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PRACTICAS DE COSECHA Y VENDIMIA EN TIERRA DE CAMPOS: MANADAS, LAGARADAS Y PÚAS

LOPEZ GUTIERREZ, Luciano

Publicado en el año 1999 en la Revista de Folklore número 223.

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Voy a tratar en este artículo sobre unas prácticas festivas propias de la cosecha y de la vendimia que todavía persistían en Tierra de Campos al alborear la década de los sesenta, las cuales, que yo sepa, no han merecido mucha atención por parte de los estudiosos de estos temas, a pesar de que se dan noticias de las mismas en textos pertenecientes a nuestros Siglos de Oro.

Según mi informante, Luciano López García (70 años), zagal en su niñez y labrador ya adulto, en la comarca de Villalpando recibía el nombre de manada el último y regocijado viaje que daba fin al acarreo. Tal denominación tenía su origen en que se ponía en lo alto del carro la purridera clavada en las mieses y se colgaba de ella un pelele hecho con prendas viejas rellenas de paja en señal de que se trataba del último viaje que se hacía en ese verano. También, en lugar de tal muñeco, se podía enarbolar en el carro una bandera nacional. En cualquier caso, a la tarde, una vez concluida la trilla, se montaba una pequeña fiesta en la que se comía abundantemente y se bebía vino con menos moderación que un día ordinario.

En este mismo sentido, Alonso Emperador deja constancia de idéntica costumbre en la zona palentina de Tierra de Campos:

Ahora ya se ha perdido, pero cuando yo era joven, se celebraba la terminación del acarreo con la manada, que consistía en clavar la horca purridera en lo alto del carro, con los guijos hacia arriba, y en ella se pinchaba un brazau de mies o se ponía una chaqueta vieja llena de pajas. ¡Bué, bah: la juerga que nos teníamos! Porque aquel día, ¿sabe usted?, se bebía un poco más que de costumbre y se venía cantando (1).

Tal práctica parece tener un origen muy primitivo, pues recuerda muchísimo las que se celebraban en varios países europeos durante el fin de la cosecha, según deja testimonio Frazer en su archiconocido libro (2), el cual piensa que las citadas ceremonias reflejan la mentalidad arcaica, según la cual el espíritu de los cereales iba huyendo de las mieses a medida que se iban cortando, por lo que terminaba refugiándose en la última manada, de gran importancia para las futuras recolecciones, lo que explica que en muchos lugares se confeccionara con ella una muñeca que representaba a la madre del cereal, o se emplearan sus semillas en la próxima siembra con el fin de asegurarse buenas cosechas, o se las diera como alimento a los animales domésticos para preservarlos de las enfermedades.

No es de extrañar, por tanto, que encontremos testimonios de tan antigua costumbre en las comedias de los Siglos de Oro bajo la denominación de mansiega, vocablo que alude, por una parte, al canto que entonaban los segadores alborozados cuando llegaban al pueblo con la última carga de mieses, y por otra parte, a una cruz formada con tres haces de espigas que se colocaba en la techumbre del carro. Dicha cruz podría dejarse en la residencia del labrador hasta la siega siguiente u ofrecerse a la Virgen.

Así, por ejemplo, Lope de Vega en su comedia San Isidro labrador de Madrid escribe los siguientes versos:

Pastores deben de ser,
que como el agosto han hecho,
a la ermita de María traen una cruz.

Y asimismo, en La niñez de San Isidro también nos deja constancia de esta piadosa costumbre:

- ¡Oh, cómo viene de lucido el carro y la cruz!

- Es Pedro muy su devoto.

- Hoy confirmó sus santas costumbres (3).

Tal práctica, así como su denominación, se conservaba, por lo menos hasta la década de los sesenta, en la provincia de Madrid, según se refleja en las canciones que fueron recogidas por García Matos: Ya venimos de la siega, ya venimos de segar, ya traemos la mansiega, Virgen Santa del Henar.

La mansiega del amo
ya se ha acabado,
y el cordero en la lumbre
ya se ha abrasado.
La mansiega traemos
con la fresquita,
porque no se acalore
la pobrecita.
A la puerta del amo
digo y diré
que me saquen la bota
para beber (4).

