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Apicultura tradicional en el Valle de Valderredible

LOPEZ AGUDO, Alejandro

Publicado en el año 1999 en la Revista de Folklore número 219.

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LA TIERRA

Sobre la cornisa Cantábrica, en el extremo meridional de Cantabria, se halla el Valle de Valderredible, surcado por el río Ebro al que debe su nombre (val de ripa Hibre, valle de las riberas del Ebro). Sus límites naturales son el páramo de la Lora en el sur, hacia la meseta castellana (Palencia), el desfiladero del Ebro hacia el este (Burgos) y la montaña cántabra al norte (fig. 1).

Tiene una extensión de 297 km2 y un escaso nivel demográfico de aproximadamente 1.185 habitantes, que cíclicamente aumenta los veranos y disminuye los inviernos, con una densidad media de 3,98 hab./ km2.

La orografía es el resultado de grandes contactos litológicos que, junto con el valle fluvial y la erosión diferencial sobre los diferentes materiales (margas, calizas y areniscas), ha permitido la formación de un valle con un fondo amplio entre vegas y terrazas fluviales, modelado por formas suaves que se contraponen a los terrenos montuosos del norte y a los levantamientos calcáreos que limitan al sur. La zona presenta altitudes medias que oscilan entre los setecientos y los mil trescientos metros.

Los suelos están compuestos de tierras pardas, enriquecidas por materias orgánicas, característicos de las zonas forestales.

Posee un clima oceánico atenuado por rasgos continentales mediterráneos, con inviernos fríos y prolongados, en el que abundan los días de helada, veranos calurosos con dos meses secos (donde la evapotranspiración potencial se aproxima e incluso llega a superar el total de las precipitaciones), una temperatura media anual de 10.5 °C, y un régimen de precipitaciones medias de entre 550 a 750 mm. anuales. Las precipitaciones nivosas son medias, diferenciadas por ser más abundantes en las cotas altas al norte del valle, que en ocasiones excepcionales provocan casos de aislamiento entre las poblaciones.

Las características naturales del valle en combinación con una baja presión humana sobre el entorno, conforman un ecosistema donde pervive una amplia diversidad de flora y fauna. Dentro de la flora y vegetación encontramos manchas forestales constituidas por bosques subarborescentes de rebollos, robledales, hayedos, restos limítrofes de encinares, bosques ribereños y extensas áreas de brezal, que en la actualidad se recuperan colonizando tierras abandonadas, antes roturadas para ser objeto de cultivo. Y que conviven con las extensas repoblaciones de pinos (pynus sylvestris), que se realizan desde los años 60/70. Estos terrenos sirven de habitat a una fauna silvestre rica y variada, también en auge y recuperación, como por ejemplo ocurre con el lobo.

LA POBLACIÓN

Las primeras evidencias conocidas de presencia humana en el valle corresponden a la Edad del Bronce, con restos arqueológicos posteriores de la Edad del Hierro (representaciones esquemáticas en forma de grabados y pinturas rupestres) y del mundo megalítico (dólmenes y menhires). Existen también testigos materiales y escritos (como los de Plinio, en los que nos habla y describe a los cántabros) que se suceden hasta la Edad Moderna, y nos demuestran que el valle ha estado habitado permanentemente desde la antigüedad hasta nuestros días.

Actualmente podemos considerar este valle humanamente despoblado, pues en tan sólo 50 años ha perdido el 74% de su población, en una regresión demográfica que comenzó en los años 20, se aceleró en los 60 y que no ha cesado. El descenso fue causado por las migraciones interiores definitivas de sus pobladores, generalmente por parte de jóvenes solteros o recientemente casados sin hijos, o con ellos pequeños, y que más tarde se llevaron consigo a los abuelos que se quedaron en el pueblo. El destino fue las grandes ciudades industrializadas, y el objetivo mayores oportunidades laborales y una mejora en el nivel y calidad de vida. Esta corriente migratoria ha motivado una abundante soltería en el valle, un descenso en la natalidad y por lo tanto el envejecimiento de la población. El contingente demográfico actual lo forman antiguos emigrantes, principalmente jubilados y pensionistas que vuelven al valle los fines de semana, vacaciones de verano y temporadas largas ya con el buen tiempo (evitando la soledad y la dureza climática del invierno) y una escasa población que vive concentrada en las zonas bajas del valle durante todo el año.

Los habitantes del valle, a pesar de la vecindad con Castilla, con la que han compartido y comparten su vida por asuntos laborales, económicos y de ocio, se identifican cántabros por encima de todo, y se sienten orgullosos históricamente de ello. Dentro del grupo social que conforma el valle y da cuerpo a la regionalidad cántabra, hay diferencias sociales y culturales, sobresaliendo dos grupos por su generalidad: los vallucos (del valle) o de abajo, que residen en la vega del río Ebro; y los matorrizos (de matorrales) o de arriba, que viven en las zonas altas del valle. Estas diferencias quedan manifestadas en un sentimiento de identidad con el pueblo más fuerte que con el municipio, que se atenúa con la celebración de la fiesta de la Virgen de la Velilla (8 de septiembre) patrona del valle, y que congrega a todos los pueblos del valle en el santuario de Rocamundo, simbolizando así, con este rito y en esta imagen, una señal de unidad e identidad del valle.

