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Una mirada a la fotografía desde la etnología

BELLIDO BLANCO, Antonio

Publicado en el año 1997 en la Revista de Folklore número 194.

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Al abuelo Teodoro
En 1839 el Estado francés adquiría el invento del daguerrotipo y, siguiendo un procedimiento habitual en la época, lo abandonaba a la libre iniciativa de quien quisiera explotarlo. La transcendencia del descubrimiento era grande, ya que está considerado como la culminación de numerosas experimentaciones previas encaminadas a lograr reproducir fielmente imágenes de un modo estable y permanente. A partir de esta fecha comienza el proceso de desarrollo de la fotografía, que a lo largo del siglo XIX se beneficiaría de la aplicación de diversos avances que fueron perfeccionando los resultados y la ejecución técnica de las primeras placas, poco nítidas y que requerían largos períodos de exposición.

Desde el primer momento la fotografía suplanta al arte del retrato tal como se efectuaba hasta entonces, obligando a muchos pintores, miniaturistas y grabadores a dejar su anterior ocupación y adoptar el nuevo oficio de fotógrafo. Pero además supera la finalidad puramente estética o artística y se aplica también como instrumento de documentación y representación de la realidad en numerosos campos.

No obstante, la pretendida objetividad que se proclamaba con el uso de esta técnica a la hora de mostrar diversos acontecimientos y sucesos no era cierta. La fotografía no se reduce al acto mecánico de convertir en imagen un tiempo pasado, en realidad limitado a una fracción de segundo, sino que también incluye el de la recepción y percepción de la imagen fijada. De este modo la representación obtenida se convierte en una mediadora entre el espectador y la realidad, pudiendo existir tantas interpretaciones como miradas. Rodríguez Gutiérrez (1995, 241) ha delimitado la esencia de la fotografía en tres campos: 1. la fotografía como elemento objetivo que plasma la realidad, 2. la fotografía supera las limitaciones de una simple huella mimética y es vista como una transformación de lo real; y 3. la fotografía carece de valor por sí misma y se convierte en un referente del objeto real.

Entre todos los ámbitos afectados por la aparición de la fotografía, también la Etnología se ha beneficiado de este avance y numerosos investigadores han venido acompañando sus trabajos desde hace más de un siglo con fotografías de muy diversa naturaleza. Durante mucho tiempo el etnógrafo supuestamente encontró en la fotografía un testimonio independiente, imparcial y auténtico en un grado muy superior al atribuido a las obras escritas. Lo visto, la imagen, se tenía por encima de lo escuchado, la palabra. Pese a ello la mayoría de manuales sobre el trabajo de campo apenas hacen referencia a esta fuente de documentación, primando el registro escrito de lo observado y admitiendo el uso de grabaciones sonoras y filmaciones audiovisuales fundamentalmente cuando se requiere un elevado nivel de detalle en la recogida de datos (HammersLey y Atkinson 1994, 161-90; Cresswell y Godelier 1981, 119-46). Es en este campo de la producción audiovisual en el que más se ha insistido en los últimos años, no sólo como elemento de documentación, sino también como medio autónomo de expresar conceptos intelectuales de la Antropología (Asch 1992; Alvar, 1992) de un modo que aún casi no se ha tratado de explotar en la fotografía (cf. Imágenes...), quizás por sus mayores limitaciones a la hora de conjuntar las imágenes con un texto que resulte fácilmente asimilable a la vez que se las observa.

Manuel Gutiérrez Estévez (1991) ha clasificado la fotografía etnológica o antropológica en relación con "los otros", con culturas y sociedades ajenas al investigador, en cuatro categorías. En primer lugar están las "exóticas", realizadas con la finalidad de plasmar pueblos pintorescos que aparecen como extraños y con un ambiente primitivo y semisalvaje. Otras serían las "etnográficas", que, frente a las anteriores, se dirigen a los profesionales y sirven de apoyo al texto por éstos elaborado, reforzando su mensaje narrativo-explicativo En estos dos casos se presentan, bajo la apariencia de una supuesta objetividad, fragmentos de anécdotas con una intención evocadora. El tercer tipo son las fotografías "credenciales", en las que el propio etnógrafo protagoniza la escena y sirven para testimoniar que él ha compartido su vida con los pueblos que estudia. Por último se encuentran las fotografías "amigables" o "amistosas", que se hacen para tener un recuerdo de los indígenas amigos y no aparecen éstos realizando tareas específicas, sino que ellos eligen la vestimenta, la postura y la ambientación.

