Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

LA INDUMENTARIA DE LOS ARAGONESES SEGÚN VIAJEROS DE LOS SIGLOS XVIII Y XIX (I)

MANEROS LOPEZ, Fernando

Publicado en el año 1997 en la Revista de Folklore número 198.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 198 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


Si desde épocas antiguas viajeros de todo tipo han plasmado sus experiencias a través de la escritura, es a partir del siglo XVII y debido a la abundante proliferación de ejemplos, cuando se va a ir configurando como género literario el relato de viajes. En los siglos XVIII y XIX será cuando alcance su mayor apogeo, convirtiéndose en una de las producciones literarias más importantes, por el gran éxito de público que alcanzó.

El espíritu de dichos libros variará ligeramente según cada momento. En el siglo XVII, además de narrar los avatares del viaje, comenzará a imponerse cierto carácter educativo que intenta motivar a los lectores para que ellos mismos realicen sus propias aventuras.

En el siglo XVIII, época ilustrada, el afán educativo será la principal finalidad de estos relatos; se trata de proporcionar al mayor número de lectores la mayor información posible sobre el mundo en el que viven. Por ello, llegan a configurarse manuales del viajero en los que se determina todo aquello que deben plasmar estas obras: información acerca de la geografía, economía, legislación, formas de gobierno, educación, arte, costumbres, etc.

En el siglo XIX se tenderá progresivamente al carácter lúdico, buscando en esencia entretener a los lectores. Es la época del movimiento romántico y, sin dejar de facilitar información, los autores se interesarán más por las costumbres, las tradiciones, las leyendas, etc., es decir, los rasgos que diferencian unos pueblos de otros; todo lo que se considere exótico quedará recogido y en la mayoría de las ocasiones el exotismo se encuentra en lo popular.

En las últimas décadas del siglo XIX y debido a la cada vez mayor abundancia de viajeros, comienzan a aparecer las primeras guías de viajes, consistentes en recopilaciones de datos prácticos para la realización del viaje, centrándose sobre todo en la descripción de los principales monumentos de distintas ciudades. Con ellas empieza a desaparecer el libro de viaje concebido como relato de las aventuras y acontecimientos que el viajero ha experimentado personalmente para luego compartirlas con los lectores.

Para la realización de este trabajo nos hemos basado especialmente en libros del siglo XIX ya que, según hemos dicho con anterioridad, son los que más datos proporcionan sobre el tema que nos interesa: cómo vestían los aragoneses.

Son muy numerosos los volúmenes que en los siglos XVIII y XIX versan sobre viajes a través de la geografía española o alguna de sus regiones.

Naturalmente, una primera selección obvia que hemos tenido que realizar, ha sido la de centrarnos en aquellos que incluyesen en su itinerario las tierras aragonesas. En segundo lugar, no todos los autores que nos hablan de su paso por Aragón se preocupaban por la ropa usada por sus habitantes. Finalmente, entre aquellos que sí lo hacen, se han elegido los que nos proporcionan información especialmente significativa: descripciones muy detalladas, o bien hablan de una zona muy concreta y que no suele ser habitual visitarla, o se fijan en peculiaridades que hoy ya no se conservan.

Por otro lado, la finalidad última de este estudio es la de servir de apoyo al conocimiento de la indumentaria popular tradicional en Aragón en tiempos precedentes a nuestros días. Dado que es extremadamente difícil que se hayan conservado prendas cuya antigüedad vaya más allá del siglo XIX, el conocimiento de las mismas hay que realizarlo a través de testimonios escritos o gráficos.

Lo que se puede entender como indumentaria tradicional de una región, comarca o lugar, no hay que remontarlo más lejos del siglo XVII, siendo en las dos centurias siguientes cuando se configurará como tal.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, es fácil comprender que los textos referidos a este tema y que se fijen en Aragón, sean prácticamente inexistentes en el siglo XVII, escasos en el XVIII y abundantes en época romántica.

No obstante, y a pesar de los esfuerzos realizados, tenemos presente la posibilidad de que se nos haya escapado alguna referencia, puesto que en ocasiones es verdaderamente difícil poder tener acceso a determinados ejemplares de estos libros.

Con frecuencia, las descripciones de hombres y mujeres aragoneses se limitan a mencionar su aspecto general, destacando algunos elementos que llaman la atención del viajero por no ser usados en su tierra de origen o por el contraste que suponen con otras zonas de España que ya ha visitado. Son los hombres en quienes más se fijan y en prendas como la faja, el pañuelo de cabeza o los sombreros, mientras que la atención dedicada a las mujeres, salvo raras excepciones, siempre es menor, posiblemente porque visten de forma similar a otras regiones del país.

Deliberadamente hemos incluido varias menciones al uso del sombrero de alas anchas y la manta, lo que puede parecer un poco repetitivo. Pero son prendas que, como se irá viendo, definían al aragonés como tal y que hoy prácticamente no se consideran al vestir la indumentaria popular. Por la misma razón, el lector encontrará reiteradas alusiones al color azul de las medias en distintas zonas de nuestra región.

Por lo que se refiere a las imágenes, todas son grabados o litografías que ilustran este tipo de libros. En algún caso se corresponden con un comentario del texto en el que se menciona la indumentaria que en ellas se puede ver, pero normalmente aparecen insertadas entre el texto de modo aleatorio y sin que se dé ninguna referencia específica sobre las mismas.

Son muy raras las ocasiones en que los libros de viaje se ilustran con láminas dedicadas a los tipos populares de las zonas que describen, ataviados con las prendas características de su tierra, ya que son los monumentos o las vistas de ciudades los temas más elegidos para ello. No obstante, presentamos un total de 17 ilustraciones bastante significativas que nos proporcionan interesantísima información sobre el tema.

En este punto es imprescindible comentar el grado de verosimilitud que tienen estas ilustraciones, es decir, hasta dónde puede llegar la credibilidad de lo que vemos dibujado.

A este respecto hay que sopesar distintos factores y analizarlos en cada caso concreto.

En un principio no se puede olvidar la libertad del autor para realizar su obra, pudiendo incluir detalles o elementos, o bien modificarlos, según sus propios criterios artísticos. Quizás el mejor ejemplo que refleje esta circunstancia es G. Doré, cuyo estilo en ocasiones muestra notables rasgos de imaginación.

Por otra parte, todos los escritores que firman estos libros aseguran haber realizado el viaje que relatan y dan a entender que las ilustraciones se basan en dibujos o notas tomadas del natural en los lugares a los que aluden, indicándose este dato ex profeso. De hecho, en muchos casos el escritor viaja acompañado por un pintor o dibujante, siendo en otros él mismo quien se encarga de dicha labor. Pero necesariamente hay que tener en cuenta el fenómeno que se produjo debido al gran éxito editorial de estas obras y que consistió en la producción de relatos de falsos viajes: autores que sin salir de su casa escribieron libros en los que plagiaban lo escrito por otros o bien en los que se dejaba vía libre a la imaginación.

