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EL POEMA DE LA VENTA DE CIDONES DE ANTONIO MACHADO

CONDE SUAREZ, Raúl

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 230.

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"¡Y este hoy que mira a ayer; y este mañana que nacerá tan viejo!"

Poesía
Castilla y León / Cidones (Soria)



INTRODUCCIÓN

Antonio Machado, junto a Lluís Companys, Manuel Azaña o Rafael Alberti, es un nombre célebre, por su situación política y profesional, del exilio republicano. Las tropas nacionales avanzaban y miles de personas que no habían disparado un tiro, como Machado, cruzaron los Pirineos. Un mes después, el 22 de febrero de 1939, en el hotel Bougnol-Quintana de Collioure, Machado nos dejaba con un rostro envilecido por la ignominia del invierno pirenaico y de las atrocidades de los gendarmes galos. A Antonio Machado lo enterraron en el citado pueblecito costero en la tarde del 23 de febrero, bajo el manto tricolor de una bandera de la República, con la ayuda de seis milicianos que lo llevaron a hombros. El funeral fue discreto y simple, sin la grandilocuencia de los pomposos discursos. El poeta murió "casi desnudo, como los hijos de la mar".

El pasado 23 de febrero de 1999, por tanto, se cumplieron sesenta años de su muerte. Da lástima el pobre recuerdo que ha causado en círculos políticos, literarios y culturales. Tan sólo algunos periodistas han reunido fuerzas para rememorar la ingente figura del poeta sevillano. Sabemos que las páginas que siguen no conseguirán resarcir tal ofensa a la memoria de Machado, pero a través de ellas sí que queremos rendir sentida ofrenda, cariñosa evocación a una de las voces más importantes de la historia de la literatura castellana. Escribimos estas líneas, pues, en homenaje a él y a su seductora capacidad lírica.

Perdonen que recurra ahora a la primera persona, pero se me hace inevitable. Descubrí a Machado el año pasado. Soy un adolescente que quedó fascinado por su sensibilidad, su sencillez, la palpitación profunda de amor —"en ascua viva", que dijo el académico Luis María Anson- presente en gran parte de su obra. Luis Antonio de Villena leyó por primera vez Campos de Castilla a los dieciséis años. Quedó un tanto decepcionado (1). A mí me ha pasado todo lo contrario: quedé absolutamente entusiasmado. Tanto, que no he parado de leer cosas de él hasta la fecha. Un escritor, "filósofo estoico, misterioso y silencioso" que le llamó Rubén Darío (2), que condensa el latir de una época, de una ideología y de una ética intachable. ¿Qué fue de la patria de Machado? El escritor y académico Antonio Muñoz Molina responde en El País Semanal: "Se quedó sin país y no parece que tenga mucho futuro la cultura a la que pertenecía, la gran cultura liberal española, exterminada por la dictadura, apenas recobrada por nuestra olvidadiza democracia de ahora. Quizá el único país verdadero de Machado es la Europa de todas las diásporas, donde tantos millones de expulsados y fugitivos compartían el mismo destino que lo llevó a él a morir en Collioure en 1939".

Después de esbozar, siquiera someramente, la producción creadora de Antonio Machado, el estudioso hallará suficientes motivos para huir de ese falso estereotipo que le aprecia, tan sólo, como un poeta genial. El vate sevillano fue mucho más, y omitir el resto de sus escritos, de sus pensamientos, no deja de ser una paradoja injusta e inmerecida. Poesía y vida siempre fueron inexorablemente unidas, pero no fue el único tesoro que Machado legó a las nuevas generaciones.

Pasados seis decenios desde que falleciera, el mejor tributo que se le puede rendir es leerle, merodear por sus escritos con el alma afectiva por quien no parecen pasar los años. Envilecido el planeta con abyectos sucesos, la poesía de Machado nos hace aterrizar en la cruda realidad, nos alienta con su oxígeno inextinguible y nos hace sentirnos solos, límpidos de "sucios oropeles", con una nitidez infranqueable en nuestro interior, cada día más desatendido.

Peregrinamos hasta Collioure. Entramos en el recoleto cementerio en el que reposan él y su madre. La lápida es humilde, nada ostentosa. El día nos hace recordar el último verso que Machado pudo escribir: "Estos días azules y este sol de la infancia". Mientras, leo en la prensa: "Esa lápida fue símbolo de una España que se hundía y hoy es la tapa del desagüe de un mundo que naufraga. Aquí estamos, con los ramos cortados en los jardines jóvenes, con los pasos de grava sobre palabras de cielo, contando los postigos de invierno en un pueblo de verano, acompañando un año más a un muerto porque ya sólo los muertos nos hacen compañía" (3). Yo creo que su poesía, cercana, sobrecogedora, expresiva, también nos consuela, nos alivia y nos acompaña.

PRESENTACIÓN

Hacemos una presentación del poeta un tanto extensa, con el objeto de prestar especial atención a las circunstancias vividas por nuestro autor en Soria, muy importantes para comprender el poema que analizamos.

