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AMAS DE CRIA, CAMPESINAS EN LA URBE

FRAILE GIL, José Manuel

Publicado en el año 1999 en la Revista de Folklore número 221.

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La imposibilidad física de criar al recién nacido, o el deseo de conservar la figura, cediendo a las veleidades de la moda, impulsó a muchas madres de antaño a buscar quien a sus pechos sacase adelante la progenie. Surge entonces, por necesidad o capricho, la figura de la nodriza, que ha sido estudiada sobre todo en su papel de ama de cámara cuando estuvo al pie de las cunas reales (1).

Pero ahora intentaremos nosotros hablar del lugar que estas campesinas tuvieron entre la nobleza y alta burguesía de nuestras ciudades, especialmente en el período que delimitan la época Isabelina y el Desastre Civil que terminó en 1939. En estos años se tuvo a la nodriza más por un exponente de la bonanza económica que ostentaba la familia, que por un auténtico dispensario de beneficios para la salud de sus retoños. Por ello se la vistió, se la alhajó y, sobre todo, se la consintió hasta extremos que hoy parecen inverosímiles entre clases sociales entonces tan distantes. Ya Teófilo Gautier, al visitar la Corte en 1840, observó que: tener una pasiega con su traje es una especie de lujo semejante a llevar un «Klepta» en la trasera del coche (2). En sus palabras encontramos uno de los tópicos que aflorarán de continuo en cualquier enciclopedia, geografía, diccionario o texto de todo género donde aparezcan las palabras ama o Pas; y es que durante años se tuvo a cualquier nodriza por pasiega, y pensóse que todas las pasiegas andaban desparramadas por España criando a sus pechos los rorros de los señores. Pero incluso en la Real Casa, no se buscaron amas en aquel valle cántabro hasta el nacimiento de la nena que luego fuera Isabel II. Desde finales del siglo XVI hasta 1830, las amas reales se habían ido buscando entre las señoras nobles y, muy poco a poco, en los alrededores de Madrid, en La Mancha y, ya por los médicos de Cámara, especialmente en las aldeas burgalesas. En julio de 1830, Fernando VII de su puño y letra escribía este volante: Hoy 3, Blasco, quiero que el día 10 salga de esta Corte para Santander y su provincia el médico Aso, y Merino, el de la Veeduría, para escoger un ama para lo que dé a luz mi muy amada esposa. F. (3). De aquellas pesquisas resultó elegida Francisca Ramón de Peñacastillo, en los Cuatro Lugares, de 21 años, y en un segundo viaje, destinado a buscar ama de retén, se eligió a Josefa Falcones, de 19 años, natural de Torrelavega.

Estas jóvenes madres, que por supuesto debían venir avaladas por un completo informe médico y otro moral, no menos exhaustivo, que redactaba el cura de su aldea, llegaban a la Corte y allí quedaban depositadas en la llamada Casa de Amas, que desde el reinado de Felipe V estuvo situada en un ala del Real Palacio (anteriormente se depositaban en casa de aposentadores o personas de fiar). Esta Casa de Amas se trasladó en octubre de 1851, y estuvo allí hasta La Gloriosa de 1868, a uno de los pabellones reservados a la familia real en el Sitio del Buen Retiro, concretamente el que llamaban La Pajarera. La frecuencia con que parían las reales hembras, hizo que en algunas épocas conviviesen juntas varias de estas mujeres, bajo el imperio de la que llamaban rectora de amas. Con sus niñitos pasarían allí los meses esperando ser llamadas a Palacio, y más tarde volverían a sus pueblos pensionadas y preñada la memoria de multicolores recuerdos. Las llamadas a Palacio recibirían jubilación más alta y sus niños, que solían criarse en el terruño a pechos de ama más módica, hermanos de leche de reyes, príncipes e infantes, se vieron muchas veces beneficiados con prebendas, pensiones y oficios. Ya de vuelta, llevarían con ellas el baúl claveteado con su ropa blanca y los tres trajes de ama que eran de rigor: el de gala, el de media gala y el de diario. Hay una curiosa anécdota que resulta ilustrativa a este respecto; una de las nodrizas que amamantó a D.a Eulalia de Borbón, —l'enfante terrible, hija de Isabel II— traída a Madrid desde Burgos para tal menester, recibió siendo ya muy anciana la visita de la infanta Paz, otra hija de aquella reina. Corría el año 1917; el Alcalde de Burgos por aquellos años, relata la escena en estos términos: En su casa recibió al siguiente día por la mañana la muy honrosa visita. Tuvo la ocurrencia feliz de presentar extendidos sobre la mesa del comedor sus trajes de nodriza que cuidadosamente conservara más de medio siglo. Imposibilitada y casi ciega como estaba, conmovida la ancianita ante Su Alteza, se abrazó a ésta y lloraban y se besaban y evocaban juntas a la Reina D.ª Isabel y aquellos días inolvidables pasados en palacio y Sitios Reales cuando la infanta Paz era una niña testigo de la crianza de su hermana (4).

Como corresponde al momento histórico en el que estamos, y por su condición de mujer, tenía la real nodriza que venir provista de la autorización que el marido debía darle. El de la burgalesa que ya conocemos, Juan Ontañón, de 25 años, natural y residente en Carazo, labrador de buena estatura; el tiempo que tiene desocupado de las faenas del campo trabaja de carpintero, extendió de su puño y letra la siguiente: Como esposo que soy de Andrea Aragón, la doy gustoso mi consentimiento para que se traslade a Madrid para servir de ama de lactancia del infante o infanta que dé a luz Su Majestad. Y para que conste, lo firmo en Burgos a 3 de enero de 1864.