Entre los testimonios gráficos que aquí incluimos, contamos con un ejemplo de estos casos, aunque solamente en lo que concierne a la ilustración, que no al texto. Se trata de la figura no 13 realizada por los hermanos Rouarge y en la que han unido en una misma escena tipos que han copiado de grabados anteriores ya existentes en el mercado editorial y que además no pertenecen a obras del género de viajes.

Muchas precauciones o reticencias hay que tener acerca del coloreado de estas imágenes, por distintas razones. En primer lugar, porque son raras las veces que la obra original se coloreaba, es decir, que el colorido que nos ofrecen los grabados y litografías suele ser moderno. Este hecho hay que tenerlo muy presente esencialmente en nuestros días, cuando se tiene acceso a alguna de estas láminas que por razones comerciales se han extraído de la obra a la que pertenecen para venderlas individualmente y que también por motivos económicos se han coloreado, por su mayor facilidad de venta si incluyen color.

De las 17 imágenes que incluimos en este trabajo, cinco han sido coloreadas; las figuras no 2 y 13 lo han sido recientemente, mientras que las no 8, 9 y 10 ya presentan el color en la obra original.

En segundo lugar y refiriéndonos a los casos en que las ilustraciones se han coloreado ya en el libro original, siempre hay que considerar ciertos márgenes de aleatoriedad. Como muestra claramente significativa, conocemos varios ejemplares de la pareja de grabados realizada por St. Sauveur -figuras no 9 y 10- coloreados cada uno de ellos de una forma diferente.

A pesar de todo, cuando se comente cada una de las ilustraciones, se mencionará el color que se ha aplicado a cada prenda, especialmente en las que hemos constatado que la coloración no es reciente, siempre teniendo presente lo hasta ahora dicho.

TEXTOS E IMAGENES

La mayor parte de los viajeros que transcurren por tierras aragonesas, normalmente de paso a otras regiones, no suelen detenerse por mucho tiempo en nuestras ciudades, excepción hecha de Zaragoza. Su breve estancia no les permite hacer detalladas observaciones sobre las distintas modalidades del vestir en las comarcas aragonesas, pero algunos sí hacen mención, de modo generalizado, a la indumentaria que ven usar.

En 1809 A. Laborde, tras realizar un amplio retrato del carácter aragonés, nos proporciona este sucinto comentario: La chaqueta o chupa corta, faxa, redecilla, capa y sombrero redondo es lo que más usa el pueblo aragonés. La nobleza, magistrados y comerciantes visten más a la usanza. La sencillez de los vestidos se nota más en este reyno que en las provincias vecinas. El luxo de Cataluña y de Valencia no ha penetrado aún del todo (1).

En estas breves líneas, y aunque únicamente se hace mención a cómo visten los hombres, quedan reflejadas las principales características de la indumentaria usada en Aragón, que se irán repitiendo a lo largo de este trabajo. En primer lugar, su carácter popular, puesto que es el pueblo quien utiliza las prendas propias de la tierra, mientras que las clases medias y altas "visten a la usanza", es decir, como es también habitual en otras zonas siguiendo las pautas de las modas del momento. En segundo lugar y salvo raras excepciones, el indumento masculino generalizado para todo Aragón se configura con las piezas enumeradas: chaqueta corta, faja, capa y sombrero; habría que añadir el calzón corto hasta la rodilla, el pañuelo de cabeza, las alpargatas y la manta para configurar el traje "básico" del aragonés, teniendo siempre en cuenta la abundante variedad de prendas que, dependiendo de cada zona y momento, complementan a las citadas. Finalmente, la sencillez de los vestidos, definidos más que por otra cosa por su funcionalidad y carácter práctico, lo que les aleja de lujos superfluos y además sirve para diferenciarlos de los de otras tierras vecinas.

Richard Ford en 1845 nos ofrece una descripción muy parecida a la anterior:

El traje aragonés se distingue del de Cataluña, ya que las calzas hasta la rodilla ocupan en él el lugar de los pantalones, y el sombrero blando de ala ancha el del rojo gorro frigio. Las clases bajas son aficionadas a los colores rojo y azul y llevan bandas de seda muy anchas (2).

Por su parte, J. M. Quadrado refiere en 1844:

Si a la entrada de uno de esos pueblos encuentras algunos hombres de bizarro talle, de lleno, expresivo y algo moreno el rostro, revuelto en torno a la cabeza, cual ligera toca, un pañuelo encarnado u oscuro por bajo del cual se ensortija el crespo cabello, ceñido el cuerpo con una ancha faja azul o morada; ajustado al muslo el calzón corto, y ostentando bajo la media todo su contorno la nervuda pierna y toda su ligereza los pies sujetos apenas por trenzadas alpargatas; o si enmedio de su camino, al divisarlos en grupo embozados en sus blancas mantas rayadas, recuerdas los albornoces árabes o las elegantes togas romanas,...(3).

Unos años más tarde, en 1862, E. Guimet es más explícito:

Era muy curioso ver a los trabajadores aragoneses empleados como mineros en los trabajos del nuevo camino; aparecían colgados, no se cómo, de las rocas grises, con su tocado rojo, formado por un pañuelo enrollado en forma de corona alrededor de su cabeza rasurada, su chaleco amarillo o rojo y su calzón corto de terciopelo negro, sujeto por una larga faja violeta; la camisa muy blanca destacaba sobre su piel tostada.

Antes de llegar a Zaragoza, atravesamos numerosos pueblos y una ciudad (Calatayud), que tiene el aspecto de no haber cambiado desde los Musulmanes. Por lo demás, ese tocado aragonés del que he hablado continuamente, tocado que no protege ni del frío, ni del calor, ni de la lluvia, ni del sol, no es otra cosa que un turbante degenerado (4).

Vemos por este autor que lo que caracteriza el traje de los aragoneses es su colorido, ya que a pesar de que el calzón es negro (también lo sería la chaqueta), el resto de las prendas son de vivos tonos. Es significativa la evocación al origen árabe del pañuelo de cabeza, tal como hoy en día ha recogido A. Beltrán (5).

Por las mismas fechas, concretamente entre 1862 y 1873, el barón Ch. Davillier se encuentra recorriendo buena parte de la geografía española. La crónica de su viaje es ilustrada por G. Doré, del que hemos seleccionado dos imágenes.

La primera de ellas titulada Un avellanero (mercante di nocciuole) aragonese, a Madrid —figura no 1- representa a un hombre con una amplia manta rayada sobre los hombros, bajo la que luce una especie de elástico y calzones hasta la rodilla que no se sujetan mediante una faja, sino con un cinturón de hebilla; el pañuelo de cabeza lo tiene dispuesto como una banda estrecha sobre la frente, sin que se aprecie ningún nudo; parece que calza alpargatas.

En la segunda, Los toreros dans la calle de Zaragoza, -figura no 2- un grupo de curiosos se agrupa alrededor de dos toreros; entre tan nutrida concurrencia nos vamos a fijar en primer lugar en las dos mujeres situadas más a la derecha. Lucen amplias faldas, largas hasta el tobillo, con gran delantal encima; sobre los hombros han dispuesto unos mantones cortos que no caen más allá de la cintura, por debajo de los que asoma la camisa que deja los brazos descubiertos por lo que podemos deducir que las mangas llegarían como mucho hasta el antebrazo y que sobre la camisa visten justillo y no jubón. Pero lo que más nos llama la atención es su peinado, una modalidad del moño denominado "picaporte", complementado con un pequeño rodete o moño circular en cada sien.

