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LA NATURALEZA, LAS TRADICIONES POPULARES Y SU TRASFORMACION ESTETICA

HERRERO, Fernando

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 214.

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I
El estreno tardío (más de setenta años) de la Opera de Janacek "La zorrita astuta" en el Teatro Real, ha puesto de manifiesto que la tradicional forma de mostrar a los animales caracterizados como proyección de lo humano con finalidad didáctica o moral (por ejemplo, en las fábulas de Esopo, Samaniego o Lafontaine) se rompe con la obra maestra del compositor checo; uno de esos músicos como Bartok, Kodaly o Falla, que supieron realizar su excepcional discurso artístico desde la transfiguración de lo popular. En el caso de Janacek ésta se proyecta en dos vertientes: el estudio del folklore, con la recopilación de más de 900 canciones surgidas de la entraña del pueblo, y la exaltación de la lengua, no desde el ridículo nacionalismo de pandereta que lo utiliza como fórmula de dominio político, sino desde una específica musicalidad diatónica que la ponen de relieve, desde una música que ciñe la palabra y su pronunciación y que hace casi imposible la traducción a otro idioma. El checo y sus múltiples derivaciones populares ha sido escuchado con atención máxima por Janacek durante muchos años, quien lo ha fijado en unos módulos gramaticales que la música proyecta de forma genial. Janacek, compositor y libretista, ha prestado el mejor servicio a la cultura de su país recuperando la lengua, utilizando su percusión fonética en un original discurso musical de la máxima sencillez a la vez que desde una gran complejidad, que aúna tradición y modernidad. Si en principio el compositor aparece influído por músicos como Dvorak; Debussy, Mahler o Sibelius, y en un análisis apresurado se podría caracterizar como postromántico, lo cierto es que, aún manteniendo los principios de la tonalidad, su lenguaje no tiene parangón, aunque tampoco sucesores, ni, afortunadamente, imitadores.

Su obra constituye un discurso único esencialmente nutrido de su propio contexto físico y espiritual, pero es al tiempo absolutamente universal. La penetración de las óperas de Janacek ha sido lenta, pero hoy día se ha impuesto de forma definitiva en todos los teatros de ópera en el mundo, y sus cinco obras maestras, fundamentalmente "Jenufa"; "Katia Kabanova"; "El caso Makropoulos", "De la casa de los muertos" y "La zorrita astuta", son a la vez repertorio y novedad. Obras maestras que no revelan los secretos en una sola visión, circunstancia que enriquece el contacto del espectador u oyente con el mensaje artístico del creador.

Se ha escrito sobre "La zorrita astuta" desde la significación de un panteísmo último que une a todos los seres vivientes (sean hombres, animales o plantas) en un solo trazo, el eterno retorno, la vuelta a la vida después de la muerte para continuar en el ciclo. El mundo del folklore, del mito, vive de fábulas que se transfieren de padres a hijos, se conservan en las memorias de las gentes y, en ocasiones afortunadas, se plasman en escritos o canciones; se utilizan con intencionalidad didáctica o moral; se reelaboran, en suma. En Janacek el antropomorfismo es muy diferente al plasmado por los grandes autores que han tratado el tema. La integración de los animales con los hombres es muy diferente del género peculiar con el que Walt Disney, por ejemplo, planteó el tema con gran éxito desde sus dibujos animados de Mickey y Donald a las últimas películas producidas por la casa. Si en el terreno operístico existen pocos ejemplos de esta interrelación entre humanos y animales -pensemos en Ravel ("El niño y los sortilegios" a partir de "Colette"); o Stravinsky ("Renard")-, bastaría una obra como "La zorrita astuta" para romper nuestras ideas preconcebidas. Janacek, en la brevedad de una hora y media, plantea una síntesis genial de los elementos dramatúrgicos, la vejez y la represión de las tres figuras humanas que representan el sistema (el guardabosques, el maestro y el sacerdote), o la potencia de la naturaleza, las "ventajas del cautiverio" y los riesgos de la libertad, la sumisión consentida y los amagos de una revolución que termina en sangre, la dureza de la vida y su ferocidad -los cazadores matan a las zorras, las zorras devoran a los conejos-, la dualidad del amor y de la muerte y la certidumbre de que todo se confunde en aquéllo que nace continuamente -la naturaleza-, y de los signos estéticos que consiguen el milagro de integrar toda esta serie de temas.