Pero sin quererlo, y por seguir el rastro de las primeras pasiegas que a Madrid vinieron, hemos tratado ya mucho de infantes y de princesas. Veamos qué sucedía en casa de los pudientes cuando se llegaba un parto. En 1830 el médico Aso —el que Fernando VII envió a Santander por vez primera- colocó junto al expediente de una de las candidatas a ser nodriza real el siguiente epígrafe que la descartaba: por haber criado en Madrid. Y aunque sabemos que ya en el siglo de las luces se fue haciendo habitual la figura del ama, esta acotación del médico Aso viene a confirmarnos cuánto se preciaban ya entonces las de origen septentrional. Mesonero Romanos se refiere a este hábito que las clases acomodadas iban tomando de buscar ama, cuando en 1835 dice: Si consideramos al hombre en general, debemos suponer que este hombre ha sido niño, y ha necesitado vacunación, a menos que haya transigido con las viruelas; ha necesitado nodriza, siempre que su madre no haya pertenecido a la plebe (5). Dos años después, insiste el escritor madrileño en que la costumbre se va afianzando, con el cambio generacional, entre las clases elevadas; escribe en Ayer, hoy y mañana: Cap. II La Madre....Dos hermosos niños vinieron sucesivamente a endulzarla. Criábalos ella misma por no haberse establecido aún la funesta moda que releva a las madres de este sublime deber; vivía con ellos y para ellos y sus gracias inocentes casi la llegaron a conciliar con unos lazos que antes miraba como tiránicos y opresivos. Cap. III La Hija....Así que nuestra joven mamá, en los primeros momentos de su entusiasmo casi estuvo determinada a criar por sí misma a su hijo, y como que sentía una nueva existencia al aplicarle a su seno y comunicarle su propio vivir. Pero la moda, esta deidad altiva que no sufre contradicción alguna de parte de sus adoradores, acechaba el combate interior de aquella alma agitada, y apareciendo repentinamente sobre el lecho mostró a su esclava la seductora Faz, y con voz fuerte y apasionada: ¿Qué vas a hacer -la dijo- joven deidad? a quien yo me complazco en presentar por modelo a numerosos adoradores. Vas a renunciar a tu libre existencia, vas a trocar tus galas y tus tocados, tus fiestas y diversiones, por esa ocupación material y mecánica que ofuscando tu esplendor presente compromete también las esperanzas de tu porvenir. Ignoras los sinsabores y privaciones que te aguardan, ignoras el ridículo que la Sociedad te promete, ignoras en fin, que tu propio esposo acaso no sabrá conciliar con tu esplendor, ese que tú llamas imperioso deber, y acaso, viendo marchitarse sus gracias...No digas más, prorrumpió agitada Margarita, no digas más. Y la voz de la Naturaleza se ahogó en su pecho. Y el eco de la moda resonó en los más recónditos secretos de su corazón. Impulsada por este movimiento, tira del cordón de la campanilla y llama a su esposo, el cual sonreía a la propuesta y conferencia con ella sobre la elección de madre para su hijo. Cien groseras aldeanas del Valle de Pas vienen a ofrecerse para este objeto. El facultativo elige la más sana y robusta, pero la mamá no sirve a medias a la moda y escoge la más linda y esbelta. Al momento, truécanse su grosero zagalejo en ricos manteos de alepín y terciopelo con franjas de oro; su escaso alimento en mil refinados caprichos y voluntarios antojos; y cargada con la dulce esperanza de una elegante familia, puede pasearse libremente por calles y paseos y retozar con sus paisanos en la Virgen del Puerto y disputar con sus compañeras en la plazuela de Santa Cruz. De esta manera pudo ser madre Margarita y multiplicar en pocos años su descendencia, llenando la casa de Carolinas y Ruberos, Amalteas y Paramundos, con otros nombres así (6).

El querido lector sabrá disculpar lo prolijo de la cita, pero en ella encontramos condensados todos los aspectos que sobre la nodriza, aunque sea de pasada, queremos ir revisando en el breve espacio de este artículo. Su razón de ser: ¿necesidad o capricho?; procedencia de las nodrizas: ¿ciudad o campo?; criterios para su elección: ¿médico o estético?; su atavío: ¿propio o profesional?; su estatus: ¿simple asalariada o consentida?; y aún otros detalles como los puntos de arribo y de reunión que frecuentaban.

Se ha hecho siempre hincapié, y el texto de Mesonero no es una excepción, en que buscando ama se excusaba a la madre de una brega continua que, a la postre, desfiguraba sus senos; pues dice el proverbio que El parir embellece y el criar envejece. Pero no es menos cierto que el período de lactancia, prolongado por regla general durante dos y hasta tres años, era el único control que sobre la natalidad podían ejercer los padres que se dedicaran con fruición a preservar la especie. Así, Margarita pudo cómodamente multiplicar su descendencia. Los pobres se empeñaban en alargar por ello esta primera etapa en la vida de sus hijos; pues los niños, armados ya de dientes y pidiendo teta a voz en cuello, eran los encargados de evitar la llegada de un hermanito que engrosando la prole, comería también del puchero familiar.

Por el contrario, engendrar hijos era para la realeza un reto constante, pues de ello dependía que se perpetuara o no la dinastía en el trono. La multitud de cadáveres infantiles que descansa hoy en el Panteón de Infantes de El Escorial da fe de ello; diríase que una sorda batalla entre la vida y la muerte mantenía siempre abiertos la cuna dorada y el blanco ataúd. Margarita de Austria, primera y única esposa de Felipe III, parió ocho hijos entre 1600 y 1611; Isabel de Borbón, desde 1621 a 1638 concibió ocho veces a expensas del rey galante, Felipe IV; la sobrina y segunda mujer de éste, Mariana de Austria, alumbró seis hijos en diez años. La casa de Borbón no fue menos prolija a este respecto; el primer rey de este apellido, Felipe V, tuvo de primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya, cuatro vástagos entre 1707 y 1713. Casado en segundas nupcias con Isabel de Farnesio, le dio la italiana otros siete hijos en los años que van de 1716 a 1729. La reina Amalia de Sajonia, venida desde Nápoles con Carlos III, tuvo en Italia trece partos entre 1740 y 1757. Su nuera, María Luisa de Parma, la esposa del paciente Carlos IV, alumbró trece veces (con un único y sonoro doble parto en la real familia) entre 1771 y 1794. Y, para acabar, la de los tristes destinos, Isabel II, parió nueve infantes en quince años; y así un largo etcétera que se prolonga en la historia hasta que el triunfo de las vacunas y la higiene hizo que el porcentaje de infantes muertos se redujera al mínimo. Como dijo el doctor Marañón: Siendo tradición en las mujeres españolas ser madres, parir hasta la muerte, y más en las reinas para asegurar la egregia sucesión (7), no resulta extraño que la mayor parte de estas regias cluecas murieran de sobreparto o completamente agotadas con tanta maternidad, sobre todo si tenemos en cuenta que empezaban a parir en cuanto apuntaba en ellas la edad fecunda.

Las nodrizas se buscaron generalmente en el ámbito rural. La Casa de Austria, y después la de Borbón, eligió mujeres ya de la misma Corte, después de sus alrededores; y así como se expanden las olas de un estanque herido por la piedra, llegaron en su quehacer los reales médicos hasta las Provincias Vascongadas, Asturias, Galicia...y Cantabria. Diríase que las montañas eran para aquellos galenos un certificado de salubridad. Resulta curioso que cuando salieron éstos a buscar amas para la infanta Eulalia, de la que ya hemos hablado, colocasen junto al expediente de Petra Rodríguez, de 23 años, nacida en el barrio de San Pedro del mismo Burgos, un podría servir, pero es mujer de ciudad. Y ya antes, en 1851, en una de las más antiguas monografías que se han dedicado a la nodriza, decía Bretón de los Herreros: pero haya pacido las hierbas del Septentrión o las del Oeste de la Península, es forzoso que la nodriza sea montañesa para aspirar a la honra de dar teta al mamón que nació en dorada cuna (8). Poco a poco se fue estableciendo una valoración de las amas según su procedencia; a la cabeza las pasiegas, y en general las santanderinas, después las vascas, asturianas, gallegas... hasta el punto de que muchas aldeanas intentaron hacerse pasar por originarias de aquel Valle para elevar así su estatus dentro del oficio. Como veremos más adelante, al institucionalizarse el traje semiprofesional que llamaremos de ama-pasiega, éste se dio incluso a mujeres que, carentes ya del castizo traje de su comarca, veían en aquel atuendo un elegante gaje de su temporal ocupamiento (vid. fig. 1).

