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ALGUNAS COSTUMBRES PERDIDAS

ANGEL RODRIGUEZ, Luisa

Publicado en el año 1998 en la Revista de Folklore número 216.

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Vamos a recoger aquí costumbres que en los años 40 y 50 conocimos en la localidad alcarreña de Masegoso de Tajuña, situada en la provincia de la Guadalajara, y en Colle, municipio de Boñar, provincia de León.

En Masegoso de Tajuña, localidad arrasada durante la Guerra Civil y reedificada por el Servicio de Regiones Devastadas, se amasaba el pan en cada casa, pero había sólo un horno, propiedad privada de una persona (1), que, previo pago de una gavilla de leña y una pequeña cantidad en metálico, cocía en el mismo los panes a la gente del pueblo. El hijo del dueño (2) se encargaba de encender el horno y pesar la masa, ya que de esta forma todas las hogazas eran del mismo peso. Cada vecino hacía su marca especial para distinguir sus panes respecto a los otros después de cocidos. Los vecinos tenían un acuerdo muy práctico, consistente en lo siguiente: se iba a casa de los que habían cocido pan y pedían una o dos hogazas; cuando los peticionarios amasaban iban devolviendo el pan. De esta forma todos los días se comía pan tierno. Teniendo en cuenta que de cada hornada cocían cinco o seis vecinos, el sistema abarcaba a toda la población, pues los que cocían se quedaban sólo con lo necesario para el gasto hasta la siguiente hornada.

Otra costumbre de Masegoso era la siguiente. Cuando fallecía una persona se esperaba dos días hasta el entierro. En él, entre cuatro familiares llevaban la caja con el difunto, al que se le cubría la cara con un pañuelo, y otros cuatro amigos o vecinos portaban la tapa, desde la casa hasta el cementerio. Tanto la caja como la tapa eran portadas a la altura de la rodilla. Al llegar al cementerio, se retiraba el pañuelo, se tapaba el ataúd y se procedía a dar tierra al difunto.

Las siguientes costumbres las conocimos en Colle, un pueblecito de las montañas de León; la primera era referida al rito del matrimonio. Cuando una pareja iba a contraer matrimonio los vecinos estaban al cuidado y decían a los demás: "Oye, los novios fueron a la capital a comprar las vistas", siendo éstas los trajes que los novios lucirían en la ceremonia. "Tenemos que saber cuándo son las proclamas para empajarlos". Este dicho indicaba la costumbre consistente en que la víspera del domingo de la primera amonestación, por la noche, se echaba paja desde la casa de ambos novios hasta la iglesia. Llegado el día de la boda el novio salía de su casa del brazo de la madrina con sus invitados hacia la iglesia, y de igual manera la novia, pero del brazo del padrino. Al llegar al templo esperaban a la puerta y el sacerdote salía acompañado de los monaguillos. La madrina se situaba junto a la novia, y el padrino hacía lo mismo junto al novio. Allí, en la puerta de la iglesia, el sacerdote les echaba las bendiciones, les casaba. A continuación, entraba el oficiante en el templo, seguido de los felices recién casados; tras ellos, los padrinos y los invitados. A la salida, los padrinos tiraban confetis y caramelos, y si los medios económicos lo permitían, "perronas" (3). Queda por explicar lo más curioso: el "fumiaco". Consistía en una olla en la cual se realizaba la mezcla de varios ingredientes, entre los cuales no faltaba la guindilla. Al estar cenando todos los asistentes a la boda (4), se entreabría la puerta de la estancia y se dejaba la olla, con el "fumiaco" encendido, saliendo de la misma gran humo que producía toses, lágrimas, estornudos y ahogos que obligaban a los comensales a salir corriendo a la calle para poder respirar (5).

La segunda tradición de Colle es la siguiente. La noche anterior al día de San Juan las mozas casaderas echaban una clara de huevo en un recipiente con agua. Lo dejaban al sereno y, el día de San Juan, antes de salir el sol, lo miraban: si tenía forma de una barca ese año se casaban.

Y hasta aquí este pequeño aporte de materiales etnográficos de costumbres perdidas y que vimos y vivimos. Al menos, la letra impresa las preserva de un olvido absoluto.

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NOTAS

(1) En 1948 la persona encargada era el tío Paulino,

(2) Llamado Julián.

(3) Como es sabido, éste era el nombre popular de las monedas de diez céntimos.

(4) Se convidaba el día de la boda a la comida y la cena, incluso las vísperas y al día siguiente.

(5) Aquí podría aplicarse un refrán que decía el encargado del horno de Masegoso de Tajuña del que hemos hablado; "Un mal amasado y un mal lavado pasa, ¡ay del que mal casa!".