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ETNOMEDICINA RESPIRATORIA EN EXTREMADURA (II)

DOMINGUEZ MORENO, José María

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 230.

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RESPIRANDO VAPORES Y FUMATAS

Amén de la medicación eminentemente oral, a base casi siempre de especímenes vegetales, las enfermedades respiratorias también responden a tratamientos de índoles muy diferentes, entre los que debemos incluir los vahos, los respiratorios y las fumaradas. De entre los primeros se lleva la palma el de eucalipto, a pesar de que su uso en la región apenas va más allá del primer tercio del siglo. En una cazuela con agua hirviendo se vierte un puñado de hojas y semillas de este árbol, acercando el aquejado de la afección respiratoria su cabeza cubierta con una toalla a la boca de la vasija con el objeto de aspirar la máxima cantidad de vapor. El mismo comportamiento se sigue en Alburquerque en la toma de vahos de poleo para solucionar los problemas catarrales (1).

A los vapores de malva se les da su oportunidad en Mérida, Esparragosa y Benquerencia de la Serena cuando los constipados quieren echarse fuera del cuerpo. En toda la provincia de Cáceres es la menta o hierbabuena la que combate catarros, resfriados y pulmonías. También en buena parte de las tierras cacereñas el romero y el tomillo proporcionan los vapores que son necesarios respirar para aliviarse de las anteriores afecciones, además de la bronquitis, la tosferina y el asma. En Ahigal el tomillo empleado para tal menester aumenta su efectividad si durante la procesión del Corpus Christi alfombró alguno de los altares callejeros. Los pueblos del Marquesado, cual ocurre en Holquera y Cañaveral, le conceden una función balsámica a la inhalación de los vapores que desprende el cocimiento del polvillo de paja que se recoge al barrer las pesebreras. Es de suponer que la efectividad de esta última actuación no será inferior a la que para humedecer la boca y los orificios nasales se le achaca al vaho que desprende el cocimiento de piedras del río de los Angeles, práctica a la que recurren por el concejo de Pinofranqueado y Casar de Palomero.

La aspiración del humo o los olores de ciertos vegetales constituye un excelente remedio para contrarrestar las enfermedades de índole respiratoria. Las fumatas de los tejares (Salvatierra de los Barros, Guijo de Granadilla) y las que proporcionan los cigarros de hojas de higuera boba (Navaconcejo), de castaño (Fresnedoso de Ibor) o de cardo borriquero (Santa Cruz de Paniagua, Marchagaz) suponen todo un resolutivo en procesos de tos nerviosa. Para el asma sirve el exhalar los aromas que desprenden los pinares, algo que es muy corriente en la Sierra de Gata, y el absorber el humo de las hojas quemadas de eucalipto (Coria, Villanueva de la Sierra). Para luchar contra el resfriado huelen en Lobón poleo seco que los enfermos portan en una bolsa colgada al cuello. Si de lo que se trata es de curar la bronquitis, en Cerezo y Palomero acuden los afectados a las cuadras para inhalar los olores de la paja en fermentación. Pero no faltan otros humos específicos de los que se echa mano para atajar esta infección cuando la misma aparece entre los niños, ya que entonces se considera de cierta gravedad. Son éstos los que emiten las carboneras (Aldea de Trujillo, Huertas de Animas), los hornos de cal (Cáceres) y los trenes (Aldeanueva del Camino, Villar de Plasencia), así como los que se desprenden al quemar migas de pan (Montemolín) y maderas verdes de pinos (Torre de Don Miguel). Para idénticos problemas recomiendan en Villagarcía de la Torre el cambiar de aires, en Campanario el respirar entre el polvo que levantan los rebaños y en Villanueva de la Sierra y Hernán Pérez aspirar en los tomillares.

Los zajumerios de plantas aromáticas, especialmente de tomillo y laurel, fueron la tónica dominante con motivo de las graves epidemias gripales que con asiduidad azotaron Extremadura. Tomás López nos informa acerca de otra planta utilizada, en este caso en Tornavacas, en los momentos críticos para la población:

"Los enhebros que se crían en tierra seca y ruin, pues los cortan y atalan en tiempos de alguna epidemia para hacer hogueras con ellos, porque el humo suio parece según se dice hace que reforma el vapor malo azía (...) en ambiente saludable" (2).

