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DE PASO POR CUMBRES MAYORES. (VIAJE POR SUS PIEDRAS, SUS VOCES, SU AIRE)

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1997 en la Revista de Folklore número 194.

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Lo primero que se aprecia en Cumbres Mayores, aparte de su castillo (majestad de piedra que corona el pueblo) es su aire: uno de esos lujos que van quedando atrás en la mal llamada calidad de vida. Y es entonces, ya envueltos en ese aire de cristal cuando se da uno cuenta de que, lo mismo que en los pueblos costeros todas las calles buscan el mar, en los serranos todas te llevan al castillo, testigo de tanto ir y venir de las ambiciones humanas, hoy quieto, mudo, sordo, pero en pie frente a los embates del tiempo.

Un hombre que tiene su casa pegada a la muralla apoya una escalera para subir a su tejado y le digo que parece que va a asaltar el castillo. Me contesta que «ya antes lo hicieron muchas veces los “antiepasados"», y que él sólo va a arreglar una gotera porque esta noche ha caído la «toñá», que define como la primera lluvia de otoño, la que hace brotar el verde del suelo pardo, sequerón. Me intereso por la palabra y llego a ella por la ley del mínimo esfuerzo en el laberinto de la gramática histórica: «otoñada, otoña, toña». El hombre añade: "La toñá verdadera, por San Mateo la primera», y la describe como «el primer verdor que sale con la primera lluvia». Le pregunto si no estaría mejor la muralla libre de casas adosadas. Me contesta que «hubo un tiempo que Europa lo dijo también», y que a él y a los pocos que habitan las casas poco les importaría trasladarse a una barriada con comodidades, pero Europa no dio un duro y ahí siguen: «y eso que hay ya casas "descorrompías"», término que escucho decir días más tarde en Alosno. Me ve que apunto cosas en mi libreta y como si se asomara a un postigo, deja a un lado la escalera y echa un ojo a la página. No sé quién se figura que soy, porque me pregunta a renglón seguido: «¿Usted no será por casualidad...?». Antes de que termine la frase le digo que no soy ese que se figura ni por casualidad ni por nada, no vaya a ser que me confunda con el que tiene que venir de Europa con los cuartos y yo vengo de mí mismo y sólo traigo un macuto. Reflexiona: «Claro, el que yo digo vendría, caso de venir, en helicóptero, y vería el pueblo desde el aire, como hacen tantos, y usted viene andando a ras de tierra». Pues eso.

El hombre se queda más tranquilo y me regala una frase al tiempo que dobla una campana: «¿Sabe cómo se le dice aquí al toque de muertos?. Dar la agonía». Y sin que yo tenga que decir nada, sin darme tiempo a que escriba lo primero, sigue: «¿Sabe cómo se le dice al que echan de una casa? Defuciado». Después apoya de nuevo la escalera y ya mediada la subida se vuelve y remata: «Con que...». Y con las mismas sube al tejado y se pone a arreglar la gotera que le produjo la «toñá».

Para entrar en el castillo me dicen que vaya a un bar donde tienen la llave, pero por el camino encuentro a un municipal y me la da él mismo. No sé cuántos siglos dicen unos y otros que tienen las piedras gigantescas que le dan forma. Los que tengan. Tampoco vengo a contarlos. Uno lo ve y parece una cascara hueca en cuyo centro han colocado (nadie sabe quién ni cuándo ni por qué) un campo de fútbol. «Bueno, mire usted, es como meter una chiva en un garaje o ir a la playa vestido de penitente». Pero ahí está el monumento, símbolo del pueblo, con su embarazo deportivo, todo un terreno acotado con sus dos porterías y sus tenderetes de refrescos y «a la rica papa frita».

Si se sube a las almenas se ve a lo lejos ¿Segura de León?, ayer tan vigilante, hoy como mota pegada al paisaje. Y si se camina por los pasillos de las almenas y se para uno en los torreones y baja a lo que queda de patio de armas, cae en la cuenta de que vale la pena el esfuerzo por poder disfrutar de esa sensación tan esquiva que es contactar con la belleza. Y además, el aire.

Me hablan de la longevidad que alcanzan algunas personas de Cumbres Mayores (la mayor de las Cumbres: las otras son la de Enmedio y la de San Bartolomé); vive una señora que acaba de cumplir cien años y se han conocido casos de hasta 130. «Es el aire», me aclaran. Y yo creo también que es el aire.

Unos hombres andan atareados en remover a azada un huerto. Van a sembrar ajos. Dicen que ha llovido y que están trabajando desde las tres de la mañana porque este primer agua sacará los ajos buenos. Paso por una residencia de ancianos camino de una ermita y veo que hay más gente dándole al zacho en la tierra recién mojada. Huele a eso, a húmedo y la tierra que levantan oscurece su tono como si se ruborizara de saber que en su seno está la vida. Han brotado de la noche a la mañana unas flores malvas en la vereda y el caminante prefiere ir por el centro, pisando barro, por no turbar este despertar de tan largo letargo. Es noviembre y hace tiempo que las flores esperaban este momento.