Pero no queremos profundizar en estas fotografías, que son realizadas con un destino claramente documental o divulgativo dentro de trabajos antropológicos. Lo que nos interesa realmente no es tratar de cómo debe enfocar el investigador el uso de la fotografía en sus trabajos, sino cómo el etnólogo puede aprovechar las fotografías que otros han realizado con anterioridad a que él aborde cualquier intento de investigación y sobre las que, en virtud de esa anterioridad, no se ha tenido oportunidad de influir. Fotografías, además, muchas veces surgidas desde el interior de las comunidades que se estudian, según sus propios intereses y su visión de la realidad.

La fotografía antigua constituye un enjundioso elemento de estudio antropológico. Cada placa o negativo que ha captado la imagen de un mercado local, de una antigua construcción, de un paisaje desaparecido, de viejos objetos, de músicos, vendedores ambulantes o cualquier otro detalle que recupere un instante perdido de nuestro pasado, alberga un pedazo de conocimiento que puede ser desentrañado.

Varias son las fuentes de documentación a las que recurrir en busca de imágenes fotográficas. Por un lado se encuentran las publicaciones periódicas. Desde comienzos del siglo XIX se editan revistas con representaciones de manifestaciones artísticas, en principio grabados, pero que luego conviven, copian o van siendo sustituidas por fotografías. Exponentes de ello son El Artista -desde 1835-, El arte de España -desde 1862-, el Semanario Pintoresco Español -desde 1836- o La Ilustración Española y Americana. Muchas publicaciones, aun careciendo de artículos de fondo con temática etnológica, contaban con un interesante material gráfico, como Blanco y Negro, por ello hay que tener presentes archivos como el del diario ABC o el de la agencia EFE (vd Fraile Gil 1986).

A partir de este siglo la fotografía va ganando peso frente a los grabados. No puede dejar de recurrirse a la revista Estampa, que entre 1928 y 1938 saca a la luz una amplia selección de fotografías publicadas en sus artículos etnográficos y costumbristas, muchos narrados a modo de viajes, que constituyen auténticos reportajes monográficos al modo de publicaciones alemanas de la época dedicadas a noticias de actualidad, como Berliner Illustrierte y Münchner Illustrierte Presse, que fueron imitadas por la francesa Vu y, algo más tarde, por la estadounidense LIFE (Freund 1976). Pueden encontrarse en Estampa tipos populares que posan con su indumentaria tradicional, individuos con peculiares ocupaciones, costumbres o fiestas, edificios o pueblos, artesanías peculiares, ferias, bailes o bodas.

Una fuente más la constituyen los archivos de fotógrafos profesionales pues, aunque por lo general no captan escenas "populares" a no ser que exista la posibilidad de obtener un mínimo beneficio económico, no faltan algunos individuos con interés por esos temas (Sánchez 1992, 33). Desgraciadamente no siempre se han conservado sus archivos, ya que no era raro que si nadie continuaba con el oficio familiar, sus negativos se dispersasen o fuesen destruidos.

Quizás mayor interés etnológico alcancen las colecciones de fotografías acumuladas por los viajeros extranjeros que, por interés personal o bajo el patrocinio de alguna agencia, atravesaban nuestro país buscando retratar todos aquellos aspectos pintorescos, cotidianos o costumbristas que llamaban su atención. Sus primeros reportajes se remontan a mediados del siglo XIX, con iniciadores como Constant, Schmidt, Théophile Gautier, Charles Clifford y J. Laurent, si bien la época más pródiga se encuadraría entre los años veinte y sesenta de este siglo.

Junto a estos materiales, dispersos y que además responden a un interés muy concreto, ya que su nexo de unión es el artista que las ha realizado, existen archivos de fotógrafos españoles y centros documentales con unos amplios fondos, como el Arxiu Mas de Barcelona, el archivo del Servicio de Extensión Agraria del Ministerio de Agricultura y el Archivo Ruiz-Vernacci del Ministerio de Cultura en Madrid. En ellos se pueden encontrar tipos característicos, edificios monumentales y faenas cotidianas que hoy se han vuelto reliquias. La mayoría de ocasiones, las fotografías que pueden recopilarse mediante las vías hasta aquí expuestas bien podrían incluirse en la categoría de "exóticas" dentro de la clasificación de Manuel Gutiérrez, tanto porque se presentan individuos anónimos en un ambiente o en actividades hoy perdidas como por la actitud de los retratados, mostrando indiferencia o posando como modelos en actitudes estereotipadas.