Y es que, haciendo un inciso, conviene recordar que estas tierras jerteñas son propicias para ofrecer todo un cúmulo de plantas medicinales, conocidas por propios y extraños, como bien se puede colegir de este documento de los finales del siglo XVIII:

"También acreheditado la experiencia el criarse en estas sierras yervas mui medicinales y de admirable virtud que no refiero. Pero sí diré lo que contaron unos pasttores que en el sitio que hemos dicho de los Asperones guardaban su ganado, pues en él encontrando un extrangero que con ellos durmió aquella noche, le preguntaron que buscaba por allí y la respuesta que dio fue mostrar unas alforxas que traía una gran porción de varias yervas que havía cogido y que según ellos pudieron percivir decía que aquello havía de valer mucha de la pratta"(3).

Las medidas profilácticas, cuando el mal afecta a la comunidad, se compaginan con las eminentemente curativas. Entre las primeras han destacado la expulsión de los menesterosos forasteros y la prohibición de entrar en la localidad a los que vienen de fuera, ya que a todos ellos se les supone transmisores de la enfermedad. Aunque tampoco hay que olvidar las fumigaciones de las que son objeto propios y extraños, como bien pone de manifiesto la coplilla que en el oeste pacense se popularizó con ocasión de la epidemia de gripe de 1919, conocida como la moda en la provincia de Cáceres, ya que de moda estaba el morirse por causa del mal:

Al entrar en Olivenza
me quisieron fumigar,
y después de fumigado
no me dejaron entrar (4).

DEL COCIMIENTO A LA INTERCESIÓN DIVINA

Como no sólo con plantas sana el hombre, referirnos hemos a otros tipos de curativas mediante las cuales el pueblo trata de remediar las afecciones metidas entre pecho y espalda. Para el resfriado, el catarro y el constipado beben en Villamiel el agua colada en la que se ha cocido una camisa de bastardo o la suela de un borceguí. En Torrejoncillo el cocimiento que se toma es el de un lagarto que fue metido vivo en la perola. En Don Benito ponen la confianza en el agua que sirvió para apagar una llave de hierro al rojo vivo. El caldo de lechuza elimina la tosferina en Brozas y Alcántara. Esta misma enfermedad la resuelven en Arroyo de la Luz con agua en la que previamente se ha lavado una herradura de caballo y en Galisteo y en la práctica totalidad del valle del Alagón con salsa de caracoles. Y es que para el pueblo los caracoles tienen un algo, la bamborriña, seguramente lo que los científicos conocen por helicidina, que goza de una gran propiedad bacteriológica (5).

Y puesto que en caldos andamos metidos, no dejemos de recordar el de gato negro, que contra el asma ha dado buen juego en Talarrubias, Peloche y Herrera del Duque. Extraña botica ésta, aunque quizás no tanto si la comparamos con la que se receta en el territorio hurdano para los enfermos de pleuresía: infusión de excrementicias bolas de cabras. Los paladares exquisitos y poco dados a saborear tan exóticos manjares preferirán un trago de agua de la fuente del Salugral. Al menos así ocurre entre los habitantes de Hervás, Aldeanueva del Camino, Gargantilla y Segura de Toro, que de ella se apiporran cuando sienten en sus personas los primeros síntomas de la laringitis, el catarro, la bronquitis y la tuberculosis.

Vana sería cualquier definición, siempre desde la óptica popular, que pretendiera una concreción diferenciadora entre algunas de las enfermedades propias del aparato respiratorio, tales como el catarro, el constipado o la bronquitis, ya que puede decirse que todas ellas responden a una proyección generalizante, tanto en lo que respecta a la sintomatología como en lo que atañe al tratamiento. Este se presenta casi siempre en forma tópica.

Cuando los males se manifiestan acompañados de una tos preocupante bueno es, al menos así opinan por todo el norte de Cáceres, restregarse lo mismo las espaldas que el pecho con abundante grasa de macho cabrío. Más extendida tenemos la práctica de aplicarse, igualmente a la zona pectoral, ayudado con un papel de estraza, el oportuno emplasto de cenizas y aceite de candil (6). También con aceite tibio de candil y cenizas, aunque en este caso de cuca, se confecciona una mezcla que, vertida en el hoyo del cuello, produce inmediatos efectos antiespasmódicos. José Nogales, quien nos informa de tal receta, añade que "las viejas suelen hacer otras unciones que no debo decir" (7). Si la ceniza humedecida por el aceite es de tomillo buena ha de considerarse para el resfriado, siempre y cuando el pecho sea el punto de la lubricación. Estas mismas cenizas añadidas al agua caliente conforman un pediluvio que obra milagros en los casos de pulmonía, mal que también hacen desaparecer en Aldeacentenera después de tres, cinco o siete remojones de los pinreles en cocimiento de hollín. Uno y otro remedio tampoco dejan de aconsejarse para los casos de catarros y de bronquitis.