Delante de ellas un hombre luce un peculiar sombrero de rodina con una copa exageradamente estrecha, bajo el cual asoma el pañuelo de cabeza anudado en la nuca, con las puntas sueltas sobre la espalda. Destacan, asimismo, los aragüelles de lino o cáñamo, especie de calzones exteriores de color crudo y anchos, largos hasta encima de la rodilla, característicos de huertanos y que han perdurado en uso en las provincias levantinas; en Aragón también se han documentado en la comarca del Bajo Cinca. Parece que debajo de esta prenda lleve una especie de pantalones o calzas, remendadas en la rodilla. Además, viste camisa, chaleco abierto encima y faja en la cintura.

Si éste es el testimonio del dibujante y grabador Doré, Ch. Davillier también realiza su aportación con el siguiente texto:

El traje de los aragoneses es de lo más pintoresco, especialmente cuando lo lleva uno de esos robustos mozos, bien plantados, con el talle ajustado por una ancha faja morada. Insistimos en este color, que está especialmente de moda de un extremo a otro de Aragón, sobre todo en las fajas. También es morado el color de la cinta del escapulario, con la imagen de la santa patrono, que todo buen aragonés lleva al cuello:

Todos los aragoneses
llevan al pecho colgada
la imagen de su patrono
con una cinta morada.

El tocado ordinario de un aragonés es muy sencillo: alrededor de sus cabellos, de ordinario cortados al rape, se ponen un pañuelo de colores, que en lugar de acabar en punta por encima de la cabeza, como el de los valencianos, se anuda simplemente sobre la sien derecha. La faja morada, de la que acabamos de hablar, sujeta un calzón corto y ajustado, casi siempre de terciopelo verde o negro o bien de ese cuero de tono leonado que se tomaría por yesca. Las medias suelen ser azules y bajo ellas se moldea una nervuda pantorrilla. Están a veces cortadas en el tobillo, de manera que dejan el pie desnudo, dentro de las alpargatas, atadas éstas con cintas negras. No hay quizá otra provincia de España donde se usen tantas alpargatas o espardeñas como en Aragón, uso que ha dado origen a una locución peculiar del país. Se dice en Aragón "compañía de alpargata", hablando de la sociedad de un hombre poco constante que abandona a sus compañeros cuando tienen más necesidad de él, lo mismo que la alpargata, calzado de poca duración, no tarda en rompérsele al caminante que la lleva. También se llama alpargata o alpargatilla al que, disimulándolos, sabe conseguir sus deseos en secreto, como hombre que anda sin hacer ruido.

Hay, además, una copla popular llena de profunda filosofía:

Quien de alpargatas se fía
y a mujeres hace caso,
no tendrá un cuarto en su vida
y andará siempre descalzo, (6).

Extensa e interesante información la que se ha concentrado en estas líneas, sobre la que es innecesario cualquier comentario; aún así nos gustaría resaltar el variado colorido de los calzones que no se limita al negro, el hecho de que las medias "suelen ser azules” -color que se ha venido considerando característico de la provincia de Teruel, pero que en realidad fue el más habitual en todo Aragón para esta prenda- y que muchas veces se cortan en el tobillo, sin pie, ni estribo.

El calzado más característico del aragonés es la alpargata, lo iremos viendo en la mayor parte de los testimonios que aquí presentamos. Uno de ellos, mientras comenta un grabado titulado Laboureur de Jerez, se debe a J. Taylor:

Los cordones de su calzado son casi siempre blancos. Los cordones de los calzados catalanes y aragoneses son azules. Hombres y mujeres del pueblo en el reino de Valencia, Cataluña y Aragón, llevan alpargatas (7).

Hasta aquí los testimonios que de modo generalizado se refieren a cómo visten los aragoneses. En las páginas siguientes veremos que los viajeros se refieren a comarcas o localidades concretas, por lo que hemos organizado sus alusiones a la indumentaria individualizando cada una de las tres provincias aragonesas.

PROVINCIA DE HUESCA

Han existido diferentes pasos que, atravesando el Pirineo, facilitaban la comunicación entre las tierras del Alto Aragón y Francia; dos de los más tradicionales eran los utilizados por los peregrinos que realizaban el camino hacia Santiago de Compostela. El primero y más antiguo de ellos es el localizado en el Puerto de Palo, que permite la entrada en el valle de Hecho; el segundo es el paso del Puerto de Somport que da acceso a las localidades de Canfrac y Villanúa.

De los distintos testimonios escritos que dan cuenta de las vicisitudes sufridas por los viajeros al cruzar esta zona montañosa, hemos elegido el que sigue, para así familiarizarnos con el ambiente de tiempos anteriores.

Canfran, 1 de febrero de 1838.

Por fin, tras una de las jornadas más agotadoras, hemos llegado a España. Había caído tanta nieve en la montaña que nuestras pobres mulas se hundían a cada paso y, para levantar una, no bastaban los esfuerzos y enérgicos apostrofes de cuatro muleros. La tormenta nos sorprendió cerca del puerto de Canfran; y entonces, viéndonos tan apretados y silenciosos, nadie hubiera reconocido esta caravana, tan alegre y ruidosa a su salida de Urdax. Envueltos en torbellinos de nieve y viento, avanzábamos penosamente, agarrándonos a la silla y abandonados al talento de nuestros muleros. Era hermoso ver a esos hombres intrépidos identificarse de esa forma, en medio del peligro, con sus animales, ¡hombres y mulas no parecían formar más que un único ser! En la subida sujetaban constantemente los frenos de sus obedientes amigos; en el descenso, agarraban su cola con las dos manos, y maniobrando con ella como un marino con el timón de su barca, les hacían pasar entre peligros sin número. Un mulo, viejo conocedor de la montaña, iba solo a la cabeza del convoy; los otros le seguían en fila, dirigidos por el freno o por la cola" (8).

La figura no 3 (9) nos muestra un ejemplo del paso entre las montañas de una reata de mulas, con el mulero al frente; asimismo se ve a un viajero con un caballo y a otro personaje caminando y que con toda probabilidad se trata de un contrabandista, o quizás de un guía. En la parte inferior derecha se ve una manada de toros y un jinete, en lo que parece ser una tienta; esta escena, así como el bandolero oculto entre las rocas en la parte izquierda, habría que localizarlos en Andalucía. El conjunto representa algunos de los tópicos de la imagen que en el siglo XIX tienen los extranjeros de España, pero el paso entre las montañas puede localizarse perfectamente en Aragón.

Poco podemos decir de la indumentaria que se observa en esta litografía, dado que no tenemos la certeza de su localización en nuestra región, aunque las prendas que viste el hombre de primer término -calzón hasta la rodilla, faja, camisa y chaqueta- no estarían fuera de lugar en estas tierras. Sin duda lo que más llama la atención es el peculiar sombrero, con el ala estrecha y una copa en forma de tronco invertido bastante alta; el mulero situado un poco más atrás luce un tocado similar.

