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LOS PRONTOS, LOS DICHOS, LOS GOLPES, LAS PEROTADAS DE ALORA

GARRIDO PALACIOS, Manuel

Publicado en el año 1999 en la Revista de Folklore número 226.

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Hay quien dice que perote viene de «un tal Pero que andaba por aquí en tiempos de la reconquista. Vaya a saber: ¿Tú de quién eres? De don Pero. Este es perote»; palabra que ha quedado como gentilicio de los nacidos en la Perosia, comarca malagueña con sus lindes naturales, que abarca Alora, donde echa raíces, Carratraca, Almogía, Pizarra y otros lugares con el perfil común del Guadalhorce.

Entre las tantas sabidurías que flotan por Alora: canciones, romances, danzas, están las perotadas, que son prontos que quedaron pegados a la memoria colectiva como crónica intemporal del pueblo; pulso de historias chicas que, unidas, dan forma a la grande. De las que recogí traigo un ramillete de 44, conjunto que emparenta con la tradición de las Florestas: Juan Rufo, Melchor de Santa Cruz, Asensio, Fray Juan Farfán, José María Sbarbi, Gonzalo Correas, Luis de Pinedo, Juan de Arguijo y tantos otros que vieron detrás de la gracia inmediata todo un tratado de filosofía, tanto para andar por casa como fuera de ella.

1

Tío Frasco vivía en una casa apenas sin techo y con las paredes a punto de caerse, y al tiempo de morirse vino el cura y empezó a decirle para consolarlo:

- Mire, Tío Frasco, ahora va usted al Cielo y lo llevarán a la Gloria, y podrá conocer lo que es el Paraíso y los ángeles y todo lo bonito que hay en la otra vida.

La mujer, que escuchaba, advirtió al marido moribundo:

- Tú te quedas quieto donde te pongan. No vayas a andar gloria p'arriba y gloria p'abajo como una juerga.

2

La enferma acaba su consulta con el doctor y antes de irse dice al médico:

- Aquí tiene a mi marido. Ya puestos, échele un vistazo.

- ¿Cómo? -salta el marido-; si yo estoy sano como un roble.

La mujer insiste:

- Ande, doctor, que es muy nervioso y se pasa la noche dando saltos en la cama.

Y el marido suelta:

- No haga caso de lo de los saltos; son figuraciones suyas.

3

Uno va a buscar trabajo a una obra y lamenta el contratista:

- Ando despidiendo a gente. Ya ve que aquí hay poco trabajo.

Y el tal le contesta: - No, si a mí me gusta trabajar muy poquito.

4

Un mendigo pide una limosna en una casa y le dan un pan entero que acaban de hornear. El mendigo lo sopesa y protesta:

- Para mí que este pan no llega al kilo.

5

Se murió un niño cuyo fin se esperaba desde muy atrás. Y fuera por ello o por lo poco expresiva que era la familia, no se lloró como de costumbre, a gritos. El cura, al sentir el silencio y el poco ambiente tristón, dijo enfadado:

- ¿Dónde está ese berraqueo? ¿Es que el niño era del Hospicio?

6

El médico ve a la enferma, la ausculta, le hace análisis y le dice al marido:

— Le voy a ser sincero. Su mujer no me gusta nada.

Y el hombre le responde:

- A mí tampoco, pero tenía un olivarillo y una casa...

7

Iba a dar un pésame (es costumbre no darlos en domingo) y nunca lo había hecho. Como sólo escuchaba el sonsonete de los de delante, cuando le llegó el turno no se le ocurrió sino decirle al doliente:

- Francisco, turuú, turuú.

Y el otro le contestó:

- Para música estoy yo ahora, cojones.

8

El cura le daba la extremaunción al tío Benito, que vivía en una cueva, y le decía:

— Porque usted va a ir ahora al Cielo, que es donde mejor se está.

Tío Benito le contestó abriendo un ojo:

- Yo se lo agradezco, padre, pero como en la casa de uno no se está en ningún sitio.