El excesivo número de medicinas que en Extremadura se recetan para el catarro evidencia que estamos ante una de las enfermedades que siempre se ha considerado como una amenaza de primer orden, sobre todo cuando se manifiesta en personas de edad avanzada. He aquí uno de los variados adagios que lo confirman: "Las tres ces que matan a las gentes viejas: la caída, el catarro y la cagueta". Como respuesta a este estado morboso emerge una larga lista de singanas anticatarrales que viene a unirse a las muchas medicaciones que hemos reflejado en las páginas que anteceden.

Un lugar de primer orden ocupan las cataplasmas que se orientan a pechos y espaldas, aunque de ninguna de las maneras conviene olvidar aquellas otras singulares que tienen por meta los pies, cual es la que en Casillas de Coria se elabora a base de tocino. En Aceitunilla, una alquería ubicada en pleno corazón de Las Hurdes, a los catarrosos se les ponen emplastos de linaza y manteca, al tiempo que se les frotan los costados y el tórax (8). Las cataplasmas de chocolate bien caliente y espeso son de uso general en Arroyomolinos de la Vera y Arroyo de la Luz. En Valdemorales se emplean las de malva con harina de linaza y en Zalamea de la Serena, Alcántara y Garbayuela se las arreglan con las de leche, pan y miel. Igual de resolutivas se presentan las friegas de la parte alta del tronco con sebo o manteca de vaca. Cuando los grasientos masajes concluyen es de rigor, por lo menos en El Gordo y Siruela, arroparse con una manta para sudar los malos humores. Compresas de ungüento de miel y manteca prefieren en Mengabril y de aceite caliente con sal en Serrejón y Miajadas. Metidos en untes sobre el pecho, recordemos el de tintura de yodo que se hace en Torremenga y el de petróleo que se lleva a cabo en Cáceres. Tales prácticas resultan a todas luces más suaves que las temidas ventosas que todas las personas de mediana edad han visto o han sufrido sobre pechos o espaldas. Su finalidad no es otra que la de extraer del cuerpo los aires causantes del catarro, lo que se consigue logrando el vacío al tapar con un vaso de vidrio una candela que se ha dispuesto sobre la parte afectada. Para evitar que la llama queme al paciente, entre la vela y la carne se interpone una moneda o simplemente se clava sobre un trozo de masa de pan.

"Cuando la llama ha consumido todo el oxígeno, la vela se apaga, el vaso se llena de humo y actúa como ventosa «chupando» hacia arriba la carne del paciente. Si ésta se amorata y salen puntos rojizos, será señal de que el «mal» está siendo extraído del cuerpo. El rito se repite las veces que haga falta por toda la zona que se siente dolorida" (9).

Posiblemente los enfermos tratados con ventosas no les tengan envidia a los que se vieron obligados a suprimir catarros y constipados mediante frotamientos de ortigas menas, algo muy frecuente en el Valle del Jerte (10). Más suave lo tienen aquéllos que, como los naturales de Quintana de la Serena, buscan el tratamiento en un baño de agua de verbena. Tal procedimiento puede resultar una clara respuesta al conocido refrán de Oliva de la Frontera y de sus inmediaciones: "Para el constipao, no hay nada como el nadao". Pero a veces este nadao no requiere de un agua cualquiera, sino de aquéllas que muestran reconocidas propiedades medicinales, cuales son las del balneario de Los Milagros (Hornachos), Alange y Baños de Montemayor, que cuentan en su haber con multitudes de curaciones de catarros, constipados, resfriados, faringitis eritomatosas y ulcerosas, rinitis crónicas simples, laringitis catarrales crónicas, laringitis crónicas obstrusivas, bronquitis espásticas, asmas bronquiales y asmas infantiles. Y puesto que de agua hablamos, apuntemos que la mezclada con sal si se absorbe por la nariz despeja a los catarrosos y hace desaparecer la moquita.

En Villasbuenas y Perales del Puerto, pueblos de la Sierra de Gata, el muermo o catarro pertinaz que se acompaña de una tos excesiva se resuelve tumbándose el enfermo sobre un montón de estiércol con fermentación y arropándose de pies a cabeza con una manta. La cabeza precisamente es la que meten en Montehermoso en una campana recién fundida durante el tiempo en el que alguien por el exterior la suena con un formón siete veces. Señalan los informantes que el catarro se cura, pero ninguno apunta cómo salen los tímpanos de tan broncínea prueba. En Trujillo para librarse o, si éste ya se padece, para curarse de los males catarrosos sobra con llevar en el bolsillo una castaña de Indias.

