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Una monografía sobre Maranchón escrita en 1933 con numerosos datos sobre la forma de ser del maranchonero, su cultura y su mundo festivo

LOPEZ DE LOS MOZOS, José Ramón

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 205.

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I

Recientemente ha llegado a mis manos la copia de un breve trabajo titulado Monografía de Maranchón, inédito y dactilografiado en el año 1933 por el que fuera secretario de su ayuntamiento, don Aquilino Ranz de Miguel.

Se trata de un sencillo puñado de cuartillas escritas más con buena fe que basadas en fuentes verdaderamente científicas.

A pesar de ello aparecen multitud de datos de notable interés vistos desde una óptica actual, especialmente los que el autor dedica a la manera, a la forma de ser del maranchonero, tanto en su comportamiento psicológico, como a través de ciertas manifestaciones de su cultura.

Veamos los aspectos más destacados:

En el apartado IX, dedicado a la Agricultura, Industria y Comercio, señala don Aquilino que el "...elemento de vida de la población, radica en el ejercicio de la industria de compra-venta en general y en ambulancia. La especialidad en el trato, la compra-venta de ganado mular y caballar por todos los ámbitos españoles. Cada familia o reunión de patrimonios individuales (a los que no hay posibilidad preceptiva de llamar Sociedad por su característica especial de desarrollar el negocio), ejercita la industria dentro de una comarca o región predeterminada por el uso o costumbre, existiendo una división regional o comarcal también que de hecho no suele ser invadida por otros vendedores de ganado procedentes de Maranchón. Apenas, pues, entre el maranchonero se da la rivalidad profesional".

Lo cual es muy importante y significativo, toda vez que representa una forma de respeto mutuo.

"Esta forma de ser -la muletería- del maranchonero, será crucial para el desarrollo de su vida al tenerse que adaptar a las necesidades del negocio, lo que también influirá a la hora de construir su vivienda, aplicando método y técnicas aprendidos en sus constantes viajes: y «viviendas de aireación soleamiento de las piezas habitables», lo que afecta a la vez al espíritu del maranchonero «tendente un tanto a costumbres cosmopolitas por deambular en su vida comercial hasta por el extranjero explica perfectamente la falta de creación de vida clásica porque en su pueblo es donde menos vive".

Algo que revela la agudeza del autor de la monografía queda patente en lo que se refiere a la psicología del maranchonero, no olvidemos que era el secretario del ayuntamiento de esta localidad guadalajarena:

"El carácter físico y psicológico del maranchonero, está formado por el episódico de la actividad profesional a la que se dedica. Puédese afirmar que éste es el nervio constante del mismo: la lucha por el tráfico. El medio físico y social en que se desenvuelve su vida que es el expresado, tonaliza su carácter de hombre de trabajo y especulador; le da consciencia en lo social para llevarle al ritmo de la utilidad inatávica experimentada, sabedor desde su edad infantil de que la subsistencia radica en aquel aspecto del positivismo y no en la tradición ni en el dogma.

Esto hace que se desentienda con mucha frecuencia del interés público (craso error), pero no es suya la culpa sino de quien impuso a su espíritu el credo de la infalibilidad del poder personal por antonomasia confesional. ¡Claro anacronismo!

En resumen diremos que el carácter del maranchonero es sensitivo (algo contemplativo y emocional al mismo tiempo); algo embotado pero a la vez calculador e inteligente, ardiente y equilibrado y especialmente caritativo y hospitalario".

Perdóneseme esta extensa cita, pero considero que era imprescindible sustraerse a ella, puesto que se trata de una muy acertada definición psicológica del maranchonero, aunque quizá no del actual, pero sí de aquel que se recuerda como tratante o muletero que, en resumidas cuentas dio fama y esplendor -además de riqueza- a Maranchón.

No conviene olvidar además que estas notas que comento fueron escritas en 1933 y que a Maranchón ya habían llegado los nuevos aires, las nuevas formas de ser y de vivir de las grandes poblaciones. De modo que otra forma de ver la manera de ser del maranchonero, por entonces "moderno", estribaba en su forma de vestir, que no difería mucho de la "contemporánea", aunque -claro está- dependiendo en cada caso de la posición económica de cada cual.

Sin embargo, aun quedaban algunas personas -los viejos de entonces- que seguían conservando y usando los moldes antiguos, que son estos —importantísimos desde el punto de vista etnográfico-:

"...se destacaba por el zapato «cordobés», la media blanca era de travilla y de lana gorda hasta remontar la rodilla; el calzón de paño negro de cuya parte inferior pendían unas borlas azules o negras; la faja azul grande sobre el chaleco; chaleco de astracán y zamarra del mismo género con botonadura de plata o destacada por desproporción y sombrero de ala anchísima o gorro de piel de conejo o liebre aparentemente adosado de dos o cuatro listones de pelo de esta clase de caza".

Y añade más:

"En la actualidad y en el tráfico ambulante a que se dedican sobre el traje común de caballero suelen usar blusa especial negra a modo de «sobre todo» que los preserva de la suciedad anexa al trato con el ganado mular con el que trafican comercialmente".

II

La descripción que nuestro cronista hace de la fiesta de San Pascual Baylón bien vale ser reproducida en toda su extensión, ya que es una interesante contribución a la Etnografía provincial de Guadalajara y muy especialmente a la de Maranchón.

Veremos que, en realidad, las variaciones existentes con respecto a hoy son escasas, aunque algunas. Quizá el uso del tambor y la dulzaina sea la más notable, al no ser empleados en la actualidad.

