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LOS "AUTOS DE FE " DE VALLADOLID: RELIGIOSIDAD Y ESPECTACULO

REDONDO ALAMO, Mª Angeles

Publicado en el año 1981 en la Revista de Folklore número 1.

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La posibilidad de coexistencia pacífica entre las tres razas y religiones que pueblan la Península durante la Edad Media se romperá definitivamente cuando los hombres que tomen el poder en ella rechacen intencionadamente la misma. Los cristianos se irán tornando intransigentes, intentando imponer su religión y costumbres. Los Reyes Católicos, persiguiendo la unidad territorial, perseguirán también la unidad religiosa y civilizadora. Uno de los instrumentos utilizados a tal efecto será la Inquisición.

Siempre el tema de la Inquisición suscitó un interés considerable dentro de nuestra historia. En unos casos su estudio estuvo destinado a demostrar la falsedad de las noticias que de ella se dieron en favor de la Leyenda Negra de España. Otras veces para confirmar el matiz negativo que la Inquisición arrojó a nuestro pasado. Afortunadamente, hoy, lejos de diatribas ideológicas, la cuestión se estudia con un interés objetivo, orientado a conocer mejor el tema. En este sentido tendríamos que citar obras como la de H. Ch. Lea o la de H. Kamen fundamentalmente.

Sin embargo, por el amplísimo contenido y posibilidades del tema hay muchos aspectos aún no suficientemente tratados, a veces por dificultades de documentación, a veces por considerar sabidos puntos que, en realidad, no están bastante desarrollados. Algo así es lo que sucede con el "auto de fe", momento último del proceso a que eran sometidos los acusados de herejía o cualquier delito que atentara contra la religión cristiana de Roma. No existen visiones generales ni detenidas sobre él. Cierto que tampoco la documentación es muy pródiga en este sentido; la que existe se refiere más a los acusados y sus penas que a dar una visión del desarrollo del "auto" en sí; por otro lado es mínima si se tiene en cuenta que en muchas ciudades se celebraba uno cada año. No se pretende en este artículo resolver toda la problemática, pero sí contribuir a su conocimiento, aportar nuevas posibilidades a su estudio.

La Inquisición se crea en Castilla en el reinado de los Reyes Católicos, en 1480. Antes ya existió en Aragón. Después de la unidad territorial adquirirá fuerte impulso con estos reyes, con Carlos I y Felipe II, no siendo abolida hasta 1834. Irá perdiendo fuerza desde finales del siglo XVII, pasando a dirigir la censura ideológica, cuando el peligro de herejía -objetivo de su creación- ha desaparecido. Se puede decir que fue en el siglo XVI cuando actuó con más rigor; en el año 1559 se asesta el golpe definitivo a los luteranos en Valladolid y Sevilla; a lo largo del siglo XVII van disminuyendo los casos de moriscos y judaizantes, abundando los de bigamia, blasfemia, hechicería, etc...El siglo XVIII trae la preocupación de la propaganda ilustrada y las repercusiones de la Revolución Francesa; los "autos de fe" son casi nulos. Por eso nos centraremos más en su primera época.

Es el siglo XVI, el que más "autos" tuvo y más importantes, en el que la Inquisición actuó con más rigor. Ante las estupendas relaciones que existen de los celebrados en Valladolid el año 1559 utilizaremos de ellas bastantes datos, por los detalles y lo extenso de su visión. No hay que pasar por alto la elevada solemnidad que los presidió, con la asistencia del mismo Felipe II y la familia real, lo que hace posible pensar que fueron extraordinarios y poco normales. Efectivamente así fue, pero formalmente responden con bastante exactitud a cualquier otro "auto" normal, con sus mismas partes y ceremonias. Por otro lado, la importancia de Valladolid en ese momento es destacable; en ella reside la Corte, es donde se desarrolla el primer núcleo luterano de España, junto con Sevilla, y en ella se halla establecido uno de los tribunales regionales de la Inquisición en la Península.

Las descripciones de estos "autos" vallisoletanos son importantes por no limitarse, como en otros casos, a hacer una breve introducción y relatar a continuación el número de reos, sus culpas y penas solamente. Describen con gran detalle los antecedentes, las previsiones para la celebración y una serie de notas curiosas en las que, por norma, no se detienen los demás relatores de otros "autos". No dudamos que la importancia que revistieron contribuiría a este mayor detenimiento. No obstante, también utilizaremos datos de otros autos para no limitamos a los luteranos como reos únicos. No sólo nos interesa el "auto" en todo su desarrollo, sino también el intento de explicar la actitud y asistencia masiva del pueblo a ellos, el sentido de los mismos.

Pasemos ahora a relatar en que consistía un "auto de fe".

Después del proceso, en el que se dilucidaba si el reo era culpable o no de las faltas que se le imputaban, venía el "auto de fe". Si éste había sido condenado, automáticamente debía pasar por él, para que el pueblo fuera testigo de sus culpas y también de su castigo. Aunque se tiene la idea de que el "auto de. fe" era siempre público, no es cierto, los había también particulares -en privado- cuando las causas eran menores. Pero generalmente se identifica el auto público con la denominación de "auto de fe".

En aquél se leía la condena a los reos y se les impulsaba, por última vez, al arrepentimiento de sus faltas ya la abjuración de las ideas heréticas si las tenían. En él, y, con el pueblo delante por testigo, se hacía constar la efectividad de la Inquisición ante cualquier desviación religiosa. El Santo Oficio buscaba así la aquiescencia del pueblo, a la vez que le impresionaba por la rectitud y el celo con que se ejecutaba la justicia divina.

