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PASTORES DE LAS PEÑAS DE CERVERA (Parte II)

REPRESA FERNANDEZ, Domingo

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 211.

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CAREO y ALIMENTACION
El ganado sale todos los días del año y sólo inclemencias climáticas muy poderosas o la voluntad contraria del pastor lo evitan. En estos casos se provee de alimento a los animales y se les deja encerrados en la tenada.

El término careo hace referencia al tiempo y forma en que pastan las ovejas y también a la manera de caminar del ganado cuando se dirige a los pastos. Las ovejas van careadas cuando caminan extendidas. Por el contrario, ir de rilón significa que las ovejas avanzan rápidas y en semihilera al regresar a la tenada. Rilón es, por otra parte, el camino que siguen las ovejas en su transitar hacia el pasto. Conviene que éste "no las haga trabajar mucho", es decir, que no sea muy abrupto y no cause fatiga en el rebaño. Durante el careo, si éste se produce cerca de tierras sembradas, en conveniente "ir venciendo al ganado para amontonarlo", "ir quitándole el quite". La tarea consiste en situarse al costado del rebaño próximo a las tierras y con la ayuda de los perros y de gritos impedir que los animales entren en ellas. El perro especializado en este cometido es fundamental, ya que de su buen hacer se evitan posteriores problemas. Cuando el perro "adivina", recuerda, la proximidad de un sembrado saldrá a cortar el paso de las ovejas que guían el careo sin necesidad de que el pastor le dé orden alguna. Ello lo agradece el pastor con estas palabras de cariño hacia el perro: "Es mucho bueno, pero es de más porque se va sin mandarle a detenerlas. ¡Chispas! Es que ya sabe que está allá del trigo aquel y las da. ¡Cuando se meten las da él solo! ¡Es más trabajador que todo, pero es que es de más!".

Si un rebaño ha de atravesar una tierra todavía sin sembrar o en barbecho, el pastor procurará que las ovejas no lo hagan en fila pues ello crea senda en la tierra, lo cual molesta a su propietario. A fuerza de "hacer el quite" el rebaño, el ganado aprende su trayectoria y la manera de efectuarla. Para el pastor las tierras son un obstáculo añadido a su trabajo, especialmente cuando éstas son pequeñas y aisladas del resto. También son un gasto si, pese a su celo, el ganado entra y causa algún destrozo en la siembra. Las maneras descritas de conducir y educar al rebaño son preferibles a detener y cambiar la dirección del ganado, pues en este caso las ovejas se "arrejuntan y reniegan".

Dependiendo de la estación del año y de las condiciones climáticas, el careo se producirá de una u otra manera y los pastos elegidos habrán de tener cualidades distintas. En general, los pastos sombríos no son del gusto de las ovejas, sobre todo si se trata de un pinar cuyos árboles hayan perdido ya su garamuza, esto es, sus finas y puntiagudas hojas. Las ovejas barruntan si otro ganado ha careado recientemente un pasto por las huellas y las cagarrutas que en él han dejado. El terreno "está abrasado" y las ovejas se niegan a entrar en él y mucho menos a comer porque "nadie quiere comer lo que otros han dejado". La sal es un elemento imprescindible en la alimentación del ganado. Una oveja necesita diariamente unos 10 gramos de sal que adquiere en los salegares, lugares en el campo ricos en piedras con sodio, o directamente en la tenada en compuestos fabricados para esta necesidad. Si una oveja se resalga, ingiere más sal de la debida, un remedio solamente aplicable en verano es mojar su cabeza con agua fría.

Durante el invierno y a causa de la cortedad de los días, se suelta al rebaño con las primeras luces del día y se dirige hacia un terreno soleado, firme y sin matas. A este terreno se le denomina lastriz. De entre todos los pastos, los encimeros son los más apreciados por las ovejas, pues la calidad de la hierba es mejor que la de pastos situados en terreno bajo. Los pastos encimeros tienen el incoveniente de su finura, lo cual hace que los animales coman menos. También un riesgo: las ovejas se hacen más viciosas, es decir, más vagas y sexualmente más exigentes. Mientras dura el tiempo invernal, el pastor sabe y tiene en cuenta el tiempo que el ganado lleva sin entrar en una parte determinada del término y en base a ello pronostica la bonanza en cuanto a pastos de un determinado lugar. En invierno los pastos naturales no suelen ser suficientes para alimentar al ganado, por lo que se complementa su nutrición con pienso. Este se retira hacia mayo, si bien entre los pastores hay opiniones dispares al respecto. Así, para algunos, los carneros y las ovejas que no paren no tienen derecho a esta ración extra de alimento; mientras que otros creen que si un carnero no come grano durante esta estación tendrá posteriormente problemas de erección. El grano es indispensable si el tiempo es de nieve. Junto a éste se hace acopio de ramas de enebro, denominadas ramón. La barda es la hoja del ramón. El mejor ramón pertenece al enebro más cárdeno y de éste, a las ramas más altas y soleadas. Sin embargo, si bamboleas un enebro aparentemente cárdeno y sale de él un polvillo harinoso es señal de la mala salud del arbusto. Entonces, el ramón alea, amarga. Junto al ramón también se provee al ganado de ramas de pudio y broza de bálago.