Janacek es no sólo compositor, sino libretista, basándose en una novela que se publicó en un diario y en unos dibujos que la acompañaban, amén de su observación directa e inmediata de la naturaleza y de la vida de los animales del bosque. Rudolf Tesnohlidek pasa a la historia con esta su "Liska Bystrouska" que Janacek hizo inmortal. Una obra singularísima a partir de una malla sinfónica en la que se integran las voces en una serie de secuencias muy breves, con algunos leitmotivs sutilmente integrados en la partitura, que avanza en círculo hasta llegar a desmedular y dejar en la esencia todos los trascendentales temas tratados. Basta una frase musical, un silencio como el que sigue a la muerte de la zorrita, una canción que se quiebra o la exaltación dionisíaca del final, para que el conjunto impregne, con lentitud pero con fuerza, a cualquier espectador sensible. Se ha dicho de esta ópera que combina el ballet, y hasta los signos del cine, con la estética puramente operística. Puede ser, pero, en todo caso, no desde una acumulación sino desde esta síntesis que señalamos como gran mérito de Janacek. Esa síntesis que supera por completo las barreras de lo popular y lo elitista. Nadie puede dudar de que la historia, el conflicto o conflictos que se expresan en "La zorrita astuta", ha nacido a la vez de la observación de la tierra, de sus costumbres, de sus frases y del talento creador de un músico originalísimo. Esta dualidad es la que hace imprescindible para el estudio de los mitos contemporáneos esta obrita, casi desconocida en España, pero que desde hoy se ha instalado ya en ciertos aspectos de esa cultura que aúna las reflexiones más profundas sobre el ser y el destino del hombre y su fusión con la tierra que, paradójicamente, está contribuyendo a destrozar de forma paulatina. Si pudiéramos citar algún manifiesto ecológico evidentemente positivo, éste podría tomar el título de la ópera de Leos Janacek.

Llega otra vez con suma oportunidad el nombre de Miguel Delibes y su lucha por la naturaleza y la ecología en su magistral discurso artístico y, como triste contrapunto, el conflicto de Doñana en el que un vertido corrosivo ha causado daños irreparables (aunque afortunadamente no todos los que se temían) a una de las mayores reservas naturales de Europa. Janacek, en 1923, no podía concebir que ese bosque amado se viera implacablemente triturado por los llamados avances de la civilización. La armonía entre la naturaleza y la civilización, tan presentes en "La zorrita astuta" no ha sido concebida en esta época de la tecnología avanzada que, a la hora de los resultados en esta delicada materia, parece retroceder a tiempos prehistóricos.

II

Esta ópera, por su brevedad llena de intensidad, por sus connotaciones a la vez populares y elitistas, por la integración de diversos lenguajes, resulta difícil de poner en escena. En un montaje histórico de Walter Felsenstein se fijaron algunos de los aspectos que podían pasar desapercibidos, fundamentalmente los que mostraban la naturaleza de las relaciones humanas y el contexto social en el que operaban. El director alemán de la Komisch Oper de Berlín, mediante una rigurosísima dirección de actores, potenciaba el lado filosófico de la fábula por encima de su carácter de cuento para niños o mayores. Estaba presente, así, la naturaleza y existía la dicotomía entre los seres humanos y los animales, aunque se subrayaban, como el propio compositor lo había hecho, con cierta ironía aquellos aspectos de la conducta en que existía una especie de imitación mutua. Desde entonces la ópera de Janacek fue tomada muy en serio por quienes se acercaron a ella, seducidos por la riqueza polivalente de sus signos y por la necesidad de buscar una solución no imitativa para expresarla ante el público.

Ha resultado curiosa la experiencia del Teatro Real de Madrid. En principio, la programación de esta ópera parecía un tanto extraña a los gustos, en general conservadores del público, del afortunado público que podía tener acceso a las cinco únicas representaciones realizadas. Desgraciadamente, y por cuestiones de derechos, no se televisó el espectáculo, como es buen uso y costumbre del Teatro Real desde su inauguración. No sé si desde la pequeña pantalla hubiera podido acceder a ver esta obra otro tipo de espectador, por ejemplo, los habitantes de los pueblos, alejados de los grandes coliseos de ópera. "La zorrita astuta" es ambivalente y tiene una veta popular esencial, aunque su desarrollo estético, si no inasequible, resulta algo complejo precisamente desde su aparente sencillez. No hemos podido comprobar, pues, si la simbiosis entre todo tipo de telespectadores se hubiera operado en el lenguaje estético depurado y espectacular a la vez, del montaje de Nicholás Hytner. En todo caso, es interesante dar testimonio en esta revista de un suceso cultural que plantea, en su extraordinaria calidad, numerosos interrogantes.

