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El viaje por España de la Condesa D'Aulnoy (algo de lo que recoge y cuenta)

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 216.

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En su Viaje por España en 1679, la Condesa D'Aulnoy trazó con palabra calmada una serie de cuadros, que hoy nos dejan ver en toda su frescura bellos paisajes perdidos, con sus posadas, sus palacios, sus figuras. Hipolite Taine dice que «...en lugar de imprimir tantas obras nuevas como se dan a la luz, valdría más que se reimprimieran algunos libros viejos, debiendo ser el Viaje a España de madame D'Aulnoy uno de los primeros cuya reproducción nos ofreciesen las prensas». Al viajar por su texto he atado un manojo de ocho historias, majadas en la marmita de los cuentos, fábulas y leyendas, contadas al pasar por los distintos compañeros de viaje que tuvo la ilustre dama.

1. UN FAMOSO ASTRÓLOGO

Un famoso astrólogo, hallándose un día con el Rey en la terraza de palacio, viose precisado a contestar a esta pregunta que le hizo el soberano:

- ¿A qué altura estamos en este sitio?

El astrólogo miró al cielo y dijo una cifra. Luego el Rey dio secretas órdenes para que con sigilo se levantara el suelo de la terraza tres o cuatro dedos, y toda la noche fue necesaria para dejar concluida la faena, y a la mañana siguiente llamó el Rey al astrólogo y, llevándole a la terraza, le dijo:

- Hablando yo anoche de lo que vos me dijisteis por la tarde cuando estuvimos aquí, me aseguraron que os engañabais.

Y el astrólogo contestó:

- Señor, me atrevo a pensar que dije lo cierto.

A lo cual replicó el Rey:

- Pensadlo bien, y si estáis convencido, luego nos burlaremos de los que contradicen vuestras afirmaciones, creyéndose más hábiles que vos.

El astrólogo empezó nuevamente a observar, y el Rey, viéndole preocupado, preocupóse también. Al cabo de unos momentos, el astrólogo dijo:

- Señor, lo que ayer afirmé cierto era; pero no es menos cierto que ahora resulta falso, porque o la terraza se levantó esta noche o el cielo ha bajado.

El Rey sonrió y refirióle la verdad, con lo cual uno y otro quedaron satisfechos.

2. EN LA CAPILLA DE NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA

En la capilla de Nuestra Señora de la Almudena [Madrid], hay una Virgen que, al decir de las gentes, fue traída de Jerusalén por Santiago, que la escondió en una torre de la muralla. Cuando los moros sitiaron la Villa, encontrándose sus habitantes reducidos a un hambre feroz, deliberaron para decidir la manera de rendirse; pero alguno fue a la torre donde la Virgen estaba escondida y la encontró llena de trigo. Tal abundancia no podía originarse más que por un milagro, y el pueblo, satisfecho, envalentonóse defendiéndose con tal denuedo, que los moros tuvieron que retirarse fatigados y sin esperanzas. Descubrióse la imagen y construyeron para venerarla una capilla en cuyas paredes pintaron al fresco las escenas que acabo de relatar.

3. PRENDIÓSE HACE POCO

Prendióse hace poco en las cercanías de palacio a una de las más hermosas cortesanas de Madrid disfrazada de hombre, la cual había herido a su amante imaginando que la despreciaba injustamente; habiéndola encontrado el amante, reconociéndola por la voz, y por el modo de esgrimir la espada, no quiso emplear la suya para defenderse, y abriendo su jubón, le ofreció el pecho desnudo para que se vengara. Creía, sin duda, que no estaba ella bastante colérica para hacerlo en tales circunstancias, pero equivocóse de medio a medio, porque acercándose más la dama, le atravesó haciéndole caer muy mal herido; viendo correr la sangre y creyendo al amante muerto, arrojóse al suelo dando gritos espantosos, arañándose la cara y arrancándose los cabellos; las gentes que pasaban, amontonándose a su alrededor, comprendieron que quien tales extremos hacía era una mujer disfrazada; la justicia llegó y la detuvo, pero algunos caballeros que pasaban en aquel momento contaron lo que acababa de suceder al Rey, que demostró deseo de hablar a la dama, para lo cual ésta fue introducida en el palacio.

- ¿Eres tú -le dijo- quien ha herido a un hombre cerca de aquí?

- No lo niego, señor; quise vengarme -contestó ella- de un ingrato que me había prometido ser fiel y sé que ama también a otra.

- ¿Y por qué -replicó el Monarca- estás afligida después de haberte vengado?

- ¡Ah, señor! -continuó diciendo ella-. Encontré mi castigo buscando mi venganza; estoy desesperada, y suplico a V. M. que ordene mi muerte, porque yo debo morir.

