Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

TOPONIMIA DE PESQUERA DE DUERO (VALLADOLID)

BELLIDO BLANCO, Antonio

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 213.

Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede descargarse el artículo completo en formato PDF desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Revista de Folklore número 213 en formato PDF >

Los últimos números de la revista están disponibles en el servidor de la Fundación Joaquín Díaz >


El territorio de referencia y de actividad para un núcleo rural, en nuestro caso un pueblo de la Ribera del Duero, viene a constituirlo aproximadamente su término municipal. Dentro de este espacio tienen cabida prácticamente todos los lugares en los que el campesino tradicional desarrollaba su vida: la vivienda, la iglesia, los campos de cultivo, las áreas de trabajo y las de relación social, las tierras comunales... En este microcosmos local el visitante ocasional sólo alcanza a distinguir sitios con construcciones dentro de una aparente homogeneidad del paisaje; para él todo el campo es igual y todo el monte es uno. Sin embargo, el habitante del lugar es capaz de dibujar sobre el terreno un accidentado relieve de recuerdos y valoraciones humanas. Para él el espacio se encuentra perfectamente delimitado y compartimentado, la mayoría de las veces sin necesidad de recurrir a fronteras materiales, mediante el recurso a la memoria y a unos conocimientos básicos compartidos por todos los vecinos.

Las gentes conocían bien este espacio y para describirlo se servían de distintos elementos característicos. Los más significativos serían los accidentes del terreno, como cerros, lagunas, bosques, ríos, arroyos o fuentes; pero también se acude a aquellos rasgos de cierta consistencia que ha introducido la mano del hombre sobre el paisaje, entre ellos los caminos, las construcciones e incluso la propia parcelación de las tierras de cultivo. Asimismo al hablar sobre los lugares no es infrecuente referirse a "las tierras del tío...", "el sitio donde estaba el chozo de..." u otras alusiones a los vecinos que poseen propiedades cercanas; no obstante, en la mayoría de ocasiones los nombres de personas no deparan la formación de topónimos y, aunque se siga aludiendo con ellos a determinadas tierras durante toda la vida de su propietario e, incluso, una vez fallecido, hasta entre sus nietos, son nombres que suelen terminar por desaparecer. Sobre esta base se establece la denominación de los diversos pagos o partes del campo como principal método para delimitar el territorio circundante al pueblo.

Pero incluso estos nombres proporcionan una información demasiado limitada. La nomenclatura y la toponimia resultan sólo un tenue reflejo del conjunto de conocimientos que el campesino tiene de su entorno. Los habitantes de un pueblo reconocen las distintas parcelas, incluso cuando son de bosque, y saben cuál es cada uno de los propietarios, cuándo plantó o cortó árboles; saben la historia reciente de herencias, particiones, ventas y conflictos (Fernández de Rota, 1992: 393). Y a todos estos datos pueden referirse cuando hablan de cada una de las parcelas, ampliando el simple nombre de un topónimo a multitud de aspectos que también aluden, para las gentes del pueblo, a la ubicación geográfica, pero acompañadas de referencias a la posesión, al modo de explotación, a la calidad de las cosechas proporcionadas o a la incidencia de las inclemencias del tiempo de cada una de las partes del término municipal.

Los topónimos quedan así reducidos a una pequeña parte de las referencias reales que los habitantes de una zona emplean para describir su entorno, pero sin embargo tienen el valor de que cada uno de estos nombres tiene una existencia más larga que el de las otras referencias empleadas. Y ello, sin que pueda evitarse que también los topónimos cambien y a veces lleguen a desaparecer.

De todos estos nombres, tan cotidianos y habituales, no es frecuente encontrar testimonio escrito. Su presencia constante en el habla diaria es evidencia, y al tiempo garantía, de su necesaria conservación. Igual que los usos y costumbres del trabajo agrícola, para la gente del pueblo no han de perderse los nombres de los lugares, referencia obligada en el trato y la conservación. Es la documentación estatal -bien catastros de finalidad económica, bien mapas- la que fija estos topónimos por escrito (1). A lo largo del presente trabajo intentaremos acometer una modesta aproximación a la toponimia en el término de Pesquera de Duero (Valladolid) (2) donde, a partir de una clasificación temática de los nombres de los pagos, analizaremos su contexto espacial y comentaremos la evolución que ha sufrido en los últimos siglos.

LOS PAGOS Y SUS NOMBRES

Si se analiza el significado de los nombres, se aprecia que han sido elegidos dentro de un sentido, explicando los lugares de forma concisa y certera, hasta tal grado que cabría creer que los topónimos han surgido solos, sin que nadie tuviera que pensarlos. Para comprender mejor los apelativos, resulta forzada su ordenación dentro de varios ámbitos (3).

1. Por un lado se encuentran los relacionados con lo religioso, cuyo número no es muy elevado, pero que constituyen puntos destacados por disponerse -salvo Rubialejos y San Isidro- muy próximos al pueblo coincidiendo con áreas relevantes, como cruce de caminos y ubicación de bodegas y lagares:

•Unos hacen alusión a ermitas: Ermita de Rubialejos o Ntra. Sra. de Rubialejos, Humilladero, San Isidro, San Pedro y San Sebastián.