9

Una mujer de Alora, que llegó a tener vivos 19 hijos, aparte de los no logrados, enviudó, y al cabo del tiempo se puso a morir. Como es lo propio que los restos de un familiar se metan en el ataúd de otro, la mujer pidió a los presentes desde el lecho de muerte:

- No echarme a vuestro padre encima; bastante tiempo lo tuve ya.

10

Resulta que había aquí una mezquita de moros que luego la hicieron cristiana. La ermita de Jesús Nazareno. Que Dios me perdone pero así me lo han contado. Antes era para una cosa y luego para otra. Y fue porque una de las mujeres que andaban con los soldados que tomaron Alora se puso de parto y libró donde pudo, que fue, precisamente, en la mezquita. Claro, como tuvieron que bautizar al niño, que por cierto, le pusieron Gaspar, antes de hacerlo consagraron el templo para los cristianos y lo quitaron para la creencia mora.

11

Yo me sé una leyenda que se la escuché a mis padres y que tiene que ver con la capillita que hay en esa calle tan empinada que da a la plaza, ¡ay!, cómo se llama... calle Encinasola. Bueno, pues allí había una fragua y un día le estalló al herrero en las manos un trabuco que estaba arreglando, pero no lo hirió, sino que el tiro, o la pólvora, no lo sé, fue a dar en el muro, hizo un desconchón y dejó al aire la cara del Cristo. Una pintura antigua, vaya. Y la gente empezó a llamarlo el Cristo del Portal. Ahora que recuerdo, no sé si los Escalona, buenos herreros de Alora, son familia de aquel que le pasó esto. Ahora hay allí un altar con jarritos con flores y las paredes tienen colgados muchos amuletos. Aquí vienen muchas gitanas a traer sus milagritos y sus cosas; lo mismo pueden verse los ojos de una persona que curó los suyos y se los ofreció de plata, que una pierna, una burra o un cerdo. El Cristo sana a personas y a animales, y los que reciben el favor le traen un recuerdo. Cuando la guerra intentaron raspar la imagen de la pared, pero no pudieron. Lo curioso es que, aunque la puerta siempre está abierta, nadie se lleva nada de lo que hay. Por las noches la cierra una vieja que vive más abajo y que le prende mariposas en un tazón de aceite.

12

Llegó un viajante a la tienda del padre de Rafael con sus maletas. Era la primera época de los coches seiscientos y el hombre traía a su mujer, que se quedó en el coche mientras él despachaba sus asuntos. Al salir vio que la mujer no estaba y volvió a la tienda: «Rafael, que el coche está vacío, sin mi mujer». «Mire bien». El viajante repitió la misma cantinela: «Que no, que mi mujer no está en el coche, ¿qué hago?». Y Rafael le dijo: «Puede usted hacer dos cosas: o comprarse un traje negro o colgarle un cencerro».

13

A un exagerado con las costumbres sociales se le muere la hermana y no se le ocurre otra cosa para mostrar su luto que llenar de color negro la casa. No sólo pintó las sábanas de negro, la escupidera de negro, el bastón de negro y las paredes de negro, sino que como el canario no podía pintarlo de negro, lo cambió por una golondrina.









14

Vivía aquí una muchacha que iba a descompás de la moda, porque se estilaba la mujer gorda y blanca de piel y ella era delgada y morena, y todo lo quería arreglar con polvos y tierra. Y ya que tuvo un novio formal pasó él a sentarse en la mesa camilla en el invierno. Era costumbre poner encima un paño de crochet de los que llamaban de araña por la forma. Al novio le ponían delante el jarro de agua y el vaso para beber por si el muchacho tenía sed. Y, claro, ya se sabe, las manos por debajo de la camilla hicieron lo que fuera y cuando acabó aquello el hombre se abrochó como pudo el botón del pantalón, pero en vez de meter el botón en su ojal lo metió en el paño de araña. Y al levantarse para irse tiró del paño, del jarro, del vaso y de cuanto allí había. Y se acabó el noviajo.

