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UNA FABULA DE UNAMUNO: LAS RANAS Y EL OTRO SERMON DE SAN ANTONIO A LOS PECES (1910)

DE LA FUENTE GONZALEZ, Miguel A.

Publicado en el año 1999 en la Revista de Folklore número 222.

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En la lectura de los ensayos de Unamuno, encontramos, con cierta frecuencia, pequeños segmentos que podrían desgajarse y funcionar de forma autónoma; se trata de chistes, anécdotas, fábulas y parábolas, fundamentalmente.

La presencia de tales elementos no es infrecuente en nuestra literatura. Así, Sainz de Robles (1964,12), al intentar dar una panorámica del cultivo de la fábula en España, detecta grandes lagunas y plantea subsanarlas buscando ejemplos, "ya en prosa, ya en verso, en las graves crónicas de los reinos, en los doctrinales políticos, en los tratados ascéticos, en los centones de anécdotas y chascarrillos, en los pasos, entremeses, comedias, en los poemas épicos. En todas estas obras, la fabulilla surge como sin querer de nadie, sencillamente, porque era necesario encubrir cierta moralidad en una ficción edulcorada". Esto es perfectamente aplicable también a Unamuno, que no despreciaba estos géneros y recursos populares.

Pues bien, nuestro trabajo está dedicado a una fábula unamuniana en prosa, que vamos a estudiar junto con sus moralejas, e intentaremos relacionarla con fábulas y textos anteriores, incluso del mismo Unamuno.

1. LA FÁBULA Y SUS MORALEJAS

Unamuno adoptó la estructura de la fábula en su artículo "¡Cro, cro, cro, cro!", de 1910, publicado en Los Lunes de El Imparcial. El artículo se inicia con un relato, mezcla de leyenda hagiográfica y de fábula, y continúa con un extenso comentario donde se exponen ciertas ideas y enseñanzas.

La fábula ocupa el primer párrafo del artículo, y dice así (1969, 1360):

En una vieja crónica italiana del siglo XIV, todavía inédita -y Dios la libre de un erudito que haga una edición metacrítica de ella-, cuéntase cómo el gran taumaturgo lisbonense, quiere decirse. San Antonio de Padua, en vista del felicísimo suceso de su sermón a los peces del mar, decidió otra vez predicar a los peces de un hermoso y cristalino río. Fuese, pues, a la ribera de éste, y allí, en un remanso, empezó a predicar a los discretos y silenciosos peces que le oyeron con su habitual discreción y no menos habitual mudez. Lo que acaso no advirtió el santo es que, juntamente con los peces, le oían también algunas ranas, sentadas, entre alisos, en las orillas del sereno río. Luego que Fray Antonio se hubo ido, acertaron a pasar por allí unos caballeros y deseando, noticiosos del sermón, saber lo que en éste dijo el taumaturgo, se lo preguntaron a las ranas, sabedores de que los discretos peces no habrían de contárselo. Y las ranas les contestaron: "¡Cro, cro, cro, cro!". De aquí proviene, según la crónica, la tan conocida leyenda de que San Antonio de Padua predicó una vez a los peces de un río diciendo: "¡Cro, cro, cro, cro!".

En nuestra opinión, el tema fundamental de esta fábula es la comunicación, en su doble vertiente: la expresión y la comprensión. Así, se plantea el problema del intermediario o traductor (las ranas) que no cumple su misión adecuadamente; y el problema del receptor u oyente (los hombres), que interpretan incorrectamente la comunicación recibida.

Esta visión, tan concreta y esquemática, hay que contraponerla a los comentarios que Unamuno nos ofrece. Para ello, haremos un resumen muy rápido de las principales moralejas; lo cual no siempre resulta fácil con los textos de Unamuno. Aunque lo normal en cualquier fábula es que la interpretación o moraleja sea rápida y nunca tan extensa como la parte narrativa, Unamuno le dedica la mayor parte del artículo.

Las moralejas y comentarios de Unamuno son, en nuestra opinión, fundamentalmente cuatro ataques: contra los intermediarios en la comunicación; contra los oyentes superficiales; contra el discurso de los políticos; y contra la incorrecta interpretación de la comunicación.