•Otros son hitos de valor religioso: Calvario, Sagra (derivaría del adjetivo latino "sacra"), Santa Cruz y Rollo (en este caso se refiere a un crucero).

2. Otro grupo es el de los nombres con una significación geográfica o topográfica, que se refieren a:

•Cursos fluviales y fuentes: Arroyera, Arroyo de San Pedro, Ribera, Hontanillas (poza o fuente al pie de una roca), Pozas, Pozos, Pozuelo, Fuente Cubo, Fuente Ratón, Fuente Marguilla y otras fuentes.

•Zonas llanas sin árboles y a veces pantanosas: Nava y Navajos.

•Zonas destacadas del terreno: Cabezadas (cabezón es un alto en forma redondeada), Loma, Mirabuenos, Molar (deriva de mole o de muela), Traslaloma, Trasotero y Torrejón.

•Zonas donde abundan el cascajo y la piedra: Cascajar, Cascajares y Cascajera. Aicara ( 4), en caso de ser un derivado del topónimo indoeuropeo -cara-, tendría un significado similar a pedregal y cascajar.

•Zonas llanas: Llanillo, Trasllanillo, Llano de Landerrera, Rasillo y otros "llanos".

•Zonas deprimidas: Hoyo, Hoyo de la Cuesta y Hoyo de las Navas.

•Depósitos de tierras: Terrero.

•Tierras bajas próximas a cursos de agua, las más fértiles y cómodas, que dentro de Pesquera corresponderían a las fuentes y al arroyo de Piñel: Val, Valdemadera, Valdemoral, Vallejo, Valverde, Valviñas, Veguilla y otras que comienzan por "Val-". Mientras val se referiría a pequeñas hondonadas formadas por arroyos, vega es un espacio más amplio y llano; Valcabao describiría un valle estrecho.

•La pendiente del páramo, usualmente su parte superior y la zona más próxima del páramo: Cotarra y Costalamesa (costa deriva de "cuesta"). Respecto a Varga, es difícil precisar si se refiere a la parte más pendiente de una cuesta o a una casilla con cubierta de paja o ramaje, pues ambas definiciones podrían darse en el lugar, que coincide con la ladera del páramo y donde tal vez en tiempos se levantaba alguna construcción.

•Barrancos poco profundos en el límite del páramo: Barco de las Culebras, Barco Fardel, los Barcos y otros "barcos" (5).

•Zonas destacadas sobre el valle al borde del páramo, sobresaliendo ligeramente respecto a éste: Pico Alto, Pico de los Conejos y Pico Polainas.

•Algunos términos destacarían la coloración del terreno: Albal, Caminos Blancos, Cornalbo, Rojillos. Albal podría referirse aun río (Gordaliza y Canal, 1993) o a una colina o altozano (Llorente, 1962: 313), pero en este caso, por su localización en las inmediaciones del páramo, probablemente guardaría relación con sus rebordes calizos, que son de color blanco. Cornalbo significaría cuerno blanco, de "cornus" (cuerno de una peña) si se correlaciona con el término Cornalto que Carrera (1994) comenta en el pueblo de Villacalabuey, y albo aludiría de nuevo aquí a la blancura de las laderas del páramo.

3. Un tercer conjunto lo forman los pagos sobre la vegetación:

•Especies cultivadas por el hombre: Cañamares, Cañarrojo, Cerezo, Emparrao, Guindaleras, Higueras, Huertas, Manzano, Monte la Viña, Olivo, Peral, Rabanales. Atarrubios (6) tal vez se refiera a un lugar donde se recogiese o se liase la planta de la rubia (término del que derivan Royera y Rubialejos, nombre de la patrona de Pesquera).

•Zonas de bosque: Barco de los Castaños, Carrasca, Enebrada, Enebral, Landerrera, Matorral, Monte, Moral, Olmas, Pinar, Pinarcillo, Punta del Pinar. Landerrera (7) parece derivar en su raíz lan- de "llano", que para Corominas (1955) proviene del céltico landa ("extensión grande de tierra en que sólo se crían plantas silvestres"), aunque Ramírez (1992:16) explica cómo su uso se sitúa en los inicios del castellano, cuando el latín "planum" se convirtió en "llano", con su variante dialectal "llan". Por otro lado, hemos relacionado Enebrada con enebral, pero no queremos dejar de incidir en que resulta un derivado sumamente raro.

•Otros términos sobre vegetación: Escobar (lugar donde abunda la planta llamada escoba). Candelero podría derivar de la misma palabra que cándaro, candanal o candelo, que aluden a las ramas y leña de árbol; o de candela, lo que lo relacionaría con quemar y arder (este derivado aparece citado en textos de hacia 1300). Fuentesarino podría aludir a la sarilla, una hierba similar a la mejorana. Mocha puede referirse a una extensión sin salientes ni prominencias en el terreno o a una zona pelada y pobre en vegetación, si bien por la proximidad del pago al arroyo de Piñel nos inclinamos más a pensar en que aludiría a un árbol -o variosd- esmochado que daría un carácter peculiar al lugar donde se enclavaba.