La celebración de un "auto de fe", por todo el montaje y la solemnidad que le acompañaba, requería un tiempo previo de preparación. Era corriente que un mes antes -a veces menos tiempo- se anunciara con una procesión su celebración y se procediera a su organización: "Lo primero quince días antes que el Auto se hiciese se pregono y se començaron a hacer los Cadalsos para el en la Plaça mayor de la villa. Los cuales fueron señalados por los mismos ynquisidores que para ello fueron en persona y conforme aun modelo y traza que para ello dieron ciertos carpinteros" 1. La construcción de palenques y cadalsos tenía una motivación concreta, alojar en ellos a .los jueces, reos, acompañantes y espectadores. En la construcción de estos armazones es donde podemos apreciar cierto aire espectacular, teatral.

Por lo general, se solía construir un gran cadalso en la plaza mayor de la ciudad -marco insuperable, sobre todo, a partir del urbanismo barroco- o similares, donde se celebraría la mayor parte del mismo. Dicho cadalso era oportunamente decorado, haciendo gala de suntuosidad, por un lado, y de .luto y fe, por otro. Constaba de varias partes, generalmente de distinta altura y destinadas a fines muy concretos, las noticias de ellos son concisas: "En la plaça mayor desta villa de Valladolid se hizo Un cadalso con la mayor gracia y sutileça del mundo..." 2; o bien: "El cual -cadalso- estaba hecho por el mexor modo que cosa se ha visto: era muy grande y tenía el primer suelo mui alto: el qual estaba cercado de un corredor de madera, y de allí subía otro pedazo no tan alto como el primero con corredores de balaustres mui galanos... a las dichas dos puntas estaban dos a manera de púlpitos mui altos cuadrados para los relatores -lectores de las penas de los reos-. de las culpas... y en medio de ellos en lo mas alto estaba un púlpito redondo, a donde venían los penitentes a oir las culpas..." 3. Aunque el texto es bastante largo, doy esta cita extensa por considerarla interesante por lo claro de la exposición. Efectivamente, esta especie de retablo gótico tenía una parte de gradas donde se sentaban los penitentes; la parte central, bajo la gran cruz de la Inquisición y estandartes del Santo Oficio y de la Casa Real, era el lugar de los Grandes, Inquisidores, arzobispos, virreyes y demás autoridades importantes de la ciudad, incluidos los representantes de la Universidad, diversas cofradías y la Chancillería ("los señores del Acuerdo"). En el caso de Valladolid el mismo Rey presidió el "auto" de 1559 en octubre en este lugar. Después había una serie de púlpitos independientes, uno para el predicador del sermón que se incluía en todo "auto", otro para los relatores, otro para los penitentes, un altar para oficiar la misa, etc...

Partiendo de este cadalso central se colocaban graderías para el pueblo, alrededor de toda la plaza. El poder presenciar el "auto" en ellas suponía la compra de una entrada, cara por lo general: "Avía inumerables tablados en los quales dende media noche y muchas oras antes avía puestos muchos hombres y mugeres de todas calidades los cuales se alquilaban a muy excesivos y diferentes precios. .." 4 o: "...ubo en la plaça mas de doscientos tablados muy grandes y fuertes...alquilandose por cada persona unos a veinte reales y otros a doze y a treze que se saco mucho dinero por la mucha gente que avía". Para calcular aproximadamente el precio debe tenerse en cuenta que el real equivalía a 34 maravedís -unidad monetaria- y que el salario de un día era en el siglo XVI de unos dos reales para un peón y tres para un artesano.

También se solían abarrotar los balcones, ventanas y tejados de la plaza. Estas referencias nos ponen de manifiesto que, al margen de la ceremonia religiosa, el "auto" era un auténtico espectáculo en el que había que pagar entrada igual que ahora en cualquier corrida de toros o espectáculo alguno. Sorprende, incluso, la preocupación por facilitar comodidades a los espectadores al proporcionarles, también alquiladas, una especie de sombrillas para el sol: "En los texados de la Plaza Mayor donde se hizo y bentanas della ubo asi mesmo mucha gente con telas de lienço en ellas por el gran sol que había los quales se alquilaban a diferentes precios según los lugares" 5.

Además del cadalso y las gradas en la plaza se solían construir unas vallas o palenques para contener dentro a la gente y dejar libre el camino por donde había de discurrir la procesión con los reos, inquisidores y. demás acompañantes: "Desde la cárcel y casa del Santo Oficio asta el tablado mandaron hacer unos palenques por los lados de las calles. ..
tomando en medio espacio que pudiesen yr tres personas ala par -el reo y dos "familiares"- y el palenque muy recio por manera que gente ninguna no pudiese entrar..." 6. Ciertamente los palenques se hacían necesarios por la gran afluencia de gente que acudía al "auto". En muchos casos no bastaban, ni eran suficientemente respetados a pesar de las penas anunciadas si se franqueaban; la gente se salía de ellos teniendo que ser contenidos por los "justicias" y "familiares" del Santo Oficio. A menudo los curiosos sentían deseos de agredir a los penitentes o se acercaban a ellos profiriéndoles insultos.

Por último, quedaban por izar los palos donde los reos serían quemados. Se levantaban a las afueras de la ciudad, dispuestos con argollas y escaleras para sujetar a los condenados. En el caso de Valladolid se levantaban en la llamada "puerta del Campo", aproximadamente en la zona del actual Campo Grande.