Perteneciente a la misma obra (10), otra ilustración -figura no 4- nos muestra un pastor con su perro y el rebaño; está acompañada del siguiente texto, referido igualmente a la escena anterior:

Algunos raros rebaños perdidos en este espacio que los ojos no sabrían abarcar, pastan libremente en los ricos prados que la Naturaleza ha dado a estas tierras sin dueño, y son guardados por un pastor vestido, como San Juan del desierto, con la piel de sus ovejas. A veces, encontrareis una larga hilera de mulas que marchan lentamente bajo la conducción de un solo hombre llamado arriero. Este hombre va descuidadamente sentado sobre el lomo de la mula que forma la cabeza del grupo; lleva siempre con él su largo puñal, su fina escopeta y su trabuco; pues, en este país medio desierto, el viajero está a menudo en peligro, y no hay que aventurarse sin precauciones.

En esta ocasión vemos con mayor detalle el mismo tipo de sombrero anterior, y cómo asoma por debajo, en la zona de la nuca, el pañuelo que ciñe la cabeza. Además, el pastor viste una camisa sobre la que dispone una zamarra sin mangas realizada en piel de oveja y calzón oscuro hasta la rodilla; calza abarcas sujetas con unas abarqueras que le ascienden hasta media pierna y que sirven para ceñir unas flojas medias que igualmente le cubren hasta media pantorrilla. Se complementa con una fina vara y un zurrón cruzado por uno de los hombros.

Three Waifarers relata el viaje que un hombre y dos mujeres hacen desde Bayona a Perpignan a mediados del siglo pasado; el texto va ilustrado por descriptivos grabados, realizados por Touchstone, sobre distintas etapas del trayecto (11).

Si bien la mayor parte del recorrido discurre por tierras francesas, en un momento dado se deciden a pasar a España atraídos por los baños de Panticosa. Cruzan la frontera desde Gabas en el lado francés, para acceder a Formigal y luego a Panticosa, ya en la vertiente española. Del paso por la frontera nos ha dejado una breve descripción:

...tres millas más entre ciénagas del glaciar derretido y se llega a la aduana española, donde el aspecto de bandolero del auténtico español se os ofrece en el aduanero que sale para hacer un pequeño y solemne examen, con aires de príncipe. El apunte es su fiel retrato. Aquí no se muestra, ni con mucho, la curiosidad de la aduana francesa. Los españoles parecen principalmente preocupados por prevenir que los franceses, más que sus mercancías, entren en su hermoso país; por contra, los franceses hacen conciliábulos sobre vuestra navaja de afeitar e incisiones en vuestro jabón, desmigan el más diminuto pastel de chocolate y miran con el ceño fruncido vuestra faja de lana (12).

Vemos a dicho aduanero en la figura no 5. Refiriéndonos a su indumentaria, viste camisa blanca con pequeños cuellos, abierta hasta mitad del pecho, y con las mangas abullonadas, ceñidas en los puños; una faja con su extremo interior colgando sobre un lateral, ciñe anchamente la cintura. El calzón, negro y muy estrecho, llega hasta debajo de las rodillas y se presenta con los extremos inferiores completamente cerrados; da la impresión que este cierre se hace mediante botones, y aunque no se distingue con claridad, se adivina la presencia de una costura que correspondería a una pieza para las aberturas laterales. Cubre las piernas con medias con pie y calza alpargatas que se atan con cintas alrededor del tobillo. Pero lo que más nos llama la atención de esta figura es el hecho de llevar la cabeza cubierta por una tela blanca, que seguramente se puede identificar con un pañuelo y que no responde a ninguna peculiaridad de la forma de vestir, sino más bien a la necesidad de protegerse del sol y de los mosquitos, si atendemos al siguiente comentario mencionado en el texto al referirse a la aduana:

Los mosquitos empiezan aquí a picar con furia, y un par de horas de reposo cuando aprieta el calor no serán mal recibidas. Se dice que a los fumadores impenitentes no les molestan las picaduras de los insectos, y que un cinturón ruso de cuero mantiene alejadas estas plagas, pero filosofía y paciencia son recetas mejores y en las que hay que confiar más.

Entre el resto de los grabados de esta obra figuran dos retratos de los guías Antonio y Mariano, sin que se especifique quién es cada uno de ellos. El primero —figura no 6—, nos presenta el busto de perfil de un hombre maduro, vestido con una camisa de cuello estrecho terminado en pequeñas puntas, bajo el que se ha dispuesto un pañuelo anudado en el frente y sobre la camisa un chaleco negro con cuello doblado y solapas redondeadas; se toca con un pañuelo que le ciñe la cabeza, sin que se vea ninguna punta que asome (hay que tener en cuenta que lo vemos de perfil) y un sombrero. Nuevamente es el sombrero el elemento más llamativo, siendo distinto al modelo que hemos visto anteriormente; éste tiene el ala bastante ancha, sobresaliendo unos 20 cm. desde la unión con la copa, que tiene forma troncocónica truncada, de modo que se remata en una superficie plana; es más baja que la que vimos al pastor y se adorna con dos borlas o madroños en el frente, uno en el ángulo creado por la pared y la zona superior de la copa, y el otro parece ser que en la unión de la copa con el ala, aunque también podría localizarse en el extremo exterior del ala.

El segundo ejemplo presenta de cuerpo entero a un joven con mochila y larga vara -figura no 7-; viste de modo similar a lo que hasta ahora hemos visto, apreciándose perfectamente los botones que ciñen el calzón en la abertura lateral. Destacan, no obstante, dos peculiaridades: por un lado el ir calzado con unas fuertes botas y proteger las pantorrillas con polainas, y por otro el sombrero. Se trata en esta ocasión de un modelo muy similar al último, aunque de tamaño más reducido; se adorna igualmente con dos borlones y la copa es prácticamente igual; la principal diferencia estriba en la forma del ala, que además de ser un poco más corta, termina en una vuelta que se levanta por todo el perímetro del ala, pero sin llegar a la cota máxima de la copa.

Arrieros, pastores y guías son tipos populares que frecuentemente aparecen en los relatos de viajes por los Pirineos, pero aún hay otro personaje cuya actividad despierta frecuente interés: el contrabandista. La práctica del contrabando siempre ha sido una de las principales fuentes económicas para los habitantes de las áreas fronterizas (13), y la figura del contrabandista, al igual que la del bandolero, es una de las que más atracción despiertan entre los viajeros románticos. Aunque en muchas ocasiones son presentados con rasgos estereotipados o tópicos, se trata en realidad de habitantes de los pueblos cercanos a la frontera, iguales a otros que no realizan dicha actividad y por lo tanto, ciñéndonos al aspecto indumental que nos interesa, sin diferencias con ellos.

En la magnífica litografía reproducida en la figura no 8, se muestra a unos "Contrabandistas Aragoneses" -no suele indicarse una adscripción geográfica más concreta- mientras marchan por la montaña (14); los cuatro personajes que en ella aparecen miran hacia la misma dirección y sus actitudes de alerta reflejan una situación de cierto peligro. Se trata de dos hombres armados con escopetas que van a pie, precediendo a una mula sobre la cual van sentados un tercer varón, igualmente armado, y una mujer joven que abraza con fuerza a un niño de corta edad.

