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Una noche mágica

DIAZ VIANA, Luis

Publicado en el año 1982 en la Revista de Folklore número 21.

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(24 de junio de 1982. El "Paso del fuego" en San Pedro Manrique)

Un rito y sus fieles

Hace un año que vine, por primera vez, a San Pedro Manrique atraído, como tantos otros, por la singularidad y el misterio del "Paso del fuego" que, con los pies desnudos, llevan a cabo los sampedreses. Sólo ellos pueden pisar las brasas; suyo es todo el protagonismo ya que los forasteros deben conformarse con la contemplación del mágico hecho. Todavía se cuentan terribles historias de gentes no nacidas en el pueblo que por desoír la prohibición sufrieron graves quemaduras.

He vuelto esta noche para presenciar el rito y, por ello, me he convertido en cómplice de su sortilegio. Había prometido ante el cielo de solsticio, fuego y estrellas, volver y -si las "autoridades" lo permitían- atravesar la hoguera. Ellos cumplen con su deber al decirme que no y yo con el mío en insistir hasta que me dejen. Con todo, vale la pena ser de nuevo espectador y acceder a una visión distinta del "Paso del fuego". Además, puedo así constatar los posibles cambios en el contexto del rito, la mínima evolución de tal hecho folklórico en el transcurso de uno a otro año.

Voluntariamente no he venido ahora como "huésped distinguido", pues quiero vivir la fiesta "desde dentro" y ello resulta más fácil manteniendo un cierto anonimato. He abandonado, también, en lo posible, el lastre de estudioso prevenido por sus lecturas. En el trabajo que publiqué tras el "paso del fuego" del pasado año intenté recoger y sintetizar las descripciones y análisis de los ilustres investigadores que me habían precedido, así como aportar mi propia visión del acto con el mayor número de detalles.

Aquel extenso artículo tuvo la fortuna de ser bien recibido, en general, tanto por los "entendidos" en el tema como por los profanos y curiosos (1), y he podido observar que forma ya parte del material bibliográfico que los menos esforzados articulistas "fusilan" sin escrúpulos ni piedad. Por desgracia, existe una viciosa costumbre en nuestro país de acercarse al folklore siempre a través de los libros, aunque aún sea factible presenciar directa y personalmente aquello de lo que se va a hablar. De esta manera se repite lo que otros han escrito provocando que los tópicos no comprobados se amontonen sin remedio...

Mi opinión es que la erudición como apelotonamiento de datos -a la que en España somos tan aficionados- frecuentemente embrolla más que aclara el análisis de ciertas manifestaciones folklóricas. Lo que, según la jerga usual, denominamos "trabajos de campo" debería constituir el paso previo a todo estudio que pretenda ser riguroso, ya se trate de ritos, como en el caso que comento, o de textos aún vivos en la tradición oral, como, por ejemplo, los del Romancero Hispánico.

El "paso del fuego" en San Pedro Manrique, a pesar de la degradación creciente del contexto en que se produce, es un rito que, al margen de hipotéticas interpretaciones y de relampagueantes pero, a menudo, infundadas teorías, podemos ver hoy, sintiendo en nosotros la fuerza de su magia. Sobre su origen, ya expresé en el trabajo mencionado mi tesis fundamental con la que me sumaba a la que algunos investigadores antes habían formulado. El tiempo dirá si -como yo auguré- en el lugar en el que ahora se pasa el fuego y en donde se levanta la ermita de la Virgen de la Peña se hallan enterrados los restos de un santuario -o lugar sagrado- celtíbero. Parece que hay recientes indicios en este sentido, pero también dificultades para llevar a cabo una excavación bajo la iglesia.

Pero tan importante o más que el remoto origen del rito, muy difícil de desentrañar, es la causa de su pervivencia. Hay noticias de que la misma práctica era realizada en lugares próximos a San Pedro; quizá el aislamiento geográfico de éste, por un lado, y su predominancia en la zona, por otro, influyeran en la conservación de tal costumbre.

Sobre el sencillo rito inicial se han ido superponiendo falsas leyendas populares y vestigios de distintas épocas, sobre todo en el desarrollo de los actos que, para mí, constituyen la segunda parte del ritual: "La Fiesta de las Móndidas". Hoy, por encima de superestratos que la historia acumuló sobre el rito predomina el tinglado publicitario y comercial que lo envuelve; pero, con todo, el gesto mágico, el desafío del hombre ante el fuego, su purificación, son elementos que permanecen inalterables.

