjuán, Manzanares-Vicente Calderón y tantos otros es prueba de la estupidez humana. Romper la identificación de un lugar, de carácter permanente, para alimentar el ego de un sujeto cualquiera significa la desaparición de esos signos de identidad que unen las diversas épocas.

Ahora los clubs son, en España y otros países europeos, Sociedades anónimas, a cuya presidencia se encaraman personajes y personajillos que también entran de lleno en el folklore. Sólo R. Madrid y Barcelona continúan el antiguo sistema, pero no por ello dejan de ser pintorescos, por no decir otra cosa, sus mandamases. Los Sres. Roig, Núñez, Mendoza, Sanz, Jesús Gil, Ruiz de Lopera y la esposa de Ruiz Mateos pasarán a las antologías del humor y sus declaraciones serían suficientes para llenar muchas páginas de los libritos de chistes o los pliegos de cordel de antaño. El mercantilismo del fútbol, la sumisión de éste a los cánones económicos, la popularidad y la difusión han originado que sobre los clubs se ciernan las negras sombras de constructores, negociantes y multinacionales. ¿Existe acaso una mejor manera de disimular el dinero negro? Día tras día, las tonterías de estos "nuevos ricos del deporte" son acogidas con todo lujo de detalles por los medios de comunicación y sus destinatarios. La política que siempre tuvo en el fútbol una sólida coartada, se intensifica de forma desmesurada con estas formas de hoy, muy propias del mundo en que vivimos, lo que representa una manera de mirar las cosas, que es parte del folklore del final del milenio, personajes que marcan, desgraciadamente, estilo y que nada tienen que envidiar a los tipos populares de épocas pasadas. Lo malo es que no existe ningún Valle Inclán que pueda trasladarlos a la escena y, curiosamente, estos tipos no han llegado al cine ni a las series televisivas. Están especialmente preservados, e incluso mimados a la hora de salir a la palestra. Parece que la convivencia entre los medios de difusión y estos especímenes del fútbol de hoy permite se les ponga suavemente en ridículo pero sin que en ningún caso se extremen las críticas y se ponga al descubierto muchos de los sucios trapicheos que definen el mundo del fútbol como una sofisticada "Corte de los Milagros". Corrupción y dinero negro, son términos habituales en estos parámetros, a pesar de los beneficios que todavía detentan estos personajes casi intocables. Existe un miedo ancestral a romper la baraja, como si este deporte (cada vez menos deporte y más espectáculo) fuese el garante de la estabilidad del mundo. La impunidad de los grandes estamentos del fútbol, U.E.F.A., F.I.F.A, es casi absoluta, sobre todo si los medios de comunicación, fundamentalmente la todopoderosa televisión, están a su favor. Quizás sea la sentencia Bosman la que abra un agujerito en la espesa muralla, aunque la posibilidad de agrandarlo sea aún muy lejana. Estos directivos nacionales y extranjeros, enriquecidos empresarios o ávidos perceptores de dinero, forman una fauna folklórica, entendiendo el concepto en su expresión peyorativa. A fin de cuentas cada época genera sus propios dragones y la nuestra, tan tecnificada, les ha ofrecido una cobertura que no impide el ridículo pero sí, de momento, su permanencia en los cargos, por encima de toda lógica y justicia. Las excepciones, contadas, no son sino eso, excepciones que no hacen sino confirmar la regla.