15

Cuenta Rafael que en tiempos de la excesiva vigilancia que ejercían los padres sobre las hijas, había una pareja hablando en una habitación; en otra de frente y con las puertas abiertas estaba la madre de ella al tanto de lo que hacían, y en una tercera estaba el padre vigilando a la madre que a su vez vigilaba a la hija. La madre, cansada del día de trabajo (porque en aquella casa se levantaban a las cuatro de la mañana) y de la pasividad, dio una cabezada. Entonces el padre cogió un pimiento y se lo tiró a la cabeza. «¡Ay!», se dolió ella. Y el padre le advirtió a dedo tieso: «La próxima vez te doy con una bota». Se entiende una bota jerrá de campo llena de clavos.

16

Llaman al cura para que le diera el santolio a un moribundo y una vez que acaba los rezos, el cura le hace la cruz en la planta de los pies. Se conoce que el moribundo recobra momentáneamente el conocimiento y pregunta: «¿Quién es el cachondo que me está haciendo cosquillas?».

17

Un marido denunció que la mujer mantenía relaciones con otro hombre. Y el día del juicio el juez le dijo que presentara alguna prueba. Como no tenía ninguna, el juez pasó del caso y los despidió. Y ya camino de la puerta se volvió el marido y le dijo:

- Señor juez, es verdad que yo no los he pillao en la cama nunca, pero el seroncillo me lo están haciendo polvo.

18

Una mujer se murió y al tiempo de enterrarla dijo el hijo que esperaran, que su madre había sido siempre muy aficionada a la música. Entonces puso un casete con un pasodoble y lo metió en el nicho hasta que se agotó y ya pudo celebrarse el entierro.

19

Calderón recuerda la de uno que se puso a comer maimones (sopas de ajo) y estaban tan calientes que lo achicharraron por dentro. Y no se le ocurrió otra cosa que sacar la pistola y pegarle un tiro al plato.

20

Un mozo fue a tallarse acompañado de su anciano padre. El alguacil dijo en voz alta mientras rellenaba el impreso: «De padre sexagenario». El viejo se levantó de un salto y exclamó furioso: «¿De padre desaginao? ¿Que éste es hijo de padre desaginao? ¡Este es mío porque lo he Jecho yo!».

21

Una anciana que tejía pleitas escuchaba a dos que la querían captar para cierto movimiento religioso. Ella decía a todo que sí sin levantar la vista de la labor y cuando ya los tenía felices porque creían haberla convencido, les preguntó:

- ¿En esa religión hay también Virgen de Flores?

Los otros le dijeron que no. Y ella cerró:

- Entonces ya me pueden ir borrando. ¿Quién ha visto una religión sin la Virgen de Flores?

22

La Yesca tenía una casita en terreno de la Iglesia y dijo el obispo que había que venderla. La citaron para firmar los papeles con el notario y ella llevó el dinero en el seno:

- Mire, aquí está la Yesca la de Alora para lo de la compra de la casa de San José.

- Pues siéntese usted ahí.

- ¡Ay!, don obispo, que yo soy muy pobre y es menester que me quite algo del precio.

- Hija, si eso no es mío, sino de la Iglesia. Si fuera mío, se lo daba. Yo solamente tengo que poner mi firma.

- ¡Ay!, don obispo -insistió ella-, mi hermana y yo somos tan pobres que tenemos menos dinero que las putas por la Cuaresma.

23

Cuando quisieron inaugurar una piscina esperaban al cura y éste, nadie sabe por qué, se hizo el remolón. Harto de tanta espera tensa, el que tenía que dar el visto bueno dijo: «Si no hay clero, que haya cloro». Con lo que quedó inaugurada.

24

Había un cura en Carratraca muy campechano que siempre andaba con lo puesto y salve. Iba y venía a Alora y algún alma caritativa le arrimaba un plato. Un día se acercó una mujer enlutada y le dijo: «Vengo a encargarle una misa, padre. ¿La podrá usted hacer cantá?». Y le dijo: «Señora, y hasta bailá».

25

Una señora le dio una peseta a un pobre y le dijo:

- Ahora vas y te la gastas en vino.

Y el pobre le contestó a la vista de la moneda:

- Si le parece a usted bien me compro un cortijo.