Ha perdido el carácter de iniciación que, en otros tiempos, debió tener y ahora atraviesan las brasas chiquillos de doce años -no jóvenes en situación de convertirse en "hombres de pleno derecho de la tribu"-, gentes de cierta edad (aunque cada vez quedan menos ejemplos de estos "antiguos pasadores") e, incluso, como el año pasado, alguna mujer. Todos los valores que el rito anteriormente poseyera se han visto reducidos a uno fundamental: La identificación del pueblo con su costumbre milenaria y de ahí que sólo sean los sampedreses quienes pueden pasar el fuego; de ahí que la ley que excluye a los forasteros como partícipes activos de la ceremonia no haya cambiado.

Ante el sol de la noche

Llego a San Pedro antes de que se cumplan las 11. No hemos encontrado demasiados coches en el trayecto, afortunadamente, pues la carretera, estrecha y enrevesada, hace ya de por sí algo pesado el viaje. Se ven guardias a la entrada y menos gente que el año anterior. Recorro con algunos amigos las calles que, ya, me resultan conocidas. Un árbol plantado dentro de una enorme maceta y adornado con variadas fruslerías anuncia aquí o allí dónde vive cada una de las Móndidas. Estas, elegidas por sorteo entre las jóvenes solteras menores de 25 años, son -herederas o no de ancestrales sacerdotisas- las verdaderas diosas y reinas de los ritos que se van a celebrar.

Aunque el ser "Móndida" constituye más una carga que una ventaja supone, también, una obligación y un orgullo para toda familia de San Pedro. Como el derecho a pasar la hoguera es un privilegio que sólo los nacidos en el pueblo tienen. Me cuentan ancianas del lugar que no se sabe de nadie que haya renunciado a ser "Móndida".

En unas "taquillas" destartaladas y semi-taurinas compramos nuestra entrada para el acto que, en papel amarillo, mantiene la misma ambigua contradicción que la del último año:

"SAN PEDRO MANRIQUE
Paso del fuego
DIA 23 DE JUNIO - 12 DE LA NOCHE
INVITACION-DONATIVO: 200 pesetas".

Mientras pagamos, uno de los "pasadores" más populares discute con las autoridades del tricornio y con el propio alcalde. El vino empieza a derramar sus efluvios generosos en el ambiente. Un mozo del pueblo se lleva expeditamente al subversivo. En la plaza hablamos con uno de los hombres que van a pasar las brasas. Es claro y rotundo:

-El fuego impone.

Marcha con otros compañeros y algunas botellas de "zurracapote". Parece necesario para la mayoría enfrentarse a la hoguera sintiendo dentro un calor "báquico" que contrarreste el de la ardiente alfombra. Y no hay que pasarse. Nos cuentan que alguien, más "alumbrado" de lo debido, cruza las brasas tres o cuatro veces y luego puede lamentarlo.

Subimos ahora la cuesta que lleva hasta la explanada en donde tendrá lugar el rito. Está ante la ermita de la Virgen de la Peña.

Entramos en el extraño circo con gradas de piedra -medio anfiteatro y medio merendero sin parrillas- que hace pocos años se construyó para que, por una parte, la gente pudiera ver mejor el "espectáculo" y para que, por otra, todo visitante pagara su entrada. Observo que hay menos público que el año pasado, sin duda porque hoy se leía en Soria capital el pregón de las fiestas, dándose inicio a las mismas y, por ello, muchos sorianos habrán preferido permanecer en su ciudad a desplazarse hasta San Pedro.

El ambiente es, también, menos festivo; parece que abundan más los "fieles" del rito que los curiosos o eufóricos advenedizos. Algunos grupos de espectadores corean a los "pasadores" famosos como si fueran toreros saltando a la arena. Ya ha ardido el roble que, convertido en brasa molida, será objeto de la "prueba". Los encargados de manejar el largo palo llamado "horguinero" distribuyen uniformemente las brasas. Estos hombres mantienen y apaciguan el fuego; discretos oficiantes de lo que, sin duda, constituye uno de los secretos fundamentales del rito: La preparación de la hoguera.