Respecto a las condiciones que la madre de leche debía reunir, tenemos un antiguo documento que regula las características de una nodriza real en época del Rey Sabio: facer debe el rey guardar sus fijos los que primeramente deben facer esta guardia ha de ser el rey e la reina. Deben haber buenas amas que hayan leche asaz (abundante) e sean bien acostumbradas e sanas e fermosas e de buen linaje e de buenas costumbres e señaladamente que non sean muy sañudas. Ca si hobieren abundancia de leche o fueren ben complidas e sanas crían los niños sanos e recios, e si fueren fermosas e apuestas amarlas han más los criados que habrán mayor placer cuando las vieren, e si non fueren sañudas criarlos han más amorosamente e con mansedumbre que es cosa que han mucho menester los niños para crecer aína (deprisa) (9).

Tan importantes como las condiciones físicas se juzgaban las morales a la hora de seleccionar ama. Teníase por artículo de fe el que con la leche tomaba el niño las virtudes y defectos de la que lo alimentaba. Dícese que lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama; y ya de muy antiguo tenemos citas que atestiguan este cuidado. La picara Justina cuenta que: Una ama ladrona crió con su leche a un emperador, y salió tan inclinado a hurtar que por satisfacer su inclinación hurtaba. Pero para remediar este daño pregonó el emperador que cuando se hallase faltar alguna hacienda mueble algún cortesano, la primera diligencia que hiciese la justicia fuese buscarle en su imperial palacio (10). Años después, El Donado Hablador Alonso aseguraba que la bárbara condición del emperador Nerón se debió a que la nodriza que lo amamantaba untábase con sangre los pechos antes de alimentarlo; a lo que responde el cura que con él dialoga: También yo me acuerdo de haber leído una mala costumbre de un mozuelo a quien crió una lechona, que no tenía sosiego, ni cabía en sí si cada día no se desnudaba y se metía en algún cenagal, costumbre que tomó de quien le dio la leche, cosa que causaba grande admiración a cuantos lo veían.

ALONSO: Bien se conoce esta verdad en los católicos príncipes nuestros que Dios guarde, pues entre las condiciones que ha de tener el ama que los ha de criar, ha de ser que no beba vino, ni lo haya bebido en ningún tiempo (11). Hasta tal punto estuvo arraigada esta convicción, que a mediados del siglo XVIII no se dudó en achacar la epilepsia que padecía el primogénito de Carlos III, el infante Felipe Pascual, al hecho de haber mamado de su nodriza cuando ésta acababa de mantener una acalorada disputa (12). Y hasta los últimos tiempos en que las amas brindaron sus servicios en las casas acomodadas, se tuvo buen cuidado de no incomodarlas, de consentirlas más bien, con cuantos caprichos de toda índole, gastronómicos o de adorno personal, solicitaban. Esta actitud consentidora por parte de los señores acarreó a las nodrizas muchas veces el odio del resto de la servidumbre que no dudó en valerse de cualquier medio para retirar la leche del ama y conseguir que se la despidiera. Una aldeana pasiega, nieta y sobrina de amas, afirmaba que las echaban perejil en la comida pa que se les marchara la leche (13).

Si la Casa Real tuvo desde el siglo XVIII un gabinete médico destinado a la selección y control de las nodrizas reales, no fue hasta mediados del siglo XIX cuando las juntas municipales instituyeron este servicio para supervisar la salud de las numerosas aspirantes que cada día venían a la ciudad desde la aldea. PEREZ Galdós nos relata el ambiente en uno de estos consultorios instalado en el Gobierno Civil de Madrid: Quedeme pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver el escuadrón mamífero alineado en los bancos fijos en la pared, mientras dos facultativos, uno de los cuales era Miquis, hacían el reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi primer pensamiento fue para considerar la horrible desnaturalización y sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una combinación de desgracia y pobreza, fueron a tan indignos tratos. Las había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos o arrimados; rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad y la expresión de astucia; era la escoria de las ciudades mezclada con la hez de las aldeas. Vi pescuezos regordetes con sartas de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana, mucho pañuelo rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía, refajos de paño negro, redondos, huecos, inflados, como si ocultaran un bombo de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y pies descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros; como inscripción ornamental el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa que cantar, cantó la nodriza y la llamó "lugarteniente del pezón materno".

Entraban personas que, como yo, iban en busca del remedio de un niño, y se oían contrataciones y regateos. Había lugarteniente que elogiaba su género como un vinatero el contenido del pellejo. Había exploraciones de que, en otro lugar, se espantaría el recato. Curioso de durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo; y como en el mercado de caballos, se decía: Veamos los dientes; y se observaban el aire, la andadura, el alzar y mover las patas (...). En un lado el facultativo examinaba areolas, en otro Miquis, después de rebuscar vestigios, y poniendo en él la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto a una ventana al trasluz la delgadísima lámina líquida entre cristales extendida. En esta toda es agua, decía; esta tal cual, mayor cantidad de glóbulos lácteos... (14).

Si recordamos el texto de Mesonero, que nos va sirviendo como hilo de Ariadna, triunfó entonces, a pesar del criterio médico, el gusto de la mamá nueva, que quería ante todo un maniquí esbelto donde colocar el recargado traje de ama. Este exótico atavío debió tener por asiento el traje tradicional que las serranas burgalesas y, más tarde, las aldeanas cántabras, traían a la Corte cuando a criar venían. Sustituidas las gruesas estameñas por lustrosos paños, y recamadas las prendas de relumbrantes galones y anchas cintas de terciopelo, quedó conformado el paramento en el que poco a poco se irían añadiendo caídas y perifollos a más de una sonora cascada compuesta por blancas cadenas y encendidos corales.