Al Rey diole compasión, y volviéndose hacia los que le rodeaban, dijo:

- En verdad, no puedo suponer que haya en el mundo pena mayor que amar sin ser amado. Vete libre; tienes demasiado amor para que te quede conciencia de lo que haces; pero cuida de ser más prudente en adelante, y no abuses de la libertad que te doy. Retiróse la mujer y fue sin que nadie la obligara a la cárcel, donde se encierra a los miserables que han tenido mala conducta.

4. POR EL AÑO 964

Por el año 964, el rey moro Alí-Menón de Iznatoraf (Jaén), descubrió que la reina mora se instruía a escondidas en la fe cristiana, y en un ataque de locura ordenó que le cortaran las manos y le sacaran los ojos a la pobre mujer, estado en el que más tarde fue abandonada a su suerte a unas leguas del pueblo. La reina mora, como ya tenía noticias de la Virgen, invocó su ayuda, y al momento sintió cercano el rumor de una fuente. Acercándose a rastras, percibió el susurro de una voz que le decía:

- Mete tus brazos en el agua y recobrarás las manos y los ojos.

Hizo esto y así ocurrió, y lo primero que vio fue a la Virgen María. Volvió al palacio y contó al rey Alí-Menón lo que le había sucedido, y éste, que tanto daño le hizo antes, ahora le pidió perdón y, no sólo se convirtió al cristianismo, sino que mandó construir un santuario fortaleza donde se venera desde esas fechas a la Virgen de la Fuensanta.

5. UN CABALLERO DE NOBLE LINAJE

Un caballero de noble linaje amaba locamente a una joven, hija de un lapidario, extremadamente bella y que debía heredar una cuantiosa fortuna. El caballero, habiendo sabido que los toros más feroces de la montaña llegaban para una corrida, y creyendo que alcanzaría mucha gloria venciéndolos, decidióse a torear, para lo cual pidió permiso a su amada. Ella se impresionó tanto con la sola proposición, que cayó desmayada y prohibió terminantemente al caballero que realizara su propósito. Pero a pesar de esta prohibición, el amante creyó no poder darle una prueba más grande de su amor que aquella proyectada, y procuróse con gran secreto cuanto necesitaba para entrar en la lidia; pero por mucho que hiciera para ocultar a su amada sus deseos, ella, siendo advertida, valióse de cuantos recursos estaban a su alcance para convencer al obstinado galán de que debía desistir. Al fin, llegado el día de la fiesta, el caballero suplicó a la hija del lapidario que no dejara de asistir a la plaza, donde le infundiría valor su presencia, bastándole para hacerle vencer y conquistarle una gloria que le haría más digno de su cariño.

- En vuestro cariño -dijo la joven- descubro más ambición que ternura, y el mío, por el contrario, es más tierno que ambicioso. Id, pues, adonde la gloria os llama, donde queréis que yo me halle para luchar en mi presencia; sí, yo iré, os lo prometo, pero temo que mi visita os turbe más que os aliente. Despidióse el galán, y fuese hacia la Plaza Mayor, en donde todo el mundo estaba ya reunido; pero apenas intentó defenderse contra un fiero toro que le atacaba, un mozo del pueblo arrojó al animal un dardo, que se le clavó, haciéndole sentir mucho dolor. El toro, apartándose del caballero, fuese a embestir al que le había herido, y éste, al echarse a correr para ponerse cuanto antes a salvo, no pudo evitar que se le cayera el sombrero, dejando al aire una larga y hermosa cabellera que se desplegó sobre sus espaldas, descubriendo que aquel joven lindo era una encantadora muchacha de quince ó diez y seis años, que se descubría bien a pesar suyo bajo un disfraz, por un azar de la suerte. El miedo y la sorpresa se apoderaron de su espíritu robándole sus fuerzas, y un momento se sintió inmóvil, sin defensa, frente al toro, que acercándose rápidamente la hirió en un costado. El caballero, que había reconocido a su amada, entonces apeóse para socorrerla; pero ¡cual fue su dolor al encontrarla en tan funesto estado! Su angustia le volvía loco, y olvidando el peligro en que su vida estaba, más furioso aún que la fiera bestia, hizo cosas increíbles, pero quedó herido mortalmente. ¡Aquella tarde sí que debió parecer a muchos espléndida la fiesta! Lleváronse a los dos amantes a la casa del padre infortunado de la joven, y ésta pidió que dejaran al caballero en su cuarto para que las pocas horas que les quedaban de vida fueran instantes de amor; casáronles para que, ya siendo imposible que gozaran el matrimonio en este mundo, pudieran unirse dentro de una misma tumba sus cuerpos y enlazarse cristianamente sus almas para volar al cielo.