Con mayor enjundia para nuestro propósito se presenta otro tipo de archivos. Estos no han sido fruto de un mismo artista, sino de muchos distintos y su elemento de unión lo constituyen no quien está tras la cámara, sino quienes están delante, los retratados. Son archivos familiares que se han ido transmitiendo, muchas veces como pequeños tesoros dentro de cajas de cartón o metálicas, de padres a hijos al tiempo que se incrementaban. Su elaboración está muy lejos de un fin divulgativo o cultural, y en la mayoría de los casos está ligada a la historia de una familia, a sus miembros, sus posesiones o a acontecimientos señalados. Por esta misma razón su manejo resulta sumamente complejo, ya que depende de la disposición que en cada caso concreto presenten sus propietarios; asimismo, una sola familia no contará con más que unas pocas fotos y acceder a una cantidad considerable de imágenes exige tener contacto con varias de esas familias.

El mayor aliciente al manejarlas reside en la posibilidad de analizar un material en el que muchas veces es el propio retratado quien decide las características de la imagen: cuándo se hace, cómo, dónde, quién aparece en ella, en qué actitud... Es el retratado el que nos habla y nos envía un mensaje a través de la foto. La plasmación sobre un soporte fijo de esa realidad visible, con unas circunstancias bien delimitadas, responde al deseo de materializar de un modo constante o perenne un momento concreto que habría pasado y que sólo se habría conservado en el recuerdo.

La finalidad de la fotografía puede ser variada; desde un elemento para abonar el recuerdo de una persona querida o un acontecimiento especialmente grato hasta un regalo para que sean otros (no sólo personas conocidas, sino también descendientes que aún no hayan nacido) los que recuerden al fotografiado tal y como él quiso ser captado por la cámara.

Los pueblos forman la mejor cantera a la hora de recoger estampas de carácter etnográfico. Sin embargo, no ha sido hasta hace unos veinte años que las gentes del mundo rural han poseído cámaras fotográficas de un modo relativamente generalizado. Esto limita mucho el posible material a recoger. Pero aunque nadie o sólo unos pocos dispusieran de cámara, las fotografías están ahí.

Las primeras alcanzan fechas tan antiguas como mediados del siglo XIX, ya que es entonces cuando irrumpe en las principales ciudades de Europa un grupo de gentes que se dedican profesionalmente al oficio de fotógrafo. Realizan retratos que ya desde esos momentos se caracterizan por las poses estereotipadas que pretenden describir el carácter y dedicación de los retratados. De entre las imágenes encontradas en los pueblos, unas cuantas son retratos de estudios tomados en algún viaje ocasional a la capital de la provincia y, dentro de un marco neutro y artificial, no contienen casi ningún elemento etnológico que, a lo sumo, quedan reducidos a la vestimenta y aún ésta adopta una morfología cercana a lo urbano. Junto a ellas, con quizás más información, pueden colocarse los retratos que, en torno al maestro, se hacía a las diferentes promociones de estudiantes que pasaban por las escuelas de los pueblos. Es así como de los años finales del siglo XIX y del primer tercio del XX no se suelen encontrar en los fondos de las familias rurales otras fotografías que no sean éstas.

Ya a finales del siglo XIX la fotografía se comienza a popularizar con la aparición de equipos de fácil manejo, pero esto se aprecia sobre todo desde 1925, cuando se comercializan cámaras de pequeño formato como la “Ermanox" o la "Leica".

Estos progresos no tuvieron una rápida introducción en el ámbito rural, que quizás aún no estaba demasiado imbuido por las diferentes manifestaciones de la industrialización. Por fortuna la carencia en este campo vino a subsanarse con la aparición de fotógrafos ambulantes que, aun viviendo habitualmente en una localidad, se dedicaban a recorrer todas las de las inmediaciones. Su actividad cotidiana no tenía por qué diferir demasiado de la de sus convecinos, pero llegadas las fiestas patronales o de quintos, cogían su bicicleta o su moto y se desplazaban allí donde la celebración causaba la aglomeración de gente. La época más interesante de su trabajo son las décadas de los cincuenta y sesenta, cuando acudían a fiestas, carnavales y bailes, ya que a partir de finales de los sesenta su oficio se profesionaliza y comienzan a ganar peso los reportajes de bodas, bautizos, comuniones..., perdiéndose espontaneidad y reflejándose un mundo que cada vez tenía menos de tradicional y se acercaba más a la homogeneidad impuesta por la modernización. Fue en aquella primera fase cuando el trabajo resultaba más duro. Tras hacer las fotos durante el día, tenían que volver a su pueblo, donde guardaban el equipo de revelado, y pasar la noche en vela preparando las copias para entregarlas al día siguiente mientras aún continuaba la fiesta. Claro que eso era cuando habían utilizado carrete en la cámara, pues no faltaba la picaresca y muchas veces cuando se les acababan los rollos que tenían, seguían tirando fotos -y cobrando por ellas.