26

Hacían obras en el Convento de Flores y como la imagen del Niño tenía los dedos deteriorados aprovecharon para llevarla a un taller de Málaga. Dos mujeres ajenas al traslado rezaban arrodilladas; una levantó la cabeza y al darse cuenta de que la Virgen estaba sola, preguntó a la otra:

- Oye, Catalina, ¿y el Niño? Y ésta que creía que le preguntaba por su hijo, contestó:

- El niño se fue voluntario a Madrid.

27

Uno fue a la consulta de una doctora nueva y le dijo:

- Esta mañana me he dado un golpe en Pinganillo y...

- Bájese los pantalones.

La doctora le hizo el reconocimiento y concluyó:

- Yo no le encuentro nada raro.

- Eso ya lo sé —dijo el hombre.

- ¿Entonces?

- El Pinganillo es la finca en la que yo trabajo.

28

Un cura que estaba aquí era un sibarita para las cosas de comer y tenía una criada muy diligente. Le regalaron una gallina y como el cura exigía que se la pusiera de tal o cual manera y se tomaba unos cabreos gordos si no era así, la criada se vio ese día con la gallina pero sin saber cómo cocinarla. Entonces fue a la iglesia cuando el cura estaba dando misa y ella le dijo al sacristán:

- Vicente, mira lo que me pasa, que don Antonio no me ha dicho cómo quiere la gallina y luego me va a formar un lío cuando llegue y no le guste.

Y dijo el sacristán:

- Eso te lo arreglo yo

-y se volvió hacia donde estaba el cura y le cantó:

Aquí está la criada vostra
que cómo guisa la gallinostra.

El cura cogió onda y respondió en el mismo tono: Con ajorum, tomatorum, pimentorum,
per omnia saecula saeculorum.

Y dijeron los fieles a coro: «¡Amén!».

29

Una madre que tenía un hijo cura a base de mucho sacrificio económico estaba muy señorona el día de la primera misa. Pero el hijo se atorrullaba y no daba pie con bola. Decía: «Porque San Juan le dijo a la Virgen y la Virgen le dijo a San Juan, y San Juan le dijo a la Virgen», y de ahí no salía. En esto saltó uno del fondo:

- ¿Qué fue lo que le dijo? Y la madre se volvió respondona:

- Mira, quien quiera saberlo, que se gaste los dineros y haga un hijo cura como he hecho yo.

30

Vino un cura nuevo a sustituir al viejo y al momento de consagrar se volvió al público diciendo: «¡Arrodillaos!».

Y nadie se arrodilló. Y lo repitió cuatro veces sin que nadie lo atendiera. Uno que le decían Campanito se le acercó al oído:

- Mire, señor cura, que usted no entiende a esta gente. Hay que decirles ¡in ruílla!

Y todos los presentes se arrodillaron.

31

Aquí llegó un hombre con un niño y de pronto dijo el niño:

- Mira, pa, un juerilla.

Le preguntaron qué era un juerilla y aclaró el padre:

- Un perrito chico, porque un perro grande es un ¡juera!

32

Uno fue a comprar unas gafas y le dice el óptico:

- ¿Las quiere usted para lejos?

- No. Sólo para la provincia de Málaga, para los alrededores.

33

Una mujer muy devota que cuidaba el Sagrario solía ir a misa muy de mañana, a eso de las seis. El marido, que tenía ya sus setenta cumplidos, vio un día a esa hora que estaba en condiciones de darle amor a la parienta, porque pasa eso cuando se tienen ganas de mear por las mañanas. Ella se olió el plan y al primer toque de campana se bajó muy despacito de la cama para ir a la Iglesia. El le decía: «Mujer, ven p'acá».

«Que no». «Pero, chiquilla, que ahora estoy mejor que nunca». «Me voy, que va a dar el segundo toque de misa». Que sí, que no, que cayó. Y cuando terminó la cosa el marido le pegó un cachete en el culo y le dijo: «Ahora le dices al cura que vas en ayunas».

