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1978/1998. LOS ECOS

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 210.

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210 1998 1998 18a A veces vuelvo a los sitios con un cierto escalofrío, haga el tiempo que haga. He vivido tanto los pueblos, tanto sus gentes, tanto sus alegrías, tanto sus penas, que al sentir ahora tantas ausencias, el vaho de la soledad me nubla el regreso. Todos los pueblos han sido mi pueblo, y el olor a leña de roble y a jara fresca me han seguido en el camino, y los acentos, y los sonidos, y los sabores. Los pueblos me dieron lo que sé y temo que yo no haya sabido darles más que la lata.

En 1978, antes de vivir un tiempo en la India, estuve en Peñaparda, Salamanca, y don Andrés, clérigo de bonete, me cantó una tarde:

María sé que te llamas,
ya me lo dijo el padrino,
no tendrá el rey en sus salas
este sol tan cristalino.

Allá arriba arribota
hay una fuente de oro
donde lavan las mocitas
los pañuelos de los novios.

Cuántos hay que te dirán,
serrana por tí me muero
y yo que no te digo nada
soy aquel que más te quiero.

Para qué madrugas tanto
madrugadora del alma,
si sabes que yo te quiero
aunque te estés en la cama.

María siempre María,
María siempre diré,
y a la hora de mi muerte
a María llamaré.

Sale el sol por las mañanas
entre viñas y olivares,
el querer que a tí te tengo
de las entraña me sale.

Qué bonita está la tierra
después que el agua ha caído,
más bonita está una dama
al lado de su marido.

Qué bonita está la tierra
con el brezo descollando,
más bonita está una niña
de catorce o quince años.

Primero que yo te olvide
ya darán los pinos peras
y las gallinas tomates
y las parras tomateras.

Primero que yo te olvide,
pongo la comparación,
ha de calentar la nieve
y ha de refrescar el sol.


María me dijo que cogían gallinaza para sembrar el lino:

- Se siembra, se le hace la cama, se riega, y después vamos las mujeres a darle agua cada ocho días; luego se trae, se macha y se saca la linaza.

El lino era una fuente económica en el pueblo; todos tenían sus linares y lo aprovechaban para sus ropas o para lo que hiciera falta.

- Se hacían camisones. De todo esto no verá sino algunos tiestos, herramientas viejas. Las sábanas de lino que nos quedan se van dejando a las hijas como dote.

Le pregunté a Marcela qué era lo del picao de la escoba. Me lo explicó así:

- Era que se traía la planta, se golpeaba en el machón y se echaba en la cuadra del ganado para que estuviera cómodo, seco y durmiera bien, lo que, unido a su propio excremento formaba un buen abono para las tierras, que vaya patatas que daba.

Siguió Basilisa:

- Cuando aún se reúne la gente para un festejo, por ejemplo, al recoger las patatas, se saca el pandero sin sonajas y se baila.

Máxima era una gran tocaora de pandero:

- Nadie sabe una canción que ella no sepa acompañar -dijeron sus vecinas.

María le dio un pandero cuadrado y Petronila la acompañó chocando la badila contra una llave en esto que llamaron Corrido:

Dicen que por las venas
corre la sangre,
quítate, niña,
de esos balcones.

Si tú no te retiras,
ramo de flores,
yo seré la justicia
que te aprisione
con la cadena de mis amores.

Yo antes ignoraba
lo que ahora veo,
las vueltas que da el mundo
y aquí me quedo,
quítate, niña,
de esos balcones.

Míralo por donde viene
el gato por el tejado.
Por mí no doblen campanas
ni me entierren en sagrado...

De tu puerta a la mía
rondé, rondando,
navegué, navegando,
va una cadena,
chiquitita y bonita,
rondé, rondando,
navegué, navegando,
de amores llena.

Y ahora vamos a la cuna
ya no podemos entrar,
y ahora los franceses
piden libertad
y España les dice
podéis tropezar,
la fe, la fe
del cristiano
ya la podemos buscar.

Ya lejos de Peñaparda paré a preguntar a un hombre que cuidaba un barriquero si el castaño se plantaba por simiente o por esqueje. Me dijo:

- Tiene que ver antes si le priva o no la tierra y ponerle un mañizo al lado, digamos un pie de amigo que le dé arrope contra el viento ábrego.

Era de Castañar de Ibor, entre Navalmoral y Guadalupe, y no quedó ahí el cuento, sino que viró hacia las fiestas de su pueblo:

- Los quintos del año atan un gallo por las patas, lo cuelgan entre dos palos y pasan a caballo a ver quién le arranca la cabeza.

Desde mi asiento en una piedra me atreví a opinar:

- Eso tiene que doler lo suyo.