Con el buen tiempo la rutina del rebaño cambia sustancialmente. A partir de ahora su alimentación se fundará exclusivamente en pastos naturales, ampliándose la gama de flores, matas y tallos que en los mismos crecen. De entre todos ellos, los más apreciados por las ovejas son los siguientes: estepas, pámpanas (parte baja y más menuda de los rastrojos), purretitas (tallos tiernos de la cebada), corrullelas, cordoncillo y melgas (alfalfa silvestre). En verano, el pastor procura que el ganado no suba los primeros meses al monte porque no come lo suficiente dado que la hierba de arriba está todavía muy dura y rompe los dientes de las ovejas. Por otro lado, el pastor aprieta al ganado por la mañana (lo hace caminar rápido hasta el pasto o rastrojera) para que coma bastante ya que "con el calor las ovejas no navegan (no comen)". Durante las horas más calurosas del día las ovejas "se aplastan, se amorran, bajan la cabeza, buscan la sombra y se tumban", es decir, sestean.

La época de la rastrojera es el período de tiempo en el cual las ovejas pueden entrar en los sembrados a alimentarse de los rastrojos que quedan tras la cosecha del cereal. El rebaño trisca los rastrojos durante tres horas aproximadamente por la mañana y otras tantas a última hora de la tarde. Los pastores de Cervera denominan trasponer al lugar por donde se oculta el sol. Las ovejas, careando en verano, "en cuanto vuelve el sol, vuelven ellas", es decir, no avanzan más en dirección a la sombra situada al oeste, sino que toman el camino del alto, "donde les pegue el aire", para pasar allí la noche. Al trasponer, el pastor se fija en el camino que toman las ovejas en su subida al monte y, a partir de él, deduce el sitio en el que dormirán y el lugar por el que bajarán a primera hora de mañana a buscarle. Tiene confianza en no equivocarse porque conoce las costumbres del rebaño. Este era el razonamiento de un pastor de H.: "Si han abierto para el claro, van a la derecha; si están entre esos enebros, también suelen levantar para allá. Si están en el hoyo, no, para acá". Si el rebaño se ha separado para dormir, la dirección que tomará al bajar será la del grupo que más puede, es decir, del grupo más numeroso o del que haya elegido un terreno más fácil para el descenso. En ningún caso, un rebaño bajará una pendiente desconocida. En este caso, los pastores dicen que no tienen picadas a las ovejas en una determinada dirección. Cuando el rebaño se demora en bajar, el pastor piensa que o bien las ovejas no tienen hambre o bien se han metido en un callejón o calabozo del que no saben salir. En los dos casos el pastor tendrá que subir a darlas para que no bajen a comer demasiado tarde y se amorren enseguida. Además, no encontrar a las ovejas en el sitio y la hora previstos es motivo de preocupación para el pastor por motivos diversos: la prisión puede entrañar más peligro que la sola inmovilización del rebaño; si no se controla su bajada, el rebaño puede entrar en las alfalfas y, finalmente, cabe la posibilidad de que "las haya pegado el bicho", las haya divisado el lobo y haya producido su dispersión y las consiguientes muertes y desgracias a las que ya aludí anteriormente. En la búsqueda del rebaño, el pastor suele usar las siguientes pistas: fijar su atención auditiva para tratar de localizar el sonido de sus cencerros; tocar las cagarrutas que hay sobre el terreno para comprobar por su dureza o ternura la distancia a la que se puede encontrar el ganado; comprobar desde algún alto si un claro negrea (acumulación de cagarrutas) o blanquea (presencia del rebaño).

Las limitaciones en el careo son de distinta naturaleza. A la ya mencionada prohibición de entrar en tierras sembradas, hay que añadir las que a continuación se describen. Los rebaños de un municipio no pueden entrar a pastar en el término municipal de otro. Sólo una coyuntura permite la transgresión de esta norma: cuando una tierra es comunera. Las tierras comuneras pertenecen a un pueblo, pero el término jurisdiccional es de otro. En este caso, los rebaños de ambos pueblos pueden entrar en dichas tierras. Esta es la explicación que me proporcionó un pastor relativa a las tierras comuneras:

"Pueden venir las de S. del V. y pueden venir las mías, desde aquí hasta el Puente La Estrella. Ahí no me pueden decir nada. Pueden pastar las de ellos porque las tierras, las fincas, son de ellos, pero el término es de S. Si muere aquí una persona de S. del V. tiene que ir a S. depositada o tiene que venir la curia de Salas. En vez de Lerma, tiene que venir de Salas".

Los pastores de un mismo municipio establecen entre ellos un pacto tácito en época de rastrojera consistente en no abusar de los careos en las tierras disponibles. Por lo común, un pastor dirigirá su rebaño a una zona determinada y dejará libre otras para los demás pastores. Sin embargo, esta conducta no es siempre respetada por todos los implicados, lo cual provoca el enfado del pastor que se siente burlado. Así se expresaba uno de estos pastores afectados:

"Son unos libertinos. Tienen lo de H., lo de P. y lo de H., y todavía se meten en lo de S. Tenían que tener las ovejas gordas como burros y las tienen asquerosas".