Está claro que semejantes manifestaciones festivas, a pesar de su vertiente piadosa, reflejan un carácter pagano, aunque no exhiban los aspectos licenciosos a los que alude Horacio en los siguientes versos de la Epístola 11:

Agricolae prisa, fortes parvoque beati,
condita post frumenta levantes tempore festo
corpus et ipsum animum spe finis dura ferentem
cum sociis operum et pueris et coniuge fida.
Tellurem porco, Silvanum lacte piabant,
floribus et vino Genium memorem brevis aevi.
Fescennina per hunc inventa licentia morem
versibus alternis opprobia rustica fudit.

Ahora bien, según señala acertadamente Caro Baroja (5), así como es normal la existencia de canciones obscenas y prácticas licenciosas durante la cosecha en varios países europeos, en España, como luego veremos, se reserva esta clase de libertades, por lo general, para la vendimia, aunque no hay que olvidar las siguientes palabras de Cáscales en sus Cartas filológicas:

Salida la novia de casa, la entraban en un coche, donde el desposado la llevaba a su casa, y puestos en el tálamo, pasaban alegremente la noche, y en tanto la casa estaba llena de gente haciendo fiestas y diciendo palabras, que llamaban fesceninas, torpes y deshonestas, cuales suelen decirse los segadores de la Mancha en su agosto (6), y cuales se suelen decir en la temporada de Murcia entre los cogedores de hoja y pasajeros (7).

Pues bien, en las prácticas sobre las que trataré a continuación sí se observa meridianamente el predominio de lo fescenino señalado en los anteriores versos horacianos.

Eran las púas (variante de pullas) unos dichos rimados, generalmente ritualizados, desenvueltos, obscenos, irreverentes, ultrajantes, ofensivos, con estructura de diálogo y de marcado carácter disparatado e irracional (8), que se intercambiaban en las vendimias.

Agapito Modroño Alonso, maestro en Villalpando actualmente, ex-aguardientero y vendimiador desde su más tierna infancia, en una amable y jugosa carta me ha contado recientemente su versión sobre esta costumbre: "Las púas eran imprecaciones en forma de pregunta y respuesta que se lanzaban unas cuadrillas a otras cuando se encontraban por los caminos a la ida o al regreso, o pasaban junto a la viña donde otra vendimiaba". A continuación el citado amigo transcribe una púa que todavía recuerda y en la que se aprecian las características que vengo señalando:

- Aquí tenemos un mandril (9).

-¿Paqué?

- Pa joder a esos que van ahí.

- ¿Con qué?

- Con la viga de un lagar.

- ¿Dónde los bautizaron?

- En la pila los marranos.

- ¿Cuál fue el agua bendita?

- Meaos, meaos.

- ¿Quién fue el cura?

- Vicente Cogorza.

- ¿Qué nombre les pusieron?

- Bezaos, bezaos (10).

En otro orden de cosas, Emilia Gutiérrez Bariego (69 años), también de Villalpando, me ha señalado que, con frecuencia, estas púas eran la antesala de las lagaradas (variante de la voz clásica lagarejo), broma típica de vendimias que consistía en restregar a alguien racimos de uvas tintas y arena por la cara y por las partes pudendas (11).

Evidentemente, estas costumbres ya existían en los Siglos de Oro. Así, el lexicógrafo Covarrubias define de la siguiente manera pulla: "Es un dicho gracioso, aunque algo obsceno (12), de que comúnmente usan los caminantes, especialmente en tiempo de siega o vendimias".

Y, asimismo, al disertar sobre la etimología de la voz cornudo, afirma que viene de curruca, porque esta ave empolla sin saberlo los huevos del cuclillo, y comenta: "De donde nació el dar la vaya a los caminantes los vendimiadores, diciéndoles cu, cu".

En este mismo sentido, Monique Joly a la vista de varios textos auriseculares de origen culto ha llegado a la conclusión, a mi parecer certera, de que las pullas tenían un marcado carácter carnavalesco (13), pues irrumpían en situaciones (cosecha, vendimia) donde se permitían licencias y desahogos sólo tolerados en estas épocas, o en coyunturas (viajes, ventas) que propiciaban la desinhibición por el anonimato que comportan (14).