Dos elementos llaman poderosamente la atención, a primera vista, en la indumentaria de los hombres de primer término: los enormes sombreros de ala ancha y las mantas dispuestas sobre el hombro izquierdo. Los sombreros son de copa baja redondeada y un ala ligeramente curvada hacia arriba que viene a sobresalir unos 20-25 cm.; el personaje central luce debajo del sombrero un pañuelo de cabeza de color rojo. Es el primer ejemplo que vemos del tipo de sombrero que más va a identificar a un aragonés, caracterizado por el gran tamaño de sus alas que, según diversos testimonios, en ocasiones llegan a cubrir los hombros. Las mantas son pardas, lisas en la mayor parte de su extensión, presentando decoración de bandas diversas en los extremos de los lados más estrechos; la que luce el personaje de la derecha cuenta con dos bandas de diferente anchura en un extremo y una en el otro, todas en tono marrón oscuro; la del hombre de la izquierda es más elaborada, presentando en un extremo un total de siete bandas de diferente anchura, alternando los colores rojo y azul sobre el fondo pardo; en el lado opuesto el número de bandas se reduce a cuatro, que asimismo son más estrechas; la banda que remata ambos extremos, así como el fleco final, son de color rojo. En la zona izquierda de la imagen y sobre el suelo se ve una tercera manta, igualmente parda, pero ésta con estrechas bandas en color marrón oscuro en toda su extensión, dispuestas cada 10 cm. aproximadamente.

El traje que se puede ver debajo de las mantas consiste en camisa blanca de mangas abullonadas y pequeños cuellos triangulares, chalecos que se han coloreado en tono azul, faja, chaqueta con solapas de color marrón oscuro y calzón hasta debajo de las rodillas de la misma calidad que la chaqueta; los calzones presentan pequeñas aberturas en la parte inferior de los laterales exteriores que se cierran con botones de modo que queden ceñidos. Calzan abarcas de piel, de puntera muy reducida, que se sujetan al tobillo con abarqueras que ascienden hasta media pantorrilla. Las piernas están cubiertas por medias blancas que se sujetan bajo la rodilla con un cordón o "atador”; estas medias no cubren el pie, y por lo que se puede apreciar terminan en el tobillo, sin sujetarse por debajo del talón.

Muy significativo es el tocado del hombre que va sentado sobre la mula, ya que se trata de una gorra llarga o modalidad de barretina, usada en otros tiempos por amplias zonas del Pirineo, esencialmente en el área de Ribagorza por lo que se refiere a Aragón (15); se ha coloreado en rojo, por lo que la podemos identificar con la gorra roja, más característica de los jóvenes, siendo la musca o morada propia de los varones de edad avanzada.

Poco podemos decir del modo de vestir de la mujer: cubre su cabeza con un pañuelo rojo, luce sobre el torso un jubón marrón oscuro y un pañuelo o mantón crudo o blanco sobre los hombros; la falda es de tono claro.

Contamos con un testimonio escrito que nos refiere la dureza de la actividad ejercida por los personajes que acabamos de ver y que a la vez nos describe una de las indumentarias más peculiares de nuestra tierra, la del valle de Ansó :

Los contrabandistas de Echo, Ansó y de Canfránc acuden a diario (al valle francés de Aspe) en caravanas, hombres y mujeres que aguantan si es preciso una jornada de veinticuatro horas a un paso más ligero que el de sus mulas, sin otro reposo que el imprescindible para cambiar en Francia los odres de aceite por fardos de tela de rúan y sacos de bacalao. Algunos de sus trajes datan de época del rey godo Favila. Los de las mujeres de Ansó, por ejemplo. Un ligero corpino que va unido dos o tres dedos por debajo de los omoplatos a una falda amplia de sarga verde, amarilla o azul; cualquier forma de la misma queda oculta por los pliegues que la adornan. Una gorguera de tela de cáñamo no muy fina, decorada con puntillas delicadas, cubre el cuello y las orejas, llegando casi a la altura de las sienes. Los cabellos van recogidos en la parte de atrás de la cabeza; las mangas de la camisa, o bien dejan el antebrazo al descubierto, o bien se prolongan en forma de chorreras plisadas, que una gorguera fija a la muñeca. Así es el traje de la ansotana, que asemeja el vestido de las dueñas del antiguo teatro clásico español (16).

Este texto de 1846 nos proporciona una sucinta y estupenda descripción del traje usado a diario en Ansó hasta no hace demasiados años. Sorprende la mención a los colores amarillo y azul en la confección de las basquiñas, ya que solamente han perdurado en uso hasta la actualidad las de color verde; no obstante conocemos otras referencias a la existencia de basquiñas encarnadas, así como al uso del color azul para el luto en esta localidad, pero es la primera vez que recogemos el color amarillo para la citada prenda. Por otra parte nos parece exagerado remontar la antigüedad de estos vestidos hasta el siglo VIII, con tanta precisión, aunque está aceptado de modo generalizado el origen medieval o renacentista de los mismos por su estructura talar.

De dos años antes data el testimonio de J. M. Quadrado:

Un monumento más duradero conservan aquellas quebraduras pobladas de hayas y abetos, surcadas por doquiera de torrentes, guarida de fieras y de venados y es la sencillez de sus habitantes, el antiguo sabor de sus usos y hasta la singularidad de sus trajes, rayos nacionales cuya conservación es más de admirar en semejante país por su proximidad y comunicación con Francia. Diríase que al abrigo del nevado muro que de ella les separa, se preservan del contagioso soplo de novedades que ejerce sus estragos más adentro de la península. Entonces se da su valor debido a las desmesuradas gorgueras que a manera de concha hacen resaltar el tostado rostro de las montañesas de Hecho, y las mangas de su camisa plegadas como sobrepelliz, y a sus sayas siempre verdes prendidas debajo de los sobacos, y a la corona de pelo trenzada en torno a la cabeza de las Ansotanas, que atan las solteras con cinta encarnada, y con cinta negra las esposas y viudas, y a la retorcida punta de sus gruesas abarcas; ... (17).

Curiosa diferenciación en el color de la cinta con que cubren las ansotanas los "churros" de su peinado, establecida dependiendo del estado social de la mujer. La idea más difundida hasta ahora es que el color encarnado para el pelo se disponía en los días festivos u ocasiones especiales como la boda y otras ceremonias, reservando los colores oscuros para uso diario. Sin duda, la realidad sería una conjunción de ambas circunstancias.

Ofrece este texto también, una breve evocación de las peculiares abarcas usadas y fabricadas en Ansó, confeccionadas en rígida piel, que al ir totalmente fruncidas presentan la punta delantera levantada y muy curvada; las usaban tanto las mujeres como los hombres.

