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Editorial

DIAZ GONZALEZ, Joaquín

Publicado en el año 1999 en la Revista de Folklore número 225.

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En lo que respecta a los juegos de toros -cualquiera que sea la modalidad- hay que reconocer que, pese a las múltiples y reiteradas objeciones eclesiásticas y civiles repetidas a lo largo de los últimos seis siglos, el interés por estos espectáculos apenas ha disminuido. Sí convendría matizar, sin embargo, que a partir de una determinada época predominan los casos en que la propia supervivencia del acto y el mejor desarrollo del mismo exigieron una función ordenada con una normativa. Tendríamos que distinguir en ese aspecto dos tipos de espectáculos que se derivan del significado de dos antiguas palabras, cursus (carrera) y currus (carro). De la primera vendría el término "corrida", que durante mucho tiempo significó "carrera que acaba en un corro". De la otra palabra, currus o carro, vendría el término "corral" (currale), es decir, lugar cercado donde se colocan los carros, pero también procederían los términos "corro" (es decir, ruedo de gente) y "corso" o "coso", que significa lugar cerrado donde se corren toros. Ambos vocablos originales, "cursus" y "currus", como se ve, serían complementarios y se necesitarían mutuamente pues una carrera de toros, por ejemplo, no se explicaría sin un final en el coso, y un corro en el que no hubiese movimiento, fuese de gente o de animales, tampoco. Parece lógico pensar que esos movimientos, sin embargo, se atuvieran a unas normas para evitar el caos y para dirigir y ordenar los desplazamientos de la gente por muy imprevisibles que éstos fueran en razón del capricho de los animales.