El tiempo de la rastrojera es la época de las limitaciones más problemática y que peores consecuencias conlleva para las relaciones entre el pastor y algunos vecinos del pueblo. Los rastrojos no son sólo alimento de las ovejas, sino que también las vacas habrán de beneficiarse de ellos una vez se las baje de las dehesas donde han pasado todo el verano. La tradición al respecto era clara y respetada por todos: los vaqueros tomaban una vega para sus animales y los pastores hacían uso de la otra. El problema surge cuando en un pueblo hay un solo pastor con abundante ganado y un número creciente de vaqueros con escasas cabezas por propietario. De entre estos últimos, quienes más vacas tienen suelen ser también fuertes agricultores que no permiten la entrada de las ovejas en sus tierras, aunque éstas caigan en la vega de los pastores. Ilustro esta tensa oposición con el testimonio de un pastor que se ve envuelto en ella:

"¡Qué sí (tiene derecho apastar en la tierra que le menciono)! Pero si vienen y te van a matar... No vas a estar tol tiempo en eso, con pistolas en la mano. Antes cogían ellos una vega, tal que ésta, pa ellos, o la otra, si la querían coger, y la otra era pa las ovejas. Pero ahora too pa ellos, lo quieren todo pa ellos y mis ovejas que se mueran de hambre. (Los vaqueros) no tienen nada, pero tienen tierras y yo no tengo... (Además) el que lleva el correo tiene dos mozos, el G. tiene un mozo, el E. es un hombre joven, el E. es también más joven que yo, el M., son hombres más jóvenes que yo, con más... Dos o tres tíos te ponen de hostias perdido y ¿qué?, ¿qué haces?, ¿qué apelas? Es mejor retocarte un poco... Aunque hasta arriba subo, en que se va acabando voy subiendo más arriba. El año pasao me salieron dos o tres a mí, pero claro, ¿qué es que me voy a dejar morir las ovejas de hambre? Es que claro, mis padres nunca han tenido nada y ahora como tengo igual que ellos o más. Aunque valga tal que diez ovejas y una vaca. Yo tengo cuatrocientas, tengo como cuarenta vacas de ellos, tengo más que ninguno, más que el que más vacas tenga. Es que si empieza a acobardarse uno, te se mueren de hambre. Así que luego entran en el invierno un poco atrasadas y a morir por Dios. De la otra manera entran que tienen los riñones cubiertos de sebo. Resisten mucho el frío y todo... Van cubiertas... Hasta que lo pierden... ya entonces viene alargando el día".

Así las cosas, la vieja tradición ha dejado de tener vigencia. El pastor recaba el permiso de los agricultores, o éstos le avisan, para entrar en los rastrojos. Pero la insuficiencia de estos pastos obliga al pastor a transgredir la prohibición expresada por un vaquero. Obvio es decir que esta situación se da con frecuencia y que sus consecuencias son muy negativas en las relaciones de vecindad. Más adelante, cuando trate de la vida del pastor, insistiré y ampliaré un tema que por su riqueza e importancia bien merecería un acercamiento antropológico más intenso.

EL PASTOR

Llegados al final de este breve trabajo etnográfico, debo enfrentarme a la figura del pastor desde los múltiples ángulos que la vida de una persona requiere. Para esta tarea he optado por centrarme en un solo individuo, concretamente el señor L., pastor de S., cercano a la jubilación y con una vida dedicada por entero a la profesión. Las razones de esta elección han sido varias:

-En primer lugar, por evidentes razones de tiempo. Efectivamente, aspectos tales como la infancia, las creencias, la visión del mundo, las relaciones vecinales, etc., requieren para su tratamiento de una confianza rara vez establecida en los primeros contactos. También demandan una prolongada relación y unas condiciones idóneas para la conversación que fue imposible establecer con todos y cada uno de los pastores.

-La riqueza, precisión e interés etnográfico y antropológico de los testimonios personales del señor L., en segundo lugar, difícilmente podrían haber sido superados por otros informantes. Valórese la edad y la variedad de vivencias experimentadas por nuestro informante.

-En tercer lugar, considero que en este terreno la comprensión se ve dificultada si se procede a base de fragmentos provenientes de fuentes diversas y sin una conexión muy estrecha.

-Por último, el señor L. fue citado en numerosas ocasiones por el resto de pastores como punto de referencia al que acudir cuando sus conocimientos o recuerdos no les permitían facilitar la información que se les requería.

Debo aclarar que los resultados de este apartado no pretenden ser una historia de vida al uso, ni tan siquiera una aproximación a ella. Harían falta muchas horas y otra serie de condiciones logísticas para este cometido con las que desgraciadamente no me ha sido posible contar. Lo que ahora se presenta es un boceto inacabado y provisional de la vida de L. En él captaremos mínimamente algo del pasado de L. para así poder entender al hombre de hoy; de su generosidad en palabras y atención para conmigo obtendremos una pequeña muestra de su saber natural y heredado; y, en fin, de sus testimonios, aprehenderemos una reducida imagen del sentir y pensar de L.

L., alias Tiberio, nace en S. hace 63 años. El apodo de Tiberio tiene su origen en la siguiente anécdota relatada por él mismo:

"Estaba mi abuelo repartiendo tocino entre la cuadrilla de carboneros y daba y daba y se quedó sin ningún trozo. Entonces uno de la cuadrilla dijo: «qué tiberios, si se ha quedado sin tocino». y venga a repetir «qué tiberios, qué tiberios», así que mi abuelo se quedó con el Tiberio".

L. considera a su familia como una familia pobre: "A mí me dicen: «tú no tienes tierras». Pero a mi abuelo Mamblis se las quitaron los Judas por unas cuartillas de vino. Antes te robaban las tierras así. Mi padre era vaquero, sólo tenía una vaca y dos cabras. Era pobre". Ser vaquero en aquella época significaba tener a su cuidado el total de las vacas del pueblo a cambio de un sueldo que se fijaba a través del remate. El remate era una subasta a la baja en la cual los vecinos pujaban por el oficio de vaquero durante un año. El final del remate lo recuerda L. de esta manera: " ¿Hay quién dé menos? A la una, a las dos y a las tres: ¡buen provecho le haga!". La puja de algún otro vecino más necesitado que el padre de L. obligó a éste a "emigrar" en más de una ocasión a otro pueblo cercano para hacerse con el remate de allí.

