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UNA LEYENDA ALBERCANA CON REMINISCENCIAS CLASICAS

PUERTO, José Luis

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 213.

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En La Alberca, pueblo perteneciente a la salmantina Sierra de Francia, las personas mayores conocen una leyenda en la que la persecución amorosa se relaciona con la vegetación, en concreto con un árbol. La informante que nos la ha contado llama a dicha leyenda: "El Roble la Mujer". Y éste será el título que le pongamos, a la hora de transcribirla (aunque hemos respetado el relato tal y como se nos contó, hemos optado por normalizar la pronunciación, para que sea mejor comprendida). El etnotexto es el siguiente:

EL ROBLE LA MUJER

Eran unos novios y él andaba detrás, pero ella no lo quería y la familia de ella tampoco a él. Entonces se fue a confesar, y antes le echaban de penitencia ir a visitar la ermita San Marcos o a la ermita Majadas o a las ermitas que había fuera. Y a ésta pues le echaron de penitencia que tenía que ir a visitar la ermita de San Marcos. Y entonces ella fue y Vio que detrás de ella iba gente persiguiéndola. Fue a la ermita, rezó lo que fuera y se vino. Y, al venir pa acá pues dice que vio que la venían persiguiendo; entonces dice que, en el charco, hay un roble, entre el Charco los Venaos y el Coto, en una llanura que hay y hace el camino llano, allí había un roble gordo; y entonces pues dice que dijo:

-Ay; si se abriera ese árbol, me metía.

Se abrió y se metió, y el hombre pasó pa allá. Y entonces él, buscándola por un sitio y por otro, cuando no eso, ella cogió y se vino luego por ahí, por la Viña, por la Fuente la Peña, y debajo del puente se metió. Y pasó él detrás, y ya no la vio. Y dice que dijo:

-Si supiera que estaba aquí debajo.

Porque él decía que, si no era pa él, que la mataba, que no era pa nadie. Y entonces, pues ella desque vio eso, del susto que pasó, se subió por la güerta La Chanca -y vivía para ese lao del Rincón del Tablao- y de ahí subió a la cama. Y se murió...Un roble que, eso, lo llaman el Roble la Mujer, que está en la Dehesa, entre el regato el Coto y el Charco los Venaos. Yo lo llegué a Conocer, pero era otro; lo habían caído ya ése, pero la cruz la vi en ese otro, y decían que era por eso. Me lo contó mi abuelo, cuando iba yo a acostarme pa su casa, de noche".

(Lugar de recogida: La Alberca. Informante: Dolores Hernández Hoyos, 66 años. Fecha de la recogida: 26 de febrero de 1994).

El texto que acabamos de presentar encuadra perfectamente en la definición de la leyenda que da Vicente García de Diego, cuando afirma: "La leyenda es una narración tradicional fantástica, esencialmente admirativa, generalmente puntualizada en personas, época y lugar determinados" (1).

Dicho texto cumple, además, algunos de los requisitos más característicos del género de la leyenda de tradición popular, tal y como son apuntados por el mismo estudioso:

-La condición de tradicional, es decir, la persistencia en la tradición popular.

-El carácter maravilloso del tema de que trata.

-La megalosia, que consiste en agrandar, deformar o exagerar los hechos, en darles un carácter hiperbólico. Surge, así, el sentido admirativo, que nace de lo considerado como no común, como extraordinario.

-La presencia de impropiedades y anacronismos, tanto en el espacio como en el tiempo.

-El afán de localización de los hechos; siempre se supone la leyenda sucedida en un lugar con nombre propio.

-La variación de la misma de unas transmisiones a otras. "La leyenda varía normalmente en las transmisiones, porque no se cuenta con las mismas palabras ni con los mismos giros, sino que se transmite por conceptos, dejando a cada persona su expresión estilística" (2).

La leyenda de El Roble la Mujer es un relato tradicional, vivo entre bastantes personas mayores de La Alberca; su tema tiene un carácter claramente maravilloso, aunque enmarcado en un ambiente realista, debido a los personajes y a los nombres propios de cada lugar, existentes y pertenecientes a la toponimia menor del pueblo citado; y además experimenta variaciones de unas transmisiones a otras.

SU FILIACION CLASICA: EL MITO DE APOLO y DAFNE

Creemos que la presente leyenda popular, de tradición oral, tiene una clara filiación con el mito clásico de Apolo y Dafne, ya que obedece a la misma morfología estructural. Pero antes de establecerla, vamos a mostrar el texto del mito clásico, que aparece recogido en las Metamorfosis del poeta latino Ovidio (Libro I, versos 452-565):