También el aspecto mágico toma carta de naturaleza en lo que atañe a algunos aspectos sanatorios de la tosferina. A los puramente "médicos" ya nos hemos referido en su momento. En toda la Alta Extremadura el niño escupe sobre un trozo de pan e inmediatamente se lo arroja a un perro, que al comerlo asumirá el mal que el pequeño le transfiere, librándose de este modo de la atosigadora afección. Un pelo del enfermo cosido a un pedazo de carne es lo que se le da al chucho en el partido de Fregenal de la Sierra. Sólo si el animal tose tras comerlo confirma que la enfermedad ha cambiado de dueño. Sin tratar de transferirle la tosferina a personas ajenas, sino más bien lavarse de ella, los enfermos de Cadalso acuden a ver discurrir el agua del río Arrago. A los de Hornachos les desaparece si miran fijamente cómo dan vueltas las ruedas de los molinos que se ubican en las márgenes del Matanchel. Mas si nos acercamos a los pueblos próximos al Salor se nos dirá cómo los afectados de idéntico mal cruzan el río antes de salir el sol para que sus aguas arrastren ahoguíos y toses persistentes.

Emplastos y cataplasmas vuelven a hacer acto de presencia cuando asoman los síntomas de las afecciones bronquíticas. Los elaborados mediante cocimiento de sebo, cera, miel y aguardiente son usuales en Valdefuentes y Alcollarín. Los de tabaco predominan en las comarcas de La Vera y Valle del Alagón. Los de linaza gozan de gran aceptación en las dos provincias extremeñas y no les van muy a la zaga los de tantáriga (mostaza en Santa Cruz de la Sierra). Ambos se aplican en caliente sobre el pecho. En Mérida la mostaza y la linaza suelen mezclarse en un mismo emplasto. La linaza con aguardiente y vinagre constituye todo un recurso cataplásmico en Las Mestas y Cabezo. No quedan atrás por las tierras extremeñas, al igual que sucediera en las cuestiones catarrales, las ventosas, las aguas de los balnearios y los paños calientes. Estos últimos van impregnados en agua, en infusión de malva, en petróleo o en manteca de cerdo.

Unamos a los citados procedimientos las friegas con trementina (Miajadas, Montánchez) y la aplicación de objetos candentes, como pueden ser ladrillos o tapaderas de barro envueltos con una tela. En Cedillo prefieren que el calor llegue al pecho adosándole un gazapo recién muerto y abierto por la mitad y en Valdetorres recubriéndolo con enjundia de gallina, lo que también se ejecuta cuando el tratamiento se dirige a los asmáticos.

Desde hace siglos los entendidos locales achacaban sobre todo a las variaciones del clima y a la situación de los pueblos las pulmonías y las neumonías, es decir, los dolores de costado. Y estos mismos entendidos recetaron y siguen recetando para semejantes males todo un conjunto de singanas sancionadas por la tradición. Las ventosas aquí adquieren su mayor importancia, aunque no podemos dejar de lado el papel que juega la sangría con sanguijuelas. Todo esto se lleva a cabo en los primeros días de la enfermedad, considerados como los más críticos, ya que se piensa que si el enfermo sobrepasa la semana no debe temer por su muerte. Esto, como es de suponer, no impide que el dolor de pecho se resuelva con posterioridad a base de otras medicaciones que por lo general responden a sinapismos y cataplasmas de mostaza o de harina de mostaza y linaza. Tales procederes deben inscribirse en el popular dicho de que "Más vale sudar que estornudar", lo que también sucede con el empleo de otras técnicas caloríficas, cuales son las pieles de machos cabríos que por Las Villuercas se lían al tórax después de pasarlas por el fuego y los ladrillos, la sal, los salvados o la arena que, una vez caliente, se atan al pecho dentro de un saquito de tela.

Tampoco faltan los conjuros capaces de corregir el dolor de costado. En Ahigal una persona con dotes sanitarias, que por lo general es una mujer melliza, marca tres cruces sobre la parte afectada y pronuncia con cada una de ellas la pertinente jaculatoria:

Por el costado de Cristo
manó sangre y manó hiél.
Muera el mal
y viva el bien.

Y es que la cuestión religiosa no pierde la oportunidad de reaparecer cuando se trata de borrar del mapa corporal estos pertinaces males respiratorios. Distintas advocaciones cuentan en su haber con hechos milagrosos sobre los devotos que ante ellas acudieron solícitos. Expresivo resulta el exvoto que nos refiere uno de los muchos prodigios de esta guisa que se le atribuye al Santo Cristo de Azuaga:

"Estando gravemente enfermo con pulmonía y dolor de costado Francisco Romero de 32 años y sin esperanza de vida su desconsolada mujer Consolación Durán se encomendó al Santo Cristo del Humilladero y sanó milagrosamente. Azuaga y agosto 1889" (11).