Se calcula que es preciso consumir 1.000 kilos de roble y hay quien, exageradamente, habla de 2.000. Dan las doce, pero las brasas no están aún a punto. Mientras se inicia el acto, converso con unos sampedreses que hace 20 años que no venían a ver el "Paso del fuego". Recuerdan los viejos tiempos y lamentan la "comercialización" del rito.

-Antes de hacer las gradas la explanada era toda de hierba. Las familias venían junto a la ermita y unos pocos hombres del pueblo pasaban la hoguera.

Siempre, por lo que me cuentan, mirando hacia el sol poniente. Y parece que ningún año, hasta donde los vecinos recuerdan, dejó de celebrarse el "Paso del fuego", aunque a veces apenas había "pasadores" ni gente dispuesta a acarrear la leña y quemarla. En la época de la República estuvo en trance de suspenderse la fiesta religiosa y, por ello, algunos hombres dijeron que tampoco pasarían el fuego. Finalmente, todo se celebró como era costumbre.

En la actualidad se ven tres campanas --caprichosamente colocadas- en la puerta del extraño coliseo. Son las que había en la torre de la ermita que se vino abajo. Según me narran quienes las oyeron repicar, su sonido resultaba fuerte y hermoso cuando, al llegar las doce, comenzaban a redoblar señalando así la llegada de las "Móndidas".

Hoy el cortejo se retrasa. Por fin empieza a percibirse una música charanguera y con un pasito gracioso -más de verbena pueblerina que de misterio iniciático- entran en la plazuela las tres muchachas que ofician de "Móndidas" este año. Conchi, Mari Paz y Mari Mar con un tropel de gentes tras ellas inician con pintoresca solemnidad el acto, Autoridades, séquito, guardias y "pasadores", después del barullo de los primeros momentos, van situándose en sus puestos respectivos.

Muchos de los que van a atravesar las brasas visten de blanco con faja roja a la cintura de igual manera que los mozos de cuadrilla de las fiestas de Soria o que la muchachada de los Sanfermines. El rito cede ante la fiesta, ante el aturdimiento provocado por el ruido y el vino, por las canciones "sanjuaneras" que la pequeña orquesta interpreta; el rito, vertical purificación de los hombres, cede ante la fiesta, afán casi desesperado de comunicarse, intento frenético de conseguir una solidaridad que, por fuerza, habrá de ser fugaz y temporera.

Poco a poco el recinto se despeja y los "pasadores" se preparan, se concentran. Arremangan sus pantalones hasta la rodilla tras descalzarse. Hay quien ensaya los pasos que luego dará sobre el fuego golpeando con fuerza la arena como un caballo antes de correr. Van a pasar unas diez personas, a lo que parece, pero después, como suele ocurrir, algunos hombres más probarán su valor sobre la hoguera.

La iluminación del "coso" con focos muy potentes provoca que el brillo natural del fuego desaparezca casi por completo, tomando la hoguera una triste apariencia de ratón gris tumbado panza arriba. Antiguamente, cuando sin ninguna otra luz en el paraje que la de las mismas brasas, las familias del pueblo acudían ante la ermita para celebrar el rito, el resplandor de la alfombra candente conferiría, sin duda, una mágica dimensión al acto.

Pero el "invento" de las gradas no sólo deterioró el clima de misterio; ocasionó perjuicios más graves. Uno de los "trucos naturales" que facilitan el "paso del fuego" es que la madera haya "ardido bien", que esté reducida a trozos muy pequeños. Por eso no deben existir en la explanada donde se hace la hoguera piedras, areniscas, restos de ladrillos o de cualquier material que no se consuma al quemarse. Cuando, hace seis años, se empezó a construir el "mini-coliseo" prácticamente todos los que pasaron las brasas sufrieron quemaduras de alguna importancia a causa de ciertos residuos de la "obra" emprendida. No se suele hablar de ello; sin embargo yo he podido recoger esta información de varios testigos muy fiables.