Aunque variaba de unos a otros, todo este montaje suponía un elevado gasto, como deducimos de las cifras recogidas por Kamen 7: En el "auto de fe" de Sevilla en 1642 se gastaron 396.376 maravedís; en el de 1648, también en Sevilla, 811.588 maravedís; en el de Córdoba, año 1655, hasta 2.139.590 maravedís (en este último es de suponer el boato que le rodearía). Calcúlese entonces que en Valladolid con la asistencia de la familia real y el monarca en 1559, y siendo dos los "autos", los gastos debieron alcanzar cifras muy elevadas, al requerirse una preparación más cuidada y esplendorosa. Hay que pensar que, además de las construcciones antes citadas, era preciso comprar alfombras, tela para los sambenitos, cera de velas, pagar la comida del tribunal y sus ministros, así como el almuerzo especial que se daba a los penitentes antes de salir de la cárcel hacia el "auto", el desplazamiento de los reos -si no eran de la ciudad- y muchas más cosas que el espectáculo requería. Es lógico, por tanto, que se esperara a reunir varios reos para celebrar uno y no tener que hacer varios al año. Pero, ¿quién sufraga los gastos referidos? Normalmente era la Inquisición la que corría con la mayor parte; poseía bienes procedentes de las confiscaciones hechas a los penitentes y contaba con el dinero obtenido del alquiler de gradas y sombrillas. Contaba con la ayuda de algunos organismos municipales; no es raro encontrar citada la Chancillería como contribuyente. Otras veces eran las comunidades -suponemos religiosas- de la villa, como sucede en el "auto de fe" de 1667, celebrado en Valladolid: "Sólo lo que tocaba al Sto. Tribunal costo 9.500 Rs. gastándose entre las demás dichas Comunidades hasta la cantidad de dos mil ducados, que importó el tablado a toda costa" 8.

Concluidos los preparativos y llegado el día de la celebración, la noche anterior se procedía a trasladar en procesión la Gran Cruz de la Inquisición al cadalso principal. Respecto a los días de celebración, por las relaciones que hemos visto, conteniendo el día de la semana en que se hicieron, no pensamos que hubiera preferencia especial por ninguno. Tales datos no son muy abundantes, pero varían en cada caso. No obstante, el "Directorium Inquisitorum" parece preferir toda discreción en lo que se refiere a la pena, mandando que los "autos" no se celebren en día festivo, o al menos que no se den en ellos las sentencias de relajación. Según él, la sentencia conducía a la muerte y no convenía darla cuando los días festivos estaban dedicados al Señor. Pero esta opinión no estaba generalizada entre todos los comentaristas; algunos pensaban que era conveniente que la multitud se reuniera para ver los suplicios y castigos de los condenados y que de ellos aprendiesen a apartarse del mal, por lo que era bueno celebrarlos no sólo públicamente sino en días festivos, cuando más gente podía reunirse. Según el mismo Directorium, en España los "autos" solían celebrarse en día festivo 9. Domingo era el día en que se celebró el famoso "auto" del 21 de mayo de 1559, y en fecha religiosa muy importante: la Santísima Trinidad.

Por lo que a la hora de su comienzo se refiere, solía ser bastante temprana. Es frecuente encontrar como hora más común, en las relaciones, las siete y ocho de la mañana. Posiblemente se debiera a la larga duración del mismo, por lo general. El hecho de que asistieran al acto personas de relevancia no modificó esta costumbre, más bien al contrario; en varias relaciones del "auto" de octubre de 1559 en Valladolid, con la presencia de Felipe II, consta que empezó a las cinco y media de la mañana; la misma hora se observa para el anterior de mayo del mismo año, con la presencia de la princesa regente Doña. Juana y el príncipe Carlos.

La terminación llegaba al atardecer, incluso antes, con la quema de los relajados.

Como hemos visto anteriormente, mucho antes de su comienzo, el escenario del "auto" estaba ya repleto de gente, incluso desde la noche anterior y procedente de comarcas próximas: "...no faltando en toda la noche gente de la plaza en gran número: unos por curiosidad y otros por necesidad, que no tenían donde dormir ni recogerse" 10. Que la asistencia era masiva está bien constatado por las relaciones, por obras literarias 11, grabados y pinturas 12, etc...; en cada función de esta clase acudía un número máximo de personas. Repetimos, muchos por mera curiosidad, otros por cierto desquite social como veremos y algunos por devoción a la Santa Madre Iglesia, esta santa devoción que algunos pliegos de cordel se empeñaban en defender como móvil principal de la asistencia al "auto":

"no menos los forasteros
cuydado de verlo toman,
desseando que a la Fe
se ensalce con honra y gloria" 13.

No se excluye, sino al contrario, la afluencia de ladrones y mendigos que veían en esta gran concentración la ocasión de aliviar su miseria, aprovechando el descuido de los espectadores enfervorizados, y sintiéndose encubiertos por la agitación reinante al paso de los reos. A esta clase de espectadores les tenía menos preocupados el "auto" que la oportunidad que les ofrecía.