En Casar de Palomero y pueblos del entorno es la Cruz Bendita la que se encarga de escuchar a los solícitos enfermos de pulmonía:

"Y así mesmo abra quince o vente dias que esta testigo estando mala de el pecho que se ahogava y esta testigo visto esto se encomendó a la Bendita Cruz e Pedro Suarez cura de esta Villa tomo un paño de Heneo y lo toco en la Vendita Cruz y luego se paro buena esta testigo y se le quito el gran dolor que tenia..."(12).

Pero nada de oraciones y tratamientos de palpaciones o caloríficos encontrarán razón de ser si se tiene en cuenta otro recurso que para estos casos ofrece la naturaleza. Por él se guían en Guijo de Santa Bárbara y en otros pueblos de la comarca de La Vera para eliminar los males de pulmonía:

"... para los quales hay el remedio más singular de esta sierra, que es la sangre de los machos monteses o monteros que en lo más inculto y agrio de esta sierra se crían, cuya sangre es el disolvente más específico que tiene el arte de la medicina, que si en otras naciones le tuvieran fuera tan ponderada, que sacaran a los españoles un doblón de a ocho por cada onza "(13).

LA TISIS

Temida como pocas enfermedades en Extremadura ha sido la tuberculosis, cuya facilidad de contagio otrora era causa por sí sola del aniquilamiento de poblaciones enteras. Esta enfermedad, también conocida como mal malo, mal de amores o tisis, presenta una sintomatología clara y precisa y, por supuesto, más concretizadora que las causas o factores que la provocan. En Orellana la Vieja estiman que se adquiere el mal por la sencilla razón de escupir en el fuego. Muy distinto es el origen que a tal enfermedad le achacan los hombres de Plasencia, Carcaboso y Aldehuela de Jerte: el mantenimiento de relaciones con una mujer menstruante. En Madroñera aparece una clara distinción entre pobres y ricos en lo que atañe a la manera de contraer la enfermedad. Para los primeros la tisis es una consecuencia directa de la humedad y de las malas condiciones de sus viviendas. Los pudientes, como no podía ser menos, adquieren el mal por beber la leche de las vacas recién ordeñadas (14). Por su parte, en Cáceres se dirige el dedo acusador a los vapores que desprende la cal, mientras que en la Sierra de Gata las culpas se le achacan a los olores del aceite y del espechín. En Zahinos atribuyen tan nefando poder al humo de las carboneras. Sin embargo, hay total coincidencia en apuntar como primer factor de riesgo al aliento que emana de la boca de otros tísicos y que infecciona el ambiente en el que se habita. Partiendo de este principio, no es difícil comprender que la primera medida profiláctica que se aconseje sea el cambio de aires. El refrán así lo confirma: "Seco y no de hambre, huye de él como la landre" (15). A los ya agarrados por la enfermedad también se les recomiendan movimientos para su curación: salir al campo a respirar el aire puro o el mudar de habitación a un lugar seco y frío. Y la indicación viene apuntando que las medidas han de adoptarse a la mayor brevedad y siempre antes de que asomen los primeros fríos invernales, ya que, como señala el adagio, "El hético cae, con la hoja, a la hoya".

Partiendo de la base de que "Catarro mal curado, hético confirmado", son precisamente los tratamientos propios del catarro, que ya hemos visto en su momento, los que se siguen llevando a cabo cuando los síntomas aún se manifiestan como los de una tuberculosis incipiente. Comer cebolla, beber agua del Salugral, mordisquear bayas de laurel bañadas en azúcar y el aplicarse al pecho una cría de gato, perro o conejo abierta en canal son algunos de los medicamentos de mayor aceptación. En el supuesto de carecer de instinto carnicero, se cura la tuberculosis durmiendo con un gato adulto (Alcántara, Zafra).

La receta galénica de tomar excrementos de muchachos secos mezclados en miel ática para solucionar el mal malo se convierte en Extremadura, según referencias de la comarca del Marquesado, en un vaso de orina de niño endulzada con el producto apícola, que durante siete días ha de beberse en ayunas. El caldo de caracoles es medicina que no falta entre los héticos, aunque por pueblos del Ambroz y del Jerte prefieren que éste provenga del cocimiento de una víbora y por los de la cuenca del Alagón se inclinan porque sea de galápago. Con leche de burra recién ordeñada alivian a los tísicos en Herreruela y Montijo. El producto lácteo de la sufrida cuadrúpeda lo cambian por leche de mujer en Villafranca de los Barros. También los alimentos sustanciosos tienen suficiente cabida en este apartado. El tísico está obligado a comer en abundancia huevos, carne y magro, batiéndosele con leche si tiene dificultades para tragar. Las sopas de ajo con tropezones de jamón es condumio que no debe faltar entre los enfermos de Olivenza, Cheles y Villanueva del Fresno.

