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LA CULTURA ORAL EN EL LUGAR DE SANTIBAÑEZ EL BAJO (I)

BARROSO GUTIERREZ, Félix

Publicado en el año 1997 en la Revista de Folklore número 204.

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En noviembre de 1987, la casa TECNOSAGA, de Madrid, se desplazó hasta el lugar de Santibáñez el Bajo, un pueblo medio perdido en el norte cacereño. Llegaron a tal pueblo de la mano de la asociación local "La Buranca", hoy lamentablemente a punto de pasar a mejor vida, después de trece años de fecunda labor y de haber adobado interesantes proyectos. Musicólogos encariñados en el genuino folklore de nuestros pueblos, como Macario Santamaría y su inseparable "Epi", ambos pertenecientes a "Saga", arribaron una noche novembrina, de hiriente helada, a ese lugar que, en tiempos, se llamó "Santi-Ihoannez", o lo que es lo mismo, "Hijo de San Juan". Y una vez allí, un nutrido grupo de vecinos desgranó las hilachas de su folklore, pues, ciertamente, la madeja prieta y venerable, síntesis de sus raíces folklóricas, ya hacía tiempo que se había desmadejado, por aquello de los mass media y otros imperativos de la modernidad.

Antes de dar unas pinceladas sobre la cultura oral en el citado lugar de Santibáñez el Bajo (pinceladas que seguirán las huellas de lo que grabó la casa "Tecnosaga"), bueno es que hagamos un bosquejo sobre dicho lugar, para que el personal tenga referencias más claras y precisas.

ALGO DE HISTORIA Y OTRAS COSAS

Se levanta el pueblo en el centro de la horca que forma el río Alagón y la Rivera del Bronco. Nos hallamos en tierras de la antigua Comunidad de Granadilla, al norte de las Extremaduras, casi rayando a la mítica tierra de Las Hurdes.

Tierras de berrocales y pizarras. Terreno quebrado, por el que se retuercen olivos centenarios y pardas encinas. Variedad cromática en sus campos: al Norte, la dehesa boyal, con manchas de robles y alcornoques, donde pasta la boyada del lugar; al sur, mucha bellota y muchos canchos graníticos, por donde corretean cochinos de montanera; al Este, verdioscuros olivares; y al Oeste, prados que se guadañan por mayo, pequeñas hijuelas que siempre se regaron por el sistema de cigüeñal, huertas con frutales y hortalizas, y numerosas pastorías de ovejas.

Y por todos estos tesos y valles, costanas y vaguadas, la antigua huella de viejos pueblos. Hombres del Neolítico y clan es celtois, vettones y romanos... siempre dejaron algo de su cultura sobre estos términos. Siguen apareciendo los instrumentos líticos, material pulimentado al que los santibañejos siguen otorgando un valor mítico. Para ellos, son "piedras del rayo", que caen con las tormentas y permanecen siete años bajo tierra; al cabo de los cuales, tales piedras salen a la superficie, y aquel que las posea, conseguirá progreso y beneficio. Los pastores las llevarán en sus zurrones o las colocarán en los tejados de sus majadas, a fin de que el rayo se aleje; las embarazadas las colocarán bajo sus ropas, a la altura del vientre, para que la gestación tenga buen fin... y dicen, además, que si a tales piedras se les ata un hilo en derredor y se arrojan a la lumbre, el hilo nunca se quema. Es el viejo mito de los poderes celestes que entran en hierogamia con los terrestres. Es una creencia tan vieja como el mismo mundo.

El misterio sigue en torno a parajes como "El Pozo de la Piedra", "Cabeza del Moro", "El Tesoro", "Pozo Santo", "Los Corrales", "La Peña Escrita"..., en los que el paso y el poso de antiguas culturas quedan bien patentes. La gente habla de los "moros", y son muchas las leyendas que rodean estos lugares. Hay fuentes y pozos misteriosos ("Fuente de la Bellota", "Fuente del Lugar", "Pozo del castillejo", "Pozo de la Roja"...), en los que cuentan que se aparecen los "encantos", que no son sino recuerdos de las míticas náyades o ninfas.

