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El Toro de “Varilla” de Valverde de la Vera (Cáceres)

LAHORASCALA, Pedro

Publicado en el año 1997 en la Revista de Folklore número 204.

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Valverde de la Vera es una villa del norte de la provincia de Cáceres, cabeza del señorío de su nombre, cuya concesión viene de finales del s. XIII, abarcando las aldeas anejas de Villanueva, Madrigal, Talaveruela y Viandar, en el enclave de la hermosa región de la Vera; rica en árboles, aguas y cultivos, a la falda sur de la sierra de Gredos. Fue villa amurallada con castillo, de lo que se conservan algunos lienzos del recinto y dos torres de la fortaleza, iglesia de tres naves, una joya del s. XVI, caserío de arquitectura popular serrana con balconadas y solanas de entramado de madera y adobe, por cuyas calles procesionan los "empalados" la noche del Jueves Santo, corre el agua, grita el geranio y exhala la rosa.

LOS PREPARATIVOS

Pues aquí, en su bellísima plaza de España, soportalada y con fuente de cuatro caños y el bar de Feliciano García, el "Cabo", se desarrolla una de las tradiciones festivas que tiene que ver con la afición al toro, muy viva y común a toda la comarca, y que ha producido muchas y muy bellas canciones llamadas, aquí, "toreras", Se trata del toro de varilla; costumbre antigua, en la que se sustituye el animal por un armazón hueco hecho de varillas, al que se le adosa una cabeza de toro de cartón y cuerna real, portado por hombres, que antes se le daba lidia ordinaria y ahora se le capea en torno a la fuente, lo que es aprovechado para tirar gente al agua.

En el armazón se mete un hombre, a veces dos, pues es algo pesado, llevándolo sobre los hombros, arremetiendo contra los espectadores que se encuentran arrimados a las paredes, en corrillos por la plaza, sentados en los veladores del bar o sobre el tabladillo de los músicos. Porque se celebra uno de los días posteriores de las fiestas patronales de la Virgen de Fuentes Claras y San Roque, 15 y 16 de agosto, con vísperas y tornafiestas, aprovechando días intermedios entre domingos, a primeras horas de la tarde tras la comida del medio día y sin apenas siesta; aunque luego se retrase un tanto la salida. De entrada, lo sacaron en esta ocasión Quin (Quintín) Correa Domingo y Vicentín, el de la Luci(a). Y digo de entrada, porque después se turnaron algunos otros; incluso mujeres. Duró un par de horas o algo más.

EL AMBIENTE

Estaba anunciado para las cuatro de la tarde, pero nos fuimos allá hacia las cinco y casi media.

"Este año van a salir dos toros", oí decir a alguno de la organización. "Cuando estén más entretenidos con uno, soltaremos el otro. Ya verás la que se arma". Pero pasaba el rato y no salía nadie, en la acera de la sombra, la del bar "España", la gente se entretenía con cafés y refrescos, copas de licor, helados y sorbetes, haciendo tertulia en los veladores o formando corrillos sentados en la acera. A un lado, el tablado de los músicos, que comenzó a llenarse de niños y algunos jóvenes.

Los más impacientes se exaltaban con la espera y trataban de soliviantar a los más sentados. Los chicos corrían unos a otros tratando de tirarse mutuamente a la fuente, lo que era inmediatamente impedido a gritos por los mayores. "¡Todavía no, que no hay toro!". Las mujeres gritaban a los hombres para que sacaran el toro, tratando de excitarles con imprecaciones a la hombría: "¿Es que no hay güebos? ¿Dónde están los hombres de este pueblo?". y llamaban por el nombre a algunos de los presentes. "¿Es que lo vamos a tener que sacar las mujeres?". Y componían la figura del toreador. "¡A ver, esas hembras!". Y las mujeres, embrazadas por los hombros rompían a cantar:

Salga el toro, salga el toro,
salga el toro de verdad,
que en la plaza de Valverde
le vamos a torear.

Y arreciaban los gritos.

Una de las más alborotadoras lucía un ajado capote de torero, se tocaba con una montera deslucida y un viejo mantón terciado del hombro a la cadera. Daba pases al aire y arrastraba el trapo como recreándose en la suerte. Los muchachos se perseguían y se tiraban al pilón. Las mujeres cantaban "toreras": "Aqui, torito valiente, / aqui, torito leal, / yo soy el de la otra tarde, / acábame de matar". Salieron algunos travestidos y pintados de mujer, una niña de sevillana, otras jóvenes lucían mantones bordados y flores en el cabello.

Por fin, tras varios amagos de abrir las puertas del ayuntamiento y espantar a la gente, salió un "toro" alto y trotón. Quin y Vicentín "despejaron" la plaza con unas carreras tirando derrotes a los grupos, persiguiendo a alguno y metiéndose entre las mesas. Se perfilaron algunos "espadas" y dieron pases y capotazos, aunque sin orden ni concierto. Era más una capea que una lidia. Pero se divertían, gritaban, citaban de lejos y corrían de cerca. Había cogidas y capotazos. Cantaban los de la acera ("Acábame de matar; /mátame, que tú bien puedes"...) y se tiraban al pilón los de la plaza.