Las subastas eran el medio generalizado para hacerse con muchas de las explotaciones del municipio. "Tal que la nogalera. Pone un tope el Ayuntamiento: setenta billetes. «A ver; ¿quién hay que ponga postor?». Uno dice: «yo pongo, yo soy postor; las setenta mil». y otro a lo mejor dice: «yo setenta y una o setenta quinientas». Cuando me quedé yo, dos mil quinientas. Allí sí que gané yo dinero. Iba mi padre por ahí, tal que pasaba por aquí, por los nogales del Ayuntamiento, pues si veía, pues cogía. Además no tenía otra labor que hacer: Se subía muy bien a los nogales, les avareaba de miedo".

La condición de pobre de L. fue la causa de su prematuro inicio laboral. A los ocho años abandonaba la escuela de abril a septiembre para contratarse como zagal de algún rebaño. A los doce, L. deja definitivamente los estudios "porque había que dar de comer a mis hermanos". De la escuela, L. no guarda muy buenos recuerdos: "tenía que llevar diez céntimos para la Santa Infancia, pero como en casa no había...Y, claro, el maestro se enfadaba. No me gustaba ir a la escuela". La pobreza en aquella época obligaba a muchos vecinos a prácticas aparentemente contradictorias: " Una familia que a lo mejor no tenía ni pa comer pues cogía un hospiciano. La gente sacaba hospicianos por el dinero que les daban por cuidarlos".

El hambre es el recuerdo más imborrable de aquellos tiempos en la mente de L. Cuando L. era aún un niño y recorría los montes con el ganado tuvo ocasión de conocer la bonanza de muchas plantas y frutos que le ayudaron a mitigar su gazuza.

"Este es el espileño, o sea, el enebro de aquí. Esta da zamollas y antes nos las comíamos. De pequeño comíamos muchas cosas de por aquí, de los árboles. Las acideras nos las comíamos. Y otras cosas que eran parecidas a las ricas, que llamábamos alberjanas, también nos las comíamos, oye, fijate. Y eso que se cría entre los cascajos, que llamamos acidones, también. Esos, esos sí me como yo ahora alguno, esos sí están buenos, esos con aceite y vinagre están muy buenos. Y los berros también".

El zurrón del pastor presentaba entonces un aspecto poco menos que patético:

"¡Nada! A lo mejor llevabas, un día bueno, igual llevabas un cacho de chorizo, pero nada. ¡Muy mal! ¡Pan! ¡y encanecido! y había que quitarlo, lo encanecido. Pues si se hacía una cocedura, igual te duraba diez o quince días. ¡Pues fijate cómo iba a estar lo último! No había neveras ni nada pa meterlo... En las arcas, de esas antiguas, de nogal...".

La posibilidad de escamotear algo de leche a las ovejas tampoco era factible:

"¡Bah, si entonces no tenían ni tetas, si no valían ni pa criar el cordero! No las echaban nada, estaban malonas, se morían por ahí malonas en el invierno".

La pobreza, y el hambre a ella asociada, han marcado tanto la vida de L. que la comida es el máximo exponente de bienestar. De modo que para L. un signo de pobreza es "no echar grasa a las sopas de ajo" y, por el contrario, un rasgo de abundancia es "comer como en bodas". Comer es la necesidad a satisfacer prioritariamente. Otros menesteres son secundarios y prescindibles.

"Ahora nadie pasa hambre. Además con los subsidios no habrá nadie que marche mal. Porque aunque un señor no tenga más que sesenta billetes, con dos mil pesetas un hombre solo no se las come. ¡Por mucho que coma! Aunque te comas dos o tres chorizos al día, que te comas un plato de sopa y luego dos o tres huevos que valen dos perras gordas. Por ejemplo, litro y medio de vino que vale ni doscientas. Casi con mil lo hace uno, un hombre solo. Yo lo veo que no gasto nada".

De zagal, L. recibía su sueldo en especies. Recuerda que su primer salario consistía en nueve fanegas de trigo al mes. También recibía aceite, fruta o lo que en ese momento necesitara y el amo pudiera ofrecerle. Con los años, las cantidades iban incrementándose. La jornada de L., durante los 18 años que estuvo de zagal se extendía desde el alba hasta la puesta de sol. Una vez recogidas las ovejas L. estaba obligado a sacar las ovejas del casillo, ya que en esa época no se usaban piensos ni grano para alimentar a los animales de casa. Con el buen tiempo, pasaba días enteros en el monte siguiendo el transitar del rebaño. A este respecto comenta:

"Y luego, ya te digo: a dormir encima de los riscos. O te ponías al igual contra una mata pa no enfriarte tanto. Antes éramos tontos al dormir todas las noches junto al ganado en la tierra. Siempre andábamos detrás del ganado. Ahora ya no, ahora dos horas en la cama son mejor que diez en los riscos".

En compensación, los zagales tenían varios días de vacaciones al año:

"Cuando no era amo tenía más días festivos, o sea, soltábamos un rato al ganao y fuera. Corpus, el día de la Ascensión, Santiago, la Virgen de Agosto, santo Domingo y, allegando que estaba todo cosechado, tol día de fiesta. Ahora, como ya somos amos, no tanto: Santa Isabel y Corpus".