1.1.) Contra los intermediarios

Existen dos clases de oyentes: los que escuchan para saber y los que lo hacen para poder contárselo a alguien. En palabras de Unamuno (1969, 1360): "Los peces [...] oyen para enterarse, al paso que las ranas oyen para no enterarse, es decir, para enterar a los demás de lo que oyeron o creyeron oír. Traducen".

También puede establecerse un paralelismo entre los peces y los lectores, y entre las ranas y los críticos literarios. Así, en una carta de 1928, dirigida a J. A. Balseiro, crítico literario, Unamuno le hace notar que al lector común no le interesan ciertos aspectos técnicos, como el problema del género de la obra que lee: "Usted, que es el crítico clasificador, y que acaso lee el libro profesionalmente, para hablar o escribir de él, sí, pero el lector no se pregunta tal cosa. Se contenta con que le emocione, divierta, instruya, sugiera -o acaso le irrite- sin preguntarse más" (1991, 2, 234).

En un artículo de 1933, establece los tres protagonistas o agentes de la lectura (1979, 234): el productor o escritor, el consumidor o lector y el intermediario, que sería "el vulgarizador, intérprete o traductor", contra los que Unamuno arremete. Su interés y simpatía va para los lectores. Después de quejarse "de la masa semiculta, del vulgo instruido, atacado de pereza mental", se refiere (1979, 235-236) a un tipo de lectores que podríamos identificar, por su silencio, con los peces, y que está representado por los silenciosos y receptivos cabreros de El Quijote: "otra masa de lectores, más verdaderamente pueblo, otra masa que, aunque acaso menos instruida, no es el vulgo; que se entrega ingenuamente a la lectura, que sabe leer aunque no siempre comprenda bien lo que lee [...]. Es el público que he comparado tantas veces a aquellos cabreros -cultísimos cabreros analfabetos- que oyeron a Don Quijote su discurso de la edad de oro y le regalaron por él". Y termina invitando a "prescindir todo lo posible de intermediarios, revendedores, detallistas, intérpretes y traductores".

Además, podríamos establecer un curioso paralelismo entre San Antonio predicador y Unamuno, que precisamente empleaba el verbo "predicar" y el sustantivo "sermón" para referirse a sus conferencias y actos en que se dirigía a un auditorio. Y es que, también como el santo de la fábula, sufrió Unamuno tergiversaciones e incomprensiones.

Ya en 1896, en una carta a Múgica escribía (tomado de Gómez Molleda, 1977, 50): "[...] si uno se mete a predicar algo que cree elevado, purificador, idealizador, digno y puro, en seguida lo rebajan, lo ensucian, lo entienden a lo bruto, lo progresitizan y convierten en bullanga y en motín. Dan ganas de hacerse místico, retirarse a una ermita". Y en 1933 escribe (1979, 233): "Es más difícil aprender a escuchar y a leer que a hablar y a escribir".

1.2.) Los oyentes superficiales

Hay a quienes sólo les interesa, de una comunicación, las llamadas "frases", lo más brillante y, muchas veces, lo menos profundo. "Hay otro rasgo característico de la psicología batráctica, y por cierto muy curioso, cual es el que si a una rana se le echa de cebo un salchichón, se engulle los granos de pimienta, dejando la carne", según Unamuno.

Quienes así actúan serían no sólo los vulgarizadores sino, sobre todo, los pedantes que quieren lucirse ante los demás con las ideas de otros; los que se limitan a repetir lo ya dicho, sin crear nada propio; e incluso los que no actúan sino que se quedan en simples palabras.

El ataque a las personas que nada hacen pero que critican lo que hacen otros ya figuraba en su Vida de don Quijote (1966, 149): "Esas gentes no hacen sino censurar a los que de veras hacen algo. Cuando alguien tiene cuita, acude a los caballeros andantes y no a ellos, ni «al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y contarlas que procura hacer obras y hazañas para que otros las cuenten y las escriban»".

1.3.) Contra el lenguaje de los políticos

Según Unamuno, apenas existen problemas de interpretación en el caso de los políticos, cuyo mensaje es del todo previsible y falto de originalidad: según su adscripción ideológica, real o pretendida, "se sabe de antemano, dado el asunto que se debate, lo que ha de decir, y por lo tanto, no suelta ni puede soltar nada de eso que en lenguaje batrácico llamamos paradoja" (1969,1361).