La estructura familiar tradicional es la familia nuclear, que como grupo doméstico tradicional ocupaba un lugar predominante en la organización social, siempre bajo la jurisdicción del pueblo (concejo) o comunidad de vecinos representada en el alcalde pedáneo. El matrimonio fue endogámico dentro del valle y tendía a independizarse creando un nuevo núcleo familiar, ayudados por el hecho de dotar por igual al hijo que a la hija y por el derecho de vecindad, que permitía a las nuevas familias disfrutar de los terrenos comunales del pueblo. La herencia familiar, pasaba de padres a hijos a partes iguales y sin distinción de sexo.

El habitat rural del valle es de tipo disperso, donde la población se dispone en pequeñas aldeas o pueblos, formando pequeñas unidades de poblamiento muy próximas entre sí. La arquitectura se puede enmarcar dentro de un modelo popular, adaptada e integrada al medio, del que extrae los materiales que le ofrece y elabora con técnicas artesanales. Tiene un carácter funcionalista. Este modelo de arquitectura, aunque con intrusiones de nuevos elementos y materiales más modernos, conserva aún su carácter rural, debido al abandono de las casas unido a un respeto a estas formas antiguas de construcción. La distribución tradicional de la aldea o pueblo se asienta en torno a una plaza, donde está la iglesia, la casa rectoral o ayuntamiento, la escuela, el pilón, el abrevadero y la tienda cantina. Y alrededor del pueblo están las mieses particulares y los huertos (de aquellos que no lo tienen en el corral, anexo a la casa).

Con respecto a los ritos y fiestas que componen el calendario ritual (influenciados por las zonas fronterizas al valle), destacan las festividades relacionadas con los ciclos de la naturaleza, adaptadas a la religiosidad local. Fiestas y celebraciones que se acompañaban de banquetes, canciones, danzas, coplas y músicas de acordeón, dulzaina, caja tambor, panderetas y en raras ocasiones flautas, rabeles, cucharas y almirez, que eran tocadas la mayoría de las veces por bandas contratadas y venidas de afuera. Estos actos estaban organizados la mayoría de las ocasiones por las "sociedades de mozos", que trataban de divertir y alegrar la festividad con sus juegos, bailes y cantos, por lo que eran recompensados por el pueblo con aguinaldos y viandas.

Y entre los juegos tradicionales es representativo el pasabolos, una modalidad del juego de bolos cántabro, que aún se mantiene y reaviva.

Las creencias y mitos del valle son en muchos casos anteriores al cristianismo, aunque más tarde convivieron, en sincretismo unas veces y enfrentamiento otras, a la actual y practicada religión católica. Ejemplo de ello son las viejas creencias que entre los aborígenes del valle tenían de cultos a algunos árboles (como el roble, símbolo de vida y sabiduría) que formaban los bosques, refugios de espíritus y divinidades de diversa naturaleza, que se veneraron durante siglos hasta muy avanzada la Edad Media con la progresiva cristianización. Otras perduran en la memoria de los mayores que aún malrecuerdan la brujería, los exorcismos y los males de ojo. Existió un culto a las "ánimas" y testigos de ello hoy día son los humilladeros, construidos aislados en los caminos de entrada o salida de los pueblos para orar, pedir o agradecer el amparo de las Animas del Purgatorio a los viajeros.

En cuanto a las leyendas y cuentos de tradición oral perviven varios como el del "Rebollejo", robles huecos de los que nacían los niños, o el de "San Pantaleón", imagen de un santo presente en la aldea de La Puente.

LA ECONOMÍA

La agricultura tradicional, conformada en un contexto mixto agrícola y ganadero, se ha desarrollado hasta los comienzos de las migraciones en el valle, sobre la base de una organización familiar alrededor del minifundio. En la actualidad, y debido al despoblamiento, envejecimiento y jubilación de sus gentes, el porcentaje de propietarios que trabajan sus tierras directamente ha disminuido, incrementándose así el de arrendamiento y aparcería. Esto ha repercutido en una mejora sensible en la relación agricultor/superficie explotada, que ha hecho aumentar la capacidad de trabajo y producción de los agricultores y ganaderos que permanecen en estas tierras, pero sin llegar a influir en la titularidad de las mismas.