- Es cruel, oiga, pero tiene un no sé qué que gusta.

Le dije que conocía la misma costumbre en Markina y en Sepulcro Hilario, aunque ya en desuso. En esto andábamos cuando llegó un pastor de cabras llamado Antonio Pérez, y los tres compartimos sombra, bocadillo, vino de bota y conversación. Le entré al recién llegado con que las cabras eran dañinas porque desgraciaban plantones comiendo sus guías. El no añadió nada. Quiso saber a qué se debía mi paso por la zona.

- Tomo apuntes -aclaré.

En su pueblo natal, Alba de Tormes, hacían tiestos de barro brillante:

- Le dicen vidriados; vaya y pregunte por Rogelio Moro, que le cantará además el romance Antonio, Divino Antonio; el que también sabe de estas cosas es Valerio, el tamborilero de Casa del Conde, ¿lo conoce?

Lo animé a que soltara algún cantar de los que se enredan en la memoria. Sonrió y se encogió de hombros. El labrador aseguró que el pastor conocía cosas del Castañar, y a poco ya cantaba el hombre coplas referidas al enrame:

El día de San Juan veremos
las que son guapas,
si les ponen los mozos
ramos de albahaca,
las que son lindas,
si les ponen los mozos
ramos de guindas,
las que son feas,
si les ponen los mozos
ramas de acea.
Me pusiste el ramo,
Dios te lo pague,
rompiste siete tejas,
lo que el ramo vale.

Le dije que por El Andévalo, en Huelva, se hacía lo mismo en la amanecida de San Juan, una especie de lenguaje floral entre mozos y mozas, queriendo significar cada planta dejada en la ventana o en el balcón una intención amorosa. El labrador le pidió al pastor que dijera el romancillo que nombraba a los pueblos de su comarca, y al escucharlo, más que romance, me pareció un fresco del paisaje hecho con palabras:

Los pueblos que yo conozco
entre el valle y la montaña,
yo te los voy a decir
en muy poquitas palabras.
Allá arribita en lo alto
anda la Virgen de Francia,
aquí abajo Casarito
y después, la Casa Baja;
en Sequeros, botoneros,
en Mogarraz, fanfarria,
en Cepeda, los matones,
que hasta a las mujeres matan;
en Pineda matan chivos,
en El Molinillo cabras,
en El Llano, las gallinas,
y para galgos, Miranda;
en El soto, los nisqueros,
en Herguijuela, legaña,
en el Madroñal, papudos
y en La Alborea, la castaña;
En San Martín hay vaqueros,
lagarejos en Las Casas,
en Villanueva, colambres,
en Monforte vinateros
y en Garcigüey las pasas.

El labrador añadió que en Cespedosa de Tormes quedaban alfares y se cantaban y bailaban por hombres vestidos de blanco la Pimienta, el Laurel, la Nochebuena, las Palomas, las Fiestas, el Milanillo y los Frailes.

Supe por ellos que en Ciudad Rodrigo quedaban orives y se hacían capeas de renombre. El labrador citó de Herguijuela tres tamborileros:

- Si va por allí pregunte por Eduardo, Tomás y Fanega; diga que va de mi parte, verá que bien le atienden.

Me enteré que en Mogarraz convertían en plaza de toros la propia del pueblo:

- Antes lo era sin tener que aviarla, y la señora Matea hace bordados. Titón es el tamborilero, lo puede ver en el Bar La Terraza.

El pastor que había perdido vez, la recuperó pronto:

- En Tamames hacen buenos cacharros en los alfares, y Nicomedes es el dulzainero de Villamayor, como Antonio lo es de Villanueva.

Los tres dimos cuenta del vino, del pan, del chorizo, del queso. El pastor se levantó y tiró piedras a unas cabras metidas en mal sitio. Les gritó:

«¡Moooocha! jHcá! ¡Hcá! ¡Ría, ría!». Le insistí:

- Son jodidas, ¿eh?; lo destrozan todo, comen hasta los papeles.

El me preguntó como si yo no hubiera hablado:

- ¿Le sirve lo que le hemos dicho? El labrador se puso a apelmazar la tierra del barriquero. El pastor se fue con las cabras. Yo seguí camino con más chicha en mi morral de vivencias.

Los pueblos que yo conozco entre el valle y la montaña, yo te los voy a decir en muy poquitas palabras.

En 1998 he vuelto a Peñaparda, y he pasado por el barriquero que cuidaba el labrador, y por el monte donde pastaban las cabras, y he querido recuperar las ausencias, y el olor a leña de roble, y a jara fresca, y los acentos, y los sonidos, y los sabores. Pero sólo quedaban los ecos. Nada más que los ecos.