Desde el vecino valle de Hecho, cuya forma de vestir femenina ya ha sido esbozada por Quadrado, bajaban hasta las Cinco Villas cuadrillas de mujeres para trabajar algunas temporadas del año. El texto que sigue a continuación se localiza en Sádaba, en el verano de 1800: Descienden todos los años a esta parte de Aragón muchas mujeres de la villa de Hecho. Van en grupos a la llanura para explotar la linaza y realizar la recogida de las olivas, lo que puede durar dos meses. Pasado ese tiempo, vuelven a sus respectivas casas llevando a sus maridos el producto de su trabajo. El vestido de estas mujeres es especialmente singular. Su corpiño y su falda forman una sola pieza, aunque de diferentes colores. Se le llama sayullo. Llevan además una gorguera alrededor del cuello y una "colorete”. Su forma de desnudarse es muy simple: consiste en suspender el extremo del corpino de un gancho unido a la pared y pasar por debajo, lo que se hace en un instante. Portan además tres o cuatro pequeñas cadenas de latón, hilo de hierro o cualquier otro material, unidas conjuntas y colgando de su pecho y en cuyo extremo está suspendida una gran cantidad de retratos de santos, bien en medallas de cobre o de plata, según sus facultades y su devoción (18).

Si bien no nos facilita una detallada descripción de las prendas femeninas chesas, estas líneas sí nos dan algunos aspectos muy peculiares de las mismas. Por un lado la denominación en cheso de sayullo para la basquiña y por otro la original y práctica forma de desprenderse de tan pesado ropaje, de manejo enormemente incómodo. También es destacable el aprecio de estas mujeres por la carraza o conjunto de cadenas de las que penden cruces, medallas, relicarios, vírgenes, etc. y que disponen sobre el pecho; tanto es así que no se desprenden de ella ni siquiera al ir a trabajar.

J. G. St. Sauveur (19) nos proporciona dos grabados -figuras 9 y 10- y el siguiente testimonio acerca de la indumentaria de nuestras gentes:

El vestido de los Aragoneses anuncia más la indigencia que la sencillez: un gran bonete doblado les cubre la cabeza, y está adornado con bandas o tiras de lana; su jubón sencillo y sin adornos está abierto en los lados; una capucha cuelga sobre la espalda y se levanta alguna vez sobre la cabeza; unas pantuflas o zapatillas recortadas y sujetas con correas, forman su calzado.

El vestido de las mujeres es igualmente simple, pero más agradable; un corpiño cuyas mangas reforzadas son de color chillón, el faldón largo, el talle estrecho, el escote de la camisa abotonado sobre el pecho, una gorguera plisada y levantada alrededor del cuello, este es el indumento de una Aragonesa.

Incluimos aquí, en la zona pirenaica, estas imágenes a pesar de estar tituladas "Hombre de Aragón" y "Mujer de Aragón" ya que prácticamente copian grabados de otros autores anteriores como son Juan de la Cruz o Devere, quienes localizan a su campesina en el valle de Jasa y al hombre en la comarca de Jaca.

La indumentaria de la mujer responde al modelo talar que hemos visto en los vecinos valles de Ansó y Hecho, aunque en este caso no cae desde el pecho hasta los pies, sino que ciñe notablemente el talle, marcando así la cintura y las caderas. Se ha coloreado el torso o parte superior de la basquiña en tono rosado, mientras que la falda es de color azul claro con tres estrechas bandas encarnadas en su parte inferior. Esta diferenciación de colorido parece indicar que son dos prendas independientes, es decir, un justillo y una falda; sin embargo, los trazos del dibujo muestran que en realidad se trata de una sola prenda: por un lado los pliegues de la cintura no marcan una costura y, por otro, la abertura del justillo, cerrada mediante un cordón, se prolonga unos 20 cm. por la falda, lo que no deja lugar a dudas sobre la unicidad del vestido. Conocemos un total de cuatro ejemplares de este grabado y cada uno de ellos está coloreado de modo diferente, incluso en uno de ellos ambas zonas son del mismo color, por lo que hemos preferido guiarnos por las líneas del dibujo a la hora de analizar las diferentes prendas, ya que el colorido es aleatorio. No obstante, queremos dejar constancia que el ejemplar que presentamos en este trabajo no ha sido coloreado en época reciente, sino que se ofrece tal como lo vemos inserto en el volumen original, conservado en la Biblioteca Nacional.

Otros aspectos destacables del vestir de esta mujer y que vuelven a recordarnos a las de Ansó y Hecho son la camisa de mangas abullonadas y gran cuello de gorguera con puntilla, el uso de manguitos ciñendo los antebrazos y el adornarse con medallas y cruces pendiendo del pecho. Calza abarcas de piel que se han coloreado en amarillo; las abarqueras forman un dibujo estrellado en la zona del empeine y se atan al tobillo en un lazo.

Por lo que se refiere al hombre, luce un bonete o gorro blando sin ala y adornado con bandas, de lana según St. Sauveur, dispuestas verticalmente y en las que se aprecian varios botones; este tocado se ha coloreado en azul marino, con las bandas amarillas. La camisa va cerrada mediante un cuello de tirilla; sobre ella lo que el autor llama un "jubón", abierto en los lados y dotado de capucha, que desciende casi hasta las rodillas, donde terminan los calzones que se aprecian por debajo. Calza abarcas de piel abiertas, con abarqueras rojas que desde el empeine ascienden por la pierna, cruzándose en aspa; unas medias le cubren hasta media pantorrilla.

Nuevamente el coloreado del grabado nos plantea algunas dificultades para la correcta identificación de las prendas. En primer lugar vemos que las mangas que sobresalen del jubón se han coloreado en rosa, por lo que entre éste y la camisa habría otra prenda, a la que corresponderían esas mangas. En segundo lugar, St. Sauveur menciona una única prenda exterior, el jubón, pero en el grabado se ven dos: el jubón, de color marrón, y una especie de capa, de color azul.

Mientras viaja por las cercanías de la Sierra de Loarre, dirigiéndose a la pequeña localidad de Anzánigo, un viajero inglés nos describe así a un compañero de viaje en 1898: El hombre que está junto a mí (ahora estoy en la imperial de la diligencia) lleva un pañuelo de cabeza morado con un dibujo rojo en él, una banda morada o faja, unos calzoncillos de lino sobresalen bajo los pantalones de paño, en la rodilla, cuyos lados están cortados y atados con cintas. Medias de estambre azul, una camisa de estambre marrón cubierta por un escotado chaleco y dos blusas o chaquetas con rayas azules. En los pies lleva alpargatas... (20).

Tras pasar por Jaca, se dirige a Biesca y Polituera; recorriendo esa zona introduce este comentario:

Continuamente pasa algún aldeano, unas veces andando y arreando a un mulo perezoso o soñoliento asno, otras, silencioso e inexpresivo, cargando un pesado fardo sobre sus espaldas. Una faja morada y un pañuelo de cabeza rojo les distinguen a lo lejos en el camino, más de cerca todos llevan un paraguas de algodón verde, en perpetua prevención de la lluvia (21).