La asistencia de público era tal que difícilmente se podía alojar en la ciudad y aldeas próximas. Algunos venían desde muy lejos: "...ni se hallaban posadas y así mucha gente durmió en el campo la noche del auto y otros se fueron a las aldeas más cercanas. Vinieron a ver este auto de quarenta y cincuenta leguas...", "...hechos tablados detrás de los palenques que es imposible enumerar a toda esta gente..." 14 Menéndez Pelayo, basándose en las declaraciones de Don Diego de Simancas sobre el "auto" de octubre de Valladolid, al parecer fidedignas, habla de unas 200.000 personas 15. Claro que en esta ocasión especial se contaba con la asistencia real, lo cual era otro motivo más de atracción, y no sólo para los curiosos sino para todos los grupos sociales, incluida la nobleza que en aquel caso acudió en masa: "...dixeron que así lo juraban con grande alarido que parezia el juicio final, pues ttanta gentte y tan gral. no se ha visto juntta xamás" 16 dice otra relación refiriéndose al momento en que, tras jurar el rey su apoyo al Santo Oficio y a la Iglesia, lo hacen todos los caballeros.

Como es lógico. mucha gente no podía presenciar o directamente el "auto" al no haber cabida en el recinto de la plaza; muchos se contentaban con presenciar el paso de la procesión con los penitentes. El recorrido entre los palenques estaba vigilado por "familiares" y "justicias", siendo prohibido a los asistentes portar armas o circular a caballo por la zona donde había de discurrir ésta. previéndose penas a tal efecto y cuidando mucho el orden, como se deduce del pliego de cordel antes aludido: "El Señor Roque de Montes / les dio varas. porque pongan / la procesión en razón / y aparten la gente toda" 17. A pesar de esto era difícil contener a la muchedumbre. Juan de la Peña, que debía acompañar a Domingo de Rojas en el "auto" de octubre de 1559, se negaba a ello por haber padecido fuertes manotazos y empujones y caído indispuesto en la zona próxima al quemadero en el anterior "auto" de mayo; al final se le permitiría ir a caballo con lo que pudo librarse de las fuertes presiones del pueblo contra los reos y sus acompañantes. que era su caso 18.

El "auto" en sí se iniciaba con la salida de la procesión desde las cárceles inquisitoriales hasta el cadalso de la plaza. Previamente se daba un suculento desayuno a los reos y a los que habían de aparecer en él; refiriéndose a tan suculento ágape nos encontramos menciones tan concretas como ésta: "...que a voz de todos fue muy ostentoso, assí por la abundancia de platos, como por el aliño de las mesas y modo de repartirlo" 19. La Inquisición debió prever una sesión tan larga, en esta ocasión, que no creyó pudiera resistirla nadie si no era con los estómagos bien llenos.

La procesión después transcurría entre los palenques con gran solemnidad y protocolo en la disposición de los acompañantes; generalmente la abría el alguacil mayor y el fiscal del Santo Oficio, con el pendón de la Inquisición que se instalaría en el tablado central; detrás iban los obispos asistentes, a veces de fuera, acompañando al diocesano o en la función de Inquisidor General -como era el caso de Valdés que presidió los "autos" de 1559 en Valladolid, siendo obispo de Sevilla-. A continuación aparecían los inquisidores en mulas, tras ellos los Grandes y títulos del reino a caballo, así como las autoridades de la ciudad y representantes de distintas instituciones municipales y comunidades religiosas. Les seguían los reos, denominados "delincuentes" en numerosas relaciones. Aunque todo el "auto" en general ofrecía interés. era éste el momento principal para los curiosos. Los insultos proferidos contra ellos no carecían de efecto psicológico sobre los penitentes tozudos hasta entonces; algunos aterrorizados y avergonzados hasta tal punto que acababan por admitir sus faltas y arrepentirse. Los mismos reos guardaban un riguroso orden en la procesión, acompañados invariablemente por dos "familiares" del Santo Oficio y, en ocasiones, de algún fraile consolador. Primero iban los que habían cometido penas menores, vestidos con sambenito, adornado éste con una o dos aspas, y con las caperuzas infamantes sobre sus cabezas; eran los denominados "penitenciados". Les seguían los "reconciliados", con sambenito también sobre verdes casacas y con pinturas de llamas y demonios, así como la relación de sus propios delitos; éstos habían acabado por admitir sus culpas y pedido clemencia, volviendo al seno de la Iglesia. Tras ellos venían los "relajados" al brazo secular, es decir los que sufrirían la pena de hoguera, vivos o muertos tras ser estrangulados a garrote; éstos no habían abjurado de sus errores o habían caído de nuevo en ellos después de haber sido anteriormente reconciliados; portaban también sambenitos y sogas en el cuello, y como todos los anteriores llevaban velas en las manos. La infamia de portar el sambenito no acababa en la procesión, muchos de los que no fueran quemados lo llevarían a perpetuidad como castigo; a los ejecutados se les solía poner, tras su muerte, en la iglesia a que pertenecían, junto con un rótulo, para memoria y deshonra perpetuas. Algunos, durante la procesión, eran amordazados para evitar que profirieran blasfemias e insultos.

Del escarnio procesional no se libraban los muertos que también asistían al "auto" en efigie, siendo transportados sus huesos en un arca. En el caso de los relajados, aquéllos se quemarían igualmente. Estos casos eran protagonizados por los cadáveres de personas que, presas por el Tribunal, habían muerto antes de terminar su proceso, incluso sin que éste hubiera empezado, en las cárceles de la Inquisición. Tal fue el caso de Doña. Leonor de Vivero, condenada por luterana en el "auto" de Valladolid, mayo 1559, a quien acompañaban sus cinco hijos, también condenados, pero vivos. Así recogemos su caso de una de las relaciones: "Luego llamaron a Doña Leonor Vivero que vino en estatua (por haber ya mucho que había muerto) y fue madre de todos estos cazallas, la cual traía todas las insignias que ponen a los quemados, porque siendo viva fue acusada de herejía luterana...Y el pleito se hizo contra su memoria y fama... Fue mandada: quemar en estatua y que sus huesos fuesen exhumados del monasterio de San Benito... y fuesen quemados con la estatua" 20. A veces, no satisfechos con ésto, quemaban también las casas donde éstos habían vivido, incluso cubrían después con sal el solar. Así se hizo con la dicha Doña. Leonor .