Actualmente las formas de cultivo y aprovechamiento se basan en el regadío y en la labor intensiva del cereal, la patata (cultivo tradicional muy valorado por su calidad) y la introducción de nuevos cultivos como el maíz forrajero. La actividad agrícola se ve cada vez más reducida a las vegas del río, que fueron roturadas en el pasado para obtener terrenos de cultivo, abandonándose las cuestas (laderas y pendientes) y puertos, que fueron antes explotados como cultivos de secano por los pueblos de arriba y que se utilizan en el presente como pastos para el ganado.

La ganadería se mantiene como antaño, sin estabular, dependiendo casi en su totalidad de los pastos del monte, por lo que siguen siendo aprovechados los prados naturales y el pastizal con o sin arbolado. La tipología del ganado es de vaca mixta cruzada (siendo la tudanca la raza autóctona, que se usaba para todo: leche, carne y labores del campo), toros (limusín, charolés y asturiano), caballo, mulo, potro para carne y algún buey. La vaca se usa para la explotación de carne y tan sólo algunos ejemplares de vaca pinta para la industria láctea. Se han perdido la mayoría de las ovejas y las cabras (que fueron introducidas en el valle por influencias castellanas), quedando escasos ejemplares de ovejas frisonas y alemanas, con cuya leche se elabora hoy día queso en el pueblo de Ruerrero. Lo que trae esto consigo es el abandono del oficio del pastoreo, manteniéndose actualmente tan sólo dos pastores en el valle, en los pueblos de Orbaneja y Villaescusa. Otro animal que ha disminuido en número es el cerdo, antes muy común en todas las casas para la habitual matanza de invierno.

El valle en la actualidad recibe ayudas y subvenciones del gobierno para el ganado: por el número de cabezas, por vaca nodriza y por su cría en terrenos de alta montaña. El abandono de los pueblos trajo consigo la venta y alquiler de las tierras para pastos, motivo por el que abundan los terrenos extensos donde pacer el ganado. Los animales permanecen cercados en los terrenos, por vallas de madera y alambre, todo el año, aunque existen actualmente pequeños grupos que estabulan durante los inviernos.

Los bosques que conforman el entorno, han sido explotados desde un principio para el autoabastecimiento familiar de uso doméstico y para la construcción de viviendas. Esta explotación forestal se fue incrementando a lo largo de la historia, hasta crear una verdadera industria maderera, con diferentes objetivos: pequeñas industrias artesanales, construcción de embarcaciones, fábricas de hierro, minas, industrias celulósicas, vías de tren, etc. En la actualidad el uso y venta de la madera se hace mediante subastas públicas, controladas por la Consejería de Ganadería, Agricultura y Pesca del gobierno de Cantabria, y tras el requisito de la solicitud por parte de los vecinos del pueblo, para vender parte de sus bienes comunales, con la idea de aportar unas rentas que ayuden a cubrir las necesidades y servicios de la comunidad.

Es a mediados de siglo, cuando desde el Ministerio de Agricultura se ejerce una política repobladora, con especies de crecimiento rápido (pynus sylvestris) en los terrenos comunales y privados del valle, con el propósito de mejorar una economía deprimida y recuperar un entorno muy devastado. Esto trajo consigo un control de los terrenos, mediante la prohibición del uso de los montes como pastos para el ganado y otras actividades. Considerado por la opinión de sus pobladores, como la causa de un cambio en el modo de vida y subsistencia, que motivó la emigración en masa de sus gentes.

Otras economías de ayuda o subsistencia. En algunas zonas se compaginó la agricultura y ganadería con migraciones interiores temporeras de trabajo para las labores de agosteros, abañadores (cribadores de grano) y segadores a dalle (con guadaña). Por otro lado en los montes de Salcedo y Hejido, se confeccionaba carbón de fragua en los chindorros (sistema fabricación de carbón de fragua con madera de roble) y carbón de hoya para atizar. Cada casa se elaboraba su propio carbón, el preciso para cubrir sus necesidades. También los lechoneros, hombres especializados en la venta de lechones de cerdo, que se desplazaban con el animal en sus alforjas, para venderlo a otras tierras. La pesca tradicional como especialidad u oficio, que era realizada con nasas, con las que se pescaban en abundancia truchas, barbos y anguilas de río, y se vendían como consta en documentos de hace 150 años; hoy en día esta actividad está limitada a las épocas de veda, y con carácter deportivo. Y dentro de los recursos agroalimenticios figuran la elaboración de queso artesano (natas, mantequillas), huertas familiares, hornos familiares en los que cada familia se elaboraba su propio pan (como el hornazo, hogaza de pan rellena de chorizo, tocino, jamón o lomo, que se comía y come en ocasiones de celebración) y la explotación apícola en viejas colmenas: el dujo y el hornillo. Otro oficio que complementa a los anteriores y que en cada casa se elaboraba como autoabastecimiento fue el hilado, antes muy desarrollado. Existía también la profesión de molinero, que aprovechaba la fuerza de la corriente del río para mover las muelas del molino para moler el grano; estas mismas aguas fueron usadas hasta no hace mucho (menos de 30/40 años) en las eléctricas, pequeñas centrales que fueron usadas para el suministro de electricidad durante unas horas al día. Y otros muchos como canteros, carpinteros, carreteros, etc.