El discurso político es, además, pobre de ideas: "apenas puede decir [el político] sino a lo sumo cuatro cosas; eso sí, dando a cada una de ellas cuatrocientas vueltas; y esas cuatro cosas pueden muy bien traducirse, aun a pesar de las mil doscientas paráfrasis, en «¡Cro, cro, cro, cro!»" (1969, 1361).

1.4.) Contra las interpretaciones inadecuadas

En la fábula de Unamuno, los humanos no sólo proceden inadecuadamente por pedir noticia a las ranas, que desconocen el lenguaje humano (los fabulistas presentan, a conveniencia, dos tipos de ranas: las que hablan como nosotros y las que sólo usan su propio código), sino también, y principalmente, por la interpretación, antilógica y ridícula, que hacen de la respuesta recibida.

Sin embargo, esta cuarta moraleja no resulta tan explícita en el texto de Unamuno, que parece, más bien, perderse un poco en sus ataques al mal uso del razonamiento o contra cierto racionamiento excesivamente formalizado. Y, así, todo queda un tanto difuminado, aunque disponga, para ello, prácticamente, dos terceras partes del artículo.

Unamuno desarrolla la idea de que todo tiene su fin en el mundo, y discurre sobre la utilidad de algunos animales, considerados dañinos normalmente, como es el caso de ratones, moscas, etc. Y todo ello con las opiniones de San Agustín, Lutero, Goethe e incluso del fabulista Esopo. Además comenta la relación entre el humorismo y las ranas, aparte de otros detalles más o menos relacionados con el caso. Predomina, en esta parte del texto, cierta ironía y libertad temática, difíciles de resumir aquí.

2. CONEXIONES CON OTROS TEXTOS Y FÁBULAS

Nos referiremos a dos obras italianas y a los fabulistas españoles, encuadrándolos en los cuatro puntos fundamentales de influencia: el protagonismo de San Antonio; la escasa inteligencia de las ranas; la interpretación contextual del croar; y el razonamiento erróneo y perjudicial.

2.1. El protagonismo de San Antonio

Al respecto, tenemos una fuente fundamental: Las florecillas de San Francisco, popular obra italiana del siglo XIV. Sin duda, éste es el primer texto con el que hay que relacionar la fábula de Unamuno, si no fue en realidad el que se la inspiró. En cualquier caso, sirve de punto de referencia ya que allí se narra la primera predicación de San Antonio a los peces, y la recogida en la fábula de Unamuno figura como la segunda. Unamuno, además, confiesa seguir "una vieja crónica italiana del siglo XIV, todavía inédita", del mismo siglo, por tanto, que las populares Florecillas.

El primer sermón de San Antonio a los peces, según figura en el capítulo XXXIX de Las florecillas de San Francisco, tuvo lugar en Rímini, y el motivo fue el desprecio de los herejes por las palabras del santo, lo que le llevó a predicar a los peces. Ante el prodigio que supuso la presencia atenta y reverente de la multitud de peces, los herejes terminaron por escuchar al santo y convertirse.

En la fábula unamuniana hay diferencias importantes. En primer lugar, podríamos decir que el motivo de la predicación de San Antonio no es, en este segundo caso, la inspiración divina ni el fin de convertir herejes, sino algo que parece asemejarse a cierta vanidad: "En vista del felicísimo suceso de su sermón a los peces del mar, decidió otra vez predicar a los peces de un hermoso y cristalino río", escribe Unamuno.

Los frutos del sermón serán también muy diferentes. En primer lugar, sólo lo escuchan los peces y las ranas, que darán noticia de lo predicado a los caballeros que posteriormente se lo preguntan; y el resultado no será la conversión, la aceptación de la verdad, sino una cómica falsedad: "la tan conocida leyenda de que San Antonio de Padua predicó una vez a los peces diciendo: «¡Cro, cro, cro, cro!»". Obsérvese el despiste: San Antonio habría empleado el lenguaje de las ranas para predicar a los peces.

Para finalizar, recordemos cómo la relación entre humanos y animales es motivo importante en la hagiografía franciscana (los pájaros, el lobo de Gubbio, etc.); en ello coincide con el mundo de la fábula (con las llamadas "fábulas mixtas"), aunque las leyendas franciscanas tengan una poesía y una ternura muy alejadas del espíritu crítico y pragmático tan frecuente en el mundo fabulístico.