6. HACE POCO QUE HA OCURRIDO

Hace poco que ha ocurrido una funesta aventura a una joven de calidad llamada D.a Clara. Su corazón no pudo resistir al mérito del Conde de Castrillo, cortesano de agudo ingenio y excelente figura. Habíale agradado este caballero sin proponérselo, por lo que él ignoraba el afecto que le tenía y no se cuidaba de ello. Aunque el padre de dicha joven estaba ausente, no disfrutaba aquella de mayor libertad, porque su hermano D. Henríquez, a quien su padre se la había encargado, la vigilaba constantemente. No podía hablar a aquel a quien amaba, lo que constituía para ella el martirio de sufrir sin quejarse y sin compartir por lo menos su pena con quien la causaba. Resolvióse por fin a escribirle y buscar algún medio para enviarle la carta; pero como este asunto era para ella de suma gravedad, titubeaba en la elección de una confidente, y estuvo así algún tiempo hasta que se fijó en una amiga suya que siempre le había demostrado el mayor cariño; sin más vacilaciones, escribió una carta muy conmovedora al Conde de Castrillo y se dirigía a casa de su amiga para rogarla que se la diese al caballero, cuando le vio pasar cerca de su silla. Este encuentro avivó en ella el deseo que tenía de comunicarle sus sentimientos, y, resolviéndose de pronto, le arrojó el billete aparentando que uno acababa de dársela al pasar.

- Sabed, caballero -dijo en voz alta y como enojada-, que no consiento que se dirijan a mi con tales pretensiones. Ahí tenéis vuestro billete, que ni abrirlo quiero.

Sobrado ingenio tenía el Conde para comprender la favorable intención de la hermosa dama, por lo que recogiendo el papel cuidadosamente. No os quejaréis, señora, dijo, de que no he aprovechado sus consejos, y se retiró para leer una carta que tanto placer había de causarle. Informóse así de las intenciones de D.a Clara y de lo que se necesitaba hacer para verla. A nada faltó y prendóse perdidamente de ella, por lo que con razón se tuvo por uno de los caballeros más afortunados de España. Aguardaban con impaciencia el regreso del padre de D.a Clara para proponerle el casamiento, que al parecer había de agradarle mucho. Pero por más precauciones que tomaron los jóvenes amantes para establecer y que durara un comercio que era la felicidad de su vida, el suspicaz y vigilantísimo Henríquez descubrió la intriga. Creyóla criminal, y en el arrebato de furia, sin dejar traslucir nada, penetró una noche en la habitación de la desdichada D.a Clara, y mientras dormía la estranguló con toda la barbarie imaginable.

Sin embargo, aunque se conocía al autor de tan malvada acción, no le persiguió la justicia, porque D. Henríquez tenía gran fama, y como la pobre joven no tenía otros parientes que los de su hermano, la familia no quiso aumentar una desgracia de suyo tan enorme. Después de su crimen fingió Henríquez hacerse muy devoto; no se presentaba en público, oía la misa en su casa y veía a poquísima gente. Temía que el Conde de Castrillo, que no ocultó su desesperación, de la cual había dado testimonios patentes, vengase al fin a su amada. Buscaba las ocasiones con el mayor cuidado, pero después de intentar inútilmente todos los medios que pudo discurrir, acertó con uno que le dio buen éxito. Se disfrazó de aguador. Estos cargan un borrico con grandes cántaros de agua que llevan por la ciudad; van vestidos de bayeta ordinaria, con las piernas al aire y zapatos o alpargatas. Nuestro amante, disfrazado de esa manera, permanecía todo el día apoyado en el pilón de una fuente, cuyas aguas aumentaba con sus abundantes lágrimas, porque dicha fuente estaba enfrente de la casa en que tan a menudo vio a su querida y hermosa Clara y allí vivía el inhumano Henríquez. Como el Conde tenía los ojos clavados en la casa, distinguió que estaba entreabierta una de las ventanas y que su enemigo se acercaba, con un espejo en la mano en el que se miraba. Al punto, el astuto aguador le arrojó huesos de cerezas, como en broma, y habiéndole dado algunos en la cara, ofendido D. Henríquez por la insolencia del que creía mísero aguador, arrastrado por un movimiento de cólera, bajó solo para castigarle. Pero apenas bajó a la calle, el Conde, dándose a conocer y sacando una espada que tenía oculta.

- ¡Traidor, -exclamó-, defiende tu vida!

La sorpresa y el espanto se apoderaron de tal modo de D. Henríquez, que sólo acertó a pedirle perdón, que no pudo alcanzar del irritado amante, quien vengó la muerte de su amada en el que tan cruelmente la había hecho perecer. Difícil le hubiera sido al Conde escapar, habiendo dado tal golpe frente a la casa de un hombre de viso y que tenía gran número de criados. Pero en el momento en que todos iban a echarse sobre el Conde, tuvo la fortuna de que pasara el Duque de Uceda con tres amigos. Salieron en seguida de su carroza y le auxiliaron con tanta oportunidad, que se escapó, sin que aún se sepa dónde está.