Se trata en definitiva de oficios tradicionales ya desaparecidos o en clara recesión u olvido por el despoblamiento del valle, especialmente en pueblos o aldeas de "arriba" y que dentro de una dinámica cultural evolucionan y se transforman.

LA APICULTURA TRADICIONAL

En un modelo tradicional de economía basado en la agricultura y la ganadería, suficiente para mantener a la población, y en última relación con las posibilidades naturales que ofrece el entorno, aparecen a su alrededor otras economías de subsistencia que modelan una subcultura, y entre éstas, merece destacarse la apicultura, con la explotación del dujo y el hornillo como colmenas tradicionales, permanentemente presentes en la historia y vida del valle. Aunque esta práctica no es exclusiva del valle, sino que se extiende hacia las tierras vecinas, con variantes etimológicas, físicas y técnicas, sí está muy latente en su vida. Este modelo de explotación avícola artesanal, formó parte de una cultura en torno al corral; que no era propio de todas las casas, sino que se realizaba voluntariamente, movida por unas necesidades y posibilidades de la familia. La miel se utilizó para enriquecer con proteínas e hidratos de carbono la dieta alimenticia (ya de por sí rica) del grupo doméstico, es decir, cada casa o familia se elaboraba su propia miel, en sus colmenas particulares. Tan sólo unos pocos vendían el producto de las colmenas (miel y cera), como ayuda económica, que sumaban a unas bajas rentas familiares. En cambio, los intereses se han invertido actualmente, los apicultores que perduran, se centran más en la comercialización.

Pero esta actividad productiva esconde una relación que puede llegar a ser afectiva en muchos casos, y podría calificarse de "simbiosis" entre la abeja y el hombre. No se sabe a ciencia cierta, cuándo y cómo comenzó su explotación; lo que sí es cierto, es que tiene orígenes remotos, y testigo de ello son los escritos que hablan de sus tipos de colmenas (dujo y hornillo): "...no puedan cortar rebollo que no tenga dos dujos o de ellos arriba...", (Las Ordenanzas de Valdelomar y Cezara, año 1706, originario del siglo XVI), y "...ninguna persona pueda hacer dujos para vender salvo de su adra...", ( El Gobierno y la Administración de los pueblos de Cantabria, Ordenanzas de Valderredible, año de 1618). No quisiera dejar de señalar como indicativo de su posible origen, el nombre que dan algunos aldeanos en el pueblo de Villaescusa (en el extremo más oriental del valle) al dujo tumbado (horizontal) u hornillo conocido como dujo árabe.

Parte de los procesos artesanales de cuidado, extracción y elaboración de la miel (y la cera) se mantienen en la actualidad, aunque de forma menos extendida y adaptados a las nuevas necesidades y tecnologías; y otra gran parte ya han desaparecido del valle, pero permanecen en la memoria de algunos de sus pobladores. Estos trabajos al completo, fueron y son responsabilidad única y exclusiva del hombre.

El dujo (del latín dolíum, vasija) es elaborado a partir del tronco de un árbol, fundamentalmente un roble o rebollo, olmo en los casos de mayor calidad y en menos ocasiones de pino tratado, porque su fuerte olor a resina espanta a la abeja. Parece ser y por lo que me cuentan los informantes, que "las abejas, tienen sus preferencias por unas maderas más que por otras". Para su confección se elige en primer lugar un árbol, dentro de las posibilidades que ofrecen unas leyes regidas por las ordenanzas que afectan al municipio (forma de control), y en una época del año. Este árbol debe reunir unas condiciones físicas adecuadas, como altura, grosor y estado de la madera, aprovechando los troncos viejos y podridos. A continuación se corta una pieza del tronco, de un metro de longitud o de metro y medio con menor frecuencia. Cuando el tronco es de pino, se sangra o resina, es decir, se extrae la resina de la madera mediante cortes por donde corre, para así evitar ese rechazo que manifiesta el animal. Se limpia la pieza del tronco, se vacía el interior para dejarlo hueco, utilizando para ello una gubia, martillos y una barra metálica larga, llamada en algún pueblo pata de pico de espuela; una vez ahuecado y limpio el tronco, se le ponen una o dos cruces (dependiendo de la altura) en el interior, que señalan diferentes medidas en el recorrido del tronco e indican hasta donde podían recoger los panales. Es muy importante no sobrepasar nunca esas medidas, a fin de dejar alimento y protección a la abeja para que pueda sobrevivir, especialmente durante el invierno. Una vez terminados estos pasos, se hacen unos orificios cerca de la base, que hace las veces de entrada y salida de la colmena, llamados piqueta, con una pequeña repisa para facilitar los movimientos. Y por último, en el acabado y reparación de los huecos o fisuras, se sellan con moñígas de vaca o barro que, al secarse, aislan mejor el interior. Aunque lo habitual era hacerse cada cual sus dujos, hubo hombres que se especializaron en este trabajo y se creó un negocio con la compra y venta de dujos, que aún hoy día se mantiene.