Lentamente los vestigios del campo se difuminan o pierden. El pañuelo o la toca, que antaño debieron de cubrir por completo el pelo, se van apuntando, como un cucurucho de seda multicolor que se alza sobre el colodrillo, coronando ya el arranque de la endrina trenza, ya el moño zorongo (vid. fig. 2). El cuévano, donde las primeras pasiegas traerían su cargamento de terlices y cortes para chaleco, fruto del contrabando textil al que tanto se dieron (15) exiguo equipaje, queda pronto relegado a la estampa del recuerdo; y, como tantos usos y objetos folklóricos, se ve ya sólo en la espalda de los niños en tiempo de carnaval. De la lozana pasiega, portadora de un recio cuévano, que pintara Lorenzo Tiépolo (1696-1770) en su serie de tipos populares para el Palacio de Oriente, no quedaba a comienzos de este siglo más que la imagen que debemos a la pluma de Solana: Por la noche hay grandes bailes de máscaras en los teatros principales de Madrid, y muchas se meten, ya sin careta, en los cafés, viéndose junto a sus padres algunos niños vestidos de pierrot. Una niña, disfrazada de ama montañesa, con el cuévano a la espalda y con almadreñas, toma un vaso de leche (16).

Podemos afirmar que hacia 1850 estaba ya configurado el traje de ama-pasiega tal y como subsistió hasta la Guerra Civil (17), y tal y como lo recuerdan aún muchas personas que, siendo niños, quedaron impresionados por aquel lujo asiático tan discordante con los talles bajos y los peinados a lo garçon que portarían sus madres. Allí donde las viera Gautier, en el Prado madrileño, entre Cibeles y Colón, pasearon las amas la ampulosidad de sus manteos, la gracia de sus chaquetillas y la opulencia de sus primitivas joyas, hasta casi los años cuarenta del siglo que ahora nos deja; bajeles empavesados las llamó entonces Chueca Goitia (18).

Pero no todas las amas adoptaron el traje que hemos descrito. Muchas de ellas, orgullosas aún de portar la vestimenta propia de su tierra, seguirían llevándola -enriquecida, eso sí- al traer su domicilio desde la aldea a la calle urbana. Pongamos como ejemplo la salmantina (fíg. 3), la mallorquína (fig. 4) o la aldeana madrileña que no quiso trocar su pañuelo del ramo por la ajustada chaquetilla (fig. 5). Incluso el ama que, vestida a lo pasiego, acompaña al niño del caballito (fíg. 6), anuda el pañuelo con que se toca más a la manera del occidente astur-leonés que a lo vivo, como lo haría una montañesa. Nada hay que decir respecto a la arrogante segoviana que, tras haber posado su montera en un azafate, muestra altanera la galanura de su atuendo (fíg. 7) (19).

Pero volviendo al recamado traje de ama-pasiega, y para hacer su pintura, recurriremos a las descripciones de aquel tiempo, muchas de las cuales son obra de nuestros grandes costumbristas. En 1856 el letrista Luis Eguilaz escribió un libreto al que más tarde pondría música Fernández Caballero; entre ambos alumbraron la zarzuela titulada El salto del pasiego. En ella Eguilaz hace esta graciosa evocación del traje que ahora nos interesa: Con mis patenas de plata / y sartales de coral, (señalándose el pecho) / saya con franjas doradas, / pecherín y delantal / bordados de lentejuelas / y grandes lazos atrás, / con hebillas en zapatos / que crujan mucho al andar, / las medias con sus cuchillas / que a la pierna hagan mirar / y pañuelo a la cabeza / que diga: Valle del Pas, / de envidia las madrileñas / al verme se morirán (20).

En 1882 el novelista canario comenta por boca de El amigo manso: Ella había buscado el ama y la había vestido poniéndole más galones que a un féretro, collares rojos y todo lo demás que constituye el traje de pasiega (21).

Pocos años después, la Pardo Bazán, una de las pocas defensoras de nuestra protagonista, hacía este abigarrado retrato de un ama: Nos deslumbra el rojo fuerte de las sartas de coral, nos ciega el azul de las cuentas de vidrio y el relucir de las arracadas de filigrana pendientes de rollizas orejas. Nos recrean los tonos gayos de pecheras y justillos, la majeza de las amplias sayas de ruedo galoneadas y del pañuelo de seda que cubre la trenza dura de la pasiega beldad (22).

Y ya, en 1923 decía Gutiérrez Solana al hablar del Carnaval madrileño: En la calle de Genova se ve en las casas a las señoras asomadas a los balcones, acompañadas de sus hijos y las amas de cría, gallegas y montañesas con lujosos trajes de terciopelo y muchos collares de coral y monedas de plata y oro cayéndoles hasta la cintura (fig. 8).

Todas estas descripciones, fotografías y cuadros, recuerdos en fin guardados en la memoria, coinciden en destacar la nota de color rojo que ceñía la garganta de la nodriza y aún caía por su pecho hasta alcanzar la cintura. Ya en La desheredada, ambientada en 1870, decía la protagonista extasiada ante las lindezas de un escaparate: Pisaré esas alfombras, las amas de cría de mis niños llevarán esos corales (23). Si bien es cierto que los corales fueron y son adorno propio de las serranas y montañesas, no parece desatinado afirmar que, si se perpetuaron y aun aumentaron en tamaño y número estas sartas en el traje de ama-pasiega, fue también por una ancestral creencia que hace de los corales uno de los más eficaces antídotos contra el mal de ojo en los niños. Los numerosos cuadros que representan a infantitos de la casa de Austria en edad de lactancia, nos los muestran cargados de amuletos entre los que no falta nunca el colorado pólipo. Un curioso retrato de Ana de Austria, luego reina de Francia por su matrimonio con Luis XIII, nos la muestra muy niña llevando, según Tormo: delantal y gran cuello levantado con randas; embraza una rama de coral con la mano derecha, que muestra, como la izquierda semicaída, muchas sortijas. Al pechito, como retablo, penden cruces y relicarios; y de la cintura cuelga la alegría de la campanilla, el cuerno y el sonajero y la superstición de la mano de azabache haciendo la higa (24). En 1611, al publicar Covarrubias su diccionario, insiste en esta idea al comentar la palabra aojar: ...hoy día se sospecha que en España hay en algunos lugares linajes de gentes que están infamados de hacer mal poniendo los ojos en alguna cosa y alabándola, y los niños corren más peligro que los hombres por ser ternecitos y tener la sangre tan delgada, y por este miedo les ponen algunos amuletos o defensivos y algunos dijes, ora sea creyendo tienen alguna virtud para evitar este daño, ora para divertir al que mira, porque no clave los ojos de hito en hito al que mira. Ordinariamente les ponen mano de taxugo, ramillos de coral, cuentas de ámbar, piezas de cristal y azabache, castaña marina, nuez de plata con azogue, raiz de peonía y otras cosas (25). Filigranas y corales acabaron siendo, en el ámbito urbano, adorno exclusivo de las nodrizas, dando lugar a comercios especializados donde adquirir estas alhajas. Solían componer el aderezo de un ama varias cadenas de plata, unas sencillas y otras con monedas soldadas en su derredor; al extremo de la más luenga colocaban muchas veces una Virgen del Pilar hecha en bulto redondo, al estilo de la que las ansotanas de Huesca ponen al pecho. La garganta se ceñía ya por apretado collar hecho con monedas escalonadas, ya por gargantillas rojas, y a veces por ambos adornos. Los pendientes se formaban con tarines o realitos de plata, soldados en grupos de cuatro o cinco, o por tres esferas de filigrana de tamaño creciente que horadaban las orejas con abiertos y agudos ganchos. Un par de agujones gruesos, rematados por esferas de filigrana, a juego con los pendientes, servían para prender el airoso pañuelo del que partía a veces una larga y lustrosa trenza (fig. 9). Aún hoy queda en el corazón de Madrid un viejo establecimiento que, en plena calle Mayor, ostenta el rótulo de Las amas de cría (26). PEREZ Galdós nos da de nuevo los informes que precisamos para documentar esta práctica en el Madrid de 1870. En Fortunata y Jacinta se establece este diálogo entre Barbarita y su criado Estupiñac:

- Señora, señora. Ayer y anteayer entró el niño en una tienda de la Concepción Jerónima donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de cría.

- ¿Y qué?

- Que pasa allí largas horas de la tarde y de la noche. Lo sé por Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargado que esté con mucho ojo.

- ¿Tienda de filigranas y de corales?

- Sí, señora, una de estas platerías de puntapié que todo lo que tienen no vale seis duros.

- No la conozco.

- Se ha puesto hace poco, pero yo me enteraré.

Aspecto de pobreza; se entra por una puerta vidriera que también es entrada del portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice "Especialidad en regalos para amas" (27).

Las aspirantes a ser ama en la ciudad entraban en ella ya a pie, ya en carruaje -según fueren sus posibles- y, cuando traían acomodo, pasaban directamente a casa de sus nuevos amos. Si no traían destino concreto, y eso era lo frecuente, solían parar en un punto que por tradición ya se había establecido. En la Corte fue este sitio al menos por dos centurias, la plaza de Santa Cruz. En el siglo XVIII reparaba en este mercado Fray Gerundio de Campazas: Hay en la plaza de Santa Cruz de Madrid un mercado diario de carne humana cuya influencia en las costumbres no se ha pesado todavía. Los que pasan miran, ven un grupo de pasiegas sentadas en el suelo o en las piedras que forman el borde de un portal, las unas con un niño de pecho, las otras sin él; ...¿Qué hacen aquí estas pobres y robustas montañesas, las unas comiendo un mendrugo de pan, y las otras indicando en su semblante que no les desagradaría comerle? ¿qué hacen? Esperar pacientemente que alguna madre pobre y desventurada, o que alguna en nombre de otra madre rica y de galones, se acerque a contratarlas para que por tanto más cuanto den a su hijo el alimento que llevan en sus pechos (28), y a ella alude el texto de Mesonero que vimos al principio cuando dice: ...y disputar con sus compañeras en la plazuela de Santa Cruz. Allí esperaban pacientemente la llegada de algún padre acomodado o mayordomo de casa rica en busca de sus servicios; mientras, y para no perder el capital liquido de su empresa, daban el pecho a tal o cual mamoncillo hijo de alguna pobre menestrala a quien se le retiró la leche. Pero con la generalización de la prensa, a mediados del siglo XVIII, comienzan a aparecer en gacetas y diarios los anuncios con que las amas ofrecen sus servicios. En 1835 estos aparecían en el Diario de Madrid, y en su penúltima página, en aquella parte destinada a las habitaciones, nodrizas, viudas de circunstancias y demás objetos de alquiler (29). Insertado el anuncio, y mientras acudían los posibles clientes, se valieron muchas veces de un perrillo recién nacido que portaran en un canastillo durante el viaje. Lo sabemos por el testimonio de algún viajero, sorprendido ante el fenómeno, y también por uno de esos curiosos anuncios que las pretendientes solían insertar en gacetas y periódicos; uno de estos, aparecido en Zaragoza en 1797, reza así: El que necesite de un Perrito para tirarlos Pechos acudirá al Despacho del Diario (30). Posterior en el tiempo es el relato de Gautier a quien ya sorprendimos en el Prado madrileño; de una posada en un camino nos cuenta que: En la sala que comíamos, una mujer corpulenta con aspecto de Cibeles, se paseaba de largo llevando bajo el brazo un cestillo oblongo cubierto con una tela, del cual salían unos débiles lamentos aflautados, muy semejantes a los de un niño pequeño. Aquello me intrigaba mucho, porque la cesta era tan pequeña que sólo podía contener un niño microscópico, un liliputiense propio para exhibirse en una feria. El enigma tardó poco en explicarse: la nodriza -pues esto era aquella mujer- sacó del cesto un perrillo canelo, se sentó en un rincón y dio gravemente el pecho a este mamoncillo de un nuevo género. Era una pasiega que se dirigía a Madrid a criar y se valía de aquel medio para no quedarse sin leche (31).

Pero desgraciadamente no fue siempre bien vista la aldeana que con sus pechos venía a dar nueva vida a la criatura exangüe. Se la consentía como un mal necesario, y quienes solicitaban y precisaban de sus servicios no dudaban en denostarla. Cien groseras aldeanas del Valle de Pas dice Mesonero Romanos; humana vaca, dice de una PEREZ Galdós; y aún en las canciones de corro y comba cantaban los niños:

Piensan las amas de cría,
piensan y no piensan bien,
piensan que son señoritas
y son burras de alquiler (32).

Muchos asentaban esta antipatía en la idea de que el ama hacía de su alumbramiento un mero negocio que la sentara desde el duro escaño aldeano en el mullido sofá de las ciudades, sin reparar en los medios para obtener tan ventajoso cambio. Pedro Antonio de Alarcón lo expresa en estos ripios poco afortunados: ...buscando en el amor, franco deporte, / abren a estos gaznápiros el lecho, / y sin que el hijo luego les importe, / anuncian leche fresca en el diario / a las bellas madrastras de la Corte (33). Mil historias corrían sobre los procedimientos que muchas de ellas seguían para acceder de forma rápida y precisa a la maternidad; así describe un autor este triste asunto: De las provincias más deprimidas, que eran casi todas, llegaban a Madrid docenas de mozas sanas y humildes que buscando escapar de la miseria del medio rural, aceptaban ganarse la vida como amas de leche. La inexcusable preñez inicial que les haría bajar la leche la proporcionaba, a cambio de módicos emolumentos, un tal Paco, apodado "el seguro", que se ofrecía para tan delicado expediente en la Plaza Mayor de Madrid. En la tarifa del garañón iba incluida la colocación de la moza en una casa de confianza que él mismo agenciaba (34).