•Zonas de prado: Dehesa, Dehesilla, Majada (lugar donde se recoge de noche el ganado y se albergan los pastores), Pradejones, Pradillo, Prado y Verdinales (parte que en una pradera agostada se conserva verde por la humedad natural del terreno).

•Arboles de dimensiones destacadas: Atalaya y Atalaya alta.

4. Lugares que recogen alusiones a animales:

•Silvestres: Barco de las Culebras, Buitrera, Caracol, Pico de los Conejos, Tasuguera (tasugo= tejón). Buitrera (8) aludiría a la presencia de buitres en las proximidades o al emplazamiento de sus nidos en el lugar. Resulta muy similar a Aguilera, que significaría "tierra o roque do donde hay nidos de aves rapaces" (Escudero y Martín, 1990: 198), aunque en el caso de Pesquera se nos hace una interpretación difícilmente aceptable por su ubicación en una zona relativamente baja del valle.

•Domésticos: Cantaelgallo, Escuernacabras, Majada de las Vacas, Perros.

5. Términos que indican situación geográfica con relación a un punto de referencia:

•Detrás las Cercas, Encima de la Hermita de Rubialejos, Tras la Loma, Trasotero, Trasllanillo.

•En ocasiones se alude a otros pueblos o lugares habitados: Camino de la Abadía, Carrapalencia, Carrapesquera, Carrapiñel, Carraquintanilla, Carravalbuena.

6. El lote principal de los nombres que hemos recopilado lo forman aquellos que incumben a realizaciones humanas de distinto tipo:

•Caminos y vías de comunicación: Barca, Calzada, Camino de la Abadía, Camino o Senda de la Dehesa, Camino Viejo, Caminos Blancos, Carralaceña, Carril, Cuatro Caminos, Cañadas, Revuelta (con el significado de "curva") de Cantaelgallo, el Trece (indica un punto kilométrico) y otros que comienzan por "Carra-" (este nombre es una evolución del latín "carraria", camino).

•Construcciones y zonas de trabajo: Aceña, Bodegas, Boquilla (abertura de las acequias para riego), Cabañas, Cantera, Cañal (cañal pequeño que se hace al lado de algún río para que entre la pesca y se pueda recoger con facilidad y abundancia), Colmenares, Corrales, Cuadras, Depósito, Eras, Lagares, Lavadero, Hito, Molino Viejo, Nevera, Noria, Palacio (casa grande o de cierta importancia), Palomar, Pilones, Pozuelo, Regaderas, diversas Casas y Chozos, Salegar (sitio donde se da la sal a los ganados en el campo), Rueda, Tarazana, Tejera y Tenadillas (cobertizo). El pago Pared tendría su explicación en las ruinas de un edificio o en una casa vieja arruinada casi por completo.

•Elementos de la villa dispuestos en su periferia: Barrionuevo, Callejón, Callejuela, Cerca, Plaza, Postigo, Rincón, Ronda y Zercado. La Esilla o Hesilla (9) puede ser un nombre derivado del latín "exitus" (evolucionado hacia ejío, esida y exida), que aludiría a un campo existente a la salida del pueblo, común a todos los vecinos, donde suelen reunirse los ganados o establecerse las eras.

•Términos referentes a zonas con casas, quizás antiguas aldeas o granjas: Casar, Quintanar y Villar.

•Areas acotadas: Cotos (10) y Vallarín (derivaría de "valla").

•Elementos señalizadores: Cantón (alude a un gran miliario anepigráfico que se encuentra en el lugar y que quizás sirviera como delimitador de términos), Ito, Majano (montón de cantos sueltos que se forman en las tierras de labor o en las encrucijadas y división de términos).

•Parcelaciones: Quiñón (tierra de cultivo o parte de ella que se explota en régimen de comunidad), Picón, La Segunda, Picón del Pañuelo, Punta del Pañuelo. Encornijadas (11) podría guardar relación con la forma de una tierra si hubiera derivado de "cornijal" (punta, ángulo, esquina de un objeto); sin embargo, es un vocablo que quizás coincida en su significado con los "cuérano/cuérene/cuénere" de la zona de Liébana, consistente en "un terreno bastante extenso, repartido entre diversos propietarios, sembrado un año de cereales y otro de legumbres, en el que nadie puede sembrar o plantar lo que quiera porque, una vez recogida la cosecha, el ganado puede entrar con entera libertad" (Ramírez, 1992: 18). En apoyo de esta suposición estaría la proximidad a un chozo, ya desaparecido (12); así como la cercanía al Hoyo de las Navas, siendo esta segunda característica una coincidencia con el cuérano descrito por Ramírez, dispuesto junto a una fuente que brota de un hoyo (ídem: 20).

7. Algunos pagos recogen el nombre de uno de sus poseedores en el pasado o a un personaje que se ligaría al lugar por un motivo actualmente olvidado:

•Nombres propios: Boquilla del tío Paulino, Casa del tío Manolillo, Chozo del tío Pitaco, Fuente del tío Priscilo, Llano de Santiago, Marcelo, Sancho Martín y Valderramiro.

•Nombres que aluden a profesiones: Barco del Escribano, Casa de Camineros, Chozo del Guarda, Chozo de los Frailes, Cruz del Pastor, Dehesa de los Canónigos y Pozo del Escribano.