2.2.) La escasa inteligencia de las ranas

En el mundo de las fábulas, la rana, como animal que croa constantemente, se asocia con las personas que hablan mucho y no dicen nada, o que hablan sin saber muy bien lo que quieren: un animal de escasa inteligencia. Se trata de una caracterización negativa que es frecuente, aunque no exclusiva, en las fábulas ya desde la época de Esopo, y que Unamuno retoma. Veámoslo en fábulas concretas.

2.2.1.) Las ranas en Samaniego (1745-1801)

Cinco son las fábulas de Samaniego protagonizadas por ranas. En las fábulas en que se caracteriza negativamente a las ranas, se trata el problema de la comunicación, y el fallo proviene más bien de su escasa inteligencia, y no del código (como en el caso de la fábula de Unamuno), ya que las ranas utilizan aquí siempre el lenguaje humano.

La caracterización negativa de las ranas aparece en tres de las cinco fábulas protagonizadas por las mismas. Así, en "Las dos ranas" (1996, 86-87), una de ellas, por no hacer caso de su compañera, es atropellada por un carro. En "Las ranas pidiendo al rey" (1996, 88-89), reciben castigo por no saber lo que pedían: si despreciaron al tronco que les envió Júpiter como rey, ahora tendrán que sufrir el acoso de la culebra. Se trata del problema de "aquel que no examina / si su solicitud será una ruina". Y, finalmente, en "El león y la rana" (1996, 125), el rey de la selva se atemoriza, en un principio, al oír por la noche el croar de la rana, y creer que se trata de una "bestia feroz". Pero todo se aclara y la rana quedará en ridículo. La moraleja dice:

Llamará la atención de mucha gente
el charlatán con su manía loca;
mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente
que no es sino una rana, toda boca?

Pero no sucede así en el caso de la fábula unamuniana, pues los humanos, aunque tengan más inteligencia, se fían de la comunicación de las ranas e incluso llegan a inferencias aún más disparatadas.

Sin embargo, las dos restantes fábulas protagonizadas por ranas nos dan una visión positiva, ya que en ellas razonan y actúan de manera inteligente. Así, en "Las ranas sedientas" (1996, 138) o en "El asno y las ranas" (1996, 104-105), en que éstas, castigadas ya por Júpiter y aleccionadas por las consecuencias de sus errores, aconsejan paciencia a un burro viejo y cargado que se ha empantanado.

2.2.2.) Las ranas en Iriarte (1750-1791)

Sólo escribió dos fábulas protagonizadas por ranas; una negativa y otra positiva.

En "La rana y la gallina" (1980, 140), una "parlera rana" se queja de que cacaree la gallina por haber puesto simplemente un huevo, sin advertir que ella está graznando todo el día sin producir nada positivo. Vemos aquí la escasa inteligencia de la rana. Sin embargo, en "La rana y el renacuajo" (1980, 65), aquella trata de instruir a su descendiente a la vista de una caña caída al río: "por defuera muy tersa, muy lozana; por dentro toda fofa, toda vana".

2.3.) La interpretación contextual del croar

Al respecto, la rana, u otro animal, establece una comunicación con animales o con algún ser humano, pero a través de sus sonidos propios (croar, etc.) y no con lenguaje humano. De ello se derivan sus males o malentendidos para la misma rana o para su interlocutor humano o animal.

2.3.1.) Las amenas y ridículas simplezas de Bertoldino, de Giulio Cesare Croce (1550-1609)

En esta obra italiana, de principios del siglo XVII, hay un episodio que creemos constituye un antecedente importante de nuestra fábula. El rey regala una especie de finca a Bertoldino y a su madre, además de una importante cantidad de dinero. Al oír el croar de las ranas del estanque y "cómo en su lenguaje parece que digan «cuatro, cuatro», Bertoldino creyendo que dijesen que el rey sólo le había dado cuatro escudos, habiéndole dado más de mil, al punto se encolerizó y corriendo a casa, fue a por un cofrecillo donde estaban los escudos" (Croce, 1983, 289); y lo que hizo se lo contó luego a su madre: "Aquellos malditos animales decían que sólo nos había dado cuatro; entonces yo les tiré un buen puñado, pero ellas seguían diciendo «cuatro, cuatro», y yo les tiré otro puñado y luego otro, y otro, hasta que se los tiré todos, y ellas cada vez más fuerte seguían gritando «cuatro, cuatro»; por lo que, viéndolas obstinadas en su humor, me encolericé y les tiré también el cofrecillo, para que así los cuenten y de una vez se enteren de cuántos escudos nos dio el Rey, y después vuelvan a meterlos en el cofrecillo" (Croce, 1983, 289). Dejamos el relato, que sigue.