A los 30 años, L. deja su condición de asalariado y entra a medias con algunos propietarios de ovejas:

"La mitad era pa mí: la mitad de la lana, la mitad de los corderos, la mitad de las corderas. Y ellos las tenían que echar; ellos tenían que pagar el pienso, yo na más que ponía el trabajo".

De esta forma, L. va creando su propio rebaño:

"Lo hicimos pa tres años y el S. se quiso retirar el primer año. Me dijo que si se podía retirar: Digo: «oye, que no vamos a reñir. No te puedes retirar porque las ovejas son mías. En tres años no las puedes vender, si te quieres retirar; tienes 50 ovejas me abonas 25 corderos y ya está, te retiras». y se retiró: me abon6 los 25 corderos. Luego el otro tiró aquel año y a otro año le compré las ovejas. Las tenía con los otros, pero yo ya les llevaba a mis casonas. Ya tenía yo un hatajillo de ovejas...Y luego que se las compré tiramos otros cinco años y a los cinco años se las compré todas las buenas. Las buenas no, las más buenas".

Como propietario, L. no ha variado mucho su horario de trabajo. El ganado de la tenada le ocupa de 6,30 de la mañana a 10 de la noche. Luego en el pueblo tiene que atender a las ovejas de casa un mínimo de dos horas. Por el contrario, durante esta última etapa de su profesión ha pasado de tener una vida relativamente cómoda a otra llena de preocupaciones:

"Julio, agosto, septiembre, octubre y noviembre, cinco meses de vacaciones, como quien dice. No hacía nada, absolutamente nada. Estaban (las ovejas) por aquí, tiraban por aquí, se subían por aquí y ¡hala! Hasta que no bajaban a las huertas al otro día, quieto en casa, si querías, o en el bar. Las veías por donde bajaban... Antiguamente na más que pasaban la carretera ya te podías ir al bar y estarte tranquilo: ¿ande se van a ir? Por ahí suben, por esos rastrojos de ahí arriba y a dormir allí, al alto. Y mañana, pa cá tirarían. Y ahora que está alambrado con más..., o sea, que no pueden pasar... Pero, claro, el lobo ahora no está, pero que las ve por ahí, me cago en tal, y te hace una sarracina de la hostia".

La vestimenta de L. en verano consiste en camiseta, camisa de manga corta, jersey fino y pantalón de tela. Por calzado utiliza botas chirucas y para protegerse del sol se cubre con una gorra de visera. Durante el invierno se abriga con camiseta de algodón, faja, camisa de felpa, jersey grueso y pantalones de pana. Como calzado utiliza botas de material o botas de agua y sobre todo el conjunto añade un recio chaquetón de cuero. L. recuerda haber vestido polainas, leguis y albarcas cuando era zagal. El zurrón y la cachaba son complementos inseparables del pastor.

Las jornadas en el monte durante el invierno son especialmente difíciles para el pastor. Durante el careo el frío hace mella en L. en muchas ocasiones. Entonces se detiene unos instantes y con un manojo de aliagas hace un fuego breve con el que calentarse mínimamente. Si el tiempo es de nieve y el ganado no ha podido salir, L. construye un refugio cercano a la tenada. Tomando como pilar un buen enebro dispone a su alrededor ramas de enebro, maderos y alpacas. A la entrada del recinto enciende una hoguera y sobre ella sitúa algunas tejas que le han de servir de improvisada cocina. Para comer asa chuletillas, chorizos, morcillas y otros productos cárnicos. Come a mano, depositando un trozo de carne en una rebanada de pan ayudándose para ello de una navaja. También come queso de oveja y bebe vino en bota. La dieta de L. cuando se encuentra en el monte no varía de un día a otro ni de una estación a otra. El desayuno tampoco, pues L. aprecia mucho las tortas de pan con anís a las que califica de "muy lamedoras ". El tedio lo combate leyendo El Promotor o construyendo figuritas con barro que luego abandona en el mismo lugar de su fabricación. La radio también le gusta, pero confiesa que su mala cabeza le ha hecho olvidar más de un aparato en el monte. La soledad que experimenta durante el día se hace extensible a la noche, pues L. permanece soltero. Bien es cierto que por decisión propia:

"A los 39 años me buscaron una novia en Burgos. Era coja la tía y a los cuatro días de hablarnos ya me pidió que vendiera las ovejas y comprara un piso en el...¡Espolón! También me decía que trabajara en una fábrica, la firestone me parece...".

Hoy L. es el último pastor de S. Su sobrino, tras una temporada de estar junto a él, decidió marchar de criado a otro pueblo de Burgos. L. se plantea el futuro en estos términos:

"No sé lo que hará mi sobrino. Igual me echo yo vacas, igual me meto yo media docena de vacas. Preparo aquella casa de allí: unos pesebres, pa'rriba ya tengo el suministro. Las llevas allí (a la dehesa) a primeros de mayo y hasta ahora (primeros de septiembre). Si quieres un día ir a dar una vuelta a ver como las tienes... Pero cuatro ovejas no tengo. Siquiera tener 60 ó 70, joder. Las echas el día que quieres guardar fiestas, las echas y ya está. ¿No tengo ahora... ? Ahora hay 30 (en el casillo). Será cuando menos he tenido. Alguna vez he tenido hasta 200 en casa. ¡No vas a estar ahí con lO ovejas! 50 ó 60... Si quieres las ordeñas..., te entretienes".