Los dujos están emplazados en el huerto o en el corral anexos a la vivienda, en las tierras cercanas al pueblo, o ya lejos de él, en lo alto del monte. Estas colmenas permanecían aisladas o en pequeños grupos de dos o tres, salvo escasas excepciones, en las que el número de colmenas era tan elevado que llegaban a formar colonias (fig. 2), como fue el caso de Aldea Puente, donde se explotó un colmenar con alrededor de 130 dujos, hoy ya sustituidos por movilistas la mayoría de ellos.

Estos dujos han sido utilizados de dos modos diferentes: de pie (vertical), todavía en uso. En este caso el dujo se apoya sobre una lancha o losa de piedra que cierra el hueco inferior para aislarlo del frío, calor y humedad del suelo, en tanto que el hueco superior se cubre con una tapa de madera sobre la que se pone otra losa de piedra que evite la entrada de agua. La otra modalidad es tumbada horizontalmente como colmena yaciente: es el dujo llamado hornillo, reconocido y utilizado en la mayoría de los pueblos del valle, aunque hoy día se abandonan y se aprovechan tan sólo algunos instalados en viviendas desalojadas. El hornillo que, como el dujo, se orientan siempre al Sur, buscando la luz y el calor del sol, se incrusta horizontal y transversalmente sobre la pared de la vivienda, en las zonas altas, desvanes o buhardillas -he visto volar las abejas alrededor de los hornillos emplazados sobre las ventanas de las habitaciones de las viviendas habitadas—, y en los anexos de servicio a la vivienda, en las zonas altas del pajar o cuadro. Hecho éste que se tenía en cuenta con antelación a la hora de construir la vivienda, dejando algún hueco libre para instalar el hornillo, o posterior a la construcción, cuando se aprovechaban los huecos de las ventanas. La piqueta daba al exterior de la casa, hacia la calle, mientras que el acceso a los panales estaba en el interior, protegida por una tapa de madera, fijada con unas tiras de cuero, que hacía las veces de bisagra, y sobre ésta se colocaba un saco de arpillera o lona para mayor protección y seguridad. Este asentamiento proporcionaba más protección y aislamiento que el dujo, lo que repercutía en una mayor cantidad de producción y una mayor comodidad de trabajo para el mantenimiento y extracción de los panales que, no olvidemos, "nunca debe de sobrepasar la cruz" para mantener alimento a la abeja durante la temporada. Y es éste, el hornillo, un elemento claro de la convivencia y sociabilidad del hombre con la abeja, que los acerca a ambos. El hornillo evoluciona y los viejos troncos son sustituidos por pequeñas cajas rectangulares de madera, elaboradas también manualmente en casa.

Los dujos o colonias de dujos, exigen una serie de cuidados y mantenimiento: como limpiar el terreno de hierbas y matorrales para no dificultar la entrada y salida de las abejas a la colmena; hacer parapetos y cortafuegos para proteger la colonia de los vientos e incendios; si es necesario, alimentar a las abejas con harina de yero, azúcar, miel, etc. en temporadas de necesidad (en invierno, con las heladas, cuando la nieve cubre el terreno o en épocas de sequía) y la limpieza de los panales viejos para dejar así espacio libre a los nuevos, de mejor calidad. En cambio la mayoría de estas tareas no se hacen con el cuidado del hornillo, siendo este tipo menos exigente en su mantenimiento, por lo que requieren menor atención y esfuerzo.

LA CATA

La miel que se produce en el valle es de multiflora, y principalmente de la flor del brezo (arbusto), considerada como de mejor gusto (fuerte) y calidad en el valle. El brezal actualmente se recupera y florece en el monte en grandes cantidades. La cantidad de panales depende mucho de la climatología (precipitaciones y temperaturas) del año; por ejemplo, y según muchos de los apicultores entrevistados, "éste es un buen año [1998] por lo mucho que ha llovido, pero no vendría nada mal un poco más de agua".

La cata, u ordeño del producto (el panal de cera y miel) se realiza una o dos veces al año, entre finales de otoño y principio de invierno, y en verano (julio/agosto), según sea éste de fecundo y según la disposición e interés del apicultor, ya que dos catas suponen un mayor trabajo y esfuerzo para el hombre y la abeja. Se hace de manera ordenada en los dujos, primero por un extremo o boca y luego por el otro (inferior o superior) alternativamente, de forma que no se deje envejecer ni ensuciar los panales demasiado; en cambio, en los hornillos la cata se hace exclusivamente por el extremo interior, que da a la casa.