Coincide con la fábula de Unamuno en el hecho de que un ser humano se fíe de lo que parecen decir las ranas con su croar, y que esto le perjudique de algún modo: en el caso de Bertoldino porque se queda sin dinero y se lleva la reprimenda de su madre; en el caso del sermón de San Antonio, porque los hombres llegan a una conclusión falsa y ridicula.

En España, y durante los siglos XIX y XX, se editaron y circularon bajo el título de Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, las dos obras de Croce sobre los dos primeros personajes, y la continuación de la saga hecha por Scaligueri. Se trataba de ediciones para niños con adaptaciones y manipulaciones del texto original, que alcanzaron gran popularidad, por lo que tal obra llegó a ser considerada como un clásico de la literatura infantil.

En los textos de Unamuno, aparece mencionada tal obra en diversas ocasiones; incluso, en un momento, plantea, más o menos jocosamente, que, si la influencia de una obra literaria habría que medirla cuantitativamente, por su difusión, una de las que más habrían influido en la literatura española sería, sin duda alguna, Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno.

Además, Unamuno alude a su carácter divertido en varias ocasiones, aunque ello vaya en descrédito de la obra con la que la compare. Así, en 1931, refiriéndose al libro del P. Pablo Ladrón de Guevara, Novelistas buenos y malos, considera que esta obra para alguien de fuera del ámbito de la censura, contiene una "amenidad eutrapélica", "que supera al Bertoldo" (1979, 109). Y, en 1936, afirma Unamuno que el libro El liberalismo es pecado, en cierta época, "me regocijaba como en mi niñez el «Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno" (1979, 440).

2.3.2.) Si eres débil sé prudente o el perro y la rana de Campoamor (1817-1901).

Una rana, con su constante croar, irrita a un perro, que la ataca y, cuando trata de huir al charco, no se da cuenta de que el agua está helada y choca contra el hielo (1974, 289-290). Pero más que la escasa inteligencia de la rana, que es la que sale perjudicada, nos interesa aquí el que el perro, que sí usa el lenguaje humano, interprete el sonido onomatopéyico (car, car, car...) de forma errónea, como una provocación, lo que no era.

2.3.3.) El ruiseñor, el canario y el buey de Juan Bautista Arriaza (1770-1837)

Aunque no aparezcan ranas en la fábula, el problema es similar. Dada su brevedad, la reproducimos:

Junto a un negro buey cantaban
un ruiseñor y un canario,
y en lo gracioso y lo vario
iguales los dos quedaban.
"Decide la cuestión tú",
dijo al buey el ruiseñor;
y, sintiéndose censor,
habló el buey y dijo: "¡Mu!".

Doval (1995, 32) cita el último verso, y después de aludir a su origen fabulístico, lo califica de "dicho aplicado por lo común a los necios acostumbrados a callar, y que cuando hablan es sólo para decir algún disparate y poner de manifiesto su condición".

Aunque sea el buey, por su escasa expresividad, lo contrario que la rana, puede la moraleja ser común a ambos casos: no debe pedirse opinión a quien está imposibilitado para darla. La fábula de Unamuno narra algo parecido a la de Arriaza: los hombres piden información a las ranas, cuya respuesta es simplemente un sonido onomatopéyico; luego vendrá el problema de interpretarlo, que es diferente.

2.3.3.) El loro de Hartzenbush (1806-1880)

Tampoco aquí se trata de ranas sino de un loro, y no del croar sino de frases, aunque, aprendidas y dichas mecánicamente. Un loro ha aprendido sólo dos frases: "¿Quién eres?" y "Vete de aquí". Un día de tormenta coincide en la misma cueva con un hombre, que al oír las palabras del loro ("¿Quién eres?"), las creerá de un salvaje, guarecido en la cueva, que le ordena que se vaya ("Vete de aquí"), a lo que obedece, prefiriendo mojarse a tener que afrontar otros problemas posiblemente mayores (Hartzenbush, 1990, 154-155). Coincide con la fábula de Unamuno en el hecho de que a las palabras de un humano responda un animal mecánicamente (aunque en este caso no sean simples onomatopeyas) y se las crea el humano, como en el caso de las ranas, con lo que sale perjudicado.