Con toda su carga histórica a cuestas, el pueblo de Santibáñez se fue criando y creciendo en un marco de apriscos y majadas, en las tradicionales viviendas sin chimeneas, aptas para curar la matanza, donde la pizarra se amalgamaba con la moleña y el adobe. Este pueblo demarcó sus límites locales, estableció sus vínculos de sangre y de parentela con otros núcleos extralocales y, al igual que otros, fue pariendo y adobando sus peculiaridades, "aquello" que, dentro de las coordenadas generales de una misma cultura popular, le diferenciaba del resto. Podría ser la cadencia en el habla, o la forma de cantar los "Ramos", o algún que otro rito nupcial...; fuera lo que fuere, siempre existen unas mínimas connotaciones que vienen a generar el "orgullo local".

Como dice el refrán, "cada pueblo tiene su uso, y cada rueca su «jusu»", o aquel otro de "en cada pueblacho, su estilacho". Ciertos rapsodas populares, arraigados en la zona, siempre han sacado punta a esas diferencias de un pueblo con otro. Por aquí dicen aquello de:

Santacruz de las cebollas;
Aceituna del canchal;
Santibáñez, cotorinos;
paletos los del Ahigal;
y ladrones los de El Cerezo,
que van a Mohedas a robar:

Los que se mofan de este pueblo de Santibáñez salen con dichos como:

Santibáñez el Bajo,
corral de cabras,
donde cagan y mean
van a por agua.

O aquello otro de: Santibáñez, mal vino, pocas mozas y sin alcalde. O rematan así:

Santibáñez el Bajo,
pueblo de trillaores;
comen bruños como puños
y se ponen barrigones.

Y la paremiología aumentó en línea negativa a raíz de los crímenes, robos y otras barbaridades cometidas por la banda de facinerosos llamada "Los Muchachos de Santibáñez", que asolaron zonas de Extremadura, Castilla y Portugal entre los años de 1810 y 1820. Y la banda se llamaba así por ser sus principales cabecillas y la mayoría de sus componentes naturales de Santibáñez el Bajo. En el fondo, fueron unos guerrilleros que combatieron en la Guerra de la Independencia y que se tiraron al monte porque no les dieron lo que les prometieron. Eran algo así como una guerrilla de tipo rural que ambicionaba profundas reformas sociales. Y de aquí vendrán aquellos dichos:

Santibáñez, pueblo de criminales,
que nacen ya con navajas
por la crica de su madre.

Santibáñez, el pueblo de los Muchachos;
a la vuelta de la esquina, te dan un carabinazo.

Santibáñez, el pueblo de los Muchachos;
el que no gasta puñal,
gasta un fusil boquiancho.

Santibáñez, el pueblo de los Muchachos;
cogieron a la cuadrilla
y los hicieron tasajos.

(Este último dicho trae a la memoria el ajusticiamiento de varios jefes de la banda de "Los Muchachos", cuyos cuerpos fueron descuartizados y desparramados por los lugares de sus correrías".

Pero los que quieren bien al pueblo, les cantan coplas como:

El Ahigal está en lo llano;
Santacruz en la ladera,
y en el medio Santibáñez,
sirviendo de clavelera.

Ay, santibañeja,
qué bonita eres:
me hueles a rosas,
también a claveles.
También a claveles,
también a azucenas.
Ay, santibañeja,
me quitas las penas.

Y también tiene este pueblo su calendario festivo, que lo podríamos repartir así:

-San Blas Nuevo (3 de febrero): Se reparten cordones bendecidos, para librar a las gentes de los males de garganta. Los quintos sacan, en estas fechas, un macho cabrío por las calles, todo él engalanado de cintas y con un descomunal cencerro. Lo meten en los bares y lo emborrachan. Luego, lo sacrifican y comen su carne a lo largo de varios días. El día de San Blas Viejo (4 de febrero), los quintos piden por el pueblo "el chorizu"; los vecinos les entregan chorizos, huevos y dinero.