Los bancos en los que se sientan "autoridades" y público invitado parecen sacados de alguna iglesia. Puede uno imaginarse que rezan, en ellos, un extraño "rosario" en adoración al fuego. Hoy no será el joven alcalde quien atraviese el primero las brasas; como un maestro de ceremonias irá y vendrá por el recinto en donde se encuentra la hoguera. Quien pasa el fuego en primer lugar es, un poco, el que rompe el misterio, el que quiebra el sello, el que abre un invisible camino para los demás.

Esta vez, lo hace un "pasador" veterano. La tensión acumulada desaparece. El fuego ha sido vencido y varios hombres pasan después de él. Y parejas. La mujer abrazada a su mozo, a hombros suyos, dándole fuerza y aplomo con su peso. Como en un rito de casamiento. Tras la prueba se abrazan y besan. Han pasado la hoguera juntos. De alguna manera, el fondo erótico que la noche de San Juan tiene se revela con absoluta claridad. El fuego, símbolo del sol y sol él mismo en la oscuridad nocturna, es luz que parece conceder algo de su vitalidad inextinguible a quienes lo derrotan. Las parejas que lo cruzan en un gesto de amor cumplen así una ceremonia casi religiosa.

También, rasgo de una pleitesía que se ha venido practicando durante los últimos años, un sampedrés "pasa" al gobernador sobre sus hombros entre el regocijo del respetable. "Santi", reputado "pasador", se recrea en la suerte cuando, solo, atraviesa la hoguera con pasos lentos, seguros y cadenciosos. Quienes ya tienen experiencia de veces anteriores, pisan las brasas casi como quien toma un baño, con confianza y cierto "virtuosismo" técnico. No se apresuran, no remueven para nada el pie después de haberlo asentado en la hoguera, ponen sus plantas de la forma más plana posible.

Todavía se habla del "Ratón", un "pasador" que llegó a ser "El Belmonte" del "paso del fuego", quien lo hacía con mayor habilidad, facilidad y arte. Este año no "pasa" ninguna mujer pero sí dos chiquillos, uno de ellos de no más de doce años, con bastante seguridad en sus movimientos. La alfombra no llega a los cinco metros de largo y, al pasar, se ven rostros en tensión, crispados, que, saliendo de las brasas sonríen satisfechos. Se suceden caras dolorosas y felices. Hay quienes dan pasitos cortos -el "estilo ratón"- y quienes pisan con los pies cruzados, en amplias zancadas, o de forma lenta y pesada, con una solemnidad entre mística y brutal. El acto se presta a alardes viriles de los "pasadores" ante sus novias ya protagonismos "egolátricos".

Finalmente, el alcalde, instado por algunos gritos, se decide a pasar. Con un gesto casi cesáreo ordena que la música se detenga y pisa el fuego con aplomo y firmeza. Algo resulta evidente: En la actualidad no faltan voluntarios entre los sampedreses que estén dispuestos a enfrentarse con la hoguera, a pesar de que -según se me ha contado- algún año el rito estuvo a punto de suspenderse por la escasez de "pasadores". Otro dato de interés: La mayoría de las personas que hoy atravesaron las brasas tienen edades que oscilan entre los 20 y 35 años; se puede hablar, pues, de "relevo" en la continuidad del "paso del fuego". Pero, como contrapartida, aprecié que entre el público abundaba el elemento foráneo y que, al subir para la ermita, las gentes de San Pedro se desatendían en parte del acto y quedaban en sus casas.

El contexto en que este hecho folklórico se lleva a cabo no es ya el de una costumbre o rito familiar, sino el de un "alarde circense". Los espectadores pagan su entrada y, por ello, se creen con derecho a gritar a aquel que no les deja ver -aunque sea el hombre que maneja el "horguinero"- o a esperar una especie de prueba acrobática. Y la acrobacia no se produce, por lo que hay quien sale del "local" confuso y decepcionado. El ambiente, en este sentido, creo que se degradará cada vez más.

Entre quienes "pasan la prueba" tenemos a quien, como el alcalde, parece hacerlo por "liderazgo tribal" o quizá como atávica forma de "electoralismo"; a quien, concentrado en sí mismo, piensa vencer así su propia debilidad; al licenciado con gafas que vuelve a su pueblo a realizar la mágica tradición y se enfrenta al fuego solo, con un cierto aire de corredor de fondo extraviado. Tenemos al mocetón que se quema pero como lleva a la novia encima se aguanta el grito y al final cambia el rictus de dolor por una carcajada de hombre ufano de sus fuerzas. Tenemos al hombrecillo -raquítico gladiador contra las brasas- que se siente al pasar el héroe de la noche, habiéndose convertido de esta manera en adicto de una efímera gloria.