En esto, salió otro "toro". Como el primero iba cubierto con el paño negro que para esto tenían, a éste le taparon con una sábana blanca, que dejaba al descubierto a los que lo llevaban de la cintura para abajo. Empezaron a cambiarse los portadores. Salía uno o los dos y entraban otros, como si formara parte del juego. Mujeres también. Y alguno de los travestidos, con zapato de tacón y todo. Hacían de "toro" y mugían "pavorosamente", escarbaban con el pie sobre las losas del empedrado, se acercaban al pilón y simulaban beber o bebían efectivamente del caño. Los demás capeaban como podían. En algún momento hasta hubo "faena" mejor perfilada y banderillas simuladas con las manos. Se "mató" un "toro”, con el brazo y se dejó el otro hasta que se cansaron y mansamente se metió en "corrales", es decir, en el zaguán del ayuntamiento. Los hombres de la plaza se metieron en el bar del "Cabo" y las mujeres siguieron cantando "toreras".

Piden toros, piden toros,
los toreros de Madrid.
Piden toros, piden toros
y hasta la Guardia Civil.
También los pide la reina,
también los hijos de Prim.

LA TRADICION

Francisco Cañadas Correa es el alcalde de Valverde. Lleva muchos años rigiendo los destinos de la villa y es uno de los que propician las fiestas y anima las tradiciones. El toro de "varilla" lo recuerda desde niño y habérselo oído contar a los viejos.

Se hacía el armazón con palos verdes ("se cortaba un pino", se supone que una rama o ramas) y la cuerna atada. Se formaban cuadrillas, que incluso alquilaban trajes y se hacía la lidia completa, desde pedir la llave hasta el arrastre simulado. El médico y el practicante, de bata blanca y gorro, componían la "enfermería".

Había dos grupos rivales en torno a los dos bailes de salón que amenizaban los domingos del año y las fiestas anuales: San Blas, Carnavales, Domingo de Pascua (el lunes era para los "quintos"), la Virgen y San Roque, el Cristo septembrino y la Nochebuena. Naturalmente, eran las mozas las que marcaban el territorio (las del baile de arriba y las de abajo) y éste se llevaba a la celebración del toro de "varilla",

El baile de arriba, el de la tía María (casino de Faustino Luis) y el de abajo, de tía Pascasia (el de "Pajita"). Quienes frecuentaban uno no lo hacían en el otro; con lo que había dos bandos, que daban forma a las dos cuadrillas: los del baile de arriba (calle de Pedraza) y los del baile de abajo (calle de la Mimbre). Se traían caballos, se hacía el paseíllo con las mozas ataviadas, se pedía la llave y se abría la puerta de toriles, que no era el ayuntamiento, sino un callejón sin salida entre el bar "España" y la calle de la Mimbre, en cuyo fondo está el cine, y que sigue llamándose el Toril, pues de antiguo allí se encerraban los toros para su lidia o festejo posterior. Cada cuadrilla de "toreros" y mozas tenía su turno para el paseíllo, se hacía el quite, en su momento y se lidiaban los tres tercios, tan seriamente. Con olés y "espantás", cogidas, actuación de monosabios y enfermería. Cada cuadrilla tenía el aplauso y el jaleo de su grupo, con "toreras" y canciones de puya. Bastantes veces se alquilaban los trajes y los capotes. Era una lidia en "serio" dentro del ambiente de fiesta y capea, con espontáneos, adefesios y mamarrachos y "toros" que se "saltaban" la barrera y arremetían contra los aficionados, como ahora.

De tiempos anteriores se recuerdan buenos actuantes que llevaron el toro de "varilla" con rigor y con espanto. El padre de Benito Mérida y luego el propio Benito (fallecido no hace mucho). Luis Peña, tío "Pelines", Eustaquio China y el más "bravo", Luis Fernández ("Pajita"), "Temblaba la plaza cuando él salía", recuerdan. Cerraban las puertas de las casas, pero se metía, vestido de toro y todo, saltando por el portón, corría las salas hasta el piso alto y se descolgaba por los balcones. Goyito, el practicante y don Alvaro, el médico, asistían con sus batas blancas, su "botiquín" de urgencia y una "camilla" de palos, componiendo la enfermería.

EL "TORO"

Se trata de un armazón que se porta sobre los hombros, recordando en cierta manera a esas mojigangas medievales que llevan caballos fingidos metidos en la cintura, y cuyo juego se parece al de la "carretilla" para entrenamiento de "maletillas" aficionados al toreo y con aspiraciones de figura.

Pero no fuera ésta, a mi parecer, la función ni la causa que originara el toro de "varilla"; sino, más bien, la económica. Es decir, "ahorrarse" la compra de un toro para su lidia o capea (mimetizando, quizá, algún juego de niños), pues la Vera ha venido siendo tradicionalmente una comarca, si no pobre, sí en la que no “corría” el dinero; había escasez de numerario, “perras”, lo que también se refleja en la canción popular: "Carpintero, carpintero, / hágame "usté" una cunita / que cueste poco dinero / que soy una pobrecita". Aunque tampoco hay que descartar la causa de alguna pragmática que en determinado momento histórico prohibiera los sacrificios cruentos y se recurriera al toro de "varilla" para continuar con la tradición torera con resultado incruento: es decir, sin muerte real del animal, pues que no era animal.

