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DE LOS SIETE MOLINOS EN PALAZUELOS DE LA SIERRA Y EL PATRIMONIO ETNOGRAFICO

REPRESA PEREZ, Fernando

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 210.

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Siete molinos había en Palazuelos de la Sierra en 1752 según nos indica el Catastro del Marqués de la Ensenada. Eran siete molinos "harineros de una muela que muelen como la mitad del año con el agua del río Matanza propios de diferentes particulares de ésta villa, los que regulan a media fanega de trigo cada adra (1) que se compone de nueve días cada una”.

Siete molinos había en Palazuelos en funcionamiento hasta principios de este siglo. Cabecero, Encimero, Angulo, de Enmedio, San Cristóbal y Bajero, son los nombres que permanecen en el recuerdo de los molinos que jalonaban el río Matanza desde su nacimiento en la Sierra de la Demanda, hasta su llegada al pueblo. Según la creencia popular, el río debe su nombre a una antigua batalla que tuvo lugar aguas arriba entre moros y cristianos o contra los franceses, que tiñó las aguas de sangre; aunque quizás se deba al tono rojizo de los materiales entre los que discurre. A ellos acudían en carros de "recazones" (realizados íntegramente en madera, tanto la rueda como el eje) hasta fines del siglo pasado los vecinos de Palazuelos y de pueblos próximos, a los que se cobraba la maquila en contraprestación: medio celemín por cada fanega.

Según recuerda Fidel Elvira, nuestro amable informante, estos molinos eran pequeñas construcciones en piedra de una sola muela movida por un rodete con alabes de madera acanalada (2). Aprovechando los desniveles del terreno se hundían ligeramente en el suelo, alimentándose de una pequeña desviación realizada al efecto. Su única muela servía tanto para el trigo como para el pienso destinado al ganado, necesitándose un día entero para moler un saco en invierno, cuando nevaba lo suficiente para mover estos ingenios que, dada su fragilidad, con frecuencia sufrían la ruptura del "buje” (el eje). Este, iba montado sobre una piedra que habían labrado al efecto los mismos vecinos.

Hoy en día, sólo quedan los cimientos de seis de estos molinos, aunque pueden observarse las piedras que componían sus muros en las cercas contiguas al camino. Los vecinos subían a por ellas con carros para reutilizarlas en sus casas o en las vallas adyacentes, sobre todo. Únicamente queda en pie el de San Cristóbal (el más cercano al pueblo), que fue sustituido por un edificio más grande hacia 1910 aproximadamente. Fue dotado, además, de una maquinaria superior con piezas procedentes de Valladolid. Este molino posee una capacidad de hasta 200 fanegas por día entre las dos piedras: la blanca, para el trigo, y la negra, para el pienso, que es la única que actualmente se usa. Desde entonces, se viene utilizando habitualmente, incluso durante la postguerra a pesar de estar oficialmente precintado. Últimamente, además de ser utilizado por los vecinos, es visitado por alumnos de la Universidad y por una Asociación Etnográfica con el fin de acercar su funcionamiento a personas que en muchos casos nunca han visto el interior de un molino.

Como los antiguos, este molino es de propiedad comunal. Antaño, existía un turno reglado para su uso. A estos efectos, se designaba anualmente un responsable que se encargaba de solventar los problemas que pudieran surgir en lo relativo al orden y las necesidades de mantenimiento de los siete molinos, cuyo uso estaba repartido por barrios. También había otro encargado para cada uno de los tres hornos de cocer el pan, correspondientes a los tres barrios en que se dividía el pueblo: de arriba, de enmedio y de abajo, a los que cada uno acudía con la leña que le había correspondido en suerte ese año.

En cuanto al edificio, resulta significativo el material empleado, anteriormente mencionado: la llamada piedra de Juarros, arenisca de color ocre rojizo intenso, que permite ser trabajada en grandes piezas destinadas sobre todo a dinteles (3).

La existencia en Palazuelos de siete molinos hizo que la Asociación Cultural que se creó hace cinco años para dinamizar la vida social, lo recogiera para dar nombre a la Asociación y a la Revista: "Siete Molinos", donde se recoge cualquier hecho relacionado con la historia y costumbres de la villa. Este hecho nos da pie a reflexionar sobre el Patrimonio Etnográfico, y su reconocimiento dentro de la sociedad rural. Abandonado por los habitantes del medio rural debido a una visión del mismo como símbolo de atraso en tanto en cuanto dirigían su mirada hacia la ciudad, está siendo revalorizado, como el caso que nos ocupa, por los jóvenes, los cuales residen "paradójicamente" allí donde dirigían su mirada los otros: en la capital, los cuales lo consideran valioso precisamente por su especificidad. Así, la misma lógica que produjo la desvalorización y abandono de este patrimonio explica que comience a ser considerado como un elemento identitario.

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NOTAS

(1) Etim.-Del ár. Ad-dara: turno. Turno periódico entre los vecinos del pueblo para usar el molino.

(2) Según M.a Elisa Alvarez Llopis, en época medieval se utilizaban maderas de encina, roble, alcornoque y olmo en su construcción por ser las más duras y resistentes al agua.

(3) GARCÍA GRINDA, José Luis: Arquitectura Popular de Burgos, pp. 205-214.

BIBLIOGRAFÍA

ALVAREZ LLOPIS, M.a Elisa: "Técnica molinera entre el Cantábrico y el Arlanzón", Valladolid, Obra social y cultural de Caja España, Revista de Folklore, n.° 101, pp. 147-159, t. 9°, 1989.

GARCÍA GRINDA, José Luis: Arquitectura Popular de Burgos, Burgos, Colegio Oficial de Arquitectos de Burgos, 1988.