La ingestión de sangre es otro de los remedios más populares entre los héticos. Por la Sierra de Gata los síntomas sanguinolentos desaparecen si se toma la sangre de un lobo que acaba de ser matado, cuando aún mana directamente de la herida (16). Otro tanto sucede con la sangre de los toros y de los machos cabríos. No obstante, es a la sangre humana a la que se le achaca un mayor número de curaciones. La misma suele provenir de niños, a los que se extrae, siempre desde el prisma de la creencia popular, con una jeringuilla o mediante el degollamiento. Sirva de muestra ilustrativa la cita de Pilar Montero Curiel:

"Sangri umana robada a loh niñuh matauh y esu era lo que curaba la tuberculosih anteh. Aquí en Madroñera esihtían ombrih de ehtuh que mataban a loh niñuh, comu en toh sitiuh. A ehtus ombrih loh llamaban ehtrípaorih, cortaban a loh niñuh el cuellu, loh sacaban la sangri y esa sangri era la que bendían luegu pa los tuberculosuh, y esu balía un dineral..."(17).

Lo anterior sonaría a mito si algunos hechos puntuales no vinieran a confirmar la veracidad de los estripaores, tíos del sebo o tíos del unto, nombres aplicados en Extremadura a los recaudadores de sangre infantil con fines medicinales. El crimen almeriense de Gádor, ocurrido en 1910, en el que un niño de siete años fue la víctima elegida para curar a un enfermo de tuberculosis pulmonar, gestó la leyenda del sacamantecas, que mediante pliegos de cordel se dio a conocer por los más recónditos lugares. Mas no pasaría más de una década, ya que fue en 1920, para que un hecho semejante ocurriera en Cambroncino, una alquería de Las Hurdes. El asesinato en esta ocasión se produjo sobre la criatura llamada Francisca Sánchez, que cuidaba su ganado en Punta Corderina. El cadáver presentaba una herida en el cuello y una sección en el cuerpo por la que se le habían extraído visceras y mantecas. Quienes investigaron el crimen dieron como seguro que la sangre debió bebería un tísico y que tanto las visceras como las mantecas se emplearon sobre el enfermo en forma de emplasto y ungüentos. Ante la ausencia de culpables convictos y confesos, a pesar de que se investigaron a tuberculosos de la comarca, el caso fue archivado, lo que no fue óbice para que los romances sobre el particular dieran a conocer el horripilante crimen (18).

Vayamos a otros tratamientos antituberculosos menos trágicos. Apuntemos entre éstos la costumbre presente en las dehesas de Brozas, Alcántara y Navas del Madroño de embadurnarse el tórax con semen de toro. Enlodando el cuerpo con excrementos de este animal, de un buey o de una vaca se logran idénticos resultados. Aseguran en Torrecillas de la Tiesa que no se hallarán tísicos entre los que trabajan con el estiércol vacuno ni entre los que duermen junto a las cuadras de estos animales. Por las Tierras de Granadilla cuando la epidemia hética asomaba los vecinos metían en las salas y dormitorios cubos llenos de moñigas frescas de vacas. Quizás aquí tengamos el motivo de, según hemos observado, pegar con este residuo animal las lanchas del suelo de las alcobas, costumbre que ha pervivido hasta tiempos muy cercanos.

Como ya apuntara Torres Villarroel, no es muy dada la tuberculosis a responder a un tratamiento de cruces, agua bendita, estolas, hisopos y reliquias (19), lo que no impide que en determinadas ocasiones se intente la curación mediante el acercamiento a la religiosidad. Así sucede, por citar un ejemplo, en la comarca de Los Montes, donde el afectado del mal malo cura llevando consigo una cruz de zarza macho (20).

EL MAL ALIENTO

La halitosis es un problema que, aunque no eminentemente respiratorio, tiene una estrecha relación con este sistema. No en vano el aliento se convierte en verdadero transmisor de muchas de las enfermedades que venimos tratando. La popular obra Sumario de medicina en romances de don Francisco López de Villalobos da las causas y métodos a seguir para eliminar determinados malos alientos que la medicina tradicional sigue teniendo como válidos:

Las causas de aver en la boca hedor
es dientes o enzías podrido o dañado
o haber en el estómago pútrido humor
o hacello llaga o dañado calor.
O de las narices se ha participado:
cuando es de otro miembro, curalle primero.
Pero si estuviese la enzía podrida,
sangrar y purgar el humor por entero;
si es diente dañado, arrancalle, y postrero
lavar con pelitre en vinagre hervida.