Nos desplazamos a continuación más hacia el Este, concretamente al valle de Broto, de donde Three Waifarers nos facilita un encantador grabado del baile que los lugareños realizaron en honor de los viajeros -figura no 11-; acompaña esta imagen con el siguiente texto:

En Torla, Fanlo y Broto no hay posadas, pero no debe preocuparse uno por ello: seréis bien alojados y bien atendidos. La rutina es la siguiente: os reciben en la mejor casa del lugar como a un huésped respetado y esperado; si es de noche, quizás en un pasillo débilmente iluminado por antiguos candiles; la familia se congrega a vuestro alrededor; os ofrecen chocolate y limonada, a cambio vosotros les rogáis, con vuestro mejor castellano, que acepten vuestros cigarros, y luego fumáis todos la pipa de la paz. Las mujeres charlan y admiran toda novedad en el traje que lleváis puesto, mientras los hombres fuman en profundo silencio, observándoos entretanto sus ojos relucientes. Hasta aquí la reunión se parece a la de los indios de Norteamérica, descritos por Cooper. A la media hora, entran más hombres y mujeres, vestidos de fiesta y provistos de instrumentos musicales, sobre todo guitarras. Todos los ojos se fijan en vosotros buscando averiguar si el improvisado baile que esta amable gente os ha preparado para divertiros os resulta una sorpresa agradable; luego viene una explosión de alegre y animada charla; la habitación más grande se llena rápidamente y se os escolta hasta allí; los otros llevan antorchas, candiles y guitarras. Generalmente los muebles son antiguos y pintorescos, y quizás haya una pesada cama con columnas de madera en las esquinas, talladas con adornos originales ya carcomidos, y doseles profusamente dorados en donde cuelgan cortinas tapizadas que se van haciendo pedazos desde hace mucho tiempo. Media docena de hombres toman asiento en el sofá y atacan una enérgica melodía en tres tiempos, al principio en una clave menor; luego la acompañan con sus voces gesticulando intensamente y moviendo frenéticos sus manos sobre las cuerdas de las guitarras; lo que dicen parece ser una invitación o un desafío; tres o cuatro parejas se ponen de pie de un salto y comienzan un verdadero fandango, cuyos movimientos son recatadamente imitados por Pascualita en un rincón apartado.

No hay baile que permita una más perfecta representación dramática que éste; el agraciado abandono de los hombres y la cantidad de coquetería que las mujeres se esfuerzan en poner, siempre refrenada por un retenue y un orgullo puramente español, lo hacen uno de los más elegantes y encantadores. A éste le siguen valses, boleros, canciones, etc.; circula el vino, las mujeres salen al balcón para tomar el aire y también quizás para permitirse el lujo de un cigarrillo (22).

Nos introducimos en este alegre ambiente para ver la indumentaria de la gente de este valle en 1853, "vestidos de fiesta", y para ello nos vamos a servir también de un segundo grabado -figura no 12- perteneciente a la misma obra.

Las mujeres cubren la cabeza con un pañuelo que anudan bajo la barbilla o bien en la zona de la nuca, dejando en ambos casos la punta de atrás suelta; parece que la segunda opción es más propia de las mozas jóvenes, reservándose la primera para mujeres de cierta edad. En el torso lucen camisas de abullonadas mangas y cuello posiblemente redondeado; encima, justillos de color oscuro que ciñen el talle, ribeteados por una banda clara y, montando sobre la falda, un pequeño faldón que en algún caso es almenado. En la escena del baile, en el extremo derecho, una mujer madura luce un jubón de manga larga, en tono oscuro, en lugar de justillo. En todos los casos, sobre los hombros han dispuesto pequeños mantones o pañuelos doblados en pico que llegan hasta la cintura; por delante se cierran sin dejar ningún tipo de escote, por lo que la unión de las dos puntas desciende recta desde el cuello hasta la cintura. Las faldas cuentan con numerosos frunces en la cintura, adquiriendo así gran volumen; son largas hasta por encima de los tobillos.

Los hombres visten con camisa de mangas abullonadas y pequeños cuellos de pico; alguno de ellos luce encima un chaleco oscuro y todos ciñen la cintura con faja. Los calzones son negros y muy ceñidos, cerrándose a la altura de las rodillas con botones. Calzan alpargatas y cubren las pantorrillas con medias e incluso con polainas. Intencionadamente hemos dejado para el final dos particularidades de estos varones que nos llaman la atención: la profusión de pañuelos que a modo de corbatas se acomodan por debajo de los cuellos de la camisa para cerrarla, y la disposición de los pañuelos coronarios, enrollados alrededor de la cabeza como una banda, sin anudar. Un único personaje, en la figura 12, se toca con sombrero, sobre el pañuelo; se trata de un modelo de rodina adornado con dos madroños, muy similar al que luce el guía de la figura 7.

Recurrimos de nuevo al viaje que por Aragón realizó J. Branet, para trasladarnos a las zonas más orientales de nuestra región, de donde nos proporciona información más bien escasa. En las cercanías de Roda de Isábena y tras perderse durante la noche, llega a una casa de pastores el 19 de agosto de 1798; en estas circunstancias incluye una única y poco significativa referencia a la indumentaria femenina: Apenas subí la escalera vi en una gran sala una vieja mujer cubierta con un refajo de paño grosero y con la cabeza envuelta por un sucio pañuelo que le servía de cofia (23).

Mientras permanece en Roda, Branet lamenta la condición de sus ropajes:

Aunque mis calzones no estaban en un estado envidiable, mis zapatos habían adoptado la forma de unas pantuflas y mis vestidos estaban rotos, un gambeto, especie de levita de paño grosero, de color capuchino, me cubría enteramente tan bien como lo harían al zar Pedro las pieles de marta cibelina (24).

Al mencionar estas palabras, hace siete años que este sacerdote está en España, y como él mismo dice ya se ha aclimatado al país. Así adopta en su indumentaria una de las prendas de abrigo más características de la zona pirenaica, el gambeto, usado habitualmente por los pastores; en la exposición etnológica permanente de San Juan de Plan se conserva un ejemplo de dicha prenda, consistente en un abrigo largo, realizado en estameña marrón y que se ata con un solo botón en la parte alta, a la altura de donde debería ir el cuello, no contando tampoco con solapas.

Posteriormente este autor se traslada a Monzón, localidad en la que permanece desde noviembre de 1798 hasta abril de 1800. Allí tendrá oportunidad de comentar cómo se amortajaban en esas fechas los aragoneses:

Aquí, como en otras zonas, todo el mundo se hace enterrar con hábito religioso, los hombres con hábito de franciscano, dominico o capuchino y las mujeres en hábito de religiosa. Todos han sido descubiertos llevando sobre el pecho la bulla de la Cruzada (aún es costumbre en España adquirir una bula que bajo ciertas condiciones asegura diversas indulgencias). Mi mesonero, que murió y al que asistí en sus últimos momentos, quiso el hábito de un franciscano (25).

Esta costumbre de amortajar con prendas religiosas desaparecerá con el tiempo, de modo que a lo largo del siglo XIX la gente será enterrada con sus mejores galas, reservándose frecuentemente el traje “de casar” para dicha circunstancia.

Terminaremos este recorrido por la provincia de Huesca recogiendo varias referencias a la comarca del Bajo Cinca, primera zona a la que arriban los viajeros procedentes de Cataluña, versando sus comentarios normalmente sobre las diferencias que existen con la indumentaria usada por los catalanes.