2.4.) El razonamiento incorrecto y ridículo

Como se ha visto, en nuestra fábula el problema es que los hombres, a partir de la respuesta de las ranas llegan, por su propia cuenta, a conclusiones irreales y ridículas, como que San Antonio predicó a los peces en el lenguaje de las ranas y reduciéndose a decir "¡Cro, cro, cro, cro!".

Quizás el antecedente más claro de esto sea una especie de anécdota incluida por Unamuno en un artículo no fechado, que podríamos titularla "El filólogo y el viajero". Dice así (1969, 1374): "Parece ser que un sabio filólogo le preguntó a un viajero cómo llamaban al perro en la lengua de cierta apartada tribu y el viajero le contestó que no le llamaban más que animal. De donde el filólogo dedujo que no conocían al perro. Y el caso es que no había allí más animales que los perros".

3. UNAMUNO Y LA FÁBULA MODERNA

Esta fábula de Unamuno, a pesar de los antecedentes clásicos mencionados, nos resulta muy moderna. Y ello, quizás por su jocosidad y por la doble pirueta final: la sorprendente respuesta de las ranas y la más sorprendente conclusión a que llegan los humanos.

Nobile (1992, 61), refiriéndose a la fábula de épocas recientes, advierte cómo ésta "se colorea de simbolismo, neorrealismo y surrealismo, acentuando su carácter cáustico y cínico, incluso degenerando en sátira y adquiriendo connotaciones ideológicas y de crítica social". Creemos que es aplicable tal juicio al actual autor guatemalteco Augusto Monterroso o al ya desaparecido Ambrose Bierce (1842-1914?).

Bierce (el escritor norteamericano protagonista de Gringo Viejo, novela de Carlos Fuentes, llevada al cine) publicó sus Fábulas fantásticas en 1889. Ignoramos si Unamuno tuvo conocimiento de las mismas, aunque la que hemos estudiado parece seguir una trayectoria similar. Como ejemplo, y para terminar, reproducimos "La rana tirana" del fabulista norteamericano (Bierce, 1997, 105-106):

Una serpiente que se estaba tragando a una rana fue abordada por un Naturalista con un palo.

- ¡Ah!, mi salvador -dijo la Serpiente rápidamente-. Has llegado en el momento justo. Como puedes ver, este reptil se estaba metiendo dentro de mí sin ningún motivo.

- Querida amiga -replicó el Naturalista-, necesito la piel de una serpiente para mi colección. Si no me llegas a hablar, ni siquiera me habría acercado, pues pensaba que estabas cenando.

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BIBLIOGRAFÍA

BIERCE, Ambrose (1997): Fábulas fantásticas, Edicomunicación, Barcelona.

CAMPOAMOR, Ramón de (1974); "Fábulas", en Poesías de Ramón de Campoamor, Sopeña, Barcelona, t. II, pp. 277-301.

CROCE, G. C. (1983); Bertoldo, Berloldino y Cacaseno (edición bilingüe), Ed. Bosch, Barcelona.

DOVAL, Gregorio (1995): Del hecho al dicho, Ediciones del Prado, Madrid.

GÓMEZ MOLLEDA, Dolores (1977): Unamuno, "Agitador de espíritus" y Giner (Correspondencia inédita), Narcea, Madrid.

HARTZENBUSH, Juan Eugenio (1990); Fábulas, Edit. Yerico, Madrid.

IRIARTE, Tomás de (1980); Fábulas literarias, Edit. Novelas y Cuentos, Madrid.

NOBILE, Angelo (1992); Literatura infantil y juvenil, MEC/Morata, Barcelona.

SAINZ DE ROBLES, Federico (1964): Fabulario español, Espasa-Calpe, Madrid.

SAMANIEGO, Félix M.ª de (1996); Fábulas, Ed. Alba, Madrid.

UNAMUNO, Miguel de (1966): Vida de don Quijote y Sancho, Espasa-Calpe, Madrid; (1969): Meditaciones y ensayos espirituales (tomo VII de sus Obras Completas), Ed. Escelier, Madrid; (1979): República Española y España republicana (1931-1936), Edición de V. González Martín, Almar, Salamanca; (1991); Epistolario inédito II (1915-1936), Espasa-Calpe, Madrid.