Además de los muertos, eran también condenados en efigies los que habían conseguido huir del tribunal tras ser acusados ante él. Como ha quedado patente antes, en este caso, el proceso se hacía igualmente contra su memoria y fama.

Tras esta comitiva, la procesión se cerraba con una representación numerosa de clérigos y cofradías de la ciudad. Llegados todos al tablado central se acomodaban en él con gran ritual y solemnidad. Todo el tablado rezumaba un ambiente de exuberancia ornamental -sitiales carmesí, labores de plata, terciopelos, estandartes ricamente bordados y los asistentes con sus mejores galas- y de luto. Inmediatamente el inquisidor que dirigía la ceremonia procedía a tomar juramento al rey, si estaba presente, o a sus representantes y a todos los caballeros. Se pretendía conseguir el apoyo de éstos al Santo Oficio y su defensa ante el ejercicio de la justicia, ayudándole a cumplir las sentencias: "...el Arzobispo de Sevilla Inquisidor Mayor -se refiere a Valdés- tomó una cruz negra con color de oro y el libro de los Santos Evangelios y tomó al Rey el juramento acostumbrado a defender la Fe Católica y amparar el Sto. Oficio de la Inquisición" 21. Se refiere al "auto" de octubre vallisoletano aludido anteriormente.

Una de las cuestiones que más preocupaba a sus organizadores era disponer la colocación en el tablao de los representantes del poder político y eclesiástico, incluso en la misma procesión. Era muy importante cuidar el rango de los acompañantes de alcurnia -rey, virreyes, condestable, almirante, marqueses, .duques y demás títulos, representantes de los consejos y de la Iglesia-. En una carta del inquisidor Jerónimo Galcerán, relatando el "auto de fe" de Barcelona en 1577, nos da idea de esta preocupación le los organizadores: "Fuese primero el virrey y después el obispo. y después el officio acompañado del conde" 22, O: "...los inquisidores... que se temen habrá diferencia entre el Arzobispo de aquella diócesis -Santiago- y Regente sobre el lugar que cada uno habrá de llevar en el acompañamiento y tener en el auto. Al Inquisidor General y el arzobispo fuese a la mano derecha y el Regente a la izquierda..." 23. Una vez colocados en sus asientos respectivos se procedía a la celebración de la misa ya continuación se decía el sermón, que rara vez duraba menos de una hora. En él se intentaba de nuevo mover la conciencia de los reos y amedrentar al pueblo con horrores infernales que les esperaban en la flaqueza le la tentación. Era ocasión aprovechada para hacer escarnio de luteranos, moriscos y judíos, inventando no pocas falsedades atribuibles a éstos. Por ejemplo, el padre Colmenares, que predicó en el "auto" vallisoletano de 1623, decía en él que numerosos herejes, entre ellos Zuinglio, elaboraban sus doctrinas con la 3 participación del demonio, dudando éste si el demonio o espíritu que se le había aparecido era negro o blanco, bueno o malo. Estos sermones, salvo cuando alcanzaban un clímax máximo, un tanto apocalíptico, 11 es de suponer que no eran elemento de interés para el pueblo en general, ya que el grado de erudición, los latinismos y las citas difíciles introducidas en ellos estaban lejos de ser entendidos por él. Por él.

Terminado el sermón se procedía a la lectura de culpas y penas por los relatores a los reos. Estos se desplazaban de su lugar inicial a uno de los palcos para escuchar en solitario su condena. Tampoco este momento carecía de emoción: aún era tiempo de arrepentimiento; aunque en el caso de los relajados no les libraba de la muerte, sí de ser quemados vivos. Es. de suponer que muchos se arrepintieran más por el temor de las penas que por un convencimiento real de haber errado. Muchos asistentes veían en este juicio el anticipo del juicio final, y en la fase última del quemadero el símbolo de los suplicios infernales destinados a los pecadores. La Inquisición no desechaba este efecto beneficioso para los asistentes. Cuando los condenados eran clérigos, una serie de fórmulas acompañaban a la relación de culpas: el reo debía despojarse de sus vestiduras sacerdotales, además de serle fuertemente raspadas las manos para borrar todo símbolo de la anterior dignidad.

Tras el paso de todos los penitentes por la relación de sus culpas, se volvía a levantar la comitiva; los que habían de ser quemados serían encaminados al quemadero y los demás eran devueltos, de momento, a las cárceles inquisitoriales. Después se les acomodaría al lugar donde habían de cumplir su sentencia, quedando muchos de ellos en la cárcel a perpetuidad.