Aunque L. proclama no tener preferencias políticas concretas, sí manifiesta ciertas opiniones generales sobre las mismas. A partir de éstas cabría profundizar, ya desde la Antropología, en temas de interés tales como el individualismo, la desconfianza en el proceder político o el sentimiento de pertenencia a determinada tierra. Baste por el momento mencionar alguno de los puntos de vista que L. mantiene al respecto. L. relaciona de forma automática el término izquierda con comunismo. De éste opina que no es un buen sistema, no porque la propiedad sea compartida, sino "porque si es tuyo, trabajas con más ahínco". La derecha tampoco supone para él una alternativa. En este caso, vincula el término con el pasado franquista en su pueblo:

"¡Qué hijos de puta! Se pasaron un poco... Ibamos, que a lo mejor (las ovejas) se comieron un cachín de cebada, y todos los pastores ahí, al cuartel. Y darnos palos, pa que declararíamos. ¡Qué hijos de puta, cabrones! Eran los que mandaban ¡Antes se les tenía un miedo!".

El político para L. tiene que tener ante todo ciertas cualidades humanas:

"Ese hombre que estuvo el otro día, el de Rumasa, el Ruiz Mateos: qué hombre más majo, la Virgen! ¡Bah, esos hombres no se tenían que morir nunca! Será malo y será lo que tú quieras, pero, me cago en, un hombre más campechano y más majo...".

Debe estar capacitado para su tarea:

"Las perras esas de cobre, de los reyes..., ese que se marchó a Bélgica y nos dejó sin oro... Era de Bélgica. Se marchó a mitad de noche y la mujer; claro, perdió la corona. Creo que se llevó to el oro, el cabrón. ¡Mira, mira que de otra nación y hacerle rey! Pero si un hombre no vale, ¿por qué hacerle que mande? Porque venía de herencia, cogía la herencia. Como si yo tengo las ovejas y luego se quedan pa mi sobrino... Pero tiene que ser por inteligencia, por capacidad...".

Y, fundamentalmente, trabajar por su tierra de nacimiento:

"¡A mí me da igual! Yo quiero uno pues que salga por nuestro país, que estamos. Cago en dioro, aquel to se lo llevaba a Andalucía. Castilla, claro. Si se mete un catalán se lo lleva to a Cataluña. Este, mira, por lo menos ya... Mira la carretera a S., la otra oye, ¡ha hecho algo!".

L. mantiene una postura muy crítica con el estamento eclesiástico. Como en el caso anterior, las palabras de L. dan lugar a indagaciones más detalladas sobre su pensamiento acerca de la propiedad y su circulación en el pueblo, el poder local, etc. Creyente y observador del ritual católico en sus aspectos más sentimentales y llamativos, no aprueba la conducta que observa en "los curas" tal y como confirman estos testimonios:

"Subí por la era, to los altos alante, y vi salir al ermitaño, ¿cómo te diría yo? Casi como de aquí al río y allí se volvió. Se acercó a un colmenar que tenía el tío Patalán. Voy por fin donde el ermitaño, doy así en la puerta: «¡pum, pum, una limosna pa un pobre!». Nada. «¡Pum, pum, una limosna pa un pobre!». Hasta que ya salió. Digo: «¿no habrá visto una oveja por aquí?». Dice: «No he salido de aquí». digo: «Salir sí que ha salido, que no la haiga visto es distinto». «¡No he salido de aquí!». «¡Pues si le he visto llegar hasta ahí alante!». ¡Pues me lo negó! Luego se lo dije al Abad. Pues al otro día tenía una carta en casa que si quería hablar con el ermitaño tenía que contar con el Abad, ¡Jíjate! Le dije al Abad: «Un ermitaño, un religioso, uno que está haciendo una vocación de Dios y que mienta... Que hubiera dicho, pues he salido y no he visto nada»".

"Son los amos... Se apoderan de todo... Estuvo el «Arnaz»... Igual ahora les dan otros doscientos millones pa hacer aquello... ".

"Pasa como los frailes, que no quieren más que quedarse ellos solos. Los frailes, también, no creas que son nada buenos... Se quieren apoderar de todo. Y todo lo que entra en esa casa no sale. No es como donde un vecino: mucho tendrá, pero se casa... Mira el P.: se ha casado esa de H., pues ya va pa la parte de H. Se casa el otro hijo con una sobrina mía, pues ya va, o sea, se va repartiendo. Pero lo que entra en esa casa... Se muere un abad y entra otro. ¡Ahí se queda, de ahí no sale!. No ser que allegue... En tiempos sí que vendieron. ..Porque allegó una cosa y entonces sí que vendieron y... ¡Si estos deben tener más hoteles y más todo! Esta tierra: algún señor de S., el padre de B., ofreció bastante dinero, pero con éstos no hay quien pueda: la última peseta, la de ellos".

"Igual el día que estuvo el «Arnaz» les han concedido doscientos millones... Digo yo, que no lo he leído en el periódico ni eso, pero bien seguro. Ya ha venido ya tres veces. Pues cada vez que viene, doscientos millones pa cá. Le dan de comer y ¡hala! Claro, mucho también sale por los curas. Porque si hay, por ejemplo, treinta y tantos, igual los treinta han votao por él ¿eh? Y otra congregación de éstos a lo mejor les han dicho: el «Arnaz» y tal y eso. También han votado por él y en otra, tal... ¡Curas, pues hay muchos... y monjas! Todos votan y luego si a lo mejor votamos otro treinta o cuarenta por ciento de los demás...".