D. Antonio Machado Ruiz (Sevilla 1875-CoIlioure 1939) es considerado el más calificado representante poético de la "generación del 98". Su padre, Antonio Machado Alvarez (18461893), fue un prestigioso etnólogo de quien aprendió el vate a conocer y estimar la cultura popular y tradicional de la vieja España. Su madre, Ana Ruiz Hernández (1854-1939), fue ejemplo de dulzura, delicadeza y espiritualidad, rasgos que trazó el tercero de sus hijos, José Machado (4). Antonio cursó estudios en la Institución Libre de Enseñanza de Madrid (5) y después de residir en París tres años, retornó a España obteniendo la plaza de profesor de francés en el Instituto de Soria, ciudad en la que contrajo matrimonio con Leonor Izquierdo.

La muerte de su esposa dejará una profunda huella de dolor en el poeta, quien, al mismo tiempo, pasaría del intimismo de sus primeras obras —Soledades (1903). Soledades. Galerías y otros poemas (1917)— (6) a un compromiso cívico que continuaría hasta el final de su vida. Completan su obra Campos de Castilla (1912), canto emocionado al austero paisaje de Soria y del Alto Duero, Poesías completas (1917), Páginas escogidas, Nuevas Canciones (1920), Cancionero apócrifo (1926) y el libro en prosa Juan de Mairena (1936).

En toda la creación de Machado palpita por encima de todo su sincera preocupación existencial a la que no son extrañas sus lecturas de Bergson, Husserl, Heidegger y Scheler, y su estrecha amistad con don Miguel de Unamuno; pero hay también una crítica social que se desplaza desde un amargo escepticismo hasta la visión más serenamente esperanzada de sus últimos años de producción.

Su peripecia vital ha sido glosada en un sinfín de ocasiones, aunque como señala Joaquín Marco -autor de la última antología machadiana-, todavía no exista una biografía del poeta como la que sí posee Federico García Lorca (7). Toda la obra conocida de Antonio Machado -con excepción de algunos escritos inéditos aún por descubrir, y del teatro que escribió con su hermano Manuel- está recogida en la edición crítica realizada por Oreste Macrí con la colaboración de Gaetano Chiappini, y editada por Espasa-Calpe y la Fundación Antonio Machado de Madrid (8).

La estancia de Machado en París, que duró seis meses, fue decisiva para su orientación, ya que allí reafirma su vocación poética. En abril de 1907, el poeta recibe el nombramiento de catedrático en el Instituto General y Técnico de Soria. Soledades. Galerías y otros poemas aparece el mismo año y, según Gerald G. Brown, "es un libro que se adscribe inequívocamente al movimiento modernista español" (9).

Antonio Machado va a experimentar un cambio radical en su vida. Desde que en 1906 llegara a la pequeña ciudad de Soria -de apenas siete mil habitantes— para enseñar francés a los bachilleres, el nombre de esta ciudad castellana se halla unido al del poeta. Imparte clases, colabora en la prensa local, va y viene a Madrid en tren... Su figura se fue acrecentando, no sólo como rapsoda del terruño, sino también como esposo de una niña quinceañera de Almenar, Leonor, hija de los dueños de la pensión donde se hospedaba el poeta, con quien se casaría a los treinta y cuatro años en la iglesia de "La Mayor" de la capital soriana, el 30 de julio de 1909. "¡Ese masonazo republicano, embutido en traje de ceremonia y casándose por la Iglesia, por mor de unajovencita de cara ovalada y ojos profundamente negros!" (10). El hecho es inaudito. Leopoldo de Luis bosqueja, "de modo algo tajante" según Ribbans (11), la sorpresa que suscita el citado enlace: "Sin más antecedentes, no deja de resultar extraño el precipitado matrimonio. Un profesor de treinta y cuatro años, hombre de Letras, ya con éxitos, viajero por París, relacionado con el mundo y las gentes de la cultura, toma de súbito por esposa a una muchacha recién entrada en la pubertad, natural de una oscura provincia, cuya instrucción -estamos en 1909- difícilmente sobrepasaría la primera". Nosotros dudamos del conocimiento del autor de estas palabras sobre Soria, puesto que en caso contrario, se me antoja complicado calificar a esta ciudad como un lugar oscuro. Nada más lejos de la realidad.

Machado había estado de pensión primero en la calle del Collado, 54, y luego en la de la madre de Leonor en la casa número siete de la calle Estudios. Muy cerca de ella, subiendo la calle Aduana Vieja, entre cuyas nobles casonas cabe destacar la de la familia San Clemente, casa solar de los Marichalar, hoy emparentados con los Reyes, se ubica el instituto Antonio Machado. En él se le recuerda con una descomunal cabeza hecha por Pablo Serrano y un Aula Machadiana que es sede simbólica de la Fundación Antonio Machado. Ya casados se instalarán en la plaza del Vergel y luego en la de Teatinos. Machado se recrea entonces en su vida amorosa y en el éxito literario, aflorando su vena lírica más honda, dando como resultado los dos años más felices de su vida.