Por ser la parte más macabra, la asistencia al quemadero perdía espectadores, generalmente femeninos, aunque no por ello dejara de ser masiva; en muchos casos los representantes del orden tenían que hacer lo imposible para contener las masas arrolladoras que se dirigían al lugar del suplicio en previsión de ocupar un buen sitio para presenciar el final del "auto". Se mantenía la agresividad anterior contra los condenados, atacándoles, en ocasiones, con piedras cuando ya estaban sujetos al palo. Con las hogueras ardientes, consumiendo a herejes corporales y efigies de ausentes, terminaba este día, satisfactorio para muchas conciencias que creían haber cumplido así una misión sagrada. No debe pensarse que siempre hubiera ejecuciones; muchos "autos" carecían de penitentes destinados al crematorio.

Una vez quemados, las cenizas resultantes serían dispersas por el viento para purificar la tierra amenazada con esta sombra de corrupción. Los campos sus habitantes podían entonces estar tranquilos de temores; la Inquisición les había devuelto la paz.

Si los presentes sentían admiración por esta forma de hacer cumplir la justicia divina, si sentían resignación, si era fatalismo o impotencia no podemos saberlo a ciencia cierta, pero, a tenor de las relaciones, el pueblo había quedado satisfecho del espectáculo: " y según el auto de fe tan señalado y día de tanto exemplo y juicio fuerte creo que nadie sintió fracaso sino que lo dieron por bien empleado" 24 o: "Oy domingo, diez y nueve deste, se a celebrado auto de fee en la plaza del Çocodover, de las personas contenidas en la relación que enviamos con esta a V. Sa. El cual se ha hecho con toda quietud y aplauso..." 25.

Es evidente que, aparte de la Función religiosa, el "auto" era un auténtico espectáculo. Muchos autores del tema, sobre todo extranjeros como H. Kamen 26, B. Bennassar 27 o P. Dominique 28 han hablado de él comparándolo con nuestras corridas de toros. No se puede dudar que el pueblo rompía con ellos su monótona existencia, recreando cierta morbosidad en las penas y ejecuciones, y dando rienda suelta a su agresividad en los ataques verbales y físicos lanzados contra los condenados. Ciertamente, no se puede limitar la actitud popular a esto, José Luis G. Novalín dice: "Ni corridas de toros, ni ejecuciones en solitario, sino normal aplicación de la justicia vigente, a la que de hecho acudía una parte del pueblo con la principal intención de convertir a los reos y acompañar a sus familiares" 29. Está claro que la intención fundamental de su celebración era hacer expresión pública de penitencia ante los pecados de herejía y que además se perseguía con ello una intención ejemplarizadora .de cara a los asistentes. Las mismas relaciones de "autos" tenían una función didáctica por el hincapié que hacían en las conversiones finales de última hora. Pero aparte de estas razones y del beneficio que suponía religiosamente la asistencia a un "auto de fe" -cuarenta días de indulgencia- hay otras causas que contribuyen a explicar esta asistencia masiva y la actitud del pueblo ante ellos. Yo me atrevería a hablar de oposición social frente a determinados sectores de la población, y muy concretamente contra la nobleza y el clero en los autos vallisoletanos de 1559, y contra grupos étnicos marginados en otros, en cuyo caso se encuentran los judíos y moriscos. Son numerosos los nobles y clérigos que aparecen condenados en Valladolid por luteranos. En ocasiones como éstas el pueblo tenía satisfacción al sentirse igual a los privilegiados. La Inquisición no establecía diferencias sociales; aquí, las particularidades jurídicas que separaban a los privilegiados del pueblo se anulaban. Aun en el caso de los obispos que no entraban en su jurisdicción -sólo Roma podía juzgarlos- la Inquisición intervino enfrentándose a la autoridad pontificia, como sucedió en los procesos de Carranza y Hernando de Talavera.

De esta forma, los nobles altaneros serían objeto del escarnio que, con todo derecho, podía ejercer el pueblo contra ellos, como bien se aprecia en las relaciones de los "autos" vallisoletanos: "Veintiuno de mayo de 1559: ha corrido el rumor de que el doctor Cazalla y el licenciado Herrezuelo, personajes de alto rango, formarán parte de la procesión de los condenados; esto para el pueblo, y sobre todo, para los más humildes es ya un motivo de atracción. La omnipotencia de la Inquisición resalta a sus ojos, ya que le permite castigar a los grandes de este mundo, sin tener siquiera que contar con la venia real" 30. No era menor la vergüenza de los nobles, sometidos a tal humillación, que la satisfacción de los humildes: "...yvan muchos hombres principales de ellos y hombres de honra. y con el gran frío que hazia, y la desonra y mengua que recebian por la gran gente que los mirava, porque vino mucha gente de las comarcas a los mirar, yvan dando muy grandes alaridos. ..creeese mas por la desonra que recebian que no por la ofensa que a Dios hizieron" 31 recoge una relación de Toledo. En las de Valladolid se hace referencia al desprecio, incluso, de la familia real por los nobles que aparecen en "auto" en 1559, no queriendo la princesa regente -en mayo- mirar a Don Pedro Sarmiento, como tampoco lo harían el Almirante y acompañantes ante el marqués de Poza, también condenado 32. El aparecer ante el pueblo y demás nobles con el sambenito rebajaba su condición, colocándoles en lugar inferior a cualquier humilde labrador, de lo que éstos, sin duda, se regocijaban.

Tampoco el clero se vio libre de tales escarmientos; por acusación de luteranos e iluminados fueron juzgados muchos de ellos. Los clérigos perdían automáticamente sus atribuciones sacerdotales ya la hora de serles relatadas sus culpas vimos las vejaciones a que se les sometía. Las monjas no eran menos abundantes, sobre todo en los de Valladolid, siendo sustituido su hábito por el sambenito a perpetuidad, generalmente.