34

En un caserío de por aquí cerca la abuela cogió a la nieta enganchada en el pajar con el cabrero y lo espantó a gritos: «¡Canalla, sinvergüenza! ¿Vas a venir a deshonrar mi casa?». El cabrero salió corriendo pero no le valió. La abuela vino al Juzgado y puso la denuncia. A los pocos días traen al cabrero y le pregunta el juez: «Vamos a ver ¿es verdad que esta señora lo cogió a usted haciendo un acto inmoral con su nieta?».

Dijo el cabrero: «No, señor Juez, yo es que fui a darle un abrazo». Y saltó la abuela: «¿Un abrazo, canalla, si sacaste un mandao que daba gloria verlo?». Y ahí acabó el juicio.

35

Hubo un juicio de paz de los que se arreglan sin más trámites y tuvieron que buscar testigos falsos para disimular. Y en un momento dado el alguacil abrió la puerta y preguntó: «Señor Juez, los testigos falsos han llegado; ¿les digo que entren?».

36

Pepe Morales cuenta que Alfonso XIII hizo parar el tren en Alora porque estaba un marqués que había sido padrino de su boda; y un perote abrió la portezuela del tren y le dijo: «¡Alfonsillo, chócala ahí por ser la primera vez que nos vemos!». El rey se quedó quieto pero el marqués de Sotomayor le dijo: «Alfonso, dale la mano, porque es bruto, pero noble».

37

Recién terminada la guerra uno que tenía un comercio abre una garrafilla de vino para celebrar el final. Y en esto llega otro que le llamaban el Carrero y le dice: «Pepe, ¿tienes mecha?». Y el tal le dice: «Hay que ver la poca educación... Se pone uno en medio de la calle y se pregunta: ¿Se puede? Buenos días, don José, ¿tiene usted mecha?». Entonces el Carrero se va a la calle y repite: «¿Se puede? Buenos días, don José, ¿tiene usted mecha?». Contesta el tal: «Sí». Y cierra el Carrero: «Pues métetela por donde te quepa».

38

Uno que estaba acusado de abusar de una mozuela le preguntó el juez: «Vamos a ver, ¿es verdad que usted ha abusado de...?». Y respondió: «No, señor Juez, abusar, no; lo único que le he metido ha sido lo mondaíllo».

39

Un matrimonio viejecito estaba sentado en la lumbre y empieza a decir ella:

— ¡Ay!, yo quiero morirme para no conocer tu muerte.

— No, mujer, si yo me muero, te queda mi paguita y los vecinos vienen a cuidarte, pero si eres tú la que te mueres, yo no hago nada aquí, ni quiero que venga ninguna mujer a arreglarme.

Ella insistió:

- Pues yo prefiero morirme cien veces antes de conocer tu muerte.

El viejo cerró:

— Dios quiera que nunca veamos la gallina de pescuezo pelao.

- ¿Y eso qué es? -preguntó ella.

- La muerte se presenta como una gallina de pescuezo pelao; es la que viene a avisar del último momento.

Así que pasaron varias noches dice el hombre:

- Estoy malo, me voy a acostar porque me corre mucho el pulso y tengo fiebre.

Ella se quedó en el brasero. Entonces él se levantó, fue al corral, cogió una gallina, le tapó el pico, le peló el pescuezo, abrió la puerta de la sala muy despacio y la soltó ante la mujer que se llevó un gran susto. Y a la vista de lo que le había contado el marido días antes no se le ocurrió otra cosa que decirle a la gallina:

— Muerte pelá, el enfermo en el cuarto está.

40

Un canónigo viene a Alora y el Rapao era el encargado de llevarle las maletas. Ambos eran amigos de la niñez, pero el canónigo es un hombre poderoso y el Rapao tiene lo puesto. Y subiendo al pueblo le pregunta el canónigo: «Juanillo, ¿cómo está la política en el pueblo?». Y el Rapao le contesta: «Imagínese usted un cebaero con siete guarros y cuatro comeeros».

41

Al tiempo de producirse un cambio político en el país pensó un pastor en voz alta: «¿Y no sería mejor dejar los guarros gordos en vez de meter guarros flacos otra vez?».