8. Encontramos también algunos casos que se refieren a acciones que por fuerza hubieron de transcurrir en un momento concreto del pasado pero que perduran en el apelativo del lugar:

•Revuelta de Cantaelgallo y Malsoldao (aludiendo a una soldadura). Rendeja parece derivar de rendir (aludiendo a producir y rentar), que en castellano antiguo era "render" (esta forma, que aparece en documentos del siglo XII e inicios del XIII, quedó anticuada ya en el XIV).

9. Finalmente se encuentran unos cuantos pagos que resultan más peculiares y que bien merecen algún comentario más detenido.

Hay una serie de topónimos difíciles de situar etimológicamente. Resalso tal vez sea un vocablo compuesto con "salso" (salsus= salado). Mascarana quizás se haya formado a partir de "marcarar" (tiznar o manchar con carbón). Fardel está presente en el nombre de uno de los barcos y, aunque el primer impulso es buscarle un significado como "paquete o fardo", resulta tentador ligarlo al catalán "farda" (procedente del italiano "farda"= excremento), que alude a "broza, maleza, hojarasca" y a "desperdicio, materia sin valor". Más dudosa es la posibilidad de que Alcaldiso (13) proceda de "álcali" (laguna), término del siglo XVI procedente del latín.

Cambrión quizás sea un derivado de "camba-", que significa curva y concavidad, aunque se trata de una hipótesis dudosa y también puede tener relación con cambrón (arbusto espinoso) (14). Cujón podría describir la forma de una parcela en el caso de que proceda de "cogujón" (cualquiera de las puntas que forman los colchones, almohadas, etc.), aunque hay una mención en el Catastro de Ensenada a la senda del Guijón, que podría coincidir aproximadamente con la ubicación del Cujón y hace pensar más bien en una referencia a tierras ricas en grava y guijarro.

Hasta aquí hemos visto cómo cada nombre tiene una función esencialmente descriptiva y en general coinciden con elementos visibles en el pasado y que en algunos casos aún perduran; sin embargo, en ocasiones la explicación no es tan obvia y debe recurrirse a la explicación de los habitantes.

Uno de los ejemplos que manifiestan ésto es el lugar conocido como las Calaveras: recibe este nombre porque, según los lugareños, era aquí a donde, durante la Guerra de la Independencia (1808-12), se conducía a los mensajeros franceses que llegaban a Pesquera con la intención de cruzar el río sirviéndose de la barca que comunicaba con Quintanilla (donde existía una guarnición francesa). Eran desviados a este lugar en la creencia de que por allí se cruzaba el río y, una vez que llegaban, se les mataba. Respecto al Majano de los Muertos, parece que aquí, durante la Guerra Civil (1936-9), se dirigieron muchos camiones repletos de prisioneros sacados de la cárcel del castillo, que fueron fusilados en el lugar. La Cruz del Pastor identifica el lugar donde un pastor fue asesinado por otro mientras almorzaba (15). La Desgracia debe su nombre a la mala calidad del terreno y Los Infiernos quizás sólo a su gran lejanía respecto al pueblo.

EVOLUCION DE LA TOPONIMIA

Como escribe Ramírez Sádaba (1992: 6), los topónimos son testimonios del pasado. Cada uno aparece en un momento preciso de la historia del lugar donde se ubica, pero se fijan a él y perduran posteriormente como fósiles, prueba de una lengua y su evolución o de acontecimientos o realidades bien determinados en un momento concreto que pueden haber desaparecido con posterioridad. Así los estudios toponímicos sirven para extraer numerosos datos sobre la evolución experimentada en el lugar, y sobre todo allí donde antes se encontraban prados, lagunas, fuentes, bosques y cercados y hoy, merced a las concentraciones parcelarias, sólo queda una vasta extensión de disposición geométrica, uniforme y monótona.

La finalidad de los topónimos es servir como "mapa de orientación" basado en elementos fijos del entorno. Estos referentes concretos se toman directamente del medio, pero se produce previamente una selección para subrayar algunos y omitir otros, y en este proceso se les otorga valor o significación según unos esquemas mentales que indican cuáles son las configuraciones correctas para las gentes del lugar (Juliano, 1986: 36). Más difícil resulta apreciar si en la elección de un determinado elemento influye más el criterio del individuo o es la perspectiva del grupo lo determinante, e incluso si a los esquemas mentales que influyen en la elección no se superponen además el azar y las circunstancias casuales. Finalmente, del mismo modo que los elementos del paisaje, también los topónimos llegan a desaparecer en ocasiones, pues su uso es abandonado y se les reemplaza por nuevos nombres concordantes con la nueva realidad (16).

Se nos ofrece como una tarea casi imposible precisar cuál fue la primera toponimia de Pesquera. Al ser un área de repoblación, donde en el siglo X se comenzaría a denominar a los pagos sin prácticamente ninguna referencia anterior, resulta complejo discriminar los posibles nombres romanos y prerromanos autóctonos respecto a los que, con una filiación antigua, traen los pobladores de sus tierras de origen. Poblaciones hubo antes de la reconquista, pero difícilmente podremos ya saber los vocablos que emplearon para sus topónimos. No obstante, son seguros como previos el hidrónimo Duero y, en el vecino término de Curiel, el nombre de las Pinzas, que ha sido reconocido por algún autor como la evolución de Pintia, y que aludiría a la civitas romana que se localizó probablemente en los términos de Padilla y Pesquera de Duero, a menos de cuatro kilómetros del actual pago de las Pinzas.