"Porque estaba mal y todavía está mal...Le he tenido que arreglar yo por fuera parte los «desaugues» y otras cosas he hecho yo... Me la construyó (la casa) él y me la hizo mal y el tejao me lo había puesto por medio de teja árabe y por las orillas de teja..., de esta otra nueva: parecía la bandera española. Se la hice quitar. Después de que la prepara un poco fue cuando el cabrón me metió en el juzgao. Y yo que soy algo terco... El abogao de él decía: «mira a ver lo que te tiene que desquitar y entendisos». Claro, si le digo a lo mejor que me habría devuelto trescientas mil pesetas, ¡fíjate! Entre lo que me tenía que haber devuelto y todo lo que me he gastao, igual tres millones, pero... Y además que me dijo el abogao que iba a ganar... Pero luego debieron meter el anillo estos curas, ¡cago en la puta que les parió! Este padre F. debió intervenir. Ya me lo dijo el abogao: «Vas a perder, porque sé han presentao los negros...» Es que tienen mucho poder los frailes, ¿eh? Tú tienen influencia con un fraile, vas que te ha pasao algún caso, le mandas que vaya y... ¡ganas! A uno pegaron, que estaba ahí trabajando en el convento, pegaron al guarda y le dejaron medio muerto, allá a donde las naves de estos chicos, y todavía ganaron. Se ve que fue a decirles que no se podía estar allí con el ganao, que estaba coto y entonces se echaron a él y le pegaron una paliza que le dejaron medio muerto y todavía ganaron. A este padre F., cuando estaba yo en pleito, no le veía más que salir de ahí, tol tiempo estaba ahí".

Voy a analizar ahora, siquiera someramente, un aspecto tan importante como es el de las relaciones que el pastor mantiene con el resto de la comunidad. Al igual que en las declaraciones precedentes, las palabras de L. son un buen punto de partida para abordar la antropología social del pueblo desde la óptica del conflicto. Conformémonos, no obstante, con presentar la información etnográfica recogida en este ámbito.

Al tratar con los vecinos de la comarca temas relacionados con los pastores no fue infrecuente advertir en sus palabras cierto tono despectivo hacia la profesión pastoril. Quizá el testimonio que mejor resume esta actitud se encuentra en la siguiente copla popular que en varias ocasiones me fue cantada:

Los pastores no son personas,
que son animales.
Comen sopas en calderos
y oyen misa en los corrales.

En conversaciones cotidianas, en el bar o en los corrillos de mujeres a la puerta de casa, he documentado numerosas críticas hacia L. referidas al mal estado en que conserva las tenadas y los casillos; la poca dedicación que presta a la salud y presencia de los animales, “no las tiene cuidadas'”, y la escasa capacidad que tiene para mejorar sus explotaciones. La crítica más extrema lleva a decir "que se mantiene gracias a las subvenciones".

Por su parte, L. manifiesta una abierta hostilidad hacia los propietarios de ganado vacuno, a los que acusa de ciertos privilegios y responsabiliza de las desgracias que ocurren a su rebaño:

"Encima no pagan nada (por tener las vacas en la dehesa): ¡pago yo por ellos! Ahora porque lo tienen alambrao y es pa ellos y no pagan ninguno porque tendrían que pagar una reserva por tener allí las vacas: un millón o dos, al Ayuntamiento. Y luego pagar igual que los demás. Que van por tos los sitios igual que los demás. Aquí pasa todo. ¡Y los demás, pagar! Habrá que ponernos una cuadrilla y decirles: a ver; ¿qué pasa aquí? ¡O todos o ninguno! Oye: que sea pa uno o sea pa todos. Donde hay ley pa uno que sea pa todos".

"Fíjate en mí, que me quieren matar las ovejas. ¡No me dejan entrar en las tierras! Las tengo que tener por aquí en tiempo seco, que no comen...Oye, el ganado se queda, se empieza a atrasar; a atrasar y luego ya en el invierno entran delgadas y a morir: ¡Me las matan ellos! A mí, ya digo: si las verían todas las ovejas muertas un día yo creo... No sacarían el baile porque parecería mal... ".

La inferioridad en que se encuentra L. respecto a los vaqueros (recuérdese que estos son a su vez fuertes propietarios de tierras) la combate el pastor con la crítica acerada sobre la profesionalidad de aquéllos:

"Ahora las bajarán (las vacas desde la dehesa) a otro día de Acción de Gracias, digo yo. De que no hay nada por aquí (por los rastrojos) las llevan a comer las moñigas que han dejao y luego vienen tisicas. Las llevan gordísimas y luego las traen tísicas. Las llevan en diciembre (riéndose), a primeros de diciembre...".

La burla se refuerza con demostraciones verbales de orgullo. L., en oposición a los vaqueros, se considera un buen pastor y siempre que tiene ocasión lo hace patente. L. recuerda que siendo zagal y como consecuencia de su buen hacer, el amo le recompensaba con más fanegas de trigo que al resto de los zagales. En la actualidad, L. realiza declaraciones como las que transcribo. Todas ellas hacen referencia a la calidad de sus ovejas, lo cual avala su capacidad de trabajo y su saber:

"¡Qué oveja más buena! ¿Cómo coños hace una oveja como ésta? Tan buena y... ¡buena leche tiene! Dice ese hombre, ese que se llevó las ovejas: «Ya, como las tienes delgadas no parecen las mismas, pero ovejas como las tuyas no hemos visto en ningún sitio de buenas y de bonitas». Porque ya las de ese pueblo son más feas, ¿ves ? Aquella ya es de ese pueblo: ¡Ya no tiene la alegría de las mias! Las estuvo viendo aquel hombre Y dijo: «no, las de ese pueblo no las quiero». Estas no tienen ni tetas. Las mías... Allí hay ovejas que tienen leche de sobra...Esta misma, ésta tié ubre para criar a tres. ¡Qué buena una que lleva una campanilla! Y otra que tenía una puntá en el pescuezo, una cornuda... ¡Qué ovejas más buenas me faltan! ¡Fíjate qué borra! Esa tiene dos madres. ¡Fíjate qué flamenca, cómo tornea el lomo!".