-Domingo de Pascua: Durante la noche, se canta el Rosario de la Aurora, cerca ya de la amanecida. Acompañan quintos y quintas. Al finalizar, en la "casa de los quintos", se prepara toda una fiesta, con bailes y comilonas.

-Lunes de Pascua: Celebración de la tradicional romería. Procesión a lo largo de la dehesa boyal, llevándose en un carro engalanado a la virgen de Fátima (esta imagen es una imposición del clero local, pues se debería sacar a la Virgen de la Salud, al menos por respeto a la tradición). El Ayuntamiento reparte perrunillas, aguardiente y ponche. Misa de campaña. Juegos tradicionales. Concursos variados, charangas y tamborileros.

-Ferias locales: Se celebran los días 1 y 2 de junio. Han decaído mucho en los últimos años, debido a que ya los ganaderos realizan sus transacciones en las fincas, por lo que el rodeo es cada vez menos frecuentado.

-Sau Antonio (13 de junio): La fiesta se mantiene gracias a la "Cofradía de San Antonio". La víspera por la noche se enciende el "capazu" capacetas de lagares aceiteros colocadas sobre un palo ahorquillado, a las que se prende fuego al son de la flauta y el tamboril. En este día, después de misa, se pujan "tohtónih" (cochinillos) a la puerta de la iglesia. Antiguamente, eran famosas las capeas de este día.

-San Juan (24 de junio): Ha decaído prácticamente la fiesta. Tan sólo se mantiene, en algunos barrios, las hogueras de tomillo que se hacen la víspera, al anochecer.

-Fiestas del Emigrante: (variable, a mediados de agosto). Son fiestas de reciente creación. Se celebran concurridas verbenas, capeas tradicionales, concursos diversos...

-Santísimo Cristo de la Paz: Se festejan los días 23 (Día del Cristo) y 24 de septiembre (Cristo Viejo). Son las de mayor raigambre en la localidad. Solemnes procesiones. A veces, se echa la bandera. Rito del Ramo. Típico ofertorio. Concursos, verbenas, capeas...

-Los Santos (1 de noviembre): Tiene lugar la llamada "Chiquitía". Los muchachos acuden a casa de sus abuelos y padrinos, que les entregan donativos (castañas, roscas de pan, nueces, granadas, membrillos, dinero...). Con lo que obtienen, forman cuadrillas y marchan de merienda a determinados lugares marcados por la tradición. Los "doblaórih" (muchachos encargados de doblar por las ánimas) piden por las casas. Reúnen lo que sacan y preparan una gran hoguera en el campanario de la iglesia. Allí se dedican a dar buena cuenta de lo que obtuvieron en la cuestación.

Otras fiestas de ámbito más familiar son las matanzas y las bodas. Todavía conservan ciertos rasgos pintorescos. Los Carnavales se han perdido casi por completo. Hasta hace unos años, gozaban de gran renombre. Destacaban los ritos de la "Vaca-antrueju", correr los gallos, la carrera de caballos en derredor de la plaza mayor, las corroblas de los "entihnáuh"... Ha vuelto a ser rescatado el "Entierro de la Sardina" por parte de la asociación de mujeres "La Candela" que, así mismo, ha sacado de sus cenizas a la fiesta de La Candelaria (2 de febrero).

Fue este pueblo de Santibáñez el Bajo un lugar que alcanzó merecida fama en la artesanía del cuero, fundamentalmente en lo que a calzado se refiere; pero ya no queda ni rastro de tales artesanías. Y poco es lo que se rastrea sobre otros oficios artesanos, si acaso algunos trabajillos en madera o algo de cestería de mimbre. Y cuenta, como es lógico, la localidad con su cultura gastronómica; mas sería muy largo hablar de ello. Contentémonos con citar el menú que la A. C. "La Buranca" ofreció a los investigadores de la casa "Saga" con motivo de su estancia en el pueblo: sopas de pastor, cabrito con "zorongollu" (al modo de una ensalada de pimientos) y "sápuh" (que, en otros sitios, les dicen "repápalos"), y que viene a ser un dulce y delicioso postre.