La reconquista llega a esta zona del Duero hacia 912, pero la situación sería inestable hasta 1009, momento en que se hará una segura ordenación poblacional del territorio. Esto explica que los topónimos tengan un origen mayoritariamente castellano, romance. Con todo, existen topónimos de origen romano e incluso anteriores utilizados en estos siglos de reconquista, ya que continúan usándose en época medieval y se utilizan en estos siglos pese a la lejanía temporal con respecto al momento de su aparición. Entre los prerromanos están varga con el significado de choza (indoeuropeo) y con el significado de cuesta (preindoeuropeo), así como vega (preindoeuropeo). De los romanos perviven val o vallejo (del latín "vallis"), sagra (deriva del latín "sacra" y aludiría a una devoción antigua), carra (procede de "carraria" y significa camino, igual que "calzata", aunque la segunda sería una vía de mayor calidad), arroyo y nava.

En los comienzos del castellano aparecen una serie de términos que no encontraremos posteriormente. Uno de ellos es llan (Landerrera), que surge cuando el latín "planus" se convierte en "llano". Otro sería albus (que encontramos en Albal y Cornalbo), que es sustituido por el término blanco a partir del siglo XI, si bien no se plasma tal sustitución en la toponimia antes de 1212. Apelativo romance sería también buitrera. Casares es un derivado romance de "casa" que sustituyó al sufijo latino -aria>-era; su formación es claramente medieval y su uso corresponde a los siglos IX al XI. Rubiales responde a una formación análoga a la de casares, derivando de "rubia" mediante el sufijo romance -al y teniendo una cronología similar (la forma evolucionada será ruyales). Morales, con el sufijo -al, tiene una formación romance paralela a rubiales. Otros términos que parecen situarse en estos momentos iniciales son Encornijadas, Rendeja, Candelero, Cambrión, Vallaín o Aicara.

La mayoría de pagos de Pesquera encajan perfectamente con el castellano actual, lo que obstaculiza las precisiones temporales. El papel que tuvo "varga" en la Edad Media fue sustituido después por otro vocablo de idéntico significado pero de más moderna evolución, nos referimos a "barco". Esta idea viene reforzada por la ausencia del segundo en el Catastro de 1752, con lo que quizás no se asentó hasta posteriormente, perdiendo vigencia entonces el primero. Llano sería un término relativamente moderno, pues hemos visto que primero se emplea lancon el mismo significado, e incluso se percibe que cuando se aplica ya se desconoce el significado de este sufijo romance, pues se reitera su valor cuando se habla del Llano de Landerrera.

Un elemento sumamente práctico para precisar la evolución toponímica lo proporcionan aquellos pagos que reciben nombres de construcciones, pues se puede fijar aproximadamente el momento de su realización. Para la aceña, sabemos que ya existía en 1731-3 pero no conocemos cuándo comenzó a funcionar. Por contra, no siempre las construcciones deparan la aparición de un topónimo: en el Pico de los Conejos se encuentran unas yeseras de las que encontramos referencias en el Catastro de Ensenada pero que en ningún caso han llegado a dar nombre al enclave donde se encuentran, ni en la época del Catastro ni en la actualidad.

Aquellos topónimos que incluyen un nombre propio quizás sean más fáciles de fechar. Al menos en el caso de la boquilla del tío Paulino, pues sus parientes aún le recuerdan y debió de vivir a finales del siglo pasado e inicios de éste. El resto de nombres propios parecen corresponder a un momento cercano, salvo el pago Sancho Martín, que ya aparece en el Catastro de Ensenada. Su cronología podría ser medieval, considerando la frecuencia con que se encuentra en la península Ibérica el hagiotopónimo Sanctum Martinum, que tal vez sea el origen del nombre del pago.

De la comparación del Catastro de 1752 con los topónimos actuales, surge la duda de que el Catastro no haya recogido la totalidad de los nombres que existieron en aquel momento. La duda se funda en el absoluto vacío observado dentro de las zonas que entonces ocupaba el monte y que tal vez sea debido a que se recogían en el Catastro las propiedades que correspondían a cada vecino a título personal, mientras que el monte pertenecía a todos ellos de forma comunal y eso habría sido causa de que no se contemple la mención de los nombres que recibía cada una de sus partes.

