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Un Segoviano en San Benito

DELGADO, Luis Domingo

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 231.

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En llegando a los Montes de San Benito, la tierra se vuelve eremita; ha renunciado a la riqueza de los cultivos, a las pompas y boatos de la vegetación, sólo algunos matos de jaras ofrecen al romero sus panecitos blancos. Entre las encinas, más escuálidas y ralas que en el campo abierto de la Campiña, dos burros ramonean los brotes de hierba tierna. Un abuelo, enjuto y animoso, canta y camina al mismo tiempo, por la carretera estrecha, aunque negra y aseada, que la Diputación acercó al santuario.

La novia de San Benito,
dicen que se llama Peña;
ya quisieran los pobleños
que se casara con ella.

- ¡Se le ve a usted contento, eh, abuelo!

- ¿¡Y no voy a estarlo!? Hoy es el día de la boda.

- ¿Se le casa un nieto?

- ¡Quiá! La boda le decimos a la función, ya me entiende, a la vigilia y fiesta del Señor San Benito.

Un rebaño de ovejas carea entretenido, con ahínco, cutio, los pastos que estos pagos del Andévalo regalan por mayo, los años de lluvia, a la cabaña ovina. Por su parte, las abejas colman sus patitas de polen sobre las cabezuelas moradas de las flores del cantueso, cercano al camino, enramado y oloroso.

- Dicen que en otros tiempos la cosecha de miel en Campo de Andévalo era tan copiosa que los vecinos no llegaban a consumirla.

- ¿Y qué hacían con la miel sobrante?

- Pues qué iban a hacer, venderla fuera.

Viva el Cerro, que es mi tierra,
San Benito mi patrón;
viva la gente del Cerro,
porque cerreño soy yo.

Francisco sube decidido un año más, y van setenta y..., con su sombrero cordobés, la cuesta que conduce a la casa del santo abad, ermita encalada, austera, de soportal castellano, humilde, sencilla, con espadaña blanca sobre teja roja, con cruz de hierro y nido de cigüeñas, cocina, casas de la hermandad, de las jamugueras, del mayordomo, de los danzaores, de los cabestreros, de las guisanderas, de la ermitaña, la señora Catalina no consiente de ningún modo que persona ninguna ponga cabalgaduras en los portales, dependencias del casino, de la sacristía, de los recuerdos, cuerpo de la iglesia y aposento del comedor...

¡Ay, qué rico está el caldo
de San Benito,
con carne de borrego
y de chivito.

El comedor es un lugar frugal, refectorio de cenobio monacal, sin adornos, pero acogedor. Una taza de caldo calentito con su hoja de yerbabuena, al forastero le alegra el cuerpo y le predispone el alma a adentrarse con provecho en el conocimiento y la vivencia de la tradición sambenitera, sentado en el banco de madera, al lado mismo de Inmaculada, la jamuguera de ojos de fiesta que me muestra orgullosa, radiante, la dómina, esa miniatura áurea de la Regla, el amuleto de plata de la cruz templaria de Caravaca, pieza definitiva del esoterismo simbólico de la Orden, que le traerá suerte, la media luna argentada con su baño de oro, "es un símbolo petitorio de fertilidad", un brote más del tronco andalusí de la cultura árabe, herencia refinada del Al-Andalus califal.

A Juan José, el mocetón rubio que va vestido de danzante, con camisa de lino, chaleco de franela, botos camperos y banda verde cruzada, de bordados rameados, la lumbre que lleva el caldo, disimulada en el aroma apetecible del líquido, le abrasa la lengua y el gaznate y le hace saltar del banco y buscar el alivio fresco de un remedio inmediato.

San Benito en alto,
el pozo en vera.
¡Ay, cómo relumbran
las jamugueras!

En el patio, María, jamuguera por parte del mayordomo, luce en el pecho, como una reina, dos joyas salmantinas de mucho mérito, el Galápago y la Cruz del Chorro, que realzan, junto a una cruz de Caravaca de oro, con esmeraldas y corales incrustados, la belleza natural, fresca, comedida, de la mujer cerreña. No me canso de admirar el colorido de los sombreros, la elegante prestancia, sobria y a la vez delicada, de los vestidos, "¿Te importa que te mire?, -No, al contrario, me halaga".

Va entrando la mañana del primer domingo de mayo en la tierra andevaleña.

Desde que te vi venir
dije: Por la burra viene.
La burra no te la llevas
porque a mí no me conviene.

Fuera, en El Ejido, la tercera edad de Ayamonte, festea con gracia entre bailes, olés, palmas y cantes por sevillanas.

Es otra manera más, y hay tantas como romeros, de acercarse a San Benito en busca de un poco de gozo. Todos los caminos hoy llegan al Abad que espera a los caminantes con las manos llenas de gracias, de colorido, de cultura suprarreligiosa, de alegría, de mixtura de sabores añejos, de comprensiva tolerancia.

Yo soy barbero y afeito
a San Benito el cogote
con un calabozo viejo
que me dieron en los Montes.