Obsérvese en este texto lo señalado por Joly, así como el carácter dialogal (15) que es inherente a las pullas:

Las palabras burlescas en forma de injuria dice pullas el castellano, como usan los caminantes que se encuentran y los rústicos que están en sus labranzas para con los pasajeros, diciéndoles voces deshonestas y haciéndoles preguntas engañosas y réplicas sucias premeditadas 6).

Indicaré (17), por último, que el origen de estas burlas parece claro que es muy remoto. El tono hiriente e injurioso de las púas, así como la práctica de la lagarada, tal como se señala en el citado Catálogo folklórico de la provincia de Valladolid, pudiera sugerir una degeneración burlesca del castigo cruel que las bacantes aplicaban a los indiscretos que se atrevían a curiosear sus cultos secretos.

Lo cierto es que, según Frazer, en varios países de la Europa moderna los hombres del campo que terminaban los últimos las distintas faenas eran sometidos a humillaciones y burlescas vejaciones del tenor de las lagaradas y púas.

Y efectivamente, también disponemos en castellano de un texto utilísimo del libro de Rodrigo Caro Días geniales, donde se establece el vínculo entre este tipo de bromas pesadas y las pullas:

Don Pedro: ¿Por qué dice Ausonio ahí que a los labradores tardíos les daban grita y qué grita era la que les daban?

Don Fernando: Por antigua ley de agricultura, según Catón y Varrón, la poda de las viñas se debe hacer cuando se hace la sementera (...) y quien esta ley no entiende, es cierto que no entiende la poda. Por lo cual a los que no habían podado, les daban grita con aquella infausta voz de la avecilla ominosa llamada cuquillo, que en el equinocio comienza a cantar como dando la vaya a los tardíos podadores y labradores, diciéndoles cu, cu; y a su imitación los marineros y caminantes suelen repetir la in fausta voz cu, cu, dándose grita unos a otros (...). Horacio otra vez acredita esta costumbre, no sólo en la primavera, sino también en la vendimia:

Entonces el Prenestino le echa pullas, duro vendimiador nunca vencido, a quien el caminante muchas veces con grandes voces llama de cuquillo (18).

Habrá que pensar, por lo tanto, en un parentesco muy estrecho entre manadas, lagaradas y púas. Quizás representara el rudimentario pelele al espíritu del cereal, y las vejaciones de que eran objeto los destinatarios de las mismas reflejaran, en un principio, los malos tratos que recibían los que recogían la última gavilla, o en ocasiones el postrero racimo; o bien los forasteros, porque se consideraba que eran las encarnaciones de la madre del cereal y, en consecuencia, mediante las burlas se les propinaba una especie de sacrificio simbólico para asegurar la fertilidad de las venideras cosechas.

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NOTAS

(1) ALONSO EMPERADOR, Modesto: Estampas pueblerinas de la Tierra de Campos, Palencia, 1978, p. 76. Tengo más noticias de otras fiestas de cosecha de estas zonas, y de sus correspondientes denominaciones. Así, el propio Luciano López García me señala que en Villalpando recibía el nombre de butifarra (porque en ella se consumía chorizo gordo) una fiesta que se hacía el último día de la siega y el día final del verano cuando ya se había metido el grano en casa. Por su parte, Martín-Calero deja constancia de una fiesta de fin de era llamada maña (Usos y decires de la Castilla tradicional, Valladolid, 1992, p. 51), y José María Baz de otra de fin de siega llamada gallo o farándula (El habla de la Tierra de Aliste, Madrid, 1967, p. 94). Estas últimas también se caracterizaban por el consumo abundante de comida y bebida, y por el canto de jotas y romances.

(2) FRAZER, J. G.: La rama dorada, Madrid, 1981, pp. 457-528.

(3) Consúltese el excelente libro de SALOMÓN, Noel: Recherches sur le théme paysan dans la comedie au temps de Lope de Vega, Burdeos, 1965.