Su etérea felicidad se verá truncada por la enfermedad de su esposa. Leonor sufre en Francia de hemoptisis el 14 de julio, día nacional del país galo. Machado se lanza a una búsqueda desesperada de un médico pidiendo inevitablemente un préstamo a su amigo Rubén Darío. Permanecerá en una clínica hasta septiembre, mes en que regresan a Soria sin que ella mejore. Viven en una casa alquilada con un pequeño jardín en el camino del Mirón, por cuyos paseos andaría portando a su mujercita en un pequeño carruaje. En mayo sale publicada su obra cumbre, Campos de Castilla, y poco después, a las diez de la noche del 1 de agosto de 1912 fallece Leonor, a los 18 años de edad. Antes remitió una carta a Juan Ramón Jiménez: "Hace dos años me casé y una larga enfermedad de mi mujer, a quien adoro, me tiene muy entristecido" (12). El poema A un olmo seco, fechado el 4 de mayo, dice así:

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera (CXV).

Leonor fue enterrada dos días después de su muerte en el cementerio de la iglesia de Ntra. Sra. del Espino, por supuesto, en Soria. "Cuando perdí a mi mujer pensé en pegarme un tiro", escribe Machado, unos meses después, a Juan Ramón Jiménez (13). Asimismo, explica en 1913 en una carta a Unamuno su patética situación: "Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya... el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto" (14).

Machado se siente desolado y desbordado emocionalmente por el fallecimiento de su joven esposa, y su poesía no deja de reflejar ese lamentable estado anímico, lo que le lleva a confesar que sus facultades poéticas estaban exhaustas: "Se ha dormido la voz en mi garganta" (CXLI). Fruto de esa desesperación, el 8 de agosto de 1912, Machado abandona Soria. Se refugia en Madrid, en la compañía de su madre, Ana Ruiz. Por decreto del 15 de octubre del mismo año es nombrado catedrático del Instituto de Baeza. Allí empezó a prestar mayor atención al estudio de la filosofía y a expresar sus propias reflexiones filosóficas en aforismos como los de Proverbios y cantares de Campos de Castilla (CXXXVI) y Nuevas Canciones (CLXI). Gerald G. Brown escribe: "Machado finge recopilar sus poemas, frases y fragmentos de clases y conferencias, acompañándolos de sus propios comentarios, lo cual le permite prolongar su continuo diálogo consigo mismo y presentar ideas suyas dentro de un marco en el que la ironía le evita tener que hablar abiertamente" (15).

La vida de Machado -siete años- en este "poblachón", como llama a Baeza, es sumamente monótona. En una extensa misiva a Unamuno, el vate andaluz traza con total franqueza el ambiente que le rodea en aquella época y que enardece su conciencia social y política: "Las gentes de esta tierra —lo digo con tristeza porque, al fin, son de mi familia- tienen el alma absolutamente impermeable. Tengo motivos que V. conoce para un gran amor a la tierra de Soria; pero tampoco me faltan para amar a esta Andalucía donde he nacido. Sin embargo, reconozco la superioridad espiritual de las tierras pobres del alto Duero. En lo bueno y en lo malo supera aquella gente"(16).

La política, la filosofía, la vida literaria, la poesía, nada logra evadir a Machado de la atonía de una vida provinciana. Las muertes de Francisco Giner de los Ríos, maestro admirado de Machado, el 18 de febrero de 1915, y de Rubén Darío, el 8 de febrero de 1916, instructor del modernismo, conmueven profundamente a Machado. Hacía tiempo que él deseaba irse de Baeza. El 30 de octubre de 1919 consigue el traslado de su cátedra al Instituto de Segovia. Vuelta a los campos castellanos, y vuelta a una vida social mucho más activa. Además de dar sus clases, dedica mucho tiempo al paseo, a las tertulias con amigos en algún café o en el taller del ceramista Fernando Arranz, y además no deja de publicar en varias revistas y periódicos (17).

En abril de 1924 se publica en la editorial Mundo Latino, con una tirada de tres mil ejemplares, Nuevas Canciones, el tercer gran libro de poesía de Antonio Machado. La mayoría de los poemas fueron escritos en los últimos años que pasó en Baeza, y otros en Segovia. Justo es destacar la elección de Antonio como miembro de la Real Academia Española, el 24 de marzo de 1927, si bien nunca llegó a ocupar su sillón. En junio de 1928, Antonio Machado conoció en Segovia a la mujer que celebró en sus poemas con el nombre de Guiomar, seudónimo de Pilar de Valderrama.

En 1931, meses después de la proclamación de la Segunda República -cuya bandera ayudó a izar Machado en el Ayuntamiento de Segovia (18), el poeta finaliza su carrera docente —no muy brillante, todo hay que decirlo- en el Instituto Calderón de la Barca de Madrid. En ese tiempo, Machado se entrega por completo a las empresas culturales o sociales del nuevo sistema político, "y en el curso de la guerra permaneció en España escribiendo y dando conferencias al servicio de la causa republicana en la medida que se lo permitía su quebrantada salud" (19).

La guerra obliga a Machado a huir con su familia a Barcelona en abril de 1938. Allí continúa colaborando en la revista Hora de España. Al cabo de la contienda, cuando el poeta observa la cercanía del triunfo de los sublevados, él, su madre y sus hermanos se marchan de Barcelona y parten hacia el exilio en unas condiciones de vida funestas. Atraviesan los Pirineos y recaen en el pueblecito costero de Collioure. Antonio Machado muere el 22 de febrero de 1939, y su madre hace lo propio tres días más tarde. Su hermano José halló en la chaqueta de Antonio una nota con un escueto verso, que denota de manera diáfana el recuerdo que pervivía en el poeta de tiempos pasados que, sin duda, fueron mucho mejores: "Estos días azules y este sol de la infancia".