Sin dejar de admitir parcialmente esta explicación, nos inclinamos a pensar que la mayoría de pagos del páramo y la Dehesa de los Canónigos son de creación reciente, ya dentro del siglo XX (nombres como barco y llano, repetidos en el páramo, son claramente recientes), aunque sin dejar de admitir que algunos del borde del páramo surgirían en momentos anteriores (como lo demuestran los nombres de las fuentes y arroyos). De hecho el monte fue de propiedad comunal -y la Dehesa de los Canónigos, de propiedad eclesiástica- hasta su desamortización en el siglo XVIII y no se roturó hasta 1906, momento en el que se vendió todo él. Sería a raíz de la roturación cuando se inicia la proliferación de topónimos. Así podemos saber que mientras al anterior aprovechamiento del monte (servir de zona de pasto) corresponden los corrales dispuestos en las laderas del páramo, a partir de la roturación es cuando se construyen en el páramo las casas y otras edificaciones relacionadas con el cultivo del cereal, pues muchos vecinos subían aquí a vivir durante los meses de verano en que se realizaba la recogida de la mies, el aventamiento y la trilla (con anterioridad a la roturación sólo estaba la casa del guarda). Esta roturación es la que motivó la existencia de seis grandes topónimos para aludir a esta zona desamortizada, pues en el momento de la venta se dividió el terreno en siete lotes. También es en este momento de venta cuando uno de los lotes, el de Valderrera, queda en posesión de los vecinos de Piñel. Reflejo de este proceso de nueva ocupación del espacio serían muchos topónimos, como aquellos que hacen alusión a la forma de la parcelación (la punta del pañuelo, la segunda, el picón...) y otros que se deben a construcciones (el trece, casa de camineros, el llano la casa...).

En el valle, con posterioridad al Catastro, se acuña Los Cuernos, en claro contraste con la raíz cornu-, de más antiguo uso y que está presente en Cornalbo. Modernos serían la Minifalda y el Indio. Ya hemos comentado la aparición de las Calaveras, el Majano de los Muertos y la Cruz del Pastor.

También merece comentarse la transformación o la desaparición en el plano actual de algunos de los pagos que recoge el Catastro. Han desaparecido Albal, Arroyera, Barrionuevo, Cabezadas, Camino de la Dehesa, Cañamares, Cañarrojo, Corrales de la Dehesa, Corrales Nuevos, Esilla, Mirabuenos, Molino Viejo, Moral (17), Peral, Plaza, Puentecillas, Ronda, Valviñas, Villar y Cercado. Si hoy se pregunta a algún vecino por estos pagos, afirmará con seguridad que en su pueblo no hay ninguno que se llame así. Entre los que han cambiado están Aicara (que antes era Adecara), Vallarín (que era Vallaín), Cuevas de Agosto (antes Bodegas o Cuevas de Yusto) y posiblemente lo que hoy es la Mira fue el lugar antes conocido por Mirabuenos. Otros se han integrado dentro del casco urbano.

Asimismo entre los topónimos que aparecen ex novo con posterioridad a la elaboración del Catastro dentro del valle, muchos se refieren a enclaves de tamaño muy reducido, un carácter que a veces ya indica el propio nombre. Entre ellos están Atalaya, el Manzano, Mascarana, el Olmo, el Pino, los Ratones y el Rayo. De los que surgen en los últimos doscientos años, muchos hacen alusión al ganado o a actividades relacionadas con él, mientras que en el Catastro no se alude en ningún caso a los chozos y tampoco aparecen los pagos el Salegar, Majada de las Vacas, Corral Alto, Escuernacabras o los Pilones. En ningún caso esto sería indicativo de una pobre ganadería en Pesquera, puesto que en el propio Catastro se aprecia la importancia de los prados, el gran número de cabras, ovejas, vacas, bueyes y pollinos existentes, así como la presencia de corrales (queda constancia de algunos de ellos en los pagos Corrales de la Dehesa y Corrales Nuevos, citados en el Catastro y desaparecidos con posterioridad).

A través de los nombres parece identificarse un proceso de cambio en la explotación de la periferia del término municipal. En un primer momento se habrían utilizado las zonas de monte como dehesas de finalidad ganadera, lo que provocaría la acuñación de términos relacionados con tal uso. Sólo más recientemente, como ya hemos comentado, habría llegado la parcelación agrícola de lo que antes fue monte como consecuencia de la mecanización y motorización del trabajo agrícola, cuyo beneficio más claro es la posibilidad de roturar las tierras del páramo y de desplazarse a distancias relativamente alejadas del casco urbano del pueblo en un periodo de tiempo reducido. En medio de todo esto se situarían también los nombres que recogen referencias a diversas construcciones situadas en el monte y que se irían erigiendo a lo largo de todo el proceso de intensificación del aprovechamiento.

Por otra parte, la toponimia y los recuerdos ligados a ella se reflejan en muchos lugares mediante la creación de leyendas e historias de diversa índole que hacen referencia al pasado. Su origen suele encontrarse en asentamientos de época prehistórica, romana y medieval situados en las inmediaciones de los pueblos actuales. Próximo a Pesquera (en tierras de su término municipal y también en las de la vecina Padilla de Duero) se dispone el yacimiento arqueológico de Pintia, un poblado de fundación vaccea que presenta una ocupación continuada hasta época medieval. En Padilla el yacimiento era conocido desde antiguo, como lo reflejan viejos hallazgos de piezas metálicas y las exploraciones arqueológicas que se remontan al siglo pasado, así como la presencia de un topónimo tan ilustrativo como Las Quintanas. Por contra, en Pesquera, no se tenía constancia de esta antigua ocupación y ha sido a partir de los años sesenta cuando se ha ido descubriendo. Los lugareños desconocían hasta entonces cualquier mención a un viejo poblado en el lugar, que viene a coincidir parcialmente con lo que se denomina Carralaceña, y no existen topónimos ni historias que aludan a esta antigua ocupación.