La cata se realiza con un cuchillo y una lanza, que hace las veces de catador y vaciador, según la punta que usemos. Esta lanza es llamada en algunos pueblos pata de pico de espuela, y consiste en una barra larga metálica de un metro más o menos que tiene en un extremo una hoja afilada, que hace la vez de una cuchilla, y es usada para cortar los panales del borde del tronco; y el otro es un raspador, utilizado para raspar y extraer el panal desde la cruz hacia fuera, y así dejar alimento al animal. Toda esta tarea se lleva a cabo generalmente sin protección alguna, salvo excepciones en las que tan sólo usan la ahumadera, utensilio que antiguamente era un pequeño cazo o puchero de barro cocido ya viejo (aprovechaban los viejos utensilios ya en desuso), abierto por la zona superior, con un orificio en la base donde soplar, en su interior se ponía paja o boñiga de vaca seca prensada, que prendían con fuego al que avivaban soplándolo por el orificio para expulsar el humo. Actualmente el ahumador es un aparato especializado y sofisticado, metálico, con un fuelle que hace las veces de avivador del fuego, para el que utilizan como combustible los mismos materiales que el modelo antiguo, y una boca alargada por donde se dirige el humo hacia fuera. Este humo hace que las abejas se recojan en la colmena y se tranquilicen cuando "se ponen necias" (palabras de un informante), por sentirse molestadas, para de esta manera manejarse el apicultor con menor riesgo de ser picado.

La cría de abejas conlleva un riesgo, al que están muy expuestos el apicultor, su familia, los vecinos y visitantes de paso por la zona, debido a la cercanía de las colmenas a las viviendas y a los núcleos de población, aunque ya se tiende a alejarlas de las zonas habitadas, -pude observar en uno de mis paseos, un enjambre colgado sobre las pértigas que sostenían una colada de ropa secándose al sol, en el balcón de una vivienda habitada-. Su picadura, aparte de la conocida inflamación, puede provocar fiebres, vómitos, e incluso la muerte en el peor de los casos; son muchas las anécdotas que cuentan de animales (caballos, burros, etc.) muertos por las picaduras de un enjambre. A pesar de este riesgo, son muy pocas las ocasiones en que son picados, y cuando esto sucede, ponen remedio rápido, extrayendo el aguijón primero y untándose con barro o amoniaco después, dejando la "inyección", para los casos graves con carácter de urgencia. Esta "sintomatología" y filosofía de las picaduras ha cambiado, la población es ahora más susceptible y aprehensiva ante los daños que puedan ocasionar las abejas, según las opiniones y comentarios de los mayores: "¿cambia la sangre con el tiempo?", "antes te picaba una abeja y no nos hacía nada, todo quedaba en una hinchazón, ahora nos lo puede hacer pasar mal y hay que ir rápido a ponerse la inyección", "la gente ha perdido el sentido natural de las cosas, antes arreglábamos el problema entre nosotros y todo quedaba en casa, hoy día tienes mucho riesgo a que te denuncien", etc.

Para la elaboración de la miel, se recogen los panales en un balde o cualquier otro recipiente y se calienta todo junto en una cacerola grande, con un poco de agua en la base para que no se queme. Una vez caliente queda licuoso y fácilmente maleable, se prensa con la mano hasta formar una bola que se pasa después por un paño, tamiz o en algún caso inusual, una prensa rudimentaria, de modo que la miel limpia queda a un lado y al otro, la cera e impurezas. Una vez separada la miel, se conservaba en tarros o en una tinaja de barro, para el consumo diario, que muy habitualmente se hacía de la miel sola en un plato y a cucharadas, con pan, con queso y con las capas gruesas de nata que se formaban en la leche de vaca, que batían con la embarnia (batidor de barro). Esto lo hacían a menudo y lo recuerdan con placer. Alvarito, de Población de Arriba, que de 55 años de edad, cuenta cómo este invierno pasado "me quité un resfriado en cuatro días, a kilo de miel por día". La cera que quedaba en el cedazo la aprovechaban para hacer velas, como recuerdan dos paisanos en La Serna (emigrantes de más de 50 años, que pasaron su infancia y juventud en el pueblo, y que regresan con el verano): "se calentaba la cera en unas planchas, para hacer así, finas tortas muy decorativas, y que aún calientes se enrollaban sobre una torcida [mecha elaborada con retales de trapo] dando forma a la vela".

Hoy día, la elaboración de la miel está tecnológicamente más avanzada; se tratan los panales en una prensa eléctrica y automática, que centrifuga el producto, separando así la miel de la cera. Este tratamiento es exclusivo para los panales de las movilistas, y muy dificultoso por no decir imposible con los panales creados en los dujos. Esta miel se envasa para el autoconsumo de la casa o familia, o para la venta (al precio de más o menos a 1.000 pts./ kg.); y la cera que aunque hay quién la reutiliza para hacerse sus propios panales artesanalmente, por lo general se vende a muy bajo precio a las asociaciones de apicultores a cambio de nuevos panales ya fabricados y listos para instalar en las nuevas y modernas colmenas, las movilistas.