A continuación, transcribimos el poema que pasamos a comentar:

PC-CXVII

AL MAESTRO "AZORIN"
POR SU LIBRO CASTILLA

La venta de Cidones está en la carretera
que va de Soria a Burgos. Leonardo, la ventera, que llaman la Ruipérez, es una viejecita
que aviva el fuego donde borbolla la marmita.
Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto
-bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto-contempla silencioso la lumbre del hogar.
Se oye la marmita al fuego borbollar.
Sentado ante una mesa de pino, un caballero escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,
dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
El caballero es joven, vestido va de luto.
El viento frío azota los chopos del camino.
Se ve pasar de polvo un blanco remolino.
La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
la mano en la mejilla, medita ensimismado.
Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda, la tarde habrá caído sobre la tierra parda
de Soria. Todavía los grises serrijones,
con ruina de encinares y mellas de aluviones,
las lomas azuladas, las agrias barranqueras, picotas y colinas, ribazos y laderas
del páramo sombrío por donde cruza el Duero,
darán al sol de ocaso su resplandor de acero.
La venta se oscurece. El rojo lar humea.
La mecha de un mohoso candil arde y chispea.
El enlutado tiene clavado en el fuego
los ojos largo rato; se los enjuga luego
con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar
el son de la marmita, el ascua del hogar?
Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo
y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.

Antonio Machado

COMENTARIO

El poema titulado "Al maestro «Azorín» por su libro Castilla" pertenece a la segunda edición de Campos de Castilla (1917). Este es, sin paliativos, su mejor libro de poemas y el que mayor fama ha alcanzado. Aparece en la editorial Renacimiento dirigida por su amigo Gregorio Martínez Sierra. En esta obra Machado orienta su mirada hacia fuera, hacia el paisaje, los hombres y la historia, reflexionando sobre la situación de España y el carácter eterno de sus habitantes. Este es el libro que hace de Machado "el poeta de la Generación del 98". Se trata, en el fondo, de una incorporación tardía al grupo noventayochista.

Campos de Castilla ha quedado integrado finalmente por un conjunto de cincuenta y seis poemas, recogidos en la edición de 1928 de Poesías completas (20). Todos los grandes temas abordados por el autor conectan de manera rigurosa con la ideología regeneracionista y del grupo del 98. Maeztu, Azorín y Baroja —que formaban un tridente demoledor, si bien no tan cohesionado-, junto a Unamuno, Ganivet, Valle-Inclán o Menéndez Pidal son autores que influyeron mucho en Machado, en el ámbito estético y en el ideológico. El poeta ensalza la belleza del paisaje, profundiza en el concepto histórico e intrahistórico del país, alaba los hechos "gloriosos" y se rebela ante el Desastre... asuntos, en fin, que ya trataron otros autores. Bernard Sesé, redundando en este sentido, concluye: "No hay que comprender Campos de Castilla como un libro aislado, sino como la manifestación de una conciencia colectiva a la que el poeta sirve de portavoz, sobre todo en la edición de 1912" (21).

Gerald G. Brown escribe: "Hubo un tiempo, en la infancia de Castilla, en el que Soria ocupaba un puesto de frontera, tensa y fuerte, como una ballesta a la cabeza de una nación de guerreros indomables espoleados por altos ideales". Ahora todo eso feneció. Machado expone una raza inmersa en una profunda regresión, cuyos protagonistas han pasado a convertirse en campesinos "hoscos", integrantes de una población fea, viciosa y adusta de "atónitos palurdos sin danzas ni canciones", movida por "supersticiones primitivas e instintos primarios", según Brown (22). A pesar de todo ello, Machado supo granjearse el apelativo de "poeta del pueblo".

El texto que nos ocupa está fechado en 1913, y junto a la composición titulada "Recuerdos", preceden al resto de poemas escritos, posiblemente, entre la muerte de Leonor y finales de abril de 1913. Cuando Machado escribe este poema, está atravesando, quizás, el momento más amargo de toda su trayectoria vital. Leonor, su esposa, fallece el 1 de agosto de 1912 y después de intentar suicidarse, según análisis de Manuel Alvar, origina en el poeta un Cancionero "in morte" (23), inmediatamente posterior al poema que es objeto de estudio en este comentario.

Antonio Machado se basa para escribir estas líneas en el viaje que realizó en septiembre u octubre de 1910 a la Laguna Negra y a los picos de Urbión, ambos excelsos paisajes de la provincia de Soria. En la venta de la localidad de Cidones que cita el autor, almorzaría a eso de las nueve de la mañana para proseguir su marcha a lomos de una caballería hacia los mencionados parajes sorianos. Hoy la mencionada venta ha sido convertida en un moderno y típico restaurante castellano. Javier Leralta, prestigioso autor de guías turísticas, aporta más datos sobre el particular: "Machado se había puesto en marcha camino del alto Duero. Aquel recuerdo fue el comienzo de uno de sus grandes poemas: La Tierra de Alvargonzález, publicado en la revista Mundial de París en enero de 1912. El cuento-leyenda-poema es la mejor guía para descubrir los paisajes pinariegos de la provincia. Cidones es la puerta de entrada al mágico mundo de la comarca de Pinares" (24).