DESPUES DE LOS PROLEGOMENOS

Efectivamente; ya hemos hecho los correspondientes prolegómenos, y, ahora, vamos a analizar someramente el material de cultura oral que "Saga" grabó una fría noche de noviembre de 1987. Aquí habló y cantó el pueblo, pero el pueblo en su sentido más profundo. Y este pueblo cantó sin artificio, sin ensayos previos, porque estas gentes nunca necesitaron ensayar antes de sus juergas espontáneas o de sus rituales cíclicos. La voz del pueblo no sirve para coros estáticos, sino para vibrar y saltar al compás de la copla.

Hay una canción de ronda que se canta en este lugar (y no quiere decir que no se cante en otros) que dice así:

A cantar me ganarás,
pero no a saber cantares,
que tengo yo un arca llena
y encima siete costales.

Como bien dice la copla, muchos son los cantares que se atesoran en nuestros pueblos. Son cantares tradicionales, entendiendo como tales los que pertenecen a la cultura que un pueblo ha generado a través de sus vivencias. Podrán gustar o no estas manifestaciones populares, pero de lo que no cabe duda es de su merecida autenticidad, lo que debe engendrar un gran respeto, pues bien dice el adagio:

Respete el caballero
la costumbre del villano,
que aunque rústico, es humano,
por más que sea un simple jornalero.

En la noche novembrina de marras, los hijos y las hijas de Santibáñez el Bajo desgranaron preciosos cantares que, haciendo un resumen de ellos, podríamos diseccionarlos humildemente en la relación que sigue:

NANAS

E. Petrini nos dice: "La nana es una mezcla de voz, de canto, de ritmo, en que el movimiento de arrullo ocupa el lugar de la antigua danza. Era a menudo todo lo que podía ofrecer una madre a su hijo". ("Estudio crítico de la literatura juvenil". Madrid. Rialp, 1981, p. 34).

Abundantes y curiosas fueron las nanas. Hoy van quedando en el baúl de los recuerdos, ya que ciertas modernas puericultoras imponen melodías insertas en cintas-cassettes, donde la voz de la madre, o de la abuela, con toda su tremenda carga afectiva, ya no pintan absolutamente nada. Por estos territorios, la nana más corriente era aquella de:

Duérmete, niño mío,
que vieni el cocu
y se lleva a los niñuh
que duermin pocu.

Aparece continuamente el "Coco" en las nanas infantiles. Covarrubias nos cuenta lo siguiente: "Coco: en lenguaje de los niños, vale por figura que causa espanto, y ninguna tanto como las que están a lo oscuro o muestran color negro de "Cus", nombre propio de Can, que reinó en Etiopía, tierra de negros". ("Tesoro de la Lengua", Madrid, 1611).

Y por estos pueblos también aparece, en las nanas, otro personaje mítico: la Moraquintana. Incluso existe aún un paraje aledaño al casco urbano de este lugar que sigue recibiendo el nombre de "La Moraquintana". La letra de una nana, que recogí hace ya varios años de boca de la anciana Valeria Calvo (ya difunta), decía así:

Si el mi niñu no se duermi,
llamu a la Moraquintana,
pa que se lo llevi léjuh
de la su cama.

Se busca que el niño se duerma. Se entonan ritmos cadenciosos, monótonos, repetitivos, que amodorren los sentidos. Y se traen a colación seres míticos, que atemoricen al niño: el Coco, las Camuñas, el Páncaru, la Moraquintana, el Encantu...

La vecina Marina Blanco Montero desgranó una nana muy lírica, en cuya composición parece que hubiera intervenido una mano culta. Pero tal nana está suficientemente tradicionalizada. La estética y armonía de la letra y del canto alcanzan cimas pocas veces igualadas en este tipo de composiciones.