EL ENJAMBRE Y EL ENJAMBRAR

El enjambre o enxambre, como le llaman muchos mayores del valle, es el grupo de abejas (obreras y zánganos) caracterizado por su forma de racimo, que con su abeja reina salen de la colmena para fundar otra nueva colmena o casita -como las llama Antonio [de 70 años y de Ruijas] repetidas veces a las nuevas colmenas-. Para este desplazamiento aprovechan el buen tiempo del verano. Generalmente "salen por estas fechas, entre San Juan y San Pedro, y son los mejores", aunque depende de la climatología. Estos enjambres, salvo excepciones, no suelen trasladarse muy lejos buscando su nueva casita, quedándose alrededor del colmenar, en lugares tan característicos como la rama de un árbol, una prominencia de una roca, el hueco alto de una vivienda, etc., o incluso otra colmena vacía, y que a veces está puesta con ese propósito. Tras alimentarse bien para el viaje, primero se adelanta un pequeño grupo explorador hasta encontrar un lugar ideal; luego le sigue el resto del grupo con la nueva reina.

Y aquí es donde el hombre interviene de nuevo, pues está bien pendiente de estos desplazamientos para enjambrar o capturar los nuevos enjambres que están fuera de las colmenas, o provocar la salida de este enjambre de su colmena, cuando está muy poblada. El dueño visita con tesón la colonia para observar los nuevos enjambres que salen de las colmenas y que permanecen en el nuevo sitio no más de uno o dos días. Estas visitas, son aprovechadas para hacer alguna labor de cuidado y mantenimiento en el colmenar. Según me cuentan vecinos de Población de Arriba, "era costumbre subir los mediodías a la colonia a echarlas un vistazo, y ver si dejaban las colmenas, o se iban a otras. Había siempre gente por el campo, y nos conocíamos todos, era más fácil otear los enjambres", avisándose entre unos y otros si se formaban nuevos enjambres. La formación de un enjambre se manifiesta con la acumulación, alboroto y zumbidos de abejas en la piqueta de la colmena que abandona, o al ver el nuevo enjambre ya posado o incluso volando unidas, en un grupo muy numeroso. El hombre en estas idas y venidas lleva consigo el escriño (término también usado para otros tipos de cesto, como por ejemplo para guardar el grano o nasas de pesca), también llamado cesta de abejas, que es un cesto alargado, con un extremo o boca abierta y la otra cerrada, sobre la que se fija una cuerda o pita a modo de asa por donde agarrar o colgar el cesto y que puede ser de varios tamaños. Está tejido en la casa artesanalmente, con pajas de centeno, mimbre joven, zarzas (que se abrían por la mitad para hacer pértigas) y salcido o saucido (pequeñas ramas de sauce silvestre crecido a las riberas del río). Y acompañando al escriño, el ahumador, del que ya he hablado anteriormente.

Estos utensilios que se continúan usando para enjambrar, se utilizan en las siguientes operaciones de la siguiente manera: tras ver un enjambre ya formado y posado, se pone el escriño o trampa sobre él sin llegar a posarlo; entonces no hay más que esperar a que ellas, poco a poco y por sí solas se vayan introduciendo en el cesto, engañadas ya que piensan en él como en una nueva colmena, haciendo del escriño su nueva "casita", hasta que finalmente entra la reina con el resto de las abejas, llegándose a llenar en ocasiones, por lo numeroso y grande del enjambre.

Hay quien pone en el interior del escriño un cebo de hierbas, flores aromáticas (como una ramita de poleo), miel, aguamiel, o azúcar, para atraer a la abeja y acelerar el proceso; ésta elección personal depende de la experiencia y las prisas que se tengan. Cuando el enjambre está en lugares altos y de difícil acceso, se usa el varal, o vara larga (de entre 2 y 5 mts.) de madera, con un extremo tallado en forma de V, que hace las veces de gancho, y se usa para colgar de él la cuerda que fija el escriño, y alzar éste hasta el enjambre. Y es aquí en esta operación y a elección del "cazador", donde se usa la humadera, no como protección, sino para que al exhalar humo en dirección del enjambre, acelerar el desplazamiento, incorporándose rápidamente las abejas al escriño. Otra alternativa es dejar fijado o atado el escriño sobre el enjambre, para volver más tarde (pasadas unas horas, o esperar al atardecer, que es cuando están más tranquilas) a recogerlo, ya habitado por ellas voluntariamente. Cuentan varios casos de personas de haberse encontrado algún enjambre en su transitar por el campo, y haberlo capturado y llevado a su colmena del mismo brazo colgado, sin protección alguna.