Su labor permanece en buena medida desconocida, pero mayor desconocimiento, si cabe, existe en cuanto al material técnico con el que trabajaban: desde el modelo de cámara, sistema de revelado o modo de adquisición de dichos materiales. Otro campo donde investigar es el de las motivaciones para dedicarse a este oficio y la consideración que tenía esta profesión entre los retratados. Respecto a su final, está claro que la generalización de la posesión de cámaras hizo innecesaria su presencia para las fotos más informales. Es en 1963 cuando Kodak lanza una nueva gama de aparatos, la “Instamatic", muy fáciles de manipular, baratos y que además proporcionan una elevada calidad. Mientras unos fotógrafos dejaron el oficio, otros se establecieron de manera más profesional, con su estudio en un local fijo y dedicados, como hemos dicho, a reportajes más completos de celebraciones familiares.

Sus archivos no siempre se han conservado, sobre todo si los fotógrafos han dejado la profesión y, aunque sea posible acceder a ellos, se trata de un material por lo general descontextualizado que no proporciona más información que la que está contenida en la imagen. Por contra, en los archivos familiares esas mismas fotografías pueden estar acompañadas de muchos más datos, no sólo por las anotaciones que contengan, sino por los recuerdos que evocan en sus poseedores.

Tal vez ya no sea posible recuperar el testimonio de los retratados o éstos no recuerden gran cosa sobre el momento en que se captaron las imágenes, pero podrá saberse con cierta exactitud la época, el lugar, el motivo que dio origen a la instantánea; e incluso, a partir de esa fracción de segundo congelada en el papel se podrá recuperar toda una actividad, una costumbre o un acontecimiento. Asimismo muchas fotografías pondrán en conexión a diversas gentes que, aunque parezcan no guardar relación al carecer de parentesco, fueron en su día amigos, mozos de la misma quinta, compañeros de la escuela, de la cofradía, de faenas o de juegos, etc.

Otro aspecto interesante a considerar es el uso real que se daba a las fotos y cómo se conservaban, pues mientras unas se guardaban en álbumes o cajas de metal de consulta ocasional, otras merecen diferente tratamiento y se exponen en casa, enmarcadas; y no sólo se hace esto con retratos de "estudio". Mayor profundización requiere saber quién hereda las fotos y si existe un especial aprecio hacia unas u otras o si, cuando ese interés existe, se hacen copias. No hay que olvidar que las fotografías son en buena medida un patrimonio familiar, testimonio de la historia de cada individuo y quizás se manifieste una intencionalidad de que no todos dispongan libremente de aquéllas que evoquen un recuerdo especial, sino sólo algunos de los más allegados o incluso sólo uno mismo.

Una vez comenzado el estudio etnológico de las fotografías antiguas, se hace indispensable su clasificación, que puede seguir muy variados criterios. Establecer una ordenación temática general que seleccione el aspecto más llamativo de cada foto (arquitectura, paisaje, religiosidad, faenas campesinas, labores artesanas, juegos, individuos y trajes, utillaje, etc.) sería el más simple. Pero hay muchos otros igualmente válidos y que proporcionan diferentes resultados: según sus autores, por familias a las que pertenecen, por épocas bien delimitadas o lugares donde se tomaron, bien agrupándolas según el nivel social de los retratados, según su dedicación profesional-laboral, según las etapas de la vida de las personas (niños, jóvenes, mozos, casados, ancianos, difuntos), por sexos y las actividades que cada uno ejecuta, etc.

Los frutos que la Etnología puede recoger de la fotografía son muchos y muy variados. No hemos querido más que esbozar unos pocos sin entrar a analizar ningún caso concreto, pero estamos seguros de que en los próximos años habrán de incrementarse las incursiones en este recurso aún poco explotado.

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BIBLIOGRAFÍA

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