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DOS RELATOS DE TRADICION ORAL

LAHORASCALA, Pedro

Publicado en el año 1999 en la Revista de Folklore número 222.

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EL CURANDERO Y EL MEDICO. (Relato oral de Madrigal de la Vera. Cáceres)

Me contaba mi padre que él nunca fue a ver a tío Macario, el curandero; que le unía buena relación con don Leopoldo, el médico. Pero que oyó contar cómo tío "Pajaritero" sí fue al curandero en cierta ocasión, que si eran como medio parientes y que por eso fue. Fuera por lo que fuere, es el caso que tío Justo, que ese era su nombre, amaneció un buen día (malo, dijo él) con un fuerte dolor de vientre. Toda la jornada se la llevó con las manos en la barriga, de mal humor y sin apenas poder hacer trabajo alguno, de los muchos y variados que el campo le obligaba: un cacho huerto en la Cercona, unos praos en el Lomo, un matón en el Recó (do), el pimental de las Vegas, un par de machos, una borriquilla panda, dos guarros y una cabra, que la media docena de gallinas se las arreglaba la Antonia.

Pasó el día malamente, refunfuñando y echando dioses y por la noche la mujer le coció unas yerbas para ver si se le asentaban las tripas y le dio un vaso de agua con bicarbonato, por si fuera del estómago la cosa; que fuera o que no, la noche se la llevó en revolcón para un lado, retortijón para el otro, hasta que ya al alba, le pareció, porque se le hizo mucho, como que se durmió o sufrió un letargo, como dijo él al otro día, que se levantó como se acostó: dolor con dolor. Así, que se cogió el pendique y se fue a ver a Macario.

- ¡Qué te pasa hombre! -fue la acogida.

- ¡Qué me va a pasar! Que me duele la barriga que no para.

- ¡Ah, pero te pasa algo! Te lo decía como saludo. Pero, a ver.

Y tío "Pajaritero" le contó que tenía un dolor de barriga peor que un dolor de muelas. ¡Vamos, como cuando me paría la Antonia, que ya ha dejao y ahora me pasa a mí!

- Es que ya estás viejo, pariente.

- ¡Que no! Que me duele malo, que como no pare me tiro del puente abajo.

- Vamos, "Pajaritero", deja eso. -Y le puso la mano encima.

Mi padre hizo abstracción de lo que el curandero hizo o dejó de hacer.

Si preguntas o sortilegios, pases magnéticos o pulsiones ventrales. No lo sabría. El resultado fue cierta anotación en una hoja arrancada de una libretilla de pastas verdes desvaídas tirando a gris cementoso.

- Toma. Vete a la botica y que don Secundino te lo prepare. Te lo tomas y esta noche, a dormir.

El boticario leyó aquello y tras un breve paréntesis de estar como pensando, dijo:

- Tendrás que venir otro día, Justo. Esto lo tengo -señaló un bote en un estante-, pero esto otro -dio un papirotazo a la nota- se me ha acabado y lo tengo que pedir a Talavera (de la Reina).

Pero en lugar de gastarse una llamada telefónica, porque podrían ser dos o acaso tres, si tienen que buscar a fulanito; a más, que luego estaba la centralilla, con aquella telefonista gansa que no parecía que si no estuviera pisando huevos cuando hablaba o mascando puches, para preguntar y para pedir línea, que esa era otra, hasta que te la daban, pues había que dar un rodeo de hasta tres interconexiones. Total, que despachó una carta, que con un sello de ochenta céntimos pues que se aviaba el gasto.

Así pasaron algunos días y el medicamento dichoso pues que no llegaba y el tío "Pajaritero" los pasaba en un grito o casi. Ni los cocimientos de su mujer, ni los vasos de bicarbonato, arreglaban nada; así, que ni corto ni perezoso, se fue a ver a don Leopoldo, temeroso de que supiera que antes había ido al curandero, para ahorrarse lo de la consulta.

- Bueno, bueno, bueno, bueno, Justo. ¿Tú por aquí?

- Yo por aquí, don Leopoldo, que tengo un dolor de barr... de, de tripas, digo, que no me tengo.

- Vaya, vaya, vaya, vaya, hombre. ¿Y cómo es eso?

- Pues, ya ve usté, don Leopoldo, que me duele mucho.

- Ya, ya, ya, ya. ¿Y sólo eso?

- ¿Y qué más quiere usté? Le tocó, le palpó y le puso el fonendoscopio (lo ponía siempre).

- ¿Y vas bien del vientre?

- ¡Si me duele mucho!

- Pero ¿obras bien? ¡Que si cagas en condiciones, leñe!

- Sí, sí, sí -se aceleró tío Justo-. Pero no me alivia.

- Claro, claro, claro, claro. Ya veo, ya, ya, ya.

Tras una expectante pausa, le espetó de pronto:

- Oye, ¿tú no usabas faja?

- Sí, señor.

- ¿Y por qué no la llevas?

- Bueno; es que mis hijas, ya sabe usté, como se han ido a vivir a Madrid, pues me dicen que me quite la faja, que las avergüenzo, que eso de usar faja es de mu antiguo, mu paleto, que está mu mal visto, que ya no se lleva. Y me la he quitao.