Una vez ocupado el escriño con el enjambre, y cubierto con un saco para el transporte, se traslada hasta la nueva colmena. En el caso del dujo, se instala una rampa de madera, metálica o tela, a ser posible blanca, desde la piqueta y en caída hasta el suelo, que es donde se deja y vuelca de medio lado el escriño, y poco a poco se va adelantando un pequeño grupo, que por si sólo va saliendo del cesto en fila ordenada hasta la entrada de la colmena, camino que sigue el resto acompañando a la reina, tras el aviso del primer grupo explorador mediante una simbología comunicativa de gestos (que forma parte de su complejo y rico lenguaje de comunicación), para confirmar el traslado a la nueva colmena, donde empezarán pronto a elaborar los panales de miel. Hay quien tras dejar el escriño sobre la rampa, lo golpea para empujar a las abejas y acelerar así el traslado. Todas estas labores las hacen usualmente sin protección alguna, salvo, como en otras operaciones y ocasiones, la ayuda del ahumador.

En relación con el enjambrado, está el venturero, palabra asignada a la persona que se dedica al pillaje o robo de enjambres, mediante la colocación de trampas, también denominadas ventureros, utilizando colmenas o escriños, para atraer a los enjambres con reclamos o cebos que se ponen en su interior, y se instalan cerca de las colmenas y colonias ajenas. Y una vez capturado se transporta a colmenas de su propiedad. Casos muy aislados se producían cuando "te han colmenao", manera de robo entero del producto, matando antes a las abejas, ahogándolas con agua dentro de la misma colmena. El venturero siempre fue un personaje problemático y rechazado en el valle, y el origen de muchas disputas entre pueblos y familias del mismo. En la actualidad está más controlado, por una normativa legal de fuertes sanciones, reglas de ubicación y señalización, con la prohibición de instalar estas trampas a menos de 1.000 metros de una colonia ajena a su propiedad.

EVOLUCIÓN

La apicultura tradicional dentro de la actual dinámica cultural, evoluciona en el tiempo, como respuesta a unas exigencias, características y objetivos que difieren del pasado.

Si en principio era parte de una agroalimentación que aporta un enriquecimiento energético a la dieta, donde se aprovecha todo para uso doméstico y con unos procesos de fabricación, manutención y elaboración artesanales, donde las colmenas se instalan en la mayoría de las ocasiones anexas a la vivienda, o en ella (casa, huerta o corral), sufre una transformación cultural en su organización y distribución, con un interés y significado diferente. Ello origina una metamorfosis material y funcional en los tipos de colmena tradicionales.

Varias son las razones que causan el abandono de los hornillos y el decaer de los dujos, hoy explotados de forma residual y usados principalmente para crear enjambres (por sus características físicas, pues reúne mejores condiciones de protección y aislamiento y de mayor espacio para los enjambres) y trasladarlos a otras colmenas.

Estos modelos de colmenas tradicionales para la explotación apícola, dujo y hornillo, son desplazados para ser sustituidos por otro, la movilista, un tipo de colmena moderna más económica, rentable, cómoda, práctica y adecuada para una nueva normativa de control social. Se adapta a unas nuevas exigencias de la apicultura, que ambiciona desempeñar un papel suplementario a una economía familiar, llevada a cabo por pocos, pero con colonias más numerosas, para aumentar la producción sin llegar a perder calidad. Otros factores de cambio acompañan a estos nuevos objetivos: una mayor comodidad en el trabajo, más despreocupación por su cuidado y mantenimiento, mejor aprovechamiento y organización del espacio, más facilidad en la elaboración del producto con la centrifugadora eléctrica (por la dificultad del tratamiento del panal del dujo), menor riesgo de daño a los panales y de muerte a las abejas cuando se realiza la cata y saneamiento, menor susceptibilidad hacia las enfermedades y más facilidad para combatirlas, y por último unas leyes comunitarias que protegen a una comunidad, prohibiendo tener colmenas a menos de 100 metros de una zona habitada y a menos de 60 de una carretera (B. O. de Cantabria del 18/3/1986). Motivo éste último fundamental del abandono y ocultación de los últimos hornillos y la supervivencia de los últimos dujos, lejos de la vecindad, que se continúan explotando.

Con las movilistas aparece un nuevo modelo subcultural de "trashumancia", con el transporte en furgoneta durante el invierno, de las abejas en las colmenas (aprovechando que están adormecidas), a las zonas costeras buscando climas más suaves, con alimento disponible, para una mayor y mejor producción.

Desaparece una cultura y nace otra a su sombra, acompañada de unos nuevos objetivos, tecnología, ideología, organización, normativa e instituciones (asociaciones, leyes, subvenciones, etc.), que forman parte de los rasgos que modelan la cultura social de unas gentes.

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BIBLIOGRAFÍA

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Publicación del Instituto de Etnografía y Folklore. Hoyos Sainz, Instituto Cultural de Cantabria.

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El Valluco, revistas locales del colegio público comarcal Virgen de la Velilla.