JOTAS

Mucho se ha escrito sobre los orígenes de la jota. No vamos a entrar ahora en tales disquisiciones. Bástenos con decir que los distintos tipos de jotas de esta zona son acompañados, en su mayoría, por el tamboril y la flauta de tres agujeros, llamada, también, "flauta de pico", y en otros lugares, gaita.

Partimos del hecho de que en la música popular tradicional no existe un patrón fijo sobre las características de la música, concretamente en ritmo y en melodía. Así encontramos que si le pedimos a varios tamborileros o "cantaores" que nos toquen o nos canten todos una determinada canción, no hallaremos dos que coincidan exactamente en ritmo y melodía, por lo que es muy frecuente que muchos intérpretes mezclen ritmos y melodías hasta dentro de la misma canción.

En pueblos aledaños a Santibáñez el Bajo, existen tamborileros que tocan las mismas piezas, que tienen un repertorio semejante. Pero hay pequeños matices y diferencias en los toques. La que por aquí se denomina simplemente "Jota", sin título definido alguno, es la misma que la de otros muchos pueblos comarcanos. Pero una pareja de santibañejos la bailarán al ritmo de sus tamborileros locales. Si la toca un tamborilero foráneo, enseguida se oyen comentarios como: "esi tamborileru no le da la recaía cumu el nuestru; hay cumu una cosina que la deferencia...".

Estamos en presencia de instrumentos muy arcaicos: el tamboril y la flauta. Es en el antiguo reino de León donde predominan estos instrumentos, que antaño se extendieron por otros muchos territorios. Existe gran diferencia entre la funcionalidad de los tamborileros de una zona u otra. Mientras que por esta parte el tamborilero ha venido a ser el alma de casi todas las fiestas, tocando piezas de la más variada índole; en otros sitios, incluso dentro de la propia Extremadura (área de Fregenal de la Sierra), el tamborilero sólo sabe interpretar unos toques muy específicos, propios de unas fechas determinadas. El resto del año, el tamboril y la flauta guardan reposo absoluto. Hoy en día, podemos apreciar que los tamborileros de la zona que estudiamos han introducido en su repertorio canciones y bailes de los llamados "modernos", que se suelen bailar en cualquier pista discotequera. Aquí se ha hecho realidad el dicho de "renovarse o morir"; lo cual no quita que se sigan interpretando piezas de la más pura tradición.

Decíamos más arriba que estamos ante unos instrumentos muy arcaicos. Baste con decir que se han hallado, en excavaciones realizadas en Asia Menor, flautas semejantes a las actuales, que se remontan a una antigüedad aproximada a los 3.000 años antes de Cristo.

En resumidas cuentas, podemos decir que la música generada por la flauta y el tamboril gozan de cierto poder mágico, semejante al que tienen las músicas primitivas para ejercer, en determinados momentos y circunstancias, unos efectos psíquico-somáticos en el mismo intérprete y en la comunidad a la cual va dirigida la música. Esto se hace más patente allí donde se unen rito, música y danza.

La jota de este lugar de Santibáñez el Bajo se ha bailado -y se baila- con motivo de diversas manifestaciones. Lo mismo se baila en una plazuela con motivo del pasacalles de boda, que en el recinto de un bar, que cuando la juerga así lo precise...Esta jota tradicional, bailada secularmente en el lugar, carece de letra. Sólo se conserva su música. Hace unos años, murió el último tamborilero -Luis Martín Domínguez-, perteneciente a esa generación que vivenció un mundo tradicional muy diferente al de nuestros días. Con "Ti Luí" se fueron los ritmos de aquella jota sin letra. Hoy, parece que una hornada de muchachos nuevos quieren seguir sus pasos. Ojalá se haga realidad, para que las raíces no mueran.