III- LOS HÉROES DEL DOMINGO Y LOS ANTIHEROES

(O del sábado, lunes, martes, miércoles o viernes) que , por mor de las cadenas televisivas siempre son días de fútbol, ante la desesperación de restauradores, empresarios teatrales y cinematográficos. Ahí están los héroes del presente, los mitos que el pueblo venera, que intenta imitar. Unos héroes que tienen nombres y apodos, que son nacionalizados, prohijados, exaltados por las diversas ciudades donde juegan. Héroes modestos, los del montón, héroes de alto nivel, unas pocas decenas, y superhéroes que son escasos, aunque siempre existan nombres que quieran pasar de una categoría a otra. A lo largo de la historia han dejado sus huellas, aunque éstas sean efímeras. Quedan algunos, Ramírez, Quincoces, Zarra, Zamora, Gainza, César, Molovny, Gento, Di Stefano, Kubala, Evaristo, Puskas, Kopa... Amancio, entre tantos otros... pueden citarse en plan anecdótico y de referencia, pero el tiempo pasa una esponja que lo borra casi todo. Esos mitos del cercano pasado son mucho menos consistentes que aquéllos que se pierden en la noche de los tiempos. El fútbol necesita actualidad, rabiosa actualidad, y hoy Ronaldo, Mijatovic y Suker sustituyen a los Romario, Stoichov, Zamorano y demás. La novedad se llama Raúl, un niñato de veinte años, pero pronto puede volverse viejo como en el caso de Iván de la Peña. Los fabricantes de estos mitos del balón son bastante horteras, y a la hora de la verdad suelen definirlos, más que por sus características técnicas (o estéticas) por su valor en el mercado. Ronaldo ¿será el nuevo Pelé?... Doce partidos han encendido la llama y ante las admiraciones que despiertan sus goles, casi todos babean, como si de un Mozart redivivo se tratara... La psiquiatría tiene abonada mucha clientela ante estos síndromes de alucinación colectiva...

Y el caso es que la mayoría de los grandes fenómenos del fútbol son de procedencia humilde, niños que jugaban con la pelota en cualquier calle, prado o playa, que en este deporte han encontrado su proyección: Maídos, Pelé, Beckenbauer, Garrincha, Maradona, el propio Ronaldo, mito del rabioso presente... Algunos convertidos en Lores, Ministros, Presidentes de Clubs... algunos han ganado, e invertido bien su dinero (Butragueño), otros han muerto en la miseria, quemados y rotos... Son éstos los que en último término representan el aspecto cínico de este deporte tecnificado, sometidos a los imperativos de grandes fuerzas económicas. A pesar de los excesos de las absurdas evaluaciones económicas, el arte del fútbol (que existe) permanece, aunque no siempre los mitos en proyección llegan a plasmar lo que se esperaba. La vigencia en las canchas, el stajanovismo de algunos entrenadores o presidentes, la búsqueda del triunfo por cualquier medio están a la orden del día. Corre demasiado dinero en el fútbol para que los artistas individuales puedan ser absolutamente preservados.

Estos héroes o mitos, protagonistas de un folklore que se concretaba en cromos antaño, hoy en vídeos televisivos o en C.D.ROM, tienen detrás de ellos una especie de antihéroes que, junto con los presidentes de los clubs, mantienen la disciplina y el rigor táctico que siendo necesarios en ocasiones apelmazan los lances y transforman los partidos abiertos en luchas de pizarra en las que se sustituye la belleza del juego por la practicidad. Son los entrenadores, algunos viejas glorias que remedan su prestigio, aunque sea desde otro lado de la barrera, y que viven sujetos, incluso los mejores (Cruyff, por ejemplo) a los resultados. Cobran los más reputados buenos emolumentos, son asediados como Fabio Cappello y pocos se libran de un cese más o menos anticipado. Cuando están en el poder lo ejercen de forma absoluta y no siempre tienen el tacto de un Vicente Cantatore, les gustan los jugadores de equipo, sacrificados en el conjunto y a las figuras las intentan subordinar con mayor o menor éxito, a su discurso deportivo y siempre ligado a la práctica. Pocos son los que buscan la belleza del deporte. Si los resultados no llegan son sacrificados, olvidando sus éxitos anteriores, como ha pasado con algunos de los mejores de estos últimos tiempos (Cruyff, Víctor Fernández y Jorge Valdano). Renacen como el Ave Fénix de sus cenizas, y los que no valían en un equipo son estupendos para otro, hasta que termina su tiempo... Entrenadores, Místeres (oh, el idioma) pero no entran en el folklore de este deporte, a lo mejor injustamente, sino por la puerta secundaria...