La creciente riqueza de la Iglesia en el siglo XVI no era pasada por alto; las donaciones que los nobles le hacían tendían un puente de entendimiento mutuo y secundaban la alianza de las clases privilegiadas. Bennassar habla del surgimiento de cierto anticlericalismo ya a partir del siglo XVI 33.

El odio del pueblo se hace más patente hacia las minorías étnicas del país: moriscos y judíos, bastante más presentes en "autos de fe" que los luteranos. Son muchas las razones que explican la animadversión del cristiano viejo a estos conversos, que, con suma frecuencia, por no decir como norma, volvían a sus antiguas creencias. Por lo que respecta a los judíos, ya desde la Edad Media se presenta como un grupo cerrado, mal visto por la sociedad del momento. Los orígenes del antisemitismo no son específicos de España, como se sabe, sino que tienen un carácter universal. Las causas de este odio vienen a ser las mismas en todos los países: los judíos son odiados por sus actividades financieras, muchas veces al servicio de la corona, lo que les permite ocupar altos cargos administrativos hasta la fecha de su expulsión; por el alejamiento de los hebreos del trabajo manual duro que les enfrenta con el cristiano viejo, labrador por tradición; por una posición social elevada que habían ganado entroncándose con las distintas ramas de la más rancia nobleza, mediante casamientos mixtos -no sin el recelo de ésta-; odiados también por su religión, cuando se convertían, podían seguir manteniendo sus privilegios. Pocos eran los judíos que se convertían sinceramente; el afán de conservar las riquezas amasadas les movía a ello, practicando su religión primitiva en secreto. El pueblo, al verles condenados, disfrutaba más viéndoles vejados que asistiendo al cumplimiento de la justicia divina, manifestando en ella cierto deseo destructor. Las mismas relaciones de "autos" se refieren a ellos despectivamente: "...luego se volvió -se dice del predicador de uno de ellos- a la demás canalla de judíos procurando con eficaces razones alumbrarles en la ceguera grande que tenían..." 34. No podemos precisar si el hecho de que se aplicaran a los judaizantes penas más duras que a los moriscos era debido al afán de anular sus riquezas, en cualquier caso mayores que las de los segundos, casi siempre de condición y oficio humildes; sin duda alguna, un deseo de eliminarles como grupo prepotente alentaba tal actitud.

Este mismo "deseo destructor de la mayoría sobre la voluntad de pervivencia de la minoría" como Mercedes García Arenal ve el choque de las dos civilizaciones, 35, se hace patente en el caso de los moriscos. Obligados a una convivencia forzosa, las incompatibilidades se manifiestan pronto en sus relaciones, en sus signos externos religiosos o de vestido. La conversión forzosa tampoco había sido una solución, los moriscos volvían de nuevo a sus prácticas musulmanas y lo que es peor, muy frecuentemente, hacían muestra de desprecio hacia el cristianismo constantemente, como recoge M. García Arenal referente a los presos moriscos de la prisión inquisitorial de Cuenca que con furor de los cristianos sacaban pajas de los colchones, hacían cruces con ellas y las pisaban: " ...las pisaban adrede como herejes" 36.

La victoria militar y territorial de los cristianos sobre los moros no había traido la conquista espiritual de éstos. Una y otra vez el converso morisco intentaba limpiarse la mancha del bautismo cristiano, purificándose con agua y ritos de su misma religión; lavaban a sus hijos y a ellos mismos y se consagraban de nuevo a Alá mediante la ceremonia de la "fada". Por ser minoría no se amedrentan, muchos confían aún en la victoria del turco o en los moros de Berbería sobre el cristiano; la rebelión de las Alpujarras pone de manifiesto la existencia de una oposición real; esto y el tipo de oficios que tienen -camineros, trajineros, correos, trabajadores temporeros, que les permite comunicarse de una comunidad a otra- hacen temer a los cristianos la posibilidad continua de una conjura morisca. Además hacen camarilla con otros grupos marginados de la sociedad cristiana de España, con los luteranos por ejemplo 37.

No queremos decir con todo lo anterior, que, el pueblo -Ios cristianos viejos en general- no fuera juzgado muchas veces por la Inquisición por delitos de herejía. Sin embargo estos casos, proporcionalmente, eran una minoría. Los delitos más comunes en él eran los de blasfemia, fornicación, proposiciones deshonestas, bigamia, etc... Esto demuestra el sumo respeto que tenían por la religión católica. Pero por lo relatado anteriormente no podemos reducir a móviles religiosos la causa de su asistencia y comportamiento en los "autos de fe", No se puede por menos de admitir una secreta venganza social en este momento; de ahí el desinterés manifiesto del pueblo en "autos" tardíos del siglo XVIII al lado del entusiasmo manifestado en los de mayor rigor inquisitorial.

En cualquiera de los casos, terminado el "auto", los asistentes transmitirían sus sensaciones -exagerando o inventando-- a los que no pudieron asistir, haciéndoles partícipes de sus mismas formas de ver este espectáculo, llamémoslo "religioso" sólo, tan frecuente en anteriores épocas de nuestra historia.

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1 B. N. Mss. 721, fol. 95r.