- Claro, claro, claro, claro. Eso es, Justo, lo que te pasa. Pues póntela otra vez. Porque lo que tú tienes es que has cogido frío al vientre, como no estás acostumbrado a ir sin faja, pues es lo que te duele. Así que ponte la faja y ya verás cómo se quita ese dolor. Anda, anda, anda, anda.

Tío Justo, "Pajaritero", rescató su faja del desván, de entre otras prendas desechadas en un destartalado arcón y se la puso allí mismo.

Al día siguiente se fue a ver al boticario.

- Don Andrés, que ya no me pida la meicina, que se m'ha quitao.

Y se fue a atender el cacho huerto de la Cercona, los praos del Lomo, el matón del Recó (do), el pimental de las Vegas, el par de machos, la burra panda, los dos guarros y la cabra. Antonia tiró las hierbas, guardó el bote de bicarbonato y se fue a las gallinas. El viejo médico don Leopoldo murmuró: "Ay, estas modernidades acabarán con nosotros algún día".

Claro que, para antiguo, se rió mi madre, la irrigación de ajo. Pero eso os lo contaré otro día.

- ¡Ahora, abuelo, ahora!

No hice caso y me fui a acostar.

LA SEMANA QUE NO TRAJO JUEVES (Relato costumbrista en tiempo real)

Me contaba mi padre que hubo un hombre en el pueblo que lo dejaba todo para la semana sin jueves.

- ¡Chacho! ¿Que cuándo te casas? -le gritaban.

- ¡Tía Patro! La semana que no traiga jueves.

El casorio, podar los rosales, rozar alguna orilla, los palos del gallinero, el huerto del cura, la hacendera, y así pasaban los años y los días y el buen hombre vivía holgazanamente, paseando los botones de su chaleco por el "lejío" o los "cuatro caminos" en Madrigal de la Vera.

Luego me fui haciendo mayor y caí en la misma muletilla cuando algo que hacer me molestaba: "La semana que no traiga jueves". Y supe ya que otra vez hubo un hombre que fue jueves, según el escritor inglés Chestertos y otro Viernes, que lo dijo Julio Verne en su "Robinson Crusoe". Pero una semana sin tal...

- Tía Patro, que aquí la traigo las patatas.

- Vaya, hijo, será una semana sin jueves.

Pero era jueves y víspera de viernes, y no patatas, sino sendos cupones de la ONCE, lo que mi amigo JR y yo nos jugábamos todas las semanas, aunque pasaban y pasaban años sin tocarnos ni el reintegro.

- Hoy me ha tocado la lotería -decía mi padre, pues se jugaba en aquel entonces, a veces, un décimo de a quince pesetas.

- Enhorabuena, Cirilo -le palmeaban los amigos.

- Me ha tocado el reintegro -añadía, porque no había echado (jugado).

Pero es que mi amigo jotaerre y yo sí jugábamos todas las semanas, echando los jueves para el sorteo del viernes y sólo muy de tarde en tarde caía, como mucho, el reintegro. Años, repito; que ya es empecinarse. Como tía Patro: "Que cuándo me vas a injertar las parras".

- ¿Pero es que no nos va a tocar nunca?

- ¡Sí, hombre! La semana que no traiga jueves.

A lo que no se podía replicar lo de "si para tan largo me lo fías", porque una semana sin jueves era algo que no podía llegar nunca. Y llegó. Vamos, como cuando lo de "tia Patro, que aquí la traigo las patatas". Vaya, por Dios.

Ocurrió que, a principios de año, me fui al calendario (1) a ver cuándo caía el miércoles de ceniza, forma que uso para localizar los carnavales, que son movibles, como se sabe, en función de la primera luna de primavera, que rige la Pascua de Resurrección. Pues voy y levanto la hoja de febrero y recorro las semanas, hasta topar con la denominación de "miércoles de ceniza". Y, oh Dios, era jueves.

La casilla corresponde al día 25, jueves, y está rotulada con el santo del día, San Cesáreo, y la leyenda "miércoles de ceniza" (que en todo caso sería jueves lardero, si fuera jueves, claro, y no miércoles de "ceniza"; aunque en realidad corresponde a la semana anterior).

¡Ya está! La semana que no trae jueves. Ahora o nunca. Así que, pacientemente, esperé a que llegara y hoy acabo de comprar los dos cupones; lo que a la cortesía del invidente que me despacha, "que tenga suerte", murmuré para mi capote: ¿Jueves y miércoles de ceniza? Mañana te lo diré.

No sé qué diría mi padre. Y mucho menos tía Patro, que al fin, aquel hombre de mi pueblo que se echaba el jueves a la espalda, como el sorteo de la ONCE, la llevó las patatas.

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NOTAS

(1) Calendario de Fiestas Tradicionales, 1999, de la Diputación Provincia] de Guadalajara.

Hacendera: Trabajo de utilidad común, al que el vecindario acude gratuitamente.

jotaerre (JR): José Ramón López de los Mozos y Jiménez.