Pero si el ama no tenía aún acomodo pero sí el pecho rebosante, podía acudir a algún establecimiento dedicado a trajinar con este tipo de mercancía. Sustituyeron estos al antiguo punto que las nodrizas tuvieron en la plazuela de Santa Cruz y, al menos los situados en los barrios más castizos, no debieron tener muy buen predicamento; gracias a Eugenio Noel sabemos donde se ubicaba una de estas casas en 1895: Cerca del colegio (las escuelas pías) estaba la maternidad y una agencia de amas de cría en la calle de Mesón de Paredes (35). En uno de sus Episodios Nacionales, Galdós justifica de alguna forma este mecanismo cuando dice: A propósito de esto, hizo Gracián una observación que sintetiza su gracioso cinismo; dijo que los tenorios rústicos prestan un gran servicio a la sociedad contemporánea, porque ellos contribuyen en gran parte a la producción de amas de cría y al fomento de esta clase tan útil para la lactancia de los niños de madres pudientes. El mal y el bien andan enlazados en el mundo, y a cada instante vemos que algún trozo del edificio de las virtudes sociales se caería si no estuviera apuntalado por un vicio. ¿Qué sería de la infancia rica sin tanto menoscabo y deshonor de muchachas pobres? Y si las criaturas ganan al cambiar el esquilmado pecho de sus madres por el exhuberante de las nodrizas, también estas salen gananciosas, porque se desarnan, se civilizan y al concluir llevan al pueblo sus ahorros y encuentran un labrador honrado que se casa con ellas (36).

La estancia del ama junto a su nueva familia terminaba a veces con la lactancia del niño para el que fue contratada; en algunos casos pudo volver para amamantar el fruto de otros partos paralelos a los de ella. Pero solía ser lo más frecuente que la nodriza, terminada su misión, permaneciese entre la servidumbre de la casa con el sonoro título de ama seca. Su papel era entonces un tanto equívoco; como el ungüento amarillo, para todo se aplicaba: ama de llaves, niñera, recadera para mandados de confianza...y así su lozana fisonomía se iba arrugando entre cortinones de terciopelo, tras los cristales del balcón, como esas manzanas tersas que guardaban en la aldea de donde partió un día. Hay un gracioso párrafo, dedicado a esta figura, en la obra del escritor cómico Alvaro de Laiglesia: En el mismo vagón viajaban muchas amas mojadas de las provincias norteñas que iban a poner anuncios en los periódicos de Madrid ofreciéndose para eso. —Tenemos que darnos prisita en llegar, no sea que nos sequemos en el camino- decían las amas mojadas muy nerviosas, tapándose con sus toquillas para que no les diera el sol en el busto (37).

El papel que representó la nodriza en la sociedad burguesa y aristocrática del siglo XIX y primer cuarto del XX, no fue como es lógico, algo meramente español. La Europa Occidental toda optó por tener uno de estos personajes entre el cuadro de la servidumbre como exponente de su opulencia. Fernán Caballero describe a una familia inglesa, de la primera era victoriana, que realiza al completo una larga travesía en barco, viaje muy frecuente en aquella época colonial: Sin embargo, mucho excitó su interés la familia de un oficial inglés cuya esposa había llegado a bordo tan indispuesta que fue preciso llevarla a su camarote; lo mismo se había hecho con el ama y el padre la seguía con el niño de pecho en los brazos, después de haber hecho sentar en el suelo a otras tres criaturas de dos, tres y cuatro años (38). La sagaz pluma de Marguerite Yourcenar nos ha legado un valiosísimo testimonio autobiográfico respecto a la crianza de niños acomodados en la Francia de los años anteriores a la primera Gran Guerra; no podían escapar a la pupila de esta gran escritora los aspectos pintorescos como la indumentaria, pero también los que abordan, en una severa crítica social, la pobreza espiritual a la que conduce irrevocablemente la miseria material: El marido de Fernande (son sus padres) no ha querido que empleasen a una nodriza, pues le parece odioso que una madre abandone a su hijo para dar de mamar, a cambio de un salario, al hijo de unos extraños. También en esto le han hecho abrir los ojos las sórdidas aglomeraciones rurales del norte de Francia. Se indigna de que una muchacha pobre se deje cubrir por un amante de paso, a menudo en connivencia con su propia madre, con la esperanza de poder encasquetarse, a los diez u once meses, el gorro lleno de lazos que se ponen las nodrizas, y de encontrar un buen puesto en la casa de algún rico, que acaso pueda conservar durante años si más tarde, de ser ama de cría pasa a ser la criada de los niños (39).

Y para dar fin a este pequeño ensayo, que acaso algún día florezca y se convierta en libro, quiero traer a colación un relato -La nodriza y el cielo- escrito por Juana de Ibarbourou (40) que refleja con singular ternura el sentimiento que le inspiró un ama, su propia ama. En el ambiente estanciero de fines del XIX, alejados del lujo y la presunción de las ciudades burguesas, es allí la nodriza un ser próximo a la familia, que conservó hasta el final su atavío, su lenguaje y, sobre todo, la ingenuidad lógica de quienes tienen su propia cosmogonía. Por el eco de ternura que tenía la voz que me lo leyera, quiero terminar con él estas notas sobre las amas: Feliciana, según lo contaba ella misma, llegó a mi casa cabalgando un caballo moro y sentada en una montura de bayeta roja con clavos dorados, préstamo de Doña Ana de Feitas, que la enviaba a mi madre. Ese día yo cumplía una semana de existencia; su hijo tenía una quincena y ella poco más de veinte años. Con una mano empuñaba las riendas y con la otra sostenía a su pequeño que, recién nacido, todavía parecía blanco, porque sólo con el tiempo es que los negros, como los cuervos, van adquiriendo su color de antracita. Yo era esmirriada, mínima, hambrienta, pues el seno de mi madre no tenía la generosidad de su corazón. Feliciana, sin desatarse siquiera de la cabeza el rojo pañuelo a cuadros, se desabrochó la bata y puso en mi boca su pródiga ubre. Al mes yo estaba tan redonda y luciente como Pedro Bollo, mi hermano de leche. Feliciana, sentada entre las dos cunas, se pasaba el día mirando un libro de láminas religiosas, deslumbramiento para ella que nunca había visto estampas de colores, tomando mate con hierbas aromáticas buenas para la leche o haciendo puntilla de malla, primera enseñanza de mi madre. Era sana, apacible y candorosa. Venía de las sierras de Aceguá; joven animal bondadoso cuya primera incursión a un medio civilizado la constituía esa llegada a mi pueblo natal donde empezó a descubrir el mundo. Hasta la mayoría de las flores y las frutas le eran desconocidas; un jazmín le produjo tal asombro de adoración que casi no se atrevía a tocarlo. -¿Es de veras una flor, no es de género? —No, es una flor natural; huélela. Y ante un racimo de uvas de granos redondos y morados: -¿Es también una flor? -No, es una fruta, se come, pruébala (...) Cuando se le murió su niño -los dientecitos de leche de los hijos son la gloria o los infiernos de las madres- Feliciana reconcentró en mí toda su inmensa capacidad de amor. Negra de alma blanca a fuerza de candor y de fidelidad, quedó para siempre en nuestra casa como una planta montaraz, clavel del aire, hierba de patio, prendida del tronco de un árbol ciudadano.