El tema central del poema se halla en la descripción del enlutado, personaje misterioso e ininteligible, que a nuestro parecer se convierte en "alter ego" del poeta y experimenta los mismos sentimientos que, en aquellos duros momentos, también vivía Machado, lo que le hace sucumbir en una profunda desazón producto de la muerte de su mujer Leonor. Pero el poema es un homenaje al escritor valenciano, alicantino para más señas, José Martínez Ruiz, "Azorín", (Monóvar 1873-Madrid 1967), por la publicación de su libro "Castilla" (1912). En consecuencia, el poema está impregnado de la ideología y la estética (si no toda, parte de ella), que defendió Azorín en su libro. Este opta por indagar en el espíritu español a través de la literatura; pero, al mismo tiempo, nunca deja de insistir en lo que para él es quizás el problema histórico de más trascendencia: la cuestión de la decadencia de Castilla. Este declive se manifiesta en el poema de Machado en la descripción de la venta y en el lóbrego ambiente que se respira en ella. Esta narración detallada de la fonda y de las personas que intervienen se alterna con otra alabanza, una más, a la tierra soriana que tanto admiró el poeta sevillano.

Admitiendo que el argumento que prima en el poema es el que se basa en el personaje del enlutado como "alter ego" de Machado, hay algunos estudiosos que se inclinan por otra versión. Estos creen que Machado hace una denuncia firme y severa del deplorable estado en que se encuentran las ventas de la España de la época, y que no deja de ser un elemento más en ese engranaje caduco y corrosivo que todavía en aquellos años de principios de siglo hacía de España un país en vías de desarrollo. Esta sería, por tanto, la trama principal de la composición. Cabe considerar, pues, el poderoso influjo de Azorín en la producción machadiana. Porque si algo de Machado confluye con el escritor levantino es su conciencia de poeta, algo indefectiblemente unido al patetismo hondo, categórico, de la decadencia española. Es notorio que Machado se rebela en el poeta de la generación del 98 cuyos movimientos se desarrollan entre dos aguas: por un lado no consigue -entre otras cosas, porque no quiere- desligarse de la vieja tradición castiza, en franco retroceso, y por otra parte, subyace la posibilidad real que advierte un futuro, cuando menos, esperanzador. En torno a esos dos parámetros, irrenunciables para nuestro autor, la obra de Machado constituye todo un canto -ora patético, ora ilusionado, ora tristísimo- fruto de una conciencia atizada por un pretérito caduco, un presente calamitoso y un futuro "precavido", como acertó a decir algún erudito.

La estructura del poema se puede dividir en cuatro partes. La primera abarcaría del v. 1 al v. 8, en la que el poeta sitúa la venta y presenta a los venteros. La segunda parte (vs. 9-18), el autor presenta a un señor vestido de negro que escribe sentado ante la lumbre. La tercera parte (vs. 19-26), en la que Machado recuerda el paisaje soriano mediante una sentida descripción del terreno, y además, anota que la noche va pasando en la venta. Finalmente, la cuarta parte alcanzaría del v. 27 al último, y es cuando el poeta traza el desenlace del poema. El enlutado, a la espera del correo, escribe pensando, llorando por sus penas. Vicente Tusón matizó que Machado "es un hombre introvertido, pero no huraño. Tímido sí. Y la timidez y la tendencia a ensimismarse parecen destinarlo a la soledad, a las soledades. Pero es también un hombre sediento de calor humano. Y de amor" (25). Aceptando esa tesis, no es de extrañar que el enigmático escribano se tratara del propio vate, puesto que, al igual que aquél, éste también tiene por lo que derramar lágrimas. ¿Son esas penas las de Machado? Quizás Machado también llore, y quizás también vestido de luto por el fallecimiento de su esposa, "sediento" como estaba de amor y de cariño personal.

La forma métrica que domina son los alejandrinos, versos largos de arte mayor que se dividen invariablemente en dos hemistiquios. La configuración métrica es 14A 14A 14B 14B y así sucesivamente. Estos versos alejandrinos se disponen en el poema en pareados "modernistas del año tres" con rima consonante o perfecta. Como ya hemos indicado, los versos se bifurcan por la mitad en dos hemistiquios partidos por una pausa, llamada cesura. Esta puede venir dada por conjunciones (v. 20 "con ruina de encinares y mella de aluviones"); por preposiciones (v. 18 "la tarde habrá caído sobre la tierra parda") o simplemente por cualquier signo de puntuación, tales como una coma, un punto o punto y coma (por ejemplo, en el v. 12 "el caballero es joven, vestido va de luto"). Todos los versos son paroxítonos exceptuando los vs. 7-8 y 29-30, que son oxítonos.

Estilísticamente el poema presenta una descripción objetiva en la que Machado, como narrador, se mantiene al margen de los hechos y se limita a precisar, mediante figuras descriptivas, todo cuanto observa. Ello corrobora la fusión de "paisaje" y "alma", que "en el caso de Machado adquiere rango de característica central", según Tusón. "Una observación de la realidad exterior objetiva produce en Machado un sentimiento de tal naturaleza que conduce a la reflexión introspectiva", escribió el académico Domingo Ynduráin (26).