En cualquier caso, las solas palabras no bastan a L. para contender con los vaqueros. Convencido de la injusticia que con él se está operando y viéndose indefenso las más de las veces, L. ha tomado la determinación siguiente:

"Las tenia que llevar (las ovejas), a la dehesa, pero ya para dos años que me quedan...Te pegan cuatro hostias y ¿qué? Cuando me retire, que no tenga yo eso, pues empiezo a dar..., como el A. de S. Dirán que soy malo... Pues voy a pleitear contra esos señores que si tenían cuatro hectáreas ahora tienen ocho. Esas cuatro que son del Ayuntamiento, que son mías, tuyas o de cualquier otro hijo del pueblo, que las dejen, que paguen un impuesto. Que las dejen. ¿Que me gasto un millón de pesetas? Pues un millón que se ha jodido, ¿me entiendes? ".

Obviamente, no todo son sinsabores en la vida social de L. Al contrario. L. es apreciado en la comarca y muchos testimonios así lo confirman. Cuando L. se dirige a la tenada, situada al costado de la carretera, a unos tres kilómetros del pueblo, realiza el desplazamiento gratis en el autobús de línea que efectúa esta parada sólo por deferencia hacia el pastor. El chófer también le entrega con cierta frecuencia pan duro para sus perros.

L. opina que su origen humilde, aunque ahora sea amo, influye en la buena consideración que la gente tiene de él:

"Aquí, casi todos los que vienen de por ahí, como la señora madrileña, la C. y eso, lo que quieren es a los pobres... Con los ricos no creas que... ¡A mi me quieren los chicos cuando vienen...! Ya mi difunto padre le quería, ¡bah!".

"¡Bah! A mí no es por alabarme, todos los de los pueblos de al contorno me quieren a mí, ¡bah! En cuanto me ven, si entro en el bar; voy a pagar y ya me lo han pagao, ¿eh? A mí me quieren todos los de por aquí... Bueno, todos los que me conocen".

"Hombre, del pueblo, gente que no tiene ganao me quieren. Porque el F. me ha dicho que las meta (las ovejas) en sus tierras; el C. me ha dicho que las meta en sus tierras, el P. me ha dicho que puedo entrar en sus tierras, el B. me ha dicho que entre en sus tierras... O sea, que son los ganaderos. Los demás, me han mandao. ¿A mí me van a prohibir? ¡Me va a prohibir nadie! Que el P. tiene más que entre la mitad del pueblo".

El respeto y el cariño que profesa la gente hacia L. es fruto del comportamiento del pastor. Comportamiento que se basa en un concepto del "honor" muy extendido entre los habitantes de la zona. Algunos ejemplos ilustrarán la concepción del honor tal y como es entendido por L. Necesitado de un nuevo casillo en el pueblo, la hermana de L. le propone diversos vecinos a los que puede solicitar su arriendo o préstamo. L., sin embargo, rechaza uno tras otro porque en ellos hay algún tipo de género (pollos, paja, etc.) y por nada del mundo querría que sus propietarios pensaran que él se iba a aprovechar de ellos.

Cuando su rebaño entra en alguna tierra sembrada, L. acude raudo a dar cuenta del incidente al propietario del terreno y, reconociendo su culpa, se presta a avenirse a un acuerdo con el agricultor.

Pero donde su "honor" alcanza mayor relieve es en los tratos:

"Mis ovejas. Me las compró a mí. Y vino un hermano y empezó a decir que le había cambiado las ovejas..., después de cargadas... Va y dice que se las había cambiado. Dije: «pues si te las he cambiado, ¡venga del coche!». ¡Y se las tiré con todos mis cojones! ¡Venga fuera! Digo: «yo no estoy enseñao a eso». «Coño, no hagas caso de mi hermano», dice el señor S. ¡Nada! Se bajaron y se las compraron al R. Veinte. Y de las veinte tuvo que quitar quince. Cinco que le salieron un poco regulares. ¡Ni tetas!".

Decir de L. que es una fuente de sabiduría puede resultar un manido tópico. Enumerar, por otra parte, las lecciones que a cada paso me proporcionó ocuparía un espacio por ahora no aconsejable. L. identifica las huellas de los animales, el tiempo que llevan grabadas en tierra y las características de los ejemplares que las crearon. L. prevé el tiempo futuro por el sonido de la nieve al pisarla, por la cantidad de avispas en tiempo de vendimia, por las cualidades de los vientos y la forma de la luna llena. L. conoce la calidad del suelo por la vegetación que en él crece y los años de los árboles con sólo una mirada fugaz. En fin. L. habla en un lenguaje para muchos desconocido en el que a una zumbre le sigue una tórdiga y a ésta un cabrio o un celemín.

El señor L., además, canta mucho y bien. Recuerda con memoria más que sobresaliente múltiples canciones que ahora transcribo literalmente y muchas de las cuales tuve oportunidad de grabar en el preciso momento en que L. se arrancó espontáneamente.