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NOTAS

(1) Para estudiar la figura de la nodriza real en la corte española, desde los últimos hijos de Felipe II hasta los tres vástagos que tuvo Alfonso XII, es indispensable consultar el concienzudo y ameno libro de CORTES ECHANOVE, Luis: Nacimiento y crianza de personas reales en la corte de España entre 1566 y 1886, Ed. CSIC, Escuela de Historia Moderna, Madrid, 1958.

(2) GAUTIER, Théophile: Viaje por España, (Ed. Taifa Literaria, Barcelona, 1985), pp. 97-98. Klepta debe referirse a la figura del bandolero-patriota que participó en la lucha por la independencia de Grecia, figura muy del gusto romántico de la época.

(3) Blasco era D. Francisco Blasco, encargado de la Mayordomía Mayor de S. M., y D. Sebastián de Aso Travieso, uno de los Médicos de Cámara. Merino, era D. José Fernández Merino, el Oficial de la Veeduría que había de allegar los posibles para tal viaje.

(4) Se llamaba la nodriza Andrea Aragón, era natural de Carazo, y fue seleccionada entre otras para amamantar lo que la reina pariera. Y parió a la infanta Eulalia el día 12 de febrero de 1864. Andrea vivió, desde 1871, en una callecita del propio Burgos, la de las Trinas; allí se desarrolló la entrevista que describió D. Aurelio Gómez González.

(5) MESONERO ROMANOS, Ramón de: "El Diario de Madrid", Escenas Matritenses. Primera serie, Ed. Aguilar S. A., Segunda Serie, Madrid, 1956.

(6) No es ésta la única ocasión en que el costumbrista Mesonero alude con despecho a las clases populares. Entristece ver cómo se refiere a lugareños y campesinos llamándoles seres casi racionales. MESONERO ROMANOS, Ramón de: Op. cit., Segunda Serie.

(7) MARAÑON, Gregorio: Don Juan, (Ed. Espasa-Calpe, Madrid), Col, Austral.

(8) BRETON DE LOS HERREROS, Manuel: "La nodriza", Los españoles pintados por sí mismos, (Madrid, 1851), p. 36.

(9) ALFONSO X: Código de las Siete Partidas, Partida II, Título VII, Ley III: En qué manera deben ser guardados los fijos de los reyes. Actualizo en parte la ortografía primitiva.

(10) LÓPEZ de UBEDA, Francisco: La picara Justina, (Ed. Aguilar S. A., 4.a ed., Madrid, 1962), Col. La novela picaresca española, Libro I, cap. II, n.° 2.°.

(11) YAÑEZ y RIBERA, Jerónimo de Alcalá (1563-1632); El donado hablador Alonso mozo de muchos amos. Parte I (1624), Parte II (1626), Col. La novela picaresca española. (Ed. Aguilar S. A., 4.a ed., Madrid, 1962), Parte II, cap. II.

(12) El infante, calificado entonces de imbécil, permaneció en Italia al cuidado del marqués de Tanuci cuando Carlos III se trasladó a la Península para suceder a su hermanastro Fernando VI. Véanse al respecto las obras de EZQUERRA del BAYO, Joaquín: Los hijos de Carlos III, p. 14. OLIVEROS de CASTRO, María Teresa: María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, (Ed. CSIC, Madrid), Col. Escuela de Historia Moderna, 536 pp, Cap. III: "La maternidad de María Amalia".

(13) Informes dados por Genoveva Mazorra Barquín, de 73 años de edad, natural de Selaya (Cantabria), entrevistada el día 23 de noviembre de 1989 por Gustavo Cotera.

(14) PEREZ CALDOS, Benito: "El amigo manso", Obras completas de, (Ed. Aguilar, S. A., 4.a ed., Madrid, 1960), t. IV.

(15) Sobre la pasieguería en general puede consultarse la obra de GARCÍA LOMAS, Adriano: Los pasiegos. Estudio crítico, etnográfico y pintoresco (1011-1960), cap. V: "La nodriza pasiega y su gran celebridad".

(16) GUTIERREZ SOLANA, José: Madrid callejero, (Madrid, 1923).

(17) Sobre la relación entre el traje de aldeana pasiega y el semiprofesional de nodriza, debe consultarse la obra de GOTERA, Gustavo; Trajes Populares de Cantabria. Siglo XIX, (Institución Cultural de Cantabria, Instituto de Etnografía y Folklore Hoyos Sáinz, Santander, 1982), pp. 145-47. Debo al autor de este trabajo valiosísimas informaciones para la redacción de este artículo, a más de ideas bien exactas y encaminadas al verdadero sentido de la indumentaria tradicional.

(18) Conservo con cariño unas fotocopias del ensayo titulado "El aire de la calle" que el propio Don Fernando hizo para mí cuando, buscando datos para este y otros trabajos, le visité en su estudio madrileño de las Salesas. Al hablar del aspecto humano de las calles madrileñas, dice respecto a las amas; Hay que dedicar una mención aparte a las niñeras y a las amas o ayas, en todos sus grados de humedad. De ellas se ha ocupado mucho Sancha. Eran verdaderos monumentos de la vía pública. Las grandes casas las fletaban y las echaban al mar de la calle empavesadas como bajeles triunfales. Algunas con sus escaroladas cofias, atravesadas por labradas agujas, con sus arracadas y ajorcas de ídolo ibérico, con sus gigantescos lazos en la popa abundante, parecían emular al Bucentauro de la Señoría de Venecia. Poco a poco fueron desapareciendo de Madrid y el Retiro se vio privado de sus estatuas más barrocas. Se refugiaron en Bilbao, que no quería abdicar de este signo de grandeza, casi feudal. Creo que los navieros se sentían más ufanos de ellas que de los yatch blancos que se balanceaban en el Abra. Pero a la larga resultó que un aya era un lujo mayor y un signo de riqueza más ofensivo, y quedaron sólo los yatch.