Aparece la topografía en el primer pareado al detallar Machado el emplazamiento geográfico de la venta. Pero cuando se aprecia perfectamente tal recurso estilístico es en los vs. 19 al 24; Machado narra con soberbia maestría y lucidez mental el paisaje típico soriano. Se detecta un cuadro en la descripción de la venta y toda la sucesión de actos que desarrollan los personajes que intervienen: la ventera aviva el fuego (v. 4), el ventero contempla la lumbre (v. 7) y el caballero escribe (vs. 9-10). La cronografía, precisión del tiempo, aparece en los versos 17 y 18 "cuando el correo llegue, la tarde habrá caído sobre la tierra parda de Soria" y en el penúltimo verso: "cerró la noche". La escena, descripción más restringida de una persona en un ámbito concreto, también es utilizada por el poeta en los versos 27 al 29: "El enlutado tiene clavado en el fuego/los ojos largo rato; se los enjuga luego/con un pañuelo blanco".

Reiteramos la objetividad del poeta a la hora de reflejar todo cuanto le rodea. Es un rasgo supremo en la poesía machadiana. El mismo Azorín, en un artículo publicado en el diario ABC el 2 de agosto de 1912, determina la dimensión de la obra de Machado y disecciona su peculiar estilo que hemos podido observar en este texto: "La característica de Machado, la que marca y define su obra, es la objetivización del poeta en el paisaje que describe. Ahora paisaje y sentimientos son una misma cosa; el poeta se traslada al objeto descrito, y en la manera de describirlo nos da su propio espíritu". Sin embargo, para Geoffrey Ribbans más que una "objetivación del poeta en el paisaje que describe" -como afirma Azorín— importa reconocer la existencia objetiva de las cosas y luego dejarse impresionar por ellas: no es un "estado de alma", lo que entraña una fusión entre la emoción que provoca la naturaleza y el espíritu del poeta. "La actitud interpretativa de Machado -prosigue Ribbans es consustancial con su calidad de observador; así pues las reflexiones, los incisos e intromisiones personales vienen después de que haya dejado constancia de la existencia real de objetos" (27). Esta opinión corrobora en su totalidad la de Manuel Alvar: "Machado no describe el paisaje, lo interpreta seleccionando lo significativo y no lo mostrenco" (28).

El lirismo poético de Machado es, además, muy poco metafórico, al contrario de lo que sucederá con los poetas de la generación posterior, frente a los cuales se mostró, según sus palabras, "algo en desacuerdo". Hallamos, por tanto, una ausencia manifiesta de metáforas, ya que nuestro autor sólo recurre a este tropo en el verso 24, cuando Machado se refiere a la grandeza y sobriedad de la tierra de Soria al escribir "...darán al sol de ocaso su resplandor de acero".

La conjugación entre el paisaje de Soria y el sol origina una estampa de verdadera belleza que no pasa desapercibida para el poeta. El texto está dotado de un estilo ágil y dinámico, quizás como resultado de la supresión de conjunciones, lo que lleva a Machado a utilizar, puede que en exceso, la figura del asíndeton. Se puede observar su presencia, por ejemplo, en los pareados de los versos 25-26 y 27-28. El ritmo vivo de la descripción de Machado queda un tanto mermado por la repetición de las mismas palabras a principio de verso, es decir, por las sucesivas anáforas que se detectan en el poema (vs. 2-3-4). La repetición del "que" resta dinamismo al texto y lo hace un tanto espeso. Hay anáfora también en los vs. 12-13 con el artículo "el" y en los versos 25-26 con el artículo "la". En este caso, el autor logra con estas anáforas todo lo contrario: narra lo que observa de una forma resolutiva y sin mayor incidencia ni ornamentos, aumenta y acelera el ritmo del poema. Contribuyen también a engrandecer esta rapidez el claro predominio de verbos de acción, como avivar (v. 4) o escribir (v. 10).

La plasticidad del poema es notoria. El poeta quiere reflejar con exactitud el paisaje y sus gentes, y para ello se nutre de una abundante adjetivación que, además de añadir hermosura al texto, dota al mismo de un inconfundible sabor machadiano. Tal hipótesis queda confirmada en los vs. 19-24, en los que traza, desde la distancia, desde la nostalgia de una tierra añorada y que considera suya, un retrato fuerte, hondo y sentido del austero paisaje soriano. En estos versos, de nuevo con ausencia notable de conjunciones, el poema experimenta una cierta degradación ascendente que lleva al poeta a una exhaustiva radiografía, repleta de sentimiento nostálgico, de sus adoradas tierras castizas.