Cuando "Saga" grabó los cantares de Santibáñez, no hacía mucho que había muerto "Ti Luí el Tamborileru", cuya figura aparece retratada en las carátulas de las cintas que salieron al mercado. Por ello, interpretó la jota el tamborilero del vecino pueblo de Aceituna, Martín Pérez Pérez, pero imprimiéndole un sello diferente.

LOS MANDAMIENTOS

Parece ser que los llamados "Mandamientos de amor", que discurren por la misma vía que los "Sacramentos" y los "Mayos", ya se plasman en el "Cancionero General", que se publica en Valencia allá por 1511.

Los "Mandamientos" cantados en Santibáñez el Bajo, maravillosamente lanzados al aire por la vecina Alejandra Rodríguez Rufo, tan sólo quedan en la memoria de escasas mujeres. Se ha conservado su letra, pero nadie recuerda cuándo ni por qué se cantaban. Pero su estructura nos lleva a conjeturar que fueron cantos de ronda, echados por los mozos en las largas "nocharráh". Habrá que imaginarse a una cuadrilla de rondadores. Se termina el baile del pueblo un domingo cualquiera. Los mozos se juntan en cuadrilla y comienzan sus rondas. Una veces será el tamboril; otras, el acordeón. Se escuchan prolongados "rejínchuh" (jijeos). Se desgranan los cantes bajo la ventana o el balcón donde duerme ésta o aquella mocita. A veces, se escuchan, a lo lejos, "rejínchuh" de desafío. Tal vez alguien se atreva a hacer con su cayada una raya sobre el suelo. Si alguno de otra cuadrilla la cruza, ya está liada la pelea. Se oyen gritos de "¡quimera!", "¡quimera!"... Los cayados cortan el aire, y veces hubo que las facas brillaron bajo la luz de la luna.

Hay además, en estos "Mandamientos" una palabra clave: "Maya":

Los mandamientos de amor
te vengo a cantar; mi Maya...

Sabido es que, en ciertos lugares, una Maya viene a ser una moza ataviada y muy peripuesta. Lleva numerosos adornos de flores. Tales Mayas suelen festejar la llegada del buen tiempo. Participan en fiestas íntimamente relacionadas con el ciclo coincidente con la floración y fructificación del mundo vegetal.

Este tipo de Mayas nos traen a la memoria viejos cultos dendrolátricos, que ya fueron denunciados por San Martín Dumiense o Bracarense en su obra "De correctione rusticorum" (S. VI), así como en el Concilio de Braga (año 570).

Fiestas de este tipo aún se siguen celebrando en el cercano pueblo de Valdeovispo, a principios de mayo. De hecho, se denominan "Fiestas de las Mayas", aunque en este caso, tales fiestas se asocien a oscuros cultos a las aguas y rituales matriarcales.

Normalmente, estas fiestas se han acompañado de enramadas, arcos de flores, "mayos" (palos adornados que se ponen, durante el mes de mayo, en algún lugar público en que han de celebrarse diversos festejos), bendiciones de campos, etc. En Santibáñez el Bajo se debieron poner enramadas. Una copla, que oí cantarla muchas veces a "Ti Luí el Tamborileru", principiaba así:

El día en que yo entré en quinta,
puse un ramu en tu ventana.
Puse un ramu en tu ventana
de rosas y de clavelis.
Y ahora que vengu cumplíu,
te lo pongu de laurelis.

En otras partes, se elige, al llegar la primavera, una Maya entre las mozas más agraciadas de la localidad, lo cual se emparenta enormemente con las modernas elecciones de "misses", "majas" y "reina de las fiestas".

Todo lo expuesto nos lleva a pensar que el canto de los Mandamientos de Amor, conservado en Santibáñez el Bajo, debió formar parte de alguno de los rituales que, someramente, hemos analizado más arriba.

EL POLLU

Nos encontramos ante un tipo de baile muy común en todo el área aledaña al pueblo de Montehermoso, localidad cacereña tenida como emblemática en cuanto a folklore se refiere.