Cuando ,hablo con los "pasadores" -momentáneos semidioses del fuego-, me dan distintas razones respecto a cuál es el motivo para que se atrevan, para que venzan el miedo. ¿Qué busca, qué pretende un hombre que pisa brasas encendidas? ¿Qué le mueve a hacerlo?: Unos pasan porque sus padres lo hacían, pero el "don" no siempre se transmite de padres a hijos. Otros por "un sobrinillo enfermo", por algún pariente con una enfermedad incurable. El rito mantiene, pues, en tales ocasiones, el valor de una promesa, el reconocimiento de un poder milagroso. Otros han pasado con sus novias a hombros en un arcaico casamiento que no necesita de papeles ni de altares. Otros, como drogados por el fuego, pasaron solos, tristes faquires o atletas espirituales de una singular carrera de no más de cinco metros ardientes.

Y pasar tiene sus "pequeños secretos", todos naturales: Pisar fuerte sobre la tierra antes y después de atravesar la hoguera; hacerlo con la planta plana -quienes tienen los pies planos, inútiles para la milicia, se hallan, sin embargo con ventaja para convertirse en "super-hombres" del fuego-; hay que procurar que no queden brasas entre los dedos, pues producirían ampollas y, quizá, quemaduras más importantes.

En definitiva, la hoguera de San Pedro es "de verdad" y, por lo tanto, puede causar daño como todas. Con habilidad y decisión las consecuencias apenas se dejan notar. Uno de los "secretos" más difíciles de practicar, precisamente, lo constituye el pasar despacio, vencer -en lo posible- el temor que el calor de la fogata nos ocasiona. Algunos "pasadores" no se mojan los pies en las semanas anteriores a la prueba y hay quien ha llegado a bañarse con los pies fuera para que la piel vaya acumulando su propia "coraza natural". La que, sin duda, tenían los que pasaban el fuego antaño, pastores que apenas se lavaban, de pies duros y encallecidos. Tras el acto, los que han pisado las brasas -según su propia confesión- sienten molestias; algunos se dan pomadas que mitiguen el dolor. Como las quemaduras suelen ser levísimas, muchos se unen a la fiesta -que durará toda la noche- distrayendo la comezón que el fuego les provocó.

Esperando el alba

A ritmo de boleros y de tonadas "pachangueras" iniciamos la larga noche que (no hay, desde hace días, una sola cama libre en San Pedro) tendremos que pasar en pie, cantando, bebiendo, bailando y, como mucho, descabezando un sueño en el coche.

A eso de las dos, cuando el baile -en el que hubo "ruedas", "jotas" y bailes de moda- ha terminado ya, nos vamos, desafinando en nuestros cantos, a "rondar" una de las casas de las "Móndidas". Es la costumbre que la familia de la misma dé a los visitantes "roscas" y "zurracapote" y así ocurrió, aunque los muchos concurrentes fuéramos prontamente despachados. Dura, sin embargo, durante muchas horas el éxtasis de la fiesta, el afán de liberar los ángeles y los demonios de nuestro interior, la desesperada ilusión de amar y ser amado por tus semejantes como en una "Edad Dorada" que, quizá, nunca existió realmente, Pero que todo ser humano añora.

Entramos en la liturgia de creer en los demás y en nosotros mismos, de pensar que podemos ser capaces de todo y que todo puede ocurrir. Fuera el retraimiento, la desconfianza, el recelo de un pueblo tan anclado en sus miedos como el de Castilla. Fuera las inhibiciones y las "seriedades" de cartón piedra; como en la "Fiesta de los locos" que los antiguos solemnemente celebraban, el hombre se purifica en el vino y en la danza, sobrepasa su mezquindad cotidiana. Un extraño misticismo dionisíaco mueve a los más jóvenes a pasar la noche bailando -en la calle, en oscuras discotecas como garajes, en el campo aguardando el sol- y a prolongar su furor festivo en los días siguientes durante las fiestas de San Juan de Soria. No dormirán en tres, en cuatro, en cinco jornadas. Es un vaciarse en una ascética de fiesta regeneradora, en una juerga vertical que toca los cielos; sobra la comida, sobra el dormir, nada de tristes debilidades. Porque todos pueden ser algo dioses, para sí mismos al menos, mientras la fiesta siga.