A propósito de la facultad de Machado para aportar brillantes calificativos, Gregorio Salvador escribe que "la adjetivación es de una extremada elementalidad, que hasta podría haber quien se atreviera a calificar de pobreza" (29). Nosotros pensamos que la vertiente descriptiva de su poesía, colmada de chispazos que sugieren inequívocamente el vetusto esplendor de Castilla, no hace más que acentuar, por un lado, la estima dichosa que Machado profesaba a esas tierras, y por otra parte, la extraordinaria habilidad del poeta para transformar detalles íntimos y cotidianos en momentos universales y trascendentes. En nuestro poema esto se puede comprobar en los versos en que Machado describe la situación de la venta, con todos sus elementos tradicionales: los cacharros de la cocina, las labores domésticas de los venteros, la situación emocional del hombre que escribe, las condiciones climatológicas y, por supuesto, la nostalgia de los campos de Soria. Todo ello conforma una retahila de piezas clásicas —lo que entronca a Machado con la raíz españolista del grupo del 98-, que inciden sobremanera en la costumbre del poeta de retratar, con insistencia, las escenas cotidianas de la España de la época, embrutecida por las circunstancias políticas, sociales y económicas. Machado denosta las manías rancias y pueblerinas de una población sumisa a la fe católica, pero al mismo tiempo, no tiene problemas en exaltar la histórica épica castellana, tan en la línea de la "España inferior que ora y bosteza/vieja y tahúr, zaragatera y triste".

En este sentido, es justo resaltar la repetición de expresiones que Machado ya había utilizado en poemas anteriores, como "tierra parda de Soria" (vs. 18-19), "ruina de encinares" (v.20), "páramo sombrío" (v. 23). Creemos que estas reiteraciones en su poesía, lejos de indicar crisis creativa en Machado, representan para él una manera como otra de evadirse del mundo andaluz —recordemos que este poema no está escrito en Soria- y evocar los campos que él tanto quería. El texto está repleto de encabalgamientos, todos abruptos. Sirva como ejemplo el que se produce en el v. 9 y en el 18. Observamos un pequeño hipérbaton en el v. 12, alteración del orden normal de la frase, que apenas se puede percibir en este caso.

La cuestión geográfica ocupa un papel esencial en la poesía de Machado, y enlaza con el tema de la objetividad antes expuesto. Este poema, rebosante de angustiosos recuerdos sorianos, es una explicación detallada en la que Machado es un simple espectador, y en la que reproduce los rasgos típicos que caracterizan su poesía de Campos de Castilla. Ricardo Senabre lo ha analizado así: "El espacio poético se puebla de chopos, olmos, caminos pedregosos, margaritas, cigüeñas, sierras calvas... La naturaleza soriana invade los versos estos años. Y brota en muchos poemas una inquietud social, una preocupación por el porvenir de España ("la malherida España, de carnaval vestida") que se vuelca en la denuncia de un estado de parálisis y atraso, lleno de miserias seculares" (30). La coyuntura que Machado nos plantea en nuestro texto bien puede suscribir las palabras anteriores. La venta -lugar añejo de la cultura hispánica, y que ya Azorín abordó en su libro Castilla- predispone al lector a encontrar en su interior todo un mundo tan viejo como caduco. Debajo de todo ello, late una crítica severa al estado deplorable de las hosterías castizas, y por ende, de toda España.

Pero en la composición no se registran versos que nos hagan afirmar, con total certidumbre, que el objetivo primordial de Machado sea precisamente esa denuncia firme de la situación española. Más bien se diría que el poeta se inclina por escribir lo que ve, sin mayor aspiración. No busca un análisis sucinto, ni un bosquejo absoluto de ese aspecto, por desgracia, instalado en la España de entonces. Machado sólo apunta lo que observa, lo que admira, "la realidad campa por sus fueros bajo la mirada atenta del poeta, que anota minuciosamente los frutos de la observación..." (31). Antonio Machado goza de un sentido agudo para detallar "esos frutos de la observación", pero no sería arriesgado comentar la rigurosa selección de esos frutos. Machado pinta lo que sus ojos ven, pero sus ojos se inclinan inexorablemente por un número no muy amplio de objetos y lugares: las barranqueras, las ventas, las encinas, los serrijones, las colinas o el río Duero, que aparece casi en la mitad de los poemas de Campos de Castilla. Al respecto hay que agregar la opinión de Tusón: "Podría parecer, en efecto, que ahora, en ciertos poemas muy recordados, el poeta sale de sus adentros y se vuelca hacia fuera, recogiendo «objetivamente» la realidad exterior. Se alejaría, así, del intimismo, del subjetivismo. Y no es eso exactamente. Una mirada más detenida ha de descubrirnos unos inequívocos componentes subjetivos en la descripción". Pedro Salinas añade un certero pensamiento: "En Campos de Castilla, Machado nos muestra que, por muy en la realidad geográfica que se esté, se puede seguir buscando el alma".

Ya hemos dicho que no hay unanimidad entre los estudiosos a la hora de precisar el tema central del poema, pero tanto si consideramos válida la opción del enlutado como "alter ego" de Machado o como representación de Azorín, los versos clave del poema son el 29 y el 30, cuando el poeta se pregunta: "¿Por qué le hará llorar el son de la marmita, el ascua del hogar?". Si creemos que el enlutado es Machado, la respuesta es obvia; llora por una doble tristeza que le hace sucumbir: el fallecimiento de su esposa y la marcha de su apreciada tierra soriana. Si preferimos creer que ese misterioso personaje que escribe en la venta, mientras cae la tarde, es el símbolo que representa a Azorín, en ese caso, ignoro la respuesta pero bien pudiera ser que el origen de ese sentimiento de tristeza sea la decadencia de España simbolizada en la rudeza de los españoles. Las fondas y ventas de la España de principios de siglo son vetustas, destartaladas, regidas por personajes groseros, sucios y con vidas opacas. Siendo ésto último rigurosamente cierto, nosotros nos inclinamos por creer que el caballero enlutado, cuyo perfil traza Machado de forma somera, es una estampa vivísima que intenta dibujar su propio estado de ánimo en aquellos instantes.