Alguien me pinta con palabras una reliquia folklórica: la Danza de la Esperanza que bailan niños, pajecillos (danza que otro día estudio y que ahora me gusta que me cuenten), y medio me entona la canción que le sigue:

EL SEÑOR DEL REDONDEL
- Pon, pon.
- ¿Quién es ?
- El señor del Redondel.
- Mi señora, que ha llegado
el señor del Redondel.
- Mi criada, ábrele la puerta
al señor del Redondel;
saca el chocolate y el rapé
para el señor del Redondel.
- Cuando venga el señorito,
se lo contaré.
- Calla, calla, replicaora,
te compraré un traje
de todas las modas.
- ¡Huy!, mejor quiero estar
con el culo al aire
que ser alcahueta de nadie.
Un pájaro con cien plumas
no se puede mantener,
y un escribiente con una
mantiene casa y mujer
y mozo, si tiene alguna.

Carmen se nos arrima y aporta este recitado:

Hartos estamos,
gracias a nuestros amos,
ellos se vean
como nosotros estamos,
ellos de criados
nosotros de amos.
Ellos metidos en un zarzal,
nosotros sin poder huir,
y ellos sin poder entrar.
Vaya la boya
y toma la cena.
Amén.

Manuela sabe dos coplas «de cuando era chica». Señala que son muy antiguas, sin precisar fecha, y remata: «aunque no hace tanto porque yo todavía soy muy joven».

Dos niñas que paseaban
por la calle con paraguas,
se le acerca un zapatero,
que es lo que ellas esperaban.
Y del campo no lo quiere
porque le parece bruto,
que lo quiere de la villa,
aunque le parezca mudo.
La mamá se duerme,
el papá se va,
se queda sólito,
¿qué resultará?

Ya metida en harina de transmitirme su saber. Carmen dice que son «coplas que se sacan en el pueblo para contar lo que le pasa a los vecinos». Otra señora se une al corrillo y Carmen me advierte:

- Esa no es de aquí, pero, vaya...

Nativa o forastera, suelta su son, gasta su turno con
estas historias:

Una niña que trabaja
en la fábrica Sotero,
llegando por la mañana
va derecha al cagadero.
Una mañana temprano
se vio en un gran apuro,
empezó a pedir un papel
para limpiarse el culo.
Las mujeres de la artesa,
que son más finas que el sape,
refregaron el papel
con una bola picante.
Hay que ver el efecto
que le hizo la bola,
que le puso el culo
como una amapola.

Era un mudo que aquí había,
que cinco duros que tenía
los invirtió en la lotería,
por casolidad, le llegó a tocar,
y en lugar de estar
siempre follando,
se está paseando
en un nuevo aula (coche).

Después de lo del coche, retoma la historia de la niña para ponerle punto:

Esta niña se llegó a casar
con viudo de buen pagará,
¿de dónde sacarían
tanto instrumental,
que hasta un palio con vela
sacaron para ir de noche
a los novios a alumbrar?

Manuela llega con su sofoco a cuestas y vuelca la memoria en mi cuaderno:

Bebían en un piporro
y el piporro se rompió;
todos beben en el tiesto
de bruza como un cochino,
y a esa mujer sin conciencia
debe de darle el castigo,
levantarse de la artesa,
chorizos por amarrar,
que sus hijos se bebieran
en ese piporro
sin pitos ni na.

Digo a los que me encuentro que conozco a un poeta del pueblo. Su nombre es Manuel Sánchez Tello. Pero no pillan norte. Todo lo más, que «los Tellos son más bien de la parte p'allá de Aracena». Otra voz me dice: «Yo conozco a todo el mundo y no me suena, o será que se fue de aquí de niño y no ha vuelto. Se dan casos». Una tercera se interesa: «No me diga el nombre, sino el mote, ¿como le dicen al muchacho?». Y como no lo sé, caso de que le apoden de alguna manera, derivo la charla hacia otro lado. Me quedo con la cosa de llamar por la noche a Manuel y pasarle la pregunta para decirle a la señora mañana: «Mire usted, le dicen tal y cual». A ver si me acuerdo y busco su teléfono.

Dar la vuelta al castillo, ir a la ermita después de beber en la fuente del camino, volver al casino en el que reza un cartel: «Ser bético es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en España», y acodarse en una barra ante un tinto y unas lonchas veteadas de jamón es lo que luego hace el caminante.

Una vez leí un párrafo de letra y puño en el Ayuntamiento de Garganta la Olla, Cáceres, que decía: «Soy extremeño y me avergüenzo de no haber conocido antes este pueblo». Se me ocurre decir lo mismo, cambiando lo extremeño por onubense. Pero como no voy a ir ahora al Ayuntamiento a que me abran el libro de visita (sabe Dios dónde andará ahora el municipal, el hombre, para pedirle el favor), lo digo bajito para que no se note mucho y quede escrito en el aire, este aire limpio, único, de Cumbres Mayores.