Este baile del "Pollu" se ejecuta con motivo de cualquier evento festivo, al igual que la jota. No es característico de un ritual determinado o de una especial fecha. Lo mismo se baila en una romería que en una boda; en unos carnavales que en una fiesta de quintos. Tan sólo hace falta que el tamborilero comience a soplar la flauta y a zarandear la piel del tamboril. Antiguamente, según nos cuentan, se bailaba, también, al son de panderos o panderetas. Se juntaban un grupo de mozas en una plazuela; se descalzaban, colocando las zapatillas debajo de los poyos, y una serie dé mujeres cantaban y tocaban los panderos. A veces, en las matanzas se baila el Pollu al son de tapaderas de metal y almireces.

Algunas de las estrofas de este baile del Pollu presentan reminiscencias de viejos rituales:

Tú fuisti la que metíhti
a San Antoniu en un pozu,
y le dihti zambullíah
pa que te saliera noviu.

Aparte del tamborilero Martín Pérez, interpretaron este baile del Pollu diversos vecinos: Anastasio Retortillo Sánchez, que acompañó con la caja o redoblante; Valentín Hernández García, que se encargó de friccionar con la cuchara la "botella de caramelu"; y Teodoro Rodríguez Martín, que tocó el curioso instrumento llamado "turuta de papel".

CHASCARRILLOS

Parte de la cultura oral son los denominados vulgarmente chascarrillos. El ingenio popular es, con harta frecuencia, muy agudo. Se podrían contar numerosos casos de personas, sin las mínimas nociones de escritura y de lectura, que han compuesto versos impregnados de profunda filosofía. A base de repetir, en sus soliloquios de gañanes o pastores, sus "poesías inventadas", llegaban a memorizarlas íntegramente, que, después, cuando se brindaba la ocasión, las recitaban con cierto orgullo. Recuerdo el caso de Basiliso Gutiérrez Montero ("Ti Basilisu"), fallecido en el 88, vaquero durante muchos años en la dehesa boyal de Santibáñez. Era totalmente analfabeto, pero hilaba magistralmente verso tras verso, componiendo "poesías" no exentas de una rima y un ritmo más que regular, amén del baúl de cuentos tradicionales y romances que atesoraba en su memoria.

Todo ello se emparenta con el saber paremiológico del pueblo, que ha creado infinidad de refranes, acertijos, trabalenguas, ensalmos, dictados tópicos..., fruto de su aguda observación, vertida, de forma memorística, a través de generaciones. Y una generación tras otras ha ido añadiendo filosofías del momento, formando un rico corpus de cultura oral. Hoy día, se sigue creando cultural oral, ya que ésta no se limita a lo que se guarda en el arca de los tiempos pasados, sino que presenta pautas evolutivas y dinámicas. Eso sí, el imperativo de los nuevos tiempos rompe la autarquía de las que fueron comunidades cerradas e intenta imponer una cultura estandarizada, pero el pueblo siempre dará un toque peculiar a esa cultura que, a marchas forzadas, se la importan los medios de masas. Es muy difícil romper esquemas y filosofías. La uniformidad de pensamiento es una utopía insensible y hueca. No tiene campo de actuación cuando el pueblo es consciente de sus raíces y se identifica con él mismo. Lo triste -y está ocurriendo con relativa frecuencia- es que muchas comunidades andan a la deriva, porque ha podido más la "modernidad" que sus raíces. El no saber conjugar el devenir de los tiempos con las señas de identidad que dieron razón de ser a un pueblo, es algo reaccionario, que cava las tumbas del propio pueblo.

El señor Florencio García Jiménez ("Ti Florenciu"), el más viejo de la cuadrilla en aquella noche novembrina, hoy ya fallecido, nos deleitó con infinidad de chascarrillos, llenos de gracejo popular. La mayoría de ellos se pueden escuchar por otros pueblos, pero la esencia es que han sido memorizados por estas gentes, o sea, que han trascendido al plano de lo popular, de lo tradicional.