CONSIDERACIONES FINALES

La correspondencia de los pagos a la realidad se aprecia a través de su ubicación. Los que aluden al agua se localizan próximos al río, en el borde del páramo o en zonas de humedales; los que se refieren a elementos geológicos coinciden con el páramo, sobre todo en sus laderas, y con resaltes del terreno. Por contra, los términos que guardan relación con la vegetación se disponen dispersos por todo el término municipal; y lo mismo ocurre con los de animales.

Se reconoce una mayor densidad de topónimos en las inmediaciones del casco urbano de Pesquera, frente a su relativa escasez en la zona de páramo. Este hecho se acentúa si repasamos los nombres citados en el Catastro de Ensenada, pues son muchos más los que quedan junto al pueblo y que hoy han variado en cierto modo su carácter original como pagos al quedar integrados dentro de la trama urbanística (aunque por lo general aún se conserva el conocimiento de los nombres). Junto a ello se observa que en el Catastro son escasos los topónimos que ocupan las zonas que entonces estaban cubiertas por el monte, en el norte y oeste del término municipal. Incluso en la actualidad en las áreas más alejadas se manifiesta la utilización de unas denominaciones generales que abarcan amplias extensiones, de hecho serían los pagos más extensos, si bien dan cabida en su interior a numerosos topónimos que definen áreas de menores dimensiones. En concreto estos pagos mayores son seis en el páramo (Valdelaguna, la Dehesa, Monte de la Entablada, el Llano de Santiago, Valdemadera y Valderrera) y uno al oeste (el conocido como Dehesa de los Canónigos).

Otro hecho curioso se encuentra en que el conocimiento por parte de los habitantes de Pesquera de los topónimos no es por completo coincidente con el término municipal. La zona noroeste del término, conocida como Valderrera, les resulta relativamente desconocida en cuanto a toponimia, ya que la propiedad de las tierras no les corresponde a ellos, sino que son sus vecinos de Piñel quienes las trabajan. Por contra, los de Pesquera conocen nombres de pagos de pueblos próximos debido a que tienen propiedades allí.

Por último, existe una duplicación de topónimos entre las antiguas áreas de monte (el páramo y la Dehesa de los Canónigos) y el valle, que afecta a los pagos llamados la Atalaya (la del páramo recibe el calificativo de Alta), las Eras, los Navajos, el Palomar, el Rayo, la Sagra (en este caso, uno en la Dehesa y otro en el páramo) y el Vallejo (el topónimo en el páramo es los Vallejos). La causa de esta reiteración parece ser por lo general la duplicidad de lugares con rasgos similares para los que debe acudirse al mismo topónimo pese a tratarse de distintos pagos (como en Atalaya, Eras, Rayo o Palomar).

En definitiva, cada uno de los nombres que recibe cada parte del término surge de una realidad palpable, aunque hoy hayamos perdido en ocasiones las referencias que los originaron. El interés de la toponimia reside en que mientras algunos nombres se conservan desde antiguo, al mismo tiempo otros han cambiado o aparecido adaptados al vocabulario de cada época. En los pueblos que todavía conservan numerosos habitantes parece difícil que se pierda esta riqueza del pasado, pero allí donde la urbanización es mayor y se da la espalda al campo, los nombres de los pagos carecen de sentido y su desaparición será la lógica consecuencia de tal actitud.

Pese a la importancia que queríamos dar a su preservación, la toponimia no es un elemento que se deba extraer de su contexto cultural para volverlo estático al fijarlo en una hoja de papel y así conservarlo inalterado. Más bien es un sistema perfectamente constituido con una funcionalidad repleta de sentido. Sin ella, el entorno de cada pueblo sería un amplio desierto en cuanto a denominación y sus habitantes se sentirían limitados a la hora de referirse a sus tierras, sus caminos, sus bosques, sus fuentes, etc. Como señala Mª Dolores Juliano (1986: 36), el espacio no se organiza con respecto a puntos abstractos (sólo en nuestra moderna civilización se acude a los puntos cardinales o a medidas de distancia estandarizadas) sino que, mientras el espacio que se pretende organizar es abarcable por los sentidos, no hay ninguna necesidad de elaborar puntos de referencia que no se liguen a los accidentes geográficos. En relación con su génesis y desarrollo, la toponimia es un ser vivo que está en continuo cambio, dando entrada a nuevos nombres y olvidando otros, que se desprenden de la memoria colectiva. No podemos pretender que la toponimia se estanque en el momento en que nosotros la recogemos o que la que nosotros hemos alcanzado a conocer sea la máxima expresión, el cénit, de la toponimia de un lugar cualquiera, sino que ella sigue evolucionando y supera todos los posibles estudios para seguir su desarrollo, que sólo puede verse detenido con la total desaparición del pueblo que la origina y/o utiliza.

Queremos finalizar el trabajo con unas palabras que el jefe de los Duwamish, Seattle, escribió en 1855 para el presidente de los Estados Unidos: "Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. El no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, pues es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado, cabalga de nuevo". Nuestros antepasados nos han legado un rico tesoro al enseñarnos a distinguir unos pedazos de tierra de otros mediante los topónimos, valga este trabajo como reconocimiento a su importancia.