Antihéroes tienen que existir siempre, los malos de los cuentos de hadas, las brujas perversas de las leyendas, antes siempre vestidas de negro, hoy suavizando en plan light el color, son los arbitros que concitan siempre las iras de los perdedores y que a veces son tan efectivamente perversos como la hechicera maligna o el dragón de lengua de fuego. La imaginación popular ha creado todo un lenguaje para el insulto a estos jueces decisivos que, un día sí y otro no, ahora denunciados por las imágenes televisivas, meten la pata en lances fundamentales para los resultados. Se buscan formas de designación y al final se impone el dedo poderoso. No son, en puridad, profesionales y sus fallos comprobados no alteran los resultados. Para la aplicación de las modernas técnicas a estos efectos, las instituciones futbolistas son ciegas y sordas, y a lo mejor tienen razón. El folklore de este deporte del balón redondo sería muy diferente y mucho menos apasionante si no existieran estos fallos que contribuyen a mantener la moral de todos. La justicia perfecta desde la comprobación técnica no sería aconsejable ni para los intereses del sistema, ni tampoco, y esto resulta curioso, para los de los aficionados.

IV- LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Son los que crean el folklore, el lenguaje específicamente "futbolístico" que pasará a las antologías. Desde la profusión sonora con la que se dice "Goooool..." hasta los lugares comunes que definen este deporte con frases hechas que se han impuesto incluso en el habla habitual, en sus componentes metafóricos. Carlos Toro en un magnífico estudio de este deporte "Caldera de Pasiones" con minuciosidad ejemplar nos transmite la semiología futbolística y su impacto directo en lo real e inmediato. El fútbol no sólo concita el interés masivo, sino también el proceso de construcción (o deconstrucción) del lenguaje. Así la utilización del tópico resulta tan natural como previsible, y los lectores de los periódicos deportivos o los que escuchan la radio o ven los programas televisivos esperan siempre unos términos identificativos. El estudio del lenguaje popular del futuro, tendrá que contar con este nuevo vocabulario de origen futbolístico, más extendido aún que el taurino, reservado en ocasiones a los especialistas del tema.

Los diarios deportivos, "Marca" en primer término, son los más vendidos del país, y no por su calidad crítica, sino por su minuciosidad informativa, generalmente de lo secundario. Frente a esta constatación los diarios de información general amplían sus páginas deportivas, e incluso "Diario 16" ha creado un suplemento extenso diario. Las crónicas no son casi nunca personales y creativas, proyectándose un estilo amorfo que las hace intercambiables, y sólo comentarios al margen de la reseña del partido aportan algo nuevo sobre el mero análisis de lo sucedido en el terreno de juego. En los periódicos especializados proliferan las entrevistas y las proclamaciones de estos nuevos héroes del siglo XX, casi XXI, se nutren de ditirambos tan excesivos como repetitivos. Así la mitología, el folklore de los héroes, y antihéroes, del fútbol se establece desde una temible inanidad.

Lo de la radio es un fenómeno diferente. La capacidad de los "comunicadores" para atraer a sus oyentes (y a los anuncios) es impresionante. Se partió de la denuncia de la corrupción con el curioso resultado de que varios lustros después ésta es mayor y más secreta que nunca. Se utilizaron técnicas de descalificación, unidas a la obtención de primicias por medios, en general, poco confesables. Se estableció un imperio en el que el micrófono era rey y quien lo tenía en la mano podía cerrar cualquier opinión contraria. Se creó todo un lenguaje radiofónico, atentatorio contra la gramática, pero de eficacia probada para el oyente. La figura de José María García ocupó muchos años el trono de la audiencia, a partir de una serie de elementos, positivos y negativos, que ha sabido utilizar a su favor. La paradoja de estos espacios radiofónicos es que, desde una aparente postura crítica, no han hecho sino propiciar el mercantilismo más rotundo y la transformación del deporte en este fenómeno manipulatorio al que sólo salva, en ocasiones, el deporte en sí mismo considerado. El populismo y la demagogia política se dan la mano en el intento casi único de conseguir el récord de audiencia en la franja horaria de la noche. El que "El larguero" haya ganado momentáneamente la partida poco significa a estos efectos. Los espacios radiofónicos han generado también una especie de folklore terminológico y de compulsión de la opinión pública mucho más peligroso de lo que parece.