"La fiesta francamente típica del lugar, es la de San Pascual Bailón. El tipismo de esta festividad en su aspecto religioso radica en la costumbre de dar escolta al Santo durante la procesión pública bailando el llamado vulgarmente "POLLO" al son de un tambor y una dulzaina, y es tanto más notable cuanto que el tal deporte es ejercitado por los que pudiéramos llamar romeros, sin distinción de sexos ni edades. Cierto que algunas personas excesivamente crédulas en el influjo del santo cerca del poder Divino de antemano han hecho promesas de esta clase con ocasión de alguna afección sanitaria o truculenta que en la vida se les haya presentado, y ésta es razón por la cual ejercitan el repetido deporte sin cesar durante la procesión a veces con los pies desnudos atendiendo a una verdadera devoción de tipo confesional.

Este carácter típico de la fiesta de San Pascual, se calca también en la parte profana, puesto que así como la juventud abomina de aquel baile en el resto del año, durante los días que aquella dura (17 y 18 de mayo), se entregan a él con verdadera avidez y fonición, arrostrando las incomodidades que produce el continuo arremetimiento de unas a otras parejas y la carrera alocada y característica del baile propiamente dicho.

El resto de las festividades locales no obstante tener más importancia general que la de San Pascual, no difieren en costumbres a las comunes y ni siquiera merecen por tanto reseñarse.

No existe tampoco costumbre tradicional que merezca mención especial".

Al fin podemos ver que las variaciones son mínimas, como se ha dicho. Pero lo que más llama la atención es que nada se diga de la fiesta principal o mayor, que no es otra que la de la patrona de la villa, Nuestra Señora de los Olmos, y que por entonces se celebraba el día 8 de septiembre de cada año con novilladas incluidas, fiesta que era y sigue siendo una manifestación religiosa muy notable, aunque eso sí, con algunos elementos profanos añadidos.

Pero a través de la descripción del "San Pascual" parece que se trasluce cierto aspecto de carácter "votivo" de sacrificio, ya que para determinadas edades el movimiento del "Pollo" no debía ser -ni debe seguir siendo- plato de buen gusto, sino que había que hacer un notable esfuerzo, un esfuerzo especial para agradecer el favor solicitado y recibido, en honor a la virgen de los Olmos.

De todas maneras hay algo ancestral en esta tradición que puede ser anterior y, posteriormente adaptada -cristianizada- bajo esa determinada advocación -en este caso San Pascual Baylón-.

Posiblemente todo esté encerrado en el "esoterismo" del propio baile del "Pollo", danza de tipo circular -solar- que se baila por parejas y en la que son frecuentes los encontronazos y choques provocados entre los danzantes en alguna de sus evoluciones, lo que entraña algo de "impregnación", por contacto entre unos y otros, dando paso a la transmisión de ciertos determinados "poderes". Es, acaso, la muestra de ver cómo se pasan de unos a otros esos poderes de fertilidad que harán un pueblo más próspero y vital.

Pero esa es ya otra cuestión.

Además del tema festivo nuestro autor dedica un apartado muy breve a las particularidades lingüísticas de Maranchón y sus gentes. Para él sólo merece la atención "Algo mímico o de acción (que) tiene el expresar del individuo especialmente en sus afecciones. Esta característica antropológica se concentra en las gesticulaciones de asombro que las acompasa pronunciando la palabra "MADRE" que es la figuración exacta de lo que piensa o siente".

Y así sigue ocurriendo en el momento actual.

Lástima que el cronista no diga nada acerca de esa jerga o modo de entenderse de los muleteros de Maranchón, el "chalán" -mal llamado "migaña" o "mingaña" (palabra que procede de "me engaña") que empleaban los esquiladores de Fuentelsaz— y cuyas voces están en trance de desaparición al desaparecer también, con los años y la edad, quienes la utilizaban en sus transacciones mercantiles.

Jerga que debería recogerse y analizarse para poder ser trasladada a las generaciones venideras (?) como manifestación agonizante de un patrimonio cultural, eminente y fundamentalmente maranchonero, y que podría considerarse como una de su formas o signos de identidad más importantes y radicalizadas.

Finalizo esta sucinta reseña con algunas coplillas y cantares alusivas al pueblo maranchonero, que no aparecen recogidas en otros lugares y que, por eso precisamente, merece la pena transmitir. Son coplas de añoranza, quizá de esa tristeza del maranchonero muletero que está mucho tiempo alejado del amor de los suyos, y propias también de esas tierras frías en las que sus habitantes han de acercarse a ese otro amor -el de la lumbre- para pensar más calladamente, más meditadamente, todas y cada una de sus cuitas:

Salen los de Maranchón,
con las pieles y la cera,
y los de Villafeliche,
con la pólvora fulera.

Indicativa del trabajo, principal fuente de riqueza de los maranchoneros que se dedicaban entonces a la compra de pieles y al refinado y blanqueo de cera en lagares apropiados.

Ojitos como los tuyos
no los hay en la ribera,
ni mejor mata de pelo
pulida maranchonera.

Evocadora de la belleza de las naturales, aunque esa palabra que se emplea -"pulida"- quizá indique tiempos pretéritos. Supongo, además, que la mención a la ribera, será la del Ebro, por aquello de su cercanía e influencia en la zona, que podemos unir en cuanto a su significado a esta otra coplilla:

Quédate con Dios Humanes,
con todas tus humaneras,
que me voy a Maranchón,
a ver a las maranchoneras.

Y ¡cómo no!, una de despedida al pueblo y a su patrona:

Adiós Maranchón salado,
con arboleda y sin río,
adiós virgen de los Olmos
que aunque me voy no te olvido.

Muy oída en la zona y de la que se conservan numerosas variantes.

Hasta aquí estas breves notas entresacadas del cuadernillo inédito del señor Ranz de Miguel.