42

En cuanto a apodos dice la Buza que le viene «porque mi padre se vistió de buzo en Carnaval.
Nos dicen así y a mucha honra lo llevo yo». El Zorrito, el Perdío, la Quebea, la Pasoslargos, la Salve: por delante vida y dulzura, y por detrás gimiendo y llorando. La Romanona, porque el padre quedó cojo de una «pedrá que le dieron en el tobillo y tenía bigote, y como se parecía tanto al conde de Romanones, que también era cojo y con bigote revuelto, de ahí el apodo; cuando vino del hospital decía la gente: Mira, se parece a Romanones, y como yo soy su hija, pues la Romanona. Se parecían uno a otro como una haba partía».

43

El Ambrosio puso una taberna con vino manchego, y se sabe que de allí el vino sale bueno pero cuando viaja se pierde. Aquí se vendía en el mostrador por cuartos y la gente se soltaba de vientre al rato de haber bebido. A uno que le decían el Piyaya le pasó eso un día, lo que no quitó para que al siguiente volviera a acodarse en la taberna en busca de otro trago: «Ponme un cuarto, Ambrosio». El tabernero le preguntó: «¿Qué quieres de tapa?». Y el Piyaya dijo: «Que sea de yeso para que me dé tiempo de llegar a mi casa».

44

Me cuenta Pepe Rosas en el estanco: «Aquí me ves pero no fumo», que en Carratraca hay un refrán que dice: «El que quiera ver el Infierno, Carratraca en el invierno». Resulta que en verano iba gente a bañarse en el balneario, pero llegando el otoño ya no iba nadie y aquello se quedaba solitario. Y un hombre que lo mismo era zapatero, que cartero, que matarife, porque tenía siete hijos y trabajaba en todo para darles de comer, las estaba pasando canutas en invierno a base de tres limones y cuatro hierbas del campo. A la parte de abajo de su casa vivía una viejecita que se le había muerto el hijo. Era una mujer que tenía una finquita y cada año mataba su cerdo para el año y el día de San Martín llegó la matanza. Así que el zapatero y la familia escucharon esa mañana cómo el guarro chillaba y luego el olor de las morcillas y el trasiego. Y el zapatero pensaba: «Ay, ¿cómo se va a comer esta mujer el cerdo sola teniendo mi familia tanta hambre?». Aquella noche no pudo dormir pensando, y a la mañana siguiente dijo: «Ya está».

Entonces trepó por el tejado de la casa de la vieja, que estaba en el humero calentándose, y le dice por el hueco de la chimenea fingiendo una voz:

- ¡Madre! La vieja se dio un susto terrible.

- ¡Ay!, hijo mío, ¿dónde estás?

- En el Purgatorio.

- ¡Ay!, hijo, ¿tú no puedes venir para que te pueda ver?

- Madre, tú no sabes lo que desgasta el Purgatorio, ¡Cómo me acuerdo de las morcillas que tú hacías!

- Hijo, mañana te dejaré un canasto lleno.

Y le puso cerca de la casa un canasto a rebosar y el zapatero por la noche se lo llevó para su casa. Al otro día:

- ¡Madre!

- ¿Qué pasa?

- ¡Cómo me acuerdo del tocino meneón que venía temblando en el plato!

- Sí, el tocino. Te dejaré también tocino.

Y al otro día salchichón, y al otro orejas, total, que a la semana se había comido la familia del zapatero el cochino entero. Y llegó la hora de que aquel falso hijo diera la cara, porque siempre le decía a la vieja: - Madre, me estoy reponiendo.

El día fijado, cuando ya no quedaba cerdo, sonó la voz del zapatero:

- Madre, ya estoy repuesto, pero no me vas a conocer.

La madre insistió:

- Venga, asómate que yo te vea.

Y el hombre se bajó los pantalones y se sentó en el humero. La madre lo miró sorprendida:

- ¡Hijo!, no eres el mismo. ¡Qué ojos tan saltones tienes y qué nariz tan larga se te ha puesto en el Purgatorio!