La reina es ahora la TV. Dentro de pocos años, ya casi ocurre ahora, las competiciones futbolísticas se decidirán por las grandes cadenas. Se televisan partidos a todas horas, pero ello no empecina que, gracias a su propagación de los propios medios, todos quieran asistir en directo al "partido del siglo" de cada año. El fútbol a la carta comprende la disección de todos y cada uno de los aspectos futbolísticos y meta-futbolísticos de los partidos, desde las tomas más insólitas y las imágenes más indiscretas. El ojo y el oído de la cámara impiden cualquier tipo de privacidad en el terreno de juego. Palabrotas e insultos dichos en la intimidad serán puestos en solfa. El lenguaje televisivo ha creado igualmente una adicción mortífera y generado toda una estética de la jugada y del "goooool..." como finalidad suprema de un deporte, cuyo grado de influencia en la multitud resulta propiciado por el esquema informativo que sepulta cualquier otra opción lúdica y transforma la esencia de una competición, en una proclamación nacionalista, otro signo folklórico, coches y bocinas, banderolas en las ventanillas, concentraciones en masa tras la victoria de un campeonato, tan epidérmica como intensa.

V- EL FOLKLORE FUTBOLÍSTICO Y SU EXPRESIÓN ARTÍSTICA

El fútbol es tan potente que no admite sucedáneos fuera de lo que se conforma por sí mismo. Así poquitas novelas u obras de teatro lo han tenido como base temática (unos cuentos publicados hace poco de firmas consagradas, Delibes, Cela, Benedetti, Atzaga, Fernández Santos, Vázquez Montalbán...) no hacen sino ratificar el carácter marginal de éstos en la obra global de los autores. Tampoco ha sido tema fílmico. Se cuentan con los dedos de la mano las películas en las que tengan especial significación ("Evasión o victoria" de Huston es la más notable aunque lo inserte en otra historia de mayor significación). La música, salvo los himnos de los Clubs de escasísima calidad no pueden contar con obra alguna de consideración. Dos o tres poemas (Alberti) se salvan del vacío, igualmente existente en el mundo escénico. Un caso curioso pero absolutamente significativo de dónde van los tiros. Los investigadores del futuro tendrán que recurrir a otros signos más inmediatos y mediocres, para comprender lo que significó este deporte o mito de los finales del siglo XX.

Se publican en cambio muchísimos libros sobre tal o cual aspecto del fútbol, desde la sociología, la crónica, la hagiografía del ídolo, o la crítica a instituciones. Algunos son valiosos, el de Eduardo Galeano. "El fútbol a sol y sombra" en el que bucea en los aspectos folklóricos del tema a través de la realidad, y el pasado sudamericano, o el librito-Diccionario de Alfredo Relaño, "Caldera de Pasiones"; el de Carlos Toro también ofrece datos muy valiosos, desde la índole de este trabajo sobre los modismos que surgen del fútbol y se han incorporado al habla popular. Por lo demás, y desde perspectivas muy diferentes hoy existen documentos que, en lo positivo y lo negativo, permiten el acercamiento a este fenómeno de masas en sus aspectos políticos, sociales, económicos y técnicos.

Como resumen de estas líneas podemos decir que un deporte colectivo de gran belleza, el fútbol, ha trascendido su propia sustancia, desde un proceso de potenciación económica cuyos resultados han ido en detrimento del deporte y su conversión en un inmenso tinglado manipulatorio con resultados muy negativos en lo que se refiere a la alienación colectiva y a la permisión de una violencia que tiene connotaciones neonazis e irracionales de preocupante alcance. Se han creado unos mitos efímeros y desproporcionados y un folklore dirigido que ha corrompido muchos de los presupuestos del deporte.

Quizá la definición mejor la dé un chiste de Forges publicado en "El País". Cuatro hombres acodados en la barra de un bar, uno de ellos, vestido de futbolista y con un letrero en la espalda "Ronaldo". Otro, calvo y con dos pelos dice "Oh, es Ronaldo ¡qué ilusión! Por favor ¿podría pegarme una patada en la cabeza?... Cuando lo cuente en la oficina..." Así es, si así os parece, diríamos parafraseando a Pirandello. El folklore del balón redondo tiene todavía mucha tela por cortar.