Un gran espacio, que puede dejarse vacío o cubrirse de árboles, para, a continuación, concretarse en una escenografía cotidiana pero alejada del realismo. Por ejemplo, el edificio de la taberna se configura como una botella perdida en el bosque. La contradicción entre la naturaleza y la civilización se fija a través de ese espacio que se abre y cierra según las circunstancias. La luz matiza los diversos momentos en los que la peripecia de la zorrita y el guardabosques se pierde en el paso del tiempo. No sabemos los años transcurridos desde el comienzo al final, pero las circunstancias escénicas nos hacen ver el inevitable paso de la decadencia y la incesante renovación de la naturaleza. El teatro resume así ideas, a veces contradictorias, pero que al mostrarse en un ámbito único se enriquecen mutuamente. El espacio y el tiempo como realidad y como metáfora. La música que impregna la palabra. La palabra que hace suya la música. El habla popular transfigurada, paradójicamente en un espectáculo en principio dedicado a la burguesía. Son contrastes surgidos de una representación que muestra las ambivalencias del hecho cultural en relación con el contexto en que nace. Cuando la eterna lucha entre civilización y naturaleza se debe vivir día a día desde la progresiva destrucción de esta última, una pequeña obra musical parece indicar un punto de reflexión. Actualizada desde la puesta en escena, en un flamante teatro recién inaugurado, "La zorrita astuta" es un ejemplo de transfiguración de lo real, de proyección de lo que surge de las raíces ala que llamamos cultura universal. Janacek consiguió que una lengua de límites estrechos se convirtiera en algo que los estudiosos de todos los países han intentado comprender. Milan Kundera, el novelista, había escrito sobre Janacek lamentando su lucha tan admirable como estéril. Pienso que se equivocaba, y que es precisamente el hecho teatral el que, en cada momento que se produce, nos devuelve el genio del artista que creó la obra cuya representación se multiplica.

Es la puesta en escena, evidentemente, la que señala cauces, abre perspectivas, intenta encontrar y conciliar los vectores de una obra concreta. La elección de lo naif no deja de tener connotaciones esenciales. "La zorrita astuta" es un cuento y eso no se puede obviar. Por ello, la configuración de los animales está llena de candor y de ingenuidad, con un cierto sentido del humor que el compositor libretista auspicia. Es la naturaleza en ebullición diseñada por el arte, como las imágenes del aduanero Rousseau o del propio Gauguin. Se baila, pero no desde el virtuosismo, aunque la danza no sea mimética, en la representación, en los animales proyectados en ese bosque abierto y libre, en el que el hombre irrumpirá para causar la muerte. Los cantantes fueron actores y nos devolvieron a la vez lo metafísico y lo real, la reflexión sobre la muerte, el fracaso del amor, la persistencia del deseo en los adultos, el canto cíclico a la naturaleza en los animales en un panteísmo telúrico que es también fruto de la cultura popular.

Como apócope de esta reflexión sobre la integración del arte popular o folklórico en un hecho artístico desarrollado y enriquecido, surgía también desde un teatro institucional un originalísimo montaje de "El barberillo del Lavapiés", obra de Calixto Bieito. El teatro de la Zarzuela, en una puesta en escena espectacular, rendía homenaje a la maravillosa música de Barbieri, también producto de su estudio profundo del folklore y de las formas de danza, tonadilla pero desde una apuesta por la creatividad que, sin despreciar la tradición, miraba su propio tiempo. El musical norteamericano y su sentido del espectáculo se habían integrado en una obra, escrita en verso, con una inspiradísima partitura que mostraba el Madrid de Carlos III. El juego interpretativo multiplicando las acciones, la transformación del vestuario, la del propio espacio escénico, incidían en esa apuesta, tan arriesgada o más que el montaje de la obra de Janacek. Curiosa fuerza la del teatro que puede oscilar desde la rutina más ilustrativa y desconsoladora a esos chispazos creadores que enriquecen el material artístico y lo renuevan día a día. Por eso, el folklore, lo popular, serán siempre motivo de inspiración, y por ello mismo no podemos ni debemos asustarnos de sus rupturas y sus derivaciones que contribuyen a perpetuarles desde su enriquecimiento.