A las seis y media comienza a amanecer sobre las montañas que rodean San Pedro. El sol con cansados manotazos nos pone ante un paisaje verde y amarillo; su luz nos descubre tan pálidos como anacoretas y tan agotados como pecadores. Quien haya vivido esta noche de San Juan no dudará tras tan curiosa vigilia que el ritual del "paso del fuego" y el de las "Móndidas" forman parte de una misma celebración, son el hoy y el mañana, la luna y el sol, la noche y el día, la prueba y el premio. Un misterio en dos partes, una manifestación mágica bisexual y contradictoria.

A las siete y cuarenta -y no a las siete como estaba anunciado en folletos informativos y turísticos- comienza el rito de la "caballada". En la plaza del Ayuntamiento, en donde todavía hay restos de chuletadas tempraneras, van reuniéndose las caballerías que montarán las "autoridades" del pueblo en un ritual durante el cual recorrerán los confines del lugar. Según Caro Baroja "cierran las puertas de las murallas del pueblo, haciendo un simulacro de expulsión de judíos y forasteros en general y van a casa de las "Móndidas" y escoltándolas las llevan hasta la plaza del Ayuntamiento" (2). Las "Móndidas", vestidas de blanco y con mantones de colores, sostienen con una mano los pesados "cesteños". En ellos se ven los "arbujuelos", sobresaliendo como una cornamenta de ciervo, éstos son ramillas de árbol recubiertas de una masa hecha con harina y azafrán. En el "cesteño" van, también, unas piedras que hacen de él una "corona" pesadísima.

En una larga calle que termina en plaza desolada "Móndidas" y "autoridades" presiden una extraña competición. Montando "a pelo" sus cabalgaduras algunos hombres del pueblo ponen a prueba la velocidad de las mismas. Las carreras se hacen de dos en dos y no constituyen, en absoluto, un concurso organizado. El descampado tiene un piso desigual que podría provocar la caída de las bestias; por otro lado, el público se ve obligado a apartarse para no ser arrollado por los caballos más fogosos.

El sentido de este "alarde" parece escaparse ya incluso para quienes lo protagonizan. "Autoridades" y "Móndidas" aguantan el tipo con cara de fastidio y otros sampedreses más lúdicos derivan el ritual hacia la astracanada: Algunos mozos montados en un burro -que debía estar tan borracho como ellos- comparecen ante la presidencia haciendo quizá ácida parodia del acto y caen después al suelo ante los circunspectos jerarcas mientras el público ríe. Las "autoridades", embutidas en negro chaqué y tocadas con bicornio a la francesa aguantan de pie la farsa.

Pasa en una motocicleta antiquísima una máscara disfrazada de "Yasser-Arafat" recorriendo el curso de las caballerías y la gente aplaude mientras el personaje saluda ceremonioso. La mañana se vuelve agria. Como si de pronto nos hubiéramos perdido en algún cuadro de Solana y sus muñecos nos asaltaran por sorpresa. A lo peor todo rito en España desemboca en Carnaval como el genial pintor predicaba con sus negros pinceles.

Tras la magia del fuego, tras el desvanecimiento de la fiesta y el lánguido suicidio de la noche, los hombres parecen haber vuelto a esas tinieblas suyas que no se acaban nunca. Parecen ser de nuevo títeres impotentes de su propia oscuridad. La fea mañana, de cara pálida y mal lavada, se agrietará sin nosotros.

Después de caer del paraíso de los insomnes preferimos el sueño al Carnaval.
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(1) Trabajo publicado con el título de "El paso del Fuego en San Pedro Manrique" en Revista de Folklore, nº 12, Valladolid, 1981, y en Celtiberia, nº 62, Soria, 1981; galardonado con el Premio "Numancia" de periodismo (Fíbula celtibérica).

(2) JULIO CARO BAROJA: Ritos y mitos equívocos, Madrid, 1974, pp. 59-65.