Algunos niños pasean aupados sobre la albarda de un borriquillo. Dos olivos y un eucalipto sirven a la vigilancia de la ermita como guardaespaldas celosos de un destino antiguo y honorífico. San Benito les saluda agradecido en su procesionar por el Real, siempre atento a los danzantes, "lanzaores", que le pasan una y otra vez por debajo de la peana, en un baile monótono pero exigente, una danza donde las espadas, "lanzas", se vuelven lazos que unen y cambian su oficio agresivo e hiriente por un remanso de mozos sudorosos, atléticos, cadenciosos, armónicos, conciliadores, por un ramo de amigos que ofrendan su esfuerzo y su arte en honor del santo patrono.

San Benito está en un alto
y los Montes en la cuesta;
el conseguir tu cariño
qué trabajito me lleva.

Detrás, las jamugueras siguen a la mayordoma, en duelo desigual con los ramos de rosas rojas que jalonan las andas, por destacar en la mañana en frescor y en hermosura. Son las mujeres en este primer domingo de mayo quienes resplandecen, airean sus galas y recalcan su gracia por encima de las flores, del sol y del paisaje. Es su día, la fiesta de las mayas de sombreros emplumados, con guantes blancos finos, calados, llenos de sortijas, ojos que iluminan, zapatos rojos, medias añiles, de cielo, y labios que sonríen; la romería de las cerreñas encumbradas en diosas juveniles, móndidas que bailan con delicadeza una danza primorosa en la que las manos seducen gráciles, femeninas, casi eróticas, la hombría meseteña, celta, de los lanzaores; la boda de las huríes de ojos profundos que destilan gracias femeniles y arrobadoras por el vistoso Ejido, Real de la feria, al costado sur del santuario; la función del colorido, verdes y rojos, azules y oro, granas, albos, carmesíes; la vigilia del Señor San Benito; el jubileo de la vida que bulle testera, sobre los raigones trenzados, durante siglos, de una tradición varia y diversa, que se manifiesta en vestidos, alquinales, sayas, alforjes, adornos, poleos, espadas, cruces candentes, folías y fandangos, mestizaje enriquecedor de permanencias portuguesas, castellanas, templarias, benedictinas, árabes, romanas y autóctonas, de cuyo tiempo no hay memoria.

Ni lo alquilo, ni lo vendo,
este caballo retinto;
me lo regaló su dueño,
camino de San Benito,
por un fandango cerreño.

José M.a y Lorenzo desgranan las notas dulces y señoriales del fandango cerreño. Los romeros, tras las cintas del rectángulo reservado a los celebrantes, contemplan complacidos la plasticidad de las parejas. Los dos hermanos tamborileros tañen la gaita con sabor antiguo, con suavidad y delicadeza, y cuajan el redoble del tamboril con sapiencia, sin mover los brazos, a base de muñecas, arrancándole unos sones cadenciosos, de ritmo sereno, placentero, no falto de una dulzura profunda, sensitiva.

Dice Aurelio Capmany, desde el otero de su estudio "Folklore y costumbres de España", que el fandango de Huelva es un baile serio que se baila con el rostro contraído. A mí me parece el fandango de San Benito una danza noble, profunda, placentera, en la que la jamuguera hace vibrar todo su cuerpo, con la expresión satisfecha y suavizada de quien se sabe vencedora de antemano en el arte de la seducción. Todos los ojos masculinos han quedado prendidos entre las notas sensuales de la melodía y los movimientos atemporados, fascinadores, de las mujeres; por eso sus caras están radiantes de luz y de alegría, aunque sus rostros mantienen la serenidad propia de la raíz cerreña. El fandango en el Real es un regalo para el espíritu y un regocijo para los sentidos.

- Es la única tentación que no ha logrado vencer el bueno del abad.

- ¿Y eso?

- ¿Por qué se cree sino que San Benito se vuelve cuando le quieren encerrar en el templo? Los más pequeños no se aguantan las ganas de danzar al abrigo de sus mayores y principian el remedo de unos pasos sobre el suelo, la tierra escenario de los protagonistas. Es llegada la hora de atravesar el círculo de los iniciados.

- ¡Abuelo!, enséñame a lanzar.

- Joío niño, qué afición le tiene.

El baile terminó y Felipe, como buen prioste, recoge las lanzas, se las enseña al forastero y le explica de su antigüedad e importancia en la liturgia de la expresión del sentir arcano del pueblo del Cerro por estas tierras del Andévalo. El rito continúa y el viajero termina en paz y buena compaña, bajo la tutela de Francisco Rico, el hospedero ocasional que se desvive para que los romeros sin cobijo se relaman la comisura de los labios, y el bozo, y se chupen los dedos, tras una buena ración de caldereta de borrego con revoltillos que deja al viajero satisfecho y reconfortado, hasta el punto de sentirse tentado a profesar de pobre sambenitero, romero perpetuo en este cenobio bendito de las guisanderas.

- ¿Hace una manzanilla para regar el borrego?

- Hace.

Hubo un tiempo en que se corrieron toros en el coso, y los tasajos del animal totémico pasaban a reencarnar dentro de la andorga de los comensales y a trasvasar al corazón de los comulgantes los signos distintivos de virilidad y fortaleza, de casta, reciedumbre y bravura del sacrificado. El vino peleón no sería ajeno a este oficio ancestral.

El hermano mayor, don José, anda el hombre dando vueltas al Real, buscando a este escribidor, catador de sensaciones, al que imagina desatendido y con una gazuza a cuestas que no se lame.

- ¿Hace una naranja de postre para desengrasar?

- Hace.