7. LA HIJA DEL CONDE D. JULIÁN

La hija del Conde D. Julián, llamada la Cava, era una de las más hermosas mujeres del mundo; el Rey D. Rodrigo apasionóse por ella de tal modo que, no teniendo límites su amor, tampoco los tuvo su deseo. Estaba en África el Conde cuando recibió la noticia del ultraje inferido a su hija, y respirando sólo venganza, trató con los moros manera de facilitarles la entrada en España (esto sucedió en 714, después de la batalla de San Martín, en que D. Rodrigo perdió la vida, según parecer de algunos, pues otros aseguran que huyó a Portugal), con lo que dio lugar a las luchas de ocho siglos que la historia minuciosamente refiere. Los aragoneses fueron los primeros que sacudieron el yugo de los bárbaros, y no habiendo entre ellos ningún príncipe de la raza de los Reyes godos, decididos a elegir uno, se fijaron con preferencia en un señor de aquel país llamado García Jiménez. Pero, como el pueblo era dueño, impuso leyes, atribuyéndose muchos poderes en gracia del título que confería. Así se convino en que, cuando el monarca derogase alguna de las leyes impuestas, se consideraría nula su autoridad y se le nombraría un sucesor; para sostener contra el Rey sus privilegios, el pueblo instituyó un magistrado soberano a quien llamaba Justicia, el cual estaba encargado de juzgar los actos del Rey, de los jueces y del pueblo; pero siendo bastantes las atribuciones del soberano para poder vengarse de quien acriminara su conducta, se determinó hacer al Justicia inviolable hasta el punto de que sólo pudiera juzgarle y condenarle la Asamblea completa de los estados, que se llama las Cortes. Acordóse además que, si el Rey oprimía a cualquiera de sus vasallos, los grandes y los notables del reino podían unirse para evitar que sus bienes fueran confiscados hasta que, comprobada su inocencia, entrara de nuevo en posesión. El Justicia debía intervenir en todo, y deseoso el pueblo de hacer sentir cuanto antes a Garci Giménez el poder de que aquel magistrado estaba revestido, elevaron una especie de trono donde se colocó al Justicia y decidieron que el Rey con la cabeza descubierta se arrodillase a sus pies jurando respetar los privilegios. Terminada esta ceremonia, los vasallos reconocieron al soberano de una manera tan particular como poco respetuosa, pues en lugar de prometerle fidelidad y obediencia, le dijeron: «Nosotros, que valemos tanto como vos, os nombramos Rey a condición de que guardéis nuestros privilegios y franquicias; de otro modo, no os reconocemos.». Cuando llegó a reinar D. Pedro, pareciéndole indigna de la grandeza real esta costumbre, pretendió por todos los medios que fuese por las Cortes abolida. Compulsado el voto general, escribiósele su resolución en un pergamino, y al recibirla el Rey, manchándolo con sangre que hizo brotar de su mano con la punta del puñal, dijo que una ley bastante poderosa para dejar al pueblo en libertad de elegir soberano con la sangre del soberano se borraba. En Zaragoza existe todavía una estatua del Rey D. Pedro (a quien llamaron el del Puñalet) con un puñal en una mano y el privilegio en la otra.

8. UN HOMBRE DE CALIDAD

Un hombre de calidad, creyendo tener motivo para matar a un enemigo suyo, se dirigió a un bandolero de Valencia y le dio dinero para que lo asesinase. Pero a poco hizo las paces con su enemigo, y deseando proceder de buena fe, apresuróse a advertir al bandolero lo que ocurría para que tuviese buen cuidado de no matar a aquel hombre. Viendo el bandolero que ya no se le necesitaba, se brindó a devolver la suma que había recibido, pero el que se la había dado le rogó que la guardase.

-Pues bien, honrado soy dijo y, pues cobro su precio, he de acabar mi obra matando a ese hombre.

El otro le instó con empeño que no hiciera, pues que se había reconciliado.

-Lo más que puedo hacer repuso el asesino es permitiros elegir entre él o vos, porque para ganar el dinero que me disteis, necesario es que yo cumpla mi promesa matando a uno.

Por mucho que se le dijo, persistió en sus propósitos y ejecutólos al fin.

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NOTA

(1) Relación que hizo de su viaje por España la Señora Condesa D'Aulnoy en 1679. Primera versión española. Nueva edición, aumentada con un precioso retrato de Mme. D'Aulnoy...Madrid. Tipografía Franco-Española, 1892.