(4) GARCÍA MATOS: Cancionero popular de la provincia de Madrid, T. II, canciones 378 y 389.

(5) Véase su magnífica monografía El estío festivo (Madrid, 1984), pp. 23-24.

(6) Confróntese con los siguientes versos de Castillo Solórzano incluidos en Donaires del Parnaso, Madrid, 1624, donde se cuenta un viaje por la llanura manchega durante el verano: "Por esos caminos voy, / que ya pródigos abundan / si no de fuentes risueñas / de chanzonetas y pullas. / Porque ocupando las hazas, / ya la segadora chusma, / tantas espigas derriba, / cuantas malicias pronuncia" (fol. 68v).

(7) Sigo la edición de Justo García Soriano (Madrid, 1940), T. II, pp. 132-133. Asimismo, en la colección de García Matos antes citada se puede, encontrar alguna canción de cosecha maliciosa, como la número 377.

(8) Véase Pineda, Diálogos de agricultura cristiana: "¿Habéis estado alguna vez en las viñas en tiempo de vendimia? -Muchas, por gustar de las chocarrerías y pullas que se dicen los vendimiantes, que ni llevan pies ni cabeza", BAE, CLXI, p. 269. Véase también W. Crawford, Echarse pullas. A popular form of Tenzone, Romanie Review, VI, 1915, pp. 150-164.

(9) Además de un tipo de simio, el DRAE señala para mandril el significado de "pieza cilindrica de hierro o madera donde se sujeta lo que se va a tornear".

(10) Cabestro. Véase LÓPEZ GUTIÉRREZ, Luciano y GODIN0 LÓPEZ, Araceli: "Algunos dialectalismos espigados en la obra de Delibes", SDTP, LII, pp. 263-264.

(11) Esta misma informante recordaba la siguiente púa: Aquí tengo una i / ¿Para quién? / Para ese que va ahí / ¿Dónde lo bautizaron? / En la pila de los marranos. / ¿Cómo le pusieron? / Salvaos, salvaos. Por otra parte, Alonso Emperador y Martín-Calero dejan constancia en nuestra época de la práctica del lagarejo en la zona que nos ocupa. Asimismo, es inexcusable la consulta de las páginas que se le dedican en DÍAZ VIANA, Luis et ALII: Catálogo folklórico de la provincia de Valladolid, vol. V, Valladolid, 1982, pp. 117-120.

(12) Así también lo considera Polo de Medina: "El clavel, sangre olorosa, / el más purpúreo galán, / más colorado que pulla / o que un vergonzoso está". Véase Obras Completas (Murcia, 1948), p. 368. Recuérdese que en el Siglo de Oro era considerado el rojo símbolo de lascivia, como ahora el verde.

(13) En efecto, el Diccionario de Autoridades dice lo siguiente: "Se suelen usar entre las familias por burla de carnestolendas".

(14) JOLY, Monique: La bourle et son interpretation, (Toulouse, 1982), pp. 247-267. Esta magnífica investigadora realiza el estudio más detallado e interesante de que tengo noticia sobre las pullas.

(15) La estructura de diálogo consustancial a las pullas se percibe claramente en el siguiente texto de Franciosini, perteneciente a los Diálogos apazibles (Venezia, 1626), p. 96: "Pulloncillo é il diminutivo di Pulla, che vuol diré un detto, o demanda, alia quale havendo noi á rispondere per necessitá, rimanghiamo poi burlati della consequenza della nostra risposta".

(16) GALINDO, Luis: Sentencias filosóficas. Tomo la cita de Máxime Chevalier, Tipos cómicos y folklore, pp. 130-132. El insigne hispanista suscribe las tesis de Monique Joly, y apunta que las pullas pudieran considerarse una especie de venganza de los rústicos por las vejaciones de que eran objeto en la literatura culta.

(17) Véase Frazer, op. cit.

(18) Sigo la edición de Jean Fierre Etienvre (Madrid, 1978), T. II, pp. 97-98. Cf. Baltasar de Victoria, Teatro de los dioses de la gentilidad, Salamanca, 1620-23, T. II, p. 229.