Dafne, hija del río Peneo, fue quien primero acució el interés de Apolo. Esta pasión fue menos un efecto del azar que una venganza del amor irritado contra él. Porque Apolo, presuntuoso de su éxito sobre la serpiente Pitón, viendo a Cupido con el apercibido carcaj, le amonestó: "Dime, joven afeminado: ¿qué pretendes hacer con esa arma más propia de mis manos que de las tuyas? Yo sé lanzar las flechas certeras contra las bestias feroces y contra los feroces enemigos. Yo me he gozado mientras veía morir a la serpiente Pitón entre las angustias envenenadas de muchas heridas. Conténtate con avivar con tus candelas un fuego que yo no conozco y no pretendas parangonar tus victorias con las mías". "Sírvete tú de las flechas como mejor te plazca -respondió el Amor- y hiere a quienes te lo pida tu ánimo. Mas a mí me place herirte ahora. La gloria que a ti te viene de las bestias vencidas me vendrá a mí de haberte rendido a ti, cazador invencible". Dichas estas razones, voló Cupido y se detuvo sobre el Parnaso; y disparó dos flechas; con una clavó el amor, y el desdén con la otra. Flecha de oro, la amorosa, aguda y sin remedio. Flecha plomiza, la desdeñosa, y roma. Aquélla atravesó el pecho de Apolo, y ésta el de la ninfa Dafne. Conoció el dios la pasión violenta y fue el amante de la hija de Peneo, la cual se refugió en el bosque pretendiendo, como Diana, dedicarse a la caza. Muchos la pretendieron; mas ella despreció a muchos por no cejar en sus silvestres gustos. Y decíale su padre: "Hija, yo desearía que te casaras. ¡Cuánto sueño con tener nietos!". Le sonrojaban tales deseos; el matrimonio le parecía un crimen; entre los brazos de su padre suplicaba por su virginidad, recordándole el don que a Diana concedió Júpiter. Peneo consintió, no sin decirle que su belleza y sus gracias eran los peores enemigos de su resolución. Apolo la vio; y verla fue enamorarse y sentir los apremios del deseo. Creyó con constancia conseguida por fin. Vana espera. Fuego violento consumía el coraz6n varonil. Viendo los rubios cabellos de la ninfa caer sobre sus espaldas, se decía: "¿Cual no sería su belleza si estuvieran peinados con arte?". Viendo sus ojos, rútilos como dos estrellas, su boca bermeja, sus dedos, sus manos y sus brazos desnudos, conmovíase. Y su amor se desbocaba imaginando otras bellezas ocultas. En vano la pretendió. Esquivábale ella con la ligereza del viento. "¡Espérame, hermosa mía! -clamaba Apolo-. ¡Espérame! ¡Que no soy ningún enemigo de funestas ideas! ¡Húyale el cordero al lobo, el ciervo al león y la paloma al águila, porque sus enemigos son; pero no me huyas, porque únicamente el más inmenso amor me impulsa! ¡Espérame, porque pudieras caer sobre las espinas del camino, siendo yo, sin querer, la causa! ¡Sigues el rumbo más disparatado! ...¡Si moderas la ligereza de tu huida, moderaré la ligereza de mi persecución!... ¡Piensa que no soy pastor que conduzca rebaños al son de un caramillo y procura entender el precio de tu conquista! ¡Si me conocieras...seguro estoy de que, si no esperarme, no me esquivaras con ese ahínco! ...Delfos, Claros, Tenedos y Petara me rinden los honores debidos. Hijo de Júpiter soy, y adivino el porvenir y soy sabio del pasado. Yo inventé la emoción de acortar el canto al son de la lira; mis flechas llegan a todas partes con golpes certeros. Mas, ¡ay!, que me parece más certero quien dio en mi blanco. Siendo el inventor de la medicina, el universo me adora como a un dios bondadoso y benefactor. Conozco la virtud de todas las plantas..., pero ¿qué hierba existe que cure la locura de amor? Se conoce que mis méritos, útiles para todos los mortales, únicamente para mí no tienen poder ni prodigio".

Mientras hablaba así logró Apolo acortar la distancia que les separaba; pero Dafne de nuevo huyó ligera... con hermosura acrecentada. Sus vestidos volados y semicaídos. ..Sus cabellos dorados y flotantes. ..Divina, sí. Debió pensar Apolo que más le valían que las melodiosas palabras, en aquella ocasión, los pies ligeros. ..y arreció en su carrera. Y fue aquello...como una liebre perseguida por un galgo en campo raso, espectacular y definitivo. ¿La alcanza? ¿No la alcanza?. Ya los varoniles dedos rozan las prendas femeninas...¡Y cómo palpita el corazón entonces!...

Llegó Dafne a las riberas del Peneo, su padre, y le dijo así, desconsolada: "¡Padre mío! Si es verdad que tus aguas tienen el privilegio de la divinidad, ven en mi auxilio..., o tú, tierra, ¡trágame!... porque ya veo cuán funesta es mi hermosura...".

Apenas terminó su ruego, fue acometida por un espasmo. Su cuerpo se cubre de corteza. Sus pies, hechos raíces, se ahondan en el suelo. Sus brazos y sus cabellos son ramas cubiertas de hojarasca. Y sin embargo, ¡qué bello aquel árbol! A él se abraza Apolo y casi lo siente palpitar. Las movidas ramas, rozándole, pueden ser caricias. "Pues que ya –sollozó- no puedes ser mi mujer, serás mi árbol predilecto, laurel, honra de las victorias. Mis cabellos y mi lira no podrán tener ornamento más divino. ¡Hojas de laurel! Los capitanes romanos triunfantes, subidos al Capitolio, ostentarán coronas arrancadas de ti. Tu cubrirás los pórticos en el palacio de los emperadores; y así como mis cabellos permanecen sin encanecer nunca, así tus hojas jamás dejarán de aparecer verdes".