Antes, se hacía el armazón de varas verdes clavadas y atadas, la cuerna al frente y una manta para cubrir a quien lo llevara. Luego decayó y Paco Cañadas, alcalde antes y con la democracia, lo reanimó, construyéndose de varillas huecas de hierro, moldeándose con cartón una cara de toro, cuerna completa y ojos naturales disecados y tratados convenientemente, que no en vano en la calle de la Mimbre vive Aurelio Gironda, diestro taxidermista.

El armazón es un rectángulo de 140 cms. de largo, que se estrecha hacia atrás, con 37 cms. de ancho en la cabeza y 30 en la trasera, de tubo redondo. Va armado con cuatro arcos, no redondos, sino en ángulo, de varilla trenzada, a las distancias, desde el cabecero, de 15,45, 88 y 128 cms. y alturas respectivas de 20, 25, 22 y 15 cms.

La cara del toro, de la testuz al morrillo mide 45 cms. y el ancho de la testuz, 30 cms. Los cuernos, de animal adulto, de cuatro o cinco yerbas, en un armazón van afeitados y en el otro en puntas. Cada una de las caras lleva en su frente una simbología diferente, que no supieron explicar. La de los cuernos enteros muestra una estrella de cinco puntas, blanca, con un corazón rojo y con la punta hacia arriba, dentro; la de los cuernos afeitados, una estrella roja de cinco puntas en el hueco de una media luna blanca.

LOS SIMBOLOS

Dos son las cabezas de toro que se emplean en la celebración de esta fiesta costumbrista, indistintamente y, a veces, al mismo tiempo; lo que origina mayor confusión. Las cabezas son auténticas calaveras y los símbolos fueron pintados por el maestro del colegio público, don Manuel Fernández Sánchez y su hija Marina, que contaba con trece años. Ambos aficionados a la pintura, con exposiciones y concurrencias diversas a colectivas en su haber.

Hablé con ellos posteriormente, al comienzo del curso escolar, para desentrañar posibles simbologías o intenciones de los dibujos; tiempo que me tuvo de cabeza pensando aplicaciones y explicaciones, que luego han sido sorprendentes, por lo sencillas.

Es el caso que fueron requeridos por el alcalde, Francisco Cañadas, para "decorar" las cabezas, que ya estaban rellenas y forradas de negro, listas para pintar. Les parecieron muy tristes, me dice Marina y las "adornaron" con la estrella y la luna, figuras constantes en los dibujos infantiles y posteriores de la chica; porque les salió así, sin otra intención simbológica ni de intención. (Es la estrella de Salomón -y en Valverde hay signos de abundante judería-, que está presente en casi todas las banderas de las actuales naciones árabes; es la media luna sarracena). Preguntada por el corazón, dentro de la estrella de cinco puntas, con el pico hacia arriba, Marina me dijo que era una lágrima, que representa, esto sí, los sufrimientos del animal durante el festejo. Y es todo. Después de pasarme esta larga temporada intentando captar la simbología de quien "decoró" las cabezas, y que yo no sabía, que éstas y otras cosas traen de cabeza a tanto etnógrafo para dar o aproximarse a ello, luego vienen a tener una explicación tan sencilla por natural. Porque, ¿a ver? Que si la estrella de Salomón, que si la Cábala, que si la luna y la fertilidad o si es menguante la muerte. Pero no es todo.

Quince días después de estar con los autores de estas pinturas de las cabezas de toro de "varilla", dí en el "Cultural" de ABC (12 de septiembre de 1997, p. 29) con la fotografía de un cuadro en el que aparece un toro recubierto de lo que parecen lágrimas. Se trata de un óleo de Théodore Géricault, "Toro con mujer" (77x 64,5), de 1822, dentro de un reportaje, "Arte y locura", de Mónica Folkkeman, fechado en Viena, sobre una exposición de trescientas cincuenta obras "creadas bajo la influencia de comportamientos alucinatorios con un fin estético o derivados del propio fenómeno de la locura", expuestas en el Konstforum de Viena, con obras de Rafael, Rubens, Van Gogh, Kubin, Munch, Heckel, Kirchner, Egon Shiele, Paul Klee, Max Ernst, Basalitz, Picasso, Dalí y otros genios de la pintura universal. El cuerpo del animal (un toro surrealista) se encuentra cubierto de lágrimas o gotas (¿de sangre?) de diversos colores, figuras muy parecidas al corazón de la adolescente Marina en el toro de "varilla" de Valverde de la Vera.

Finalmente, concluir con que el toro de "varilla" no era, en otro tiempo, exclusivo de las fiestas patronales de agosto, sino que solía sacarse como fin de fiesta de otras celebraciones, como las del Cristo, en septiembre y las de San Blas en febrero, los Carnavales, la Pascua, sin excluir alguna manifestación cívica de excepción.