CONCLUSIÓN

Antonio Machado, gran amante de las tierras castellanas, nos muestra en este poema una formidable fotografía de la venta de Cidones y del paisaje soriano y, a la par, recrea en el personaje vestido de luto una inquietante efigie del mismo poeta, o quizás, de la persona a la que va dedicada el poema. La narración ágil, el vocabulario selecto, el predominio de adjetivos y sustantivos concretos como subterfugio para la reflexión hacen de esta composición una magnífica muestra de la exuberante belleza del verbo fluido machadiano.

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NOTAS

(1) El poeta Luis Antonio de Villena explica su relación con Machado en un artículo aparecido en ínsula, 506-507, febrero-marzo 1989, Madrid, p. 44.

(2) Palabras que recoge Andrés Trapiello en su ensayo Los nietos del Cid, Planeta, BCN, 1997, pp. 259 y 260.

(3) Artículo de Joan Barril en El Periódico de Catalunya (232-99), Barcelona.

(4) SESE, Bernard; Claves de Antonio Machado, Espasa, 1990, p. 26.

(5) Machado se educó en la Institución hasta 1889. Además de su formación intelectual, según Sesé (pp. 28-29), adquirió allí algunos valores éticos fundamentales: el gusto por el esfuerzo y la voluntad de progreso, el liberalismo y la tolerancia, la austeridad de vida, el sentido de la dignidad y de la solidaridad, el espíritu crítico, racionalista, laico, el rechazo de todo dogmatismo, la aspiración a la verdad reconocida como valor supremo, el idealismo y el patriotismo. Es obvio, por tanto, que la Institución marca decisivamente la personalidad de Machado y lo certifica en algunas afirmaciones: "Creo en la libertad y en la esperanza", dice en un verso del poema a Azorín. "Necesitamos finos aires de sierra, no perfumes narcóticos", escribe en un artículo de 1920.

(6) Juan Ramón Jiménez reseña este libro así: "Creo que no se ha escrito en mucho tiempo una poesía tan dulce y tan bella", El País, febrero de 1903.

(7) Diario ABC, suplemento cultural (20-3-99).

(8) "Totalidad que hay que explorar descubriendo aún, infatigablemente, su amplia riqueza, su coherencia, su permanencia", SESE, Bernard: Op. cit., p. 17.

(9) BROWN, G. G.: Historia de la literatura española: el siglo XX, Ed. Ariel, 1974, p. 117.

(10) GOIG SOLER, M.a Isabel y M.ª Luisa; Soria y su provincia, Ed. Everest, León, 1998, p. 41.

(11) Crítica de Leopoldo de Luis en p. 30 de la edición de Cátedra de Campos de Castilla.

(12) SESE, Bernard: Op. cit., p. 48.

(13) ídem, ibídem, p. 49.

(14) ídem, ibídem, p. 57.

(15) BROWN, G. G.: Op. cit., p. 124.

(16) SESE, Bernard: Op. cit., p. 52.

(17) ídem, ibidem, p. 66. El autor cita las siguientes publicaciones: Manantial, La Pluma, El Sol, índice (fundado por Juan Ramón Jiménez), La voz de Soria, Los Lunes del Imparcial.

(18) SENABRE SEMPERE, Ricardo: Machado y Juan Ramón: poetas del siglo XX, ed. Anaya, Madrid, 1991, p. 49.

(19) BROWN, G. G.: Op. cit., p. 125.

(20) Todos los poemas que conforman la edición definitiva de Campos de Castilla están perfectamente detallados en las obras citadas de Sesé y Ribbans (Cátedra).

(21) SESE, Bernard: Op. cit., p. 110.

(22) BROWN, G. G.: Op. cit., p. 122.

(23) MACHADO, Antonio: Poesías Completas, Edición de Manuel Alvar, Espasa Calpe (Colección Austral), 1998, p. 41.

(24) LERALTA, Javier: Viajes y viajeros del 98, ed. Viajes Ilustrados, 1998, p. 32.

(25) MACHADO, Antonio: Poesías escogidas. Edición a cargo de Vicente Tusón, Editorial Castalia didáctica, 1986, p. 23.

(26) ídem, ibidem, p. 30.

(27) Edición de Geoffrey Ribbans en Cátedra de Campos de Castilla, p. 36.

(28) MACHADO, Antonio: Op. cit., pp. 31 y 32.

(29) SALVADOR, Gregorio: El comentario de textos, 1, Ed. Castalia, 1987, p. 274.

(30) SENABRE, Ricardo: Op. cit., p. 27.

(31) BECEIRO, Carlos: Cuadernos hispanoamericanos, octubre 1975-enero 1976.


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