Cuando Apolo terminó de hablar, el laurel pareció descender sobre su cabeza, como aceptando los ofrecimientos que le acababa de hacer (3).

Como es bien sabido, este mito clásico de Apolo y Dafne fue abundantemente recreado en todas las literaturas europeas, tanto en el Renacimiento como en el Barroco. Un alto ejemplo de dicha recreación culta podemos encontrarlo en el soneto XIII de Garcilaso de la Vega ("A Dafne ya los brazos le crecían") (4). Pero no nos interesa ahora tratar sobre las recreaciones literarias, sino establecer la similitud tipológica entre la leyenda albercana y el mito clásico greco-latino.

La morfología tanto de la leyenda popular como del mito clásico presenta puntos estructurales de contacto; aparte de sus detalles particulares respectivos, obedecen las dos a unas mismas secuencias narrativas, que las podríamos enunciar del siguiente modo:

-Existencia de una joven hermosa (moza, en la leyenda; ninfa, en el mito).

-Enamoramiento de ella, debido a su belleza, por parte de un joven (mozo, en la leyenda; dios, en el mito).

-Rechazo por parte de la joven de la relación amorosa que el joven le pide.

-Persecución del joven a la joven por un entorno natural. Trata de conseguir por fuerza lo que no puede alcanzar por gracia.

-Huida de la joven.

-Conversión de la joven en árbol (en el mito, Dafne se convierte en laurel) o introducción de la joven dentro del tronco de un árbol que se abre, debido a lo cual ella se hace invisible (en la leyenda, la moza se mete dentro del tronco de un roble).

-Imposibilidad de la relación amorosa, tal y como el joven la busca, como elemento final.

Nos encontramos, por tanto, ante dos relatos morfológicamente semejantes. La asociación en ambos de mujer con árbol, del elemento femenino con el vegetal, está potenciando y recalcando el sentido genérico de fecundidad que toda la vegetación tiene. Sin embargo, la fecundidad no está puesta, ni en la leyenda ni en el mito, al servicio de la procreación, sino que lo que se resalta, a través de los elementos de la huida y de la introducción o conversión en árbol, es el elemento simbólico de la doncellez y de la castidad femenina. J. A. Pérez-Rioja indica, en este sentido, que el laurel, el árbol del relato mítico, "aún añade la idea de castidad, derivada, sin duda, del paganismo, ya que se consagraba a las Vestales" (5). Mientras que el roble, el árbol de la leyenda, en el cristianismo, viene a ser "emblema de Cristo y de la Virgen María. Por su solidez y duración, el roble suele simbolizar, además, la fuerza de la fe y de la virtud, así como la resistencia cristiana frente a la adversidad" (6). Aquí, en nuestra leyenda, cuadra muy bien el valor simbólico de la fuerza de la virtud; el carácter ejemplarizante, en un sentido de cristianismo tradicional, queda bien patente y resaltado en nuestro etnotexto.

Pero si Apolo (y el mozo de la leyenda) es la personificación del sol y de la luz, en definitiva, del día, habrá que entender que la joven simboliza a su vez el elemento lunar, nocturno, sombrío. La complejidad significativa, tanto del relato mítico clásico, como de la leyenda de tradición popular actual, salta a la vista. Pero en este punto nos detenemos. Nuestro cometido en el trabajo presente no es tanto de tipo interpretativo, sino informativo más bien: mostrar la analogía entre el mito clásico y la leyenda actual, un ejemplo más de las continuas correspondencias e interferencias entre lo culto y lo popular en el terreno de la imaginación literaria.

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NOTAS

(1) Antología de Leyendas de la Literatura Universal, Tomo I, 3ª Ed., Estudio Preliminar, selección y notas de V. García de Diego, Barcelona, Editorial Labor, 1958, p. 3 (1ª Ed.: 1953).

(2) GARCIA DE DIEGO, Vicente: Op. cit., p. 10.

(3) OVIDIO NASON, Publio: Las Metamorfosis, 4ª Ed., Traducción de Federico Carlos Sainz de Robles, Madrid, Espasa Calpe, Col. Austral, nº 1326, 1980, pp. 27-29.

(4) Aparte de la ya clásica edición de las poesías de Garcilaso de la Vega realizada por Elías L. Rivers (Madrid, Ed. Castalia. 1964). es también magnífica la reciente de Angel L. Prieto de Paula (Madrid. Ed. Castalia. Col. Castalia Didáctica, nº 21. 1990).

(5) PEREZ-RIOJA, J. A.: Diccionario de Símbolos y Mitos, 4ª
Ed., Madrid, Ed. Tecnos. 1992, pp. 266-267.

(6) PEREZ-RIOJA, J. A.: op. cit., p. 370.