En 1837 Charles Didier nos da además una descripción del uniforme de los miñones:

La plaza de Fraga está ocupada por una compañía de miñones, especie de antigua gendarmería encargada de la vigilancia de los caminos y la persecución de ladrones. No es allí donde debimos encontrarlos. Su brillante uniforme, traje rojo y faja azul, contrastaba fuertemente con los tonos oscuros de esta ciudad ahumada y con el día lluvioso.

Aquí el vestido cambia como la naturaleza: a la gorra y ala manta rayada de los Catalanes les sucede el sombrero redondo de alas anchas y el largo manto pardo de los Aragoneses (26).

Volvemos a encontrarnos con los grandes sombreros circulares de ala ancha y las mantas que vimos en los contrabandistas pirenaicos; en esta ocasión son vistos como prendas características de nuestra tierra, distintivas de la indumentaria aragonesa.

Unos años más tarde Louis Teste menciona únicamente la manta cuando entra en Aragón procedente de la población leridana de Almacellas: Pobres diablos campesinos, plegados en sus coberturas, andan errantes con los pies desnudos, la nariz al viento (27).

Más explícito es Joseph Townsend en su viaje realizado en 1786-1787: A cada paso tiene uno constancia de haber entrado en otro reino. Ya no se ven la gorra colorada y los calzones de pana negra, sino un gorro de terciopelo negro, acabado en pico como una mitra, y unos calzones blancos y cortos denominados bragas, que llegan algo más abajo de medio muslo (28).

Se menciona en esta cita un tocado que por su descripción recuerda en gran medida el que aparece en las figuras 3 y 4, siendo la única referencia al uso de este tipo de sombrero en esta zona, donde sí se ha constatado la utilización de modelos de alas anchas, de copa alta y del llamado "de Sástago".

Por lo que se refiere a los calzones denominados bragas, no son otra prenda que los también llamados aragüells en Fraga: especie de calzoncillos exteriores, bastantes amplios, similares a los que se usan en regiones valencianas, posiblemente de origen morisco y que están confeccionados en cáñamo o lino blanco; es una prenda de verano característica del huertano que, con el discurrir del tiempo, irán alargándose hasta llegar a media pantorrilla. Un ejemplo del uso de estas bragas puede verse en la litografía titulada Fraga, realizada por F. J. Parcerisa (29).

____________

NOTAS

(1) LABORDE, Alexandro: Itinerario descriptivo de las provincias de España y de sus islas y posesiones en el Mediterráneo. Traducción libre del que publicó en francés Mr. Alexandro Laborde en 1809. Valencia, 1816, p. 276.

(2) FORD, Richard: Manual para viajeros por el reino de Aragón y lectores en casa. Ediciones Turner, Madrid, 1983, p. 13.

(3) QUADRADO, J. M.: Recuerdos y bellezas de España. Edición facsímil del volumen dedicado a Aragón, Zaragoza, 1974, pp. 5-6.

(4) GUIMET, Ettiene-Emile: A travers l'Espagne. Lettres familiéres des post-scriptums en vers par Henri de Riberolla. Chez Charles Mera, Lyon, 1862, pp. 102-103.

(5) BELTRAN, Antonio: "Sobre el traje popular aragonés" en Revista Andalán no 358, Zaragoza, 1982, p. 19; "Indumentaria y adorno" en Enciclopedia Temática de Aragón, tomo 1, Folklore y música, Ediciones Moncayo, Zaragoza, 1986, p. 29.

(6) DAVILLIER, Carlos: Voyage en Espagne. Hachette, París, 1874, p. 880.

(7) TAYLOR, J.: Voyage pittoresque en Espagne, en Portugal et sur la cote d’Afrique, de Tánger a Tetouan. Librairie de Gide fils, París, 1832, sin paginar.

(8) DEMBOWSKI, Charles: Deux ans en Espagne et en Portugal pendant la guerre civile. 1838-1840. Librairie de Charles Gosselin, París, 1841, pp. 3-4.

(9) CUENDIAS, Manuel M. y FEREAL, V. de: L’ Espagne pittoresque, artistique et monumental. Moeurs, usages et costumes. Librairie Ethnografique, París, 1848, p. 1.

(10) Ibidem, p. 3.

(11) THREE WAIFARERS: Roadside sketches in the south of France and Spanish Pyrenee. Londres, 1854. Estos grabados nos han sido facilitados por Marcos Castillo Monsegur a quien agradecemos sinceramente desde aquí su amable colaboración.

(12) CASTILLO MONSEGUR, Marcos: XXI viajes (de europeos y un americano, a pie, en mula, diligencia, tren y barco) por el Aragón del s. XIX. Diputaciones de Zaragoza, Huesca y Teruel, Zaragoza, 1990, pp. 81-83.

(13) Para obtener más información sobre este tema, ver R. ANDOLZ CANELA, La aventura del contrabando en Aragón, Mira Editores S.A., Zaragoza, 1988,

(14) SOUVENIRS DE PYRENEES. Vues prises aux environs des eaux thermales de Bagnéres de Bigorre, Bagnéres de Luchon, Cauteretz, Saint Sauveur, Baréges, Les eaux bonnes, Les eauz chaudes & Pau. Imp. Lemercier, París, sin fecha ni paginación.

(15) VIOLANT I SIMORRA, Ramón: El Pirineo español. Vida, usos, costumbres, creencias y tradiciones de una cultura milenaria que desaparece. Editorial Alta Fulla, Barcelona, 1985, pp. 105-106. La primera edición de esta obra data de 1949.

(16) D'ALAUX, Gustave: Aragón visto por un francés durante la primera guerra carlista. Diputación General de Aragón, Zaragoza, 1985, p. 16.

(17) QUADRADO, op. cit., p. 189.

(18) BRANET, Joseph: Journal dún prete refractaire refugié en Espagne (1791-1800). Imprimerie F. Cocharaux, Aux, 1927, pp. 162-163.

(19) SAINT SAUVEUR, J. G.: Enciclopedie de voyages contenant l'abrége historique des moeurs, usages, habitudes domestiques, religions, fetes, supplies, funerailes, sciences, arts et commerce de tous les peuples. París, 1796, pp. 3-4.

(20) HUNTINGTON, Archer M.: A note-book in northerm Spain. Nueva York y Londres, 1898, pp. 182-183.

(21) Ibidem, p. 193.

(22) CASTILLO MONSEGUR, op. cit., pp. 92-93.

(23) BRANET, op. cit., pp. 135-136.

(24) Ibidem, pp. 140.

(25) Ibidem, pp. 148-149.

(26) Charles DIDIER : Un année en Espagne. Librairie de Dumont, París, 1837, p. 81.

(27) Louis TESTE : L'Espagne contemporaine. Journal d'un voyageur. Librairie Gerner-Bailliére, París, 1972, p. 227.

(28) lan ROBERTSON : Los curiosos impertinentes. Viajeros ingleses por España. 1760-1855. Editorial Nacional, Madrid, 1976, p. 70.

(29) QUADRADO, op. cit.