Si el mal aliento es producto del tabaco, en Cilleros lo combaten tomando en ayunas y en semanas alternas zumo de limón mezclado con agua y en Tornavacas comiendo ajos crudos, lo que también es válido cuando se sufre una intoxicación de nicotina. Los ajos machados junto con el clavo constituyen buena componenda para cualquier asunto de halitosis, algo que no escapa a los habitantes de Nogales y Santa Amalia, aunque la misma ha de llevarse a la boca nada más levantarse y, lógicamente, antes de catar otro cualquier bocado. Los gargarismos de infusión de planta florida de tomillo se convierten en procedimiento habitual para este tipo de problemas a lo largo y ancho de Extremadura, y otro tanto ocurre con los enjuagues bucales con infusión de romero. Y contados tiene sus momentos la halitosis cuando se mordisquea menta o salvia azucarada, de lo que buena cuenta se da en Trujillo y en Hervás respectivamente.

EL HIPO

Definido como una "contracción brusca y espasmódica del diafragma, que determina la sacudida de los músculos del abdomen y tórax, produciendo un ruido característico, al ser expulsado el aire por los pulmones con violencia mientras permanece la glotis en constricción", el hipo, que casi nunca se presenta como síntoma de enfermedad, es objeto de un amplio recetario etnomédico. Dar un buen susto que haga contener por instantes el aire en los pulmones es el método más en uso para hacerlo desaparecer. Decir una mentira preocupante para el paciente, que llegue a perturbar la normal respiración, también conlleva el cese del hipo. Estos actos reflejos dan paso a un comportamiento voluntario, cual es el de contener el aliento tapándose la boca y la nariz mientras que los pulmones aguanten sin explotar.

Incidiendo en lo anterior hemos de señalar que existen prácticas encaminadas a que el aire no salga de los pulmones y, en consecuencia, dificulte la comprensión ascendente del diafragma. La cuestión es que el hipo desaparece de una manera inmediata. En diferentes lugares de Extremadura el afectado dejará de tener hipo si es capaz de repetir tres veces, sin que lo interrumpa la contracción refleja, la siguiente formulilla:

Hipo tengo,
a (fulano) se lo entrego,
si le viene bien
que se quede con él,
y si le viene mal
que lo vuelva a entregar.

En Alburquerque se pretende que sea el amante el receptor del hipo que se intenta alejar:

Hipo tengo,
a mi amor se lo encomiendo.
Si me quiere bien,
que se quede con él,
y si me quiere mal,
que me lo eche p'atrás.

Por el noroeste pacense no varía excesivamente el conjuro aliviador:

Hipo pando,
a mi amor se lo mando,
si me quiere bien...

Sin intención traspasadora, aunque sí con la fe ciega de verse libre de la sacudida respiratoria, nos encontramos con este ensalmo de Valdecaballeros:

Hipo tengo,
hipo m'a dao,
diciendo tres veces hipo,
el hipo me s'a quitao (21).

Versificaciones de esta índole no faltan por doquier, a veces impregnadas de aromillas de religiosidad, como ocurre con estas rimas que se escuchan en Ahigal:

Un mal hipo tenía
el Niño Dios
y a los tres bochinches de agua
se le quitó.

¡Agua! He aquí la conseja. Para matar el hipo hay que beber sin respirar. Tres sorbos seguidos bastan en algunos lugares; en otros han de ser siete; y en bastantes más, necesario es tragar un vaso lleno. Aseguran por el norte de Cáceres que una cucharada de aguardiente o de limón, que los poco acostumbrados a la acidez pueden engatusar con un terrón de azúcar, también elimina el hipo.

Darle la vuelta a un objeto, preferiblemente a una piedra del enrollado de la calle, es otro recurso muy empleado en toda la comunidad. Y puestos a dar la vuelta a algo, quedémonos con el toque de Garrovillas y Cañaveral, donde además de ponerse del revés los calcetines se los cambian de pie. Por las Tierras de Granadilla lo que se pone a la contra para solucionar el problema no es otra cosa que la gorra. Sirve para lo mismo el hacerle cuatro nudos a las cuatro puntas de un pañuelo y encasquetárselo sobre la cabeza.

Cuando el hiposo es un lactante se le intenta remediar poniéndole en la frente un poco de pelusa o hilo sacado de sus propios vestidos untado con saliva. En Alia la pelusilla debe extraerse de un refajo o guardapiés de color rojo.