2 B. N. Mas. 2.058, fol. 231r.

3 Archivo de Santa Cruz, Valladolid, Mss. 85, fols. 17

4 B. N. Mss. 1.104, fols. 79 y 88.

5 B. N. Mss. 1.104, fol. 79r.

6 B. N. Mss. 721, fol. 95r.

7 HENRY KAMEN, "La Inquisición Españolaa", Barcelona, 1976, pág. 209.

8 Archivo de Santa Cruz, Mss. 85, fols. 175r. y 184r. Respecto a la cita que adjuntamos aquí habría que ver de este mismo archivo y manuscrito en el folio 53r., para ver la participación de la Chancillería en los gastos: "...fue a dar cuenta al Sor, Presidente de la real chancillería de la determinación del Santo Tribunal de celebrar el Auto General de Fe, para que su Sría. y los SSres. del Acuerdo acudieran a lo acostumbrado y contribuyesen con lo que estaba; asignado en los libros para la fábrica del tablado".

9 ."...valde conveniens videtur fieri haec et publice et in diebus festis cum major tunc adsit confluentis populi multitudo. Ceste in Hispania publica. fidei actio in diebus festivis solet coelebrari" (Eymerlck: "Dlrectorlum Inquisitorum". cum comm. FRANCISCI PEGNAE. Roma. 1587. 312) .

10 Archivo de Santa Cruz. Mss. 85, fol. 54r.

11 ENRIQUE LARRETA. en su obra "La Gloria de Don Ramiro". decimotercera edición. Madrld 1970. pp. 231-243. descubre al lector con bastante acierto el ambiente popular que rodea la celebración de un supuesto "auto de fe" celebrado en Toledo; no hay que olvidar que a pesar de ser una obra literaria, el autor parece bastante bien documentado.

12 GOYA reproduce con una visión bastante critica escenas de "autos" en sus cuadros y grabados; "Procesión hacia un auto de fe" es una obra grabada por B. Schoohebeck, hoy en el Museo Británico de Londres, que reproduce fidedignamente y con todo detalle este momento del mismo; así lo hace también Rizi al reproducir el "auto" celebrado en Madrid en 1680 con la asistencia de Carlos II; el pintor castellano Pedro Berruguete lo hace con anterioridad en el siglo XV...

13 Pliego de cordel compuesto por Diego Osorio de Basurto, en el que narra el "auto de fe" de octubre en Valladolid, 1623. B. N. Mss. 2.354.

14 B. N. Mss. 721, fol. 95v.

15 M. MENENDEZ PELAYO, "Historia de los Heterodoxos Españoles", libro IV, cap. VII, ed. 1928, pp. 433-434.

16 British Museum, Eg. 568, fols. 229r.-233v.

17 DIEGO 080Rl0 DE BASURTO, op. cit.

18 V. BELTRAN DE HEREDIA, "El Maestro Juan de la Peña, o. P." en Ciencia Tomista publica la declaración correspondiente al maestro de la Peña, contenida en el tomo XIV del proceso, fols. 222-223.

19 Archivo de Santa Cruz, Mss. 85, fol. 53r.

20 British Museum, Eg. 1887, fols. 14v.-15r.

21 Archivo de Santa Cruz, Mss. 85, fol. 42r.

22 British Museum, Eg. 1507, fol. 72r.

23 Britlsh Museum, Eg. 1506, fol. 52r.

24 B. N. Mss. 721, fol. 95r.

25 British Museum, Eg. 1508, fol. 283r., carta de los lnquisidores de Toledo al Consejo de la Inquisición relatando el "Auto de Fe" que tuvo lugar en la ciudad en 1594.

26.HENRY KAMEN, op. cit., pág. 202: "La ceremonia del auto de fe tiene su propia literatura. Entre los españoles comenzó a ser considerado como un acto religioso de penitencia y justicia y acabó siendo una fiesta pública más o menos parecida a las corridas de toros o a los fuegos artificiales".

27 BARTOLOMÉ BENNASSAR, en "Los Españoles. Actitudes y mentalidades", Barcelona, 1975, pp. 79-80.

28 P. DOMINIQUE, en "L'Inquisition", París 1969, pág. 191 dice: "En Espagne, on procédait comme on procede aujourd'hul pour les courses de taureaux; la mise a mort etait immêdiate. Ainsi les spectateurs pouvaint-ils s'en retourner satisfaits...Car la foule ne connaitguère d'autres spectacles que les courses de taureaux et les auto d`fés...; (tal vez se excede P. Dominique, pero la curiosidad de los espectadores y el montaje que le precedía. no lo enajenan de un fuerte matiz espectacular, contribuyendo a la diversión del vulgo).

29 JOSE LUIS o. NOVALIN, en "El Inquisidor General Fernando de Valdés", Tomo II, Oviedo 1971, pág. 591.

30 BARTOLOME BENNASSAR, op. cit. pág. 227.

31 FIDEL FITA, en "La. Inquisición Toledana". Relación contemporánea de los autos y autillos que celebró desde el año 1485 hasta el de 1501", B. A. H., XI (1887) , pp. 294-296.

32 British Museum, Eg. 568, fol. 231r.

33 BARTOLOME BENNASSAR, op. cit. pág. 68.

34 Archivo de Santa Cruz, Mss. 85, fol. 56r.

35 MERCEDES GARCIA ARENAL, en "Inquisición y moriscos. Los procesos del tribunal de Cuenca", Madrid, 1978, página 64.

36 Ibid., pág. 103.

37 Ibid., pág. 113: "Hay una tendencia a considerar amigos a los enemigos de los cristianos viejos y a buscar la compañía de aquellos a quien la sociedad cristiana margina. Ello produce también opiniones en defensa de los luteranos".