____________
NOTAS

(1) Por otra parte, los mapas del Instituto Geográfico Nacional y los del Servicio Geográfico del Ejército además de no reflejar más que unos pocos nombres de pagos, no resulta extraño que yerren al situarlos, por lo que esta fuente de información debe ser tratada con las debidas precauciones.

(2) La labor realizada no habría llegado a buen término de no haber sido por la generosa ayuda de Antonio Román, Abraham Lubiano y de Teófilo y Jesús Alvaro Arranz, pues sus orientaciones me hicieron conocer Pesquera como nunca lo habría logrado solo.

(3) Incluimos aquí topónimos que pese a haber desaparecido hoy del conocimiento popular -motivo por el cual no los hemos reflejado en la fig. 1-, fueron utilizados en tiempos pasados por los vecinos del pueblo, como queda de manifiesto por constatarse su mención en el Catastro de Ensenada (fig. 2). Aludiremos a ellos de manera específica más adelante.

(4) Adecara en el Catastro

(5) El Barquillo de Valdemoral es el único que ocupa una depresión en el valle y no en el páramo.

(6) En el Catastro se menciona un pago llamado Atarrinos que por sus características podría ser el mismo que Atarrubios (éste se encuentra citado en el Catastro sólo una vez para referirse a un camino); asimismo se alude tres veces en el Catastro a la cuesta de los Aterruyos, que sería otra variación del mismo nombre.

(7) Existe un documento medieval donde se transcribe el nombre del pago como Ande Herrera, y aún actualmente se encuentra en ocasiones escrito como Anderrera, Andorrera y Anderrea; sin embargo, en el Catastro de Ensenada se escribe exclusivamente la forma Landerrera, que tomamos por buena.

(8) En el Catastro se cita mayoritariamente como Butrera.

(9) En el Catastro se indica en dos ocasiones la existencia de una esilla.

(10) En tiempos del Catastro había aquí un prado, que muy posiblemente sea a lo que se alude con el nombre del pago.

(11) En el Catastro aparece una sola mención a un lugar llamado Incanijadas, topónimo que posiblemente sea una mala transcripción o una forma errónea de Encornijadas.

(12) Era uno de los pocos chozos en Pesquera -junto a otro próximo a la aceña- que no quedaba en el límite del páramo.

(13) Aparece también citado en el Catastro como Alcaldeuso.

(14) En el Catastro se dice en una ocasión que confronta con una carrasca.

(15) En muchos lugares es tradicional que cuando alguien muere violentamente en un camino; se señale el sitio con una cruz de madera que perdura años y años hasta que se destruye por la acción del tiempo.

(16) Nos hemos servido del Catastro de Ensenada (1752) como referencia-base sobre la que deducir los cambios que ha sufrido la toponimia en el último cuarto de milenio. Para los momentos anteriores hemos recurrido a los trabajos de Escudero y Martín (1990) y de Ramírez (1992).

(17) En este caso, tenemos ciertas dudas de que sea un pago realmente, pues a su desaparición en la actualidad hay que unir el hecho de que sea muy semejante su escritura a el Molar y que en el Catastro las menciones al primero (cuatro) se acompañen de alusiones a su cercanía al Molar.

BIBLIOGRAFIA

CARRERA DE LA RED, Mª. F. (1994): "Toponimia menor en el páramo oriental leonés: los pagos del pueblo de Villacalabuey", Tierras de León, 1993-1994. León, pp. 67-83.

COROMINAS, J. (1955): Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, Editorial Gredos, Madrid, 1954-57, (4 vols.).

ESCUDERO CHICO, J. S. y MARTIN MARTIN, A. (1990): "Topónimos del Fuero de Roa (Burgos) y la población de su “tierra” en los siglos X al XII", Anuario de Lingüística Hispánica, VI, Universidad de Valladolid, pp. 169-215.

IDEM (1991): "Toponimia y “repoblación” en el territorio burgalés durante la Alta Edad Media". II Jornadas Burgalesas de Historia. Burgos en la Edad Media. Monografías de Hª Medieval Castellano-Leonesa, 5, pp. 521-537.

FERNANDEZ DE ROTA, J. A. (1992): "Antropología simbólica del paisaje". En J. A. González Alcantud y M. González de Molina (Eds.). La tierra. Mitos, ritos y realidades. Anthropos. Barcelona, pp. 391-399.

GORDALIZA APARICIO, F. R. y CANAL SANCHEZ-FAGIN, J. Mª. (1993): Toponimia Palentina. Nuestros pueblos. Sus nombres y sus orígenes. Palencia.

JULIANO, Mª. D. (1986): Cultura popular. Cuadernos de Antropología, 6. Anthropos. Barcelona.

LLORENTE MALDONADO, A. (1962): "Esquema toponímico de la provincia de Salarnanca: topónimos preromanos". Strenae. Acta Salmanticensia, tomo XVI. Salamanca, pp. 309-332.

RAMIREZ SADABA, J. L. (1992): Liébana: Toponimia e Historia. Cuaderno Didáctico, Museo de las Comarcas de Cantabria. Universidad de Cantabria.