Actuar sobre el propio cuerpo es camino resolutivo del problema. En Carcaboso, Coria y La Lapa al tercer golpe de hipo se dan un número impar de tirones de los lóbulos de las orejas, usándose para ello las manos opuestas. Rascarse a un tiempo las palmas de las dos manos es recurso empleado en Jaraiz de la Vera, Cuacos y Malpartida de Plasencia. En Burguillos del Cerro la solución la hallan en introducirse la uña del pulgar izquierdo en la del meñique derecho, mientras que en Mérida es suficiente con cruzarse los dedos índice y corazón.

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NOTAS

(1) LOPEZ CANO, Eugenio: "Supersticiones y creencias populares", Alminar, Institución Cultural "Pedro de Valencia" y Diario HOY, Badajoz, 1984, n.° 51, p. 8.

(2) LOPEZ DE VARGAS MACHUCA, Tomás: La provincia de Extremadura afínales del siglo XVIII, Asamblea de Extremadura, Mérida, 1991, p. 422.

(3) LOPEZ DE VARGAS MACHUCA, Tomás: Op. cit., p. 422.

(4) SANABRIA ESCUDERO, Manuel: "Una dinastía médica extremeña: Los Ramérez de Olivenza", Revista de Estudios Extremeños, Diputación de Badajoz, Badajoz, 1981, n.° XXXIII, III, p.461.

(5) CASTILLO DE LUCAS, Antonio: "La medicina popular y su proyección en el folklore español". Folklore Español, Instituto Nacional de Antropología Aplicada, Madrid, 1968, p. 145.

(6) GUIO CEREZO, Yolanda: Naturaleza y salud en Extremadura, Ed. Asamblea de Extremadura, Mérida, 1992, p. 52.

(7) NOGALES, José: "Apuntes para el folklore Bético-Extremeño. Prácticas y creencias populares en el S. O. de España", Revista de Extremadura, Cáceres, 1907, tomo IX, p. 166.

(8) BARROSO GUTIERREZ, Félix: "Por las tierras de Las Hurdes: la tía Teresa", Revista de Folklore, Caja España, Valladolid, 1993, n.° 149, p. 170.

(9) RODRIGUEZ, Pepe: Curanderos. Viaje hacia el milagro, Ediciones Temas de Hoy, S. A., Madrid, 1995, p. 96.

(10) FLORES DEL MANZANO, Fernando: La vida tradicional en el Valle del Jerte, Asamblea de Extremadura, Mérida, 1992, p. 316.

(11) RODRIGUEZ BECERRA, Salvador: "Exvotos del Cristo del Humilladero de Azuaga (Badajoz)", Antropología Cultural en Extremadura, Asamblea de Extremadura, Mérida, 1989, p. 131.

(12) PALOMO IGLESIAS, Crescencio: "Milagros de la Bendita Cruz de la Villa de Casar de Palomero", Antropología Cultural en Extremadura, Asamblea de Extremadura, Mérida, 1989, p. 198.

(13) LOPEZ DE VARGAS MACHUCA, Tomás: Op. cit., p. 235.

(14) MONTERO CURIEL, Pilar: Medicina popular extremeña (Encuestas en Madroñera), Real Academia de Extremadura y Ayuntamiento de Madroñera, Cáceres, 1992, pp. 65-66.

(15) CASTILLO DE LUCAS, Antonio: Medicina en refranes, Temas españoles, Madrid, 1956, p. 13.

(16) DOMINGUEZ MORENO, José María: "Virtudes mágicas y curativas del lobo en Extremadura", Revista de Folklore, Caja España, Valladolid, 1992, n.° 142, p. 124.

(17) MONTERO CURIEL, Pilar: Op. cit., p. 65.

(18) LEGENDRE, M.: Las Jurdes. Etude de géographie humaine, París-Burdeaux, Bibliothéque de L'Escole des Hautes Etudes Hispaniques, fase. XIII, pp. 460-463.

(19) TORRES VILLARROEL, Diego de: Los deshaciados del mundo y de la gloria. Edición preparada por Manuel M.a Pérez, Editora Nacional, Madrid, 1979, p. 72.

(20) OTERO FERNANDEZ, José María: "Medicina popular en la Siberia", Alminar, Institución Cultural "Pedro de Valencia" y Diario HOY, Badajoz, 1983, n.° 44, p. 6.

(21) RODRIGUEZ PASTOR, Juan: "Las supersticiones (su estado actual en Valdecaballeros)", Revista de Estudios Extremeños, Diputación Provincial de Badajoz, 1987, tomo XLIII, n.° III, pp. 769-770.