(19) Encontré este retrato en el archivo fotográfico del Palacio Real de Madrid. En su reverso se leía simplemente: nodriza de Alfonso XII. Como quiera que este rey no tuvo ningún ama segoviana, supongo que la arrogante retratada debió de ser nodriza de alguna de sus hermanas o de su hija mayor. Estas fueron: Cecilia Pastor, de Turégano, ama de leche durante los pocos días que vivió la infanta María Cristina, del 5 al 8 de enero de 1854 (retratada en 1877 por Laurent, no parecen coincidir sus rasgos con los de nuestra nodriza); Úrsula Leonor, de Caballar, nodriza de retén de la infanta María Pilar Berenguela, nacida el 4 de junio de 1861; o Marcelina Manrique Cardial, de Turégano, seleccionada por el doctor Laureano García Camisón entre veintisiete segovianas más, para dar el pecho a la infanta María de las Mercedes, hija de Alfonso XII, nacida en 1880.

(20) La zarzuela se estrenó en el Teatro de la Zarzuela de Madrid el día 17 de marzo de 1878. La componen tres actos divididos en ocho cuadros. Su argumento gira alrededor de un viaje que el cómico doctor Chinchilla hace, por mandato del rey Carlos IV, a Pas para elegir nodriza del futuro infante.

(21) PEREZ CALDOS, Benito: El amigo... (op. cit.), cap. XV.

(22) PARDO BAZAN, Emilia; Por la España pintoresca. Viajes, (Barcelona), p. 25.

(23) PEREZ CALDOS, Benito: "La desheredada", Obras completas de, (Ed. Aguilar, S. A., 4.a ed., Madrid, 1958), t. IV, cap.

11.7.

(24) El retrato, techado en 1602, está firmado por Juan Pantoja de la Cruz (Descalzas Reales de Madrid). TORMO: En las Descalzas Reales, (Madrid, 1917), t. I.

(25) COVARRUBIAS y OROZCO, Sebastián de: Tesoro de la lengua castellana o española. Nueva Biblioteca de Erudición y Crítica, (Ed. Castalia, 2.a ed., Madrid, 1995), p. 101.

(26) Concretamente, se encuentra en el número 43 de la mencionada calle. En su origen fue uno de los pequeños negocios instalados en los soportales exteriores de la Plaza Mayor; más tarde se cerró y pasó a formar parte de esas pequeñas joyerías para composturas que tanto abundaron en Madrid. Su actual propietario, Don Antonio Moreno, me asegura que el comercio debe de llevar abierto unos doscientos años, y que cuando él se hizo cargo del mismo venían de toda España a buscar los aderezos para las amas, sobre todo los vascos. Y es que acaso sea en las Provincias Vascongadas donde se vio durante más tiempo la figura del aña o iñude llevando estos estrepitosos adornos.

(27) PEREZ GALDOS, Benito: "Fortunata y Jacinta", Obras completas de, (Ed. Aguilar, S. A., 3.a ed., Madrid, 1958), t. III, parte I, cap. IV.

(28) Padre ISLA (Fray Gerundio de Campazas): Incluido en Teatro social del siglo XIX, (Madrid, 1846), t. II.

(29) MESONERO ROMANOS, Ramón de: "La posada, o España en Madrid. Cap. I", Escenas Matritenses, (op. cit.). Aunque en estas líneas venimos casi siempre refiriéndonos a la ciudad de Madrid, casi todas las conclusiones pueden ser válidas para todas las capitales de provincia donde las amas desarrollaron su oficio. A la generosidad de Joaquín Díaz debo el siguiente anuncio aparecido en el Valladolid del siglo XIX: NODRIZA. Hay una que desea criar, ya sea en esta población para casa de los padres de la criatura o ya para fuera, con leche de seis meses, muy robusta y joven, en la calle de la Loza, numero 13, darán razón. (El Norte de Castilla). Veamos otro ejemplo tomado de la prensa santanderina: Se necesita una nodriza ó ama de leche que no pase de un año que haya parido, que sea amable, aseada, leal y trabajadora. Las personas que han dejado este encargo en la Agencia é Imprenta del Diario, manifestaron además que preferirían á una pasiega de iguales circunstancias. (Diario de Santander, 19 de julio de 1848).

(30) Diario de Zaragoza. Desde enero hasta abril de 1797. Nums. 1 al 100. Facsímil, (Ed. Librería General S. A., Zaragoza, 1985), p. 340. Otros anuncios de amas en pp. 20, 60, 84, 88, 96, 104, 112, 120, 138, 156, 164, 176, 180, 208 y 324. Debo estos informes a Luis Miguel Bajen y Mario Gros Herrero.

(31) GAUTIER, Téophile: Op. cit., p. 73.

(32) MONTALBAN, R.: El corro de las niñas. Canciones populares infantiles. Piano, n.° 49 "En la calle de Toledo". La copla satírica alude a las burras de leche que pasaban diariamente por Madrid ofreciendo su mercancía, que se ordeñaba en el momento, para enfermos y embarazadas. En el lenguaje coloquial madrileño ha quedado el giro que ya han pasado las burras de leche para cuando alguien sigue en la cama avanzada la mañana.

(33) ALARCON, Pedro Antonio de: Viajes por España, (Imp. de A. PEREZ de Urull, Madrid, 1883), p. 283.

(34) ESLAVA GALAN, Juan: Historia secreta del sexo en España, Col. Biblioteca Erótica, (Ed. Temas de Hoy S. A., Madrid, 1991), cap. XII "El siglo del corsé".

(35) NOEL, Eugenio: Diario íntimo. La novela de la vida de un hombre, (Ed. Taurus), cap. V.

(36) PEREZ GALDOS, Benito: "La Revolución de Julio", Episodios Nacionales, 4.a serie. Obras completas de, (Ed. Aguilar S.A., reimp. 1.a ed, Madrid, 1974), t. IV.

(37) LAIGLESIA, Alvaro de: "El baúl de los cadáveres. Don Bigotes. Novela que pudo ser larga", Antología del Humorismo en la Literatura Universal, (Ed. Labor S. A., 2.ª ed.; Barcelona, 1961).

(38) BOHL DE FABER, Cecilia (Fernán Caballero): La gaviota, (Ed. Aguilar, 2.a ed., Madrid, 1962), cap. I.

(39) YOURCENAR, Marguerite: El laberinto del mundo. I, (Ed. Alfaguara Literatura, Madrid, 1984).

(40) Juana de Ibarbourou nació en Meló (Uruguay) en 1895. Fue una de las primeras mujeres americanas que formaron parte de una Academia de la Lengua; recibió el Premio Nacional de Literatura en 1959, otorgado por primera vez aquel año. Su obra, valiente y avanzada para la época que vivió, gira principalmente alrededor del amor en diferentes manifestaciones. Este relato pertenece a su obra Chico Carlo. Cuentos autobiográficos de la infancia (1944).